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III Parte. Capítulo 2: Motivos para estar a favor de esta devoción

Tratado de la Verdadera Devoción a la Virgen María  de San Luis María Grignion de Monfort

Tercera Parte  LA PERFECTA CONSAGRACIÓN A JESUCRISTO

Capítulo II: MOTIVOS A FAVOR DE ESTA DEVOCIÓN

  1. Esta devoción nos consagra totalmente al servicio de Dios

 El primer motivo nos manifiesta la excelencia de la consagración de sí mismo a Jesucristo por manos de María.

No se puede concebir ocupación más noble en este mundo que la de servir a Dios. El último de los servidores de Dios es más noble y poderoso que los reyes y emperadores, si éstos no sirven a Dios. ¿Cuál no será entonces, la riqueza, poder y dignidad del auténtico y perfecto servidor de Dios, que se consagra enteramente, sin reserva y cuanto le es posible a su servicio?

Tal viene a ser, en efecto, el esclavo fiel y amoroso de Jesús en María, consagrado totalmente por manos de la Santísima Virgen a este Rey de reyes, sin reservarse nada para sí mismo. Ni todo el oro del mundo ni las bellezas del cielo alcanzan para pagarlo.

Las demás congregaciones, asociaciones y cofradías en honor del Señor y de su Madre santísima y que tan grandes bienes producen en la cristiandad, no obligan a entregarlo todo sin reserva. Prescriben ciertamente a sus asociados algunas obras y prácticas para que se cumplan los compromisos asumidos, pero les dejan libres las demás acciones y el resto del tiempo.

Esta devoción, en cambio, exige entregar a Jesús y a María todos los pensamientos, palabras, acciones y sufrimientos y todos los momentos de la vida. De quien ha optado por ella se podrá, pues, decir con toda verdad que cuanto hace –vele o duerma, coma o beba, realice acciones importantes u ordinarias– pertenece a Jesús y a María, gracias a la consagración hecha por él, a no ser que la haya retractado expresamente. ¡Qué consuelo!

Además, como ya he dicho, no hay práctica que nos libere más fácilmente de cierto resabio de amor propio que se desliza imperceptiblemente en las mejores acciones. Esta gracia insigne la concede el Señor en recompensa por el acto heroico y desinteresado de entregarle, por manos de su Santísima Madre, todo el valor de las buenas acciones. Si ya en este mundo da el céntuplo a los que por su amor dejan los bienes exteriores, temporales y perecederos (cfr. Mt. 19, 29), ¿qué no dará a quienes le sacrifican aún los bienes interiores y espirituales?

Jesús, nuestro mejor amigo, se entregó a nosotros sin reserva, en cuerpo y alma, con sus virtudes, gracias y méritos: Me ganó totalmente, entregándose todo, dice san Bernardo. ¿No será, pues, un deber de justicia y gratitud darle todo lo que podemos? Él fue primero en mostrarse generoso con nosotros: seámoslo con Él, lo exige la gratitud, y Él se manifestará aún más generoso durante nuestra vida, en la muerte y por la eternidad: Eres generoso con el generoso (cfr. Sal. 17, 26).

 

  1. Esta devoción hace que imitemos el ejemplo de Jesucristo y practiquemos la humildad

 El segundo motivo nos demuestra que es en sí justo y ventajoso para el cristiano el consagrarse totalmente a la Santísima Virgen mediante esta práctica a fin de pertenecer más perfectamente a Jesucristo.

Este buen Maestro no se desdeñó de encerrarse en el seno de la Santísima Virgen como prisionera y esclavo de amor ni de vivir sometido y obediente a Ella durante treinta años. Ante esto, lo repito, se anonada la razón humana, si reflexiona seriamente en la conducta de la Sabiduría encarnada, que no quiso, aunque hubiera podido hacerlo, entregarse directamente a los hombres, sino que prefirió comunicárseles por medio de la Santísima Virgen, ni quiso venir al mundo a la edad del varón perfecto, independiente de los demás, sino como niño pequeño y débil, necesitado de los cuidados y asistencia de una Madre.

Esta Sabiduría infinita, inmensamente deseosa de glorificar a Dios, su Padre, y salvar a los hombres, no encontró medio más perfecto y corto para realizar sus anhelos que someterse en todo a la Santísima Virgen, no sólo durante los ocho o quince primeros años de su vida, como los demás niños, sino durante treinta años. Y durante este tiempo de sumisión y dependencia glorificó más al Padre que si hubiera empleado esos años en hacer milagros, predicar por toda la tierra y convertir a todos los hombres. Y si hubiera creído esto lo más perfecto, ciertamente lo habría realizado. ¡Oh! ¡Cuán altamente glorifica a Dios quien, a ejemplo de Jesucristo, se somete a María!

Teniendo, pues, ante los ojos ejemplo tan claro y universalmente conocido, ¿seremos tan insensatos que esperemos hallar medio más eficaz y rápido para glorificar a Dios que no sea el someternos a María a imitación de su Hijo divino?

En prueba de la dependencia en que debemos vivir respecto a la Santísima Virgen, recuerda cuanto hemos dicho al aducir el ejemplo que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo nos ofrecen de dicha dependencia.

El Padre no dio ni da a su Hijo sino por medio de María, no se forma hijos adoptivos ni comunica sus gracias sino por Ella.

Dios Hijo se hizo hombre para todos solamente por medio de María, no se forma ni nace cada día en las almas sino por Ella en unión con el Espíritu Santo, ni comunica sus méritos y virtudes sino por Ella.

El Espíritu Santo no formó a Jesucristo sino por María y sólo por Ella forma a los miembros de su Cuerpo Místico y reparte sus dones y virtudes.

Después de tantos y tan apremiantes ejemplos de la Santísima Trinidad, ¿podremos acaso, a no ser que estemos completamente ciegos, prescindir de María, no consagrarnos ni someternos a Ella para ir a Dios y sacrificarnos a Él?

