! El libro Maria, Madre de Dios,  se esta cargando ...

" “Si María se muestra llena de bondad con todos los hombres, ¿Cuánto más atenta y magnánima se mostrará con los que además de serle devotos y servirla con amor, son apóstoles de su amor y de su culto entre los demás?"." ( San Marcelino Champagnat )

[ ]    María Madre de Dios ::  Documentos    [ ]

 

Carlos Ignacio González, S.J.

MARIA, MADRE DE DIOS

                            2001

 

                           INDICE 

1. Qué significa este título                                      

1.1. La fe de la Iglesia                               

1.2. El mensaje de Guadalupe                           

1.3. Celebración litúrgica                         

 

2. El Evangelio habla sobre Ella                                  

2.1. María, Madre del Mesías                           

2.2. Una poesía: Cantiga de la Anunciación         

2.3. "La Madre de mi Señor" (Lc 1,43)              

2.4. Celebración litúrgica                         

 

3. María Madre de Dios, en la antigua oración de la Iglesia                

3.1. En la oración del siglo III «Bajo tu amparo»      

3.2. Un Himno de San Efrén para la Navidad         

3.3. El Himno «Akáthistos»                         

3.4. Celebración litúrgica                         

 

4. El título «Madre de Dios» en la enseñanza de la Iglesia                 

4.1. En Alejandría, antes del Concilio de Nicea              18

4.2. En el Concilio de Efeso                           

4.3. Algunos destacados protestantes ante María        

4.4. Una poesía de Lope de Vega: María                 

4.5. Celebración litúrgica                         

 

5. María, Madre del Cristo total                                  

5.1. María, Madre de la Iglesia                    

5.2. Celebración litúrgica                         

 

6. María, «peregrina de la fe»                                    

6.1. La virtud primordial de María                     

6.2. Celebración litúrgica                         

 

7. La vocación de José, esposo de María                            

7.1. Qué no seguir diciendo sobre San José         

7.2. La imagen piadosa, pero falsa                     

7.3. Los datos de la Escritura                     

7.4. José, modelo de la vida cristiana                 

     7.5. Celebración litúrgica         

                

8. La Madre de Dios y la vocación de la mujer                         

8.1. María y el valor de la mujer                      

8.2. El papel de la mujer a la luz de María            

8.3. Una poesía: La Fuente                         

8.4. Celebración litúrgica                         

 

9. María Madre de Dios en la liturgia de la Iglesia                      

9.1. La solemnidad de Santa María, Madre de Dios       

9.2. Oraciones litúrgicas para esta solemnidad     

9.3. Celebración litúrgica                         

 

 __________________________________

El 13 de mayo de 1991, dos disparos silenciaron las aclamaciones en la Plaza de San Pedro. El Papa Juan Pablo II se desplomó sobre el «papamóvil» (como el pueblo ha apodado a su vehículo), apoyado por su secretario. El lema de su ministerio, que su escudo ostenta, es «Totus tuus» («Todo tuyo»), aludiendo a su consagración a María. Salta espontánea la duda cuestionante: ¿No se habrá engañado al ponerse bajo su protección? Si lo tenía en sus manos la Señora a la que tantas veces había orado: «Bajo tu amparo nos acogemos, Santa Madre de Dios», ¿dónde había quedado su auxilio? Es que la voz de la naturaleza clama ante tanto sufrimiento que se ve en el mundo, de modo semejante a como gritó por la boca de las turbas en el Calvario: «Ha puesto su confianza en Dios; que lo libre ahora, si es que lo quiere, ya que decía: “Soy Hijo de Dios”» (Mt 27,43). Es que la multitud estaba atizada por los fariseos. Otra diferente era la actitud de María, la mujer de fe: «Junto a la cruz de Jesús estaba su Madre» (Jn 19,25), acogiendo la misión que su Hijo le encargaba en favor de su pueblo, aun en medio del sufrimiento.

 

            De este modo María fue llamada por el Señor para tomar parte en el plan salvador de Dios, que no proyectó salvarnos de manera fácil, sino por la pasión y la muerte de su Hijo, que es un misterio muy profundo que nos sirve de signo de hasta dónde llega la hondura del amor que Dios nuestro Padre nos tiene. Como nosotros sufrimos a consecuencia del nuestros pecados, para librarnos de éstos quiso que su Hijo hecho carne por nosotros nos salvara por amor tomando parte de todo lo que somos; de modo que, aun sin ser él pecador, se hiciera solidario de lo que sufrimos a causa de nuestros pecados.

 

     María, su Madre, es el más claro espejo que refleja este amor sin límite de su Hijo por los seres humanos pecadores. Por este motivo por voluntad de Jesús estuvo unida a Él también en el sufrimiento que los seres humanos experimentamos, aun sin ser pecadora, sólo por amor a nosotros como a sus hijos, y por cumplir la voluntad de Jesús que quiso encomendarle nuestro cuidado, como una madre de los que en Él creemos. Así lo ha enseñado la Iglesia de todos los tiempos, como leemos, por ejemplo, en la Encíclica de Juan Pablo II La Madre del Redentor, n. , comentando el encargo de Jesús:«Mujer, ahí tienes a tu hijo» (Jn 19,26):

 

«Sin lugar a dudas se percibe en este hecho una expresión de la particular atención del Hijo por la Madre, que dejaba con tanto dolor. Sin embargo, sobre el significado de esta atención el “testamento de la cruz” de Cristo dice aún más. Jesús ponía en evidencia un nuevo vínculo entre Madre e Hijo, del que confirma solemnemente toda la verdad y realidad. Se puede decir que, si la maternidad de María respecto de los -hombres ya había sido delineada precedentemente, ahora es precisada y establecida claramente; ella emerge de la definitivamente de la maduración del misterio pascual del Redentor. La Madre de Cristo, encontrándose en el campo directo de este misterio que abarca al hombre –a cada uno y a todos-, es entregada al hombre –a cada uno de nosotros-, como madre. Este hombre junto a la cruz es Juan, el discípulo que Él amaba”. Pero no está él solo. Siguiendo la tradición, el Concilio no duda en llamar a María “Madre de Cristo, madre de los hombres”. Pues “está unida en la estirpe de Adán a todos los hombres...; más aún, es verdaderamente madre de los miembros de Cristo por haber cooperado con su amor a que naciesen en la Iglesia los fieles” (LG 53-54)».[1]

______________________________________

 

1. Qué significa este título

 

1.1.  La fe de la Iglesia. Dios nos reveló en la Sagrada Escritura su plan para salvar a los seres humanos. En su proyecto, la Virgen María ocupa un lugar destacado como la mujer «redimida en modo eminente».[2] El Evangelio la presenta sencilla y pobre, pero «llena de gracia» (Lc 1,28), en virtud de la elección del Padre para que fuese Madre de su Hijo hecho carne, verdadero Dios, y hombre desde el instante en que comenzó a existir en su seno. Por eso la Iglesia, desde el siglo III, la invoca como Madre de Dios.

 

El Evangelio la pinta como una mujer casada, pero llamada por el Señor siendo virgen («antes de que vivieran juntos»: Mt 1,18), para entregarse a una misión: la de colaborar con Dios, como Madre de Jesús el Mesías, en el cumplimiento de su promesa. El signo que Dios eligió para revelar su decisión de intervenir personalmente en la historia de la humanidad, es que Ella concibiera a su Hijo por obra del Espíritu Santo. Porque tales fueron los deseos del Padre, tanto el misterio de la Encarnación, como la redención de la humanidad, ambos por libre iniciativa divina, están indicados en el hecho de que Ella engendró al Hijo de Dios como una virgen Madre: eso quiere decir este título de María, que desde antiguo usamos en la Iglesia.

 

Desde los primeros siglos hubo malentendidos. Son debidos a errores de comprensión que ya muchas veces la Iglesia ha corregido. Por desgracia, por culpa de la ignorancia religiosa, muchas sectas siguen machacando los mismos argumentos mil veces fallidos y resueltos; pero por falta de educación en la historia de la fe no conocen las respuestas. Por ejemplo, en el siglo V, un Patriarca de Constantinopla llamado Nestorio prohibió en su diócesis que se usara este título de María, porque, en su ignorancia, lo juzgaba contrario a la fe. También él estaba confundido, por ejemplo cuando predicó en un sermón:

 

«¿Pero es que Dios tiene madre? Sin culpa los paganos atribuyen madres a los dioses. Una criatura no pudo dar a luz al que no es creado; el Padre no engendró al Dios Verbo en los tiempos recientes, de una virgen. La criatura no da a luz al Creador; sino que engendró al hombre instrumento de la divinidad».[3]

 

Este obispo fue quitado de su Sede por el Papa San Celestino I, y luego excomulgado por el Concilio de Efeso en 431. Pero muchas sectas hoy siguen repitiendo el mismo malentendido.

 

Lo que en Ella y con Ella veneramos, es la obra gratuita de Dios en favor de todos nosotros, que Él, «mirando desde arriba la pequeñez de su servidora», decidió obrar por medio de esa jovencita hebrea, para cumplir las promesas de salvación que Él mismo había hecho «a Abraham y a su descendencia por siempre» (Lc 1,46-55). Este es el motivo por el que acogemos, por un sentimiento de fidelidad al Nuevo Testamento, que el Hijo de Dios se hizo carne en Ella, y por eso Jesucristo su Hijo es el Hijo de Dios hecho hombre por nosotros: esto es lo que el título Madre de Dios significa. Así pues, lo que la Iglesia quiere decir al llamarla así, más que enseñar una verdad sobre Ella, es una confesión de fe sobre quién es su Hijo Jesucristo: el Hijo de Dios hecho carne para salvarnos.

 

Lo que el Evangelio y la Tradición de la Iglesia veneran en María, no es a una mujer que por Ella misma, y de modo individual, salvase la raza humana. Porque aun su plenitud de gracia, como el Angel la saludó: «Llena de gracia» (Lc 1,28), si la leemos a la luz de lo que ésta significa en el Nuevo Testamento (ver Ef 1,5-7), no es su privilegio exclusivo que la arrebate a las alturas, haciéndola diversa del resto de los fieles. Sino que es la elección que el Padre gratuitamente hizo de Ella en favor de toda la raza humana.

 

En el himno con el que inicia la Carta a los Efesios, que podríamos llamar el «Canto de la gracia» (Ef 1,3-14), Pablo enseña lo que ésta significa: la elección que Dios ha hecho de nosotros, por la cual nos ha predestinado desde el principio y antes de la creación del mundo, para participar de su vida haciéndonos sus hijos y redimiéndonos «por el Hijo amado».

 

Bajo esta luz de la fe, por ejemplo, el Catecismo de la Iglesia Católica (n. 490) expone lo que significa la Inmaculada Concepción de María y su plenitud de gracia. Ella fue elegida y preparada por el Padre, en su plan eterno para salvarnos: «Para poder dar el asentimiento libre de su fe al anuncio de su vocación era preciso que Ella estuviese totalmente poseída por la gracia de Dios». Esta pureza de todo pecado dio a María, de manera misteriosa que sólo Dios conoce, la capacidad de responder con toda generosidad y libremente (porque la gracia es una invitación y un impulso, no una violación de nuestra dignidad humana) al designio eterno del Señor en favor nuestro: «”Dios envió a su Hijo” (Ga 4,4), pero para formarle un cuerpo, quiso la libre cooperación de una criatura» (Catecismo n. 488).

 

Esta vocación de María está insinuada, desde el inicio de la humanidad, en la promesa de salvación mediante la descendencia de la mujer que aplastaría la cabeza de la serpiente (Gen 3,15).[4] Noten que la representación artística de las imágenes de la Inmaculada, con el pie sobre la cabeza de la serpiente, si no estamos atentos y bien ilustrados en la fe, podrían desviar un poco la atención, en el sentido de atribuir a Ella la victoria sobre el demonio y las fuerzas del mal y del pecado. La Escritura propiamente atribuye esa obra al «linaje de la mujer», que en los tiempos más antiguos de la revelación, antes de las promesas mesiánicas del Antiguo Testamento, se interpretaba como toda la raza humana. Pero ya en la traducción de la Biblia al griego, en el siglo II antes de Cristo, se predica esa victoria del Mesías, que es el «descendiente de la mujer», esto es, Cristo. Así lo entendió la antigua Tradición de la Iglesia, como cuando dice San Ireneo de Lyon, el más grande pensador cristiano del siglo II:

 

«Desde el Génesis se preanuncia que el que habría de nacer de la mujer virgen, según la semejanza de Adán, estará observando la cabeza de la serpiente... Porque el enemigo no sería justamente vencido si el que lo venciese no fuese un hombre nacido de mujer».[5]

 

Así como en todas las promesas que Dios había hecho en el Antiguo Testamento, de salvarnos por medio del Mesías, también en ésta el pueblo de Israel esperaba su completa liberación como obra de Yahvé, por medio de un descendiente de David (y, por lo mismo, dado a luz por una mujer).

 

El llamado que Dios hizo de María se coloca en la línea de las grandes vocaciones del Antiguo Testamento, como la de Abraham, Moisés, y de las grandes mujeres de Israel, como Sara, Ana, Rut, Judit y Yael (ver Catecismo n. 489). Al elegir a todas estas personas, como al escoger a María, Dios mostró que es fiel en su modo de hacer las cosas, para que podamos reconocerlo cuando es Él quien interviene: muestra que la iniciativa es sólo suya, siempre en favor de su pueblo, y Él llama a una persona, no por ella misma sino en representación de su raza, para una obra que favorezca a toda la humanidad. Pero el autor de la salvación sigue siendo Yahvé, que en su voluntad quiere realizar su obra de salvación por medio de un miembro de la comunidad por El liberada. Esto suele significar la expresión «el Señor está contigo» (Lc 1,28), (o «yo estoy contigo») que al Antiguo Testamento le gusta repetir cuando quiere indicar que es Dios quien elige a una persona para una misión que Él mismo realizará por medio de ella (ver Ex 3,12; Jos 1,5; Jue 6,12, Jer 1,8.19, etc.)

 

María, al aceptar ser Madre del Hijo de Dios, y concebirlo de modo virginal por obra del Espíritu Santo, no manifiesta un menor aprecio por la santa institución del matrimonio, querido por Dios desde la creación; pues, en efecto, Ella era una mujer casada (ver Lc 1,27; Mt 1,18.20); pero el Señor la eligió cuando estaba aún en el período que, según la cultura de su pueblo, solía transcurrir entre el contrato del matrimonio y la fiesta que el pueblo celebraba cuando sus amigas conducían a la joven esposa a la casa del marido, para que iniciaran la vida conyugal (ver Mt 1,18). El Espíritu Santo, por medio de los evangelistas Lucas y Mateo, reveló que el Padre había decidido, en su libre plan para salvarnos, darnos mediante la concepción virginal de su Hijo, el signo de su intervención creadora en el mundo. Quiso hacerlo decidiendo que el Verbo se encarnara por obra del Espíritu Santo y sin la intervención de la acción matrimonial de José, el esposo de María(Lc 1,35; Mt 1,18.20).

 

En esta concepción virginal de Jesús, el evangelista Mateo (Mt 1,22-23) ve el cumplimiento de la promesa mesiánica, de que Yahvé siempre estaría con su pueblo: esto significa el nombre de Emmanuel (Is 7,14), apodo que se dio a Ezequías, un hijo de David «mesías» (es decir «ungido») para que fuese rey del Pueblo elegido. Por eso la Iglesia reconoce en el Hijo de María, desde el primer instante de su existencia en el seno de su Madre, al Hijo de Dios que se hizo carne (ver Jn 1,14), esto es, un hombre completo y verdadero (porque en la cultura hebrea la palabra «carne» eso significa: todo lo que es un ser humano, con todas sus grandezas y debilidades). Y así se cumplió, «por nosotros los hombres y por nuestra salvación», el plan divino gratuitamente decidido por la Trinidad en favor de la raza humana.

