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Carta mariana III

Cartas marianas – III
11 de febrero de 2011, Nuestra Señora de Lourdes

“Yo soy la Inmaculada Concepción”

Decía el Siervo de Dios Juan Pablo II en la Gruta de Lourdes el 14 de agosto de 1983: Hoy la Virgen sin pecado nos dice como a Bernardita: Rogad por los pecadores, venid a lavaros, purificaos y emprended una vida nueva ¡Convertíos y creed en el Evangelio! (Mc 1,15) porque hoy el sentido mismo del pecado en parte ha desaparecido, porque se ha perdido el sentido de Dios. Las conciencias se han oscurecido como en los tiempos del primer pecado, no diferenciando más el bien del mal. Pero la Virgen sin pecado viene en ayuda de los pecadores!

Y después de meditar esa exhortación, meditemos sobre la pureza inmaculada de Nuestra Señora con las sublimes palabras de otro Papa santo, el Beato Pío IX, en la Bula definitoria de la Inmaculada Concepción de María:

Los Padres y escritores de la Iglesia profesaron que la Virgen Santísima fue elegida desde la eternidad, preparada para sí por el Altísimo, vaticinada por Dios cuando dijo a la serpiente: Pondré enemistades entre ti y la mujer, que ciertamente trituró la venenosa cabeza de la misma serpiente, y afirmaron que la misma Santísima Virgen fue por gracia limpia de toda mancha de pecado y libre de toda mácula de cuerpo, alma y entendimiento, y que siempre estuvo con Dios, unida con Él en eterna alianza, y que nunca estuvo en las tinieblas, sino en la luz, y, por consiguiente, que fue aptísima morada para Cristo (…)

Atestiguaron que la carne de la Virgen tomada de Adán no había recibido las manchas de Adán, y por consiguiente que la Virgen Santísima es el tabernáculo creado por el mismo Dios, formado por el Espíritu Santo (….) y que Ella es, y con razón se la celebra, como la primera y exclusiva obra de Dios, que salió ilesa de los igníferos dardos del maligno, y como la que hermosa por naturaleza y totalmente inocente, apareció al mundo como aurora brillantísima en su Concepción Inmaculada (…).

Y por cierto esta doctrina había penetrado en las mentes y corazones de nuestros antepasados de tal manera, que prevaleció entre ellos la singular y maravillosa manera de hablar con la que frecuentísimamente se dirigieron a la Madre de Dios llamándola Inmaculada, y bajo todos los aspectos Inmaculada, inocente e inocentísima, sin mancha y bajo todos los aspectos sin mancha, santa y muy ajena a todo pecado, toda pura, toda limpia, y como el ideal de pureza e inocencia, más hermosa que la hermosura, más ataviada que el mismo ornato, más santa que la santidad, y sola santa y purísima en el alma y en el cuerpo, que superó toda integridad y virginidad, y sola convertida totalmente en morada de todas las gracias del Santísimo Espíritu, y que a excepción de sólo Dios resultó superior, por naturaleza más hermosa y vistosa y santa, que los mismos Querubines y Serafines y toda la muchedumbre de los Ángeles, y cuya perfección no pueden, en modo alguno, glorificar dignamente ni las lenguas de los Ángeles ni de los hombres.

Beato Pío IX, Epístola Apostólica Ineffabilis Deus, 8 de diciembre de 1854.

En la Gruta de Lourdes se percibe un ambiente celestial que invita al silencio y que hace brotar lágrimas de arrepentimiento, de amor, de gozo. Todo en Lourdes respira a catolicismo, porque todo Lourdes es de María: La celebración de la Misa y el Rosario, personal o comunitario y en muchos idiomas. La adoración eucarística y la Bendición de los enfermos. El Vía Crucis, la procesión de antorchas. Hasta la belleza del lugar nos da una acogida que nos ayuda a acercarnos a Dios. Es que Dios creó ese lugar para su Madre. Los hombres lo habían abandonado, pero Ella lo hermoseó más y lo perfumó con sus virtudes. Por eso allí recordamos que la fe católica nos da la paz que no puede dar el mundo. Por eso al dejar Lourdes, si hemos aprovechado la visita con la oración y los Sacramentos, lo hacemos con el corazón renovado y pleno de un suave gozo, que sólo María Santísima puede dar. Entonces volvemos a casa bajo la mirada complacida de nuestro amado Señor, al que nos ha acercado su Santísima Madre.

En este día tan grande, peregrinemos espiritualmente a la Gruta confesando, asistiendo a Misa y comulgando, hoy mismo, o en cuanto nos sea posible. Renovemos nuestro fervor en el rezo del Rosario. Y, como pidió la Virgen, encendamos velas: Que el Señor vea la sencilla devoción de las velas como un testimonio de nuestra fe que debe iluminar el mundo en tinieblas.

Un saludo fraterno, Giorgio Sernani

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