Veamos ahora algunos pasajes de los Padres, que he seleccionado para probar lo que acabo de afirmar:

–        Dos hijos tiene María: un Hombre–Dios y un hombre–hombre. Del primero es madre corporal; del segundo, madre espiritual (Conrado de Sajonia).

–        La voluntad de Dios es que todo lo tengamos en María. Debemos reconocer que la esperanza, gracia y dones que tenemos dimanan de Ella (San Bernardo).

–        Ella distribuye todos los dones y virtudes del Espíritu Santo a quienes quiere, cuando quiere, como quiere y en la medida que Ella quiere (San Bernardino).

–        Dios lo entregó todo a María, para que lo recibieras por medio de Ella, pues tú eras indigno de recibirlo directamente de Él (San Bernardo).

Viendo Dios que somos indignos de recibir sus gracias inmediatamente de su mano, dice san Bernardo, las da a María, para que de Ella recibamos cuanto nos quiere dar. Añadamos que Dios cifra su gloria en recibir de manos de María el tributo de gratitud, respeto y amor que le debemos por sus beneficios.

Es, pues, muy justo imitar esta conducta de Dios, para que, añade el mismo san Bernardo, la gracia vuelva a su autor por el mismo canal por donde vino a nosotros.

Esto es lo que hacemos con nuestra devoción: con ella ofrecemos y consagramos a la Santísima Virgen cuanto somos y tenemos, a fin de que el Señor reciba por su mediación la gloria y reconocimiento que le debemos y nos reconocemos indignos a incapaces de acercarnos por nosotros mismos a su infinita Majestad. Por ello acudimos a la intercesión de la Santísima Virgen.

Esta práctica constituye, además, un ejercicio de profunda humildad, virtud que Dios prefiere a todas las otras. Quien se ensalza rebaja a Dios; quien se humilla lo glorifica. Dios resiste a los orgullosos y concede sus favores a los humildes (Sant. 4, 6).

Si te humillas creyéndote indigno de presentarse y acercarte a Él, Dios se rebaja y desciende para venir a ti, complacerse en ti y elevarte, aun a pesar tuyo. Pero, si te acercas a él atrevidamente, sin mediador, Él se aleja de ti y no podrás alcanzarlo.

¡Oh! ¡Cuánto ama Él la humildad de corazón! Y a esta humildad precisamente nos conduce la práctica de esta devoción. Que nos enseña a no acercarnos jamás al Señor por nosotros mismos, por amable y misericordioso que Él sea, sino a servirnos siempre de la intervención de la Santísima Virgen, para presentarnos ante Dios, hablarle y acercarnos a Él, ofrecerle algo o unirnos y consagrarnos a Él.

 

  1. Esta devoción nos alcanza la protección maternal de María

 1) María se da a su esclavo

 Tercer motivo. La Santísima Virgen es Madre de dulzura y misericordia y jamás se deja vencer en amor y generosidad. Viendo que te has entregado totalmente a Ella para honrarla y servirla y te has despojado de cuanto más amas para adornarla, se entrega también plena y totalmente a ti. Hace que te abismes en el piélago de sus gracias, te adorna con sus méritos, te apoya con su poder, te ilumina con su luz, te inflama con su amor, te comunica sus virtudes: su humildad, su fe, su pureza, etc., se constituye en tu fiadora, tu suplemento y tu todo ante Jesús. Por último, dado que como consagrado perteneces totalmente a María, también Ella te pertenece en plenitud. De suerte que, en cuanto perfecto servidor e hijo de María, puedes repetir lo que dijo de sí mismo el Evangelista san Juan: El discípulo se la llevó a su casa (Jn. 19, 27).

Este comportamiento observado con fidelidad produce en tu alma gran desconfianza, desprecio y aborrecimiento de ti mismo y, a la vez, inmensa confianza y total entrega en manos de la Santísima Virgen, tu bondadosa Señora.

Como consagrado a Ella no te apoyarás ya en tus propias disposiciones, intenciones, méritos y buenas obras. En efecto, lo has sacrificado todo a Jesucristo por medio de su Madre bondadosa. Por ello, ya no te queda otro tesoro, y éste ya no es tuyo, en donde estén todos tus bienes que María.

Esto te llevará a acercarte al Señor sin temor servil ni escrúpulos y rogarle con toda confianza y te hará participar en los sentimientos del piadoso y sabio abad Ruperto, quien aludiendo a la victoria de Jacob sobre un ángel (cfr. Gn. 32, 23-33), dirige a la Santísima Virgen estas hermosas palabras: ¡Oh! María, Princesa mía y Madre inmaculada del Hombre–Dios, Jesucristo, deseo luchar con este Hombre que es el Verbo de Dios, armado no con mis méritos sino con los tuyos.

¡Oh! ¡Qué poderosos y fuertes somos ante Jesucristo cuando estamos armados con los méritos e intercesión de la digna Madre de Dios, quien, según palabras de san Agustín, venció amorosamente al Todopoderoso!

 

2) María purifica nuestras buenas obras, las embellece y hace aceptables a su Hijo divino

 Por esta devoción entregamos al Señor, por manos de su Madre Santísima, todas nuestras buenas obras. Esta bondadosa Madre las purifica, embellece, presenta a Jesucristo y hace que su Hijo las acepte.

1º) Las purifica de toda mancha de egoísmo y del apego aún imperceptible que se desliza insensiblemente en las mejores acciones. Tan pronto como llegan a sus manos purísimas y fecundas, esas manos, jamás estériles ni ociosas y que purifican todo cuanto tocan, limpian en lo que le ofrecemos todo lo que tenga de impuro o imperfecto.

