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Corredentora

Corredentora

Giorgio Sernani. Extracto del libro «Los Dogmas de María».

“María, que concibió y dio a luz sin la mancha del pecado, participó de una manera maravillosa en los sufrimientos de su Hijo Divino para poder ser la Corredentora de la Humanidad”. Juan Pablo II, 8 de septiembre de 1982, Saludo a los enfermos en la audiencia general.

El título de Mediadora encierra al de Corredentora

María en todo asociada a Cristo y en todo dependiente de Él, también lo estuvo en la obra redentora adquisitiva de la gracia, y lo está en la obra distributiva de la misma.

Conjuntamente con Él, si bien en diverso grado y orden, medió entre Dios y nosotros para obtenernos el perdón de nuestros pecados.
En este sentido le damos el título de Corredentora del género humano.

Pero así como la Redención de Cristo es causa y motivo del lugar que Él ocupa en el orden de la distribución de todas las gracias que Dios nos otorga, de modo tal que Dios no las da sino a su pedido y por su intermedio, igualmente la Corredención de María es causa del lugar que
Ella ocupa relativamente a la distribución de las gracias, pues, como enseña el Papa León XIII:

“así como nadie puede llegar al Padre sino por Cristo, así nadie puede llegar a Cristo sino por su Madre” (22 de septiembre de 1891 Encíclica “Octobri mense”), o sea que no hay gracia que Cristo dé que no nos llegue por medio y por impetración de María.

En este sentido llamamos a María “Mediadora Universal” de todas las gracias. Estrictamente hablando, el título de Mediadora encierra al de Corredentora, pues la Corredención es uno de los elementos de la Mediación de María. Pormenores véanse en Gabriel Roschini, “Mariología”. (P. Demetrio Licciardo SDB).

Jesucristo es el Redentor del género humano

“El desastre producido en la humanidad por el pecado original fue reparado por obra de Nuestro Señor Jesucristo.
Jesús es el Redentor del género humano. Gracias a su vida, pasión, muerte y resurrección puede el hombre, según hemos dicho, adquirir nuevamente aquellos medios, la gracia santificante sobre todo, que lo reponen en el estado de hijo de Dios y heredero del cielo.
Él ofreció a Dios su Padre satisfacción condigna y sobreabundante por el pecado del hombre.

La realización de esta obra magnífica fue posible merced a las dos naturalezas, divina y humana, poseídas por Cristo hipostáticamente unidas en su divina persona. La naturaleza humana de Cristo igual en todo a la nuestra, se entregó voluntariamente a la muerte en nombre y lugar de
toda la naturaleza humana que había ofendido al Señor. Este holocausto si bien dado por la naturaleza humana, fue, sin embargo, de valor infinito, puesto que las acciones de esa naturaleza, fueron dignificadas por la Persona que ofrecía el sacrificio, a la cual aquélla pertenecía y a la cual por lo tanto en último término han de atribuirse todas las acciones y operaciones de la misma.

Esta Persona es la del Hijo de Dios, del Verbo eterno del Padre, la segunda de la Santísima Trinidad.

Dios Nuestro Señor en vista del sacrificio de su Hijo, perdona a la naturaleza humana ofreciendo a todos su gracia, y con ella, la posibilidad de la readquisición de cuanto con el pecado original se había perdido.

Tal es en gran síntesis la obra de redención efectuada por Nuestro Señor Jesucristo, quien con su muerte, nos ha reconciliado con Dios, comprándonos a un altísimo precio, consistente no en oro ni en plata, sino en su preciosísima Sangre de Cordero inmaculado, por la cual tenemos redención.

La obra redentora pues, ha sido realizada principal, directa e inmediatamente por Nuestro Señor Jesucristo. Su naturaleza humana se entregó en sacrificio; su Persona divina dignificó infinitamente los actos de la misma. Por todo esto “no hay salvación en ningún otro. Pues
debajo del cielo no hay otro Nombre dado a los hombres por medio del cual podemos salvarnos”. (Hech. 4,12).

Pero el plan de Dios quiso asociar a esta obra redentora también a los hombres, si bien en grados y formas muy diversas.