 

1.2. El mensaje de Guadalupe. María ha sido evangelizadora de nuestro pueblo desde que éste comenzó a recibir el anuncio de la fe cristiana. Ella predicó quién es su Hijo Jesucristo, y cómo nosotros, por la misión que Él le encomendó desde la cruz, somos también sus hijos, puestos bajo su protección materna. Es lo esencial del mensaje de María, cuando se apareció, en diciembre de 1531, al indígena mexicano, el Bto. Juan Diego:

 

NIKAN MOPOHUA[6]. «Sabe y ten entendido, tú el más pequeño de mis hijos, que yo soy la siempre Virgen Santa María, Madre del verdadero Dios por quien se vive; el Creador cabe quien está todo; Señor del cielo y de la tierra. Deseo vivamente que se me erija aquí un templo para en él mostrar y dar todo mi amor, compasión, auxilio y defensa, pues soy vuestra piadosa Madre; a ti, a todos vosotros juntos los moradores de esta tierra y a los demás amadores míos que me invoquen y en mí confíen; oír allí sus lamentos, y remediar todas sus miserias, penas y dolores».

 

Y como algunos días después enfermase el tío de Juan Diego, Ella le dijo:

 

«Oye y ten entendido, hijo mío el más pequeño, que es nada lo que te asusta y aflige, no se turbe tu corazón, no temas esa enfermedad, ni ninguna enfermedad y angustia. ¿No estoy yo aquí que soy tu Madre? ¿No estás bajo mi sombra? ¿No soy yo tu salud? ¿No estás por ventura en mi regazo? ¿Qué más has menester?»

 

1.3. Celebración litúrgica[7]

 

Misa: «Santa María Madre de Dios» (Complemento del Misal Romano, misa votiva de la Virgen María, n. 4).

Lectura de las Horas: San Cirilo de Alejandría, «Sobre la maternidad divina de la Virgen María» (Tomo III: 27 de junio).

 

2. El Evangelio habla sobre Ella

 

2.1. María, Madre del Mesías. Cuando el Angel, enviado de parte de Dios, anunció a María que había sido escogida para una misión, ella se estremeció porque «se preguntaba que significaba tal saludo» (Lc 1,29). En ese momento el Señor le reveló que por medio de Ella, Él quería realizar la salvación que en otro tiempo había prometido a David, por medio del profeta Natán (ver 2 Sam 7,11-16). Y como esa obra liberadora de los seres humanos tendría que ser por medio de un hombre como nosotros, necesitaba la colaboración de una madre, para que su Hijo naciese como hijo (es decir descendiente) también de Abraham y de David (ver Mt 1,1; Gál 3,16; Rom 1,3), a quienes Él había dirigido su promesa. Sobre esto, allá por el año 370, San Atanasio Patriarca de Alejandría, cuando quiso defender contra las sectas que en su tiempo atacaban el misterio de la verdadera Encarnación del Hijo de Dios en el seno de María como un hombre verdadero, escribió lo siguiente:

 

«No es así: ¡de ninguna manera! Como dice el apóstol, “asumió la simiente de Abraham porque debía asimilarse en todo a sus hermanos” (Heb 2,16-17), y por eso asumió un cuerpo semejante a nosotros. Por eso María era en verdad indispensable, para que pudiese de Ella tomarlo y ofrecerlo como cosa propia por nosotros. Lo mismo indicó Isaías profetizando: “He aquí que una virgen” (Is 7,14), y Gabriel anuncia no simplemente a una virgen, sino a “una virgen desposada con un hombre” (Lc 1,27), para mostrar por el matrimonio que María era en verdad un ser humano. Por eso la Escritura también recuerda el parir, y dice que “lo envolvió en pañales” (Lc 2, 7), y se proclaman dichosos los pechos que lo amamantaron (Lc 11, 27). Y fue ofrecido el sacrificio (Lc 2,23) porque el Hijo había abierto la matriz de la que lo daba a luz. Todos éstos son signos de que una virgen paría. Y Gabriel firmemente lo había anunciado, diciéndole no simplemente "lo nacido en ti", para que no se pensase que el cuerpo le era introducido desde fuera; sino "de ti" (Lc 1, 35), para que creyésemos que lo nacido era de la naturaleza de ella; porque una virgen no podría ni dar a luz ni lactar, ni un cuerpo ser alimentado con leche, ni ser envuelto en pañales, si primero no hubiese sido dado a luz en forma natural. Este mismo cuerpo fue circuncidado al octavo día, Simeón lo recibió en sus brazos; Él mismo se hizo niño y creció hasta hacerse de doce años (Lc 2,21-42) y se desarrolló hasta los treinta (Lc 3,23). Y no fue, como algunos sospechan, que la misma substancia del Verbo haya cambiado al ser circuncidada, siendo inmutable, ya que el Salvador dice: “Ved que soy yo mismo que no cambio” (Mal 3,6), y como Pablo escribe: “Jesucristo es el mismo ayer, hoy y para siempre” (Heb 13, 8). Pero el Verbo de Dios impasible e incorpóreo se encontraba en el cuerpo circunciso, llevado en el seno, hambriento y sediento, cansado, crucificado y sufriente».[8]

 

El Angel anunció a María: «Concebirás y darás a luz un hijo, al que pondrás por nombre Jesús. El será grande, será llamado Hijo del Altísimo; el Señor Dios le dará el trono de David su Padre, reinará sobre la descendencia de Jacob por siempre y su reino no tendrá fin» (Lc 1,31-33). Como escribe el Papa Juan Pablo II, en ese momento María, una jovencita aldeana de Nazaret, llena de fe pero pequeña, y cuya instrucción era la común a la fe de su pueblo, esperaba la salvación de su raza que Dios había prometido por medio de un descendiente de David. Por eso, lo que podía captar en ese instante sobre su Hijo, es que en Él se iba a cumplir el plan de Dios para liberar a su pueblo (ver RM 15). Por eso la llamamos también «Madre de Cristo», que equivale a decir «Madre del Mesías».

 

Lo que ella aceptó, no como una mujer individual, sino como representante de todo su pueblo, fue servir al Señor en su obra salvadora a favor de los seres humanos, poniendo a su disposición todo lo que ella era y tenía. A eso asintió plenamente cuando respondió al Angel: «Aquí está la servidora del Señor, hágase en mí según tu Palabra» (Lc 1,38). En verdad acogió libremente lo que el Señor le pedía, no sólo en ese momento y en cuanto Ella podía entenderlo, sino poniéndose sin reserva al servicio de Dios, en lo que Él dispusiera, y según lo que su Palabra le indicara.

 

Por fidelidad a la fe, que el Vaticano II ha descrito como la obediencia plena «por la que el hombre se confía libre y totalmente a Dios,... asintiendo voluntariamente a la revelación hecha por El»,[9] la Iglesia acoge sin reservas el plan salvador que Dios, en su providencia, ha decidido en favor de toda la raza humana, tal y como también ha querido revelarlo: es decir, por medio de su Hijo hecho hombre, «nacido de mujer» en la plenitud de los tiempos (Gál 4,4). Este es el motivo por el que los fieles acogemos con gozo la vocación sublime de María, como Madre del Mesías, que es el Hijo de Dios hecho hombre por nosotros.

 

Ya desde tiempos antiguos varias sectas negaban a María el título de «Madre de Dios» o «Madre mesiánica». Por razones evidentes, ya que el Evangelio lo afirma tan clara y directamente, no podían rechazar que fuese Madre de Jesús;[10] pero le sustraían a Ella toda participación en la obra de su Hijo. Ya desde entonces los Padres de la Iglesia señalaban que el relato de la Anunciación (Lc 1,26-38) no la presenta sólo como madre y nodriza de un simple hombre llamado Jesús, a quien únicamente más tarde la comunidad del Nuevo Testamento hubiese concedido los títulos de Hijo de Dios y Mesías. Por el contrario, desde el momento de la Encarnación, el Señor, por su mensajero, le pidió a María su libre consentimiento para ser la madre de aquel que era el Hijo del Altísimo, a quien Dios daría el trono de David su padre, y su reino no tendría fin (Lc 1,32). En otras palabras, le pidió que aceptase su vocación de ser Madre de tal Hijo.

 

Varios de los antiguos grandes pensadores cristianos usaron un ejemplo: María no es como la madre de un obispo, que da a luz a un hijo a quien desea lo mejor, pero que finalmente, así como llegó a ser obispo, podría haberse convertido en un delincuente o en un hombre cualquiera. Y es que, aun cuando una madre sueñe para su hijo lo más alto, no está en sus manos saber lo que El debe llegar a ser. A María, en cambio, el Señor la invitó a que fuese la Madre de su Hijo. Por este motivo, el lamentable rechazo de la misión de María, por parte de tantos hermanos nuestros que se han separado de la comunión de nuestra fe, descubre no un repudio a Ella, sino al plan salvador del Padre, tal como lo ha revelado por su Hijo hecho carne por nosotros.

 

2.2. Una poesía

 

                     Cantiga de la Anunciación[11]

 

"El ángel y la niña hablaron,

se entendieron" (San Efrén)

 

 Nazaret, fresca Nazar,

¿de dónde viene la brisa?

¿Por que el alba en tus sembrados,

azul y oro en tus colinas?

En la senda de tu fuente

primavera amanecida.

En un huerto, tallos cantan

profecías de Isaías.

En redor

de una casita

una rueda, rueda, rueda

de primeras golondrinas.

Un arcángel que rezaba

la primera avemaría.

¡Ay el ángel, ay la niña,

ay palabras que decían!

¡Ay del lirio y ay del «sí»

que los mundos redimían!

                         

2.3. «La Madre de mi Señor» (Lc 1,43). Al confesar al Hijo de María «el Señor», con un título que en la tradición de Israel equivale a «Dios mi Salvador» (Lc 1,46-47), la Iglesia ha llamado a María, con una costumbre poco a poco difundida a partir del siglo III en Egipto, y confirmada por múltiples Concilios Ecuménicos, la «Madre de Dios»; esto es, «la Madre del Hijo de Dios hecho carne». Con este título, los fieles que comenzaron a usarlo a partir de la comunidad cristiana de Egipto, en el siglo III, acogían la revelación que el Espíritu divino hizo por boca de Isabel, la cual, «llena del Espíritu Santo», la proclamó «la Madre de mi Señor» (Lc 1,41.43).

 

En la Escritura es algo común atribuir al Espíritu Santo la inspiración de la Palabra de los profetas. Por ejemplo, cuando el segundo Isaías descubre su vocación, pues fue llamado por Dios para que «lleve su juicio a las naciones» y predique su Palabra, y el tercer Isaías para que «anuncie a los pobres la Buena Nueva», en ambos casos Dios los impulsó poniendo sobre ellos su Espíritu (ver Is 42,1; 61,1). También en el ambiente del relato de la Anunciación, varias veces Lucas ve la inspiración profética como obra del Espíritu Santo sobre la persona que debe proclamar una verdad sobre la misión de Jesucristo. Así profetizaron, «llenos del Espíritu Santo», no sólo Isabel, sino también Zacarías y Simeón (ver Lc 1,67; 2,25-27).

 

Pues bien, inspirada por el Espíritu Santo, Isabel proclamó que María es «la Madre de mi Señor» (Lc 1,43). El Nuevo Testamento recoge este título de «Señor», de la traducción de la Biblia al griego. Ésta la hicieron en Alejandría cerca de dos siglos antes de Cristo varios judíos, para que pudieran entenderla muchos otros judíos dispersos por diversas naciones del mundo de entonces, que ya no sabían hebreo. En esta Biblia en griego (que llamamos «De los LXX»), se usó la palabra «Señor» para traducir lo que los libros sagrados indicaban por los nombres de «Yahvé», «Adonai», «Elhoím», etc., es decir, los términos con que nombraban a Dios.

 

Con este significado de fe el Nuevo Testamento usa esta palabra, y Lucas en particular la elige varias veces, en el mismo pasaje de la Anunciación, para referirse a Dios. Por ejemplo cuando el Angel dice a María: «El Señor está contigo» (Lc 1,28); y María le responde: «Aquí está la servidora del Señor» (Lc 1,38). Isabel se refería a Dios, al decir: «¡Dichosa tú que has creído! Porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá» (Lc 1,45); asimismo María lo llamó «Dios mi Salvador» al cantar: «Mi alma glorifica al Señor» (Lc 1,47); y Zacarías exclamó: «¡Bendito sea el Señor, Dios de Israel» (Lc 1,68).

 

Por eso, lo que hacemos al confesar a María «Madre de Dios», es acoger en la fe la revelación que el Espíritu Santo hizo por medio de Isabel. Esto no es nada nuevo en la Iglesia. Ya en el siglo V lo enseñó San Cirilo de Alejandría, Patriarca de la Iglesia del Oriente, al escribir un libro para explicar a los fieles lo que el título «Madre de Dios» significa en la Iglesia (porque estaban desconcertados, ya que el obispo y Patriarca de Constantinopla Nestorio, como dijimos arriba, había prohibido que se usase):

 

«De modo semejante la proclamó también la madre del beato Bautista, movida por el Espíritu Santo, pues está escrito: “Isabel, llena del Espíritu Santo, exclamó con gran voz: Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre. ¿Y de dónde a mí que la Madre de mi Señor venga a mí?” (Lc 1,41-43). Después de esto, ¿quién será tan demente, que no quiera llamar con los Evangelios Madre de Dios a la santa Virgen? Que ya no sigan perturbando, pues, los oídos de la gente simple, llamándolo (a Jesús) sólo un niño o un infante, no vaya a suceder que por poco nieguen toda su venida: porque el ángel ciertamente lo llamó niño, pero también Señor».[12]

 

2.4. Celebración litúrgica

 

Misa: «La Virgen María en la Anunciación del Señor» (Complemento al Misal Romano, misa votiva de María n. 2).

Lectura de Liturgia de las Horas: San Beda, «María proclama la grandeza del Señor por las obras que ha hecho en Ella». (Tomo III: 31 de mayo)

 

3. María Madre de Dios, en la antigua oración de la Iglesia

 

3.1. En la oración del siglo III «Bajo tu amparo». Es la primera oración a María que se conoce después del Magníficat. A principios del siglo XX se descubrió un papiro egipcio escrito en griego, en el cual poco después se reconoció la oración que hoy llamamos «Bajo tu amparo». Ahora sería necio quien pusiera en duda que casi desde los inicios del cristianismo los fieles (comenzando en Egipto) invocaban a María «Madre de Dios» (en griego «Theotókos»). Esta oración se usaba en el siglo III, pues el papiro se halló en una tumba cristiana fechada en la segunda mitad de ese siglo. En el mismo Egipto, el gran escritor Orígenes ya había mencionado este título de María, unas pocas veces, en su Comentario a San Lucas (antes del año 250). Y además había en ese país muchas disputas sobre Cristo y sobre su Madre, que obligaron a la Iglesia a poner en claro esta doctrina.

 

Esta oración litúrgica refleja cómo los fieles, desde los comienzos de la Iglesia, invocaban el auxilio de  María, que creían de valor especial porque a Ella la reconocían como la Madre de Dios. Ese siglo estuvo salpicado de sangre por muchas persecuciones contra los cristianos. La angustia por los peligros de la vida, debidos a la fidelidad a la fe, se retratan en esta súplica. Nótese que aún no dice «Bajo tu amparo» (expresión que apareció más tarde, cuando se empezó a llamar «Reina» a María; en ese tiempo aún se le aclamaba sólo con el título de «Madre»). Es difícil reconstruir con toda precisión el escrito original, porque el papiro está algo dañado. Comparando las diversas versiones que conservan lo esencial del texto, la que se considera más cercana dice así:

 

"En tus entrañas / nos refugiamos, / Theotóke («Madre de Dios»). / Nuestras / súplicas no / descuides en la necesidad, / sino del peligro / líbranos: / única casta, / única bendita".

 

Además, a fines de ese siglo el Patriarca Teonas de Alejandría (que fue Obispo de esta diócesis del año 281 al 300) construyó un templo que, restaurado y ampliado por el Patriarca Alejandro (del 313 al 328) llegó a ser la Iglesia Madre (catedral) de la sede patriarcal de eswa ciudad. De ella da testimonio San Sofronio, en el siglo VII: «Los hijos y discípulos alejandrinos de la Iglesia Católica celebran esta fiesta tan célebre en la basílica de la Santa Virgen María y Madre de Dios, conocida como de Teonas».