2º) Las embellece, adornándolas con sus méritos y virtudes. Pensemos en un labrador cuya única riqueza fuera una manzana y deseara granjearse la simpatía y benevolencia del rey. ¿Qué haría? Acudir a la Reina y presentarle la manzana para que ella la ofrezca al Soberano. La Reina acepta el modesto regalo, coloca la manzana en una grande y hermosa bandeja de oro y la presenta al Rey en nombre del labrador. En esta forma, la manzana de suyo indigna de ser presentada al Soberano, se convierte en un obsequio digno de su Majestad, gracias a la bandeja de oro y a la persona que la entrega.

3º) María presenta esas buenas obras a Jesucristo, no reserva para sí nada de lo que se le ofrece: todo lo presenta fielmente a Jesucristo. Si le entregas algo, necesariamente lo entregas a Jesucristo. Si la alabas, necesariamente alabas y glorificas al Señor. Si la ensalzas y bendices, Ella, como cuando santa Isabel la alabó, entona su cántico: ¡Proclama mi alma al Señor! (Lc. 1, 46).

4º) Por insignificante y pobre que sea para Jesucristo, Rey de reyes y Santo de los santos, el don que le presentas, María hace que Él acepte tus buenas obras. Pero quien, por su cuenta y apoyado en su propia industria y habilidad, lleva algo a Jesucristo, debe recordar que Él examina el obsequio y, muchas veces, lo rechaza por hallarlo manchado de egoísmo, lo mismo que en otro tiempo rechazó los sacrificios de los judíos por estar llenos de voluntad propia.

Pero si al presentar algo a Jesús, lo ofreces por las manos puras y virginales de su Madre amadísima, le tomas por su lado flaco, si me permites la expresión. Él no mirará tanto el don que le ofreces, cuanto a su bondadosa Madre que es quien se lo presenta, ni considera tanto la procedencia del don, cuanto a Aquella que se lo ofrece.

Así María, jamás rechazada y siempre bien recibida por su Hijo, hace que el Señor acepte con agrado cuanto se le ofrezca grande o pequeño: basta que María lo presente para que Jesús lo acepte y se complazca en el obsequio. El gran consejo que san Bernardo daba a aquellos que dirigía a la perfección era éste: Si quieres ofrecer algo a Dios, procura presentarlo por las manos agradabilísimas y dignísimas de María, si no quieres ser rechazado.

¿No es esto acaso lo que la misma naturaleza inspira a los pequeños respecto a los grandes, como hemos visto ya? ¿Por qué no habría de enseñarnos la gracia a observar la misma conducta para con Dios, infinitamente superior a nosotros y ante quien somos menos que átomos? ¿Tanto más teniendo como tenemos una abogada tan poderosa, que jamás ha sido desairada; tan inteligente, que conoce todos los secretos para conquistar el corazón de Dios; tan caritativa, que no rechaza a nadie por pequeño o malvado que sea?

Más adelante expondré en la historia de Jacob y Rebeca la figura verdadera de lo que voy diciendo.

 

  1. Esta devoción es un medio excelente para procurar la mayor gloria de Dios

 Cuarto motivo. Esta devoción, fielmente practicada, es un medio excelente para enderezar el valor de nuestras buenas obras a procurar la mayor gloria de Dios. Casi nadie obra con esta noble finalidad, a pesar de que a ello estemos obligados, sea porque no sabemos dónde está la mayor gloria de Dios, sea porque no la buscamos.

Ahora bien, dado que la Santísima Virgen a quien cedemos el valor y mérito de nuestras buenas obras conoce perfectamente dónde está la mayor gloria de Dios y todo su actuar es procurarla, el perfecto servidor de esta amable Señora, a quien se ha consagrado totalmente como hemos dicho, puede afirmar resueltamente que el valor de todas sus acciones, pensamientos y palabras se ordena a la mayor gloria de Dios, a no ser que haya revocado expresamente su ofrenda.

¿Será posible hallar algo más consolador para una persona que ama a Dios con amor puro y desinteresado y aprecia la gloria e interés de Dios más que los suyos propios?

 

  1. Esta devoción conduce a la unión con el Señor

 Quinto motivo. Esta devoción es camino fácil, corto, perfecto y seguro para llegar a la unión con Dios, en la cual consiste la perfección cristiana.

 

1) Es camino fácil

 Es el camino abierto por Jesucristo al venir a nosotros y en el que no hay obstáculos para llegar a Él. Ciertamente que se puede llegar a Jesucristo por otros caminos. Pero en ellos se encuentran cruces más numerosas, muertes extrañas y dificultades apenas superables; será necesario pasar por noches oscuras, terribles combates y agonías, escarpadas montañas, punzantes espinas y espantosos desiertos. Pero, por el camino de María se avanza más suave y tranquilamente.

Cierto que también encontramos rudos combates y grandes dificultades a superar. Pero esta bondadosa Madre y Señora se hace tan cercana y presente a sus fieles servidores para iluminarlos en sus tinieblas, esclarecerlos en sus combates y dificultades, que, en verdad, este camino virginal para encontrar a Jesús resulta de rosas y mieles, comparado con los demás.

Ha habido santos, por recordar sólo algunos, como san Efrén, san Juan Damasceno, san Bernardo, san Bernardino, san Buenaventura, san Francisco de Sales, etc., que han transitado por este camino suave para ir a Jesucristo, porque el Espíritu Santo, Esposo fiel de María, se lo ha enseñado por gracia singular. Pero los otros santos, que son la mayoría, aunque hayan tenido todos devoción a la Santísima Virgen, no han entrado o sólo muy poco en este camino. Es por ello que tuvieron que pasar por las pruebas más rudas y peligrosas.

¿De dónde procederá entonces, me preguntará algún fiel servidor de María, que los fieles servidores de esta bondadosa Madre encuentran tantas ocasiones de padecer y aún más que aquellos que no le son tan devotos? Los contradicen, persiguen, calumnian y no los pueden tolerar… o caminan entre tinieblas interiores o por desiertos donde no se da la menor gota de rocío del cielo. Si esta devoción a la Santísima Virgen facilita el camino para llegar a Jesucristo, ¿por qué son sus devotos los más crucificados?

