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Procreadora del Creador

Procreadora del Creador

Padre Antonio Orozco Delclós (1940-2018)

 Ninguna criatura puede crear en sentido estricto, puesto que para ello se requiere estricta omnipotencia. María, obviamente, no es creadora del Creador. Pero Él ha puesto en la criatura la capacidad de pro-crear, es decir, de ponerse a favor –«pro»– de la creación, colaborando, participando en ella de alguna manera. En la naturaleza del hombre hay el poder impresionante de procrear personas. Dios se ha comprometido de tal modo que cuando ésta pone determinadas condiciones biológicas, Él crea personas. No lo hace siempre ni fuera de las condiciones establecidas, aunque de las piedras podría sacar «hijos de Abraham» (Mt 3, 9; Lc 3, 8). En el matrimonio, es gozoso deber de los cónyuges, ponerse a favor de la vida, procrear. Los padres procrean libre y conscientemente (a no ser por defecto, por ignorancia o por malicia) personas. No son creadores de personas, porque sin la omnipotencia creadora de Dios no podrían procrear. Tampoco son autores sin más de lo que constituye a la persona como tal, que es el alma, irreductible a materia, espíritu inmortal. Pero entendemos que son padres no sólo de cuerpos sino de personas. De algún modo participan en la creación de las personas de sus hijos.

La Virgen María no ha creado a Dios, ni a una Persona divina. Pero ha procreado, por obra del Espíritu Santo, un hombre verdadero que es verdadero Dios, la Segunda Persona de la Santísima Trinidad. Ella le ha dado su carne y sangre. La carne y la sangre de Jesús procede de María, de la procreación de María Virgen. Por eso, se la llama propiamente Madre de Dios y la he llamado «Procreadora del Creador». Me pareció original, pero, como suele suceder, no lo es tanto. Han pasado los años y he encontrado en la Encíclica Redemptoris Mater, de Juan Pablo II, que el título se hallaba contenido ya en la sabiduría de los siglos: «La liturgia – dice el papa magno- no duda en llamarla «Madre de su Progenitor» y saludarla con las palabras que Dante Alighieri pone en boca de San Bernardo: «hija de tu Hijo».» (JPII, RM, 10)

Procreadora de los hijos de Dios

Pero la Trinidad no se limita a hacer de María la Procreadora virginal de Dios Hijo, sino también la ha hace Procreadora de todos los que llegan a ser hijos de Dios, precisamente en lo que específicamente tienen de hijos de Dios. Porque el Hijo encarnado es como una vid con innumerables sarmientos (Jn 15, 5). Cada sarmiento, unido a la vid, vive de la misma savia, de la misma vida de la vid. De la vida divina de Cristo brota un manantial inagotable de vida sobrenatural, divina, que a través de su Humanidad se comunica a todos los que están en comunión con Él, formando su «Cuerpo Místico». San Pablo dice que la Iglesia es el «Cuerpo de Cristo» (Col 1, 18.24; 1 Cor 12, 27; Rom 12, 5). La Iglesia, para evitar ingenuos malentendidos, dice de sí misma que es «Cuerpo Místico», porque no se trata de un cuerpo de madera ni de un organismo material. Es un organismo de vida sobre-natural, que vivifica a todos sus miembros a la vez que vigoriza su personalidad inconfundible y los introduce en la Vida intratrinitaria.

Esta es la vida suprema, infinitamente superior a la que se origina con el DNA. Y es vida, porque en ella se despliegan los actos vitales más intensos: entender y amar, además, en cierta medida, con la sabiduría y el amor de Dios.

Madre que engendra vida

El Magisterio de la Iglesia enseña que María es «madre en el orden de la gracia» (Conc. Vaticano II, Const. Lumen Gentium, cap. VIII). La Gracia santificante es vida.