 

3.2. Un Himno de San Efrén para la Navidad. Adelante diremos que, en el siglo V, se celebraba la Maternidad Divina de María en la Fiesta de la Natividad del Señor, como el servicio que Ella prestaba a la obra de su Hijo. Sólo mucho tiempo después se separó de la Navidad, la llamada Solemnidad de Santa María, Madre de Dios. Pues bien, con motivo de la venida de Cristo al mundo, se escribieron muchos himnos que conmemoraban a su Madre, como el siguiente, del Diácono San Efrén:

 

                    Himno sobre la Navidad XI

 

1. Nadie sabe cómo llamar a tu Madre, ¡oh Señor! Si la llama Virgen, su Hijo parece demostrar lo contrario; si esposa, sigue siendo verdad que nadie la ha conocido.[13] Pero, si tu Madre es tan incomprensible, ¿quién podrá comprenderte?

 

2. Ella, y sólo Ella, es tu Madre. Pero al mismo tiempo es hermana como todas las demás. Ella es tu Madre, y también se ha hecho tu hermana. Y es también tu esposa junto con todas las otras vírgenes castas. Tú la has enriquecido de todos los dones, tú que eres el adorno de tu Madre.

 

3. Ella era tu desposada por naturaleza, aun antes de que Tú bajases a Ella. Mas, luego que has venido, ¡oh Santo!, Ella ha concebido contra las leyes naturales. Y seguía siendo virgen cuando te dio a luz de modo santo.

 

4. Gracias a Ti María está adornada con todas las cualidades de la esposa: sin unión carnal lleva en su cuerpo un fruto. De modo no habitual hay leche en su pecho. De manera imprevista Tú cambiaste una tierra árida, en una en la que brota la leche.

 

5. Si Ella te ha llevado en su vientre, es porque la montaña que Tú eres se ha convertido en un peso ligero. Si te ha alimentado, es porque Tú has querido sufrir hambre. Si Ella ha apagado tu sed, es porque Tú has querido sentirla. Si ha podido abrazarte, es porque tu pecho guardaba un carbón ardiente lleno de misericordia.

 

6. ¡Tu Madre es un milagro! El Señor, al entrar en Ella, se ha hecho siervo. El que pronuncia su Palabra ha enmudecido. El que es Trueno ha hecho callar su voz. Ha entrado el Pastor de todos, y en Ella se ha convertido en Cordero, que balando ha nacido a la luz del día.

 

7. El seno de la Madre ha trastornado el orden de las cosas. El Creador de todas los seres, entrando rico, salió mendigo; entrando grande, salió pequeño; entrando esplendor, salió cubierto de color opaco.

 

8. Entró el héroe y del vientre tomó el vestido del temor. Entró en él Aquel que alimenta todos los seres, y aprendió a sufrir el hambre. Entró Aquel que da de beber a todos los sedientos, y aprendió a sentir la sed. Aquel que a todos viste, salió como un indigente desnudo y sin vestidos.

 

3.3. El Himno «Akáthistos». Es el cántico más tradicional en honor de María, en la piedad bizantina. Es de autor anónimo, quien lo compuso tal vez a principios del siglo VI. En la Iglesia de Oriente se ha convertido en el canto no de un autor, sino del pueblo creyente. Su nombre es algo extraño: deriva de una norma litúrgica, según la cual éste debe cantarse «a-káthistos», es decir, «de pie». En él los fieles orientales proclaman el contenido de su fe en la obra salvadora a la cual la Madre de Dios fue llamada por el Padre, por medio del Angel.

 

Tiene su fiesta propia: el sábado 5º de cuaresma. Su antigüedad está atestiguada por la estrofa que lo introduce, que es una acción de gracias por haber protegido a Constantinopla de sucumbir en manos de los bárbaros en el año 626. Después de la caída de esta ciudad bajo el dominio del Islam en 1453, se sigue cantando para rogarle que Ella conserve la fe del pueblo cristiano. Para que aprovechemos mejor su meditación, y podamos ponernos en sintonía con la fe de nuestros hermanos orientales, ponemos un resumen de su contenido.

 

El himno tiene claramente dos partes: la primera (estrofas I-XII), celebra el servicio de María a la obra de su Hijo en los misterios de la Encarnación: de I a VI en torno a Cristo y a las personas que intervinieron más directamente: San José, San Juan Bautista y su madre Isabel. Las VII a XII cantan cómo María mostró su Hijo a los demás: a los pastores, a los magos y a Simeón. La segunda parte (estrofas XIII-XXIV), hace memoria de lo que María significa para la Iglesia: las XIII a XVIII proclaman la doctrina de la fe: por ejemplo, su pureza inmaculada, la concepción virginal y parto de Jesús, etc. Y las XIX a XXIV su protección de los fieles y su favor a quien la invoca.


 

 

                         Akáthistos[14]

 

A ti, guía protectora, yo, tu pueblo, oh Madre de Dios, doy gracias por la victoria porque lo salvaste de sus desgracias. Tú que tienes poder invencible, líbrame de todos los peligros para que yo te exclame: «Salve, Virgen esposa».

 

I. El Ángel del primer coro del cielo fue enviado a decir a la Madre de Dios: «Salve». Y con voz espiritual, al contemplarte, oh Señor, hecho cuerpo, se admiró y se detuvo, exclamando así a Ella:

«Salve, tú por quien el gozo refulge,

Salve, tú por quien la maldición fue cancelada,

Salve, oh invocación del caído Adán,

Salve, oh rescate de las lágrimas de Eva,

Salve, altura inaccesible aun a los ojos de los Ángeles,

Salve, porque eres el trono del rey,

Salve, porque llevas al que lleva todas las cosas,

Salve, estrella que das luz al sol,

Salve, seno de la encarnación divina,

Salve, tú, por quien se renovó la creación,

Salve, tú, por quien se generó el Creador,

Salve, Virgen esposa».

 

II. La Santa, viéndose pura a sí misma, dice tranquilamente a Gabriel: «Tu palabra increíble es incomprensible a mi alma. Diciendo aleluya, tú anuncias realmente de alguna manera una gestación de concepción no fertilizada».

 

III. Y la Virgen, para comprender lo incomprensible, dice al ministro: «De un seno puro, ¿cómo será parido el Hijo?» el Ángel le habló con reverencia:

«Salve, reveladora del designio inefable,

Salve, fe de quienes rezan en silencio,

Salve, anticipación de los milagros de Cristo,

Salve, corona de sus enseñanzas,

Salve, escalera celeste por la que Dios subió,

Salve, puente que conduces a la gente al cielo,

Salve, proclamada maravilla de los Ángeles,

Salve, herida luctuosa de los demonios,

Salve, tú que engendraste inefablemente a la Luz,

Salve, tú que a nadie enseñaste el cómo,

Salve, tú que excedes la comprensión de los sabios,

Salve, tú que iluminas la mente de los fieles,

Salve, Virgen esposa».

 

IV. El poder del Altísimo cubrió entonces la concepción de Ella, que desconocía nupcias; y su fértil seno se mostró como campo ameno a todos los que quieran cosechar salvación al cantar así: «Aleluya».

 

V. Y la Virgen, con Dios en su seno, corrió adonde Isabel, y ésta, comprendiendo enseguida el fruto de Ella, se alegró en el abrazo; y con júbilo y cantos exclamó a la Madre de Dios:

«Salve, raíz de vástago inmarchitable,

Salve, tesoro de fruto inmaculado,

Salve, agricultora de un agricultor humanitario,

Salve, engendradora del engendrador de nuestra vida,

Salve, campo que produces fecundidad de misericordia,

Salve, mesa que ofreces abundancia de propiciaciones,

Salve, tú que haces germinar prados amenos,

Salve, porque aparejas un puerto a las almas,

Salve, perfume agradable de anunciación,

Salve, expiación de todo el mundo,

Salve, benignidad de Dios hacia los mortales,

Salve, confianza de los hombres en Dios,

Salve, Virgen esposa».

 

VI. Con tormenta de pensamientos dudosos, el sabio José fue turbado, mirándote inexperta de nupcias y suponiéndote, oh irreprensible, entregada a amores furtivos. Mas entendiendo luego que tu concepción era por el Espíritu Santo, dijo: «Aleluya».

 

VII. Y los pastores oyeron a los Ángeles que celebraban la presencia carnal de Cristo, y corriendo como hacia su Pastor, lo contemplan como un puro Cordero paciendo en el seno de María, a quien celebrando, dijeron:

«Salve, madre del Cordero y Pastor,

Salve, morada de greyes espirituales,

Salve, defensa contra los enemigos invisibles,

Salve, llave de la puerta del paraíso,

Salve, porque el cielo y la tierra se alegraron,

Salve, porque la tierra danza con el cielo,

Salve, boca por la que hablan los apóstoles,

Salve, confianza invencible de los vencedores,

Salve, sólida base de la fe,

Salve, espléndida señal de la gracia,

Salve, tú por quien quedó el infierno despojado,

Salve, tú por quien entramos en la gloria,

Salve, Virgen esposa».

 

VIII. Contemplando los magos la estrella que corría hacia Dios, siguieron su esplendor; y teniéndola como linterna, siguieron con ella al Señor poderoso; y alcanzando al Inalcanzable, se alegraron y dijeron: «Aleluya».

 

IX. Vieron los Caldeos en las manos de la Virgen a Aquel que con las manos crea a los hombres, y lo reconocieron como Señor, aunque hubiera tomado aspecto de siervo; se apresuraron a honrarlo con dones y a exclamar a la Bendita:

«Salve, madre de la Estrella sin ocaso,

Salve, esplendor de místico día,

Salve, tú que extinguiste el fuego del engaño,

Salve, tú que iluminas a los iniciados en la Trinidad,

Salve, tú que arrojaste del poder al inhumano tirano,

Salve, tú que mostraste a Cristo, Señor benigno,

Salve, tú que nos rescataste de bárbara superstición,

Salve, tú que nos salvas de las obras del infierno,

Salve, tú que pusiste fin a la adoración del fuego,

Salve, tú que nos alejas de la llama de las pasiones,

Salve, guía de sabiduría de los fieles,

Salve, gozo de todas las gentes,

Salve, Virgen esposa».

 

X. Convertidos en heraldos de Dios, los Magos regresaron a Babilonia, cumpliendo, oh Cristo, tu vaticinio, y anunciándote a todos sin preocuparse del necio Herodes, que no sabe cantar: «Aleluya».

 

XI. Al brillar en Egipto la luz de la verdad, tú hiciste huir las tinieblas del engaño. Y los ídolos, al no soportar, oh Salvador, tu fuerza, cayeron. Y los egipcios, liberados de los ídolos, exclamaron a la Madre de Dios:

«Salve, restauración de los hombres,

Salve, ruina de los demonios,

Salve, tú que pisaste el error del engaño,

Salve, tú que desenmascaraste el fraude de los ídolos,

salve, mar que sumerges al intelectual faraón,

Salve, piedra que da de beber a los sedientos de vida,

Salve, columna ígnea que guía a quienes están en tinieblas,

Salve, reparo del mundo más desprovisto de nubes,

Salve, alimento que remplaza al maná,

Salve, ministra de santo gozo,

Salve, tierra prometida,

Salve, fuente de miel y de leche,

Salve, Virgen esposa».

 

XII. Estando Simeón próximo a dejar este mundo engañoso, fuiste a él entregado como niño, pero reconocido por él como perfecto Dios; admirado por esto de tu sabiduría infinita, gritó: «Aleluya».

 

XIII. El Creador mostró su nueva creatura revelándola a nosotros nacido de Él; engendrándola en seno intacto y conservándola, como era, inmaculada; a fin de que nosotros, al ver este prodigio, exclamemos con alegría:

«Salve, flor de pureza,

Salve, corona de castidad,

Salve, tú que iluminas el modelo de resurrección,

Salve, tú que revelas la vida de los Ángeles,

Salve, árbol de bello fruto, del que se nutren los fieles,

Salve, tronco de hojas umbrosas, que proteges a muchos,

Salve, tú que diste a luz al guía de los errantes,

Salve, tú que engendraste al rescate de los esclavos,

Salve, plegaria del juez justo,

Salve, perdón de muchos pecadores,

Salve, vestido de libertad para los desnudos,

Salve, amor que sacia todo deseo,

Salve, Virgen esposa».

 

XIV. Al ver el milagroso parto, nos alejamos del mundo y dirigimos el alma al cielo; para esto, en efecto, Dios excelso apareció sobre la tierra como hombre miserable, porque quiere atraer hacia lo alto a todos aquellos que exclaman: «Aleluya».

 

XV. Todo era en la tierra y en nada distante del cielo, el Verbo no circunscrito; fue simple descenso divino, no cambiar de lugar; y fuiste parido por una Virgen fertilizada por Dios, la que escucha estas palabras:

«Salve, lugar de Dios infinito,

Salve, puerta de adorable misterio,

Salve, noticia ambigua para los infieles,

Salve, orgullo seguro de los fieles,

Salve, sostén santísimo de Aquel que está sobre los Querubines,

Salve, óptima morada de Aquel que está sobre los Serafines,

Salve, tú que reconcilias a los enemigos,

Salve, tú que reúnes virginidad y parto,

Salve, tú por quien fue vencida la transgresión,

Salve, tú por quien fue abierto el paraíso,

Salve, llave del reino de Cristo,

Salve, esperanza de bienes eternos,

Salve, Virgen esposa».

 

XVI. Todos los Ángeles se admiraron de la gran obra de tu Encarnación: porque contemplaban a Aquel que como Dios es inaccesible, accesible a todos como hombre, que vive entre nosotros y escucha de todos: «Aleluya».

 

XVII. Vemos a los sabios charlatanes, mudos como peces delante de ti, oh Madre de Dios: porque no pueden decir cómo pudiste permanecer virgen y dar a luz. Pero nosotros, admirados por el prodigio, gritamos con fe:

«Salve, vaso de sabiduría de Dios,

Salve, tesoro de su providencia,

Salve, tú que haces sabios a los ignorantes,

Salve, tú que haces necios a los filósofos,

Salve, porque se idiotizaron los sutiles discutidores,

Salve, porque se consumieron los poetas de mitos,

Salve, tú que destrozas las intrigas de los paganos,

Salve, tú que colmas las redes de los pescadores,

Salve, tú que nos sacas del abismo de la ignorancia,

Salve, tú que iluminas a muchos con el conocimiento,

Salve, nave de quienes quieren salvarse,

Salve, puerto de quienes navegan en la vida,

Salve, Virgen esposa».

 

XVIII. Queriendo salvar al mundo el Señor de todas las cosas, vino Él mismo a él como mensajero; y siendo Pastor como Dios, apareció entre nosotros hombre como nosotros; y habiendo llamado a su igual con la igualdad, escucha como Dios: «Aleluya».

 

XIX. Eres baluarte de las vírgenes, Virgen Madre de Dios, y de quienes recurren a ti: el Creador del cielo y de la tierra te creó, oh Inmaculada, morando en tu seno y enseñando a todos a cantar en tu honor:

«Salve, columna de virginidad,

Salve, puerta de salvación,

Salve, principio de regeneración moral,

Salve, guía de bondad divina,

Salve, tú que regeneraste a quienes fueron concebidos en el pecado,

Salve, tú que amonestas a quienes quedan privados de inteligencia,

Salve, tú que anulaste al destructor de las almas,

Salve, tú que pariste al Sembrador de pureza, 

Salve, tálamo de nupcias puras,

Salve, tú que reconcilias a los fieles con el Señor,

Salve, bella nutriz de vírgenes,

Salve, tú que conduces a las nupcias a las almas santas,

Salve, Virgen esposa».

 

XX. Por más extenso que sea, todo himno es poco, comparándolo con tus grandes misericordias, y aunque te eleváramos, oh Rey santo, tantos cantos cuantos granos de arena haya, no cumpliríamos nada digno de lo que nos diste a nosotros que exclamamos: «Aleluya».

