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" “Aunque me quiten de las manos la imagen de mi bondadosa madre, jamás me la arrancarán del corazón”." ( San Luis Maria Grignon de Montfort )

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San Alfonso María de Ligorio

 

Las Glorias de María

PRIMERA PARTE

 SOBRE LA “SALVE REGINA” 

·         EXPLICACIÓN Y COMENTARIO DE LA ORACIÓN “SALVE REGINA”

·         MARÍA CONSIGUE PARA SUS DEVOTOS ABUNDANCIA DE DONES Y FAVORES.
 

Capítulo I 

MARÍA, NUESTRA MADRE Y REINA 

Dios te salve, Reina y Madre de misericordia

 

I

 

Nuestra confianza en María ha de ser grande, por ser ella la Madre de la misericordia

 

1. María es Reina con su Hijo Jesús

 

Habiendo sido exaltada la Virgen María como Madre del Rey de reyes, con toda razón la santa Iglesia la honra y quiere que sea honrada por todos por el título glorioso de reina. Si el Hijo es Rey, dice san Atanasio, con toda razón la Madre debe tenerse por Reina y llamarse Reina y Señora. Desde que María, añade san Bernardino se Siena, dio su consentimiento aceptando ser Madre del Verbo eterno, desde ese instante mereció ser la reina del mundo y de todas las criaturas. Si la carne de María, reflexiona san Arnoldo abad, no fue distinta de la de Jesús, ¿cómo puede estar la madre separada del reinado de su hijo? Por lo que debe pensarse que la gloria del reinado no sólo es común entre la Madre y el Hijo, sino que es la misma.

Y si Jesús es rey del universo, reina también lo es María. De modo que, dice san Bernardino de Siena, cuantas son las criaturas que sirven a Dios, tantas son las que deben servir a María, ya que los ángeles, los hombres y todas las cosas del cielo y de la tierra, estando sujetas al dominio de Dios, están también sometidas al dominio de la Virgen. Por eso el abad Guérrico, contemplando a la Madre de Dios, le habla así: “Prosigue, María, prosigue segura con los bienes de tu Hijo, gobierna con toda confianza como reina, madre del rey y su esposa”. Sigue pues, oh María, disponiendo a tu voluntad de los bienes de tu Hijo, pues al ser madre y esposa del rey del mundo, se te debe como reina el imperio sobre todas las criaturas.

 

2. María es Reina de misericordia

 

Así que María es Reina; pero no olvidemos, para nuestro común consuelo, que es una reina toda dulzura y clemencia e inclinada a hacernos bien a los necesitados. Por eso la santa Iglesia quiere que la saludemos  y la llamemos en esta oración Reina de misericordia. El mismo nombre de reina, conforme a san Alberto Magno, significa piedad y providencia hacia los pobres; a diferencia del nombre de emperatriz, que expresa más bien severidad y rigor. La excelencia del rey y de la reina consiste en aliviar a los miserables, dice Séneca. Así como los tiranos, al mandar, tienen como objetivo su propio provecho, los reyes, en cambio, deben tener por finalidad el bien de sus vasallos. De ahí que en la consagración de los reyes se ungen sus cabezas con aceite, símbolo de misericordia, para demostrar que ellos, al reinar, deben tener ante todo pensamientos de piedad y beneficencia hacia sus vasallos.

El rey debe ante todo dedicarse a las obras de misericordia, pero no de modo que dejan de usar la justicia contra los criminales cuando es debido. No obra así María, que aunque reina no lo es de justicia, preocupada del castigo de los malhechores, sino reina de la misericordia, atenta únicamente a la piedad y al perdón de los pecadores. Por eso la Iglesia quiere que la llamemos expresamente reina de la misericordia.

Reflexionando el gran canciller de París Juan Gerson las palabras de David: “Dos cosas he oído: que Dios tiene el poder y que tuya es, Señor, la misericordia” (Sal 61, 12), dice que fundándose el reino de Dios en la justicia y en la misericordia, el Señor lo ha dividido: el reino de la justicia se lo ha reservado para él, y el reino de la misericordia se lo ha cedido a María, mandando que todas las misericordias que se otorgan a los hombres pasen por las manos de María y se distribuyan según su voluntad. Santo Tomás lo confirma en el prólogo a las Epístolas canónicas diciendo que la santísima Virgen, desde que concibió en su seno al Verbo de Dios y le dio a luz, obtuvo la mitad del reino de Dios al ser constituida reina de la misericordia, quedando para Jesucristo el reino de la justicia.

El eterno Padre constituyó a Jesucristo rey de justicia y por eso lo hizo juez universal del mundo. Así lo cantó el profeta: “Señor, da tu juicio al rey y tu justicia al hijo de reyes” (Sal 71, 2). Esto también lo comenta un docto intérprete, y dice: Señor, tú has dado a tu Hijo la justicia porque la misericordia la diste a la madre del rey. San Buenaventura, parafraseando también ese pasaje, dice: “Da, Señor, tu juicio al rey y tu misericordia a la madre de él”. Así, de modo semejante al arzobispo de Praga, Ernesto, dice que el eterno Padre ha dado al Hijo el oficio de juzgar y castigar, y a la Madre el oficio de compadecer y aliviar a los miserables. Así predijo el mismo profeta David que Dios mismo, por así decirlo, consagró a María como reina de la misericordia ungiéndola con óleo de alegría: “Dios te ungió con óleo de alegría” (Sal 44, 8). A fin de que todos los  miserables hijos de Adán se alegraran pensando tener en el cielo a esta gran reina llena de unción de misericordia y de piedad para con todos nosotros, como dice san Buenaventura: “María está llena de unción de misericordia y de óleo de piedad, por eso Dios la ungió con óleo de alegría”.

 

3. María, figurada en la reina Esther

 

San Alberto Magno, muy a propósito, presenta a la reina Esther como figura de la reina María. Se lee en el libro de Esther, capítulo 4, que reinando Asuero salió un decreto que ordenaba matar a todos los judíos. Entonces, Mardoqueo, que era uno de los condenados, confió su salvación a Esther, pidiéndole que intercediera con el rey para obtener la revocación de su sentencia. Al principio, Esther rehusó cumplir ese encargo temiendo el gravísimo enojo de Asuero. Pero Mardoqueo le reconvino y le mandó decir que no pensara en salvarse ella sola, pues el Señor la había colocado en el trono para lograr la salvación de todos los judíos: “No te imagines que por estar en la casa del rey te vas a librar tú sola entre todos los judíos, porque si te empeñas en callar en esta ocasión, por otra parte vendrá el socorro de la liberación de los judíos” (Est 4, 13). Así dijo Mardoqueo a la reina Esther, y así podemos decir ahora nosotros, pobres pecadores, a nuestra reina María, si por un imposible rehusara impetrarnos de Dios la liberación del castigo que justamente merecemos: no pienses, Señora, que Dios te ha exaltado como reina del mundo sólo para pensar en tu bien, sino para que desde la cumbre de tu grandeza puedas compadecerte más de nosotros miserables y socorrernos mejor.

Asuero, cuando vio a Esther en su presencia, le preguntó con cariño: “¿Qué deseas pedir, reina Esther?, pues te será concedido. Aunque fuera la mitad de mi reino, se cumplirá” (Est 7, 2). A lo que la reina respondió: “Si he hallado gracia a tus ojos, ¡oh rey!, y si al rey le place, concédeme la vida –este es mi deseo- y la de mi pueblo –ésta es mi petición” (Est 7, 3). Y Asuero la atendió al instante ordenando que se revocase la sentencia.

Ahora bien, si Asuero otorgó a Esther, porque la amaba, la salvación de los judíos, ¿cómo Dios podrá dejar de escuchar a María, amándola inmensamente, cuando ella le ruega por los pobres pecadores? Ella le dice: “Si he encontrado gracia ante tus ojos, rey mío...” Pero bien sabe la Madre de Dios que ella es la bendita, la bienaventurada, la única que entre todos los hombres ha encontrado la gracia que ellos habían perdido. Bien sabe que ella es la amada de su Señor, querida más que todos los santos y ángeles juntos. Ella es la que le dice: “Dame mi pueblo por el que te ruego”. Si tanto me amas, le dice, otórgame, Señor, la conversión de estos pecadores por los que te suplico. ¿Será posible que Dios no la oiga? ¿Quién desconoce la fuerza que le hacen a Dios las plegarias de María? “La ley de la clemencia gobierna su lengua” (Pr 31, 26). Es ley establecida por el Señor que se use de misericordia con aquellos por los que ruega María.

 

4. María se vuelca con los más necesitados

 

Pregunta san Bernardo: ¿Por qué la Iglesia llama a María reina de misericordia? Y responde: “Porque ella abre los caminos insondables de la misericordia de Dios a quien quiere, cuando quiere y como quiere, porque no hay pecador, por enormes que sean sus pecados, que se pierda si María lo protege”.