Le respondo que ciertamente, siendo los más fieles servidores de la Santísima Virgen sus preferidos, reciben de Ella los más grandes favores y gracias del cielo, que son las cruces. Pero sostengo que los servidores de María llevan estas cruces con mayor facilidad, mérito y gloria y que lo que mil veces detendría a otros o los haría caer, a ellos no los detiene nunca sino que los hace avanzar, porque esta bondadosa Madre, plenamente llena de gracia y unión del Espíritu Santo, endulza todas las cruces que les prepara con el azúcar de su dulzura maternal y con la unción del amor puro, de modo que ellos las comen alegremente como nueces confitadas aunque de por sí sean muy amargas.

Y creo que una persona que quiere ser devota y vivir piadosamente en Jesucristo y, por consiguiente, padecer persecución (cfr. 2 Tim. 3, 12) y cargar todos los días su cruz, no llevará jamás grandes cruces o no las llevará con alegría y hasta el fin, si no profesa tierna devoción a la Santísima Virgen, que es la dulzura de las cruces: como tampoco podría una persona, sin gran violencia, que no sería duradera, comer nueces verdes no confitadas con azúcar.

 

2) Es camino corto

 Esta devoción a la Santísima Virgen es camino corto para encontrar a Jesucristo. Sea porque en él nadie se extravía, sea porque, como acabo de decir, se avanza por él con mayor gusto y facilidad y, por consiguiente, con mayor rapidez.

Se adelanta más en poco tiempo de sumisión y obediencia a María que en años enteros de hacer nuestra propia voluntad y apoyarnos en nosotros mismos. Porque el hombre obediente y sumiso a María cantará victorias señaladas sobre todos sus enemigos (cfr. Prov. 21, 28). Éstos, ciertamente, querrán impedirle que avance, hacerle retroceder o caer, pero, con el apoyo, auxilio y dirección de María, sin caer, retroceder ni detenerse, avanzará a pasos agigantados hacia Jesucristo por el mismo camino por el que está escrito que Jesús vino a nosotros a pasos de gigante y en corto tiempo (cfr. Sal. 19, 6).

¿Cuál crees sea el motivo de que Jesucristo haya vivido tan poco tiempo sobre la tierra y que haya pasado casi todos esos años en sumisión y obediencia a su Madre? Es éste: Que no obstante la brevedad de su carrera mortal (cfr. Sap. 4, 13), vivió largos años, inclusive muchos más que Adán, cuyas pérdidas vino a reparar, aunque éste haya vivido más de novecientos años. Largo tiempo vivió Jesucristo porque vivió en sumisión y unión a su Santísima Madre por obediencia al Padre. Porque:

1º) El que honra a su madre, dice el Espíritu Santo, es como el que atesora (Ecli. 3, 5), es decir, el que honra a María hasta someterse a Ella y obedecerla en todo, pronto se hará muy rico, pues cada día acumula riquezas por el secreto de esta piedra filosofal.

2º) Según una interpretación espiritual de las siguientes palabras del Espíritu Santo: Mi vejez se encuentra en la misericordia del seno (cfr. Sal. 92, 11), en el seno de María, la que rodeó y engendró a un varón perfecto (cfr. Jer. 31, 22) y pudo contener a Aquel a quien no puede abrazar ni contener todo el universo, los jóvenes se convierten en ancianos por la experiencia, luz, santidad y sabiduría y llegan en pocos años a la plenitud de la edad en Jesucristo (cfr. Ef. 4, 13).

 

3) Es camino perfecto

 Esta devoción a la Santísima Virgen es camino perfecto para ir a Jesucristo y unirse con Él. Porque María es la más perfecta y santa de las puras criaturas y Jesucristo que ha venido a nosotros de la manera más perfecta, no tomó otro camino para viaje tan grande y admirable que María.

El Altísimo, el Incomprensible, el Inaccesible y el que es ha querido venir a nosotros, gusanillos de la tierra y que no somos nada. ¿Cómo sucedió esto?

El Altísimo descendió de manera perfecta y divina hasta nosotros por medio de la humilde María, sin perder nada de su divinidad ni santidad. Del mismo modo, deben subir los pequeñuelos hasta el Altísimo perfecta y divinamente y sin temor alguno, a través de María.

El Incomprensible se dejó abarcar y contener perfectamente por la humilde María, sin perder nada de su inmensidad. Del mismo modo, debemos dejarnos contener y conducir perfectamente y sin reservas por María.

El Inaccesible se acercó y unió estrecha, perfecta y aun personalmente a nuestra humanidad por María, sin perder nada de su majestad. Del mismo modo, por María, debemos acercarnos a Dios y unirnos a su majestad, perfecta e íntimamente, sin temor de ser rechazados.

Finalmente, el que es quiso venir a lo que no es y hacer que lo que no es llegue a Dios o El que es. Esto lo realizó perfectamente, entregándose y sometiéndose incondicionalmente a la joven Virgen María, sin dejar de ser en el tiempo El que es en la eternidad. Del mismo modo, nosotros, aunque no seamos nada, podemos por María llegar a ser semejantes a Dios por la gracia y la gloria, entregándonos perfecta y totalmente a Ella, de suerte que no siendo nada por nosotros mismos, lo seamos todo en Ella, sin temor de engañarnos.

Ábranme un camino para ir a Jesucristo, embaldosado con todos los méritos de los bienaventurados, adornado con todas sus virtudes heroicas, iluminado y embellecido con todos los esplendores y bellezas de los ángeles y en el que se presenten todos los ángeles y santos para guiar, defender y sostener a quienes quieren andar por él…, afirmo abiertamente con toda verdad que antes que tomar camino tan perfecto, prefiero seguir el camino inmaculado (Sal. 18, 33) de María…, vía o camino sin mancha ni fealdad, sin pecado original ni actual, sin sombras ni tinieblas. Y si mi amable Jesús viene otra vez al mundo para reinar en él, como sucederá ciertamente, no escogerá para su viaje otro camino que el de María, por quien vino la primera vez con tanta seguridad y perfección. La diferencia entre una y otra venida es que la primera fue secreta y escondida, mientras que la segunda será gloriosa y fulgurante. Pero ambas son perfectas, porque ambas se realizan por María. ¡Ay! ¡Éste es un misterio que aún no se comprende!

