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María, la mujer del desierto

María, la mujer del desierto
Entonces Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto, para ser tentado por el demonio. (San Mateo 4,1)
El Dragón, al verse precipitado sobre la tierra, se lanzó en persecución de la Mujer que había dado a luz al hijo varón. Pero la Mujer recibió las dos alas de la gran águila para volar hasta su refugio en el desierto … El Dragón, enfurecido contra la Mujer, se fue a luchar contra el resto de su descendencia, contra los que obedecen los mandamientos de Dios y poseen el testimonio de Jesús. (Apocalipsis 12,13.14.17)

El desierto siempre ha sido figura de retiro espiritual. En el desierto uno se aleja de lo organizado, de los “servicios”, de lo inmediato, del bullicio. Se ingresa en el silencio, en la soledad, en un encuentro con uno mismo, que al no tener con quien confrontar se empieza a abrir a lo infinito, al misterio, a Dios. Y es allí, en el calor brutal del desierto diario, en la fría soledad de la noche del alma, donde tenemos la posibilidades mas importantes de la vida. Pues es en el desierto donde se constata a los hermanos de Jesús.

Pero es en el desierto donde también el demonio ataca con mayor agresividad y mayor inteligencia. En el mundo material y ateo ya tiene todo el circo organizado. Hay luces de colores y fuegos artificiales. Hay muchas aplausos y música de ocasión. Allí, donde no hay desierto, el marketing mantiene al hombre demasiado ocupado y atrapado como para que su corazón tenga la posibilidad de quedarse solo. El viento del materialismo del enemigo del hombre ha soplado todo vestigio de las arenas del desierto. Ha llenado cada rincón de su corazón del asfalto del modernismo y ha convencido a brutos e intelectuales de que el demonio no existe …

Pero volviendo al desierto, allí el enemigo debe ser mucho mas sutil. En el desierto del cristiano es necesario convencerlo de que el milagro no es tal y que la verdadera felicidad está fuera del desierto. Y que para que el desierto tenga razón de ser es necesario emparejarlo y modernizarlo … En donde el argumento de la no existencia del demonio no sirve, es necesario demostrar que el desierto es demasiado “inhumano” y que lo que se ha dejado fuera es lo importante, lo feliz, lo necesario, lo único …

En Cuaresma, la Iglesia nos invita a acompañar a Cristo en ese viaje al desierto. Desierto que, a medida que avanzamos en nuestra vida de Cristiano, debería irse acentuando. Pues deberíamos irnos despojando de todas las cosas que nos atan para poder libremente vivir la libertad de los hijos de Dios, de los hermanos de Jesús.

Y en este desierto, demasiado católico para muchos, nos acompaña María. Dios le ha dado esas alas de águila para acompañarnos junto con Jesús. Y una de las primeras cosas que debemos saber y aceptar, es que en este desierto libraremos una lucha feroz y cotidiana contra el dragón, enemigo de la Mujer y de sus hijos. Lucha de tentaciones de la que ni el mismo Jesús se vió librado, lucha feroz de la que ni la misma María está exenta. Basta ver los furibundos ataques de las sectas contra la Santísima Virgen.

Para el Cristiano no debiera haber opción. Nuestro lugar, el lugar de la Iglesia es el desierto del mundo. Quien quiera vivir solo 40 dias por año en el desierto no puede ser un buen cristiano. Seamos cristianos de año entero. Seamos una digna descendencia de Aquella Mujer. Seamos de los que cumplimos los mandamientos de Dios y no los del mundo. De los que tenemos el testimonio de Jesús y lo vivimos y testimoniamos con nuestra vida.

Que la Cuaresma sea un signo externo del desapego cotidiano y el crecimiento en la fe y la santidad de todos nosotros. Y no tengamos miedo. Jesús y María van delante y ya conocemos sus huellas en la arena del desierto.

– Claudio* –
Sábado, 7 de Marzo de 2009
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