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Santa María de los Ángeles en al Porciúncula (Italia)

Santa María de los Ángeles en al Porciúncula (Italia)

La Basílica Patriarcal de Santa María de los Ángeles en la Porciúncula encierra, entre las blancas paredes del templo del siglo XVI, la venerable iglesita de la Porciúncula, lugar de la vida evangélica y fraterna de Francisco y de la primera generación franciscana, y lugar santo en el que Francisco, la tarde del 3 de octubre de 1226, «cumplidos en él todos los misterios de Cristo, acogió a la hermana muerte cantando». El templo dedicado a la Reina de los Ángeles, la «Dama pobre» de la Porciúncula, que guió maternalmente a Francisco y a los hermanos de la naciente comunidad, es custodiado con celosa ternura por los Hermanos Menores Franciscanos. En la Porciúncula estamos verdaderamente en la fuente del franciscanismo, en la limpia fuente del Perdón de Asís y de la misericordia de Dios.

A los pies de la colina de Asís, se yergue solemne y majestuosa, la Basílica Patriarcal de Santa María de los Ángeles en la Porciúncula, levantada entre los años 1569 y 1679, para engarzar los lugares santos de la vida y la muerte de San Francisco.

En el centro del vasto templo renacentista se encuentra la humilde iglesita benedictina del siglo IX llamada Porciúncula, que el Santo reparó con sus propias manos (1207).

Aquí fue donde Francisco, que tenía veintitantos años, al escuchar la lectura del Evangelio, comprendió definitivamente su propia vocación, renunció al mundo para vivir en radical pobreza y comenzó a dedicarse al apostolado itinerante. En la Porciúncula recibió el Santo a sus primeros seguidores y fundó la Orden de los Hermanos Menores, y en 1211, con la vestición de Santa Clara, fundó también aquí la Orden de las «Damas Pobres», las Clarisas. Aquí celebró el Santo los primeros Capítulos (reuniones generales de los frailes), y desde la Porciúncula envió a sus seguidores como misioneros de paz a los hombres de toda la tierra. En la Porciúncula, Cristo, apareciéndose a Francisco, le concedió, por intercesión de María, la extraordinaria indulgencia del Perdón de Asís (1216).

Junto al ábside de la Basílica, en el interior, está la Capilla del Tránsito, donde Francisco acogió a la muerte cantando (3 de octubre de 1226).

A la derecha de la Basílica están la Rosaleda, en la que el Santo se arrojó entre las espinas para vencer una tentación, y la Capilla de las Rosas, lugar en el que Francisco tomaba breves descansos.

Un particular interés espiritual, histórico y artístico revisten: la Cripta, el antiguo conventito (siglos XIII-XIV), el Museo, como también la grandiosa Basílica enriquecida con notables obras de arte: frescos, lienzos, estatuas y obras en madera valiosísimas.

BASÍLICA DE SANTA MARÍA DE LOS ANGELES

Desde los tiempos del Santo comenzó una polémica arquitectónica que terminó, tras varias vicisitudes, con la construcción de la grandiosa Basílica del siglo XVI.

En vida de Francisco, después de la construcción de la casa del Ayuntamiento detrás de la Porciúncula, construcción duramente criticada por el Santo, florecieron en el entorno varios edificios pobrísimos para los frailes que moraban aquí y para los que, cada vez en mayor número, llegaban a este lugar procedentes de todos los lugares de la tierra.

Grandes trabajos se realizaron ya en 1230, año en que se construyeron el refectorio y otras dependencias contiguas, parte de las cuales pueden verse todavía. En torno a la iglesita se levantaron enseguida varias galerías porticadas y oratorios en recuerdo de episodios vividos aquí por el Santo. Un conjunto riquísimo de recuerdos demolidos irremediablemente al construir el gran templo y de los que han aparecido los cimientos en la campaña de excavaciones realizada en los años 1967-1969, cuando se renovó el pavimento de la Basílica.

