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Leyenda de la mano cortada de San Juan Damasceno

Leyenda de la mano cortada de San Juan Damasceno

El demonio, que siempre vela para nuestro mal, perturbó a la Iglesia Católica en la época de San Juan Damasceno (675-749) con una nueva y cruel guerra que levantó contra ella. El emperador de Oriente, León Isáurico, que con malas mañas y tiranía se había apoderado del imperio, era hombre impío, temerario y sacrílego; engañado por algunos judíos, determinó alzar bandera contra la Iglesia y quitar de ella la adoración y culto a las imágenes de Cristo nuestro Señor, de su benditísima Madre y de los otros Santos, que siempre han sido reverenciados en ella.

Tomó esto tan a pechos el malvado emperador, que por el otoño del año 725 publicó el edicto en que mandaba que en todo el imperio se quitasen todas las imágenes de todos los templos, oratorios, capillas y de todos los otros lugares sagrados y profanos; en muchas partes las hizo quemar (herejía Iconoclasta).

Fue esta muy grande y peligrosa persecución, porque no había quien se opusiese a un león tan bravo y poderoso. Muchos huían y se desterraban de su patria, y , dejando sus casas y haciendas, se entraban por los desiertos, y se escondían en las cuevas, por no consentir en aquella impiedad. Otros, flacos y pusilánimes, por no perder sus haciendas, perdían sus almas y obedecían al emperador. Algunos, aunque pocos, anteponían el cielo a la tierra, y el mandato de Dios al del hombre, y ofrecían sus vidas al cuchillo por no desamparar la fe católica en que vivían.

Estando las cosas en este lastimoso estado y , andando el emperador León Isáurico como león feroz y desencadenado, dando bramidos contra Dios y despedazando las ovejas mansas de su rebaño, el sumo Pastor movió a nuestro San Juan Damasceno para que, como otro David, defendiese su rebaño.

Y , porque no podía vencer a este león con las armas, tomó la pluma y escribió tres cartas contra el emperador y contra sus impíos mandatos, tan graves, tan eruditas y tan llenas de celestial sabiduría, que más parecían enviadas del cielo que escritas por hombre mortal.

En ellas trata con admirable elocuencia del culto que en la Iglesia Católica se da a los Santos; y que se fundamenta en el respeto o relación que tienen con Dios… Este principio general puede aplicarse a un tiempo al culto de los Santos y de sus reliquias y al de las imágenes en general.

Si veneramos a los Santos es porque son los servidores, hijos y herederos del Señor, dioses por participación, amigos de Jesucristo y templos vivos del Espíritu Santo. Este honor recae sobre el mismo Dios, que se considera honrado en sus fieles siervos, llenándolos de sus favores. Los Santos son los patronos del género humano. No se nos ocurra nunca contarlos entre los muertos, porque viven para siempre, y sus reliquias merecen nuestra veneración.

Además de los cuerpos de los Santos merecen también nuestra veneración, aunque en grado inferior, y por decir relación a Jesucristo y a los Santos,las otras reliquias y cosas santas, como la verdadera Cruz, los demás instrumentos e insignias de la Pasión y las cosas y lugares santificados por la presencia o contacto de Jesús, de la Virgen o de los Santos.

La veneración a las sagradas imágenes tiene muchas y muy grandes ventajas: la imagen es el libro de los ignorantes; es, asimismo, muda pero muy elocuente exhortación a que sigamos los ejemplos de los Santos; es también un canal por donde-nos llegan los divinos favores.

Estas cartas envió Damasceno a muchas partes y procuró que se divulgasen y extendiesen de mano en mano, para que muchos las leyesen y no creyesen que lo que el emperador había mandado era verdad, ni se dejasen llevar de sus espantos y amenazas.

Tuvo Dios un cuidado especial de aquellos pueblos, a los que impidió cayeran en los lazos de la perdición. León comprendió que las cartas de Juan eran la causa de la resistencia de los cristianos, y determinó vengarse de él con maña y artificio.

