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Tercera Parte. Capítulo 1: Contenidos esenciales de la consagración

Tratado de la Verdadera Devoción a la Virgen María  de San Luis María Grignion de Monfort

Tercera Parte  LA PERFECTA CONSAGRACIÓN A JESUCRISTO

 Capítulo I: CONTENIDOS ESENCIALES DE LA CONSAGRACIÓN

 La plenitud de nuestra perfección consiste en ser conformes, vivir unidos y consagrados a Jesucristo. Por consiguiente, la más perfecta de todas las devociones, es sin duda alguna, la que nos conforma, une y consagra más perfectamente a Jesucristo. Ahora bien, María es la criatura más conforme a Jesucristo. Por consiguiente, la devoción que mejor nos consagra y conforma al Señor es la devoción a su Santísima Madre. Y cuanto más te consagras a María, tanto más te unirás a Jesucristo.

La perfecta consagración a Jesucristo es por lo mismo, una perfecta y total consagración de sí mismo a la Santísima Virgen. Ésta es la devoción que yo enseño y que consiste, en otras palabras, en una perfecta renovación de los votos y promesas bautismales.

 

  1. Consagración perfecta y total

 Consiste, pues, esta devoción en una entrega total a la Santísima Virgen, para pertenecer, por medio de Ella, totalmente a Jesucristo.

Hay que entregarle:

1º) El cuerpo con todos sus sentidos y miembros.

2º) El alma con todas sus facultades.

3º) Los bienes exteriores, llamados de fortuna, presentes y futuros.

4º) Los bienes interiores y espirituales, o sea, los méritos, virtudes y buenas obras pasadas, presentes y futuras.

En dos palabras: cuanto tenemos, o podamos tener en el futuro, en el orden de la naturaleza, de la gracia y de la gloria, sin reserva alguna, ni de un céntimo, ni de un cabello, ni de la menor obra buena, y esto por toda la eternidad y sin esperar por nuestra ofrenda y servicio más recompensa que el honor de pertenecer a Jesucristo por María y en María, aunque esta amable Señora no fuera, como siempre lo es, la más generosa y agradecida de las criaturas.

Conviene advertir que en las buenas obras que hacemos hay un doble valor: la satisfacción y el mérito, o sea, el valor satisfactorio o impetratorio y el valor meritorio.

El valor satisfactorio o impetratorio de una buena obra es la misma obra buena en cuanto satisface por la pena debida por el pecado u obtiene alguna nueva gracia. En cambio, el valor meritorio o mérito es la misma obra buena en cuanto merece la gracia y la gloria eterna.

Ahora bien en esta consagración de nosotros mismos a la Santísima Virgen, le entregamos todo el valor satisfactorio, impetratorio y meritorio. Es decir, las satisfacciones y méritos de todas nuestras buenas obras. Le entregamos nuestros méritos, gracias y virtudes, no para que los comunique a otros, porque nuestros méritos, gracias y virtudes, estrictamente hablando, son incomunicables y únicamente Jesucristo, haciéndose fiador nuestro ante el Padre, ha podido comunicarnos sus méritos, sino para que nos los conserve, aumente y embellezca (como veremos más adelante). Le entregamos nuestras satisfacciones para que las comunique a quien mejor le plazca y para mayor gloria de Dios.

De donde se deduce que:

1º) Por esta devoción, entregas a Jesucristo, de la manera más perfecta, puesto que lo entregas por manos de María, todo cuanto le puedes dar y mucho más que por las demás devociones, por las cuales le entregas solamente parte de tu tiempo, de tus buenas obras, satisfacciones y mortificaciones.

Por esta consagración le entregas y consagras todo, hasta el derecho de disponer de tus bienes y satisfacciones que cada día puedes ganar por tus buenas obras, lo cual no se hace en ninguna Orden o Instituto Religioso. En éstos se dan a Dios los bienes de fortuna por el voto de pobreza, los bienes del cuerpo por el voto de castidad, la propia voluntad por el voto de obediencia y, algunas veces, la libertad corporal por el voto de clausura. Pero no se entrega a Dios la libertad o el derecho de disponer de las buenas obras ni se despoja uno, cuanto es posible, de lo más precioso y caro que posee el cristiano, a saber, los méritos y satisfacciones.

