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" ¡Oh María, refugio mío, encomendadme a Jesucristo!" ( San Alfonso María de Ligorio )

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Fundamentos y Práctica de la Vida Mariana

 

Ave, Maria Mediatrix!

            Este cuarto volumen de nuestra Serie Immaculata habría debido aparecer el 31 de mayo del Año Mariano, fiesta de María Mediadora de todas las gracias.

            Como todos los artículos de «Mediadora y Reina» que tratan de la vida «en Ella» no pudieron aparecer antes de esta fecha, tuvimos que remitir la publicación de esta serie hasta la fiesta de la gloriosa Asunción de Nuestra Señora.

            Nuestra campaña mariana montfortana en Bélgica, por acción de las circunstancias, fue colocada con entusiasmo bajo el signo de la Mediación universal de María.

            Cuando los Padres Montfortanos, en 1921, fueron llamados por el Cardenal Mercier a su diócesis, el movimiento de María Mediadora, suscitado y dirigido por él, estaba en pleno desarrollo. Nuestra Congregación fue encargada de erigir el primer santuario dedicado a María Mediadora de todas las gracias. De este modo nuestra campaña mariana fue puesta como naturalmente bajo la protección especial de María Mediadora.

            Otras causas, más profundas, hicieron que se fusionaran, por decirlo así, la campaña por la doctrina de la Mediación de María y la de la propagación de la devoción mariana de San Luis María de Montfort.

            Para el Congreso Mariano Nacional de Bruselas, en septiembre de 1921, el santo Cardenal deseó formalmente que la práctica mariana de nuestro santo Fundador fuera neta y ampliamente expuesta como la respuesta más adecuada de nuestra parte a la misión mediadora de María, que era el objeto principal de los estudios del Congreso.

            El ilustre Cardenal había visto bien. Todos los fundamentos dogmáticos que Montfort expone como base de la práctica mariana perfecta, pueden reducirse a la Mediación mariana, tomada en su sentido más amplio [1].

            En este cuarto volumen, por razones técnicas, junto a la exposición de la vida de unión con María («En Ella»), damos algunas consideraciones sobre la vida de confianza y abandono para con Ella, de la que Montfort no trata como de una de las «prácticas interiores destinadas a las personas llamadas a una alta perfección», pero que expone como uno de los deberes que los predestinados deben cumplir para con su Madre [2].

            Ahora bien, el fundamento principal de la vida «en María», de la vida de unión con Ella y en su presencia espiritual, es sin lugar a dudas la influencia sobrenatural que Ella ejerce sobre las almas, tanto respecto a la gracia actual como respecto a la gracia habitual, y que por lo tanto se relaciona inmediatamente con la Mediación de Nuestra Señora.

            Y uno de los motivos principales por los que podemos y debemos recurrir a Ella en todas nuestras necesidades («Vida de confianza») es que, como Mediadora de todas las gracias, Ella recibió la misión de comunicar y aplicar las gracias a los hombres; tanto lo que esencialmente es «gracia», como lo que sólo es gracia «ra­tione finis», a causa del vínculo que estos bienes, naturales en sí mismos, tienen con nuestra vida sobrenatural y eterna.

            Por otra parte, hay una conexión evidente entre la Asunción gloriosa de la Santísima Virgen a los cielos y el ejercicio de su Mediación. Por haber sido asumida en la gloria de Dios, para contemplarlo cara a cara, la Santísima Virgen nos ve y nos sigue en la adorable Esencia de Dios, y le es posible ser instrumento vivo y ministra universal, después de Cristo, de todas las operaciones divinas en las almas.

            Así, pues, sea este humilde trabajo un amoroso y agradecido homenaje a María por los 36 años que hemos tenido la dicha de pasar en su irradiación de gracia, en este convento de María Mediadora, que es realmente su casa.

            ¡Ojalá arrastre a una gran cantidad de almas a esta encantadora unión habitual con la Mediadora Inmaculada, y a la confianza inquebrantable en sus cuidados maternos, de que vamos a tratar en estas páginas!

Convento de María Mediadora, Lovaina.


 

I
Vivir “en” María

            Con este nuevo fascículo pasamos a un orden de ideas totalmen­te distinto del que desarrollamos en los volúmenes precedentes.

            Primero describimos la Consagración total a Jesús y a María, tal como nos la propone San Luis María de Montfort.

            Luego pasamos a lo que llamamos hoy, según una expresión consagrada por el mismo Pío XII, «la vida mariana», y que constituye en suma una adaptación incesante en todas nuestras obras a la Consagración que hicimos. San Luis María de Montfort describe esta vida bajo la forma de los cinco deberes que el alma cristiana ha de cumplir para con su divina Madre [3], y de las «prácticas interiores» de la perfecta Devoción, que él reserva a las almas llamadas a una elevada perfección [4].

            Estas diversas prácticas, como hemos hecho observar más de una vez, constituyen como la «marialización» de la vida cristiana y tienden, en adaptación al plan divino, a conceder a la Santísima Virgen un lugar real, aunque subordinado, en todos los aspectos de la vi­da cristiana, o lo que viene a ser lo mismo, a introducirla como Mediadora en todo el orden de las relaciones de nuestra alma con Dios.

            Aprendimos así a obedecer a Nuestra Señora, con el fin de ser entera y fielmente dependientes de Dios.

            Luego estudiamos ampliamente a la Santísima Virgen como Mo­delo, como un Modelo muy adaptado, con el fin de imitar más fácil y seguramente, aunque sea de lejos, la Santidad infinita de Dios y de Cristo. La contemplamos en su actitud para con Dios, para con Jesús, para con los hombres, y finalmente, en una serie de unos quince artículos, en su actitud de irreductible enemistad con Satán y con todo lo que procede de él. Esta serie de quince capítulos no nos parece exageradamente larga, porque destaca el aspecto fuerte y viril de una devoción que demasiado a menudo se considera buena sólo o casi para mujeres y niños; y también porque este aspecto combativo y conquistador del culto mariano es, como salta a la vista, de la mayor actualidad en nuestra época de luchas terribles y decisivas entre las fuerzas del bien y las potestades del infierno.

«

            Después de todo este tumulto y zafarrancho de combate, vamos a ocuparnos ahora, en beneficiosa variedad, de consideraciones más pacíficas y también más atractivas para muchas almas, consideraciones que se relacionan inmediata y directamente con el amor de nuestra Madre, y tienen por objeto una de las manifestaciones más puras de este amor, a saber, la vida de unión con Ella, que es lo que Mont­fort llama, en las prácticas interiores, obrar y vivir «en María».

            A los cristianos, sobre todo a los que se quieren aplicar a una vida espiritual más perfecta, se les recomienda a menudo acordarse de la presencia de Dios y vivir en esta presencia: «Anda en mi presencia y sé perfecto», le recomendaba ya el Señor a Abraham [5]. Como si Dios quisiera decir: «Si permaneces en mi presencia, serás perfecto». Y sabemos que la vida espiritual, en su estado más elevado pero sin excluir los demás, es ante todo una vida de muy profunda e íntima unión con Dios.

            Nuestro Padre de Montfort, como lo recordábamos, «marializó» todos los aspectos de la vida cristiana. Y como no podía ser de otro modo, le prestó toda la atención a este punto de vista de la vida de unión en cuanto tal. Por eso, nos enseña a vivir en compañía y en presencia de nuestra Madre amadísima, en unión con Ella, unión que, como él nos lo asegura, conduce a una unión estrecha con Cristo y con Dios. Pues cuando se leen atentamente los textos de San Luis María sobre el tema, no se puede dudar de que lo que nos pide aquí es que recemos, trabajemos, suframos y vivamos en unión espiritual con la Santísima Virgen. Y como esta unión no es exterior ni superficial, hablaremos de una vida «en» María, y no sólo junto a Ella.

            No nos hacemos ilusiones sobre la dificultad del tema que vamos a tratar, el más difícil de los que hemos abordado hasta aquí. Pero la Autoridad suprema de la Iglesia, en la persona de Benedicto XV, recomendaba a los Montfortanos que «explicasen cuidadosamente a los fieles» el importantísimo libro de la «Verdadera Devoción», que nuestro santo Fundador nos ha legado. La dificultad de los textos que debemos comentar no es un motivo para abstenernos de ello. Al contrario. Es sólo un motivo más, tanto para ti que lees estas páginas como para mí que las escribo, para dirigirnos con más instancia a Nuestra Señora de la Sabiduría, a fin de que Ella nos asista con sus gracias y sus luces.

            Recordemos, por otra parte, que si la ciencia filosófica y teológica puede ser útil para entender las cosas de Dios, el espíritu de oración y de recogimiento, y sobre todo la sencillez y el espíritu de infancia lo son aún mucho más: «Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a los sabios e inteligentes, y se las has revelado a los pequeños. Sí, Padre, pues tal ha sido tu beneplácito» [6].

            Notemos aún lo siguiente: no es indispensable entender para obrar. ¿Cuántas almas vivirían de la presencia de la Santísima Trinidad en sí mismas, si para vivir de ella tuviesen que esperar a penetrar este misterio? En las «Jornadas Marianas» de Tongerloo nos encontramos muchas veces con el Prior de una Abadía cisterciense del
país. Era un gran admirador y propagador de la vida mariana enseñada por San Luis María de Montfort. Un día nos hizo la siguiente confidencia: «Me cuesta mucho lograr que algunos monjes veteranos de nuestra Abadía acepten esta vida mariana». Su objeción era la siguiente: «No puedo comprender cómo se puede vivir en María». Estos buenos monjes andaban equivocados. Apoyándose en la autoridad de Montfort, podían intentar practicar esa vida cuyo fundamento doctrinal no captaban. Y además, en la santa esclavitud de amor, al margen de este aspecto «en María», hay muchas otras prácticas a las que podrían haber aplicado sus esfuerzos.

            Conclusión: es incontestablemente útil buscar la explicación doctrinal de la encantadora práctica mariana de que vamos a hablar. Pero para vivirla fructuosamente la comprensión teológica no es indispensable. La misma práctica, como luego veremos, es sencilla y se encuentra, hasta cierto punto, al alcance de todas las almas de buena voluntad.

            Para concluir este capítulo ofrecemos los textos preciosos que tendremos que comentar en los siguientes artículos. Repasémoslos con respeto, humildad y espíritu de oración.

            Al exponer la conducta mutua de Rebeca y Jacob, que prefigura las relaciones de la Santísima Virgen con sus hijos, Montfort escribe: «Permanecen estables en casa con su madre, es decir, aman el retiro, son interiores, se aplican a la oración, pero a ejemplo y en compañía de su Madre, la Santísima Virgen, cuya gloria toda está en el interior, y que durante toda su vida amó tanto el retiro y la oración… Por grandes que sean en apariencia las cosas que hagan al exterior, estiman aún mucho más las que hacen dentro de sí mismos, en su interior, en compañía de la Santísima Virgen» [7].

