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III Parte. Capítulo 5: Prácticas particulares de esta devoción

Tratado de la Verdadera Devoción a la Virgen María  de San Luis María Grignion de Monfort

 Tercera Parte LA PERFECTA CONSAGRACIÓN A JESUCRISTO

Capítulo V: PRÁCTICAS PARTICULARES DE ESTA DEVOCIÓN

 

  1. A) Prácticas exteriores

 Aunque lo esencial de esta devoción consiste en lo interior, no por eso carece de prácticas exteriores que no es conveniente descuidar: Estas son cosas que deberán observar, sin descuidar las otras (Mt. 23, 23). Ya porque las prácticas exteriores debidamente ejercitadas ayudan a las interiores; ya porque recuerdan al hombre, acostumbrado a guiarse por los sentidos, lo que ha hecho y debe hacer; ya porque son a propósito para edificar al prójimo que las ve, cosa que no hacen las prácticas interiores.

Por tanto, que ningún mundano ni crítico autosuficiente nos venga a decir que la verdadera devoción está en el corazón, que hay que evitar las exterioridades, ya que ahí puede ocultarse la vanidad, que hay que esconder la propia devoción, etc. Yo les respondo con mi Maestro: Que vean sus buenas obras y glorifiquen al Padre que está en los cielos (Mt. 5, 16).

Lo cual no significa, como advierte san Gregorio, que debamos realizar nuestras buenas acciones y devociones exteriores para agradar a los hombres y ganarse sus alabanzas, esto sería vanidad, sino que, a veces, las realicemos delante de los hombres con el fin de agradar a Dios y glorificarlo, sin preocuparnos por los desprecios o las alabanzas de las criaturas.

Voy a proponer, en resumen, algunas prácticas exteriores, llamadas así no porque se hagan sin devoción interior, sino porque tienen algo exterior que las distingue de las actitudes puramente interiores.

 

  1. Preparar y hacer la consagración total

 Primera práctica. Quienes deseen abrazar esta devoción particular, no erigida aún en cofradía, aunque sería mucho de desear que lo fuera, emplearán, como he dicho en la primera parte de esta “preparación al reinado de Jesucristo”, doce días, por lo menos, en vaciarse del espíritu del mundo, contrario al de Jesucristo, y tres semanas en llenarse de Jesucristo por medio de la Santísima Virgen. Para ello, podrán seguir este orden:

Durante la primera semana, dedicarán todas sus oraciones y actos de piedad a pedir el conocimiento de sí mismos y la contrición de sus pecados, haciéndolo todo con espíritu de humildad. Podrán meditar, si quieren, lo dicho antes sobre nuestras malas inclinaciones (y no considerarse durante los seis días de esta semana más que como caracoles, babosas, sapos, cerdos, serpientes, animales inmundos) o meditar estos tres pensamientos de san Bernardo: Piensa en lo que fuiste: un poco de barro; en lo que eres: un poco de estiércol; en lo que serás: pasto de gusanos. Rogarán al Señor y al Espíritu Santo que los ilumine, diciendo: ¡Señor, que yo vea! (Lc. 18, 41), o: ¡Que yo te conozca! (san Agustín), o también: Ven, Espíritu Santo. Y dirán todos los días las Letanías del Espíritu Santo y la oración señalada en la primera parte de esta obra. Recurrirán a la Santísima Virgen pidiéndole esta gracia, que debe ser el fundamento de las otras, y para ello dirán todos los días el himno Salve, Estrella del mar, y las Letanías de la Santísima Virgen.

Durante la segunda semana se dedicarán en todas sus oraciones y obras del día a conocer a la Santísima Virgen, pidiendo este conocimiento al Espíritu Santo. Podrán leer y meditar lo que al respecto hemos dicho. Y rezarán con esta intención como en la primera semana, las Letanías del Espíritu Santo y el himno Salve, Estrella del mar, t, además, el Rosario, o la tercera parte de él.

Dedicarán la tercera semana a conocer a Jesucristo. Para ello podrán leer y meditar lo que arriba hemos dicho y rezar la oración de san Agustín que se lee hacia el comienzo de la Segunda Parte. Podrán repetir una y mil veces cada día, con el mismo santo: ¡Que yo te conozca, Señor!, o bien: ¡Señor, sepa yo quién eres tú! Rezarán como en las semanas anteriores, las Letanías del Espíritu Santo y el himno Salve, Estrella del mar, y añadirán todos los días las Letanías del santo Nombre de Jesús.