Pero ¿podremos temer que María se desdeñe de interceder por algún pecador al verlo demasiado cargado de pecados? ¿O nos asustará, tal vez, la majestad y santidad de esta gran reina? No, dice san Gregorio; cuanto más elevada y santa es ella, tanto más es dulce y piadosa con los pecadores que quieren enmendarse y a ella acuden”. Los reyes y reinas, con la majestad que ostentan, infunden terror y hacen que sus vasallos teman aparecer en su presencia. Pero dice san Bernardo: ¿Qué temor pueden tener los miserables de acercarse a esta reina de misericordia si ella no tiene nada que aterrorice ni nada de severo para quien va en su busca, sino que se manifiesta toda dulzura y cortesía? ¿Por qué ha de temer la humana fragilidad acercarse a María? En ella no hay nada de austero ni terrible. Es todo suavidad ofreciendo a todos leche y lana”. María no sólo otorga dones, sino que ella misma nos ofrece a todos la leche de la misericordia para animarnos a tener suma confianza y la lana de su protección para embriagarnos contra los rayos de la divina justicia.

Narra Suetonio que el emperador Tito no acertaba a negar ninguna gracia a quien se la pedía; y aunque a veces prometía más de lo que podía otorgar, respondía a quien se lo daba a entender que el príncipe no podía despedir descontento a ninguno de los que admitía a su presencia. Así decía Tito; pero o mentía o faltaba a la promesa. Mas nuestra reina no puede mentir y puede obtener cuanto quiera para sus devotos. Tiene un corazón tan piadoso y benigno, que no puede sufrir el dejar descontento a quien le ruega. “Es tan benigna –dice Luis Blosio- que no deja que nadie se marche triste”. Pero ¿cómo puedes, oh María –le pregunta san Bernardo-, negarte a socorrer a los miserables cuando eres la reina de la misericordia? ¿Y quiénes son los súbditos de la misericordia sino los miserables? Tú eres la reina de la misericordia, y yo, el más miserable pecador, soy el primero de tus vasallos. Por tanto reina sobre nosotros, oh reina de la misericordia”. Tú eres la reina de la misericordia y yo el pecador más miserable de todos; por tanto, si yo soy el principal de tus súbditos, tú debes tener más cuidado de mí que de todos los demás. Ten piedad de nosotros, reina de la misericordia, y procura nuestra salvación.

Y no nos digas, Virgen santa, parece decirle Jorge de Nicomedia, que no puedes ayudarnos por culpa de la multitud de nuestros pecados, porque tienes tal poder y piedad que excede a todas las culpas imaginables. Nada resiste a tu poder, pues tu gloria el Creador la estima como propia, pues eres su madre. Y el Hijo, gozando con tu gloria, como pagándose una deuda, da cumplimiento a todas tus peticiones. Quiere decir que si bien María tiene una deuda infinita  con su Hijo por haberla elegido como su madre, sin embargo, no puede negarse que también el Hijo está sumamente agradecido a esta Madre por haberle dado el ser humano; por lo cual Jesús, como por recompensar cuanto debe a María, gozando con su gloria, la honra especialmente escuchando siempre todas su plegarias.

 

5. A María hemos de recurrir

 

Cuánta debe ser nuestra confianza en esta Reina sabiendo lo poderosa que es ante Dios, y tan rica y llena de misericordia que no hay nadie en la tierra que no participe y disfrute de la bondad y de los favores de María. Así lo reveló la Virgen María a santa Brígida: “Yo soy –le dijo la reina del cielo y madre de la misericordia- la alegría de los justos y la puerta para introducir los pecadores a Dios. No hay en la tierra pecador tan desventurado que se vea privado de la misericordia mía. Porque si otra gracia por mí no obtuviera, recibe al menos la de ser menos tentado de los demonios de lo que sería de otra manera. No hay ninguno tan alejado de Dios, a no ser que del todo estuviese maldito –se entiende con la final reprobación de los condenados-; ninguno que, si me invocare, no vuelva a Dios y alcance la misericordia”. Todos me llaman la madre de la misericordia, y en verdad la misericordia de Dios hacia los hombres me ha hecho tan misericordiosa para con ellos. Por eso será desdichado y para siempre en la otra vida el que en ésta, pudiendo recurrir a mí, que soy tan piadosa con todos y tanto deseo ayudar a los pecadores, infeliz no acude a mí y se condena.

Acudamos, pues, pero acudamos siempre a las plantas de esta dulcísima reina si queremos salvarnos con toda seguridad. Y si nos espanta y desanima la vista de nuestros pecados, entendamos que María ha sido constituida reina  de la misericordia para salvar con su protección a los mayores y más perdidos pecadores que a ella se encomiendan. Éstos han de ser su corona en el cielo como lo declara su divino esposo: “Ven del Líbano, esposa mía; ven del Líbano, ven y serás coronada... desde las guaridas de leones, desde los montes de leopardos” (Ct 4, 8). ¿Y cuáles son esas cuevas y montes donde moran esas fieras y monstruos sino los miserables pecadores cuyas almas se convierten en cubil de los pecados, los monstruos más deformes que puede haber? Pues bien, comenta el abad Ruperto, precisamente de estos miserables pecadores salvados por su mediación, oh gran reina, te verás coronada en el paraíso, ya que su salvación será tu corona, corona muy apropiada para una reina de misericordia y muy digna de ella. A este propósito, léase el siguiente ejemplo.

 

EJEMPLO

 

Conversión de María, la pecadora, en la hora de la muerte

 

Se cuenta en la vida de sor Catalina de San Agustín que en el mismo lugar donde vivía esta sierva de Dios habitaba una mujer llamada María que en su juventud había sido una pecadora y aún de anciana continuaba obstinada en sus perversidades, de modo que, arrojada del pueblo, se vio obligada a vivir confinada en una cueva, donde murió abandonada de todos y sin los últimos sacramentos, por lo que la sepultaron en descampado.

Sor Catalina, que solía encomendar a Dios con gran devoción las almas de los que sabía que habían muerto, después de conocer la desdichada muerte de aquella pobre anciana, ni pensó en rezar por ella, teniéndola por condenada como la tenían todos.

Pasaron cuatro años, y un día se le apareció un alma en pena que le dijo:

– Sor Catalina, ¡qué desdicha la mía! Tú encomiendas a Dios las almas de los que mueren y sólo de mi alma no te has compadecido.

– ¿Quién eres tú? –le dijo la sierva de Dios.

– Yo soy –le respondió –la pobre María que murió en la cueva.

– Pero ¿te has salvado? –replicó sor Catalina.

– Sí, me he salvado por la misericordia de la Virgen María.

– Pero ¿cómo?

– Cuando me vi a las puertas de la muerte, viéndome tan llena de pecados y abandonada de todos, me volví hacia la Madre de Dios y le dije: Señora, tú eres el refugio de los abandonados; ahora yo me encuentro desamparada de todos; tú eres mi única esperanza, sólo tú me puedes ayudar, ten piedad de mí. La santa Virgen me obtuvo un acto de contrición, morí y me salvé; y ahora mi reina me ha otorgado que mis penas se abreviaran haciéndome sufrir en intensidad lo que hubiera debido purgar por muchos años; sólo necesito algunas misas para librarme del purgatorio. Te ruego las mandes celebrar que yo te prometo rezar siempre, especialmente a Dios y a María, por ti.

 

ORACIÓN A MARÍA, REINA MISERICORDIOSA

 

Madre de Dios y señora mía, María.
Como se presenta a una gran reina
un pobre andrajoso y llagado,
así me presento a ti, reina de cielo y tierra.
Desde tu trono elevado dígnate
volver los ojos a mí, pobre pecador.
Dios te ha hecho tan rica
para que puedas socorrer a los pobres,
y te ha constituido reina de misericordia
para que puedas aliviar a los miserables.
Mírame y ten compasión de mí.
Mírame y no me dejes;
cámbiame de pecador en santo.

 

Veo que nada merezco y por mi ingratitud
debiera verme privado de todas las gracias
que por tu medio he recibido del Señor.
Pero tú, que eres reina de misericordia,
no andas buscando méritos,
sino miserias y necesidades que socorrer.
¿Y quién más pobre y necesitado que yo?

 

Virgen excelsa, ya sé que tú,
siendo la reina del universo,
eres también la reina mía.
Por eso, de manera muy especial,
me quiero dedicar a tu servicio,
para que dispongas de mí como te agrade.
Te diré con san Buenaventura: Señora,
me pongo bajo tu servicio
para que del todo me moldees y dirijas.
No me abandones a mí mismo;
gobiérname tú, reina mía. Mándame a tu arbitrio
y corrígeme si no te obedeciera,
porque serán para mí muy saludables
los avisos que vengan de tu mano.