 

XXI. Con la lámpara receptáculo de luz aparecida a los que están en tinieblas, nosotros vemos a la Santa Virgen: encendiendo la luz inmaterial, Ella guía a todos al entendimiento de Dios, iluminando la mente con esplendor, y es honrada con esta exclamación:

«Salve, rayo de sol intelectual,

Salve, flecha de luz inaccesible,

Salve, fulgor que iluminas las almas,

Salve, tú que como trueno aterrorizas a los enemigos,

Salve, porque haces surgir múltiples esplendores,

Salve, porque haces emanar caudaloso río,

Salve, tú que prefiguras la imagen de la piscina,

Salve, tú que quitas la suciedad del pecado,

Salve, lavado que purificas las conciencias,

Salve, copa que viertes alegría,

Salve, olor del perfume de Cristo,

Salve, vida de místico banquete,

Salve, Virgen esposa».

 

XXII. Queriendo perdonar las antiguas faltas Aquel que remite las deudas de todos los hombres, fue en persona hacia quienes no estaban en su gracia; y roto el empeño, oye de todos: «Aleluya».

 

XXIII. Alegres con tu parto, oh Madre de Dios, todos te celebramos como templo viviente; porque al habitar en tu seno el Señor que contiene todo en su mano, santificó, honró, enseñó a todos a gritar en tu honor:

«Salve, morada de Dios y del Verbo,

Salve, santa más grande que las santas,

Salve, tesoro inagotable de vida,

Salve, preciosa diadema de los reyes piadosos,

Salve, orgullo venerable de los sacerdotes temerosos de Dios,

Salve, torre indestructible de la Iglesia,

Salve, baluarte invencible del Reino,

Salve, tú por quien se elevan los trofeos,

Salve, tú que abates a los enemigos,

Salve, salud de mi cuerpo,

Salve, salvación de mi alma,

Salve, Virgen esposa».

 

XXIV. Oh Madre celebrada por todos, tú que engendraste al Verbo santísimo entre todos los santos al acoger este don, protégenos a todos de toda desventura y líbranos del castigo futuro a nosotros que exclamamos en coro: «Aleluya».

 

3.4. Celebración litúrgica

 

Misa: «María Madre y Medianera de la Gracia» (Complemento del Misal Romano, misa votiva de María n. 30).

Lectura de la Liturgia de las Horas: San Ambrosio, «La Visitación de la santa María Virgen». (Tomo I: Tiempo de adviento, 21 de diciembre).

 

4. El título «Madre de Dios» en la enseñanza de la Iglesia[15]

 

Es muy interesante observar que la Iglesia nunca ha enseñado este título de María por sí mismo, sino siempre al servicio de la Encarnación y de la obra salvadora de Jesús, como consta por estos pocos ejemplos que he escogido, de las más antiguas tradiciones. Y así es hasta hoy, como muestra el Catecismo de la Iglesia Católica en los siguientes párrafos:

 

«Lo que la fe católica cree acerca de María se funda en lo que cree acerca de Cristo, pero lo que enseña sobre María ilumina a su vez la fe en Cristo» (n. 487). «Llamada en los evangelios “la Madre de Jesús” (Jn 2,1; 19,25), María es aclamada bajo el impulso del Espíritu como “la Madre de mi Señor” (Lc 1,43) desde antes del nacimiento de su Hijo. En efecto, Aquel que Ella concibió como hombre, por obra del Espíritu Santo, y que se ha hecho verdaderamente su Hijo según la carne, no es otro que el Hijo eterno del Padre, la segunda persona de la Santísima Trinidad. La Iglesia confiesa que María verdaderamente es “Madre de Dios” (“Theotókos”)» (n. 495).

 

4.1. En Alejandría, antes del Concilio de Nicea (principios del siglo IV). San Pedro de Alejandría, mártir en el año 311, fue el sucesor del Patriarca Teonas (el que inició la Basílica dedicada a la Madre de Dios en esa ciudad). Siendo el Patriarca del Oriente, le tocó zanjar un profundo abismo que se había abierto y que dañaba la unidad de la Iglesia. Muchos obispos querían que la fiesta de Pascua se celebrara en un día fijo del año. Otros pensaban que debía seguirse festejando en el día movible de la Pascua según la tradición judía, es decir, el día llamado «catorce de Nisán» (o sea durante la luna llena del primer mes de primavera, como se celebra hasta hoy). San Pedro decidió en favor de esta última propuesta, y el motivo es que Jesús murió y resucitó en la fiesta de la Pascua de su pueblo.

 

San Pedro indica esta decisión en uno de sus pocos escritos que se han conservado. Este fragmento contiene como de paso el título de la Madre de Dios («Theotókos»). ¿Por qué la pascua se debe seguir celebrando en esa fecha? Las razones que da el Patriarca son dos: La primera se basa en el plan de Dios para nuestra salvación: porque en ese día murió Cristo nuestra Pascua, y Él no quiso abolir la Ley y los profetas sino llevarlos a cumplimiento. La segunda, es que sólo en Cristo encontramos ahora la verdadera y definitiva salvación pascual; porque su humanidad por la que se ha hecho nuestro cordero inmolado, está unida para siempre a su divinidad. Y esa unión se realizó de modo definitivo en su carne, que es la carne tomada de María, a la cual, por este motivo, proclamamos «Madre de Dios». Dice así:

 

«Los sagrados profetas, en efecto, así como todos los santos y los justos que cumplían los mandamientos del Señor, celebraban junto con todo el pueblo una pascua que era tipo y sombra. Pero el Señor y Creador de todas las creaturas visibles e invisibles, el Hijo unigénito, Verbo coeterno con el Padre y el Espíritu Santo y de la misma substancia de ellos según la divinidad, nuestro Dios y Señor Jesucristo, en la plenitud de los siglos nació según la carne de la santa y gloriosa Señora nuestra Madre de Dios y siempre virgen, de María, en verdad Madre de Dios. Así es como se hizo visible sobre la tierra como un hombre de la misma naturaleza de los hombres según su humanidad. En verdad convi­vió con nosotros. Él mismo, antes de su predicación, celebró la pascua con el pueblo según las costumbres, y durante su predicación celebró la pascua legal que era sombra y tipo, y comió el cordero que era su figura».[16]

 

También su sucesor, el Patriarca San Alejandro, usó el mismo título para condenar la herejía de Arrio en el sínodo que celebró en su sede de Alejandría (entre los años 318/324). Se reunieron en la asamblea cerca de l00 obispos egipcios, que excomulgaron al hereje Arrio y a varios de sus seguidores. El Patriarca Alejandro escribió entonces una carta dirigida al obispo Alejandro de Bizancio (después llamada Constantinopla) para explicar a los obispos orientales el motivo de esa medida tan dura, y para pedirles su apoyo, ya que varios de ellos parecían no advertir la gravedad del error, y podrían tender la mano a los herejes.

 

Expone, ante todo, que la razón básica de la excomunión es el hecho de que Arrio se apartó de la doctrina de los Apóstoles. En efecto, negó que el Hijo de Dios encarnado en María fuese de verdad Dios igual al Padre, y lo reconoció como la más alta de las creaturas, que Dios habría hecho para, por medio de él, crear todas las cosas. Naturalmente María, en ese caso, no puede ser llamada «Madre de Dios», de manera justa. El problema grave es que, si es así, entonces la muerte y la resurrección de Jesucristo no pueden salvarnos, porque serían de sólo una creatura muy elevada. Para que el misterio pascual de Cristo sea nuestra salvación, es necesario que éste sea Dios y hombre. Y esta es la verdad de fe que la Iglesia confiesa cuando llama a María «Madre de Dios»:

 

«Reconocemos la resurrección de los muertos, cuya primicia fue nuestro Señor Jesucristo, porque él tomó verdaderamente un cuerpo, y no sólo en apariencia, de María Madre de Dios, para, a fin de remover el pecado, venir a habitar en la raza humana en la plenitud de los tiempos, ser crucificado y morir, sin por ello sin embargo sufrir ninguna disminución en su propia divinidad: resucitado de entre los muertos y asumido al cielo, está sentado a la diestra de la Majestad».[17]

 

4.2. En el Concilio de Efeso, un siglo más tarde. Como antes dijimos, un monje llamado Nestorio fue elegido Patriarca de Constantinopla el año 428. Su modo de enseñar quién es Jesucristo era muy deficiente. Decía que Jesús era el Hijo de María, en el cual el Hijo de Dios había hecho su templo, y habitando en él lo había ungido. Por eso se le llama Cristo (esto es, «el Ungido»). Como se ve, si fuera así, no habría tenido lugar una verdadera Encarnación del Hijo de Dios. Para él era un escándalo que se predicara: «El Hijo de Dios murió por nosotros», porque, decía, Dios no puede morir. El que murió fue Jesús, el Hijo de María, en el que habitaba la divinidad. Estas son algunas de sus palabras:

 

«En todas las partes de la divina Escritura en que se hace mención de la carne del Señor, no se nos ha transmitido la generación o la pasión de la divinidad, sino de la humanidad de Cristo, de modo que tras una reflexión más cuidadosa, se debe llamar a la santa Virgen “Madre de Cristo”, no “Madre de Dios”».[18]

 

Es verdad que María es Madre de Cristo. Lo malo es que Nestorio lo dijera para negar que fuera Madre de Dios. Con eso claramente no reconocía que Jesucristo fuera en su misma persona, desde la Encarnación en el seno de Ella, el Hijo de Dios y el Hijo de María. Por eso el Concilio de Efeso, que lo privó de su sede episcopal, definió como parte de nuestra fe, la Encarnación del Hijo de Dios en la carne que recibió de María, formando una sola persona. Y declaró:

 

«Por eso (los Padres) no dudaron de llamar “Madre de Dios” a la Santa Virgen, no en cuanto la naturaleza del Verbo o su divinidad hayan comenzado a existir de la Santa Virgen, sino en cuanto de Ella fue engendrado el santo cuerpo animado con un alma racional, unido al cual en una persona, confesamos que el Verbo nació según la carne» (DS 251).

 

Era muy urgente definir la verdadera Encarnación del Hijo de Dios, porque de otra manera su vida, su muerte y su resurrección, si no son del Hijo de Dios, en realidad serían acciones de un ser humano. Como se ve, nuestra salvación sería también algo humano, y no una obra divina. En el fondo no habríamos sido salvados por Jesucristo. Lo que el título «María Madre de Dios» garantiza, es que su Hijo Jesús es de verdad, en su misma persona, Dios y hombre. Por eso con su muerte y su resurrección nos ha salvado. De nuevo se ve claro que este nombre de María, más que centrarse en Ella, está al servicio de lo que es Jesús, y de su obra salvadora por nosotros. María ha mostrado una vez más, que toda su grandeza consiste en ser la humilde servidora de su Hijo.

 

4.3. Algunos destacados autores protestantes ante María. Por desgracia hay mucha ignorancia, tanto entre católicos como entre hermanos separados, acerca de lo que muchos de los más serios teólogos protestantes han creído acerca de María. Es fácil, pero injusto, hablar en bloque. No fue tan negativa como parece, por ejemplo, la fe de algunos grandes reformadores. Otra cosa puede ser la actitud de muchos sectarios de nuestros días. Imposible describir en forma general sobre lo que los hermanos separados piensan de Ella; pues, no teniendo autoridad doctrinal, cada Iglesia, secta o grupo, e incluso cada pastor o teólogo dentro de ellos, tiene su propia enseñanza, que va desde la piedad hasta el ataque. Voy a limitarme a citar, como un aperitivo, algunos textos escritos por autores de entre ellos, que al menos puedan ayudar, a los hermanos separados y a nosotros, a esperar en espíritu de oración humilde, que un día sea posible que nos unamos enteramente en la fe.

 

Lutero. La herencia del convento de los agustinos, en el que él fue fraile, así como su propia vida de piedad, se trasluce en el único pequeño libro que escribió sobre María, entre los años 1520 y 1521, en medio de una época muy tormentosa y crítica de su vida. Por ejemplo, en medio de este período que dedicó al librito se incrusta la famosa Dieta de Worms. He aquí algunos párrafos de su obrita:

 

                          El Magníficat

 

«Que otros escuchen a sus amantes entonar una canción mundana; un príncipe y señor escuchará de buen grado a esta casta Virgen, que canta un himno espiritual puro y salvador. No está mal la costumbre de todas las iglesias de entonar cada día en las vísperas este cántico con agradable y particular melodía. Que la misma tierna Madre de Dios me quiera alcanzar espíritu para exponer útil y profundamente su cántico».

«Para entender este cántico de alabanza, se ha de notar que la benditísima Virgen María habla por su propia experiencia, en la que fue iluminada y amaestrada por el Espíritu Santo. Pues nadie puede entender a Dios y su palabra si no es mediante el santo Espíritu».

«Yerran los que dicen que la Virgen no se gloría de su virginidad, sino de su humildad; ella no se gloría ni de su virginidad ni de su humildad, sino tan sólo de la mirada bondadosa de Dios... La verdadera humildad nunca sabe que es humilde».

«Notad la palabra: no dice que hablarán muy bien de ella, que alabarán sus virtudes, que enaltecerán su virginidad o su humildad, ni que se cantarán canciones en su honor, sino solamente que la llamarán bienaventurada porque Dios ha dirigido su mirada a ella».

«Las cosas grandes no son más que el hecho de ser la Madre de Dios. Por eso ha recibido tantos dones, que nadie puede comprenderlos. He aquí, pues, el manantial de todos los honores y de su felicidad. Por eso la Virgen es una persona única en todo el género humano, una persona que supera todas las demás y a la que nadie puede compararse. Todos sus loores se compendian en una palabra: cuando es llamada Madre de Dios. Nadie puede decir de ella cosa más grande, aunque tenga más lenguas que hojas y hierbas (hay en el bosque), estrellas en el cielo y arenas en el mar. Todo lo atribuye ella a la gracia de Dios y no a sus méritos, aun siendo libre de pecado».

(Conclusión de la obra) «Aquí cesamos por ahora, y pedimos a Dios la recta inteligencia de ese “Magníficat”; que no solamente nos ilumine y nos hable, sino que arda y viva en el cuerpo y en el alma. Concédanoslo Cristo por la intercesión y voluntad de su amada Madre María. Amén».[19]

 

                         De otras obras

 

Devocionario: «¡Oh cuán grande es el gozo del amor inconmensurable de Dios, de que el hombre pueda gloriarse de un tesoro tan enorme como el de tener a María como Madre, a Cristo como hermano y a Dios como Padre».

Sermón de Navidad (1523): «Se nos ha dado este niño y nosotros somos hijos de María... ¿Quién no dejaría la propia madre, para convertirse en hijo de María? Esto no sólo puedes conseguirlo, sino que se te ofrece... Todo lo que es suyo es también nuestro: por eso su madre es nuestra madre».[20]

 

Max Thurian, un monje calvinista de Taizé, después convertido a la Iglesia Católica y ordenado sacerdote, durante su época protestante estudió y meditó la Escritura con corazón abierto, tratando de sobreponerse a los prejuicios confesionales (pues bien sabemos que Calvino poco simpatizaba con el título «Madre de Dios»). Así descubrió en la Palabra revelada una doctrina exquisita sobre María, que estampó en un famoso libro, en 1962. Dedica algunas páginas a la actitud de los grandes autores de la Reforma.

 

               María, Madre del Señor, figura de la Iglesia

 

«Cuando la antigua liturgia latina llama a María “Madre de Jesucristo, nuestro Dios y Señor”, cuando el Concilio de Efeso le da el nombre de “theotókos, Madre de Dios”, la tradición aquí no tiene más mérito que el de descubrir el verdadero sentido del Evangelio, y particularmente de las palabras de Isabel: “la madre de mi Señor”. El dogma de Efeso tiene por esencia una extensión cristológica: no se titula a María Madre de Dios para la glorificación personal suya, sino por Cristo, para que la verdad sobre la persona de Cristo quede inundada de luz. Con eso mismo es María sierva del Señor; el dogma que gira en torno de ella está al servicio de la verdad que concerne a su Hijo, el Señor. El Concilio de Efeso, llamándola Madre de Dios, reconoce en Cristo dos naturalezas, la divina y la humana, y una sola persona; así reconoce también la realidad de la encarnación del Hijo de Dios en María desde su milagrosa concepción...