Al concluir las tres semanas, se confesarán y comulgarán con la intención de entregarse a Jesucristo, en calidad de esclavos de amor, por las manos de María. Y después de la Comunión, que procurarán hacer según el método que expondré más tarde, recitarán la fórmula de consagración, que también hallarán más adelante. Es conveniente que la escriban o hagan escribir, si no está impresa, y la firmen ese mismo día.

Es conveniente también que paguen en ese día algún tributo a Jesucristo y a su Santísima Madre, ya como penitencia por su infidelidad al compromiso bautismal, ya para patentizar su total dependencia de Jesús y de María. Este tributo, naturalmente, dependerá de la devoción y capacidad de cada uno, como, por ejemplo, un ayuno, una mortificación, una limosna o un cirio. Pues, aún cuando sólo dieran, en homenaje, un alfiler, con tal que lo den de todo corazón, sería bastante para Jesús, que sólo atiende a la buena voluntad.

Al menos en cada aniversario, renovarán dicha consagración, observando las mismas prácticas durante tres semanas. Todos los meses y aun todos los días pueden renovar su entrega con estas pocas palabras: ¡Soy todo tuyo y cuanto tengo es tuyo, oh mi amable Jesús, por María, tu Madre Santísima!

 

  1. Rezo de la Coronilla

 Segunda práctica. Rezarán todos los días de su vida, aunque sin considerarlo como obligación, la Coronilla de la Santísima Virgen, compuesta por tres Padrenuestros y doce Avemarías para honrar los doce privilegios y grandezas de la Santísima Virgen. Esta práctica es muy antigua y tiene su fundamento en la Sagrada Escritura. San Juan vio una mujer coronada de doce estrellas, vestida de sol y con la luna bajo sus pies (Apoc. 12, 1). Esta mujer, según los intérpretes, es María.

Sería demasiado enumerar las muchas maneras que hay de rezarla bien. El Espíritu Santo se las enseñará a quienes sean más fieles a esta devoción. Para recitarla con mayor sencillez será conveniente empezar así: Dígnate aceptar mis alabanzas, Virgen Santísima. dame fuerzas contra tus enemigos.

En seguida rezarás el Credo, un Padrenuestro, cuatro Avemarías y un Gloria, todo ello tres veces. Al fin dirás: Bajo tu amparo…

 

  1. Llevar cadenillas de hierro

 Tercera práctica. Es muy laudable, glorioso y útil para quienes se consagran como esclavos de Jesús en María, llevar como señal de su esclavitud de amor, alguna cadenilla de hierro bendecida oportunamente. Estas señales exteriores no son, en verdad, esenciales y bien pueden suprimirse, aun después de haber abrazado esta devoción. Sin embargo, no puedo menos de alabar en gran manera a quienes, una vez sacudidas las cadenas vergonzosas de la esclavitud del demonio, con el pecado original y tal vez los pecados actuales los tenían atados, se han sometido voluntariamente a la esclavitud de Jesucristo y se glorían con san Pablo de estar encadenados por Jesucristo (cfr. Ef. 3, 1; Flm. 9), con cadenas mil veces más gloriosas y preciosas, aunque sean de hierro y sin brillo, que todos los collares de hierro de los emperadores.

En otro tiempo no había nada más infame que la cruz. Ahora este madero es lo más glorioso del cristianismo. Lo mismo decimos de los hierros de la esclavitud. Nada había entre los antiguos más ignominioso ni lo hay ahora entre los paganos. Pero entre los cristianos no hay nada más ilustre que estas cadenas de Jesucristo, porque ellas nos liberan y preservan de las prisiones infames del pecado y del demonio, nos ponen en libertad y nos ligan a Jesús y a María, no por violencia y a la fuerza como a presidiarios, sino por caridad y amor, como a hijos: Los atraeré a mí, dice el Señor por la boca de su profeta, con cadenas de amor (Os. 11, 4). Estas cadenas son, por consiguiente, fuertes como la muerte (Cant. 8, 6) y, en cierto modo, más fuertes aún para aquellos para quienes sean fieles en llevar hasta la muerte estas señales gloriosas. Efectivamente, aunque la muerte destruya el cuerpo reduciéndolo a podredumbre, no destruirá las ligaduras de esta esclavitud, que, siendo de hierro, no se corrompen fácilmente y en la resurrección de los cuerpos en el gran juicio del último día, estas cadenas que todavía rodearán sus huesos, constituirán parte de su gloria y se transformarán en cadenas de luz y de triunfo. ¡Dichosos, pues, mil veces los esclavos ilustres de Jesús en María, que llevan sus cadenas hasta el sepulcro!