La Iglesia, brotada del Corazón de Cristo, manifiesta claramente estos designios, pues ella no es sino el gran instrumento de Dios, para llevar en formas fecundísimas y admirables hasta todos los hombres de todos los tiempos la noticia y los beneficios de la redención de Cristo”.

El oficio incomunicable de María

“Entre las criaturas asociadas a la obra redentora de Jesús y “todos los que participaron en el misterio de la redención, jamás alguno ocupó una posición tan elevada y tan sagrada, como el oficio incomunicable de la Madre de Jesús” (Sto. Tomás), la cual, en forma real y verdadera, si bien muy diferente a la de Cristo, cooperó a la redención del género humano y no solamente como lo hace actualmente la Iglesia, conservando, conduciendo y aplicando los frutos de la redención, sino contribuyendo a la obra por la cual éstos fueron adquiridos. Cierto es que la obra de Cristo no necesita complemento alguno; ella es no solamente suficiente y perfecta, sino además superabundante, pero también es cierto que Dios, en los designios de su providencia y en el plan divino que de hecho trazó, no ha querido ni realizado la obra de la redención independientemente de María.

La verdad y realidad de esta cooperación, siempre ha sido creída en la Iglesia que sintéticamente manifestó esa creencia, llamando a la Virgen “abogada, mediadora, auxiliadora, esperanza nuestra” (P. Demetrio Licciardo SDB).

Ya en 1948, este autor menciona los títulos con que la Iglesia manifestó su creencia de siempre en la Corredención de María, los mismos que menciona años más tarde el Concilio Vaticano II en la Constitución Dogmática sobre la Iglesia:

“La Virgen es invocada en la Iglesia con los títulos de Abogada, Auxiliadora, Socorro, Mediadora” (Concilio Vaticano II, Lumen Gentium, 1962)

“María ha tomado parte en la obra de nuestra redención y de nuestra salud, parte secundaria y plenamente subordinada a la de Jesús, pero no menos extendida, ni menos universal .

Tomamos esta expresión del teólogo J.V. Baivel- sigue diciendo el P. Licciardo- que sintetiza el pensamiento común al respecto. Y destaca que “existe unanimidad en la doctrina sobre la Mediación Mariana tanto en la adquisición de la gracia como en la aplicación de la misma” (año 1948), “aún no hay una fórmula común, por eso se hallarán muy variadas expresiones, pero en definitiva es una misma doctrina.”

Jesucristo el nuevo Adán, María la nueva Eva

Jesucristo verdadero Dios y verdadero Hombre, poseedor de la gracia que le correspondía connaturalmente por la unión hipostática, es el Único que puede redimirnos. Él puede con su sacrificio, merecer “de condigno” es decir con todo rigor y justicia, porque existe igualdad entre Él, que merece, y su Padre que premia. Y es el nuevo Adán que restaura en forma superabundante lo que el viejo Adán había destruido por el pecado.

Indisolublemente con Él se halla la nueva Eva, María, que asocia al de Cristo su sacrificio “insigne por su dignidad por la grandeza de su dolor y por la vehemencia de su caridad” (ibm), y que nos merece “de congruo”, como se llama a la satisfacción no considerada según la perfecta
igualación respecto a la recompensa de la culpa, sino a la aceptación de Dios que con ella se declara satisfecho.

María fue requerida por Dios para la obra de la Redención ocupando el lugar de Eva, junto a Cristo, el Salvador, que ocupa el de Adán. (Ver sermón de San Juan Crisóstomo).

Los teólogos al exponer la doctrina del nuevo Adán y la nueva Eva, María, la denominan “principio de recapitulación o de recirculación”. Como vimos, así se expresa PíoXII.

María no es una figura accesoria o circunstancial en el plan de la Redención

Cristo el Salvador es el que satisfizo y mereció. María ocupa un lugar secundario, subordinado a Él, pero verdadero y real, tan extenso y universal como aquél al que se aplica la salvación.

María no es “redentora”, ni Jesucristo necesitó de méritos. Pero Ella es sin embargo, real y objetivamente Corredentora, porque su participación en la obra de la Redención fue querida, pedida y aceptada por Dios, y libremente aceptada por Ella.