            Al tratar, en el mismo libro, de la tercera práctica interior de la vida mariana, San Luis María parece referirse casi únicamente a la unión mística, y por lo tanto percibida y experimentada, con la Santísima Virgen, de la que hablaremos más tarde. No da de ella ninguna explicación. Después de haber descrito, en una magnífica página, las bellezas del verdadero Paraíso terrenal y las riquezas del Tabernáculo de Dios, María, exclama arrebatado: «¡Oh, qué riquezas! ¡Oh, qué gloria! ¡Oh, qué placer! ¡Oh, qué felicidad!, ¡poder entrar y morar en María, donde el Altísimo ha puesto el trono de su gloria suprema!». Y un poco después: «Después que, por nuestra fidelidad, se haya obtenido esta insigne gracia, es preciso permanecer en el inefable interior de María con complacencia, reposar allí con confianza, esconderse allí con seguridad y perderse allí sin reserva» [8].

            En «El Secreto de María» Montfort parece mantenerse más en la vía ascética ordinaria, y escribe con un lenguaje más accesible a gran número de almas: «Es menester hacer todas las cosas en María, es decir, hay que acostumbrarse poco a poco a recogerse dentro de sí mismo para formar allí una pequeña idea o imagen espiritual de la Santísima Virgen, que será para el alma el Oratorio en que hará todas sus oraciones a Dios…, la Torre de David en que se refugiará contra sus enemigos, la Lámpara encendida con que iluminará todo su interior y arderá del amor divino, la Custodia sagrada en que verá a Dios en Ella y con Ella. Finalmente, María será para esta alma su único Todo junto a Dios y su recurso universal. Si reza, será en María; si recibe a Jesús en la sagrada Comunión, lo pondrá en María para que en Ella ponga sus complacencias; si obra, será en María; y en todo y en todas partes realizará actos de renuncia a sí misma» [9].

            Si todo esto nos parece un poco extraño por el momento, esperemos a que las explicaciones que siguen nos familiaricen con esta muy santificante y legítima práctica.

            Y lo que cada uno de nosotros puede hacer desde ahora, es tratar de pensar en Nuestra Señora en cada una de sus acciones más importantes.

            Entre obrar y comprender hay una mutua reacción: obrando podremos comprender mejor, y comprendiendo mejor obraremos con más ardor y fidelidad.


 

II
Presencia espiritual

            En el capítulo precedente hemos visto que San Luis María de Montfort nos aconseja vivir «en compañía de la Santísima Virgen», y hacer todas nuestras acciones «en María», es decir, en unión íntima con María.

            Antes de llegar a la exposición de este aspecto tan atractivo de la vida mariana, es de la mayor importancia preguntarnos si y en qué sentido esta presencia de María junto a nosotros y en nosotros es una realidad, o si no se trata más bien de una piadosa imaginación, mantenida para alimentar nuestra piedad. Intentaremos contestar a esta pregunta. Esta respuesta deberá proporcionarnos el fundamento doctrinal de la práctica de la vida en presencia de Nuestra Señora.

 

Lo que se debe excluir aquí

 

            Debemos guardarnos aquí cuidadosamente de toda exageración y de toda afirmación errónea o desprovista de fundamento. La vida mariana no tiene necesidad ni de mentiras ni de exageraciones. Sólo la verdad puede sernos útil y santificarnos [10].

            Para esto, tenemos ante todo que determinar netamente de qué cosas no se trata aquí.

            Sólo Dios está realmente en todas partes por su Esencia, su Po­der u operación y su Presencia o mirada. Dios llena el universo con su Ser, que es infinito. Está en todas partes por su Poder, porque ninguna creatura puede realizar un acto, de cualquier naturaleza que sea, ni puede siquiera comenzarse o continuarse la existencia de ningún ser, sin la influencia positiva y actual de la Divinidad. Y también está en todas partes porque todas las cosas, tanto las más poderosas y formidables como las más humildes y mínimas, están al descubierto delante de su mirada que, en el fondo, no es distinta de su Ser, como tampoco su Poder.

            La Santísima Virgen, al contrario, es una creatura. Por lo tanto, Ella es limitada y finita en su ser, en sus potencias y en sus actos. En cuerpo y alma sólo puede estar en un lugar a la vez, ordinariamente en el cielo o donde quiera presentarse con su resplandeciente corte de ángeles y bienaventurados.

            Para Jesús en cuanto hombre existe, al margen de lo que diremos más tarde, una presencia sustancial enteramente especial, la presencia eucarística. Jesús, en cuanto hombre, está donde hay hostias consagradas y vino consagrado, porque toda la sustancia del pan con­sagrado se convierte en la sustancia inalterada del Cuerpo de Jesús, y toda la sustancia del vino consagrado se convierte en la sustancia inalterada de la Sangre de Cristo, de modo que su Carne y su Sangre consagrados se encuentran respecto de las especies de pan y de vino en la misma relación que lo contenido respecto del continente. Por lo tanto, su Cuerpo y su Sangre están real y sustancialmente presentes bajo las apariencias o, como se dice en filosofía, «los accidentes» del pan y del vino. Salta a la vista que con la Santísima Virgen no sucede nada semejante, y que la presencia eucarística es absoluta y exclusivamente propia de Cristo, su divino Hijo.

 

¿Cómo concebir la presencia mariana?

 

            ¿Cómo, pues, concebir la presencia de la Santísima Virgen junto a nosotros, y en cierto sentido en nosotros, si puede aún hablarse aquí de verdadera presencia?

            Debemos reflexionar aquí con calma. Habitualmente sólo pensamos en la presencia entre seres humanos, entre seres humanos tal como al presente viven juntos sobre la tierra. Hemos de darnos cuen­ta de que, al margen de esto, hay una verdadera presencia espiritual, más real y más fuerte que la presencia material, la presencia humana ordinaria. Todo esto se nos hará más claro y evidente si le dedicamos un poco de reflexión.

            En la situación actual en que vivimos en la tierra, decimos que alguien está cerca de nosotros, en nuestra presencia, cuando se encuentra juntamente con nosotros en la misma porción, más o menos vasta, de espacio, en el mismo piso, en el mismo coche, en el mismo autobús, en el mismo lugar. Notemos enseguida que esta presencia material no tiene valor para nosotros, y no es verdaderamente real, si la persona de que se trata no cae bajo la percepción de nuestros sentidos. Supongamos que me encuentro con un amigo en la misma prisión, en dos celdas contiguas, y que vivo tan sólo a algunos metros de distancia de él, pero que, a causa de un muro grueso que nos separa, no haya ningún contacto entre él y yo, y no podamos ni vernos, ni hablarnos, ni escucharnos… No diremos en este caso que estamos uno junto al otro, que vivimos uno en presencia del otro.

            Al contrario, decimos que alguien está cerca de nosotros o nos está presente cuando cae bajo la percepción de nuestros sentidos, cuando podemos tocarlo, escucharlo o verlo. Acompaño a un amigo o a un familiar a la estación. Mientras pueda agarrar su mano o escuchar su voz, está cerca de mí. Incluso cuando el tren se ha puesto en marcha, mientras pueda verlo y hacerle señas, la separación no es completa. Pero cuando su último saludo se haya hecho invisible, cuando con el tren desaparezca su silueta de mi mirada, este familiar o este amigo se ha ido: ya no está presente, sino ausente.

            Y téngase en cuenta que esta presencia corporal es tanto más preciosa y real, cuando más nítida e inmediata es la percepción por los sentidos. No nos da lo mismo ver a nuestros seres queridos a un kilómetro de distancia o escuchar su voz desde lejos, que tenerlo ante los ojos y gozar inmediatamente de su conversación.

            Sigamos reflexionando. Hay presencia real cuando alguien cae bajo la percepción de nuestros sentidos, que son órganos materiales de conocimiento, los medios corporales para conocer y percibir las cosas. Por lo tanto, salta a la vista que podríamos hablar de presencia espiritual entre dos seres, cuando estos dos seres caigan bajo el alcance mutuo de sus facultades de conocimiento espirituales, cuando estos dos seres puedan espiritualmente «verse», percibirse, cuando puedan contemplar y seguir mutuamente su actividad, incluso interior, lo que sería, evidentemente, algo mucho más precioso que verse, escucharse o tocarse por los sentidos, los ojos, los oídos o las manos.

            Y si vamos más adelante con nuestras reflexiones, se nos hará patente que esta clase de verdadera presencia espiritual ha de existir. Si no, ¿cómo podrían los ángeles estar cerca uno del otro y gozar de su presencia mutua? No pueden estar uno cerca del otro por el contacto con las mismas dimensiones del espacio, puesto que, no teniendo cuerpo, no pueden encontrarse en tal o cual lugar del mismo modo que nosotros. No pueden verse, escucharse o tocarse, puesto que, pasivamente, no tienen cuerpo que pueda ser visto, escuchado o sentido, y activamente no tienen el sentido visual, auditivo o táctil para realizar estas percepciones: no tienen ni ojos para ver, ni orejas para escuchar, ni manos para palpar.

            Y ¿cómo las almas de los difuntos, mientras no se reúnan con sus cuerpos, podrían estar presentes una a otra, puesto que carecen de toda presencia material o corporal, y de toda percepción y contacto por medio de los sentidos? Por lo tanto, ha de haber una presencia puramente espiritual que supera la presencia material tanto como el espíritu se eleva por encima del cuerpo.

            Esta presencia espiritual consistirá en que dos seres, de modo espiritual, se conozcan, se vean, contemplen mutuamente sus actos, incluso interiores, se manifiesten y se revelen uno a otro sus acciones y su vida íntima. Consistirá también en que esos seres obren uno sobre otro y se influencien mutuamente. Esta presencia espiritual no puede darse perfectamente entre seres humanos que viven en este mundo, porque en esta vida todo conocimiento y toda percepción, como en general toda influencia, está subordinada en cierta medida a funciones sensibles y corporales, y no existe para nosotros una percepción espiritual directa de las realidades suprasensibles. En esta vida toda vista y conocimiento, y toda comunicación con los demás, no puede hacerse más que con la ayuda de los sentidos exteriores o interiores, y por consiguiente no puede ejercerse a cierta distancia. Después de nuestra muerte, incluso después de la resurrección de nuestros cuerpos, este tipo de presencia y de unión espiritual con los ángeles y con los demás bienaventurados será posible y real. Pero con la santa Humanidad de Jesús y también con nuestra divina Madre, esta unión espiritual real puede ser vivida y realizada, en cierta medida, ya desde esta tierra. Jesús nos invita a buscar y a practicar esta unión con El: «Permaneced en Mí, y Yo en vosotros» [11].