Éstas son las razones para llevar estas cadenillas:

1º) Para recordar al cristiano los votos y promesas del Bautismo, la renovación perfecta que hizo de ellos por esta devoción y la estrecha obligación que ha contraído de permanecer fiel a ellos. Dado que el hombre, acostumbrado a gobernarse más por los sentidos que la fe pura, olvida fácilmente sus obligaciones para con Dios, si no tiene algún objeto exterior que se las recuerde, estas cadenillas sirven admirablemente al cristiano para traerle a la memoria las cadenas del pecado y de la esclavitud del demonio, de las cuales los libró el Bautismo, y de la servidumbre que en el santo Bautismo prometió a Jesucristo y ratificó por la renovación de sus votos. Y una de las razones que explican por qué tan pocos cristianos piensan en los votos del Bautismo y viven un libertinaje propio de paganos, como si a nada se hubieran comprometido con Dios, es que no llevan ninguna señal exterior que les recuerde todo esto.

2º) Para mostrar que no nos avergonzamos de la esclavitud y servidumbre de Jesucristo y que renunciamos a la esclavitud funesta del mundo, del pecado y del demonio.

3º) Para liberarnos y preservarnos de las cadenas del pecado y del infierno. Porque es preciso que llevemos las cadenas de la iniquidad o las del amor y la salvación.

¡Hermano carísimo! Rompamos las cadenas de los pecados y de los pecadores, del mundo y de los mundanos, del demonio y de sus secuaces. Arrojemos lejos de nosotros su yugo funesto (Sal. 2, 3). Introduzcamos nuestros pies, por usar el lenguaje del Espíritu Santo, en los grillos gloriosos de Jesucristo; tendamos nuestro cuello a sus cadenas (Ecli. 6, 24). Inclinemos nuestros hombros y tomemos a cuestas la Sabiduría, que es Jesucristo: Encorva tu espalda y cárgala, no te rebeles contra sus cadenas (Ecli. 6, 26). Toma nota de que el Espíritu Santo, antes de pronunciar estas palabras, prepara al alma a fin de que no rechace tan importante consejo, diciendo: Acepta mi sentencia y no rechaces mi consejo (Ecli. 6, 23).

No lleves a mal, amigo mío, que me una al Espíritu Santo para darte el mismo consejo: Sus cadenas son cintas preciosas (Ecli. 6, 31). Como Jesucristo en la cruz debe atraerlo todo hacia sí (Jn. 12, 32) de grado o por fuerza, atraerá a los réprobos con las cadenas de sus pecados para encadenarlos, a manera de presidiarios y demonios, a su ira eterna y a su justicia vengadora; mientras atraerá, particularmente en estos últimos tiempos, a los predestinados, con las cadenas del amor: Todo lo atraeré a mí (Jn. 12, 32): Los atraeré con cadenas de amor (Os. 11, 4).

Estos esclavos de amor de Jesucristo, o encadenados de Jesucristo (cfr. Ef. 3, 1), pueden llevar sus cadenas al cuello, en los brazos, en la cintura o en los pies.

El P. Vicente Caraffa, séptimo Superior General de la Compañía de Jesús, que murió en olor de santidad en el año 1634, llevaba, en señal de esclavitud, un aro de hierro en cada pie y decía que su dolor era no poder arrastrar públicamente la cadena.

La Madre Inés de Jesús, de quien hablamos antes, llevaba una cadena a la cintura.

Otros la han llevado al cuello, como penitencia por los collares de perlas que llevaron en el mundo… y otros, en los brazos, para acordarse durante el trabajo manual de que son esclavos de Jesucristo.

 

  1. Celebración especial del misterio de la Encarnación

 Cuarta práctica. Profesarán singular devoción al gran misterio de la Encarnación del Verbo, el 25 de marzo. Éste es, en efecto, el misterio propio de esta devoción, puesto que ha sido inspirada por el Espíritu Santo.