 

Estimo en más ser tu siervo
que ser el dueño de toda la tierra.
”Soy todo tuyo, sálvame” (Sal 118, 94).
Acéptame por tuyo y líbrame.
No quiero ser mío; a ti me entrego.
Y si en lo pasado te serví mal,
perdiendo tan bellas ocasiones de honrarte,
en adelante quiero unirme a tus siervos
los más amantes y más fieles.
No quiero que nadie me aventaje
en honrarte y amarte, mi amable reina.
Así lo prometo y, con tu ayuda,
así espero cumplirlo. Amén. Amén.

 

II

 

Nuestra confianza en María es inmensa por ser ella nuestra Madre

 

1. María es realmente Madre nuestra

 

No es por casualidad ni en vano los devotos de María la llaman Madre. Diríase que no saben invocarla con otro nombre y no se cansan de llamarla siempre madre. Madre sí, porque de veras es ella nuestra madre, no carnal, sino espiritual, de nuestra alma y de nuestra salvación.

Cuando el pecado privó a nuestras almas de la gracia les privó también de la vida. Y habiendo quedado miserablemente muertas, vino Jesús nuestro redentor, y con un exceso de misericordia y de amor nos recuperó esta vida perdida con su muerte en la cruz, como él mismo lo declaró: “Vine para que tengan vida, y la tengan en abundancia” (Jn 10, 10). “En abundancia”, porque como dicen los teólogos, Jesucristo con su redención nos trajo bienes capaces de reparar absolutamente los daños que nos causó Adán con su pecado. Y así, reconciliándonos con Dios, se convirtió en padre de nuestras almas en la nueva ley de la gracia, como ya lo había predicho el profeta: “Padre del siglo futuro, príncipe de la paz” (Is 9, 6). Pues si Jesús es el padre de nuestras almas, María es la madre, porque dándonos a Jesús nos dio la verdadera vida, y ofreciendo en el Calvario la vida de su Hijo por nuestra salvación fue como darnos a luz y hacernos nacer a la vida de la gracia.

 

2. María, Madre nuestra por serlo de Jesús

 

En dos momentos distintos, enseñan los santos padres, se demostró que María era nuestra madre espiritual; primero, cuando mereció concebir en su seno virginal al Hijo de Dios, como dice san Alberto Magno. Y más claramente san Bernardino de Siena, quien lo explica así: Cuando la santísima Virgen dio su consentimiento a la anunciación del ángel de que el Verbo eterno esperaba su aprobación para hacerse su Hijo, al dar su asentimiento pidió a Dios, con inmenso amor, nuestra salvación; y de tal manera se empeño en procurárnosla, que ya desde entonces nos llevó en su seno como amorosísima y verdadera madre. Dice san Lucas en el capítulo 2, versículo 7, hablando del nacimiento de nuestro Salvador, que María dio a luz a su primogénito. Así que, dice al autor, si el evangelista afirma que entonces dio a luz a su primogénito, ¿se habrá de suponer que tuvo otros hijos? Pero es de fe que María no tuvo otros hijos según la carne fuera de Jesús; luego debió tener otros hijos espirituales, y éstos somos todos nosotros. Esto mismo reveló el Señor a santa Gertrudis, la cual, leyendo un día dicho pasaje del Evangelio estaba confusa, no pudiendo entender cómo siendo María madre solamente de Jesucristo, se puede decir que éste fue su primogénito. Pero Dios le explicó que Jesús fue su primogénito según la carne, pero los hombres son sus hijos según el espíritu.

Con esto se comprende lo que se dice de María en los Sagrados cantares: “Es tu vientre como montoncito de trigo cercado de azucenas” (Ct 7, 2). Lo explica san Ambrosio, y dice que si bien en el vientre purísimo de María hubo un solo grano de trigo, que fue Jesucristo, sin embargo, se dice montoncito de trigo, porque en aquel sólo grano de trigo estaban contenidos todos los elegidos, de los que María debía ser la madre. Por esto escribió el abad Guillermo: “En este único fruto, Jesús, único salvador de todos, María dio a luz a muchos para la salvación. Dando a luz a la vida, dio a luz a muchos para la vida”.

 

3. María, Madre nuestra por su dolor al pie de la cruz

 

El segundo momento en que María nos engendró a la gracia fue cuando en el Calvario ofreció al eterno Padre, con tanto dolor la vida de su amado Hijo por nuestra salvación. Es entonces, asegura san Agustín, cuando habiendo cooperado con su amor para que los fieles nacieran a la vida de la gracia, se hizo igualmente con esto madre espiritual de todos nosotros, que somos miembros de nuestra cabeza, Jesús. Es lo mismo que significa lo que dice la Virgen de sí misma en el Cantar de los cantares: “Pusiéronme a guarda de viñas; y mi propia viña no guardé” (Ct 1, 5). María, por salvar nuestras almas, consintió que se sacrificara la vida de su Hijo. ¿Y quién era el alma de María sino su Jesús, que era su vida y todo su amor? Por esto le anunció el anciano Simeón  que un día su bendita alma se vería traspasada de una espada muy dolorosa. “Y tu misma alma será traspasada por una espada de dolor” (Lc 2, 35). Esa espada fue la lanza que traspasó el costado de Cristo, que era el alma de María. En aquella ocasión, con sus dolores, nos dio a luz para la vida eterna, por lo que todos podemos llamarnos hijos de los dolores de María. Nuestra madre amorosísima estuvo siempre y del todo unida a la voluntad de Dios, por lo que –dice san Buenaventura- siendo ella el amor del eterno Padre hacia los hombres que aceptó la muerte de su Hijo por nuestra salvación, y el amor del Hijo al querer morir por nosotros para identificarse con este amor excesivo del Padre y del Hijo hacia los hombres, ella también, con todo su corazón, ofreció y consintió que su Hijo muriera para que todos nos salváramos.

Es verdad que Jesús, al morir por la redención del género humano, quiso ser solo. “Yo solo pisé el lagar” (Is 63, 3); pero conociendo el gran deseo de María de dedicarse ella también a la salvación de los hombres, dispuso que también ella, con el sacrificio y con el ofrecimiento de la vida de Jesús, cooperase a nuestra salvación y así llegara a ser madre de nuestras almas. Esto es aquello que quiso manifestar nuestro Salvador cuando, antes de expirar, mirando desde la cruz a la madre y al discípulo Juan que estaba a su lado, dijo a María: “Mujer, he ahí a tu hijo” (Jn 19, 26); como si le dijese: Este es el hombre que por el ofrecimiento que tú has hecho de mi vida por su salvación, ahora nace a la gracia. Y después, mirando al discípulo dijo: “He ahí a tu madre” (Jn 19, 27). Con cuyas palabras, dice san Bernardino de Siena, María quedó convertida no sólo en madre de Juan, sino de todos los hombres, en razón del amor que ella les tuvo. Por eso –advierte Silveira- que el mismo san Juan, al anotar este acontecimiento en el Evangelio, escribe: “Después dijo al discípulo: He aquí a tu madre”. Hay que anotar que Jesucristo no le dijo esto a Juan, sino al discípulo, para demostrar que el Salvador asignó a María por madre de todos los que siendo cristianos llevan el nombre de discípulos suyos.

 

4. María ejerce su maternal protección

 

“Yo soy la madre del amor hermoso” (Ecclo 24, 24), dice María; porque su amor, dice un autor, hace hermosas nuestras almas a los ojos de Dios y consigue como madre amorosa recibirnos por hijos. ¿Y qué madre ama a sus hijos y procura su bien como tú, dulcísima reina nuestra, que nos amas y nos haces progresar en todo? Más –sin comparación, dice san Buenaventura- que la madre que nos dio  a luz, nos amas y procuras nuestro bien.

¡Dichosos los que viven bajo la protección de una madre tan amante y poderosa! El profeta David, aun cuando no había nacido María, ya buscaba la salvación de Dios proclamándose hijo de María, y rezaba así: “Salva al hijo de tu esclava” (Sal 85, 16). ¿De qué esclava –exclama san Agustín- sino de la que dijo: He aquí la esclava del Señor? ¿Y quién tendrá jamás la osadía –dice el cardenal Belarmino- de arrancar estos hijos del seno de María cuando en él se han refugiado para salvarse de sus enemigos? ¿Qué furias del infierno o qué pasión podrán vencerles si confían en absoluto en la protección de esta sublime madre?

Cuentan de la ballena que cuando ve a sus hijos en peligro, o por la tempestad o por los pescadores, abre la boca y los guarda en su seno. Esto mismo, dice Novario, hace la piadosísima madre con sus hijos. Cuando brama la tempestad de las tentaciones, con materno amor como que los recibe y abriga en sus propias entrañas, hasta que los lleva al puerto seguro del cielo. Madre mía amantísima y piadosísima, bendita seas por siempre y sea por siempre bendito el Dios que nos ha dado semejante madre como seguro refugio en todos los peligros de la vida.