¡Enmudezca aquí toda lengua!

 

4) Es camino seguro

 Esta devoción a la Santísima Virgen es camino seguro para ir a Jesucristo y alcanzar la perfección uniéndonos a Él.

1) Porque esta práctica que estoy enseñando no es nueva. Es tan antigua que no se pueden señalar con precisión sus comienzos, como dice en un libro que escribió sobre esta devoción M. Boudon, muerto hace poco en olor de santidad. Es cierto, sin embargo, que se hallan vestigios de ella en la Iglesia hace más de setecientos años.

San Odilón, abad de Cluny, que vivió hacia el año 1040, fue uno de los primeros en practicarla en Francia, como se consigna en su biografía.

El cardenal san Pedro Damiano relata que en el año 1076 su hermano, el beato Marín, se hizo esclavo de la Santísima Virgen, en presencia de su director espiritual y en forma muy edificante: echóse una cuerda al cuello, tomó una disciplina y colocó en el altar una suma de dinero como señal de vasallaje y consagración a la Santísima Virgen. Actitud en la cual perseveró tan fielmente toda su vida que a la hora de su muerte mereció ser visitado y consolado por su bondadosa Soberana y escuchar de sus labios la promesa del paraíso en recompensa de sus servicios.

César Bolando hace mención de un ilustre caballero, Walter de Birbac, pariente próximo de los duques de Lovaina, quien hacia el año 1300 hizo la consagración de sí mismo a la Santísima Virgen.

Muchas otras personas practicaron en privado esta devoción hasta el siglo XVII, en que se hizo pública.

El padre Simón Rojas, de la Orden de la Trinidad Redención de Cautivos, predicador en la corte de Felipe III, puso en boga esta devoción por toda España y Alemania y obtuvo de Gregorio XV, a instancias del mismo rey, grandes indulgencias para quienes la practicasen.

El P. Bartolomé de los Ríos, agustino, se dedicó con el beato Simón Rojas, íntimo amigo suyo, a extender la palabra y por escrito esta devoción en España y Alemania. Escribió un grueso volumen, titulado De Hierarchia Mariana, en él trata con tanta piedad como erudición de la antigüedad, excelencia y solidez de esta devoción.

Los Padres Teatinos propagaron esta devoción en Italia, Sicilia y Saboya, durante el último siglo.

El R. P. Estanislao Falacio, sj, la dio a conocer maravillosamente en Polonia.

El P. de los Ríos, en su libro antes citado, consigna los nombres de los príncipes, princesas y cardenales de diferentes naciones que abrazaron esta devoción.

El R. P. Cornelio Alápide, tan recomendable por su piedad como por su ciencia profunda, recibió de muchos obispos y teólogos el encargo de examinar esta devoción. Después de examinarla maduramente, hizo de ella grandes alabanzas dignas de su piedad. Muchos otros grandes personajes siguieron su ejemplo.

Los RR. PP. Jesuitas, siempre celosos en el servicio de la Santísima Virgen, presentaron en nombre de los Congregantes de Colonia un opúsculo sobre la santa Esclavitud, al duque Fernando de Baviera, arzobispo entonces de Colonia. Éste lo aprobó y permitió imprimirlo y exhortó a todos los párrocos y religiosos de su diócesis a difundir en la medida de lo posible esta sólida devoción.

El cardenal de Bérulle, cuya memoria bendice toda Francia, fue uno de los más celosos en propagar por Francia esta devoción, a pesar de todas las calumnias y persecuciones que le levantaron los críticos y libertinos. Éstos le acusaron de novedad y superstición y publicaron contra él un folleto difamatorio, sirviéndose, o más bien el demonio se sirvió por medio de ellos, de mil argucias para impedirle divulgar en Francia esta devoción. Pero este santo varón respondió a las calumnias con su paciencia y a las objeciones del libelo con un breve escrito en que las refutó victoriosamente, demostrando que esta práctica se funda en el ejemplo de Jesucristo, las obligaciones que tenemos para con Él y las promesas del santo Bautismo. Particularmente con esta última razón cerró la boca a sus adversarios, haciéndoles ver que esta consagración a la Santísima Virgen y por medio de Ella a Jesucristo no es más que una perfecta renovación de los votos y promesas del Bautismo. Añade muchas y muy hermosas cosas sobre esta devoción, que pueden leerse en sus obras.

En el citado libro de M. Boudon pueden verse los nombres de los diferentes Papas que han aprobado esta devoción, de los teólogos que la han examinado, las persecuciones suscitadas contra ella y sobre las cuales ha triunfado y los millares de personas que la han abrazado, sin que jamás ningún Papa la haya condenado. Y es que no se la podría condenar sin trastornar los fundamentos del cristianismo.

Consta, pues, que esta devoción no es nueva. Y si no es común se debe a que es demasiado preciosa para ser saboreada y practicada por toda clase de personas.

2) Esta devoción es un medio seguro para ir a Jesucristo. Efectivamente el oficio de la Santísima Virgen es conducirnos con toda seguridad a Jesucristo, así como el de Éste es llevarnos al Padre con toda seguridad. No se engañen, pues, las personas espirituales creyendo falsamente que María les impida llegar a la unión con Dios. Porque, ¿será posible que la que halló gracia delante de Dios para todo el mundo en general y para cada uno en particular, estorbe a las almas alcanzar la inestimable gracia de la unión con Jesucristo? ¿Será posible que la que fue total y sobreabundantemente llena de gracia y tan unida y transformada en Dios que lo obligó a encarnase en Ella, impida al alma vivir unida a Dios? Ciertamente que la vista de las otras criaturas, aunque santas, podrá en ocasiones retardar la unión divina, pero no María, como he dicho y no me cansaré de repetirlo.