En la Reforma, Lutero y Zuinglio tuvieron el mayor respeto por la definición del Concilio de Efeso. Lutero, en 1539, escribía en un tratado Sobre los Concilios y las Iglesias: “Así, este concilio (de Efeso), no ha establecido nada nuevo en la fe, sino que ha defendido la antigua fe contra la oscura novedad de Nestorio. Efectivamente, el artículo según el cual María es Madre de Dios, ha existido en la Iglesia desde el principio, y no ha sido creado como novedad por el Concilio, sino que está sostenido por el Evangelio o por la Sagrada Escritura. Porque, en san Lucas (1,32) se halla que el Ángel Gabriel anuncia a la Virgen que ha de nacer de ella el Hijo del Altísimo. Y santa Isabel dice: “¿De dónde a mí que la Madre del Señor venga a mí?” Y los ángeles proclaman en Navidad todos juntos: “Hoy os ha nacido un Salvador, que es Cristo el Señor”. Igualmente, San Pablo (Gal 4,4): “Dios ha enviado a su Hijo, nacido de una mujer”. Estas palabras, que yo creo verdaderas, sostienen en verdad con bastante firmeza que María es la Madre de Dios.

Zuinglio hizo imprimir en 1524 un sermón sobre “María, siempre virgen pura, Madre de Dios”. En él, emplea libremente el título de Madre de Dios. En un pasaje en el que se defiende de la acusación de que era objeto por parte de personas de mala voluntad que pretendían haberle oído hablar de María como de una pecadora igual a cualquiera otra criatura, declara: “Nada he pensado, ni menos enseñado o públicamente hablado cosa en modo alguno deshonrosa, impía, indigna o maligna en puntos concernientes a la pura Virgen María, Madre de nuestra Salvación... Séame suficiente el haber expuesto a los piadosos y sencillos cristianos mi neta convicción referente a la Madre de Dios: creo firmemente, según las palabras del santo Evangelio, que esta Virgen pura nos ha dado a luz al Hijo de Dios, quedando en y después del alumbramiento, Virgen pura e intacta eternamente”»"[21]

 

4.4. Una poesía de Lope de Vega puede ayudarnos a meditar en este misterio, más que otras palabras doctas. La tituló María:

 

De una Virgen hermosa

Celos tiene el sol,

Porque vio en sus brazos

Otro sol mayor.

 

Cuando en el Oriente

Salió el sol dorado,

Y otro sol helado

Miró tan ardiente,

Quitó de la frente

La corona bella,

Y al pie de la Estrella

Su lumbre adoró,

Porque vio en sus brazos

Otro sol mayor.

 

«Hermosa María,

Dice el sol, vencido,

De Vos ha nacido

El Sol que podía

Dar al mundo el día

Que ha deseado».

Dijo esto, humillado,

A María el sol,

Porque vio en sus brazos

Otro Sol mayor.

 

4.5. Celebración litúrgica

 

Misa: «Santa María, Madre del Señor» (Complemento al Misal Romano, misa votiva de María n. 19).

Lectura de la Liturgia de las Horas: San Cirilo de Alejandría, Alabanzas de María Madre de Dios». (Tomo IV: 5 de agosto).

 

5. María, Madre del Cristo total

 

5.1. María, Madre de la Iglesia. Jesús encomendó a su Madre, desde la cruz, la misión de velar maternalmente por toda la Iglesia representada en el discípulo amado (ver Jn 19,26-27). Así como el dolor de Jesús hasta la muerte no es sólo un sufrimiento físico y moral, sino la pasión que nos ha liberado a todos nosotros; así también María puso sus dolores al servicio de la misión salvadora de su Hijo. Por eso la devoción a María no consiste «en un afecto estéril y transitorio» (LG 67), sino en seguir a su Hijo hasta la muerte como lo hizo Ella, al servicio de la misión de salvar y liberar a todo ser humano desde la comunidad de la Iglesia.

 

San Juan es un escritor al que mucho le gustan los símbolos. Al narrar sobre María al pie de la cruz, no la llama por su nombre, sino «la Madre de Jesús». Al lado está «el discípulo al que Jesús amaba», a quien se refiere cinco veces en su Evangelio (ver Jn 13,23; 19,26-27; 20,2; 21,7.20). No dice que sea Juan, pero la tradición de muchos siglos acostumbra descubrir en el «discípulo amado» al mismo autor del Evangelio. En todo caso, lo que a éste le importa es lo que representa «el discípulo a quien Jesús amaba», que, por el modo como Juan se expresa en otros lugares, es «el que acoge mis mandamientos y los guarda» (Jn 14,21-23). De él dice Jesús que ya no es su siervo, sino su amigo, porque ha recibido en su corazón todo cuanto Él le ha revelado, y ha aprendido de Él a amar hasta la muerte (ver Jn 15,13-15: 1 Jn 2,5).

 

«Viendo Jesús... dice» (Jn 19,26). Esta es una expresión con la que San Juan quiere indicar una revelación. No habla sólo de la mirada con los ojos del cuerpo. Sino que, para San Juan, ver tiene un sentido más hondo: la persona que ve, descubre lo que hay en el interior de la otra. Jesús, pues, está a punto de revelar el significado profundo de la unión secreta que hay entre su Madre y el discípulo que ha acogido con espíritu de fe la verdad y el mandato de Jesucristo: «He ahí a tu Madre... he ahí a tu hijo» (Jn 19,26-27). Es el envío a una misión, como última voluntad suya. No es sólo una escena familiar, o un encargo de que Juan cuide a su Madre; pues la misión está primero encomendada a ella.[22] Sino que es el encargo de una misión eclesial, como desde los principios del cristianismo lo entendió la Iglesia, según el testimonio de Orígenes, que en la primera mitad del siglo III transmite lo que los Padres de la Iglesia anteriores a él habían enseñado:

 

«Debemos, pues, atrevernos a decir que las primicias de todas las Escrituras son los Evangelios, pero que de los Evangelios es primicia el de Juan. Mas no puede comprender su sentido sino quien hubiese reposado sobre el pecho de Jesús, y recibido de Jesús a María de modo que la acogiese como su propia madre. En efecto, se deberá hacer tal como otro Juan, del que Jesús pueda declarar como de Juan que es Jesús. Porque si, según quienes han enseñado sanamente sobre ella, ningún otro fue su hijo fuera de Jesús, y Jesús dice a la Madre: “He ahí a tu hijo” (Jn 19, 26), y no: “Éste es también tu hijo”, es lo mismo que si le dijese: “Éste es Jesús a quien has engendrado”. Porque el que es perfecto “ya no vive, sino Cristo vive en él” (Gal 2, 20); y puesto que Cristo vive en él, de él dice a María: “He ahí a tu hijo”, Cristo».[23]

 

La Tradición de la Iglesia, desde los primeros siglos del cristianismo, ha acogido en su fe esta narración de Juan como la razón que motivó la virginidad perpetua de María. Esto es, como una consagración de toda su persona, con un corazón libre de la responsabilidad sobre una familia natural, para entregarse sin reservas, y consagrada al Reino de Dios, a velar con amor de Madre por aquellos que, habiendo creído en Jesús, son «otros cristos».

 

San Juan no sólo ve el dolor materno de María desde el punto de vista emotivo y humano, sino como el de una mujer que está a punto de parir: en la Encarnación concibió a Jesús, el Hijo de Dios en la carne, que es la Cabeza del Cuerpo completo de Cristo (como San Pablo lo llama). De manera parecida al pie de la cruz concibió en su corazón a la Iglesia, que es el Cuerpo de Cristo. Nosotros, como miembros de ese Cuerpo, la aceptamos en la fe, y, por encargo de Jesús, como a nuestra Madre. Es lo que quiere decir Orígenes: la clave para entender la Escritura son los Evangelios, y para comprender los Evangelios la clave es el de San Juan. Sin embargo, nadie puede penetrar en su significado con las solas fuerzas de la mente, porque no se trata de una ciencia teórica, sino de la vida íntima de Jesús. Por ese motivo sólo puede captar su significado quien, como Juan, haya recostado su cabeza sobre el pecho del Maestro, es decir, quien tenga sus mismos sentimientos acerca de todas las cosas. Y de entre estos sentimientos de Jesús, el más delicado e íntimo es el que siente por su Madre. Por esta razón, sólo llega a profundizar en quién es Cristo, aquel que hubiese también acogido a María como a su propia Madre.

 

Por eso, si, como enseña el Concilio, la verdadera devoción a María consiste en reconocer con el Evangelio sus virtudes para imitarla (ver LG 67), entonces la Iglesia no puede tener mejor devoción a María, que aprender de Ella cómo vivir su propia misión de madre. He aquí un bello texto del Card. de Lubac, testigo con San Agustín de cuán tradicional es esta doctrina entre los cristianos:

 

«San Agustín recurre frecuentemente al tema: “también la Iglesia es virgen y madre”. En una y otra él admira la misma virginidad fecunda, o la misma fecundidad virginal. Para celebrar esta virginidad de la gran “Madre de los vivientes”, que lo hace “imitar a la Madre de su Señor”, San Agustín trae a colación, entre otras razones, su fe siempre íntegra, su esperanza firme y su amor sincero. Así presenta a la misma luz esta “virgen sagrada”, esta “Madre espiritual”, “en todo semejante a María”, en su acto de dar a luz... La Iglesia da a luz multitudes, y las hace sus hijos reunidos de todos los lugares, otros tantos miembros de un cuerpo único. En modo semejante a como María, dando a luz a uno, llega a ser madre de las muchedumbres, así la Iglesia, dando a luz a las muchedumbres, se convierte en madre de la unidad».[24]

 

5.2. Celebración litúrgica

 

Misa: «La Virgen María junto a la cruz del Señor» (Complemento del Misal Romano, misas votivas de María nn. 11 y 12).

Lectura de la Liturgia de las Horas: Bto. Guerrico, «María, Madre de Cristo y de los cristianos». (Memoria de Santa María en Sábado, fórmula 2).

 

6. María, «peregrina de la fe»

 

6.1. La virtud primordial de María. El Papa señala en su carta sobre el Tercer Milenio la luz bajo la cual conviene que contemplemos a la Madre de Dios: «María, dedicada constantemente a su Divino Hijo, se propone a todos los cristianos como modelo de fe vivida» (TMA 43). Es que la verdadera devoción a María, como leemos en el Concilio, «procede de la fe auténtica», y consiste en «reconocer la excelencia de la Madre de Dios, que nos impulsa a un amor filial hacia nuestra Madre y a la imitación de sus virtudes» (LG 67). Poer eso hemos de partir de la virtud fundamental de la fe, que es la raíz de nuestra respuesta a la Palabra de Dios que se nos revela, y por lo mismo es la base de nuestra salvación.

 

Juan Pablo II en su encíclica La Madre del Redentor muestra cuánto le gusta este tema, por las muchas veces que lo trata, bajo multitud de aspectos. Vamos a esforzarnos por seguirlo meditando algunos de ellos. Comenzamos con las palabras de Isabel: «¡Dichosa tú, que has creído! Porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá» (Lc 1,45). El Papa, como es natural, vuelve los ojos al Concilio, para entender lo que este «has creído» significa (RM 13): «Cuando Dios se revela, el hombre tiene que someterse con la fe (Rom 16,26; 1,5; 2 Cor 10,5-6). Por la fe el hombre se entrega entera y libremente a Dios, le ofrece “el homenaje de su entendimiento y voluntad” (DS 3008), asintiendo libremente a lo que Dios revela (DV 5)».

 

Por eso la semilla en la que todo el fruto de la fe de María se halla como en germen, es su entera apertura de corazón para acoger, sin reserva alguna, la voluntad de Dios sobre su vida, que Éste le reveló por el Ángel. Ella le respondió: «Aquí está la sierva del Señor, que se haga en mí tu Palabra» (Lc 1,38). Esta fe está unida a su gracia. Podríamos decir que el Señor la hizo desde el primer momento de su existencia la «llena de gracia», para que pudiera responder a su vocación con la plenitud de su fe. Por eso el Papa escribe: «La plenitud de gracia, anunciada por el ángel, significa el don de Dios mismo; la fe de María, proclamada por Isabel en la Visitación, indica cómo la Virgen de Nazaret ha respondido a este don» (RM 12c).

 

Esta fe es muy semejante a la de Abraham (RM 14), a la que los hebreos reconocían como su «Padre en la fe», y de quien dice Pablo que también lo es de quienes creemos en Jesucristo (Rom 4). La Carta a los Hebreos dice: «La fe es el fundamento de lo que se espera y el cimiento de lo que no se ve. Por ella obtuvieron nuestros antepasados la aprobación de Dios» (Heb 11,1-2). Abraham era un hombre sencillo, tenía sus ganados, creía en los dioses de su tierra (Ur de Caldea), como casi todos en su tiempo no sabía leer ni escribir. Sin embargo, cuando el Señor lo llamó y le dijo: «Deja tu tierra, tus parientes y la casa de tu padre, y vete a la tierra que yo te indicaré», él «partió como le había dicho el Señor» (Gén 12,1.4). Cuando Dios le reveló su voluntad, Abraham la aceptó poniendo toda su vida al servicio de la Palabra divina.

 

Así es la fe de María, la fiel israelita. Por eso tanto en la Anunciación como en el Magníficat se declaró a sí misma «la sierva del Señor», porque éste era el título de honor de Israel su pueblo, ser «el siervo de Yahvé». Y esa apertura de María a cuanto el Señor le pedía fue completa: «María ha pronunciado este fiat por medio de la fe. Por medio de la fe se confió a Dios sin reservas» (RM 13d). Su respuesta fue la más amplia posible a un ser humano, dejando la puerta de su vida de par en par abierta para que la voluntad del Señor entrase y saliese con libertad completa. Por eso Abraham es nuestro «Padre en la fe», porque en esa tierra fecunda de su disposición Yahvé pudo sembrar su propio pueblo de la Antigua Alianza del que los cristianos somos herederos; y María es la «Madre de los creyentes» porque también de su fe se originó el pueblo de la Nueva Alianza que Dios quería construirse por medio de su Hijo.

 

Pero María, como Abraham, era una mujer sencilla. Su fe tuvo que desarrollarse y crecer como la de su padre, fundador de su raza. Por eso el Papa escribe que las palabras de Isabel: «Dichosa tú la que has creído», «no se aplican únicamente a aquel momento concreto de la Anunciación. Ciertamente la Anunciación representa el momento culminante de la fe de María a la espera de Cristo, pero es además el punto de partida, de donde inicia todo su camino hacia Dios» (RM 14b). En efecto, su fe fue creciendo mediante el contacto con su Hijo, día tras día. Por ejemplo, cuando lo presentó en el templo, Simeón, «lleno del Espíritu Santo», proclamó quién era ese niño y cuál era el plan salvador de Dios por su medio. María y José admiraban lo que se decía de El, pero no lo comprendían, sino que debieron meditarlo para irlo asimilando poco a poco (Lc 2,33). Así también cuando Jesús se les perdió en el templo, y lo hallaron después de buscarlo por tres días llenos de angustia, El les contestó: «¿Por qué me buscaban? ¿No sabían que yo debo ocuparme de los asuntos de mi Padre?» «Pero ellos no comprendieron lo que les decía. Su Madre conservaba cuidadosamente todos estos recuerdos en su corazón» (Lc 2,49-51).

 

«Hallándose al lado del Hijo, bajo un mismo techo y “manteniendo fielmente la unión con su Hijo”, “avanzaba en la peregrinación de la fe”, como subraya el Concilio (LG 58). Y así sucedió a lo largo de la vida pública de Cristo (Mc 3,21-35); de donde, día tras día, se cumplía en ella la bendición pronunciada por Isabel en la Visitación: “Feliz la que ha creído”» (RM 17d). En efecto, durante toda la vida pública de su Hijo, María estuvo a su lado como fiel y sencilla servidora de su misión, junto con otras mujeres.