La Virgen reveló a santa Brígida que así como una madre si viera a su hijo entre las espadas de los enemigos haría lo imposible por salvarlo, así obro yo con mis hijos, por muy pecadores que sean, siempre que a mí recurran para que los socorra. Así es como venceremos en todas las batallas contra el infierno, y venceremos siempre con toda seguridad recurriendo a la madre de Dios y madre nuestra, diciéndole y suplicándole siempre: “Bajo tu amparo nos acogemos, santa madre de Dios”. ¡Cuántas victorias han conseguido sobre el infierno los fieles sólo con acudir a María con esta potentísima oración! La sierva de Dios sor María del Crucificado, benedictina, así vencía siempre al demonio.

 

5. María invita a la confianza por su eficaz protección

 

Estad siempre contentos los que os sentís hijos de María; sabe que ella acepta por hijos suyos a los que quieren ser.

¡Alegraos! ¿Cómo podéis temer perderos si esta madre os protege y defiende? Así, dice san Buenaventura, debe animarse y decir el que ama a esta buena madre y confía en su protección: ¿Qué temes, alma mía? Nada; que la causa de tu eterna salvación no se perderá estando la sentencia en manos de Jesús, que es tu hermano, y de María, que es tu madre. Con este mismo modo de pensar se anima san Anselmo y exclama: “¡Oh dichosa confianza, oh refugio mío, Madre de Dios y Madre mía! ¡Con cuánta certidumbre debemos esperar cuando nuestra salvación depende de tan buen hermano y de tan buena madre!”

Esta es nuestra madre que nos llama y nos dice: “Si alguno se siente como niño pequeño, que venga a mí (Pr 9, 4). Los niños tienen siempre en los labios el nombre de la madre, y en cuanto algo les asusta, enseguida gritan: ¡Madre, madre! – Oh María dulcísima y madre amorosísima, esto es lo que quieres, que nosotros, como niños, te llamemos siempre a ti en todos los peligros y que recurramos siempre a ti que nos quieres ayudar y salvar, como has salvado a todos tus hijos que han acudido a ti.

 

EJEMPLO

 

Muere santamente un escocés convertido al catolicismo

 

Se narra en la historia de las fundaciones de la Compañía de Jesús en el reino de Nápoles de un noble joven escocés llamado Guillermo Elphinstone. Era pariente del rey Jacobo, y habiendo nacido en la herejía, seguí en ella; pero iluminado por la gracia divina, que le iba haciendo ver sus errores, se trasladó a Francia, donde con la ayuda de un buen padre, también escocés, y, sobre todo, por la intercesión de la Virgen María, descubrió al fin la verdad, abjuró la herejía y se hizo católico. Fue después a Roma. Un día lo vio un amigo muy afligido y lloroso, y preguntándole la causa le respondió que aquella noche se le había aparecido su madre, condenada, y le había dicho: “Hijo, feliz de ti que has entrado en la verdadera Iglesia; yo, por haber muerto en la herejía, me he perdido”. Desde entonces se enfervorizó más y más en la devoción a María, eligiéndola por su única madre, y ella le inspiró hacerse religioso, a lo que se obligó con voto. Pero como estaba enfermo, se dirigió a Nápoles para curarse con el cambio de aires. Y en Nápoles quiso Dios que muriese siendo religioso. En efecto, poco después de llegar, cayó gravemente enfermo, y con plegarias y lágrimas impetró de los superiores que lo aceptasen. Y en presencia del Santísimo Sacramento, cuando le llevaron el Viático, hizo sus votos y fue declarado miembro de la Compañía de Jesús.

Después de esto, era de ver cómo enternecía a todos con las expresiones con que agradecía a su madre María el haberlo llevado a morir en la verdadera Iglesia y en la casa de Dios, en medio de los religiosos sus hermanos. “¡Qué dicha –exclamaba- morir en medio de estos ángeles!” Cuando le exhortaban para que tratara de descansar, respondía: “¡No, ya no es tiempo de descansar cuando se acerca el fin de mi vida!” Poco antes de morir dijo a los que le rodeaban: “Hermanos, ¿no veis los ángeles que me acompañan?” Habiéndole oído pronunciar algunas palabras entre dientes, un religioso le preguntó qué decía. Y le respondió que el ángel le había revelado que estaría muy poco tiempo en el purgatorio y que muy pronto iría al paraíso. Después volvió a los coloquios con su dulce madre María. Y diciendo: “¡Madre, madre!”, como niño que se reclina en los brazos de su madre para descansar, plácidamente expiró. Poco después supo un religioso, por revelación, que ya estaba en el paraíso.

 

ORACIÓN A MARÍA, MADRE DE LOS PECADORES

 

Madre mía amantísima, ¿cómo es posible
que teniendo madre tan santa sea yo tan malvado?
¿Una madre ardiendo en amor a Dios
y yo apegado a las criaturas?
¿Una madre tan rica en virtudes
y yo tan pobre en merecimientos?

 

Madre mía amabilísima, no merezco ser tu hijo,
pues me hice indigno por mi mala vida.
Me conformo con que me aceptes por siervo;
y para lograr serlo, aun el más humilde,
estoy pronto a renunciar a todas las cosas.
Con esto me contento, pero no me impidas
poderte llamar madre mía.
Este nombre me consuela y enternece,
y me recuerda mi obligación de amarte.
Este nombre me obliga a confiar siempre en ti.

 

Cuanto más me espantan mis pecados
y el temor a la divina justicia,
más me reconforta el pensar
que tú eres la madre mía.
Permíteme que te diga: Madre mía.
Así te llamo y siempre así te llamaré.

 

Tú eres siempre, después de Dios,
mi esperanza, mi refugio y mi amor
en este valle de lágrimas.
Así espero morir,
confiando mi alma en tus santas manos
y diciéndote: Madre mía, madre mía María;
ayúdame y ten piedad de mí. Amén.

 

III

 

El gran amor que nos tiene nuestra madre

 

1. María, madre de amor

 

Si María es nuestra madre, bien está que consideremos cuánto nos ama.

El amor hacia los hijos es un amor necesario; por eso –como reflexiona santo Tomás- Dios ha puesto en la divina ley, a los hijos, el precepto de amar a los padres; mas, por el contrario, no hay precepto expreso de que los padres amen a sus hijos, porque el amor hacia ellos está impreso en la naturaleza con tal fuerza que las mismas fieras, como dice san Ambrosio, no pueden dejar de amar a sus crías. Y así, cuentan los naturalistas, que los tigres, al oír los gritos de sus cachorros, presos por los cazadores, hasta se arrojan al agua en persecución de los barcos que los llevan cautivos. Pues si hasta los tigres, parece decirnos nuestra amadísima madre María, no pueden olvidarse de sus cachorros, ¿cómo podré olvidarme de amaros, hijos míos? “¿Acaso puede olvidarse la mujer de su niño sin compadecerse del hijo de sus entrañas? Pues aunque ella se olvidara, yo nunca me olvidaré de ti” (Is 49, 15). Si por un imposible una madre se olvidara de su hijo, es imposible, nos dice María, que yo pueda olvidarme de un hijo mío.

María es nuestra madre, no ya según la carne, como queda dicho, sino por el amor. “Yo soy la madre del amor hermoso” (Pr 24, 24). El amor que nos tiene es el que la ha hecho madre nuestra, y por eso se gloría, dice un autor, en ser madre de amor, porque habiéndonos tomado a todos por hijos es todo amor para con nosotros.

¿Quién podrá explicar el amor que nos tiene a nosotros miserables pecadores? Dice Arnoldo de Chartes que ella, al morir Jesucristo, deseaba con inmenso ardor morir junto al hijo por nuestro amor. Y así, cuando el Hijo –dice san Ambrosio- colgaba moribundo en la cruz, María hubiera querido ofrecerse a los verdugos para dar la vida por nosotros.

Pero consideremos los motivos de este amor para que entendamos cuánto nos ama esta buena madre.

 

2. María, porque ama a Dios, ama a los hombres

 

La primera razón del amor tan grande que María tiene a los hombres es el gran amor que ella le tiene a Dios. El amor a Dios y al prójimo, como escribe san Juan, se incluyen en el mismo precepto. “Tenemos este mandamiento del Señor, que quien ama a Dios, ame también a su hermano” (1 Jn 4, 21). De modo que, cuando crece el uno, crece el otro también. Por eso vemos que los santos, que tanto amaban a Dios, han hecho tanto por el amor de sus prójimos. Han llegado a exponer la libertad y hasta la vida por su salvación. Léase lo que hizo san Francisco Javier en la India, donde para ayudar a las almas de aquellas gentes escalaba las montañas, exponiéndose a mil peligros para encontrar a los paganos en sus chozas y atraerlos a Dios. Un san Francisco de Sales que para convertir a los herejes de la región de Chablais se aventuró durante un año a pasar todos los días un torrente impetuoso, andando sobre un madero, a veces helado, para llegar a la otra ribera y poder predicar a los obstinados herejes. Un san Paulino que se entregó como esclavo para librar al hijo de una pobre viuda. Un san Fidel que por atraer a la fe a unos herejes, predicando perdió la vida. Los santos, porque así amaban a Dios, se lanzaron a hacer cosas tan heroicas por sus prójimos.