Una de las razones que explican por qué son tan pocas las almas que llegan a la madurez en Jesucristo es que María, que ahora como siempre es la Madre de Cristo y la Esposa fecunda del Espíritu Santo, no está bastante formada en los corazones. Quien desee tener el fruto maduro y bien formado, debe tener el árbol que lo produce. Quien desee tener el fruto de vida, Jesucristo, debe tener el árbol de la vida, que es María. Quien desee tener en sí la operación del Espíritu Santo, debe tener a su Esposa fiel e inseparable, la excelsa María, que le hace fértil y fecundo, como hemos dicho antes.

Persuádete, pues, de que cuanto más busques a María en tus oraciones, contemplaciones, acciones y padecimientos, si no de manera clara y explícita, al menos con mirada general e implícita, más perfectamente hallarás a Jesucristo, que está siempre en María, grande y poderoso, dinámico e incomprensible, como no lo está en el cielo ni en ninguna otra criatura del universo.

Así, la excelsa María, toda transformada en Dios, lejos de obstaculizar a los perfectos la llegada a la unión con Dios, es la criatura que nos ayuda más eficazmente en obra tan importante. Y esto, en forma que no ha habido ni habrá jamás otra igual a Ella, ya por las gracias que para ello nos alcanza, pues como dice un santo, nadie se llena del pensamiento de Dios sino por Ella (san Germán de Constantinopla); ya por las ilusiones y engaños del maligno espíritu, de los que Ella nos librará.

Donde está María no puede estar el espíritu maligno. Precisamente una de las señales de que somos gobernados por el buen espíritu es el ser muy devotos de la Santísima Virgen, pensar y hablar frecuentemente de Ella. Así piensa san Germán, quien añade que así como la respiración es señal cierta de que el cuerpo no está muerto, del mismo modo el pensar con frecuencia en María e invocarla amorosamente es señal cierta de que el alma no está muerta por el pecado.

Siendo así que, según dicen la Iglesia y el Espíritu Santo que la dirige, María sola ha dado muerte a todas las herejías, por más que los críticos murmuren: jamás un fiel devoto de María caerá en herejía o ilusión, al menos formales. Podrá, tal vez, aunque más difícilmente que los otros, errar materialmente, tomar la mentira por verdad y el mal espíritu por bueno…, pero, tarde o temprano, conocerá su falta y error material y, cuando lo conozca, no se obstinará en creer y defender lo que había tenido como verdadero.

Cualquiera, pues, que desee avanzar, sin temor a ilusiones, cosa ordinaria entre personas de oración, por los caminos de la santidad y hallar con seguridad y perfección a Jesucristo, debe abrazar de todo corazón, con ánimo generoso y resuelto (2 Mac. 1, 3), esta devoción a la Santísima Virgen que tal vez no haya conocido todavía y que yo le enseño ahora: Les voy a mostrar un camino más excelente (1 Cor. 12, 31). Es el camino abierto por Jesucristo, la Sabiduría encarnada, nuestra única Cabeza. El miembro de esta Cabeza que avanza por dicho camino no puede extraviarse.

Que entre, entonces, por este camino fácil, a causa de la plenitud de la gracia y unción del Espíritu Santo que lo llena: nadie se cansa ni retrocede, si camina por él. Es camino corto, que en breve nos lleva a Jesucristo. Es camino perfecto, sin lodo ni polvo ni fealdad de pecado. Es, finalmente, camino seguro, que de manera directa y segura, sin desviarnos ni a la derecha ni a la izquierda, nos conduce a Jesucristo y a la vida eterna.

Entremos, pues, por este camino y avancemos por él, día y noche, hasta la plena madurez de Jesucristo.

 

  1. Esta devoción nos lleva a la plena libertad de los hijos de Dios

 Sexto motivo. Esta devoción da a quienes la practican una gran libertad interior: la libertad de los hijos de Dios (Rom. 8, 21). Porque haciéndose el hombre esclavo de Jesucristo y consagrándose a Él por esta devoción, el Señor en recompensa de la amorosa esclavitud por la que hemos optado:

1º) Quita del alma todo escrúpulo y temor servil que pudiera angustiarla, esclavizarla y perturbarla.

2º) Ensancha el corazón con una santa confianza en Dios, haciendo que lo mire como a su Padre.

3º) Nos inspira un amor tierno y filial.

No me detengo a probar con razones esta verdad. Me contento con referir un hecho histórico que leí en la Vida de la Madre Inés de Jesús, religiosa dominica del convento de Langeac, Alvernia, donde murió en olor de santidad en 1634. Contaba apenas siete años y ya padecía grandes congojas espirituales. Oyó entonces una voz que le dijo: “Si quieres verte libre de todas tus angustias y ser protegida contra todos tus enemigos, hazte cuanto antes esclava de Jesús y de su Santísima Madre”. Al regresar a su casa, se apresuró a consagrarse enteramente como esclava a Jesús y María, aunque por entonces no sabía lo que era esta devoción. Habiendo encontrado después una cadena de hierro, se la puso a la cintura y la llevó hasta la muerte. Hecho esto, cesaron todas sus congojas y escrúpulos y halló tanta paz y amplitud de corazón, que se comprometió a enseñar esta devoción a muchos otros, quienes a su vez hicieron con ella grandes progresos. Recordemos entre otros a M. Olier, fundador del Seminario de san Sulpicio, y a muchos sacerdotes y eclesiásticos del mismo seminario.

Aparecióle un día la Santísima Virgen y le puso al cuello una cadena de oro, en prueba del gozo que le había causado al hacerse esclava suya y de su Hijo. Y santa Cecilia que acompañaba a la Santísima Virgen, le dijo: Dichosos los fieles esclavos de la Reina del cielo, porque gozarán de la verdadera libertad: Servirte a ti, es la libertad.