 

En una ocasión en que Jesús predicaba, unas personas le avisaron: «Tu madre y tus hermanos están ahí afuera y quieren verte». Él les respondió: «Mi madre y mis hermanos son los que escuchan la palabra de Dios y la ponen en práctica» (Lc 8,20). Este no fue un desconocimiento de su Madre, como decían algunos sectarios desde los primeros siglos, por medio del cual Jesús la hubiese rechazado. Por el contrario, como San Agustín explica, y es la enseñanza continua de la Iglesia, Jesús alaba a su Madre por ser la mujer de fe que ha acogido enteramente la Palabra de su Padre, y por eso ha sido digna de que Dios la eligiese de antemano como su Madre. Porque en realidad Ella lo concibió primero en su corazón por su fe, y sólo después en su seno corporalmente. Comenta San Agustín: «Dichosa María, la que dio a luz por la fe al mismo que había concebido por la fe, concibiéndolo antes en su mente que en su vientre».[25]

 

He aquí un bello texto de Max Thurian, cuando aún era protestante:

 

«Primeramente, la fe de María es un acto de ofrecimiento: “Heme aquí”, ya que es enteramente gracia de Dios, es natural que devuelva toda gracia a Dios, en la ofrenda de todo su ser. Este movimiento es de una maravillosa pureza. La sobriedad de las palabras hace refulgir con mayor luz el esplendor de la gracia en ella.

Luego la fe de María es un acto de obediencia: “Soy la Sierva del Señor”. María entra a formar parte del plan de Dios, acepta la terrible vocación de Hija de Sion, la desconcertante función de Madre del Mesías. No acoge esta vocación como una gloria para ella, sino como un servicio hecho a Dios. Con este magnífico servicio, también acepta la bajeza de una situación anormal: ser una madre virgen, la posible crítica de los que lo rodean, el cierto desprecio de José, su desposado. Todo esto queda aceptado y acogido en la obediencia de un servicio hecho a Dios. La Sierva del Señor no discute sino que se entrega a su Dueño.

Finalmente la fe de María es un acto de confianza: “¡Hágase en mí según tu Palabra!”. Luego de un instante de turbación por el saludo angélico, María ha consentido en primer lugar en su maternidad mesiánica; no ha dudado de las palabras del Ángel, sencillamente ha preguntado el cómo de esta maternidad, ya que no tiene relaciones con ningún varón. Finalmente, cuando el Ángel de Dios le revela que será como el Arca bajo la Nube luminosa, que el Poder del Altísimo la cubrirá con su sombra, que Isabel, en su maternidad, es una señal del poder inmenso y total de Dios, ella se limita a asentir a estas palabras y se pone al servicio del Señor. El movimiento de fe de María es de una gran sencillez y pureza; turbación ante el misterio, aceptación de la maternidad y pregunta sobre el modo, fe y obediencia a la Palabra de Dios. Reproduce en sí misma el típico movimiento de la fe cristiana que se acepta, fruto únicamente de la gracia de Dios. Cuando la gracia alcanza la conciencia del hombre, en primer lugar hace que se levante una turbación de orden natural; luego, entregándose por entero al movimiento de la gracia, se pregunta el por qué de los grandes misterios de la fe, y después, ya iluminado por la palabra de Dios y del Espíritu Santo, penetra en la vida de la fe, entregándose al servicio de Dios, y confiando ciegamente en la verdad del Evangelio».[26]

 

6.2. Celebracion litúrgica

 

Misa: «La Virgen María, amparo de la fe» (Complemento del Misal Romano, misa votiva de María n. 35).

Lectura de la Liturgia de las Horas: San León Magno, «María, antes de concebir corporalmente, concibió en su espíritu». (Tomo II: 16 de julio).

 

7. La vocación de José, esposo de María

 

7.1. Qué no seguir diciendo sobre San José. Con frecuencia no se predica la doctrina de la Iglesia, porque se conoce poco. La salida fácil es repetir lo común, muchas veces retoño de leyendas apócrifas, porque es lo popular y llamativo. Proclamar la enseñanza eclesial nos exige investigar, estudiar, reflexionar, y muchas veces no estamos dispuestos a pagar el precio. Por eso nuestro pueblo se queda con ideas falseadas que no responden a lo que nos dice la Palabra de Dios, sea por la Escritura, sea por la Tradición real de la Iglesia. Y de esta manera continuamos arrastrando el peso de historietas tal vez bonitas pero desgastadas, que no nos ofrecen la figura real del José que el Señor ha querido como esposo de la Madre de su Hijo hecho carne, y padre adoptivo (pero real, con plenos títulos), del Hijo de David, el Mesías. No podemos seguir repintando esta imagen tan desdibujada, sin pagar precios excesivos:

 

En primer lugar, la Iglesia nos propone los santos no sólo como intercesores, sino de modo muy especial como guías, por su manera de seguir a Cristo, que nos llevan hacia el que es el único Camino al Padre. ¿Pero qué hacer cuando la guía está falseada? ¿A qué vida cristiana puede conducirnos, sino a errar el sendero?

 

En segundo lugar, cuando presentamos una imagen que no responde a la del plan de salvación que el Padre quiso para nosotros y nos reveló en la Escritura, dejamos preparado el camino para que algún predicador de sectas haga caer en la cuenta a cualquiera de nuestros fieles, de que lo hemos engañado. Y así, éste puede fácilmente (y por desgracia con parte de razón por culpa nuestra), buscar lo que cree que es la «verdad» en otra parte, donde al menos se ilusiona que puede hallarla.

 

7.2. La imagen piadosa, pero falsa. Ha provenido básicamente de evangelios apócrifos.[27] Estos pintan a José muy anciano, con la varita florecida en la derecha, viudo con doce hijos (seis varones y seis mujeres), que cede cuando lo presiona el Sumo Sacerdote del templo de Jerusalén para que se case con María, que era una adolescente (de unos 15 años) a quien sus padres habrían dedicado al Señor a los tres años para que sirviera toda la vida entre las vírgenes consagradas del templo.

 

Ya Orígenes, en la primera mitad del siglo III, dice que estos relatos fueron escritos por cristianos de buena voluntad, que creen bien lo que explican mal. Ellos querían proteger la virginidad de María de dos maneras: en la concepción de Jesús, pintando a un José ya muy anciano, que no sentía los impulsos de su naturaleza marital, de modo que sólo sería protector de María. Y dibujándolo como padre de seis hijos y seis hijas, soñando probar que los llamados hermanos y hermanas de Jesús (de los que hablan Mc 3,31; 6,3; Mt 13,55-56) serían en realidad medios hermanos de Jesús (y eso por vía de adopción) porque serían hijos previos de José. Los escritores apócrifos creen bien, es decir, sobre la virginidad perpetua de María; pero la explican mal. Lo digo por varios motivos:

 

1º Primero, porque estos autores, de origen griego, imaginaban de buena voluntad, sin siquiera conocer bien la cultura de Israel, en la que se encarnó el Hijo de Dios y en que fue escrita la Palabra revelada. Por ejemplo, el Evangelio de San Lucas nos dice que María es de Nazaret, y no hay razón alguna para hacerla hija de un noble rico de Jerusalén, como los apócrifos la pintan. Además, no pudo vivir en el templo de Jerusalén, porque jamás vivieron vírgenes en él (cuya entrada más allá del atrio de las mujeres les estaba a éstas severamente prohibida); sino que más bien la costumbre de vírgenes vestales era común a unas religiones paganas, de las que estos escritores griegos tomaron el modelo. Ni el Sumo Sacerdote realizaba el matrimonio, que aún no era un sacramento, sino un contrato civil con fuerza religiosa realizado por los jefes de los clanes familiares.

 

2º Segundo, porque si José hubiese tenido varios hijos varones mayores que Jesús, alguno de ellos y no éste sería el Mesías descendiente de David (porque entre los hebreos siempre se recibía la herencia y la pertenencia a una tribu por el padre, no por la madre); además ellos (habiendo faltado José antes de la vida pública de Jesús, como se supone por su total ausencia de ésta), hubieran sido la autoridad en la familia, incluso sobre Jesús y María.

 

3º Tercero, que es lo más grave a mi parecer, el no tener relaciones maritales con María, no se habría debido a virtud de José, sino a la impotencia de su vejez, lo que no es motivo alguno de imitación cristiana. La figura apócrifa de José, en cuanto un santo modelo nuestro, aunque emotivamente bella, en el fondo queda religiosamente vacía.

 

7.3. Los datos de la Escritura. Sobre ellos debemos predicar. Son pocos pero muy valiosos. He aquí los principales:

 

La ascendencia de José. Las dos llamadas «genealogías» de Jesús indican, más precisamente, lo que teológicamente significa su origen. Así comienza, por ejemplo, el Evangelio de Mateo 1,1: «Libro del origen de Jesucristo, Hijo de David, Hijo de Abraham». La meta de Mateo es mostrar por qué Jesús es el Cristo (o sea el Mesías, el Ungido de Israel), a partir de su linaje de la familia de David, por la línea adoptiva de José. Entre los hebreos, como dijimos arriba, la herencia y la descendencia familiar en la tribu siempre se transmitía por el padre, aunque fuese adoptivo. Y que Jesús hubiese recibido esta herencia sin ser hijo natural de José, lo indican las dos genealogías narradas por los Evangelios, que terminan en José, «esposo de María, de la cual nació Jesús, llamado el Mesías» (Mt 1,16; Lc 3,23).

 

Además, los dos Evangelios de la Infancia hacen notar que José era el descendiente de David. Mt 1,20 pone esta revelación en las palabras del ángel: «José, hijo de David...» Y Lc 1,27, en el texto de su propia redacción: «... a una virgen casada con un varón de nombre José, de la casa de David».

 

La vocación de José.[28] Es el relato evangélico más amplio acerca de su persona, en Mt 1,18-25. Este relato ofrece, del modo apenas insinuado, una enorme riqueza de datos:

 

Mt 1,18: estaba casado con María, «y antes de que vivieran juntos, (ella) se encontró encinta por obra del Espíritu Santo». Es decir, ella fue llamada por Dios para una vocación (véase la Anunciación en Lc 1,26-39), en el tiempo que, según las costumbres judías, mediaba entre su matrimonio y la fecha en que la recién casada era conducida a la casa del esposo para iniciar la vida de matrimonio. Solían pasar varios meses, hasta que el joven (que solía tomar esposa poco después de llegar a la edad en que podía asumir sus deberes cívicos y religiosos, o sea alrededor de los 20-22 años), pagaba a la familia de la esposa un precio simbólico (ganado por él) porque ella pasaría enteramente a formar parte del propio clan y tribu del marido. Durante ese tiempo, además, el joven debía asegurar su propia vivienda, por modesta que fuese. Fue entonces cuando José, que debió tener esa edad aproximada (y el Evangelio no ofrece ninguna pista para pensar lo contrario), advirtió que su esposa había concebido por obra del Espíritu Santo. Naturalmente sabía que el niño que María llevaba en su vientre no era hijo natural suyo, y por otra parte nadie mejor que él podía darse cuenta de que Ella seguía siendo  virgen (signo de que Ella no le había sido infiel, sino que el fruto de sus entrañas provenía de una intervención divina).

 

Mt 1,19: el evangelista escribe que José era «un hombre justo, y no queriendo denunciarla, decidió dejarla en secreto». La mejor explicación de este verso que conozco, es la de San Basilio: si José era un hombre justo, y por justo se consideraba el hebreo que cumplía la ley de Moisés hasta sus últimas consecuencias (véase Lc 1,6), entonces él habría tenido la obligación ante Dios de denunciar ante el tribunal a María, si hubiese sospechado que era adúltera. Si en conciencia decidió no hacerlo, se debió a que se daba cuenta de la inocencia de ella, pues le era evidente que seguía siendo virgen. ¿Entonces por qué decidió dejarla? San Basilio nos dice atinadamente: porque, una vez que su esposa tenía una misión de por vida que le venía del Señor, José ya no sabía qué sentido podía tener su propio matrimonio con ella, y más bien temería serle un impedimento. Esta fue una decisión en medio de una circunstancia muy angustiosa. Por eso el ángel le dijo:

 

Mt 1,20: «No temas, hijo de David, de recibir a María tu esposa» (es decir, de conducirla a tu casa). En la Escritura la frase «no temas» es algo común, y suele indicar una vocación de una persona pequeña y débil, para una misión en la cual Dios actuará, pero la persona llamada deberá corresponder abriéndose a la acción divina.[29] Al recibir José a María como esposa, Ella entra a formar parte de su familia y de su clan y tribu. Por José, María, que era por nacimiento de la tribu de Leví (pues según Lc 1,5.36 María era «cosanguínea» de Isabel, la cual era «hija de Aarón», hermano de Moisés), pasó a pertenecer al clan familiar de su esposo, que era de la tribu de Judá y de la familia de David. Por eso María, desde su matrimonio con José, pasó a ser hija de David, y por este motivo también Jesús lo es, al nacer de Ella y ser acogido por José como su propio Hijo. Así lo explica el Catecismo de la Iglesia Católica n. 437:

 

«José fue llamado por Dios para “tomar consigo a María su esposa, encinta “del que fue engendrado en ella por el Espíritu Santo” (Mt 1,20) para que Jesús “llamado Cristo” nazca de la esposa de José en la descendencia mesiánica de David (Mt 1,16; ver Rm 1,3; 2 Tim 2,8; Al 22,16)».

 

 Mt 1,21: «Ella dará a luz un hijo y tú le llamarás Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados». Es la misión para la cual el Señor ha elegido a José: adoptar a Jesús, hijo de su esposa concebido por la acción del Espíritu Santo, mediante la expresión ritual y paterna de ponerle el nombre. De José, Jesús hereda la descendencia mesiánica de David. Es decir, todas las promesas mesiánicas, ya que David es el Ungido (o sea el Cristo) rey de Israel, así como lo serán sus descendientes que lo sucederían en el trono, especialmente el Cristo, es decir, el Ungido por excelencia, que realizará para nosotros el plan salvador del Padre. Por José, Jesús se integra en las promesas mesiánicas. Y por lo mismo José, por vocación, sirve de lazo de unión entre las promesas del Antiguo Testamento y su cumplimiento en el Nuevo. Una vocación tan inmensa en favor de toda la raza humana, también le exige muchas renuncias; una de ellas es la de su vida matrimonial en el sentido sexual. Él se mantuvo virgen por fidelidad a la misión que le fue confiada, para entregarse a ella sin reservas.

 

7.4. José, modelo y guía de la vida cristiana. Ante la grandeza de su vocación, quedan diluidos muchos de los relatos apócrifos, como narraciones sin sentido. Y es que un santo no sólo es intercesor, sino también, y sobre todo, modelo del vivir en Cristo. Por ejemplo, como hemos dicho, si José hubiese sido virgen como protector de María porque, ya viudo, viejo y cargado de hijos, ya no tuviese vivo el instinto marital, no serviría a nadie como un modelo para seguir a Cristo en su entrega libre y sacrificial por todos.

 

Es mejor que, para tenerlo como ejemplo de vida cristiana, atendamos a sus virtudes reales, que aprendemos de la Escritura:

 

Su fe obediencial. Esta es su virtud original, a semejanza de la fe de su esposa. El Concilio describe la virtud de la fe como el acogimiento que hace el ser humano con toda su persona, mente y voluntad, de la Palabra de Dios que se le revela (ver DV 5). Por ella también Abraham y María habían renunciado a todo para entregarse a la Palabra del Señor que los llamaba.

 

Su entrega sacrificial por la salvación de sus hermanos. Por este motivo permaneció virgen. Esta es una virtud apostólica, como es, según el Concilio, el voto de celibato de los presbíteros y el de castidad de los religiosos (ver PO 16; PC 12). No se debe ni a un menor aprecio de la vida conyugal (ya que José era casado) ni a una fuga de sus deberes maritales; sino a su entrega al servicio del Reino de Dios, que supera todos los otros bienes.

 

Su trabajo silencioso, a pesar de ser tan elevada su misión, sin pretender dignidades para sí mismo, sino todo para Jesús. Desde el punto de vista del mundo es una labor opaca. Como también son ocultos los cimientos de un edificio, pero sin ellos toda la construcción se viene abajo. José tiene la grandeza propia del Evangelio del Reino de Dios, en el cual «el que quiera ser el más grande hágase el servidor de todos» (Mc 10,44).