Pero ¿quién ha amado a Dios más que María? Ella lo amó desde el primer instante de su existencia más de lo que lo han amado todos los ángeles y santos juntos en el curso de su existencia, como luego veremos considerando las virtudes de María. Reveló la Virgen a sor María del Crucificado que era tal el fuego de amor que ardía en su corazón hacia Dios, que podría abrasar en un instante todo el universo si lo pudieran sentir. Que en su comparación eran como suave brisa los ardores de los serafines. Por tanto, como no hay entre los espíritus bienaventurados quien ame a Dios más que María, así no puede haber, después de Dios, quien nos ame más que esta amorosísima Madre. Y si se pudiera unir el amor que todas las madres tienen a sus hijos, todos los esposos a sus esposas y todos los ángeles y santos a sus devotos, no alcanzaría el amor que María tiene a una sola alma. Dice el P. Nierembergh que el amor que todas las madres tienen por sus hijos es pura sombra en comparación con el amor que María tiene por cada uno de nosotros. Más nos ama ella sola –añade- que lo que nos aman todos los ángeles y santos.

 

3. María recibió de Jesús el encargo de amarnos

 

Además, nuestra Madre nos ama tanto porque Jesús nos ha recomendado a ella como hijos cuando le dijo antes de expirar: “Mujer, he ahí a tu hijo”, entregándole en la persona de Juan a todos los hombres, como ya lo hemos considerado. Estas fueron las últimas palabras que le dijo su Hijo. Los últimos encargos de la persona amada en la hora de la muerte son los que más se estiman, y no se pueden borrar de la memoria.

 

4. María nos ama por ser fruto de su dolor

 

También somos hijos muy queridos de María porque le hemos costado excesivos dolores. Las madres aman más a los hijos por los que más cuidados y sufrimientos ha tenido para conservarles la vida. Nosotros somos esos hijos por los cuales María, para obtenernos la vida de la gracia, ha tenido que sufrir el martirio de ofrecer la vida de su amado Jesús, aceptando, por nuestro amor, el verlo morir a fuerza de tormentos. Por esta sublime inmolación de María, nosotros hemos nacido a la vida de la gracia de Dios. Por eso somos los hijos muy queridos de su corazón, porque le hemos costado excesivos dolores. Así como del amor del eterno Padre hacia los hombres, al entregar a la muerte por nosotros a su mismo Hijo, está escrito: “Tanto amó Dios al mundo, que le entregó a su propio Hijo” (Jn 3, 16), así ahora –dice san Buenaventura- se puede decir de María. “Así nos amó María, que nos entregó a su propio Hijo”.

¿Cuándo nos lo dio? Nos lo dio, dice el P. Nierembergh, cuando le otorgó licencia para ir a la muerte. Nos lo dio cuando, abandonado por todos, por odio o por temor, podía ella sola defender muy bien ante los jueces la vida de su Hijo. Bien se puede pensar que las palabras de una madre tan sabia y tan amante de su hijo hubieran podido impresionar grandemente, al menos a Pilato, disuadiéndole de condenar a muerte a un hombre que conocía, y declaró que era inocente.

Pero no; María no quiso decir una palabra a favor de su Hijo para no impedir la muerte, de la que dependía nuestra salvación. Nos lo dio mil y mil veces al pie de la cruz durante aquellas tres horas en que asistió a la muerte de su Hijo, ya que entonces, a cada instante, no hacía otra cosa que ofrecer el sacrificio de la vida de su Hijo con sumo dolor y sumo amor hacia nosotros, y con tanta constancia que, al decir de san Anselmo y san Antonino, que si hubieran faltado verdugos ella misma hubiera obedecido a la voluntad del Padre (si se lo exigía) para ofrecerlo al sacrificio exigido para nuestra salvación. Si Abrahán tuvo la fuerza de Dios para sacrificar a su hijo (cuando Él se lo ordenó), podemos pensar que, con mayor entereza, ciertamente, lo hubiera ofrecido al sacrificio María, siendo más santa y obediente que Abrahán.

Pero volviendo a nuestro tema, ¡qué agradecidos debemos vivir para con María por tanto amor! ¡Cuán reconocidos por el sacrificio de la vida de su Hijo que ella ofreció con tanto dolor suyo para conseguir a todos la salvación! ¡Qué espléndidamente recompensó el Señor a Abrahán el sacrificio que estuvo dispuesto a hacer de su hijo Isaac! Y nosotros, ¿cómo podemos agradecer a María por la vida que nos ha dado de su Jesús, hijo infinitamente más noble y más amado que el hijo de Abrahán? Este amor de María –al decir de san Buenaventura- nos obliga a quererla muchísimo, viendo que ella nos ha amado más que nadie al darnos a su Hijo único al que amaba más que a sí misma.

 

5. María nos ama por ser fruto de la muerte de Jesús

 

De aquí brota otro motivo por el que somos tan amados por María, y es porque sabe que nosotros somos el precio de la muerte de su Jesús. Si una madre viera a uno de sus siervos rescatado por su hijo querido, ¡cuánto amaría a este siervo por este motivo! Bien sabe María que su Hijo ha venido a la tierra para salvarnos a los miserables, como él mismo lo declaró: “He venido a salvar lo que estaba perdido” (Lc 19, 10). Y por salvarnos aceptó entregar hasta la vida: “Hecho obediente hasta la muerte” (Flp 2, 8). Por consiguiente, si María nos amase fríamente, demostraría estimar poco la sangre de su Hijo, que es el precio de nuestra salvación. Se le reveló a la monja santa Isabel que María, que estaba en el templo, no hacía más que rezar por nosotros, rogando al Padre que mandara cuanto antes a su Hijo para salvar al mundo. ¡Con cuánta ternura nos amará después que ha visto que somos tan amados de su Hijo que no se ha desdeñado de comprarnos con tanto sacrificio de su parte!

Y porque todos los hombres han sido redimidos por Jesús, por eso María los ama a todos y los colma de favores. San Juan la vio vestida de sol: “Apareció en el cielo una gran señal, una mujer vestida de sol” (Ap 12, 1). Se dice que estaba vestida de sol porque, así como en la tierra nadie se ve privado del calor del sol, “no hay quien se esconda de su calor” (Sal 28, 7), así no hay quien se vea privado del calor del amor de María, es decir, de su abrasado amor.

¿Y quién podrá comprender jamás –dice san Antonino- los cuidados que esta madre tan amante se toma por nosotros? ¡Cuántos cuidados los de esta Virgen madre por nosotros! ¡A todos ofrece y brinda su misericordia! Para todos abre los senos de su misericordia, dice el mismo santo. Es que nuestra madre ha deseado la salvación de todos y ha cooperado en esta salvación. Es indiscutible –dice san Bernardo- que ella vive solícita por todo el género humano.

Por eso es utilísima la práctica de algunos devotos de María que, como refiere Cornelio a Lápide, suelen pedir al Señor les conceda las gracias que para ellos pide la santísima Virgen, diciendo: “Dame, Señor, lo que para mí pide la Virgen María”. Y con razón, dice el mismo autor, pues nuestra Madre nos desea bienes inmensamente mayores de los que nosotros mismos podemos desear. El devoto Bernardino de Bustos dice que más desea María hacernos bien y dispensarnos las gracias, de lo que nosotros deseamos recibirlas. Por eso san Alberto Magno aplica a María las palabras de la Sabiduría: “Se anticipa a los que la codician poniéndose delante ella misma” (Sb 6, 14). María sale al encuentro de los que a ella recurren para hacerse encontradiza antes de que la busquen. Es tanto el amor que nos tiene esta buena Madre –dice Ricardo de San Víctor-, que en cuanto ve nuestras necesidades acude al punto a socorrernos antes de que le pidamos su ayuda.

 

6. María socorre en especial a quienes la aman

 

Ahora bien, si María es tan buena con todos, aun con los ingratos y negligentes que la aman poco y poco recurren a ella, ¿cómo será ella de amorosa con los que la aman y la invocan con frecuencia? “Se deja ver fácilmente de los que la aman, y hallar de los que la buscan” (Sb 6, 13). Exclama san Alberto Magno: “¡Qué fácil para los que aman a María encontrarla toda llena de piedad y de amor!” “Yo amo a los que me aman” (Pr 8, 17). Ella declara que no puede dejar de amar a los que la aman. Estos felices amantes de María –afirma el Idiota- no sólo son amados por María, sino hasta servidos por ella. “Habiendo encontrado a María se ha encontrado todo bien; porque ella ama a los que la aman y, aún más, sirve a los que la sirven”.