2º) Una persona que se consagra y entrega voluntariamente a Jesucristo por medio de María, no puede ya disponer del valor de ninguna de sus buenas obras: todo lo bueno que padece, piensa, dice y hace pertenece a María quien puede disponer de ello, según la voluntad y mayor gloria de su Hijo.

Esta entrega, sin embargo, no perjudica en nada a las obligaciones de estado presente o futuro en que se encuentre la persona, por ejemplo, los compromisos de un sacerdote que, por su oficio u otro motivo cualquiera, debe aplicar el valor satisfactorio e impetratorio de la santa Misa a un particular. Porque no se hace esta consagración sino según el orden establecido y los deberes del propio estado.

3º) Esta devoción nos consagra al mismo tiempo, a la Santísima Virgen y a Jesucristo. A la Santísima Virgen, como el medio perfecto escogido por Jesucristo para unirse a nosotros, y a nosotros con Él. Al Señor, como a nuestra meta final, a quien debemos todo lo que somos ya que es nuestro Dios y Redentor.

 

  1. Perfecta renovación de las promesas bautismales

 He dicho que esta consagración puede muy bien definirse como una perfecta renovación de los votos o promesas del santo Bautismo.

De hecho, antes del Bautismo, todo cristiano era esclavo del demonio a quien pertenecía. Por su propia boca o la de sus padrinos renunció en el Bautismo a Satanás, a sus pompas y a sus obras y eligió a Jesucristo como a su Dueño y Señor, para depender de Él en calidad de esclavo de amor.

Es precisamente lo que hacemos por la presente devoción: renunciar –la fórmula de consagración lo dice expresamente– al demonio, al mundo, al pecado y a nosotros mismos y consagrarnos totalmente a Jesucristo por manos de María. Pero hacemos aún algo más: en el Bautismo hablamos ordinariamente por boca de otros, y nos consagramos a Jesucristo por procurador. Mientras que en esta devoción nos consagramos por nosotros mismos, voluntariamente y con conocimiento de causa.

En el Bautismo no nos consagramos explícitamente por manos de María ni entregamos a Jesucristo el valor de nuestras buenas acciones. Y, después de él, quedamos completamente libres para aplicar dicho valor a quien queramos o conservarlo para nosotros. Por esta devoción, en cambio, nos consagramos expresamente al Señor por manos de María y le entregamos el valor de todas nuestras buenas acciones.

Los hombres hacen voto en el Bautismo, dice santo Tomás, de renunciar al diablo y a sus pompas… Y este voto, había dicho san Agustín, es el mayor y más indispensable. Lo mismo afirman los canonistas: “El voto principal es el que hacemos en el Bautismo”. Sin embargo, ¿quién cumple este voto tan importante? ¿Quién observa con fidelidad las promesas del santo Bautismo? ¿No traicionan casi todos los cristianos la fe prometida a Jesucristo en el Bautismo? ¿De dónde proviene este desconcierto universal? ¿No es acaso del olvido en que se vive de las promesas y compromisos del santo Bautismo y de que casi nadie ratifica por sí mismo el contrato de alianza hecho con Dios por sus padrinos?

Es tan cierto esto, que el Concilio de Sens, convocado por orden de Ludovico Pío para poner remedio a los desórdenes de los cristianos, juzgó que la causa principal de tanta corrupción de las costumbres provenía del olvido e ignorancia en que vivían las gentes acerca de los compromisos del santo Bautismo; y no encontró remedio más eficaz para combatir tamaño mal que excitar a los cristianos a renovar las promesas y votos bautismales.