            En el próximo capítulo trataremos de explicar cómo y en qué medida puede realizarse en este mundo esa presencia y unión mutuas con la Santísima Virgen.


 

III
La Santísima Virgen nos ve y nos sigue

            Constatábamos en el capítulo anterior que fuera de la presencia corporal, que para los seres corporales consiste en estar juntos, de manera perceptible, en las dimensiones de un mismo espacio, debe existir una presencia y una unión espiritual, más real e íntima que la de las creaturas materiales. También decíamos que esta unión espiritual se realiza ante todo por el hecho de que dos seres se conozcan y vean de manera espiritual, y luego mediante una acción o influencia espiritual recíproca.

            En la Santísima Virgen se realizan estas dos maneras respecto de nosotros.

            1º Y primeramente, Ella está cerca de nosotros, y en cierto sentido en nosotros, porque Ella nos ve y nos considera de modo muy neto y continuo en Dios.

            No podríamos dudar de ello: la Santísima Virgen nos ve realmente, no con los ojos del cuerpo, pero sí con la mirada del alma. Ella ve todo lo que sucede en nosotros y alrededor nuestro. No le escapa ningún gesto nuestro, ninguna palabra, ninguna mirada, ningún pensamiento, ninguna emoción, ningún acto de nuestra voluntad. Ella ve, pues, no sólo lo que es perceptible por los sentidos o puede deducirse de esta percepción, sino también lo que está directamente al alcance de su alma, humanamente hablando, y eso ya es mucho sin duda alguna.

            2º Pero nuestra divina Madre ve sobre todo lo que sucede en nosotros y a nuestro alrededor, porque contempla la Divinidad cara a cara, y en la Naturaleza divina conoce todo lo que puede interesarle; pues no hemos de olvidar que la Divinidad no es sólo el Ser infinito, sino también la Idea viviente, la Imagen sustancial, el Pensamiento infinitamente perfecto, en que Dios y quienes El llama a su gloria conocen todos los demás seres mucho más clara y perfectamente que si los considerasen en sí mismos. Por eso María ve clara y continuamente en el Ser divino todo lo que Ella desea conocer, todo lo que le interesa, principalmente todo lo que le conviene saber como Madre de Dios, como Socia universal de Cristo, como Reina del reino de Dios, y más aún todo lo que Ella debe conocer para realizar su sublime misión de Corredentora y Madre de los hombres, de Mediadora universal de la gracia y Santificadora de las almas, de Adversaria personal de Satán y Generala de los ejércitos de Dios, que sin cesar Ella debe conducir a la batalla y a la victoria.

            A veces se ha creído poder y deber dudar de esta omnisciencia de la Santísima Virgen respecto de todo lo que nos concierne. «Creía que Dios solo conocía los pensamientos y los sentimientos secretos de los hombres», hemos oído decir más de una vez. Sí, es cierto, Dios solo por Sí mismo, pero fuera de El también todos aquellos a quienes El quiere conceder esta vista y este conocimiento, esto es, a aquellos a quienes les es necesario o conveniente penetrar la vida íntima de los hombres, entre los cuales contamos indudablemente la santa Humanidad de Jesús y su divina Madre.

            Los bienaventurados en el cielo ven en Dios todo lo que les inspira un interés particular. No ven cada hoja que tiembla, cada flor que se abre, cada animal que se mueve en la tierra; pues todo eso no puede darles un gozo especial, ni serles útil para la misión que les queda por cumplir. Pero los Santos ven en Dios todo lo que les es necesario o útil saber para ayudar a quienes les rezan. Nuestros queridos difuntos, si ya han entrado en la gloria, ven en la Naturaleza divina todo lo que nos sucede, porque nuestra suerte, nuestra conducta y nuestra felicidad les son de grandísimo interés. Y según este principio de la Teología, es evidente que la santísima Madre de Jesús ve todo lo que se produce en nosotros, y también lo que sucede alrededor nuestro, en la medida en que eso nos concierna.

            Ella es nuestra Madre. Madre con una maternidad mil veces más real y preciosa que la maternidad ordinaria. Y por eso Ella desea saber todo lo que se refiere a sus hijos y todo lo que les sucede: tristeza y alegría, lucha y tentación, faltas y progreso, prosperidad y tribulaciones. Además, Ella debe conocer todo eso. Como Madre espiritual nuestra, Ella debe encargarse de nuestra vida sobrenatural, defenderla, mantenerla, desarrollarla y llevarla a su plenitud. Ahora bien, Ella no podría cumplir esta misión si no conociese todo lo que se refiere a esta vida, todo lo que, en un sentido u otro, puede influenciarla; es decir, prácticamente, todo lo que nos sucede.

            Ella es nuestra Abogada, nuestra Mediadora, y la Distribuidora de todas las gracias. Salta a la vista que para cumplir este cometido que Dios le confió, es preciso que Ella conozca todas nuestras necesidades de cada momento, nuestras disposiciones, nuestras dificultades y tentaciones, nuestros pensamientos y sentimientos, en una pa­labra, todo lo que hay en nosotros y es de nosotros, para poder darnos en tiempo oportuno las gracias y auxilios que necesitamos.

            Y Ella es Reina, Reina de los hombres, Reina especialmente de lo que es interior, espiritual y sobrenatural en el hombre, Reina de las almas, Reina de los corazones. Y no hay duda de que es sumamente conveniente que una reina, que esta Reina sobre todo, sepa todo lo que sucede en su reino.

            Así, pues, Nuestra Señora me ve claramente y sin cesar, a mí mismo y todo lo que pienso y hago. Y por eso mismo Ella está espiritual y realmente junto a mí, y en cierto sentido en mí, puesto que su mirada penetra hasta las profundidades más íntimas de mi ser, hasta mi inteligencia, mi voluntad y la sustancia misma de mi alma. Y cuando yo pienso en Ella, cuando la miro y fijo en Ella los ojos de mi alma, el círculo se cierra, el contacto se establece, y entonces estoy junto a Ella y Ella junto a mí. Y si habitualmente pienso en Ella, y habitualmente la miro, y habitualmente vivo con Ella, estoy habitualmente en su presencia, vivo habitualmente unido a Ella [12]. Se puede decir entonces que Ella está siempre junto a mí y yo junto a Ella.

«

            Sin embargo, aquí no hay que forjarse ilusiones.

            Esta presencia espiritual, intencional si se quiere, de la Santísima Virgen junto a nuestras almas y en ellas, es perfecta por parte de Ella. Ella nos ve claramente y sin cesar, Ella escucha directa y distintamente lo que le decimos y comunicamos, cómo respondemos a su presencia, etc.

            Pero por parte de nosotros, esta presencia, esta «convivencia» deja forzosamente mucho que desear: ¡estamos aún «in via», en la tierra, y no en el cielo!

            1º No vemos directa e inmediatamente a la Santísima Virgen, como Ella nos contempla. La vemos o pensamos en Ella en la imagen espejo de la fe. Una imagen, en un espejo, no es siempre muy fiel. Pero aunque lo fuese, siempre es indirecta y, por lo tanto, imperfecta.

            Durante la guerra de las trincheras de 1914 a 1918, nuestros soldados no podían subir por encima de los parapetos sin correr el riesgo de ser abatidos al punto por los tiradores de élite, siempre al acecho. Por este motivo en las trincheras se instalaron instrumentos especiales, llamados periscopios, que sobresaliendo apenas de la trinchera, por una combinación ingeniosa de espejos, permitían ver claramente y sin peligro lo que sucedía en el campo enemigo. Nosotros vemos a Nues­tra Señora como en el periscopio de la fe. Sabemos que Ella existe, lo que Ella es, que Ella nos ama, que Ella piensa en nosotros y se ocupa de nosotros. Y así la veo y converso con Ella como por un rodeo, pero realmente. No la «oigo» tampoco directamente, no reconozco su voz como lo hago cuando me habla una voz familiar. Sólo por medio de un pequeño razonamiento llego a convencerme de que Ella me habló. Recibo una inspiración de la gracia. Es real, no puedo dudar de ella. Pero toda gracia me viene, después de Dios, por María. Por lo tanto, estoy percibiendo su «voz». Y así, Ella es la que viene a consolarme, a reconfortarme, a pedirme un pequeño sacrificio por el reino de Jesús y el suyo.

            2º En segundo lugar, yo no puedo estar pensando y mirándola continuamente y sin cesar, mientras que Ella sí me está unida sin interrupción. Esto es imposible incluso a los mayores santos, salvo en el caso de una intervención especial de Dios.

            3º En tercer lugar, mi visión de la Madre de Jesús, por desgracia, será siempre superficial, un poco vaga, sin la suficiente claridad y profundidad. Ella me penetra a fondo, mientras que yo no la veo más que de manera defectuosa. Yo no puedo penetrar hasta los abismos de luz, de amor y de vida que el Señor ha cavado en Ella, su obra maestra. ¡Cómo todo esto debe hacernos suspirar por el cielo, en que podremos leer sin parar en el alma santa, radiante y totalmente divinizada de nuestra Madre, y de este modo quedar fijos en un rapto de amor!

            Pero, a pesar de todas las imperfecciones que acabamos de señalar, no es menos cierto que subsisten todas las condiciones indispensables para poder hablar de una verdadera presencia espiritual de la Santísima Virgen junto a nosotros y en nosotros, y de una unión innegable. A nosotros nos toca fortalecer e intensificar sin cesar esta unión por una mirada frecuente de alma y por un trato íntimo de amor.

            Más tarde diremos cómo podemos realizar esto en la práctica.


 

IV
La Santísima Virgen
nos influencia por la gracia

            En el capítulo precedente hemos visto que la Santísima Virgen, de manera espiritual, está junto a nosotros y en cierto sentido incluso en nosotros, porque Ella nos ve clara y continuamente en Dios, con todo lo que somos, todo lo que hacemos y sufrimos, tanto por dentro como por fuera. Y si elevamos entonces la mirada de nuestra alma hacia Ella, si pensamos en Ella, el círculo se cierra y podemos hablar de unión con Ella. Y si lo hacemos habitualmente, en cuanto lo permite nuestra condición actual sobre la tierra, podemos hablar de unión permanente y de vida incesante en su presencia.

            Pero hay más y mejor. Existe otra causa más eficaz y profunda de contacto espiritual permanente entre la Santísima Virgen y nosotros: Ella está junto a nosotros, y en cierto sentido en nosotros, por la influencia incesante de gracia que, como instrumento consciente y consintiente de la Divinidad, y también de Cristo en cuanto hombre, Ella ejerce sobre nosotros [13].

            Alguien puede ser causa de la gracia santificante o actual de dos maneras, siempre —claro está— en subordinación a Dios y a Cristo en cuanto hombre: moralmente, o de manera física e inmediata.

            Ante todo, un ejemplo para ilustrar esta doble causalidad.