Estaba muy grave fray Leonardo, dominico (como se narra en las Crónicas de la Orden), el cual más de doscientas veces al día se encomendaba a esta Madre de misericordia. De pronto vio junto a sí a una hermosísima reina que le dijo: “Leonardo, ¿quieres morir y venir a estar con mi Hijo y conmigo?” “¿Y quién eres, señora?”, le preguntó el religioso. “Yo soy –le dijo la Virgen- la Madre de la Misericordia; tú me has invocado tatas veces y ya ves que ahora vengo a buscarte. ¡Vámonos al paraíso!” Y ese mismo día murió Leonardo, siguiéndola, como confiamos, al reino bienaventurado.

María, ¡dichoso mil veces quien te ama! “Si yo amo a María –decía san Juan Berchmans, estoy seguro de perseverar y conseguiré de Dios lo que desee”. Por eso el bienaventurado joven no se saciaba de renovarle su consagración y de repetir dentro de sí: “¡Quiero amar a María! ¡Quiero amar a María!”

 

7. María aventaja en amor aun a los santos que fueron modelo de amor a ella

 

¡Y cómo aventaja esta buena madre en el amor a todos sus hijos! Ámenla cuanto puedan –dice san Ignacio mártir-, que siempre María les amará más a los que la aman. Ámenla como un san Estanislao Kostka, que amaba tan tiernamente a ésta su querida madre, que hablando de ella hacía sentir deseos de amarla a cuantos le oían. Él se había inventado nuevas palabras y títulos para celebrarla. No comenzaba acción alguna sin que, volviéndose a alguna de sus imágenes, le pidiera su bendición. Cuando él recitaba el Oficio, el rosario u otras oraciones, las decía con tal afecto y tales expresiones como si hablara cara a cara con María. Cuando oía cantar la Salve se le inflamaba el alma y el rostro. Preguntándole un padre de la Compañía, una vez en que iban a visitar una imagen de la Virgen santísima, cuánto la amaba, le respondió: “Padre ¿qué más puedo decirle? ¡Si ella es mi madre!” Y el padre dijo después que el santo joven profirió esas palabras con tal ternura de voz, de semblante y de corazón, que ya no parecía un joven, sino un ángel que hablase del amor a María. Ámenla como B. Herman, que la llamaba esposa de sus amores porque con ese nombre le había honrado a María. Ámenla como un san Felipe Neri, quien con solo pensar en María se derretía en tan celestiales consuelos que por eso la llamaba sus delicias. Ámenla como un san Buenaventura, que la llamaba no sólo su señora y madre, sino que para demostrar la ternura del afecto que le tenía llegaba a llamarla su corazón y su alma. Ámenla como aquel gran amante de María, san Bernardo, que amaba tanto a esta dulce madre que la llamaba robadora de corazones, por lo que el santo, para expresar el ardiente amor que le profesaba, le decía: “¿Acaso no me has robado el corazón?” Llámenla “su inmaculada”, como la llamaba san Bernardino de Siena, que todos los días iba a visitar una devota imagen para declararle su amor con tiernos coloquios que mantenía con su reina; y por eso, a quien le preguntaba a dónde iba todos los días, le respondía que iba a buscar a su enamorada.

Ámenla cuanto un san Luis Gonzaga, que ardía tanto y siempre en amor a María, que sólo con oír el dulce nombre de su querida madre al instante se le inflamaba el corazón y se le encendía el rostro a la vista de todos. Ámenla cuanto un san Francisco Solano, quien como enloquecido con santa locura en amor a María, acompañándose con una vihuela, se ponía a cantar coplas de amor delante de la santa imagen, diciendo que así como los enamorados del mundo, él le daba la serenata a su amada reina.

Ámenla cuanto la han amado tantos siervos suyos que no sabían qué hacer para manifestarle su amor. El padre Juan de Trejo, jesuita, se preciaba de llamarse esclavo de María, y en señal de esclavitud iba con frecuencia a visitarla en una ermita; y allí, ¿qué hacía? Al llegar derramaba tiernas lágrimas por el amor que sentía a María; después besaba aquel pavimento pensando que era la casa de su amada señora. El P. Diego Martínez, de la misma Compañía, en sus fiestas, se sentía como transportado al cielo a contemplar cómo allí la celebraban, y decía: “Quisiera tener todos los corazones de los ángeles y de los santos para amar a María como ellos la aman. Quisiera tener la vida de todos los hombres para darla por amor a María”.

Trabajen otros por amarla cuanto la amaba Carlos, hijo de santa Brígida, que decía no haber cosa que le consolara en el mundo como saber que María era tan amada de Dios. Y añadía que con mucho gusto hubiera aceptado todos los sufrimientos imaginables con tal de que María no hubiera perdido ni pudiera perder un punto de su grandeza; y que si la grandeza de María hubiera sido suya, con gusto hubiera renunciado a ella en su favor por ser María la más digna. Deseen hasta dar la vida como prueba de amor a María, como lo deseaba san Alonso Rodríguez. Lleguen finalmente a grabar su nombre en el pecho con agudos hierros, como lo hicieron el religioso Francisco Binancio y Radagunda, esposa del rey Clotario. Y hasta impriman con hierros candentes sobre la carne el amado nombre para que quede mucho más visible y duradero, como lo hicieron en sus transportes de amor sus devotos Bautista Archinto y Agustín de Espinosa, jesuitas.

Hagan por María e imaginen cuanto puede hacer el más fino amante para expresar su amor a la persona amada, que no llegarán a amarla como ella los ama. “Señora mía –dice san Pedro Damiano-, ya sé que eres amabilísima y nos amas con amor insuperable”. Sé, señora mía, venía a decir, que nos amas con tal amor que no se deja vencer por ningún otro amor. Estaba una vez san Alonso Rodríguez a los pies de una imagen de María y sintiéndose inflamado de amor hacia la santísima Virgen, rompió a decir: “Madre mía amantísima, ya sé que me amas, pero no me amas tanto como yo a ti”. Pero María, como sintiéndose herida en punto de amor, le respondió desde la imagen: “¿Qué dices, Alonso, qué dices? ¡Cuánto más grande es el amor que te tengo que el que tú me tienes!. No hay tanta distancia del cielo a la tierra como de mi amor al tuyo”.

Razón tiene san Buenaventura al exclamar: “¡Bienaventurados los corazones que aman a María! ¡Bienaventurados los que la sirven fielmente!” ¡Dichosos los que tienen la fortuna de ser fieles servidores y amantes de esta Madre llena de amor! Sí, porque la reina, agradecida más que nadie, no se deja superar por el amor de sus devotos. María, imitando en esto a nuestro amorosísimo redentor Jesucristo, con sus beneficios y favores, devuelve centuplicado su amor a quien la ama.

Exclamaré con el enamorado san Anselmo: “¡Que desfallezca mi corazón en constante amor a ti! ¡Que se derrita mi alma!” Arda siempre por ti mi corazón y se consuma del todo en tu amor el alma mía, mi amado salvador Jesús y mi amada madre María. Y ya que sin vuestra gracia no puedo amaros, concededme, Jesús y María, por vuestros méritos, que no por los míos, que s ame cuanto merecéis. Dios mío, enamorado de los hombres, has podido morir por tus enemigos, ¿y vas a negar a quien te lo pide la gracia de amarte y amar a tu Madre santísima?

 

EJEMPLO

 

Muerte santa de una pastorcilla

 

Narra el P. Auriema que una pobra pastorcilla que guardaba su rebaño amaba tanto a María, que toda su delicia consistía en ir a la ermita de nuestra Señora que había en el monte y estarse allí, mientras pastaba el rebaño, hablando y haciendo homenajes a su amada Madre. Como la imagen, que era de talla, estaba desprovista de adornos, como pudo le hizo un manto. Otro día, con flores del campo hizo una guirnalda y subiendo sobre el altar puso la corona a la Virgen, diciendo: “Madre mía, bien quisiera ponerte corona de oro y piedras preciosas, pero como soy pobre recibe de mí esta corona de flores y acéptala en señal del amor que te tengo”. Con éstos y otros obsequios procuraba siempre esta devota jovencita servir y honrar a su amada Señora.

Pero veamos cómo recompensó esta buena Madre las visitas y el amor de esta hija suya.