A nosotros nos puede parecer que la vida es algo material, como el latir del corazón o el respirar y quizá no nos damos cuenta de que hay más vida en un sólo pensamiento del hombre que en todo el universo irracional [1]. La vida del Verbo es la más rica, y consistente de las vidas. Unirse al Verbo es vivir más, ser más, ser más vivo, tener más vida. Y si la unión es sobrenatural, por la participación en la vida de la gracia, entonces la vida que se recibe, que penetra, que impregna el núcleo del ser personal, eleva a un “nivel de vida” infinitamente superior al de la vida natural. ¿Cómo negar que la vida superior sea más fecunda que la vida inferior? ¿Cómo no ver que una criatura inmersa en el centro amoroso de la Santísima Trinidad pueda procrear en la vida sobrenatural? Habrá de ser de otra manera, pero será.

María vive, como hija, en el Padre, tomando parte en su Paternidad; y vive en el Espíritu Santo tomando parte en su Amor personal; y está unida a Dios Hijo, de modo esencialmente superior al de cualquiera de los que Jesús hace unum (uno) con El (Jn 17, 11.21, 22). Si un buen cristiano es y, sobre todo, será unum con Cristo Jesús, ¿qué nivel de unidad con Cristo habrá alcanzado en el Cielo la Virgen María? Su relación con cada una de las Personas divinas parece reforzar o enriquecer su relación con las otras dos, en una suerte de sinergia que a los que andamos por estos mundos de aquí abajo nos puede suscitar vértigo. Ella es una como Madre, con Dios Hijo. Es Madre en Dios Padre; es la Enamorada por excelencia en el Amor que es el Espíritu Santo. Ella está inmersa en la Vida misma. Si alguna criatura puede ser donadora de vida, es sin duda María.

La vida de la Gracia

La vida material requiere un soporte material (como el ADN), pero no así la espiritual. La Gracia santificante es vida sobrenatural, misteriosa pero verdadera participación en la vida divina, germen de Dios [2]. «Hemos sido engendrados de nuevo, no de un germen corruptible, sino incorruptible, por medio de la palabra de Dios, viva y permanente» [3]. La filiación divina del cristiano es «adoptiva» porque éste no nace viviendo vida de Dios; pero al ser adoptados por Dios Padre, el Espíritu Santo nos infunde una vida nueva, que es verdadera vida de comunión con Dios en Cristo: «El que está en Cristo, es una nueva creación; pasó lo viejo, todo es nuevo» [4]. Y tiene las características de toda vida creada: concepción, gestación, nacimiento, desarrollo, plenitud. Comienza a vivir como una semilla, frágil, fácilmente destructible (por el pecado), y acaba siendo la vida robusta, indestructible, plena de Dios de los bienaventurados en el Cielo.

¡Cuántas veces san Pablo habla de ser en Cristo! Se trata de auténtica vida, con un poder de fecundidad maravilloso. Al extremo que el mismo Apóstol puede exclamar: «yo os he engendrado por el Evangelio» [5]; «hijitos míos –exclama-, por los que otra vez tengo dolores de parto…» [6].

Es tanta la bondad de Dios que parece querer darnos todo cuanto puede de Sí mismo, a cada uno de sus hijos, con la diversidad que sea menester. Nos hace partícipes de su paternidad – capaces de procrear espiritualmente -; nos hace partícipes de la filiación de Dios Hijo; y, en fin, nos hace partícipes del Amor que es Dios Espíritu Santo. Todo cristiano está, por la Gracia, capacitado para ser padre y madre, hijo y “espíritu santo” (paráclito: abogado, defensor, consolador, amor) de los demás.

Nacen del Corazón de María

Pero esta capacidad, en la criatura constituida Madre de Dios, es de orden esencialmente superior a la del apóstol. ¿Qué no podrá la Virgen María, asunta al Cielo, disfrutando de aquella una unión intimísima con la tres Personas divinas? Así como Cristo Cabeza nace en la mente y en el corazón de María por obra del Espíritu Santo -antes aún que biológicamente en sus entrañas virginales, por la fe en la Palabra de Dios [7]-, de un modo análogo, los miembros de Cristo – los otros Cristos – nacen a la vida de Cristo también por obra del Espíritu Santo, del Corazón inmaculado de María.