La grandiosa Basílica, cuya construcción se inició en 1569, el 25 de marzo, fiesta de la Anunciación, se erigió para acoger a las multitudes de peregrinos que llegaban aquí de todas partes del mundo, especialmente con motivo de la Fiesta del Perdón de Asís. El templo se terminó en 1679. De las dos torres de campanas previstas en un principio, sólo se ha construido la de la derecha.

El inmenso templo, proyectado por el arquitecto de Perusa Gian Galeazzo Alessi, fue realizado con gran majestad y consta de tres naves y capillas laterales ricamente adornadas y con frescos que constituyen un complejo significativo y grandioso del prebarroco italiano. Una de las capillas fue decorada por pintores barrocos (1592), bastante antes de que se concluyeran los trabajos de la Basílica; las otras han sido decoradas por Pomeracio, Sermei, Appiani, Giorgetti y otros grandes artistas.

A causa del violento terremoto de 1832 se derrumbó la nave central hasta el crucero y parte de las naves laterales, quedando en pie la cúpula, el ábside y las capillas laterales. El edificio fue reconstruido en sus formas originales por Luigi Poletti (1836-1840).

La bellísima cúpula, obra maestra de hermosas y bellas líneas, es alta y esbelta. Se apoya en un tambor poligonal con ocho ventanales y cornisa. Es la obra de Alessi que ha sobrevivido. Tras el terremoto de 1832 se le hizo un cerco o abrazadera metálica, y es un punto de referencia desde cualquier parte de la llanura.

Son notables en la Basílica las obras de madera con tallas y esculturas del siglo XVII: los coros, grande y pequeño, el púlpito, la espaciosa y espléndida sacristía y el armario de las reliquias.

CAPILLA DE LA PORCIÚNCULA

En la verde llanura umbriana, en el corazón de la pequeña ciudad de Santa María de los Angeles, se alza el inmenso templo de la Basílica de la Porciúncula, del siglo XVI. Esta Basílica nos introduce en el corazón de Francisco y en el misterio mismo de la ciudad seráfica: «En las puertas de Asís está la representación de los bienaventurados espíritus, los ángeles, que están en la presencia de la Santísima Trinidad y forman una corona en torno a la Madre de Dios… oh María, Reina de los Ángeles, desde aquí nos muestras el camino del paraíso» (Juan XXIII).

La Basílica encierra desde hace siglos entre sus blancos muros, a manera de un relicario, la perla preciosísima de la iglesita de la Porciúncula. Es éste el lugar más sagrado y venerable del franciscanismo, la «cuna pétrea de los Menores» donde, como puntualiza en una síntesis estupenda San Buenaventura, segundo biógrafo de San Francisco, éste «comenzó humildemente, prosiguió virtuosamente y concluyó felizmente su camino espiritual». Cuando Francisco llegó aquí a principios del siglo XIII, la iglesita humilde y solitaria dedicada a la Asunción de la Virgen estaba rodeada por un bosque de encinas y se encontraba en un estado de abandono casi total.

Francisco compadecido la reparó con sus propias manos e hizo de ella un punto de referencia para toda su vida y para la vida de la fraternidad franciscana.

Fue aquí donde bajó a su corazón inflamado de ardor juvenil, aún inquieto y a la búsqueda, aquella palabra encendida de Cristo que lo arrancó definitivamente del mundo y de las cosas de antes, empujándolo con fuerza y entusiasmo por el camino del Evangelio.

El 24 de febrero de 1208 resonó en esta pobre iglesia en lo profundo del corazón de Francisco la invitación urgente del Señor Jesús: «Id… anunciad que el reino de los cielos está cerca, no llevéis oro ni plata, ni alforjas… no os preocupéis por el mañana… gratuitamente habéis recibido, dad gratuitamente… al entrar en las casas decid: ¡Paz, paz!». Francisco quedó iluminado con estas palabras y, lleno de incontenible alegría, pronunció su más grande e irrevocable sí, comenzando a recorrer el camino de la libertad: «Esto es lo que quiero -afirmó-, esto es lo que deseo hacer con todo mi corazón».