1º) Para honrar e imitar la dependencia inefable que Dios Hijo quiso tener respecto a María para gloria del Padre y para nuestra salvación. Dependencia que se manifiesta de modo esencial en este misterio en el que Jesucristo se hace prisionero y esclavo en el seno de la excelsa María, en donde depende de Ella en todo y para todo.

2º) Para agradecer a Dios las gracias incomparables que otorgó a María y especialmente el haberla escogido por su dignísima Madre: elección realizada precisamente en este misterio.

Estos dos son los fines principales de la esclavitud de Jesús en María.

Observa que digo ordinariamente: el esclavo de Jesús en María. En verdad se puede decir, como muchos lo han hecho hasta ahora: el esclavo de María, la esclavitud de la Santísima Virgen. Pero creo que es preferible decir: el esclavo de Jesús en María, como lo aconsejaba M. Tronson, Superior General del Seminario de san Sulpicio, renombrado por su rara prudencia y su consumada piedad, a un clérigo que le consultó sobre este particular.

Las razones son éstas:

1º) Vivimos en un siglo orgulloso, en el que gran número de sabios engreídos, presumidos y críticos hallan siempre algo que censurar hasta en las prácticas de piedad mejor fundadas y más sólidas. Por tanto, a fin de no darles ocasión de crítica, vale más decir: la esclavitud de Jesucristo en María y llamarse esclavo de Jesucristo que esclavo de María, tomando el nombre de esta devoción preferiblemente de su fin último, que es Jesucristo, y no del camino y medio para llegar a la meta, que es María. Sin embargo, se puede, en verdad, emplear una u otra expresión, como yo lo hago. Por ejemplo, un hombre que viaja de Orleáns a Tours pasando por Amboise, puede muy bien decir que va a Amboise y que viaja a Tours, con la diferencia, sin embargo, de que Amboise no es más que el camino para llegar a Tours, y que Tours es la meta y término de su viaje.

2º) El principal misterio que se honra y celebra en esta devoción es el misterio de la Encarnación. En él Jesucristo se halla presente y encarnado en su seno. Por ello, es mejor decir la esclavitud de Jesús en María, de Jesús que reside y reina en María, según aquella hermosa plegaria de tantas y tan grandes almas: Oh Jesús, que vives en María, ven a vivir en nosotros con tu espíritu de santidad, etc.

3º) Esta manera de hablar manifiesta mejor la unión íntima que hay entre Jesús y María. Ellos se hallan tan íntimamente unidos, que el uno está totalmente en el otro: Jesús está todo en María y María toda en Jesús, o mejor, no vive Ella sino Jesús en Ella. Antes separaríamos la luz del sol que a María de Jesús. De suerte que al Señor se le puede llamar Jesús de María y a la Santísima Virgen, María de Jesús.

El tiempo no me permite detenerme aquí para explicar las excelencias y grandezas del misterio de Jesús que vive y reina en María, es decir, de la Encarnación del Verbo. Me contentaré con decir en dos palabras:

–        Que éste es el primer misterio de Jesucristo, el más oculto, el más elevado y menos conocido.

–        Que en este misterio, Jesús en el seno de María, al que por ello denominan los santos la sala de los secretos de Dios (san Ambrosio), escogió de acuerdo con Ella a todos los elegidos.

–        Que en este misterio realizó ya todos los demás misterios de su vida, por la aceptación que hizo de ellos: Por eso, al entrar Cristo al mundo dice: “Mira, aquí vengo; aquí estoy para cumplir tu voluntad”… (Heb. 10, 5-9).

–        Que este misterio es, por consiguiente, el compendio de todos los misterios de Cristo y encierra la voluntad y gracia de todos ellos.

–        Y, por último, que este misterio es el trono de misericordia, generosidad y gloria de Dios.

–        Es el trono de la misericordia divina para con nosotros, porque no podemos acercarnos a Jesús sino por María, no podemos ver ni hablar a Jesús sino por María. Ahora bien, Jesús que siempre complace a su querida Madre, otorga siempre allí su gracia y misericordia a los pobres pecadores. Acerquémonos, pues, confiadamente al trono de la gracia… (Heb. 4, 16).

–        Es el trono de su generosidad para con María, porque mientras Jesús, nuevo Adán, permanece en María, su verdadero paraíso terrestre, realizó en él ocultamente tantas maravillas, que ni los ángeles ni los hombres alcanzan a comprenderlas; por ello, los santos llaman a María la magnificencia de Dios, como si Dios sólo fuera magnífico en María (cfr. Is. 33, 21).