Cayó la joven pastorcita gravemente enferma, y sucedió que dos religiosos pasaban por aquellos parajes. Cansados del viaje, se pusieron a descansar bajo un árbol. Uno de ellos dormía, pero ambos tuvieron la misma visión. Vieron una comitiva de hermosísimas doncellas, entre las que descollaba una en belleza y majestad. “¿Quién eres, señora, y  dónde vas por estos caminos?”, le preguntó uno de los religiosos a la doncella de sin igual majestad. “Soy la Madre de Dios –le respondió- que voy con estas santas vírgenes a visitar a una pastorcilla que en la próxima aldea se halla moribunda y que tantas veces me ha visitado”. Dicho esto, desapareció la visión. Los dos buenos siervos de Dios se dijeron: “Vamos nosotros también a visitarla”. Se pusieron en camino y pronto encontraron la casita y a la pastorcita en su lecho de paja. La saludaron y ella les dijo: “Hermanos, rogad a Dios que os haga ver la compañía que me asiste”. Se arrodillaron y vieron a María que estaba junto a la moribunda con una corona en la mano y la consolaba. Luego las santas vírgenes de la comitiva iniciaron un canto dulcísimo. En los transportes de tan celestial armonía y mientras María hacía ademán de colocarle la corona, la bendita alma de la pastorcita abandonó su cuerpo yendo con María al paraíso.

 

ORACIÓN PARA ALCANZAR EL AMOR DE MARÍA

 

¡María, tú robas los corazones!
Señora, que con tu amor y tus beneficios
robas los corazones de tus siervos,
roba también mi pobre corazón
que tanto desea amarte.
Con tu belleza has enamorado a Dios
y lo has atraído del cielo a tu seno.
¿Viviré sin amarte, madre mía?
No quiero descansar hasta estar cierto
de haber conseguido tu amor,
pero un amor constante y tierno
hacia ti, madre mía,
que tan tiernamente me has amado
aun cuando yo era tan ingrato.
¿Qué sería de mí, María,
si tú no me hubieras amado
e impetrado tantas misericordias?
Si tanto me has amado cuando no te amaba,
cuánto confío en tu bondad ahora que te amo.

 

Te amo, madre mía,
y quisiera un gran corazón que te amara
por todos los infelices que no te aman.
Quisiera una lengua
que pudiera alabarte por mil,
y dar a conocer a todos tu grandeza,
tu santidad, tu misericordia
y el amor con que amas a los que te quieren.
Si tuviera riquezas,
todas quisiera gastarlas en honrarte.
Si tuviera vasallos,
a todos los haría tus amantes.
Quisiera, en fin, si falta hiciera,
dar por ti y por tu gloria hasta la vida.

 

Te amo, madre mía, pero al tiempo
temo no amarte cual debiera
porque oigo decir que el amor
hace, a los que se aman, semejantes.
Y si yo soy de ti tan diferente,
triste señal será de que no te amo.
¡Tú tan pura y yo tan sucio!
¡Tú tan humilde y yo tan soberbio!
¡Tú tan santa y yo tan pecador!
Pero esto tú lo puedes remediar, María.
Hazme semejante a ti pues que me amas.
Tú eres poderosa para cambiar corazones;
toma el mío y transfórmalo.
Que vea el mundo lo poderosa que eres
a favor de aquellos que te aman.
Hazme digno de tu Hijo, hazme santo.
Así lo espero, así sea.

 

IV

 

María es madre de los pecadores arrepentidos

 

1. María socorre al pecador que abandona el mal

 

Declaró María a santa Brígida que ella no sólo es madre de justos e inocentes, sino también de los pecadores que deseen enmendarse. Cuando un pecador recurre a María con deseo de enmendarse, encuentra a esta buena madre de misericordia pronta a abrazarlo y ayudarle, mejor de lo que lo hiciera cualquier otra madre. Esto es lo que escribió el papa san Gregorio a la princesa Matilde: “Abandona el deseo de pecar y encontrarás a María, te lo aseguro, más pronta para amarte que la madre que te dio el ser”.

Pero quien aspire a ser hijo de esta madre maravillosa es necesario que primero deje el pecado, y entonces podrá confiar en ser aceptado por hijo. Sobre las palabras “se levantaron sus hijos” (Pr 31, 28), reflexiona Ricardo de San Lorenzo y advierte que, primero, se dice “se levantaron, y, después, “sus hijos”; porque, añade, no puede ser hijo de María quien no busca primero levantarse de la culpa donde ha caído. Si es cierto, como dice san Pedro Crisólogo, “que reniega de su madre quien no imita sus virtudes”, lo es que quien se porta al contrario de María niega con sus obras querer ser su hijo. María humilde, ¿y él quiere ser soberbio? María purísima, ¿y él deshonesto? María llena de amor, ¿y él odiando al prójimo? Da muestras de que ni es ni quiere ser hijo de tan santa madre. “Los hijos de María –añade Ricardo de San Lorenzo- han de ser sus imitadores en la castidad, en la humildad, en la mansedumbre, en la misericordia”. ¿Y cómo pretenderá ser hijo de María quien tanto la contraría con su mala vida? Dijo un pecador a María: “Muestra que eres mi madre”. Y la Virgen le respondió: “Demuestra que eres mi hijo”. Otro pecador invocaba a esta divina Madre y la llamaba madre de misericordia. Y le dijo María: “Vosotros pecadores, cuando queréis que os ayude, me llamáis madre de misericordia; pero entre tanto no cesáis con vuestros pecados de hacerme madre de miserias y dolores”. “Maldito el que exaspera a su madre” (Ecclo 3, 18). Dios maldice al que aflige con su mala vida y con su obstinación a esta su santa Madre.

He dicho con su obstinación porque el pecador, aun cuando no haya roto las cadenas del pecado, si se obstina en salir del pecado y por eso busca la ayuda de María, esta madre no dejará de socorrerlo y tornarlo a la gracia de Dios. Cosa que oyó santa Brígida de boca de Jesucristo, que hablando con María le dijo: “Auxilias a todo el que se esfuerza por elevarse hacia Dios y a nadie dejas privado de tus consuelos”. Mientras el pecador permanece obstinado, María no puede amarlo; pero si se encuentra encadenado por cualquier pasión que lo hace esclavo del infierno y al menos se encomienda a la Virgen y le suplica con confianza y perseverancia que lo saque del pecado, sin duda que esta buena madre le tenderá su poderosa mano, lo librará de las cadenas y lo conducirá a esta de salvación.

Es herejía condenada por el Concilio de Trento decir que todas las oraciones y obras que se hacen en pecado son pecado. Dice san Bernardo que las plegarias en boca del pecador, si bien no son hermosas porque no van acompañadas de la caridad, sin embargo son útiles y provechosas para salir del pecado porque, como lo enseña santo Tomás, aunque la oración del pecador no es meritoria, es muy apta para impetrar la gracia del perdón, pues la gracia de impetrar no se funda en el mérito del que ruega, sino en la bondad divina y en los méritos y promesas de Jesucristo, que ha dicho: “Todo el que pide, recibe” (Lc 11, 10). Lo mismo hay que decir de las plegarias que se dirigen a la Madre de Dios.

 

2. María acoge la súplica del pecador como madre misericordiosa

 

Si el que ruega, dice san Anselmo, no merece ser oído, los méritos de María, a la cual se encomienda, harán que sea escuchado. Por eso san Bernardo exhorta a todos pecadores a que rueguen a María y tengan gran confianza al suplicarle: porque si el pecador no merece lo que pide, ciertamente se concederá a María, por sus méritos, lo que se pide a Dios. Éste es el oficio de una buena madre, dice el mismo santo. Una madre que supiese que dos de sus hijos se odiaban a muerte y que uno pensara quitarle la vida al otro, ¿qué no haría para conseguir reconciliarlos por todos los medios? Así, dice el santo, María es madre de Jesús y madre del hombre. Cuando ve a un pecador enemistado con Jesucristo no puede sufrir verlos odiándose y no descansa hasta ponerlos en paz. “Oh bienaventurada María, tú eres madre del reo y madre del juez; siendo madre de entrambos hijos, no puedes soportar que haya discordias entre los dos”. La benignísima Señora no quiere otra cosa del pecador sino que se encomiende a ella con intención de enmendarse. Cuando María ve a sus pies a un pecador que viene a pedirle misericordia, no mira los pecados que tiene, sino la intención con que viene. Si viene con buena intención, aunque haya cometido todos los pecados del mundo, lo abraza y la benignísima madre no se desdeña de curarle todas las llagas de su alma. Es que no sólo la llamamos madre de misericordia, sino que lo es verdaderamente como lo muestra con el amor y ternura en socorrer. Todo esto le expresó la Virgen a santa Brígida, diciendo: “Por muy grande que sea un pecador, estoy preparada para recibirlo al punto si a mí viene; ni me fijo en cuánto ha pecado, sino en la intención con que viene; y no me desdeño en ungir sus llagas y curárselas, porque me llamo y soy de verdad la madre de la misericordia”.