            Una mamá da a su hijo de cinco o seis años, para ocuparlo, un lápiz y un pedazo de papel: «Vamos, hijo mío, escribe algunas cosas bonitas». La mamá, por sus palabras y por su aliento, no es la causa física de esta acción de escribir, pues no es ella la que escribe, no es ella la que realiza esta acción. Pero por una influencia moral convence a su hijo para que la realice. Ella es, pues, su causa moral.

            Pero esta misma madre tiene otro crío de apenas tres o cuatro años, que también quiere escribir, aunque todavía no sabe sostener un lápiz o un bolígrafo. «Vamos, cariño, escribiremos los dos juntos». La mamá pone el lápiz entre las manitas de su pequeñín, pone esta mano dentro de la suya y la hace escribir con gran alegría de su tesoro. Esta vez la mamá no es sólo causa moral, sino también causa física de lo que se escribe: ella es la que escribe inmediata y realmente, aunque lo haga a través de la mano inexperta de su niño.

            Otro ejemplo ahora en el plano sobrenatural. De viaje me encuentro con alguien. Charlamos. Mi interlocutor muestra rápidamen­te que no tiene la conciencia en paz. Se deja ganar por algunas palabras amables, y se decide a ordenar sus asuntos espirituales. A su llegada busca un sacerdote, que escucha su confesión y le da la absolución, y por lo tanto la gracia santificante. Yo he sido la causa remota y moral de la gracia santificante en esta alma por mis consejos y tal vez por mis oraciones; mientras que el sacerdote que la absolvió ha sido su causa eficiente, inmediata y física, puesto que ha dicho: «Yo te absuelvo de tus pecados»; cosa que, evidentemente, el sacerdote no puede hacer por sí mismo, sino sólo como instrumento vivo y ministro de Cristo.

            Ahora bien, cuando llamamos a la Santísima Virgen Mediadora de todas las gracias, queremos decir con ello que, juntamente con Cristo y en subordinación a El, Ella mereció durante su vida todas las gracias, y ahora nos las destina y las obtiene para nosotros por una oración infaliblemente escuchada. Ella es, pues, de más de un modo, causa remota y moral de las gracias que Dios infunde en nuestra alma. Todo esto, sin embargo, no establece aún un contacto inmediato entre Ella y nosotros.

            Pero, como hemos visto más arriba, podemos admitir, por sólidas razones, que cuando la Santísima Virgen nos ha destinado y obtenido la gracia, Dios también se sirve de Ella para aplicarnos esta gracia, o hablando más claramente, para producirla en nosotros. Y por eso Ella, por virtud de Dios y de Cristo, es la causa subordinada, pero real, inmediata, eficaz y productora, de toda gracia, santificante o actual, sacramental o extrasacramental, esto es, producida por medio de los sacramentos o sin ellos. Lo que el sacerdote hace para ciertas gracias, la Santísima Virgen lo hace para todas. Por el bautismo el sacerdote, como ministro de Dios, confiere la vida divina al niño. Por la absolución devuelve o aumenta la gracia santificante en su penitente. Nuestra Señora confiere y produce la gracia santificante y actual en todas partes donde Dios la concede. León XIII la llama «Dispensadora [con Cristo] en la comunicación de todas las gracias que se derivan del misterio de la Redención, de que Ella fue igualmente Cooperadora» [14]. Y San Pío X la llama «Princeps largiendarum gratiarum ministra: la principal Administradora de la co­municación de las gracias» [15].

            Así María influencia muy frecuentemente, podríamos decir casi sin cesar, nuestra alma por la comunicación de la gracia actual, que nos es concedida abundantemente.

            Pero Ella ejerce realmente sin cesar su influencia sobre las almas establecidas en estado de gracia. Pues la gracia santificante no nos viene solamente de Ella en su primera producción, sino también en la continuación de su existencia en nuestra alma. La gracia santificante debe ser mantenida en nosotros; y eso lo hace, después de Dios, la santa Humanidad de Jesús. El nos lo enseña claramente cuando nos llama sarmientos de la viña, que no pueden vivir más que por la savia de la vid, que esta debe comunicarles incesantemente. Pero esta gracia santificante es conservada y mantenida también en nosotros, por debajo de Cristo, por María, Mediadora de toda gracia. Y así estamos sometidos sin cesar a la influencia y a la acción vivificadora de la santísima Madre de Dios.

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            Ahora bien, esta acción y esta influencia establecen y constituyen un verdadero contacto físico, aunque espiritual, con nuestra divina Madre. Si alguien pone su mano en la mía, sin que pueda verlo o escucharlo, diré: «¡Hay alguien aquí!…». Cuando la Santísima Virgen toca, mueve o trabaja mi alma de manera espiritual, digo: «María está junto a por su acción». Para cumplir en un lugar determinado una acción material cualquiera, ante todo debemos estar en dicho lugar. No puedo hacer un paseo por Nueva York, ni comprar allí un reloj, ni conducir un auto, porque no estoy allí. Al contrario, para los seres que pueden ejercer una influencia puramente espiritual, la acción mis­ma que realizan, la influencia misma que ejercen sobre otro ser, hace que estén presentes allí donde se encuentra el objeto de su influencia, el término de su acción. Es el caso de los ángeles y bienaventurados en el cielo. Nuestro ángel de la guarda, por ejemplo, está presente donde estamos nosotros, tanto porque nos ve, como explicamos precedentemente, como porque obra sobre nosotros, lo cual constituye un toque, un contacto espiritual, como también hemos dicho.

            Así es como se dice, y justamente, que Dios está en todas partes, no sólo directamente por su Esencia, sino también por su acción todopoderosa, por la que mantiene en la existencia todo lo que existe y realiza todo lo que se hace y todo lo que sucede en el mundo. Si Dios no estuviese en todas partes por su Ser, lo estaría por su Poder, por su acción universal y todopoderosa. Nuestra Señora, evidentemente, no está en todas partes por su acción. Pero Ella está dondequiera que haya almas en que Dios infunde o mantiene la gracia santificante, y dondequiera que Ella obre sobre estas mismas almas por las inspiraciones de la gracia.

            De nuevo, es cierto, hemos de comprobar que, por desgracia, tampoco esta presencia es perfecta por nuestra parte, porque estamos todavía «in via», en camino hacia la plena Luz. No podemos ver directamente estas influencias de la gracia. No experimentamos la presencia de la gracia santificante en nosotros, ni su mantenimiento y aumento. No reconocemos tampoco directamente cuál es la causa de este mantenimiento y de estos progresos. Sin embargo, podemos tener una certeza moral de la existencia de la gracia santificante en nuestra alma, y sabemos por la fe que esta gracia es producida y mantenida en nosotros por Jesús y por su divina Madre.

            ¡Qué difícil es para nosotros, almas totalmente prisioneras en la carne, comprender cómo la Santísima Virgen, que está en el cielo, puede obrar sobre nosotros a tales distancias, y cómo puede ejercer su acción sobre millones de almas a la vez! La explicación teológica de esta verdad no es demasiado difícil, pero exigiría una exposición que aquí estaría fuera de lugar. Hagamos notar solamente que la San­tísima Virgen no obra en este campo por medio de su poder o vir­tud propia, sino por lo que la teología llama «poder obediencial», es decir, por el poder ilimitado inherente a toda creatura, desde el momento en que es movida y accionada por la Omnipotencia de Dios. El puede servirse de la acción, incluso material, de cualquier creatura, para producir cualquier efecto, en cualquier lugar del universo. De este modo el poder de la creatura, a condición de que Dios quiera ser­virse de él, es realmente ilimitado, y la Santísima Virgen, por ejemplo, como consecuencia de la moción divina, puede obrar simultánea­mente sobre centenares de millones de ángeles y de hombres.

            Montfort pensaba en este tipo de presencia y en esta unión cuando escribía: «San Agustín, sobrepujándose a sí mismo y a todo lo que acabo de decir, dice que todos los predestinados, para ser con­formes a la imagen del Hijo de Dios, están en este mundo escondidos en el seno de la Santísima Virgen, donde son guardados, alimentados, mantenidos y desarrollados por esta buena Madre…» [16]. Se trata, evidentemente, de una metáfora, en el sentido de que Mont­fort no se refiere aquí del seno corporal de Nuestra Señora. Pero en todo caso quiere decir sin duda alguna que los predestinados están es­trechamente vinculados y unidos a la Santísima Virgen, y que en esta unión son guardados, alimentados, mantenidos y desarrollados en la vida de la gracia, en la vida de Jesús, en la vida de Dios mismo.

            En los capítulos siguientes trataremos de hacer comprender me­jor estas cosas, y justificarlas aún más.

            Mantengámonos fielmente entregados a la acción y a las influen­cias de gracia de Nuestra Señora, por más que no podamos percibir directamente esta acción beneficiosa. Y séanos un gran gozo saber que en la misma medida en que aumenta la gracia santificante, la vida divina en nosotros, se intensifica también esta dulce unión con Ella.


 

V
Ella en nosotros, nosotros en Ella

            En los capítulos precedentes hemos hablado de la presencia espiritual de la Santísima Virgen junto a nosotros, en cierto sentido en nosotros, y de nuestra unión real con Ella.

            No se trata en este caso, decíamos, de una presencia sustancial, gracias a la cual Nuestra Señora estaría en cuerpo y alma junto a nosotros, al modo como Dios con su Ser inefable vive directamente en nosotros por la gracia. María está junto a nosotros y en nosotros, como hemos visto, ante todo por el hecho de que Ella nos ve espiritualmente, y ve y conoce todo lo que nos pasa, todo lo que sucede en nosotros, todo lo que nos concierne tanto exterior como interiormente; y luego, porque Ella nos influencia, nos «trabaja», muy a menudo por la gracia actual, y sin cesar por la gracia santificante que, como instrumento vivo y consciente de Dios y de Cristo, Ella produce y mantiene incesantemente en nosotros. Esta influencia física de la San­tísima Virgen, aunque de orden espiritual, es un verdadero toque en nuestra alma, un verdadero contacto de María con ella, por el que Nuestra Señora nos sigue estando estrechamente unida.

            Comprendemos mejor ahora por qué San Luis María no habla solamente de vivir junto a María, en su compañía, sino de una vida de nosotros en María y de María en nosotros. En efecto, se trata aquí de una presencia espiritual, que comporta siempre una compenetración mutua de espíritu a espíritu, de alma a alma. Los cuerpos son impene­trables. La impenetrabilidad es una cualidad fundamental de la mate­ria. Pero esta ley no vale para las almas, para los espíritus. De las al­mas y de los espíritus que están unidos uno a otro, hemos de decir que están uno en el otro. Y aunque de los seres espirituales unidos pueda decirse que viven recíprocamente uno en el otro, normalmente nos re­presentaremos al ser inferior, menos perfecto, como viviendo en el ser superior, más perfecto, y nos expresaremos de este modo por analogía con los seres materiales, para los que el continente debe ser mayor y más vasto, por la naturaleza misma de las cosas, que el contenido. Po­demos hablar aquí, pues, de María en nosotros y de nosotros en María. Pero de preferencia nosotros nos representaremos como viviendo en Ella, y hablaremos generalmente de nuestra vida en María, porque el ser de Ella, cuanto al don de naturaleza y de gracia, es incomparablemente más vasto, rico, grande y amplio que el nuestro.