Enseguida abandonó sus ricos vestidos, se vistió con una túnica en forma de cruz y a todos y por doquier comenzó a desvelar con palabras ardientes el precioso tesoro que, finalmente, había descubierto y que le estaba llenando el corazón de una desconocida e incontenible alegría: Cristo, el Señor.

Aquí estableció su morada habitual. Aquí acogió a los primeros seguidores. Aquí fundó la Orden de los Hermanos Menores, los Franciscanos, concretando con ellos su primera y más significativa experiencia de vida evangélica, y aquí creció la Orden, como sobre un fundamento estable.

Francisco consiguió la Porciúncula como un regalo de los Monjes Benedictinos del monte Subasio, a condición de que hiciera de ella el centro y la casa madre de la propia familia religiosa, y desde entonces la pequeña iglesita no ha sido nunca abandonada por los frailes.

Aquí, la noche del Domingo de Ramos de 1211, el Santo acogió a Clara de Asís y la consagró al Señor. Aquí maduró, en la oración y en la atención más profunda hacia todos los hombres de su tiempo, la institución de la Orden Franciscana Seglar (Orden Tercera), para abrir a todos los hombres y mujeres la posibilidad de compartir su proyecto de vida evangélica. Fue aquí donde el Santo celebró los primeros capítulos de sus frailes, reuniones generales en las que participaban inicialmente todos sus hijos.

Aquí el Santo previó la admirable expansión de su familia religiosa y aquí pudo con inmensa alegría constatar la realización de este sueño.

De aquí el ejército pacífico de sus hijos se extendió, como río benéfico, por toda la tierra produciendo un nuevo Pentecostés de vida cristiana. Aquí, en una noche de gracia y de luz de 1216, arrancó del corazón de Cristo y de la beatísima Virgen que se le aparecieron, la promesa extraordinaria de que cuantos, a lo largo de los siglos, se dirijan a orar en la Porciúncula, contritos y confesos, obtengan la remisión total de sus culpas -el perdón de Asís- y aquí, finalmente, rico en méritos y virtudes, concluyó su vida acogiendo a la muerte cantando (3 de octubre de 1226).

La antigua iglesita de Santa María de los Ángeles o de la Porciúncula es la cuna e iglesia madre de la Orden de los Menores. Francisco la amó más que a todos los demás lugares de la tierra y, moribundo, la encomendó a sus hijos como morada «queridísima de la Madre de Dios». Fr. León, amigo, confidente y confesor de Francisco, en el «Espejo de perfección», sintetiza el amor del seráfico Padre por la iglesita de la Porciúncula en el siguiente pasaje:

«Lugar santo, en verdad, entre los lugares santos. Con razón es considerado digno de grandes honores. Dichoso en su sobrenombre [la Porciúncula]; más dichoso en su nombre [Santa María]; su tercer nombre [de los Ángeles] es ahora augurio de favores. Los ángeles difunden su luz en él; en él pasan las noches y cantan. Después de arruinarse por completo esta iglesia, la restauró Francisco; fue una de las tres que reparó el mismo Padre. La eligió cuando cubrió sus miembros de saco. Fue aquí donde domeñó su cuerpo y lo obligó a someterse al alma. Dentro de este templo nació la Orden de los Menores cuando una multitud de varones se puso a imitar el ejemplo del Padre. Aquí fue donde Clara, esposa de Dios, se cortó por primera vez su cabellera y, pisoteando las pompas del mundo, se dispuso a seguir a Cristo. La Madre de Dios tuvo aquí el doble y glorioso alumbramiento de los hermanos y las señoras, por los que volvió a derramar a Cristo por el mundo. Aquí fue estrechado el ancho camino del viejo mundo y dilatada la virtud de la gente por Dios llamada. Aquí, compuesta la Regla, volvió a nacer la pobreza, se abdicó de los honores y volvió a brillar la cruz. Si Francisco se ve turbado y cansado, aquí recobra el sosiego y su alma se renueva. Aquí se le muestra verdadero aquello de que duda y además se le otorga lo que el mismo Padre demanda» (EP 84).

Fuente: http://www.franciscanos.org/

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