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«Nuestra Señora de la eternidad»

«No se inquieten. Crean en Dios  y crean también en mí. En la Casa de mi Padre hay muchas habitaciones; si no fuera así, se lo habría dicho a ustedes. Yo voy a prepararles un lugar. Y cuando haya ido y les haya preparado un lugar, volveré otra vez para llevarlos conmigo, a fin de que donde yo esté, estén también ustedes. Ya conocen el camino del lugar adonde voy». (Jn 14,1-3)

Hoy leí algo así: Quien está  preocupado por la salud, es porque está enfermo. Y en un mundo atravesado por una Pandemia provocada por el virus Covid 19, existe otra pandemia provocada por las noticias. En el afán cotidiano de mostrar víctimas, enfermos, contagiados y también, sanados, enferma de miedo.

Parece un mundo sin esperanza. Toda la esperanza es una futura vacuna, y hoy un barbijo que tape los rostros. No digo que no haya que cuidarse. Sería de necios. Pero digo que el virus no puede ser tan potente que nos quite la esperanza y la fe cristianas. Pareciera que la única meta es permanecer en la tierra, como fin último. Y vivimos aferrados a la esperanza de dilatar la muerte defendiéndonos con todo el poder de un virus que podría arrebatarnos el sueño de vivir para siempre aferrados al planeta y nuestras  pobres vidas.

¿Es que ya no hay esperanzas trascendencia? ¿Es que vivimos en un mundo sin cielo? ¿Es que el tiempo se ha cerrado como una cárcel sin ventanas, incapaz de eternidad? En definitiva ¿Cómo estamos viviendo los cristianos este momento histórico global? No podemos vivirlo, si no es al ritmo y la luz del Evangelio. De otra forma no sería vivirlo, sino morirlo.

EL Señor ha ido a prepararnos un lugar, mejor que el que tenemos hoy. Y vendrá a llevarnos un dia con El. ¿Cómo nos encontrará? ¿Cómo las  vírgenes indolentes o las prudentes? ¿Cómo dueños de casa dormidos o en vela? ¿Nos encontrará mirando las últimas noticias y estadísticas y no tendremos tiempo para esperarlo? O peor aún ¿No lo veremos venir o no lo reconoceremos?

Nuestra Madre Santísima ya  tiene su lugar. Fue llevada por su mismísimo Hijo Jesucristo en cuerpo y alma. Ella es la primicia de la Iglesia que espera anhelante ese momento en que los hijos de Dios sean manifestados frente al mundo. ¡Nuestro hogar es el Cielo! Estamos de paso en este tiempo, efímero tiempo. Y en este tiempo hay alegrías relativas, tristezas, dolores, enfermedades, trabajos, placeres… de todo un poco. Como quien va de viaje en un tren y por momentos recibe aire fresco, pero en otros el humo de un cigarro, en otros los olores de la cocina, en fin… de todo un poco. Hasta que llega el viaje a su fin y entonces lo único importante es el destino alcanzado.

Tenemos poco tiempo y nos sobra eternidad. No desperdiciemos el tiempo para no perder la eternidad. Que nuestra Madre, Señora y Reina de la eternidad, nos reciba en la Casa de su Hijo. Y mientras tanto, haga de nosotros cristianos confiados y alegres, pues como dice San Pablo ¡nada podrá separarnos del amor con que Cristo nos ama! Ni el Covid, ni la economía, ni las tribulaciones, ni las angustias, ni la persecución, ni el hambre, ni la desnudez, ni el peligro, ni la espada. En definitiva. Ni la muerte.

Dios los bendiga y Santa María les sonría.

Claudio*

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