            Hablamos de María en nosotros, y no sólo junto a nosotros. Y es que la Santísima Virgen no nos ve de manera exterior y superficial; pues su mirada materna sondea los riñones y los corazones, como dice la Escritura, y penetra hasta lo más profundo de nuestra alma. Y su influencia espiritual de gracia, aunque se ejerce a veces, es cierto, sobre nuestros sentidos y pasiones, sobre nuestra memoria e imaginación, penetra mucho más allá y nos capta mucho más profundamente: Ella llega hasta nuestras facultades puramente espirituales, la inteligencia y la voluntad, en las que generalmente se produce la gracia actual, e incluso hasta la sustancia misma del alma, pues allí es donde reside la gracia santificante, por la cual la Santísima Virgen, juntamente con Jesús, ejerce su influencia materna sobre nosotros.

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            A pesar de todas las explicaciones teológicas que se nos puedan dar sobre este tema, nos es difícil, en las condiciones materiales de nuestra existencia terrena, concebir esta presencia espiritual como una unión verdadera. Nos aferramos siempre a la presencia material, local, fuera de la cual no puede haber unión verdadera entre hombres que viven en las condiciones de la tierra. Para facilitarnos la comprensión de la presencia de la Santísima Virgen y de nuestra unión con Ella, avancemos la siguiente propuesta que el poder divino podría realizar perfectamente. Tratemos de representarnos la cosa vivamente y de reflexionar en ella a fondo.

            Por acción de las circunstancias vives lejos de tu madre, a 20, 100 o 150 kilómetros de distancia. Piensas en ella muy seguido, y ella aún mucho más en ti; pero salta a la vista que no hay ningún contacto verdadero, inmediato, ni siquiera espiritual, entre tú y ella; estáis separados, alejados uno del otro. No se podría hablar en este caso de una verdadera presencia mutua.

            Pero supón ahora que, por una omnipotente y muy posible intervención de Dios, se realice lo que sigue. Con una mirada espiritual, pero muy clara y nítida, ves sin cesar a tu madre, todo lo que ella hace exteriormente, todo lo que ella piensa y siente en su interior. La ves en tal o cual habitación de la casa paterna, en esta o aquella actitud, ocupada en este o aquel trabajo. Puedes seguirlo todo en ella, incesante e indistintamente. Por su parte, ella tiene el mismo privilegio. También ella, con su mirada materna y afectuosa, te sigue en todo lo que haces y piensas, en todo lo que experimentas y sufres. Podéis comunicaros entre los dos; entre tú y ella hay un vínculo incesante; podéis charlar juntos e intercambiar vuestros pensamientos e impresiones.

            Eso ya sería mucho. Pero supongamos que hay más. Tu madre puede consolarte, alentarte, darte buenos consejos; ella puede también sostener tu salud cuando se siente debilitada, puede incitarte a una vida más hermosa y más pura; en una palabra, puede ejercer sobre ti en todo instante una influencia beneficiosa y santificadora. De tu lado tienes las mismas posibilidades. Tú también puedes ayudar a tu madre y asistirla en el doble plano material y espiritual. Puedes restaurar sus fuerzas extenuadas, alegrarla en sus tristezas, aumentar un poco más su fervor y su generosidad, etc.

            Si sabes hacer abstracción del modo como se realiza ordinariamente en este mundo la presencia mutua, y te penetras a fondo de la suposición que acabamos de hacer, reconocerás que en este caso vivirías realmente unido a tu madre, y que podrías hablar en este caso de verdadera presencia mutua, aunque vivierais corporalmente separados por una distancia de decenas o centenas de kilómetros. En esta hipótesis sólo te faltaría una cosa: poder contemplar a tu madre con tus ojos corporales, agarrar su mano, besarla afectuosamente… Pero en realidad estarías unido a tu madre de manera más verdadera, preciosa e íntima que si vivieras con ella bajo el mismo techo.

            Todo esto, evidentemente, no es más que una suposición en relación con nuestra madre de la tierra. Pero es una verdadera y encantadora realidad en relación con nuestra Madre del cielo, como se deduce de nuestras explicaciones precedentes. Es cierto que, de nuestra parte, hay puntos flacos y lagunas en esta unión. En las páginas siguientes veremos cómo podemos remediar estas debilidades y colmar estas lagunas, al menos parcialmente.

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            Las explicaciones que acabamos de dar, por su supuesta novedad, pueden parecer sorprendentes e incluso extrañas a ciertas personas. Por eso da un gozo tranquilizador encontrar expuesta esta doctrina, de idéntico modo en cuanto al fondo, por autores muy antiguos y de la mayor competencia. Damos aquí la traducción de un extracto de un sermón de San Germán de Constantinopla († 773), una de las mayores figuras de la Iglesia oriental, tan profundamente devota de la santísima Madre de Dios.

            «¿Cómo sería posible, santísima Madre de Dios, que, dado que el cielo y toda la tierra recibieron toda su belleza por Ti, al dejarnos hayas dejado a los hombres privados de tu vista?

            Pero no, que cada día alegras e impresionas con la visión de Ti los ojos de las almas, como si estuvieras todavía corporalmente y realizaras acciones humanas entre nosotros. En efecto, así como viviste en la carne con los hombres del tiempo de antaño, así también vives ahora con nosotros por el espíritu; y la protección incesante con que nos cubres es un indicio de tu presencia entre nosotros; y nosotros escuchamos tu voz, y el sonido de tu voz llega a los oídos de todos. Y todos nosotros, que somos conocidos de Ti por tu protección sobre nosotros, reconocemos sin cesar esta beneficiosa protección. Pues Tú no has dejado a aquellos por quienes has sido causa de salvación; no nos has abandonado, reunidos juntos sin Ti. Tú nos visitas a todos, y tu mirada, oh Madre de Dios, reposa sobre todos nosotros. Por eso, aunque nuestros ojos no puedan verte, oh Santísima, Tú sigues viviendo en medio de todos nosotros, y te manifiestas de diversas maneras a quienes son dignos de Ti.

            Pues la carne no se opone en nada a la virtud y a la eficacia de tu espíritu; ya que este espíritu tuyo sopla donde quiere, porque es puro y libre de la materia, incorruptible e inmaculado, y asociado al Espíritu Santo. Y tu cuerpo virginal es totalmente santo, completamente casto, enteramente el domicilio de Dios. Y por eso, Madre de Dios, creemos que realmente caminas con nosotros.

            Sí, lo repito de nuevo en la exultación de mi alma: aunque hayas dejado la morada humana, no te has separado del pueblo de los Cristianos. No, Tú no te has alejado de este mundo envejecido» [17].

            La lectura atenta y meditada de este texto espléndido convencerá a todo lector mínimamente instruido de que, para nuestro gozo y edificación, encontramos aquí todos los elementos de nuestras explicaciones precedentes sobre la naturaleza de la presencia de María.


 

VI
“Permaneced en Mí y Yo en vosotros”

            Para comprender mejor la vida de unión entre la Santísima Virgen y nosotros, la hemos comparado a las relaciones mutuas que los ángeles y bienaventurados tienen entre sí en el cielo. Pero sobre todo debemos cotejarla con la «permanencia» de Cristo en nosotros y de nosotros en Cristo, de que El nos ha hablado repetidas veces y dicho cosas maravillosas y conmovedoras.

            Ante todo una observación. Se trata aquí de nuestra unión a Cristo en cuanto Hombre, ya que en la alegoría de la vid de que hablaremos más lejos, El se distingue netamente del Padre, es decir, su Hu­manidad de su Divinidad, puesto que dice: «Yo soy la vid verdadera, y mi Padre es el viñador» [18]. La misma observación vale, evidentemente, para los demás textos que vienen a continuación.

            Jesús habló por primera vez de esta unión al anunciar el misterio de la Sagrada Eucaristía, de la sagrada Comunión, que es como una fusión de un tipo especial con Cristo, pero que tiene por efecto una unión estable y permanente: «Quien come mi Carne y bebe mi Sangre, en Mí mora y Yo en él» [19]. El mismo indica cuál es el fundamento y la razón de ser de esta unión, a saber, una influencia constante que El ejerce sobre nosotros y por la cual nos comunica e infunde incesantemente la vida de la gracia: «Así como Yo vivo por el Padre, así también quien me come vivirá por Mí» [20]. Por lo tanto, estamos en El y El en nosotros, porque vivimos de El y por El, y El nos comunica la vida de la gracia por un influjo constante de su santa Humanidad sobre nosotros. Es, pues, una unión espiritual muy profunda y estrecha. Este es el lazo principal que nos une a El.

            Jesús vuelve sobre esta unión maravillosa entre El y nosotros especialmente en su discurso de despedida a los apóstoles en la última Cena, discurso en el que recopiló y condensó todo lo que su doctrina tiene de más hermoso, de más conmovedor, de más elevado. El Espíritu Santo es quien, al descender sobre ellos, les hará comprender estas magníficas verdades: «En ese día comprenderéis que Yo estoy en mi Padre, y vosotros en Mí, y Yo en vosotros» [21]. Es evidente que esta unión se realiza por la gracia santificante, que Cristo les comunica y que los hace semejantes a Aquel que posee en sí mismo la plenitud de la Divinidad: «Yo les he dado la gloria que Tú me diste, para que sean uno como Nosotros somos uno: Yo en ellos y Tú en Mí, para que sean consumados en la unidad» [22].

            Viene luego esta espléndida alegoría, tal vez la más bella que ja­más haya sido propuesta: «Yo soy la vid, vosotros los sarmientos» [23]. Estos sarmientos están unidos a la vid, y la vid sostiene a los sarmientos. Unión estrecha, íntima, profunda, sí, verdadera unidad de la cepa y de las ramas. Las ramas viven del tronco y le están unidas mientras absorben la savia vivificante de la cepa y se alimentan de ella; pero apenas dejan de absorber estos jugos vitales, dejan de pertenecer a la cepa, se secan, caen o son cortados, y se los echa al fuego. Esta es la alegoría de la unión de Cristo con los suyos. La permanencia de Cristo en nosotros y de nosotros en Cristo vuelve cinco o seis veces en esta alegoría: «Lo mismo que el sarmiento no puede dar fruto por sí mismo, si no permanece en la vid; así tampoco vosotros si no permanecéis en Mí… El que permanece en Mí y Yo en él, ese da mucho fruto… Si alguno no permanece en Mí, es arrojado fuera, como el sarmiento, y se seca… Si permanecéis en Mí, y mis palabras permanecen en vosotros, pedid lo que queráis y lo conseguiréis» [24]. Y la apremiante y tan dulce exhortación: «¡Perma­neced en Mí, como Yo en vosotros!» [25].