Cabe decir que la Madre de Cristo, por querer y don de Dios, interviene cooperando con el Espíritu Santo en la donación de la vida sobrenatural que es la gracia santificante, de la que está sobreabundantemente llena (plena sibi, superplena nobis). María, en efecto, coopera «al nacimiento y desarrollo de la vida divina en las almas de los redimidos» [8]. La maternidad de María respecto de los cristianos no es mera nominación; ni sólo intercesión con alto valor moral ante la Trinidad: se trata de una cooperación que toca el ser mismo de la Gracia, así como el ser mismo del «nuevo ser» que es el renacido del Espíritu y que va creciendo en la «vida cristiana».

«¿No es acaso María Madre de Cristo? Pues también es Madre nuestra. Todos deben tener muy presente que Jesús, que es el Verbo de Dios hecho carne, es también el Salvador del género humano. Ahora bien, en cuanto Dios-Hombre, El adquirió un cuerpo concreto como los demás hombres. Pero en cuanto Salvador de nuestro linaje, consiguió un cierto cuerpo espiritual o, según se dice, místico (… ) Por consiguiente, la Virgen no concibió tan sólo al Hijo eterno de Dios para que, recibiendo de Ella una naturaleza humana, se hiciese hombre; sino también para que, mediante esta naturaleza recibida de Ella, fuese el Salvador de los mortales (…) Así, pues, en el mismo seno virginal de la Madre, asumió Cristo para sí una carne y, al mismo tiempo, adquirió un cuerpo espiritual, el cuerpo formado por aquellos que habían de creer en El. De tal forma, que puede decirse que María, cuando llevaba en su seno al Salvador, gestaba también a todos aquellos cuya vida estaba contenida en la vida del Salvador. Así pues, todos cuantos estamos unidos con Cristo y, según frase del Apóstol, somos, miembros de su cuerpo, de su carne y de sus huesos (Ef 5, 30), hemos salido del seno de María a semejanza de un cuerpo unido con su cabeza. De donde, en un sentido ciertamente espiritual y místico, nosotros somos llamados hijos de María y Ella es Madre de todos nosotros. Madre en espíritu, pero evidentemente Madre de los miembros de Cristo, que somos nosotros» (S. Pío X) [9]. El realismo con que se expresa el papa san Pío X es impresionante e inequívoco: María es Madre es un sentido propio y pleno. María nos ha engendrado en Cristo, nos ha alumbrado en Cristo, nos nutre en Cristo.

Insistamos, María no es autora de la Gracia, pero todo nos conduce a pensar que hay un compromiso divino, asumido libremente por Dios, con vistas a la participación de María en la obra de la santificación, por el cual es verdadera Madre, donadora de la vida sobrenatural, crística, creada por la Trinidad: desde el Padre en el Hijo por el Espíritu Santo. Como en ese orden vital no se precisa sustrato biológico, supuesta la Voluntad de Dios Trino y la voluntad humana de Cristo Santificador, cabe decir que a la Madre de Dios le basta poner el querer amorosísimo de su voluntad (unido en el Espíritu Santo al querer de Cristo Redentor), para que Dios cree la vida sobrenatural en el alma de sus hijos. Así Ella es, en sentido espiritual, real, vital y pleno, Madre nuestra, procreadora, en el orden de la gracia (Lumen Gentium, cap. VIII, n. 61).

Estamos pues ante tres misterios que se enlazan y compenetran hasta formar un solo y único misterio: Maternidad divina, Encarnación y Maternidad espiritual de María [10]. La Maternidad divina acontece a la vez que la Encarnación del Verbo y se prolonga en la maternidad espiritual respecto a todos los unidos de algún modo a Cristo Jesús. «Esta maternidad en el orden de la gracia ha surgido de la misma maternidad divina» [11]. Todo, no lo olvidemos, por obra del Espíritu Santo, que es quien «hace madre» a la Virgen en todas sus dimensiones [12].