–        Es el trono de gloria que Jesús tributa al Padre, porque:

En María aplacó Él perfectamente a su Padre irritado contra los hombres.

En Ella reparó perfectamente la gloria que el pecado le había arrebatado.

En Ella, por el holocausto que ofreció de su voluntad y de sí mismo, dio al Padre más gloria que la que le habían dado todos los sacrificios de la Ley antigua.

Y, finalmente, en Ella le dio una gloria infinita, que jamás había recibido del hombre.

 

  1. Recitación del Avemaría y del Rosario

 Quinta práctica. Recitarán con gran devoción el Avemaría o salutación angélica, cuyo valor, mérito, excelencia y necesidad apenas conocen los cristianos aun los más instruidos. Ha sido necesario que la Santísima Virgen se haya aparecido muchas veces a grandes y muy esclarecidos santos, como santo Domingo, san Juan de Capistrano o el beato Alano de la Roche, para manifestarles por sí misma el valor del Avemaría. Ellos escribieron libros enteros sobre las maravillas y eficacia de esta oración para convertir las almas. Proclamaron a voces y predicaron públicamente que habiendo comenzado la salvación del mundo por el Avemaría, a esta oración está vinculada también la salvación de cada uno en particular; que esta oración hizo que la tierra seca y estéril produjese el fruto de vida y que, por tanto, esta oración bien rezada hará germinar en nuestras almas la Palabra de Dios y producir el fruto de vida, Jesucristo; que el Avemaría es un rocío celestial que riega la tierra, es decir, el alma, para hacerle producir fruto en tiempo oportuno y que un alma que no es regada por esta oración o rocío celestial no produce fruto sino malezas y espinas y está cerca de recibir la maldición.

He aquí lo que la Santísima Virgen reveló al beato Alano de la Roche, como se lee en su libro De Dignitate Rosarii: Sepas, hijo mío, y hazlo conocer a todos, que es señal probable y próxima de condenación eterna el tener aversión, tibieza y negligencia a la recitación de la salutación angélica, que trajo la salvación a todo el mundo. Palabras tan consoladoras y terribles, al a vez, tanto que nos resistiríamos a creerlas, si no las garantizara la santidad de este varón y la de santo Domingo antes que él, y después, la de muchos grandes personajes junto con la experiencia de muchos siglos. Pues siempre se ha observado que los que llevan la señal de la reprobación, como los herejes, impíos, orgullosos y mundanos, odian y desprecian el Avemaría y el Rosario.

Los herejes aprenden a rezar el Padrenuestro pero no el Avemaría, ni el Rosario. ¡A éste lo consideran con horror! Antes llevarían consigo una serpiente que un rosario.

Asimismo los orgullosos, aunque católicos, teniendo como tienen las mismas inclinaciones que su padre, Lucifer, desprecian o miran con indiferencia el Avemaría y consideran el Rosario como devoción de mujercillas, sólo buena para ignorantes y analfabetos.

Por el contrario, la experiencia enseña que quienes manifiestan grandes señales de predestinación, estiman y rezan con gusto y placer el Avemaría, y cuanto más unidos viven a Dios, más aprecian esta práctica. La Santísima Virgen lo decía al beato Alano a continuación de las palabras antes citadas.

No sé cómo ni por qué, pero es real: no tengo mejor secreto para conocer si una persona es de Dios, que observar si gusta de rezar el Avemaría y el Rosario. Digo si gusta porque puede suceder que una persona esté natural o sobrenaturalmente imposibilitada de rezarlos, pero siempre los estima y recomienda a otros.

Recuerden, almas predestinadas, esclavas de Jesús en María, que el Avemaría es la más hermosa de todas las oraciones después del Padrenuestro. El Avemaría es el más perfecto saludo que pueden dirigir a María. Es, en efecto, el saludo que el Altísimo le envió por medio de un arcángel para conquistar su corazón y fue tan poderoso sobre el corazón de María que, no obstante su profunda humildad, Ella dio su consentimiento a la Encarnación del Verbo. Con este saludo debidamente recitado también ustedes conquistarán infaliblemente su corazón.