            San Pablo, bajo la inspiración del Espíritu de Dios, dará vida a otra imagen de esta sublime verdad en el pensamiento y en el corazón de los cristianos: Cristo es la Cabeza, y nosotros sus miembros; El y nosotros estamos unidos estrecha y vitalmente en la unidad del Cuerpo místico. La Cabeza forma una sola cosa con los miembros, y los miembros con la Cabeza, por todo el tiempo en que los miembros reciben la influencia vivificante de la Cabeza. Cuando esta influencia se detiene, o cuando ya no es recibida o captada, la sangre se paraliza, la vida se para, el miembro se corrompe, cae y se separa. Se nos sigue proponiendo la misma verdad, pero bajo otra forma: somos uno con Cristo por la influencia vivificante e incesante que El ejerce sobre nosotros.

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            La Santísima Virgen es el Cuello del Cuerpo místico de Cristo, por el que se transmiten las influencias vivificantes de la Cabeza a los miembros, y al que los miembros están estrechamente unidos… Igualmente, la Santísima Virgen es como el Nudo vital de la Vid, que une la Cepa a los Sarmientos, y a través del cual la savia del Tronco es dirigida y canalizada hacia los diferentes Sarmientos. Nuestra unión a la Santísima Virgen, Madre de la vida, Comunicadora de todas las gracias, es de la misma naturaleza que la que nos une con Cristo. De la misma naturaleza y del mismo tipo no quiere decir, evidentemente, del mismo grado e intensidad, porque Cristo es causa incomparablemente más poderosa, y origen más eficaz de la gracia en nosotros.

            Y por eso podemos poner en labios de Nuestra Señora la mayoría de las palabras de Cristo sobre este punto. Estas palabras hemos de escucharlas muy atentamente, y meditarlas con fervor.

            «Así como Jesús vive por el Padre, así también yo vivo por Cristo, y vosotros por mí… Ojalá reconocierais hoy que yo estoy en Cristo, y vosotros en mí, y yo en vosotros… Vosotros no podéis llevar fruto si no permanecéis en mí, como yo misma estoy en Cristo, y Cristo en el Padre. Quien permanece en mí y yo en él, lleva fruto abundante. Así como yo vivo por Cristo, así yo os doy la vida y vosotros viviréis por mí… Que todos sean uno, como Tú, Jesús, en mí y yo en ellos».

            Luego viene la gran exhortación que encierra todo lo que tenemos que decir sobre la unión de la Santísima Virgen con nosotros: «Permaneced en mí y yo en vosotros».

            «Permaneced en mí por la gracia santificante, que es el lazo vivo que os une conmigo. Permaneced en mí por una caridad creciente, que es la fuerza y el poder misterioso que os lleva hacia mí, y a mí hacia vosotros. Permaneced en mí sometiéndoos cada vez más total y dócilmente a mi influencia de gracia. Permaneced en mí por medio de un pensamiento frecuente, un recuerdo constante, una mirada continua de alma puesta en mí».

            De este modo nuestra vida será un anticipo delicioso de la dulcísima unión que en Dios saborearemos con Ella por toda la eternidad.


 

VII
La práctica

            Hemos consagrado varios capítulos a exponer los fundamentos doctrinales de una vida de unión con la Santísima Virgen. Hemos visto que existe una verdadera presencia espiritual de Nuestra Señora junto a nosotros, y en cierto sentido en nosotros mismos, por el hecho de que, ante todo, Ella ve todo lo que es nuestro o está en nosotros, y luego porque Ella nos influencia incesantemente por la gracia, y por medio de esta influencia Ella «ase» realmente nuestra alma y establece un contacto verdadero y muy íntimo entre Ella y nosotros.

            Quedamos muy alentados por las reacciones que, de modo general, nos llegaron de todas partes sobre estos artículos cuando fueron publicados en nuestra revista «Mediadora y Reina». Sin embargo, no nos extrañaríamos de que cierto número de nuestros lectores hayan encontrado áridas y complicadas estas explicaciones. Recuérdese que escribimos para lectores de un grado de cultura a menudo muy distinto tanto en el campo intelectual como en el espiritual. Para los sacerdotes, religiosos y nuestros lectores de cultura intelectual y sobrenatural más acabada, era de la mayor importancia que diésemos una explicación doctrinal aceptable de una práctica que, de otro modo, hubiese podido parecer extraña e incomprensible. Incluso para quienes no pudieron comprender a fondo esta exposición, pero se dieron la pena de seguirla, no les habrá sido del todo inútil. ¿Santo Tomás no dice acaso que un conocimiento de las cosas divinas, por muy imperfecto y elemental que sea, es más precioso que la ciencia profunda de las leyes y de los secretos de la naturaleza?

            En todo caso recordemos lo que dejamos dicho: aquí no es necesario comprender para obrar. ¿Cuántas actitudes sobrenaturales de alma están fundadas en lo que siempre seguirá siendo para nosotros un misterio, por ejemplo la vida de unión con Dios que vive en nosotros por la gracia? Y no es necesario que quien mejor capte cómo se realiza la presencia mariana en nosotros, sea el que viva de ella más fiel y profundamente. ¡Las almas más simples pueden rivalizar aquí con los espíritus más perspicaces y… superarlos! ¡Ojalá rivalicemos entre nosotros, con buena voluntad, celo y perseverancia, en ver quién vivirá más fielmente la vida mariana de unión, a fin de experimentar sus «maravillosos efectos», efectos que se resumen en este, tan precioso: la vida de unión con Cristo y con Dios!

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            Debemos tratar de llevar una «vida» mariana y no contentarnos con una devoción mariana por sacudones y tirones, por ligereza y broma. Debemos tratar de vivir en unión con la Santísima Virgen como un hijo vive con su madre. Un buen hijo no se contenta con saludar o despedirse de su madre, y con un contacto indispensable, pasajero y rápido en el transcurso del día. Todo hijo bien nacido considera como su deber y también como su mayor gozo pasar su vida en presencia de su madre, compartir con ella sus alegrías y tristezas, y permanecer en contacto con ella sin cesar, tanto como se pueda.

            Tampoco nosotros debemos contentarnos con algunas Avemarías por la mañana y por la noche, y con alguna invocación rápida y rara en nuestros momentos de dificultad, ni siquiera con la excelente y tan preciosa práctica del Rosario, porque no basta para establecer entre Ella y nosotros un contacto permanente. Deseamos y buscamos más y mejor.

 

Rica vida de gracia

 

            Acordémonos ante todo de que María está junto a nosotros, en nosotros, por su gracia: por la gracia santificante que, como instrumento de Dios, Ella produce y mantiene en nosotros, y por las inspiraciones e influencias múltiples de la gracia actual.

            Cuanto más rica y abundante sea la gracia santificante en nosotros, tanto más estrechos y fuertes serán los lazos que nos unan a Ella. Tenemos ahí un motivo, secundario a decir verdad, pero poderoso y precioso, para aumentar y enriquecer la vida divina en nosotros, especialmente por la recepción frecuente de los sacramentos y sobre todo de la sagrada Comunión, que trataremos de recibir muy a menudo, cada día si fuera posible.

            Y como por la gracia actual, como decíamos hace un instante, la Santísima Virgen «ase» nuestra alma y se apodera de ella, por este motivo también demos gran importancia, concedamos plena atención y respondamos generosamente a estas influencias de la gracia, a fin de alentar a nuestra buena Madre a proseguir e intensificar su acción santificante en nosotros. Debemos entregarnos apacible y dócilmente a su influencia, no resistir a sus llamamientos, «dejarla obrar» en nosotros, como lo dice repetidas veces Montfort, y mantenernos entregados entre sus manos «como un instrumento en las manos de un buen operario, como un laúd en las manos de un buen tañedor».

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            Hemos visto que, si la presencia de la Santísima Virgen junto a nosotros y en nosotros es real y perfecta por su parte, porque Ella nos ve claramente y ejerce sobre nosotros una acción incesante, la unión por nuestra parte es deficiente e imperfecta, porque nosotros no la vemos, no la percibimos directamente, ni siquiera con el espíritu, y además no sólo nos es difícil, sino realmente imposible mirarla sin cesar, pensar en Ella ininterrumpidamente, y someternos a sus influencias siempre de manera actual. Por lo tanto, no podemos estarle unidos incesantemente de manera actual y expresa. Pero podemos llegar a una unión habitual, de modo que la dulce Virgen sea como la atmósfera en que vivimos, el aire que respiramos, incluso sin ser siempre plenamente conscientes de ello. Salta a la vista que, también en este campo, hay un número ilimitado de grados, que con la gracia de Dios podemos alcanzar y atravesar. Vamos a tratar de describir las fases principales de esta unión creciente.

 

Renunciar a sí mismo

 

            La perfección cristiana tiene un doble aspecto. En sí misma es positiva, una realidad encantadora, pero supone necesariamente un trabajo correspondiente y progresivo de anonadamiento, de «mortifi­cación»: es preciso renunciarse a sí mismo, para pertenecer a Jesús y seguirlo. La vida mariana, también bajo el aspecto específico de la unión, no es una excepción a esta ley. No hay que olvidarlo. Para vivir en un trato habitual con Nuestra Señora, es necesario olvidar y excluir hasta cierto punto a las creaturas.

            Este olvido y exclusión no pueden practicarlo todos, evidentemente, del mismo modo y en la misma medida. Dichosos aquí quienes, por su vocación y por las circunstancias en que viven, como los religiosos y, hasta cierto punto, los sacerdotes, no tienen que ocuparse más que de las cosas divinas. Pero también los cristianos que viven en el mundo y apuntan a la unión con Dios y su santa Madre, pueden y deben practicar, en cierta medida, esta exclusión de todo lo que es obstáculo a esta unión. Sin duda, tienen sus ocupaciones, sus deberes de estado, deben ganarse la vida y cuidar sus negocios; tienen deberes que cumplir con su familia, y otras relaciones son a veces inevitables. Igualmente, cada cual tiene necesidad de vez en cuando de algún descanso, de alguna distracción. No sería factible, e incluso sería condenable en algunas ocasiones, querer abstenerse de ellas completamente.

            Todo esto es cierto. Pero eso no impide que quienes apuntan a la unión divina y mariana deben prohibirse muchas cosas, crear alrededor suyo y sobre todo dentro suyo una atmósfera de silencio y de recogimiento, sin la que una «vida» de unión es inconcebible.