“María no es una figura accesoria o circunstancial en el plan de redención. De ella necesitan Dios y Jesucristo una vez decretado el modo de la encarnación y de ella necesitarán los hombres cuando quieran hacer propia la redención de Jesucristo”.

Así enseña el Episcopado Argentino en la Pastoral del 3 de mayo de 1947, sobre el Primer Congreso Mariano Nacional.

María y el Salvador, el Salvador y María, unidos desde el momento de su asentimiento al Arcángel: “He aquí la esclava del Señor, hágase en mi según tu palabra” (LC 1,38).

Con una participación no sólo física, nobilísima, sino con la unión libre de su voluntad, conociendo Ella perfectamente las profecías, aceptó la Maternidad Divina con todas sus consecuencias,“suministró la purísima Sangre con la cual el Espíritu Santo fue formando el cuerpo del Verbo… cuando cuidadosamente llevó al Niño en su seno, cuando nacido lo envolvió en pañales, cuando lo reclinó en el pesebre, cuando lo alimentó con su propia leche, cuando pasó noche y día a su lado, cuando lo llevó a Egipto huyendo de la furia de Herodes, cuando lo
alimentó en Nazareth y lo vio crecer obediente” (Billot, De Verbo Incarnato).

“Ella sufrió con Él, sin añadir nada a sus méritos infinitos, pero uniendo a aquéllos los propios, asociándose íntimamente a la obra de Aquél que Ella había dado al mundo para salvarlo, participando no menos de su obra en su muerte que en su nacimiento” (M. J. Lagrange).

Por ello Billot afirma: “doblemente María fue co-reparadora. En primer lugar en cuanto que fue el medio voluntario por el cual nos vino el Redentor, y luego en cuanto traspasada por una espada de dolor, según la profecía de Simeón, por mérito propio, si bien apoyada en los
infinitos méritos de Cristo, mereció ser hecha Madre de todos los vivientes, cuya intercesión se extiende a todos”. (Billot, De Verbo Incarnato).

Las riquísimas enseñanzas de las Sagradas Escrituras son tomadas por los Padres de la Iglesia para enseñarnos el papel de María en su Redención, su participación según los designios de Dios, como Corredentora.

Los Padres convienen en esta doctrina, según lo demuestra esta enumeración de expresiones entresacadas por el mariólogo Passaglia de los escritos de los mismos; ellos llaman a María:

Cabeza y causa de la salud universal,
fuerza con la que fue quebrantado
el poder de satanás,
salud de los fieles, del mundo, de nuestro género,
autora de la alegría,
causa del gozo común,
disolución de la tristeza,
restauración de las cosas que habían envejecido,
restauradora de la inocencia original,
principio y causa de la común elevación,
reparadora de la vida y de la caída,
vivificadora de todas las cosas,
sola restauradora de los caídos,
propiciación del mundo,
liberación de la maldición,
la que quita la condenación,
la que sumergió y venció a la muerte,
la que destruyó la tiranía del demonio,
la que arrancó la audacia del dragón,
y pulverizó el reino del demonio.

“Junto a los Padres, se halla toda la Iglesia, todo el pueblo cristiano, que en sus pensamientos y en sus oraciones demuestra el profundo conocimiento que tiene de la participación verdadera de María en la obra de la Redención”.

Fe que ha quedado escrita en los libros y expresada en la liturgia, en la pintura, en el mármol.

“La pálida y acongojada imagen de María con el Cristo yacente sobre sus rodillas, es no sólo la expresión del dolor de la Madre de Dios, sino además la representación de una patena, cargando su hostia preciosa, ofreciendo a su modo la víctima divina y ofreciéndose a sí misma,
junto a Cristo, su Hijo” (Lagrange).

La doctrina católica sobre la Corredención explica admirablemente los planes de Dios. El asociar, en su altísima providencia, a la Virgen, su Madre, a la Redención, muestra la magnificencia de sus obras, cómo quiso vencer al demonio en forma absoluta y completísima.
(Extracto del P. Demetrio Licciardo, SDB).