 

El espíritu de pobreza. Si Jesús se encarnó pobre, como explican varios Padres de la Iglesia, fue por salvarnos, según escribe San Pablo: «Ya conocen la generosidad de nuestro Señor Jesucristo, el cual, siendo rico, se hizo pobre por ustedes, para enriquecerlos con su pobreza» (2 Cor 8,9). No se trata de ser pobre por impotencia de ser rico. Orígenes y Teodoto de Ancira, dos grandes escritores cristianos del pasado, lo explicaban: si Jesús hubiese nacido rico, noble y poderoso, sólo habría probado que la riqueza, la nobleza y el poder son los que salvan. Pero estos son, precisamente, los valores paganos que esclavizan al ser humano. La que escogió Jesús es una pobreza digna de valores que eleva la dignidad humana, por la libertad que da al corazón para entregarlo al servicio de los hermanos más necesitados. Por eso el Hijo de Dios decidió encarnarse en el seno de una familia, cuya cabeza era José, que vivía con generosidad magnánima su pobreza.

 

7.5. Celebración litúrgica

 

Misa: Solemnidad de San José (19 de marzo).

Lectura de la Liturgia de las Horas: San Bernardino de Siena: «Protector y custodio fiel». (Solemnidad de San José: 19 de marzo).

 

8. La Madre de Dios y la vocación de la mujer

 

Para introducir un tema de particular importancia en nuestro tiempo, me limito por ahora a transcribir dos catequesis de Juan Pablo II, que pueden servirnos de iluminante guía.

 

8.1. María y el valor de la mujer.[30]

 

«1. La doctrina mariana, desarrollada ampliamente en nuestro siglo desde el punto de vista teológico y espiritual, ha cobrado recientemente nueva importancia desde el punto de vista sociológico y pastoral, entre otras causas, gracias a la mejor comprensión del papel de la mujer en la comunidad cristiana y en la sociedad, como muestran las numerosas y significativas intervenciones del Magisterio.

 

Son conocidas las palabras del mensaje que, al término del Concilio Vaticano II, el 8 de diciembre de 1965, los padres dirigieron a las mujeres de todo el mundo: “Llega la hora, ha llegado la hora, en que la vocación de la mujer adquiere en el mundo una influencia, un alcance, un poder jamás alcanzados hasta ahora”. Algunos años después, en la carta Sobre la Dignidad de la Mujer corroboré estas afirmaciones: “La dignidad de la mujer y su vocación, objeto constante de la reflexión humana y cristiana, ha asumido en estos últimos años una importancia muy particular” (MD 1).

 

En este siglo el movimiento feminista ha reivindicado particularmente el papel y la dignidad de la mujer, tratando de reaccionar, a veces de forma enérgica, contra todo lo que, tanto en el pasado como en el presente, impide la valorización y el desarrollo pleno de la personalidad femenina, así como su participación en las múltiples manifestaciones de la vida social y política.

 

Se trata de reivindicaciones, en gran parte legítimas, que han contribuido a lograr una visión más equilibrada de la cuestión femenina en el mundo contemporáneo. Con respecto a esas reivindicaciones, la Iglesia, sobre todo en tiempos recientes, ha mostrado singular atención, alentada entre otras cosas por el hecho de que la figura de María, si se contempla a la luz de lo que de ella nos narran los evangelios, constituye una respuesta válida al deseo de emancipación de la mujer: María es la única persona humana que realiza de manera eminente el proyecto de amor divino para la humanidad.

 

2. Ese proyecto ya se manifiesta en el Antiguo Testamento, mediante la narración de la creación, que presenta a la primera pareja creada a imagen de Dios: “Creó, pues, Dios al ser humano a imagen suya; a imagen de Dios lo creó; varón y mujer los creó” (Gn 1,27). Por eso, la mujer, al igual que el varón, lleva en sí la semejanza con Dios. Desde su aparición en la tierra como resultado de la obra divina, también vale para ella esta consideración: “Vio Dios cuanto había hecho, y todo estaba muy bien” (Gn 1,31). Según esta perspectiva, la diversidad entre el hombre y la mujer no significa inferioridad por parte de ésta, ni desigualdad, sino que constituye un elemento de novedad que enriquece el designio divino, manifestándose como algo que está muy bien.

 

Sin embargo, la intención divina va más allá de lo que revela el libro del Génesis. En efecto, en María Dios suscitó una personalidad femenina que supera en gran medida la condición ordinaria de la mujer, tal como se observa en la creación de Eva. La excelencia única de María en el mundo de la gracia y su perfección son fruto de la particular benevolencia divina, que quiere elevar a todos, hombres y mujeres, a la perfección moral y a la santidad propias de los hijos adoptivos de Dios. María es la bendita entre las mujeres; sin embargo, en cierta medida, toda mujer participa de su sublime dignidad en el plan divino.

 

3. El don singular que Dios hizo a la Madre del Señor no sólo testimonia lo que podríamos llamar el respeto de Dios por la mujer; también manifiesta la consideración profunda que hay en los designios divinos por su papel insustituible en la historia de la humanidad.

 

Las mujeres necesitan descubrir esta estima divina, para tomar cada vez más conciencia de su elevada dignidad. La situación histórica y social que ha causado la reacción del feminismo se caracterizaba por una falta de aprecio del valor de la mujer, obligada con frecuencia a desempeñar un papel secundario o, incluso, marginal. Esto no le ha permitido expresar plenamente las riquezas de inteligencia y sabiduría que encierra la femineidad. En efecto, a lo largo de la historia las mujeres han sufrido a menudo un escaso aprecio de sus capacidades y, a veces, incluso desprecio y prejuicios injustos. Se trata de una situación que, a pesar de algunos cambios significativos, perdura por desgracia aún hoy en numerosas naciones y en muchos ambientes del mundo.

 

4. La figura de María manifiesta una estima tan grande de Dios por la mujer, que cualquier forma de discriminación queda privada de fundamento teórico. La obra admirable que el Creador realizó en María ofrece a los hombres y a las mujeres la posibilidad de descubrir dimensiones de su condición que antes no habían sido percibidas suficientemente. Contemplando a la Madre del Señor, las mujeres podrán comprender mejor su dignidad y la grandeza de su misión. Pero también los hombres, a la luz de la Virgen Madre, podrán tener una visión más completa y equilibrada de su identidad, de la familia y de la sociedad.

 

La atenta consideración de la figura de María, tal como nos la presenta la Sagrada Escritura leída en la fe por la  Iglesia, es más necesaria aún ante la desvalorización que, a veces, han realizado algunas corrientes feministas. En algunos casos, la Virgen de Nazaret ha sido presentada como símbolo de la personalidad femenina encerrada en un horizonte doméstico restringido y estrecho.

 

Por el contrario, María constituye el modelo del pleno desarrollo de la vocación de la mujer, al haber ejercido, a pesar de los límites objetivos impuestos por su condición social, una influencia inmensa en el destino de la humanidad y en la transformación de la sociedad.

 

5. Además, la doctrina mariana puede iluminar los múltiples modos con los que la vida de la gracia promueve la belleza espiritual de la mujer.

 

Ante la vergonzosa explotación de quien a veces transforma a la mujer en un objeto sin dignidad, destinado a la satisfacción de pasiones deshonestas, María reafirma el sentido sublime de la belleza femenina, don y reflejo de la belleza de Dios.

 

Es verdad que la perfección de la mujer, tal como se realizó plenamente en María, puede parecer a primera vista un caso excepcional, sin posibilidad de imitación, un modelo demasiado elevado como para poderlo imitar. De hecho, la santidad única de quien gozó desde el primer instante del privilegio de la concepción inmaculada, fue considerada a veces como signo de una distancia insuperable.

 

Por el contrario, la santidad excelsa de María, lejos de ser un freno en el camino del seguimiento del Señor, en el plan divino está destinada a animar a todos los cristianos a abrirse a la fuerza santificadora de la gracia de Dios, para quien nada es imposible. Por tanto, en María todos están llamados a tener confianza total en la omnipotencia divina, que transforma los corazones, guiándolos hacia una disponibilidad plena a su providencial proyecto de amor».

 

8.2. El papel de la mujer a la luz de María[31]

 

«1. El papel que Dios en su plan de salvación confió a María ilumina la vocación de la mujer en la vida de la Iglesia y de la sociedad, definiendo su diferencia con respecto al hombre. En efecto, el modelo que representa María muestra claramente lo que es específico de la personalidad femenina.

 

En tiempos recientes, algunas corrientes del movimiento feminista, con el propósito de favorecer la emancipación de la mujer, han tratado de asimilarla en todo al hombre. Pero la intención divina, tal como se manifiesta en la creación, aunque quiere que la mujer sea igual al hombre por su dignidad y su valor, al mismo tiempo afirma con claridad su diversidad y su carácter específico. La identidad de la mujer no puede consistir en ser una copia del hombre, ya que está dotada de cualidades y prerrogativas propias, que le confieren una peculiaridad autónoma, que siempre ha de promoverse y alentarse.

 

Estas prerrogativas y esta peculiaridad de la personalidad femenina han alcanzado su pleno desarrollo en María. En efecto, la plenitud de la gracia divina favorecía en ella todas las capacidades naturales típicas de la mujer.

 

El papel de María en la obra de la salvación depende totalmente del de Cristo. Se trata de una función única, exigida por la realización del misterio de la Encarnación: la maternidad de María era necesaria para dar al mundo el Salvador, verdadero Hijo de Dios, pero también perfectamente hombre.

 

La importancia de la cooperación de la mujer en la venida de Cristo se manifiesta en la iniciativa de Dios que, mediante el ángel, comunica a la Virgen de Nazaret su plan de salvación, para que pueda cooperar con él de modo consciente y libre, dando su propio consentimiento generoso.

 

Aquí se realiza el modelo más alto de colaboración responsable de la mujer en la redención del hombre -de todo el hombre-, que constituye la referencia trascendente para toda afirmación sobre el papel y la función de la mujer en la historia.

 

2. María, realizando esa forma de cooperación tan sublime, indica también el estilo mediante el cual la mujer debe cumplir concretamente su misión.

 

Ante el anuncio del ángel, María no muestra una actitud de reivindicación orgullosa, ni busca satisfacer ambiciones personales. San Lucas nos la presenta como una persona que sólo deseaba brindar su humilde servicio con total y confiada disponibilidad al plan divino de salvación. Este es el sentido de la respuesta: “He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra” (Lc 1,38).

 

En efecto, no se trata de una acogida puramente pasiva, pues da su consentimiento sólo después de haber manifestado la dificultad que nace de su propósito de virginidad, inspirado por su voluntad de pertenecer más totalmente al Señor.

 

Después de haber recibido la respuesta del ángel, María expresa inmediatamente su disponibilidad, conservando una actitud de humilde servicio.

 

Se trata del humilde y valioso servicio que tantas mujeres, siguiendo el ejemplo de María, han prestado y siguen prestando en la Iglesia para el desarrollo del reino de Cristo.

 

3. La figura de María recuerda a las mujeres de hoy el valor de la maternidad. En el mundo contemporáneo no siempre se da a este valor una justa y equilibrada importancia. En algunos casos, la necesidad del trabajo femenino para proveer a las exigencias cada vez mayores de la familia, y un concepto equivocado de libertad, que ve en el cuidado de los hijos un obstáculo a la autonomía y a las posibilidades de afirmación de la mujer, han ofuscado el significado de la maternidad para el desarrollo de la personalidad femenina. En otros, por el contrario, el aspecto de la generación biológica resulta tan importante, que impide apreciar las otras posibilidades significativas que tiene la mujer de manifestar su vocación innata a la maternidad.

 

En María podemos comprender el verdadero significado de la maternidad, que alcanza su dimensión más alta en el plan divino de salvación. Gracias a ella, el hecho de ser madre no sólo permite a la personalidad femenina, orientada fundamentalmente hacia el don de la vida, su pleno desarrollo, sino que también constituye una respuesta de fe a la vocación propia de la mujer, que adquiere su valor más verdadero sólo a la luz de la alianza con Dios (ver MD 19).

 

4. Contemplando atentamente a María, también descubrimos en ella el modelo de la virginidad vivida por el Reino. Virgen por excelencia, en su corazón maduró el deseo de vivir en ese estado para alcanzar una intimidad cada vez más profunda con Dios.

 

Mostrando a las mujeres llamadas a la castidad virginal el alto significado de esta vocación tan especial, María atrae su atención hacia la fecundidad espiritual que reviste en el plan divino: una maternidad de orden superior, una maternidad según el Espíritu (ver MD 21).

 

El corazón materno de María, abierto a todas las miserias humanas, recuerda también a las mujeres que el desarrollo de la personalidad femenina requiere el compromiso en favor de la caridad. La mujer, más sensible ante los valores del corazón, muestra una alta capacidad de entrega personal.

 

A cuantos en nuestra época proponen modelos egoístas para la afirmación de la personalidad femenina, la figura luminosa y santa de la Madre del Señor les muestra que sólo a través de la entrega y del olvido de sí por los demás se puede lograr la realización auténtica del proyecto divino sobre la propia vida.

 

Por tanto, la presencia de María estimula en las mujeres los sentimientos de misericordia y solidaridad con respecto a las situaciones humanas doloras, y suscita el deseo de aliviar las penas de quienes sufren: los pobres, los enfermos y cuantos necesitan ayuda.

 

En virtud de su vínculo particular con María, la mujer, a lo largo de la historia, ha representado a menudo la cercanía de Dios a las expectativas de bondad y ternura de la humanidad herida por el odio y el pecado, sembrando en el mundo las semillas de una civilización que sabe responder a la violencia con el amor».

 

8.3. Una poesía.

 

Esta poesía surgió al contemplar algunos iconos de la Anunciación, en Oriente, que pintan al ángel hablando a María junto al pozo de Nazaret. Con esto, los cristianos orientales ligaban al Hijo de María, concebido cuando Ella iba por agua, con el Agua viva que El mismo sería, como lo prometió a los que creyeran en él (ver Jn 4,10).

 

La fuente[32]

 

Con su cántaro en el hombro

va a la fuente una doncella,

un cántaro que rebosa

cargado de cielo y tierra,

de sol, luna y animales,

y hasta de pecado de Eva:

¡Oh que ciegos son los hombres

que no mirando en su cuenca

ni Judits ni Ruts ni Esteres

ni Patriarcas ni Profetas,

piensan que carga vacía

el ánfora la pequeña!

Como la ven presurosa...

¡Si la esperanza es ligera!

 

Al llenarlo de la fuente

bebe el cántaro una Estrella

y se ilumina su seno

sumergido en la promesa.

El Espíritu Divino

que en la mañana primera

volaba sobre las aguas

y se ha quedado por ella,

es el que ha llenado el ánfora

con su agua. La Virgen lleva

una voz de Angel al hombro

cuando a su casa regresa.

 

No tendrás que ir a la fuente

para mañana, Doncella,

que la Fuente en ti nacida

brotará en tu sementera,

y otros vendrán a pedirte,

sedientos, a tu parcela,

esa agua que a borbotones

salta hasta la vida eterna.

Pero mejor guarda el cántaro,

cuando vacío parezca,

que lo llenarán muy pronto

tus gozos y tus tristezas.

 

8.4. Celebración litúrgica

 

Misa: «Santa María, la mujer nueva» (Complemento del Misal Romano, misa votiva de María n. 20).

Lectura de las Horas: San Juan Crisóstomo, «Adán y Cristo, Eva y María». (Memoria de Santa María en Sábado, fórmula 3).

 

 

9. María Madre de Dios en la Liturgia de la Iglesia

 

            La fe de la Iglesia se expresa sobre todo en la liturgia, la cual no es otra cosa precisamente que la celebración de nuestra fe. Por eso, si queremos saber qué es lo que la Iglesia cree, debemos escucharla orando. Este es un principio de la manera como la fe se expresa desde el principio del cristianismo. Podremos resumirlo en la sentencia siguiente: «Oramos como creemos, y creemos según la fe en la que fuimos bautizados». Nunca nuestra oración puede ir por un lado y la fe por otro; jamás debemos orar si no es inspirados por la verdad que el Señor nos ha revelado. Por eso ya desde el siglo IV la Iglesia acogió una regla de la oración litúrgica por la que se establece la fe, que dice así:

 

«Consideremos los misterios de las oraciones sacerdotales que, enseñados por los Apóstoles, se celebran de modo uniforme en todo el mundo y en toda la Iglesia católica, de suerte que la ley de la oración establezca la ley de la fe».[33]

 

El Concilio Vaticano II nos enseña que todas las oraciones con las cuales nos dirigimos al Señor o directamente o por intercesión de María o de los santos deben nacer de la liturgia y volver a ella, preparándonos para celebrarla. Por eso será una buena ayuda para educarnos en la fe, conocer las oraciones que la Iglesia dirige a María en la fiesta en que celebra este misterio.