            Hay que excluir una vida mundana y disipada. Hay que descartar toda diversión realmente «mundana», como también todos esos char­loteos incesantes e inútiles, y esas pérdidas deplorables de tiempo. No se puede pasar horas seguidas soñando ante la radio, no se puede trabajar al son incesante de marchas o de música. La moda y el deporte han de tener un valor muy relativo en estas vidas que aspiran a subir más alto. La vana curiosidad, los ensueños, las preocupaciones inútiles, son otras tantas cosas que debe descartar quien desea entrar en la intimidad con Dios y con Nuestra Señora. Esta alma, sin ser asocial, misántropa, se asegurará cada día algunas horas de silencio y de soledad para ser más accesible a las cosas de lo alto.

            Por medio de un cierto número de ejercicios de piedad, esta alma se irá estableciendo en una atmósfera de oración; incluso le facilitarán el contacto con Dios y con su divina Madre fuera del tiempo de estos ejercicios. Hay ejercicios de un programa tipo, recomendado a todas las personas que quieren subir más alto: la oración de la mañana y de la noche, la santa Misa y la sagrada Comunión, un poco de meditación y de lectura espiritual, la corona del Rosario o mejor el Rosario entero, y la visita al Santísimo Sacramento. Por supuesto que todos los cristianos fervorosos, incluso con la mejor de las volun­tades, no podrán llegar siempre a tanto. Realice cada cual este programa o acérquese lo más que pueda, en cuanto se lo permitan las circunstancias.

            Entonces se creará el clima necesario para alcanzar una vida espiritual más íntima, y también la vida de unión con la Santísima Virgen. Entonces se podrá ejercer de manera positiva e inmediata los actos que han de realizar en nosotros la vida de intimidad habitual con nuestra divina Madre.

            Estos actos los detallaremos en lo que sigue.


 

VIII
Modo simple

            En las páginas que preceden hemos constatado que, objetivamente hablando, nuestra unión con la Santísima Virgen se hace más estrecha en la medida en que crecemos en gracia santificante, y también por la fidelidad y docilidad a la gracia actual, pues el contacto espiritual entre Ella y nosotros se establece sobre todo por la gracia. Hemos hecho notar además que para esta intimidad creciente se exigía la renuncia y el desprendimiento de las creaturas en cuanto tales. Con otras palabras, nos es preciso aprender a vivir en el silencio interior, a vivir dentro de nosotros. Para eso hemos de evitar el contacto inútil con el mundo, sobre todo con el mundo «mundano», y no tener este contacto sino en la medida de lo necesario, según lo pidan la utilidad y las conveniencias. Es una exigencia negativa imperiosa para alcanzar un cierto grado de intimidad con Dios y su santísima Madre.

            Vamos a ocuparnos ahora del modo positivo e inmediato de realizar esta vida de unión con Nuestra Señora. Queda entendido que se puede llevar esta vida en muchos grados distintos, pasando por múltiples fases. Vamos a recordar las principales que se pueden recorrer para llegar a la unión más elevada y preciosa.

            Una primera manera de unión consiste en servirse para este fin de toda clase de medios exteriores. No podemos considerar y despreciar estas prácticas como pueriles e indignas de nosotros. Los mayores santos, entre otros San Luis María de Montfort, que había llegado ya a la más elevada unión mariana mística, permaneció fiel a ellas.

            Por otra parte, estas prácticas exteriores no son lo principal. Sólo tienen valor en la medida en que proceden de lo interior y conducen a ello. Cada cual haga aquí libremente su elección. Estos testimonios exteriores de amor y de veneración se diferenciarán legítimamente según toda clase de factores: el sexo, la edad, el grado de instrucción, el propio temperamento, etc. El carácter de un país y de un pueblo dejará sentir en esto su influencia. Una joven tendrá, en este campo, atractivos distintos a los de un rudo obrero. Un sabio teólogo obrará de modo distinto a un simple cristiano. Hemos podido ver las prácticas de devoción mariana de los Italianos y de los Portugueses, ciertas de las cuales nos convendrían menos a nosotros, Belgas. Sobre este punto ya nos distinguimos de nuestros vecinos, los Holandeses, sobre todo de los de Holanda del Norte. Una persona será más demostrativa, más «niña», que otra. Todos estos matices pueden encontrarse perfectamente en la vida de unión mariana. Pero esto no impide ni disminuye en nada, de modo general, la utilidad de las prácticas exteriores, incluso de las pequeñas prácticas que hemos de emplear para pensar en la Santísima Virgen y unirnos a Ella.

            Damos aquí algunas sugestiones al respecto, algunos medios exteriores, capaces de preparar, de facilitar, de realizar o de mantener nuestra intimidad con Nuestra Señora.

            Asegurémonos de que haya en nuestra casa algunas cosas que nos evoquen el recuerdo de nuestra Madre. Si puedes, pon una estam­pa de la Santísima Virgen en la fachada de tu casa, y que, cuando se entre en ella, una hermosa imagen o un bonito cuadro de Nuestra Señora recuerde que es la casa de María, porque le ha sido consagrada.

            En cada habitación, especialmente en aquellas en que se está más tiempo, una imagen de la Virgen ha de sugerir su recuerdo y su presencia. El lugar de honor le pertenece al crucifijo, a la imagen del Sagrado Corazón; pero después de El y junto a El le corresponde a la imagen de su Madre, que Dios le ha asociado indisolublemente. Por lo tanto, no haya una sola habitación de tu casa sin una pequeña imagen, sin un cuadro, o al menos una sencilla estampa de la Virgen. He­mos tenido a veces un sentimiento de sorpresa, incluso de vergüenza, al comprobar que en los locutorios de algunas casas religiosas no había nada, absolutamente nada, que recordase la presencia de Aquella a quien Dios ha querido siempre y en todas partes junto a Cristo.

            Tengamos también el cuidado de que, durante nuestro trabajo, una imagen o inscripción, una estampa colocada en nuestro despacho o sobre nuestra mesa de trabajo, nos haga pensar en Ella. ¡Tenemos tan gustosamente bajo los ojos el retrato de nuestros seres queridos! Después de Dios, nada ni nadie debe sernos tan querido como la Santísima Virgen.

            Saludemos a estas imágenes, a estas estampas de María, al llegar a casa y al salir de ella, y al pasar frente a ellas. Hagámoslo rápida y sencillamente: «¡Buenos días, Madre!… Ave, Maria!… Salve, Regina!… ¡Todo por Ti, todo por Jesús y por Ti!…». Deja hablar a tu corazón, con tus atractivos personales. Una mirada de respeto y de amor bastan ya por sí solos. Este saludo, esta mirada, esta aspiración, no se dirigen a la estatua, a la imagen que tenemos ante los ojos, como bien sabemos, sino a Aquella a quien representan. Nuestro Padre de Montfort nos es aquí un lindo ejemplo. Durante los siete años que pasó en París se impuso una penitencia espantosa. Durante este tiempo debió circular un número incalculable de veces por la gran ciudad. Y durante todo este tiempo —como también durante su permanencia en Roma— no vio absolutamente nada. Circuló siempre con los ojos bajos a través de la brillante ciudad. No vio nada… salvo las imágenes de la Santísima Virgen, que se exhibían entonces en gran número en los cruces de las calles y en las fachadas de las casas. Avisado por un instinto secreto, levantaba los ojos para lanzar una mirada respetuosa y llena de afecto, y un saludo salido del corazón, a las imágenes de su Madre amadísima.

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            Otro humilde medio: llevemos siempre con nosotros algo que nos evoque su recuerdo. Generalmente en nuestros países se hacía llevar a los niños pequeños, a los niños enfermos y sobre todo a los enclenques, los colores de la Virgen, hasta la edad de siete años por ejemplo. Era una costumbre muy hermosa, que está lejos de haber desaparecido. También hay adultos, sobre todo mujeres y señoritas, que se interesan en que su modo de vestir, por algún detalle, recuerde a la Santísima Virgen de un modo u otro. Cuando esto se hace de manera sencilla, discreta, sin afectación, ¿quién se atrevería a criticarlo? O puede tratarse también de una medalla, de una insignia, que llevamos siempre encima y que cumple la misma finalidad: pensar en la Santísima Virgen y hacer pensar en Ella a los demás. Muy prácticas para alcanzar el mismo fin son las estatuillas de bolsillo de la Santísima Virgen, que incesantemente podemos llevar en la mano o colocar delante nuestro en la oración, durante el trabajo, etc., sin que los demás se den cuenta de ello. Nuestro Padre de Montfort hizo esto durante una buena parte de su vida, ya desde su juventud, incluso durante sus años de escuela secundaria. Sin ningún respeto humano colocaba su estatuilla delante de él durante la clase o el estudio. A veces algunos lo pinchaban y se burlaban de él; pero él tranquilamente los dejaba hacer y hablar.

            Un día un bromista de mal gusto le quitó su pequeña Virgen. Su reacción ante este gesto fuera de lugar es significativa: «Podrás quitarme de delante de los ojos esta imagen de mi Madre; pero no podrás arrancarme jamás la imagen espiritual de Ella que llevo en mi alma». Y el bromista devolvió entonces la estatuilla a su propietario. Ella lo acompañó toda la vida. Más tarde, durante sus innumerables viajes apostólicos, la fijará en la extremidad de su bastón de viaje, para tenerla constantemente ante los ojos. Y al fin, juntamente con el crucifijo, esta estatuilla suavizó y serenó su agonía y recibió de él, con su último suspiro, su beso supremo.

            Naturalmente, una permanencia un poco más prolongada a los pies de una imagen de la Santísima Virgen, de una de sus imágenes milagrosas sobre todo, puede reforzar más nuestra unión con María. ¿Quién no piensa, al leer esto, en la Gruta de Lourdes, o en tantos otros lugares santificados por la visita de Nuestra Señora, donde uno se siente tan estrechamente unido a Ella, y como fundido con Ella? También en esto San Luis María puede servirnos de ejemplo. Durante sus años de estudios secundarios en Rennes visitaba cada día dos santuarios célebres de la Santísima Virgen, y permanecía a veces arrodillado allí durante horas enteras. Durante su estadía en París hacía cada sábado la peregrinación a Notre Dame. Con motivo de su peregrinación a Notre-Dame-sous-Terre en Chartres, se mantuvo durante ocho horas seguidas inmóvil, como en éxtasis, delante de la estatua milagrosa. Durante su estadía de quince días en Loreto, apenas podía arrancarse de la Santa Casa de Nazaret, y Nuestra Señora de Ardilliers, en Samur, lo vio un número incalculable de veces postrado a sus pies en fervorosa oración.