El Avemaría bien dicho, es decir, con atención, devoción y modestia, es según los Santos, el enemigo del diablo, a quien hace huir, y el martillo que lo aplasta. Es la santificación del alma, la alegría de los ángeles, la melodía de los predestinados, el cántico del Nuevo Testamento, el gozo de la Santísima Virgen y la gloria de la Santísima Trinidad. El Avemaría:

es un rocío celestial

que hace al alma fecunda,

es un casto y amoroso beso

que damos a María,

es una rosa encarnada

que le presentamos,

es una copa de ambrosía

y néctar divino que le damos.

Todas estas comparaciones son de los santos.

Les ruego, pues, con la mayor insistencia y por el amor que les profeso en Jesús y María que no se contenten con rezar la Coronilla de la Santísima Virgen. Recen también el Rosario y, si tienen tiempo, los quince misterios, todos los días. A la hora de la muerte bendecirán el día y hora en que aceptaron mi consejo. Y, después de haber sembrado en las bendiciones de Jesús y de María, cosecharán las bendiciones eternas. Quien hace siembras generosas, generosas cosechas tendrá (2 Cor. 9, 6).

 

  1. Recitación del Magnificat

 Sexta práctica. Recitarán frecuentemente el Magnificat, a ejemplo de la beata María d’Oignies y de muchos otros santos, para agradecer a Dios las gracias que otorgó a la Santísima Virgen. El Magnificat es la única oración y el único cántico compuesto por la Santísima Virgen o mejor en Ella por Jesucristo que hablaba por boca de María. Es el mayor sacrificio de alabanza que Dios ha recibido en la ley de la gracia. Es el más humilde y reconocido y, a la vez, el más sublime y elevado de todos los cánticos. En él hay misterios tan grandes y ocultos que los ángeles los ignoran.

Gerson, tan piadoso como sabio, después de haber empleado gran parte de su vida en componer tratados tan llenos de erudición y piedad sobre materias tan difíciles, no pudo menos de temblar al emprender, hacia el final de su vida, la explicación del Magnificat, a fin de coronar con ésta todas sus obras. En un volumen infolio, nos refiere muchas y admirables cosas de este hermoso y divino cántico.

Entre otras, afirma que la misma Santísima Virgen lo rezaba con frecuencia y particularmente en acción de gracias después de la Santísima Comunión.

El sabio Benzonio, al explicar el Magnificat, refiere muchos milagros obrados por su virtud y dice que los diablos tiemblan y huyen cuando oyen estas palabras del Magnificat:

Él hace proezas con su brazo:

dispersa a los soberbios de corazón

(Lc. 1, 51).

 

  1. Menosprecio del mundo

 Séptima práctica. Los fieles servidores de María deben poner gran empeño en menospreciar, aborrecer y huir de la corrupción del mundo y servirse de las prácticas de menosprecio de lo mundano que hemos indicado en la primera parte.

 

  1. B) Prácticas interiores

 Además de las prácticas exteriores de devoción que acabo de referir, las cuales no se deben dejar por negligencia ni desprecio, en cuanto lo permiten el estado y la condición de cada uno, he aquí algunas prácticas interiores que tienen gran eficacia santificadora para aquellos a quienes el Espíritu santo llama a una elevada santidad.

Todo se resume en obrar siempre: por María, con María, en María y para María a fin de obrar más perfectamente por Jesucristo, con Jesucristo, en Jesucristo y para Jesucristo.

 

  1. Obrar por María o conforme al espíritu de María

 Hay que realizar las propias acciones por María, es decir, es preciso obedecer en todo a María, moverse en todo a impulso del espíritu de María, que es el Espíritu de Dios. Todos aquellos a los que conduce el Espíritu de Dios, ésos son hijos de Dios (Rom. 8, 14). De manera semejante, los que son conducidos por el espíritu de María y, por consiguiente, hijos de Dios… Y, entre tantos devotos de la Santísima Virgen sólo son verdaderos y fieles devotos suyos los que se dejan conducir por su espíritu.

He dicho que el espíritu de María es el Espíritu de Dios, porque Ella no se condujo jamás por su propio espíritu, sino por el Espíritu de Dios, el cual se posesionó en tal forma de Ella, que llegó a ser su propio espíritu. Por ello, las palabras de san Ambrosio: More en cada uno el alma de María, para engrandecer al Señor; more en cada uno el espíritu de María, para regocijarse en Dios.