 

  1. Esta devoción procura grandes ventajas al prójimo

 Séptimo motivo. Puede movernos a abrazar esta práctica el considerar los grandes bienes que reporta a nuestro prójimo.

Efectivamente, con ella se ejercita de manera eminente la caridad con el prójimo, porque se le da por manos de María, lo más precioso y caro que tenemos, que es el valor satisfactorio e impetratorio de todas las buenas obras, sin exceptuar el menor pensamiento bueno ni el más leve sufrimiento. Se acepta que todas las satisfacciones adquiridas hasta ahora y las que se adquieran hasta la muerte, sean empleadas según la voluntad de la Santísima Virgen, en la conversión de los pecadores o la liberación de las almas del purgatorio.

¿No es esto amar perfectamente al prójimo? ¿No es esto pertenecer al número de los verdaderos discípulos de Jesucristo, cuyo distintivo es la caridad? ¿No es éste el medio de convertir a los pecadores, sin temor a la vanidad, y librar a las almas del Purgatorio, casi sin tener otra cosa que lo que cada cual está obligado a hacer conforme a su estado?

Para comprender la excelencia de este motivo sería indispensable conocer el gran valor que tiene la conversión de un pecador o la liberación de un alma del Purgatorio: bien infinito, mayor que la creación del cielo y de la tierra, pues se da a un alma la posesión de Dios. De suerte que aun cuando por esta devoción no se sacase en toda la vida más que a un alma del Purgatorio o no se convirtiese más que a un solo pecador, ¿no sería esto motivo suficiente para mover a todo hombre caritativo a optar por ella?

Nótese, además, que nuestras buenas obras, al pasar por las manos de María, reciben un aumento de pureza y, por lo mismo, de mérito y valor satisfactorio e impetratorio. Con lo cual se hacen mucho más capaces de aliviar a las almas del Purgatorio y convertir a los pecadores, que si no pasaran por las manos virginales de la Santísima Virgen y por caridad pura y desinteresada, llega a ser realmente poderoso para aplacar la cólera de Dios y atraer su misericordia. De suerte que una persona que haya sido enteramente fiel a esta práctica encontrará en la hora de la muerte, que ha librado a muchas almas del Purgatorio y convertido a muchos pecadores, por medio de esta devoción, aunque sólo haya realizado las obras de su propio estado. ¡Qué gozo en el día del juicio! ¡Qué gloria en la eternidad!

 

  1. Esta devoción es un medio maravilloso de perseverancia

 Octavo motivo. Finalmente, lo que más poderosamente nos induce a abrazar esta devoción a la Santísima Virgen es el reconocer en ella un medio admirable para perseverar en la virtud y ser fieles a Dios. ¿Por qué, en efecto, la mayor parte de las conversiones no es permanente? ¿Por qué se recae tan fácilmente en el pecado? ¿Por qué la mayor parte de los justos, en vez de adelantar de virtud en virtud y adquirir nuevas gracias, pierde muchas veces las pocas virtudes y gracias que poseía? Esta desgracia proviene, como hemos dicho, de que, no obstante estar el hombre tan corrompido y ser tan débil e inconstante, ¡se apoya en sus propias fuerzas y se cree capaz de guardar el tesoro de sus gracias, virtudes y méritos!

Ahora bien, por esta devoción, confiamos a la Virgen fiel todo cuanto poseemos, constituyéndola depositaria universal de todos nuestros bienes, de naturaleza y de gracia. Confiamos en su fidelidad, nos apoyamos en su poder y nos fundamos en su misericordia y caridad, para que Ella conserve y aumente nuestras virtudes y méritos, a pesar del demonio, el mundo y la carne, que hacen esfuerzos para arrebatárnoslos. Le decimos como el hijo a su madre y el buen siervo a su señora: Guarda el buen depósito (1 Tim. 6, 20). Madre y Señora, reconozco que por tu intercesión he recibido hasta ahora más gracias de Dios de las que yo merecía. La triste experiencia me enseña que llevo este tesoro en un vaso muy frágil y que soy muy débil y miserable para conservarlo en mí mismo: Yo, pequeño y despreciado como soy… (Sal. 119, 141). Recibe, por favor, cuanto poseo y consérvamelo con tu fidelidad y tu poder. Si tú me guardas, no perderé nada; si me sostienes, no caeré; si me proteges, estaré seguro ante mis enemigos.

San Bernardo dice en términos formales esto mismo para inspirarnos esta práctica: Cuando Ella te sostiene, no caes; cuando Ella te protege, no temes; cuando Ella te guía, no te fatigas; cuando Ella te es favorable, llegas hasta el puerto de salvación. San Buenaventura parece decir lo mismo en términos más explícitos: La Santísima Virgen no solamente se mantiene en la plenitud de los santos: Ella mantiene y conserva a los santos en su plenitud, para que ésta no disminuya; impide que sus virtudes se debiliten, que sus méritos perezcan, que sus gracias se pierdan, que los demonios les hagan daño, que el Señor los castigue cuando pecan.

María es la Virgen fiel, que por su fidelidad a Dios repara las pérdidas, que la Eva infiel causó con su infidelidad, y alcanza a quienes confían en Ella la fidelidad para con Dios y la perseverancia. Por esto, san Juan Damasceno la compara a un áncora firme que nos sostiene e impide que naufraguemos en el mar tempestuoso de este mundo, en donde tantos perecen por no aferrarse a Ella: Atamos, dice, las almas a tu esperanza como a un áncora firme.

Los santos, que se han salvado, estuvieron firmemente adheridos a Ella y a Ella ataron a otros para que perseveraran en la virtud.

¡Dichosos, pues, una y mil veces, los cristianos que ahora se aferran fiel y enteramente a María como a un áncora firme! ¡Los embates tempestuosos de este mundo no los podrá sumergir ni los hará perder sus tesoros celestiales!