María es madre de los pecadores que quieren convertirse y como madre no puede dejar de compadecerse de ellos, y hasta pareciera que siente como propios los sufrimientos de sus propios hijos. Cuando la cananea suplicó a Jesús que librara a su hija del demonio que la atormentaba, le dijo: “Jesús, hijo de David, ten compasión de mí, que mi hija es atormentada por el demonio” (Mt 15, 22). Pero si la atormentada por el demonio era la hija y no la madre, parece que debiera haber dicho: Señor, ten piedad de mi hija, no de mí. Pero no; dijo: “Ten piedad de mí”. Con toda razón, porque las miserias y desgracias de los hijos las sienten las madres como propias. Así es la manera, dice Ricardo de San Lorenzo, como suplica a Dios María cuando intercede por un pecador que a ella se encomienda. “María clama por el alma pecadora y dice: Ten compasión de mí”. Señor mío, parece decirle, esta pobre alma que está en pecado es hija mía, y por eso ten piedad no tanto de ella cuanto de mí que soy su madre.

 

3. María intercede eficazmente por los pecadores

 

¡Ojalá que todos los pecadores recurrieran a esta dulce madre! ¡Todos se verían perdonados por Dios! “¡Oh María –exclama lleno de admiración san Buenaventura–, al pecador despreciado por todo el mundo, tú lo abrazas con maternal afecto y no lo abandonas, sino que consigues reconciliarlo con el Juez!” Quiere decir el santo con esto que el pecador, mientras permanece en su pecado, es despreciado y aborrecido de todos; hasta las criaturas inanimadas; el aire, el fuego y la tierra parecen que quisieran castigarlo y vengarse de él para reparar el honor de su Dios despreciado. Pero si este infeliz acude a María, ¿María lo rechazará? No; que si viene con intención de obtener ayuda para enmendarse, ella lo abraza con amor de madre y no descansa hasta que con su poderosa intercesión lo reconcilia con Dios y lo pone en su gracia.

Se lee en el segundo libro de los Reyes (14, 2) que la sagaz mujer de Tecua se presentó a David y le habló de esta manera: “Señor, yo tenía dos hijos y, para mi desgracia, uno mató al otro. Ya he perdido un hijo, y ahora la justicia quiere quitarme el único que me ha quedado. Ten piedad de esta pobre madre y haz que no me vea privada de los dos hijos”. David, compadecido de esta madre, perdonó al delincuente. Esto mismo parece decir María cuando ve a Dios indignado contra un pecador que a ella se encomienda: “Dios mío –le dice–, yo tenía dos hijos, Jesús y el hombre. El hombre ha matado a mi Jesús en la cruz. Ahora tu justicia quiere condenar al hombre. Señor, mi Jesús ya ha muerto; ten compasión de mí, y si he perdido uno, no consientas que pierda ahora el otro”.

Seguro que Dios no condena a los pecadores que recurren a María y por los que ella ruega, siendo así que el mismo Dios los ha confiado como hijos a María. El devoto Laspergio hace hablar así al Señor: “Encomendé los pecadores como hijos a María. Por eso se muestra tan solícita en cumplir su oficio que no consiente se condene ninguno de los que le han sido confiados, sobre todo si la invocan; y hace todo lo que está en su mano para atraerlos a todos a mí”.

 

4. María merece toda nuestra confianza

 

¿Quién podrá explicar, dice Blosio, la bondad, la misericordia, la fidelidad y la caridad con que esta nuestra madre nos protegerá cuando pedimos su ayuda? Postrémonos, pues, dice san Bernardo, ante esta buena madre, abracémonos a sus sagrados pies para que nos bendiga y nos acepte por hijos. ¿Quién puede desconfiar de la bondad de esta Madre? Decía san Buenaventura: “Aunque tuviera que morir, en ella esperaré; y puesta en ella toda mi confianza, junto a su imagen deseo morir y me salvaré”. Así debe decir todo pecador que recurre a esta madre tan piadosa: Señora mía, yo, con toda razón, merezco que me deseches de tu presencia y me castigues según mis culpas; pero aun cuando parezca que me abandonas y me dejas morir, no perderé la confianza en que tú me has de salvar. Confío absolutamente en ti, y con tal que tenga la dicha de morir ante tu imagen, encomendándome a tu misericordia, tengo la plena seguridad de no condenarme y de llegar a alabarte y bendecirte en el cielo en compañía de tantos siervos tuyos que al morir, y llamándote en su ayuda, se han salvado todos por tu poderosa intercesión.

 

EJEMPLO

 

Ernesto, librado de la muerte por María

 

Refiere el Belovacense que en la ciudad de Radulfo, en Inglaterra, año 1430, vivía un joven noble llamado Ernesto, quien habiendo distribuido sus bienes entre los pobres entró en un monasterio, donde llevaba una vida tan edificante que los superiores lo apreciaban sobremanera, especialmente por su devoción a la santísima Virgen. En la población se declaró la peste, y la gente acudió al monasterio pidiendo oraciones. El abad mandó a Ernesto que fuera a rogar a la Virgen ante su altar y no se levantase de allí hasta que hubiera obtenido una respuesta de la Señora. Allí estuvo el joven tres días hasta que obtuvo la respuesta de María que mandaba hicieran rogativas, celebradas las cuales cesó la peste.

Pero más tarde este joven se enfrió en la devoción a María. El demonio lo atacó con muchas tentaciones impuras y para que se fugara del monasterio. Por no haberse encomendado a María, decidió fugarse saltando los muros del monasterio. Cuando iba a realizar su intento, al pasar junto a una imagen de María que estaba en el claustro, la Madre de Dios le habló, diciéndole: “Hijo mío, ¿por qué me dejas?” Ernesto, confuso y compungido, cayó en tierra y respondió: “Señora, pero no ves que no puedo resistir más? ¿Por qué no me ayudas?”. La Virgen le respondió: ¿Y tú por qué no me has invocado? Si te hubieras encomendado a mí, no te verías en este estado. De hoy en adelante encomiéndate a mí y no dudes”.

Ernesto volvió a su celda. Pero insistiendo las tentaciones y descuidando el acudir a María, al fin se fugó del monasterio, entregándose a una vida pésima. De pecado en pecado se convirtió en asesino. Tomó en arriendo una posada donde, por la noche, mataba a los pobres viandantes y los despojaba. Una noche mató a un primo del gobernador, el cual, sospechando del ventero, lo procesó y lo condenó a morir en la horca.

Antes de que fuera detenido llegó a la hostería un joven caballero. El malvado ventero, según su costumbre, entró a media noche en su habitación para asesinarlo; pero he aquí que en la cama no vio al caballero, sino un crucificado lleno de llagas que, mirándolo piadosamente, le dijo: “¿No te basta, ingrato, con que yo haya muerto una vez por ti? ¿Quieres volver a matarme? ¡Puedes hacerlo!” El infeliz Ernesto se postró llorando y dijo: “Señor, aquí me tienes; ya que has tenido conmigo tan gran misericordia, quiero convertirme”. En el mismo instante abandonó la posada y emprendió el camino del claustro para hacer penitencia. Pero por el camino lo prendió la justicia; lo llevaron ante el juez, donde confesó todos sus crímenes. Inmediatamente fue condenado a la horca, sin darle tiempo ni a confesarse. Él se encomendó a María, y la Virgen hizo que cuando lo colgaron no muriese. Ella misma lo bajó de la horca y le dijo: “Torna al monasterio, haz penitencia; y cuando veas en mi mano un documento de perdón de tus pecados, prepárate a la muerte”. Ernesto volvió al convento y, habiendo contado todo al abad, hizo penitencia. Pasados los años, vio en manos de María la cédula del perdón. Se preparó a la muerte y santamente entregó su alma.

 

ORACIÓN DE CONFIANZA EN MARÍA

 

¡Reina mía soberana, digna de mi Dios, María!
Al verme tan vil y cargados de pecados,
no debiera atreverme
a acudir a ti y llamarte madre.
Merezco, lo sé, que me deseches,
pero te ruego que contemples
lo que ha hecho y padecido tu Hijo por mí;
y después me deseches si puedes.
Soy un pecador que, más que otros,
ha despreciado la divina Majestad;
pero el mal está hecho.

 

A ti acudo que me puedes auxiliar;
ayúdame, Madre mía, y no digas
que no puedes ampararme,
pues bien sé que eres poderosa
y obtienes de tu Dios lo que deseas.
Si me dices que no puedes protegerme,
dime al menos a quién debo acudir
para ser socorrido en mi desgracia
y dónde poder refugiarme
o en quién pueda más seguro confiar.

 

Tú, Jesús mío, eres mi padre;
y tú mi madre, María.
Amás a los más miserables
y los andáis buscando para salvarlos.
Yo soy reo del infierno,
el más mísero de todos.
Pero no tienes necesidad de buscarme;
ni siquiera lo pretendo.
A vosotros me presento con la esperanza
de no verme abandonado.
Vedme a vuestros pies.
Jesús mío, perdóname.
María, madre mía, socórreme.

 

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