¡Qué dichoso quien, a ejemplo del piadoso hermano jesuita Alfonso Rodríguez, muerto en olor de santidad, se halla totalmente poseído y es conducido por el espíritu de María! ¡Espíritu que es suave y fuerte, celoso y prudente, humilde e intrépido, puro y fecundo!

Para dejarte conducir por el espíritu de María, es preciso que:

 

1º) Antes de obrar, por ejemplo, antes de orar, celebrar la santa Misa o participar en Ella, comulgar, etc., renuncies a tu propio espíritu, tus propias luces, querer y obrar. Porque las tinieblas del espíritu y la malicia de la voluntad son tales que si las sigues, por excelentes que te parezcan, obstaculizarán al santo espíritu de María.

 

2º) Te entregues al espíritu de María para ser movilizado y conducido por él de la manera que Ella quiera. Debes abandonarte en sus manos virginales, como la herramienta en manos del obrero, como el laúd en manos de un tañedor. Tienes que perderte y abandonarte a Ella, como una piedra que se arroja al mar: lo cual se hace sencillamente y en un momento, con una simple mirada del espíritu, un ligero movimiento de la voluntad o con pocas palabras, diciendo, por ejemplo: ¡Renuncio a mí mismo y me consagro a ti, querida Madre mía! Y aun cuando no sientas ninguna dulzura sensible en este acto de unión, no por ello deja de ser verdadero.

 

3º) Durante la acción y después de ella, renueves de tiempo en tiempo, el mismo acto de ofrecimiento y unión. y cuanto más lo repitas, más pronto te santificarás y llegarás a la unión con Jesucristo. Unión que sigue siempre a la unión con María, dado que el espíritu de María es el Espíritu de Jesús.

 

  1. Obrar con María o imitando a María

 Hay que realizar las propias acciones con María, es decir, mirar a María como el modelo acabado de toda virtud y perfección, formado por el Espíritu Santo en una pura criatura, para que lo imites según tus limitadas capacidades. Es, pues, necesario que en cada acción mires cómo la hizo o haría la Santísima Virgen, si estuviera en tu lugar.

Para esto debes examinar y meditar las grandes virtudes que Ella practicó durante toda su vida, y particularmente:

1º) Su fe viva, por la cual creyó sin vacilar la palabra del ángel y siguió creyendo fiel y constantemente hasta el pie de la cruz en el Calvario.

2º) Su humildad profunda, que la llevó siempre a ocultarse, callarse, someterse en todo y colocarse en el último lugar.

3º) Su pureza totalmente divina, que no ha tenido ni tendrá jamás igual sobre la tierra.

Y, finalmente, todas sus demás virtudes.

Recuerda, te lo repito, que María es el grandioso y único modelo de Dios, apto para hacer imágenes vivas de Dios, a poca costa y en poco tiempo. Quien halla este molde y se pierde en él, muy pronto se transformará en Jesucristo, a quien este molde representa al natural.

 

  1. Obrar en María o en íntima unión con Ella

 Hay que realizar las propias acciones en María.

Para comprender bien esta práctica es preciso recordar:

1º) Que la Santísima Virgen es el verdadero paraíso terrestre del nuevo Adán. El antiguo paraíso era solamente una figura de éste.

–        Hay en este paraíso riquezas, hermosuras, maravillas y dulzuras inexplicables, dejadas en él por el nuevo Adán, Jesucristo. Allí encontró Él sus complacencias durante nueve meses, realizó maravillas e hizo alarde de sus riquezas con la magnificencia de un Dios.

–        Este lugar santísimo fue construido solamente con una tierra virginal e inmaculada, de la cual fue formado y alimentado el nuevo Adán, sin ninguna mancha de inmundicia, por obra del Espíritu Santo que en él habita.

–        En este paraíso terrestre se halla el verdadero árbol de la vida, que produjo a Jesucristo, fruto de vida; el árbol de la ciencia del bien y del mal, que ha dado la luz al mundo.

–        Hay en este divino lugar árboles plantados por la mano de Dios, regados por su unción celestial y que han dado y siguen dando frutos de exquisito sabor.

–        Hay allí jardines esmaltados de bellas y diferentes flores de virtud, que exhalan un perfume que embalsama a los mismos ángeles.

–        Hay en este lugar verdes praderas de esperanza, torres inexpugnables de fortaleza, moradas llenas de encanto y seguridad, etc.