Tradición

Nos enseña el Santo Padre Juan Pablo II:

“Ya al final del siglo II, San Ireneo, discípulo de San Policarpo, pone de relieve la aportación de María a la obra de salvación. Comprendió el valor del consentimiento de María en el momento de la Anunciación, reconociendo en la obediencia y en la fe de la Virgen de Nazareth en el mensaje del ángel la antítesis perfecta a la desobediencia e incredulidad de Eva, con efectos benéficos sobre el destino de la humanidad. En efecto, como Eva causó la muerte, así María con su sí, se convirtió en causa de salvación para sí misma y para todos los hombres. Pero
se trata de una afirmación que no desarrollaron de modo orgánico y habitual los otros Padres de la Iglesia.

Esa doctrina, en cambio, es sistemáticamente elaborada por primera vez, al final del siglo X, en la Vida de María, escrita por un monje bizantino, Juan el Geómetra. Aquí María está unida a Cristo en toda la obra redentora, participando, de acuerdo con el plan divino, en la cruz, y sufriendo por nuestra salvación. 

Permaneció unida a su Hijo “en toda acción, actitud y voluntad”. La asociación de María a la obra salvífica de Jesús se realiza mediante su amor de Madre, un amor animado por la gracia, que le confiere una fuerza superior. En Occidente, San Bernardo, muerto en el año 1153, dirigiéndose a María, comenta así la presentación de Jesús en el templo: “Ofrece a tu Hijo, Virgen Santísima, y presenta al Señor el fruto de su seno. Para nuestra reconciliación con todos ofrece la hostia santa, agradable a Dios”.

Un discípulo y amigo de San Bernardo, Arnaldo de Chartres, destaca en particular la ofrenda de María en el sacrificio del Calvario. Distingue en la Cruz “dos altares: uno en el Corazón de María; otro en el Cuerpo de Cristo. Cristo inmolaba su carne; María, su alma”. María se inmola espiritualmente en profunda comunión con Cristo y suplica por la salvación del mundo: “Lo que la Madre pide, el Hijo lo aprueba y el Padre lo otorga”. Desde esa época otros autores exponen la doctrina de la cooperación especial de María en el sacrificio redentor”. Juan Pablo II, 25 de octubre de 1995, Catequesis en la audiencia general.

Uno de esos autores es San Maximiliano Kolbe, quien así se expresa:

“Podemos decir con todo derecho que María como la Madre del Salvador Jesús ha sido hecha la corredentora de la raza humana, y como la Esposa del Espíritu Santo, participa en la distribución de las gracias”.

El pueblo fiel sabe que el Papa coincide con su compatriota, elevado a los altares precisamente por él.

Magisterio

Ya en el Concilio de Trento el teólogo del Papa, Alfonso de Salmerón SI, habla de la Corredención de María. En los siglos XV y XVI aparece y se divulga el término “Corredentora”.

La doctrina sobre esta misión de María fue siendo iluminada por el Espíritu Santo a partir de la mitad del siglo XIX, especialmente a través de los sucesores de Pedro.

Algunos expresiones que dan una idea general, al menos, de esta doctrina:

“Así como Cristo, Mediador de Dios y de los hombres, asumida la naturaleza humana, borrando la escritura del decreto que nos era contrario, lo clavó triunfante en la cruz, así la Santísima Virgen, unida a Él con estrechísimo e indisoluble vínculo, hostigando con Él y por Él eternamente la venenosa serpiente, y triunfando de la misma en toda línea, trituró su cabeza con el pie inmaculado”. (Beato Pío IX , Enc. “Ineffabilis Deus”.)

“María no sólo estuvo presente en los Misterios de la Redención, sino que participó en ellos”. (León XIII, Enc. “Parta Humano Generi”.)

María fue “cooperadora a la obra maravillosa de la reducción humana”. (León XIII ,Enc. “Auditricem populi”.)

“Entre María y Jesús hay perpetua sociedad de vida y sufrimientos… La consecuencia de esta comunidad de sentimientos y sufrimientos entre María y Jesús, es que María mereció ser Reparadora dignísima del orbe perdido, y por tanto, la dispensadora de todos los tesoros que Jesús nos conquistó con su muerte y con su sangre”.