¡Dichosos quienes entran en María como en el arca de Noé! Las aguas del diluvio de los pecados que anegan a tantas personas no les harán daño, porque los que obran por mí no pecarán (Ecli. 24, 30), dice la divina Sabiduría, es decir, los que están en mí para trabajar en su salvación no pecarán.

Dichosos los hijos infieles de la infeliz Eva que se aferran a la Madre y Virgen fiel, la cual permanece siempre fiel y no puede negarse a sí misma: Si somos infieles, (Ella) permanece fiel, porque no puede desmentirse a sí misma (cfr. Tim. 2, 13) y responde siempre con amor a quienes la aman: Yo amo a los que me aman (Prov. 8, 17). Y los ama no sólo con amor afectivo, sino con amor efectivo y eficaz, impidiendo mediante gracias abundantes, que retrocedan en la virtud o caigan en el camino y pierdan así la gracia de su Hijo.

Esta Madre bondadosa recibe siempre, por pura caridad, cuanto se le confía en depósito. Y, una vez que lo ha recibido como depositaria, se obliga en justicia, en virtud del contrato de depósito, a guardárnoslo, como una persona a quien yo hubiera confiado en depósito quinientos pesos quedaría obligada a guardármelos, de suerte que, si por negligencia suya se perdiesen, sería responsable de la pérdida en rigor de justicia. Pero, ¿qué digo? Esta fiel Señora no dejará jamás que por negligencia se pierda lo que se le ha confiado: el cielo y la tierra pasarán, antes que Ella sea negligente o infiel con quienes confían en Ella.

¡Pobres hijos de María! ¡La debilidad de ustedes es extrema, grande su inconstancia, muy corrompida su naturaleza! Lo confieso: ¡han sido extraídos de la misma masa corrompida de Adán y Eva! Pero no se desalienten por ello. ¡Consuélense y alégrense! Oigan el secreto que les descubro: secreto desconocido a casi todos los cristianos aun a los más devotos.

No guarden su oro ni su plata en cofres que ya fueron rotos por el espíritu maligno que los saqueó. Cofres que, además, son muy pequeños y endebles y están envejecidos para contener tan grandes y preciosos tesoros. No echen el agua pura y cristalina de la fuente en vasijas sucias e infectadas por el pecado. Si éste no se halla ya en ellas, queda todavía su mal olor que contamina el agua. No echen sus vinos exquisitos en toneles viejos, que han estado llenos de vinos malos: se echarían a perder o correrían peligro de derramarse.

Almas predestinadas, ¡sé que me han entendido! Pero ¡quiero hablarles aún con mayor claridad! No confíen el oro de su caridad, la plata de su pureza, las aguas de las gracias celestiales ni los vinos de sus méritos y virtudes a un saco agujereado, a un cofre viejo y roto, a un vaso infecto y contaminado, como lo son ustedes mismos. Porque serán robados por los ladrones, esto es, por los demonios, que día y noche acechan y espían el momento oportuno para ello; y todo lo más puro que Dios les ha dado a ustedes lo corromperán con el mal olor de su egoísmo, de la confianza en ustedes mismos y de su propia voluntad.

Guarden más bien, viertan en el seno y corazón de María, todos sus tesoros, gracias y virtudes. Ella es Vaso espiritual, Vaso de honor, Vaso insigne de devoción. Desde que el mismo Dios se encerró en él personalmente y con todas sus gracias, este vaso se tornó totalmente espiritual y se convirtió en morada espiritual de las almas más espirituales, se hizo digno de honor y trono de honor de los mayores príncipes de la eternidad; se tornó insigne en devoción y la mansión más espléndida en dulzuras, gracias y virtudes, se hizo, finalmente, rico como una casa de oro, fuerte como la torre de David y puro como torre d marfil.

¡Oh! ¡Qué feliz es el hombre que lo ha entregado todo a María, que en todo y por todo se confía y pierde en María! ¡Es todo de María y María es toda de él! Puede decir abiertamente con David: María ha sido hecha para mí (cfr. Sal. 119, 56). O con el discípulo amado: La tomé por todos mis bienes (cfr. Jn. 19, 27). O con Jesucristo: Todo lo mío es tuyo y todo lo tuyo, mío (Jn. 17, 10).

Si algún crítico, al leer esto, piensa que hablo aquí hiperbólicamente o por devoción exagerada, no me está entendiendo. O porque es hombre carnal, que de ningún modo gusta de las cosas del espíritu, o porque es del mundo, de ese mundo que no puede recibir al Espíritu Santo (cfr. Jn. 14, 17; Mt. 16, 23), o porque es orgulloso y crítico, que condena o desprecia todo lo que no entiende. Pero, quienes nacieron no de la sangre ni de la voluntad de la carne ni de la voluntad de varón, sino de Dios (cfr. Jn. 1, 13) y de María, me comprenden y gustan y para ellos estoy escribiendo.

Digo, sin embargo, a unos y a otros, volviendo al asunto interrumpido, que siendo la excelsa María la más noble y generosa de todas las puras criaturas, jamás se deja vencer en amor ni generosidad. Ella, como dice un santo devoto, por un huevo te dará un buey, es decir, por lo poquito que le damos, nos dará en retorno mucho de lo que ha recibido de Dios. Por consiguiente, si te entregas a Ella sin reservas y pones en Ella tu confianza sin presunción, trabajando por tu parte para adquirir las virtudes y domar las pasiones, Ella se dará a ti totalmente.

Digan, pues, abiertamente, con san Juan Damasceno, los fieles servidores de María: Si confío en ti, oh Madre de Dios, me salvaré, protegido por ti, nada temeré; con tu auxilio, combatiré a mis enemigos y los pondré en fuga: porque ser devoto tuyo es un arma de salvación que Dios da a los que quiere salvar.

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