Sólo el Espíritu Santo puede dar a conocer la verdad que se oculta bajo estas figuras de cosas materiales

–        Se respira en este lugar el aire puro e incontaminado de pureza sin imperfección, brilla el día hermoso y sin noche de la santa humanidad, irradia el sol hermoso y sin sombras de la divinidad, arde el horno encendido e inextinguible de la caridad, en el que el hierro se inflama y transforma en oro, corre tranquilo el río de la humildad, que brota de la tierra y, dividiéndose en cuatro brazos, riega todo este delicioso lugar: son las cuatro virtudes cardinales.

2º) El Espíritu Santo, por boca de los Santos Padres, llama también a María:

1) La puerta oriental, por donde entra el mundo y sale de él el Sumo Sacerdote, Jesucristo: por ella entró la primera vez y por ella volverá la segunda.

2) El santuario de la divinidad, la mansión de la Santísima Trinidad, el trono de Dios, el altar y templo de Dios, el mundo de Dios.

Epítetos y alabanzas muy verdaderos, cuando se refieren a las diferentes maravillas y gracias que el Altísimo ha realizado en María.

¡Qué riqueza! ¡Qué gloria! ¡Qué placer! ¡Qué dicha! Poder entrar y permanecer en María en quien el Altísimo colocó el trono de su gloria suprema.

Pero, qué difícil es a pecadores como nosotros obtener el permiso, capacidad y luz suficientes para entrar en lugar tan excelso y santo, custodiado ya no por un querubín, como el antiguo paraíso terrenal, sino por el mismo Espíritu Santo, que ha tomado posesión de él y dice: Un jardín cercado es mi hermana, mi esposa; huerto cerrado y manantial bien guardado (Cant. 4, 12). ¡María es jardín cercado! ¡María es manantial sellado! Los miserables hijos de Adán y Eva, arrojados del paraíso terrenal no pueden entrar en este nuevo paraíso, sino por una gracia excepcional del Espíritu Santo, que ellos deben merecer.

Después de haber obtenido, mediante la fidelidad, esta gracia insigne, es necesario permanecer en el hermoso interior de María con alegría, descansar allí en paz, apoyarse en él confiadamente, ocultarse allí con seguridad y perderse en él sin reserva, a fin de que, en este seno virginal:

1º) Te alimentes con la leche de la gracia y misericordia maternal de María.

2º) Te liberes de toda turbación, temor y escrúpulo.

3º) Te pongas a salvo de todos tus enemigos: demonio, mundo y pecado, que jamás pudieron entrar en María. Por esto dice Ella misma: Los que trabajan en mí no pecarán (Ecli. 24, 30), esto es, los que permanecen espiritualmente en la Santísima Virgen no cometerán pecado considerable.

4º) Te formes en Jesucristo y Jesucristo sea formado en ti. Porque, el seno de María, dicen los Padres, es la sala de los sacramentos divinos, donde se han formado Jesucristo y todos los elegidos: Uno por uno, todos han nacido en Ella (Sal. 87, 5).

 

  1. Obrar para María o al servicio de María

 Finalmente, hay que hacerlo todo para María.

Estando totalmente consagrado a su servicio, es justo que lo realices todo para María, como lo harían el criado, el siervo y el esclavo, respecto a su patrón. No que la tomes por el fin último de tus servicios, que lo es Jesucristo, sino como fin próximo, ambiente misterioso y camino fácil para llegar a Él.

Conviene, pues, que no te quedes ocioso, sino que actúes como el buen siervo y esclavo. Es decir, que apoyado en su protección, emprendas y realices grandes empresas por esta augusta Soberana.

En concreto, debes:

–        Defender sus privilegios, cuando se los disputan.

–        Defender su gloria, cuando se la ataca.

–        Atraer, a ser posible, a todo el mundo a su servicio y a esta verdadera y sólida devoción.

–        Hablar y levantar el grito contra quienes abusan de su devoción; y, al mismo tiempo, establecer en el mundo esta verdadera devoción.

–        Y no esperar en recompensa de este humilde servicio sino el honor de pertenecer a tan noble Princesa y la dicha de vivir unido por medio de Ella a Jesús, su Hijo, con lazo indisoluble en el tiempo de la eternidad.

 

¡Gloria a Jesús en María!

¡Gloria a María en Jesús!

¡Gloria al solo Dios!

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