María es la “Misericordiosa Corredentora del humano linaje” (San Pío X, Enc. “Ad diem illum”)

“Los doctores de la Iglesia enseñan comunmente que la Santísima Virgen, que parecía ausente de la vida pública de Jesucristo, estuvo presente, sin embargo, a su lado cuando fue a la muerte y fue clavado en la cruz, y estuvo allí por divina disposición. En efecto, en comunión con su Hijo doliente y agonizante, soportó el dolor y casi la muerte, abdicó los derechos de Madre sobre su Hijo para conseguir la salvación de los hombres y, para apaciguar la justicia divina, en cuanto dependía de Ella inmoló a su Hijo de suerte que se puede afirmar con razón que
redimió (“redemisse”) al linaje humano con Cristo” (Benedicto XV, Carta Ap. “Inter. Solladicia”)

“…Recuerda (oh María) que en el Calvario quedaste constituida la Corredentora, cooperando en la crucifixión de tu corazón a la salvación del mundo, juntamente con tu Hijo crucificado, y desde aquel día quedaste hecha la Reparadora del género humano, el refugio de los pecadores y la Madre de todos los hombres… ¡oh Mediadora poderosísima!” (Pío XI, breve del 20 de julio de 1925)

“La augusta Virgen, concebida sin la primitiva mancha, fue escogida Madre de Cristo precisamente para tomar parte en la redención del género humano” (Pío XI, Enc. “Auspicatus profecto”)

“¡Oh Madre de piedad y misericordia, que acompañabais a vuestro dulce Hijo mientras llevaba a cabo en el altar de la cruz la redención del género humano, como Corredentora nuestra asociada a sus dolores…! Conservad en nosotros y aumentad cada día, os lo pedimos, los preciosos frutos de la redención y de vuestra compasión” (Pío XI, 28 de abril de l935, Radiomensaje a los peregrinos de Lourdes.)

“…Ella fue la que, libre de toda mancha personal y original unida estrechísimamente con su Hijo, lo ofreció, como nueva Eva, al Eterno Padre en el Gólgota, juntamente con el holocausto de sus derechos maternos y de su materno amor por todos los hijos de Adán, manchados con su deplorable pecado…” (Pío XII, Encíclica “Mystici Corporis Christi”)

“Corredentora del linaje humano” (Pío XII, 1949, a las Congregaciones Marianas)

“Fue asociada como Madre y Ministra, al Rey de los mártires en la obra inefable de la humana redención…” (Pío XII, 13 de mayo de 1946,
Clausura de las solemnidades de Fátima)

“Nueva Eva unida estrechamente al nuevo Adán… Misteriosamente unida a Jesucristo desde toda la eternidad con un mismo decreto de predestinación… generosa socia del divino Redentor que obtuvo un pleno triunfo sobre el pecado y sobre sus consecuencias” (Pío XII, Encíclica “Mumificentissimus Deus”)

Pío XII desarrolla el tema de la Corredención de María en sus Encíclicas “Ad Cocli Reginam” y “Haurietis Aquas”, en esta última, de 1956, finaliza con un llamado a la devoción y al culto del Inmaculado Corazón de María junto al Sacratísimo Corazón de Jesús:

“Ha sido voluntad de Dios que en la obra de la Redención humana, la Santísima Virgen María estuviese inseparablemente unida con Jesucristo; tanto que nuestra salvación es fruto de la caridad de Jesucristo y de sus padecimientos a los cuales fueron asociados íntimamente el amor y los dolores de su Madre. Por eso conviene que el pueblo cristiano, que de Jesucristo, por medio de María ha recibido la vida divina, después de haber dado al Sagrado Corazón de Jesús el debido culto, rinda también al amantísimo corazón de su Madre celestial
los correspondientes obsequios de piedad, de amor, de agradecimiento y de reparación” (Pío XII, “Haurietis aguas”)

El Beato Juan XXIII nos habla repetidamente de una asociación histórica de episodios y momentos en la vida de Cristo y María. Y más aún:
“Intimamente asociada a la redención en los designios del Altísimo, la Señora –como ha cantado Severino de Gabala- es la Madre de la salvación, la fuente de la luz que se hizo visible” (Beato Juan XXIII, 9 de diciembre de 1963 canonización de San Pedro Julián Eymard,
Antonio Pucci y Francisco Caporosso).