 

9.1. La Solemnidad de Santa María, Madre de Dios. Es la fiesta más antigua en la que se conmemora la misión para la que el Señor llamó a Nuestra Señora, en favor de la obra salvadora de su Hijo. El año litúrgico propiamente no es memoria de personas, sino de los hechos históricos en los que Dios intervino para salvarnos.[34] Por eso el 1º de enero nos alegramos por el servicio que el Padre, en su infinita sabiduría, se ha dignado encargarle. La memoria de la elección de María para el plan salvador de Dios, celebrada en la Liturgia, es anterior a las fiestas marianas. La primera señal que tenemos se halla en el Evangelio de San Lucas: el «Magníficat» (Lc 1, 47-55). En efecto, éste es un himno litúrgico con el que la Iglesia de Palestina se veía reflejada a sí misma en Ella, que era la primera cristiana redimida por su Hijo. Por eso en el siglo II San Ireneo de Lyon, refiriéndose a este cántico, escribe: «Exultando María exclamó, profetizando por la Iglesia: “Engrandece mi alma al Señor, y mi espíritu se alegra en Dios mi Salvador”».[35]

 

De todos los aspectos de la vocación de María, su maternidad ocupa el centro, y está puesta al servicio de la Encarnación y el Nacimiento de su Hijo, el salvador del mundo. Por eso las Iglesias de Oriente, en la antigüedad, solían celebrar este misterio de María como un aspecto del 25 de diciembre, integrado en la venida de su Hijo en la carne, como lo sugieren los himnos navideños de San Efrén (del que arriba hemos leído uno). Poco a poco, en las antiguas Iglesias Siria y Bizantina se dedicó un día especial, el 26 de diciembre, a celebrar la Maternidad Divina de María, bajo el título «Sinapsis de la Sma. Madre de Dios». Se consagraba esta liturgia a profundizar en lo que significaba la fiesta del Nacimiento de su Hijo.

 

En cambio, en Roma, desde el siglo VII, el 1º de enero se festejaba la «Estación Solemne en Santa María de los Mártires», para hacer memoria del papel que Ella jugó en la Encarnación del Verbo. Se celebraba en la octava del Nacimiento, para indicar un aspecto muy importante que iluminaba el misterio principal, con el faro del servicio de su Madre. (Este es el significado de las octavas en la liturgia; por ejemplo, conmemoramos el Reinado de María en la octava de la Asunción, pues no es sino un punto de vista particular desde el cual se contempla la solemnidad principal: para qué fue asumida María a la gloria de su Hijo). Pero, por los avatares del tiempo y la falta de profundidad en la teología de la Liturgia, propia de una época, Pío XI en 1931 trasladó esta fiesta al 11 de octubre, para conmemorar la definición dogmática en el Concilio de Efeso.

 

El Vaticano II ordenó la reforma del año litúrgico, y con ello volvió a darse al calendario de la Iglesia el sentido memorial de la obra salvadora. Con este motivo, en 1969 de nuevo pasó a celebrarse la Maternidad de María el 1º de enero, en el lugar que le correspondía desde el siglo VII, y fue elevada a la categoría de solemnidad. Pablo VI, en la exhortación apostólica El Culto Mariano 5, dice que este día solemne está destinado a celebrar la parte que María tuvo en este misterio de salvación, y a exaltar la singular dignidad que por ello deriva para la Santa Madre, por medio de la cual hemos recibido al Autor de la vida.

 

Para aprovechar más en el espíritu el significado de este día, debemos advertir que el significado completo de la fiesta antigua, que el Concilio ha mandado se volviese a recoger, hacía memoria no sólo del aspecto maternal, sino de la Maternidad Virginal. En efecto, no hay ninguna fecha especial que conmemore la virginidad de María, porque ésta no es un misterio separado: es, más sencillamente, el modo como Ella concibió a su Hijo, por disposición del Padre, el cual decidió que esa joven mujer virgen, casada con José, llevase en su seno a su Hijo eterno, por obra del Espíritu Santo. Así lo enseña el Catecismo de la Iglesia Católica (n. 496):

 

«Desde las primeras formulaciones de la fe la Iglesia ha confesado que Jesús fue concebido en el seno de la Virgen María únicamente por el poder del Espíritu Santo, afirmando también el aspecto corporal de este suceso: Jesús fue concebido “absque semine ex Spiritu Sancto” (Cc. Letrán, año 649; DS 503), esto es, sin elemento humano, por obra del Espíritu Santo. Los Padres ven en la concepción virginal el signo de que es verdaderamente el Hijo de Dios el que ha venido en una humanidad como la nuestra».

 

La virginidad de María no es, pues, algo añadido, sino el sello propio de su maternidad, que señala por qué ella (según el designio del Padre), concibió a Jesús sin que interviniera semen masculino: así como el Padre era muy libre de haber elegido otro signo, así decidió escoger éste para indicar que el Hijo del Hombre nacido realmente de una mujer, era también el Hijo de Dios engendrado desde siempre en el seno del Padre. Reluce así con toda claridad, cómo de tal modo la grandeza de María consiste en ser la fiel servidora de su Hijo, que incluso la solemnidad más importante que la conmemora, no hace sino recordar su humilde servicio.

 

9.2. Oraciones litúrgicas para esta solemnidad. Concluimos nuestro recorrido por este misterio, recordando algunas de las plegarias a María con las cuales, a través de los siglos, los fieles de la Iglesia de Oriente y Occidente, han invocado en su fiesta a María, bajo su título privilegiado: «Madre de Dios».

 

    Iglesia Sirio-Occidental (fiesta del 26 de diciembre)

 

Oración inicial. «Ayúdanos, Señor Dios, a poder estar delante de ti y a cantar himnos, melodías místicas y alabanzas divinas, para glorificarte en este día de fiesta en honor de tu Madre, en la cual has derramado con abundancia tu santidad, y la has hecho digna de toda bienaventuranza. Te pedimos, por estas plegarias que tú siempre escuchas, que nos concedas una conducta sin reproche, adornada de buenas obras. Así te daremos gloria junto con tu Padre y con tu Santo Espíritu, ahora y siempre y por los siglos de los siglos. Amén.»

 

Oración del incienso. «Oh María, Virgen pura, gloriosa y esplendente Madre de Dios, a quien felicitan todas las razas de la tierra; tú que estás llena de la santidad del Espíritu Santo y mereces la alabanza de todas las criaturas, suplica en nuestro favor al Hijo Unigénito, el Verbo que de Ti se ha manifestado, que dé a su santa Iglesia tranquilidad y paz, tiempos fecundos y abundantes bendiciones. Haz que nuestras fiestas sean ocasión de gozo y alegría, y que podamos celebrar tu memoria, como es digno, en todo tiempo. Y elevaremos la gloria y nuestra gratitud a Cristo nuestro Dios, tu Hijo y Señor, el cual da esplendor a tu fiesta. Así bendeciremos al Padre y a su Santo Espíritu por los siglos de los siglos».

 

Oración final. «Oh Cristo nuestro Dios, haz que celebremos en pureza y santidad esta fiesta de la Virgen María, de la cual has nacido; y que la Iglesia se vea iluminada con la multitud de sus hijos que van caminando hacia la perfección, por las súplicas de tu Madre, oh Cristo nuestro Dios. Y exclamaremos tres veces: ¡Kyrie eleison! ¡Kyrie eleison! ¡Kyrie eleison!

 

        Iglesia Maronita (fiesta del 26 de diciembre)

 

Oración inicial. «Señor Dios, luz verdadera, tú has revelado tu esplendor en la creación por medio del cuerpo que has asumido de tu santa Madre, María. Por las plegarias de esta Madre, concede paz a la Iglesia, a fin de que pueda celebrar dignamente este día de fiesta, y obtener el perdón de los pecados para tus hijos. Gloria te sea dada por los siglos. Amén».

 

Oración del incienso. «Santa Madre de Dios, en ese día en que te conmemoramos, ofrecemos a tu Hijo nuestras plegarias; pídele que conserve su Iglesia y a sus hijos; pueda su clero cumplir el propio servicio con celo, y que, quienes reposan en su seno, conozcan la misericordia y la compasión; y nosotros le elevaremos las gracias y la gloria, ahora y por los siglos. Amén».

 

Oración final. «Nos unimos a todos los fieles para alabar y felicitar a nuestra hermana María: Ella será para siempre reconocida como Madre de Dios. Los profetas hablaron de Ella en figura, y los patriarcas predijeron su venida, pero ninguno sabía que se le llamaría Madre de Dios. Oh Dios, que te has complacido en las oblaciones de los antiguos justos, acepta hoy nuestro ofrecimiento, y acoge con solicitud nuestras oraciones».

 

                        Misal Romano (Solemnidad del 1º de enero)

 

Oración colecta. «Dios y Señor nuestro, que por la maternidad virginal de María entregaste a los hombres los bienes de la salvación, concédenos experimentar la intercesión de Aquella de quien hemos recibido a tu Hijo Jesucristo, el autor de la vida. El vive y reina contigo...»

 

Oración sobre las ofrendas. «Señor y Dios nuestro, que en tu providencia das principio y cumplimiento a todo bien, concede, te rogamos, a cuantos celebramos hoy la fiesta de la Madre de Dios, santa María, que así como nos llena de gozo celebrar el comienzo de nuestra salvación, nos alegremos un día de alcanzar su plenitud. Por Jesucristo nuestro Señor».

 

Oración final. «Hemos recibido con alegría los sacramentos del cielo; te pedimos ahora, Señor, que ellos nos ayuden para la vida eterna, a cuantos proclamamos a María Madre de tu Hijo y Madre de la Iglesia. Por Jesucristo nuestro Señor».

 

9.3. Celebración litúrgica

 

Misa: Solemnidad de Santa María, Madre de Dios (1 de enero).

Lectura de la Liturgia de las Horas: San Atanasio de Alejandría, «La Palabra tomó de María nuestra condición». (Tomo I: 1 de enero).


 

[1] JUAN PABLO II, Enc. La Madre del Redentor, n. 23.

     [2] CONCILIO VATICANO II, Constitución dogmática Lumen Gentium  (LG) sobre la Iglesia, 53.

     [3] NESTORIO, Sermón IX. Primero contra la Theotókos (esto es, «Madre de Dios»).

     [4] Ver VATICANO II, Lumen Gentium 55, y JUAN PABLO II, Encíclica sobre La Madre del Redentor (RM), 7b.

     [5] SAN IRENEO DE LYON, Contra los herejes V, 21,1.

     [6] Escrita en idioma náhuatl por Antonio Valeriano, traducida por Primo Feliciano Velázquez.

[7] Conviene que a nuestra formación religiosa unamos la oración litúrgica, en la cual celebramos nuestra fe.

     [8] SAN ATANASIO, Carta a Epicteto 5.

     [9] CONCILIO VATICANO II, Constitución dogmática Dei Verbum (DV) sobre la revelación divina, 5.

[10] Aunque a decir verdad, también hubo sectas, llamadas «gnósticas» que negaron que Jesús se hubiera hecho un hombre verdadero. Decían que sólo había «aparecido» o «se había manifestado» como si fuera un hombre. Por eso llegaron a negar que María fuera su Madre.

     [11] Autor: Juan Bautista Beltrán, S.J., año 1946.

     [12] "El Señor Dios le dará el trono de David su padre" (Lc 1,32). De SAN CIRILO DE ALEJANDRIA, Libro contra quienes se niegan a confesar que la Santa Virgen es Madre de Dios, 19.

     [13] «Conocer a la mujer» era una manera de llamar la relación sexual entre marido y mujer, en la tradición hebrea: ver Gén 4,1; Mt 1,25; Lc 1,34.

     [14] Traducción del Prof. Julio Picasso M., de la Facultad de Teología Pontificia y Civil de Lima. Transcrito por gentil autorización, de Boletín del Arzobispado de Lima, Abril 1994, pp. 31-36.

[15] Las páginas que siguen son un poco difíciles para muchos de nuestros hermanos, pero es necesario estudiarlas para que podamos comprender lo que realmente enseña la Iglesia acerca de la Virgen María.

     [16] SAN PEDRO DE ALEJANDRIA, Crónica Pascual 7.

     [17] SAN ALEJANDRO DE ALEJANDRIA, Carta a Alejandro de Bizancio 12.

     [18] NESTORIO, Carta a San Cirilo de Alejandría.

     [19] Citado de R. GARCIA VILLOSLADA, Martín Lutero II (BAC Maior 4), Madrid, BAC 1973, pp. 17-18.

     [20] Citados de A. FRANQUESA, "La fe y la piedad marianas en el protestantismo", en AA.VV., La Virgen María en el culto de la Iglesia, Salamanca, Sígueme 1968, pp. 181 y 183.

     [21] M. THURIAN, María Madre del Señor, figura de la Iglesia, Zaragoza, Dichos y Hechos 1966, pp. 109-110 y 112-113.

     [22] Ver la encíclica La Madre del Redentor 18, 20, 23-24.

     [23] ORIGENES, Comentario al Evangelio de Juan I, iv,23.

     [24] H. DE LUBAC, Meditación sobre la Iglesia, Bilbao, DDB 1966, pp. 289-290.

     [25] SAN AGUSTIN, Sermón 215, 4.

     [26] M THURIAN, Obra citada, pp. 90-91.

     [27] Son evangelios que se escribieron más tarde, que no están inspirados por Dios. No son parte de la revelación de la Escritura. El más antiguo, de mitad del siglo II, es el llamado Evangelio de la Natividad de María, del que se derivaron otros, de los cuales el más conocido es el titulado Evangelio de Santiago.

     [28] Ver JUAN PABLO II, Exhortación Apostólica El Custodio del Redentor (1989), sobre la figura y misión de San José, n. 3-7.

     [29] Véanse, por ejemplo, Gén 15,1; Jos 1,9, sobre todo Lc 1,30. Con frecuencia indica la presencia de Yahvé que viene a salvar a un pueblo débil y pequeño, como en Is 41,10.13; 43,1. En algunos casos equivale a obedecer al Señor, como en Gén 22,12.

     [30] JUAN PABLO II, Catequesis durante la audiencia general del 29 de noviembre, en L'Osservatore Romano 48 (1 dic. 1995), p. 3.

     [31] JUAN PABLO II, Catequesis durante la audiencia general del 6 de dic., en L'Osservatore Romano 49 (8 dic. 1995), p. 3.

     [32] Flor Natural en los Juegos Florales Nacionales de Sahuayo Michoacán (México, Dic. 1986). Autor: Carlos Ignacio González, S.J.

[33] Tomado del documento llamado «Indículo», de entre los años 435-442, atribuido al Papa Celestino I (DS 246).

     [34] Ver CONCILIO VATICANO II, Constitución Sacrosanctum Concilium (Sobre la Sagrada Liturgia) 102.

     [35] SAN IRENEO DE LYON, Contra las herejías III, 10,2.

 

.:: Descargue archivo Word con este libro ::.

[Diapositiva2.JPG]________________________________________

El padre Carlos Ignacio González Jiménez, SJ, (1937-2006) fue doctor en filosofía y teología, académico y profesor de la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma, la Facultad de Estudios Teológicos de Lima, Perú,  y del Seminario Mayor de la Arquidiócesis de Guadalajara, México, autor y traductor de más de una treintena de libros y miembro muy estimado de la Provincia Mexicana de la Compañía de Jesús.

________________________________________

 

.:: Volver al índice de Libros publicados ::.

.:: Ir a la sección de descargas de documentos o libros ::.

.:: Volver al Índice de Documentos publicados completos ::.

:: Volver a la página anterior ::

 

105115 lecturas. 

 [ Index Home  ]  [ Las Coronas de María  ]  [ La Devoción a María  ]  [ María en la Biblia  ]  [ María en la Iglesia  ]

[ María y los Santos  ]  [ María entre nosotros  ]  [ Canal Youtube  ]  [ Sobre esta web  ]  [ Mapa del sitio  ]  [ Contacto ]