El Catecismo del Concilio de Trento, fiel intérprete de las intenciones de este santo Concilio, exhorta a los párrocos a hacer lo mismo y a acostumbrar al pueblo fiel a recordar y creer que los cristianos han sido ofrecidos y consagrados a Jesucristo, Señor y Redentor nuestro. Éstas son sus palabras: “El párroco exhortará al pueblo fiel en forma de hacerle comprender que nosotros, más que cualquier otro hombre, debemos ofrecernos y consagrarnos eternamente como esclavos a nuestro Señor y Redentor” (parte 1, c. 3).

Ahora bien, si los Concilios, los Padres y la misma experiencia nos demuestran que el mejor remedio contra los desórdenes de los cristianos es hacerles recordar las obligaciones del Bautismo y renovar las promesas que en él hicieron, ¿no será acaso razonable hacerlo ahora de manera perfecta por esta devoción y consagración al Señor por medio de su Santísima Madre? Digo de manera perfecta, porque para consagrarnos a Jesucristo, utilizamos el más perfecto de todos los medios, que es la Santísima Virgen.

 

  1. Respuesta a algunas objeciones

 No se puede objetar que esta devoción es nueva o sin importancia.

No es nueva: los Concilios, los Padres y mucho autores antiguos y modernos hablan de dicha consagración a Jesucristo o renovación de las promesas del Bautismo, como de una práctica antigua aconsejada por ellos a todos los cristianos.

No es de poca importancia: puesto que la fuente principal de todos los desórdenes y, por consiguiente, de la condenación de los cristianos, procede del olvido e indiferencia respecto de esta práctica.

Pudiera alguno decir que esta devoción nos imposibilita para socorrer a las almas de nuestros parientes, amigos y bienhechores, dado que nos hace entregar al Señor, por manos de la Santísima Virgen, el valor de todas nuestras buenas obras, oraciones, mortificaciones y limosnas.

Le respondo:

1º) No es creíble que nuestros amigos, parientes y bienhechores salgan perjudicados porque nos entreguemos y consagremos, sin reserva, al servicio del Señor y su Santísima Madre. Suponerlo sería hacer injuria al poder y bondad de Jesús y de María, quienes sabrán ayudar a nuestros parientes, amigos y bienhechores, sea con nuestra renta espiritual, sea con otros medios.

2º) Esta devoción no impide orar por los demás, vivos o difuntos, aunque la aplicación de nuestras buenas obras dependa de la voluntad de la Santísima Virgen. Al contrario, nos llevará a rogar con mayor confianza. Sucede como a la persona rica que hubiera cedido todos sus bienes a un gran príncipe para honrarlo más: ella rogaría con mayor confianza a este príncipe que dé una limosna a un amigo suyo que se la pide. El príncipe hasta se sentiría feliz de encontrar la oportunidad de manifestar su gratitud a quien se ha despojado de todo para honrarlo y se ha empobrecido para enriquecerlo. El príncipe representa a Jesucristo y a la Santísima Virgen, que jamás se dejarán vencer de nadie en gratitud.

Otro objetará, tal vez: “Si doy a la Santísima Virgen todo el valor de mis acciones para que lo aplique a quien Ella quiera, ¡quizá tenga yo que padecer largo tiempo en el purgatorio!”.

Esta objeción proviene del amor propio y de la ignorancia que tenemos respecto a la generosidad divina y la de la Santísima Virgen. Y se destruye por sí sola. ¿Es posible acaso que una persona ferviente y generosa que vela con mayor empeño por los intereses de Dios que por los propios, da a Dios sin reserva cuanto tiene, de suerte que ya no puede dar más: Non plus ultra, tiene como única aspiración la gloria de Dios y el reinado de Jesucristo por medio de su Santísima Madre y se sacrifica totalmente para alcanzar este fin… será posible, repito, que persona tan noble y generosa sea más castigada en la otra vida por haber sido en ésta más generosa y desinteresada que las otras? ¡Nada de esto! El Señor y su Madre Santísima, lo veremos en seguida, se mostrarán generosísimos en este mundo y en el otro, en el orden de la naturaleza, de la gracia y de la gloria, precisamente con esta persona.

Conviene ver ahora, con la mayor brevedad, los motivos que hablan a favor de esta devoción, los admirables efectos que produce en las almas fieles y sus principales prácticas.

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