“Ella es la Virgen Dolorosa, la asociada a la inmolación suprema de Su Divino Hijo” (Beato Juan XXIII, 23 de abril de l963)

Paulo VI dijo que “honrando a María se llega a descubrir su función superlativa en la economía de la Salvación” (1965) y quiere que la devoción a la Virgen de los Dolores lleve “a la consideración de la parte que la Madre de Cristo Nuestro Señor tuvo, con sus penas y trabajos, en la obra de la reconciliación de los hombres con Dios, y al aprecio del sacrificio de la que la Iglesia llama Reina de los Mártires.

Estamos seguros de que todos vibrarán de amor a la que ha engendrado a Cristo y también, con su ardiente caridad y sus sufrimientos, cooperó a la restauración de la vida sobrenatural en las almas. Por esto ella es saludada, justamente, con el título de Madre nuestra,de la Iglesia, y por esto Nos la hemos proclamado Madre de la Iglesia ”. (Paulo VI, 9 de mayo de 1965)

El Concilio Vaticano II resume:

María, “predestinada desde toda la eternidad, junto con la Encarnación del Verbo, por designio de la Divina Providencia, fue en la tierra la esclarecida Madre del Divino Redentor y, en forma singular, la generosa colaboradora entre todas las criaturas y la humilde esclava del Señor. Concibiendo a Cristo, engendrándolo, alimentándolo, presentándolo en el templo al Padre, padeciendo con su Hijo mientras Él moría en la cruz, cooperó en forma del todo singular, por la obediencia, la fe, la esperanza, y la encendida caridad en la restauración de la vida sobrenatural de las almas.  Por tal motivo es nuestra Madre en el orden de la gracia”. (Concilio Vaticano II Lumen Gentium)

Es tan clara la doctrina católica sobre la unión de Jesucristo y María en la obra de la Redención, que el mismo Concilio al tratar sobre la Sagrada Liturgia, dice: 

“En la celebración de este círculo anual de los misterios de Cristo, la Santa Iglesia venera con amor especial a la Bienaventurada Madre de Dios, la Virgen María, unida con lazo indisoluble a la obra salvífica de su Hijo” (Concilio Vaticano II Const. sobre la Sagrada Liturgia Nº 103)

El P. Manuel de Tuya da este esquema sinóptico de las enseñanzas del Magisterio “con los textos alegados o a los que remiten”, en los cien años que preceden al Vaticano II, cuando él escribe:

1. La encarnación y obra de Cristo lo misma que la Maternidad Divina y su misión, están
incluidas en “un mismo decreto” eterno (Pío IX, Pío XII, Concilio Vaticano II)
2. María fue escogida para Madre de Dios para que también fuese “cooperadora” a la obra
redentora (Pío IX, Pío XII)
3. María está “unida” a Cristo y a su obra por un vínculo estrechísimo e indisoluble (Pío IX,
Pío XII, Concilio Vaticano II)
4. Dios, Cristo, la unieron a su obra (Benedicto XV, Pío IX, San Pío X, Pío XII, Concilio
Vaticano II)
5. María aceptó unirse a esta obra (Pío XII, Concilio Vaticano II)
6. Dios dotó a María de gracia plenísima para esta doble finalidad de la Maternidad Divina y
de la Corredención (Pío IX, León XIII, Pío XII, Concilio Vaticano II)
7. María cooperó inmediatamente a esta finalidad con sus “trabajos” (Pablo VI), “penas” y “comunión de dolores” (Benedicto XV, Pío XII, Pablo VI), “abdicando” sus derechos maternos (Benedicto XV, Pío XII),  “soportando el dolor y casi la muerte” (Benedicto XV, Pío XII),  “ofreciendo” a su Hijo (Pío XI, León XIII, Pío XII),  “inmolando” en cuanto de Ella dependía su Hijo (Benedicto XV), con “su amor” (Pío XII, Pablo VI, Concilio Vaticano II),  con las “obras” en general (Concilio Vaticano II)
8. Finalidad, salvar a los hombres (Pío IX, León XIII, Benedicto XV, Pío XII, Pablo VI,
Concilio Vaticano II)
9. María “mereció ser Reparadora dignísima del orden perdido” (San Pío X)
10. Por todo lo cual la llaman los Papas: Redentora (“redimió” con Cristo al mundo) (Benedicto XV), Corredentora (León XIII, San Pío X, Pío IX, Pío XII), Mediadora (San Pío X, Pío XII), Cooperadora (León XIII), Conciliadora (León XIII), Reparadora (León XIII, San Pío X),  Socia (Pío XII), Ministra (Pío XII), Consorte (Pío XII)
11. María tiene pues, un puesto “esencial” en nuestra salvación (Pablo VI)

