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Nuestra Señora del Tesoro

Nuestra Señora del Tesoro

 «El Reino de los Cielos se parece a un tesoro escondido en un campo; un hombre lo encuentra, lo vuelve a esconder, y lleno de alegría, vende todo lo que posee y compra el campo. El Reino de los Cielos se parece también a un negociante que se dedicaba a buscar perlas finas; y al encontrar una de gran valor, fue a vender todo lo que tenía y la compró.» (Mt 13,44-46)

El Señor puede parecer a ojos del mundo como contradictorio. Por un lado aconseja no llevar nada para el camino, confiar en la Providencia, no confiar en los bienes… Y por otro nos cuenta parábolas de hombres que descubren un tesoro y son capaces de vender todos sus bienes por poseerlo. Es lo que yo llamo la “codicia evangélica”. Solo un tesoro es necesario codiciar: el Cielo, el Reino de los cielos.

Nuestra Santísima Madre, como la hermana de Lázaro, siempre escogió lo mejor para atesorar todo en su Corazón. ¿Y que “bienes” vendió María? Aquellos que a la vista de su sociedad eran inmejorables: una casa llena de los hijos de su esposo. Pero aún más, prefirió pocas palabras, discretas apariciones, pocas menciones en los Evangelios y ser la “esclava del Señor”. Todo para que brille en todo su esplendor la Palabra de su Hijo, el Tesoro que guardaba en su Corazón. Y todavía podríamos decir más. Ella incluso renunció a atesorar a su hijo en lo escondido de su casa familiar y lo entregó a los hombres para que estos, que no saben distinguir una perla de un vidrio, lo persiguieran y mataran. Pero allí estaba Ella, al pie del Arca del tesoro, la Cruz, donde las joyas de su Hijo, sus llagas, brillaron con esplendor de eternidad y salvación para todos los hombres de toda la historia. Si que sabe María lo que es vender todo lo que poseía para comprar el campo de la Casa Paterna para todos nosotros.

¿Qué bienes estoy dispuesto a vender para ser merecedor de Aquel Tesoro?

Santísima Madre de la Perla Divina, ayúdanos a dejar nuestras prisas, nuestros miedos, nuestro tiempo, nuestros deseos… para comprar ese Tesoro que ni todo el oro del mundo podrían comprar. Enséñanos el Campo del Evangelio donde se esconde, para todo aquel que codicie bienes eternos, la Perla Preciosa de Jesucristo tu Hijo.

Que Dios los bendiga y Santa María les sonría,

Claudio*

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