Se trata de una inefable dignación, de misericordia y de bondad, que el Espíritu del Padre y del Hijo no sólo nos conforme al Hijo, para poder exclamar «Abbá!, ¡Padre!» sino que también nos infunda un espíritu de filiación respecto a María, por el que podamos igualmente exclamar: «¡Madre, Madre…!». La espiritualidad de esa nueva vida no niega, al contrario, la consistencia, la intensidad, la realidad de la vida de que se habla.

«¡Oh Madre, Madre!: con esa palabra tuya -«fiat»- nos has hecho hermanos de Dios y herederos de su gloria. -¡Bendita seas!» (San Josemaría Escrivá, Camino, n. 512)

NOTAS

 [*] (Se encuentran aquí algunas de las ideas más críticamente desarrolladas en el libro Antonio Orozco, Madre de Dios y Madre Nuestra. Introducción a la Mariología, 5ª edición, Ed. Rialp, Madrid 1998, cap. VI, pp. 65-100)

[1] SAN JUAN DE LA CRUZ, Dichos de amor y luz, 39; cit JUAN PABLO II, Discurso, Segovia, 4-XI-1982.
[2] 1 Jn 3, 9.
[3] 1Petr 1, 23.
[4] 2 Cor 5,17.
[5] 1 Cor 4,15.
[6] Gal 4,19.
[7] SAN LEÓN MAGNO acuñó la fómula «prius concepit mente quam corpore» (Sermo 21, 1: ML 54, 191) Cfr. SAN AGUSTIN, Sermo 25, 7: ML 46, 937; Sermo 205, 4: ML 38, 1074; Sermo 293, 1: ML 38, 1327. Se hace eco de esta enseñanza LG 56, 57)
[8] PABLO VI, Solemne profesión de fe, 30 de junio de 1968, n. 15; JUAN PABLO II, Enc. Redemptoris Mater, n. 46
[9] SAN PIO X, Ad diem illum, 2-XI-1904.
[10] La tradición católica no siempre empleó, para María, el concepto de «madre»; ni siquiera «madre de adopción». La Maternidad de María se reservaba celosamente para el Unigénito: para Jesús. ¿Por qué no se pasó, mentalmente, del concepto paulino de «hermanos de Jesús», al de «hijos de María»? Desde luego, la razón principal es el orden diverso en que debe ser en tendida esa fraternidad. Pero además existía, tal vez, todavía un como eco de las antiguas disputas contra Helvidio, que no admitía la virginidad después del parto; y no podía ser bien recibido un título, por lo demás inocente, como era el de «hijos de María». De hecho, en la Patristica, aparece muy pronto el título de «madre», aplicado a la Iglesia, y no a María. Tal vez era necesario también esperar a un cambio «psicológico» en la devoción y piedad popular; y esto acontece a mediados del siglo Xll. Lo que no quiere decir que la realidad misma de esa Maternidad sobre los hombres no sea uno de los primeros datos de la tradición más primitiva.
[11] RM, n. 22.
[12] RM 47. En el siglo VII-VIII, San Andrés de Creta saludaba a la Virgen con esta bella oración: «Dios te guarde, medianera de la ley y de la gracia, sello y rúbrica del Antiguo y del Nuevo Testamento… todo el mundo te considera como propiciadora universal, ¡oh, suministradora de la vida, vida de los vivientes y autora de la vida!» (SAN ANDRÉS DE CRETA, PG 97, 1101; Para el tratamiento de la Liturgia Hispania, véase JAVIER IBÁNEZ – FERNANDO MENDOZA, Liturgia Hispana, Pamplona 1975)

Fuente: ARVO.net

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