A Juan Pablo II le ha correspondido la difícil misión de encauzar la Iglesia en el tiempo del post Concilio, y hacer que se interpreten rectamente sus documentos. Repitiendo los conceptos y  términos de sus antecesores el Papa “Todo de María” – Totus Tuus -ha iluminado y profundizado los textos conciliares.

“Su Hijo agoniza sobre aquel madero como un condenado… ¡cuán grande, cuán heroica en esos momentos la obediencia de la fe demostrada por María ante los insondables designios de Dios! ¡Cómo se abandona a Dios sin reservas, prestando el homenaje del entendimiento y de la voluntad a aquél cuyos “caminos son inescrutables”! (Rom 11,33) (Juan Pablo II, Enc. Redemptoris Mater, 25 de marzo de 1987.)

“Por medio de esta fe María está unida perfectamente a Cristo en su despojamiento. En efecto “Cristo… siendo de condición divina no retuvo
ávidamente el ser igual a Dios. Sino que se despojó de sí mismo, tomando la condición de siervo, haciéndose semejante a los hombres” concretamente en el Golgota “se humilló a sí mismo obedeciendo hasta la muerte, y muerte de cruz (Fil 2, 5-8). A los pies de la Cruz María participa por medio de la fe en el desconcertante misterio de este despojamiento. Es ésta tal vez la más profunda quénosis de la fe en la historia de la humanidad. Por medio de la fe la Madre participa de la muerte del Hijo, de la muerte redentora”. (Juan Pablo II, Enc. “Redemptoris Mater”.)

En muchas ocasiones el Papa hace ahondar la meditación de los textos conciliares:

“Crucificada espiritualmente con su Hijo crucificado (Gal 2,20), ella contempló con heroico amor la muerte de su Dios, “consintiendo amorosamente en la inmolación de su Víctima que Ella misma había engendrado” (Lumen Gentium, 58) (Juan Pablo II, alocución en el
Santuario de Nuestra Señora de la Alborada, Guayaquil, Ecuador, 31 de enero de 1985.)

El Santo Padre llama a María Madre de la Unidad por ser la Corredentora. El Santo Padre llega más lejos en la misión de María Corredentora, porque la hace artífice del ecumenismo “para unir en uno solo a todos los discípulos de Dios”. María merece ser la Madre de todos los discípulos de su Hijo, la Madre de la Unidad.

“María va antes que nosotros y nos acompaña. El silencioso viaje que empieza en su Inmaculada Concepción y pasa a través de su “sí” de Nazareth, que la hace ser la Madre de Dios, encuentra en el Calvario un momento particularmente importante. Ahí, también, aceptando y asistiendo al sacrificio de su Hijo, María es el amanecer de la Redención…

Espiritualmente crucificada con su Hijo Crucificado (Gal. 2,20) contempla con un amor heroico la muerte de su Dios, Ella amorosamente consiente con la inmolación de esta Víctima que Ella misma trajo al mundo (Lumen Gentium, 58)… De hecho, en el Calvario Ella se une a sí misma con el sacrificio de su Hijo que lleva a la fecundación de la Iglesia; su corazón maternal compartió las verdaderas profundidades de la voluntad de Cristo para unir en uno solo a todos los hijos dispersos de Dios” (Juan 11,52). Habiendo sufrido por la Iglesia, María merece ser la Madre de todos los discípulos de su Hijo, la Madre de la Unidad. 

Los evangelios no nos dicen de una aparición a María. No obstante, puesto que estaba en una forma especialmente cerca de la Cruz de su Hijo, también tuvo que tener el privilegio de la experiencia de la Resurrección. De hecho la misión de María como Corredentora no cesa con la glorificación de su Hijo”. (Juan Pablo II, 31 de enero de 1985, Guayaquil, Ecuador)

Sobre el autor, Giorgio Sernani, aquí.

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