Procuró diligentemente hacerse con alguna carta escrita de mano de Damasceno y , en teniéndola, dióla a algunos escribientes hábiles para que la contrahiciesen, lo que hicieron tan perfectamente que quedó como si fuera de propia mano del Santo. Con este engaño y falsedad hizo escribir una carta fingida, en nombre de San Juan Damasceno, para el mismo emperador León, en la que, en sustancia, le decía que se compadeciese de la ciudad de Damasco, que tenía poca gente de guarnición y con la paz estaba descuida­da y fácilmente la podría tener en sus manos.

Apenas tuvo el emperador esta carta en su poder, escribió otra de su puño y letra al príncipe de Damasco, en la que le daba cuenta de cómo había recibido del gobernador de su ciudad un escrito, que junto con la carta le remitía para que viese quién tenía al frente de la ciudadela, y lo poco que se podía fiar de quien tal hacía.

Recibió esta carta el príncipe de Damasco y , después de leerla, llamó a San Juan Damasceno, mostrósela y preguntóle si aquella letra era suya, y él respondió la verdad: que la letra y mano parecía suya, mas que no lo era; y el bárbaro príncipe, sin réplica, le mandó cortar la mano derecha y fijarla en un palo de la plaza, y así se hizo. Estando ya más aplacado el príncipe, envióle el Santo a suplicar que le restituyese su mano derecha.

Túvolo por bien el príncipe y mandó volver su mano a Damasceno. El Santo se entró con ella aquella noche en su oratorio y, postrado delante de una imagen de la Virgen María, juntando la mano cortada con su brazo, comenzó a suplicar a Nuestra Señora con grande afecto y muchas lágrimas que se la restituyese y consolidase. Hecha la oración quedó dormido y , apareciéndosele Nuestra Señora, le dijo:

«Y a estás sano; compónme himnos, escribe mis loores y cumple lo que has prometido».

Despertó él Santo, hallóse sano y con la mano tan pegada y tan fuerte como si nunca hubiera sido cortada; y , lleno de júbilo y de gozo y alegría indecibles, comenzó a alabar a la Virgen María, y esto con tales voces y regocijo, que los vecinos sarracenos le oyeron cantar y , sabiendo la causa, luego a la mañana le acusaron a su príncipe dándole a entender que los ministros de justicia no habían ejecutado en Juan su justa sentencia.

Para averiguar la verdad mandó el príncipe llamar a San Juan Damasceno y que mostrase su brazo y mano cortada. Mostróla el Santo y, por una delgada señal que para testificación del milagro y confusión de los infieles había Nuestro Señor querido quedase en la juntura, se vio claramente que la mano había sido cortada.

Herido del amor de Dios después de tamaño prodigio, San Juan Damasceno repartió su hacienda a los pobres y se retiró al monasterio de San Sabas, donde vivía su maestro Cosme, y se empleó en servir al Señor y alabar a la Virgen Santísima.

Otra leyenda, tan arraigada como la anterior en la Iglesia oriental, es la que refiere que Juan Damasceno colgó una mano de plata como exvoto a la imagen de la Virgen y que dicha imagen fue luego venerada bajo la advocación de «Virgen Damascena» y «Virgen de las tres manos», y guardada como preciosa reliquia.

Lo cierto es que, sea cual fuere su origen, esta imagen tiene historia, sabiéndose que en el siglo XIII el superior de la laura, o monasterio donde vivió Damasceno, la entregó a San Sabas, metropolitano de Serbia y muy devoto de Nuestra Señora, y éste hizo de ella donación al soberano de aquel país, llegando a ser la «Virgen Damascena» muy venerada y celebrada en Oriente y en particular en Serbia, donde algunas catedrales, como la de Uskub, están dedicadas a «la Virgen de las tres manos».

En honor a la verdad hemos de decir que ambas leyendas son hoy muy discutidas por autores que no han podido encontrar documentos probatorios, o creen que algunos fidedignos dan motivo para negar su autenticidad. Como meras leyendas las damos; creemos que merecen la estampa por bellas y por representativas de la confianza y amor del cristiano por la Madre de Nuestro Señor Jesucristo.

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