            Otra práctica exterior para mantenerse unido a María, especialmente para quienes tienen que escribir mucho, es inscribir una breve fórmula mariana, A(ve) † M(aría) por ejemplo, en el encabezado de cada página que se escribe, incluso —¿y por qué no?— en el encabezado de las propias cartas, siempre que esto pueda hacerse respetando las conveniencias, y casi siempre es posible. Esta costumbre se difundió mucho desde hace algunas décadas. El Padre Poppe lo hacía siempre. Me acuerdo de que durante una visita que tuve el honor de hacerle a este santo sacerdote, tuvo que enviar un recado escrito —no eran mas de dos líneas— a la Hermana que le hacía un poco de secretaria. Pero antes de todo lo demás, escribió con todas las letras: Ave María.

            Cuando se recomienda esta vida de intimidad con la Madre de las almas, se escucha a veces la siguiente respuesta: «¡Me gustaría mucho, pero nunca me acuerdo de ello!». Ante todo, no digas: «Me gustaría», sino: «Sí, quiero, y voy a ejercitarme en ello». Toma luego las medidas y adopta las prácticas que, casi forzosamente, te hagan pensar en ello. Por ejemplo, adquiere la costumbre, al levantarte y al acostarte, de dirigir a María una fervorosa oración y pedirle su bendición, al margen —claro está— de la oración de la mañana y de la noche propiamente dicha. Reza fielmente el Angelus por la mañana, al mediodía y por la noche al toque de campana, o antes de las comidas principales. Añade siempre un Avemaría a la oración de antes y de después de las comidas. ¿Oyes, en el campanario de tu iglesia o en el reloj de tu casa, que toca la hora, la media hora, el cuarto de hora? No dejes entonces de saludar cada vez a tu divina Madre, y de volverle a renovar, con dos palabras, tu total pertenencia a Ella.

            De este modo la Santísima Virgen se introducirá en tu vida, y se unirá realmente a tu vida de cada día. Hay quienes aún van más lejos. El Padre Poppe, al salir de alguna habitación, parecía apartarse ante alguien como para dejarlo salir primero: ¡era su Dama y su Madre! O pedía su bendición antes de salir de su habitación o de su casa. Una buena familia cristiana de Anvers nos hizo la siguiente confidencia. Cuando la mesa está ya preparada para el almuerzo, se colocan alrededor de ella ocho sillas, la del padre, la de la madre, y la de los cinco hijos, y siempre, en la cabecera, en el lugar de honor… ¡la de la Santísima Virgen! Quizás piensen algunos que esta práctica es pueril o ridícula. ¡Cada cual a su gusto! Nadie está obligado a hacer lo mismo. Pero, en el fondo, ¿no es muy sobrenatural y encantador? ¿Acaso la gran Santa Teresa obraba de otro modo en el Carmelo de Avila, que había conseguido reformar sólo por un verdadero milagro de la Madre de la gracia? Por eso consagró oficialmente el Carmelo a María, y Nuestra Señora fue siempre proclamada en él como la primera Priora. En recuerdo de este acto la silla de la Priora debía quedar siempre vacía: ¡era el lugar reservado a la Reina del cielo, que debía seguir dirigiendo y protegiendo su Carmelo!


 

IX
Modo más profundo

            Hemos dicho que un primer modo de vivir unido a la Santísima Virgen consiste en valerse de toda clase de pequeños medios prácticos y exteriores, cuyo uso sea facultativo y la elección esté inspirada por el gusto y las preferencias de cada uno.

            Pero hemos de apuntar más alto. La Santísima Virgen es la Madre de nuestra vida espiritual, y en este orden nosotros somos verdaderamente sus hijos. Ahora bien, el hijo vive habitualmente junto a su madre, lleva toda su vida en unión con ella. Esto es lo que hemos de tratar de realizar en el plano sobrenatural. Debemos ejercitarnos en hacer todas nuestras acciones en unión espiritual con Ella. Para esto podemos recurrir perfectamente a nuestra imaginación según nuestras disposiciones personales. No es una ilusión, sino una realidad, el que Nuestra Señora no esté lejos de nosotros, que esté muy cerca de nosotros por el pensamiento y por la influencia de gracia sobre nosotros. Por eso, no habrá ningún inconveniente en que nos representemos a nuestra divina Madre junto a nosotros, en tal o cual actitud, con tal o cual exterior, con tal o cual expresión de rostro, etc.

            Comienza tu día. Al levantarte vas a hacer el primer pequeño sacrificio de la jornada. Mira a Nuestra Señora junto a ti, que te anima y te da su primera bendición. Bajo su mirada lávate y vístete, modesta y cuidadosamente. Enseguida Ella te acompañará a la iglesia, a la capilla. Piensas en Ella durante tu oración de la mañana y tu meditación. Durante la santa Misa la ves de pie junto a la Cruz de Jesus, o bien asistiendo y sosteniendo con sus oraciones y su ofrecimiento al sacerdote en sus sublimes funciones en el altar. Ella te conduce luego a la Santa Mesa, quita de tu alma la menor mancha, te presenta a Jesús y cumple contigo y por ti el ejercicio tan importante de la acción de gracias.

            En la mesa Ella es quien, con bondad enteramente materna, te ofrece tu alimento. A Dios le pedimos el pan nuestro de cada día; por eso lo obtenemos por Ella, ya que Ella es quien nos transmite los dones del Señor. Tu trabajo lo harás en su presencia, y le confiarás las dificultades que encuentres en el cumplimiento de tu deber. Te entretendrás con Ella, y así lograrás romper la fatigosa monotonía de tu quehacer. En tus idas y venidas, Ella te acompaña y te protege contra toda desgracia y accidente. Toma también bajo su mirada tus descansos y recreos: pues una madre ve de buena gana a sus hijos cuando se entregan a una recreación saludable a su debido tiempo. En caso de peligro para el cuerpo o para el alma, lanzarás instintivamente un llamamiento hacia Aquella que no te abandona. En la tristeza Ella es tu consuelo y seca tus lágrimas. Y a Ella le confías antes que a nadie una buena noticia y todas tus alegrías.

            En todo y para todo hemos de obrar así. En la oración veámosla perdida en la unión con Dios. En nuestro examen de conciencia pidá­mosle también a Ella si está contenta de nuestra jornada, y confesémosle nuestras faltas. Y con una palabra de aliento y una última señal de la cruz en la frente Ella nos invitará a tomar nuestro descanso.

            Esto es lo que los Santos, entre otros la gran Santa Teresa, prac­ticaron con Cristo en cuanto hombre, y recomendaron a los demás. El bienaventurado Enrique Suzo escribía: «Cristo esté siempre presente en el fondo de tu corazón y de tu alma: imprímelo en ti mismo y considéralo sin cesar. Tómalo contigo como compañero de todas tus acciones. Cuando comes un bocado, piensa que Nuestro Señor está delante de ti y come contigo. ¿Estás sentado? El está sentado a tu lado y te contempla. ¿Caminas? No vas solo, sino que El te acompaña siempre. ¿Duermes? Descansa en El. Y haz lo mismo en todo lugar, en toda circunstancia, con todo el mundo… Debemos imprimir en nosotros el rostro amable de Nuestro Señor, que nos está real y esencialmente más presente que nosotros mismos, porque en El se encuentra todo consuelo, todo bien, toda alegría» [26].

            Tomás de Kempis, autor de la «Imitación de Cristo», recomienda y describe admirablemente esta vida de unión habitual con la Santísima Virgen: «¿Quieres ser consolado en toda tribulación? Acércate a María, la Madre de Jesús, que llora y gime de pie junto a la Cruz, y todas tus cargas desaparecerán al punto, o al menos te serán aliviadas. Elige a esta dulcísima Madre de Jesús, con preferencia a todos tus parientes y amigos, como tu Madre y tu especialísima Abogada frente a la muerte; y salúdala frecuentemente con la Salutación Angélica, pues a Ella le gusta escuchar estas palabras. Si el maligno enemigo te tienta y te impide alabar a Dios y a María, no te preocupes y no dejes de rezar y alabar; pero con mayor ardor invoca a María, saluda a María, nombra a María, honra a María, sigue glorificando a María, inclínate delante de María, encomiéndate a María. Permanece en tu celda con María, y con María cállate, con María alégrate; llora con María, trabaja con María, vela con María, reza con María, camina con María, descansa con María. Con María busca a Jesús, con María lleva a Jesús en tus brazos; con María y con Jesús vive en Nazaret, con María ve a Jerusalén; con María manténte al pie de la Cruz de Jesús, con María llora a Jesús, con María sepulta a Jesús. Resucita con María y Jesús; con María y Jesús sube a los cielos; con María y Jesús desea vivir y morir. Hermanos, si meditáis y practicáis bien estas cosas, el demonio huirá lejos de vosotros, y vosotros adelantaréis en la vida espiritual. María rezará gustosamente por vosotros a causa de su clemencia, y Jesús escuchará gustosamente a su Madre a causa de su reverencia. Poco es lo que hacemos; pero si por María y Jesús, su Hijo, accedemos al Padre con un corazón humilde y contrito, obtendremos misericordia y gracia para el tiempo presente, y la gloria con Ellos para un futuro sin fin. Amén».

            Y sigue diciendo: «Dichosa el alma devota que tiene en esta vida a Jesús y a María como amigos familiares, comensales en la mesa, compañeros de viaje, proveedores en la necesidad, consoladores en la tristeza, asistentes en los peligros, consultores en las dudas, para ser los que la reciban en su última hora. Es buen religioso quien se considera extranjero en este mundo, y tiene a Jesús y a María como supremo consuelo en la morada de su corazón».

            En estos textos, que a causa del ritmo variado y las asonancias incesantes, tienen en latín un encanto particular, Tomás de Kempis nos enseña a recurrir a nuestra imaginación para representarnos a Jesús y a María en actitudes especiales y en misterios particulares. Quienes se entreguen seriamente a esta práctica, observarán probablemente al cabo de cierto tiempo que la imagen de la Santísima Virgen se vuelve más vaga y difusa en su alma. Ya no ven a Nuestra Señora en tal actitud, con tal o cual exterior, con esta o aquella expresión de rostro. Ya no tienen necesidad, ni atractivo, ni facilidad para representársela en un misterio especial; de verla en Belén, en Nazaret, en el Calvario… Piensan en Ella, nada más, y se unen a Ella de modo espiritual, intelectual diría yo. Y eso no es un retroceso, al contrario. Nuestra vida de unión con la Santísima Virgen será tanto más real, pura, profunda y preciosa cuanto menos parte tengan en ella la imaginación y todas las facultades de percepción parcialmente materiales.

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            Acabamos de escuchar a Enrique Suzo cómo nos aconsejaba im­primir a Cristo en lo más profundo de nuestro ser, y verlo presente allí. Es literalmente casi lo mismo que nos aconseja Montfort respecto de la Santísima Virgen; es una nueva fase de nuestra intimidad creciente con Ella: «Es preciso acostumbrarse poco a poco a recogerse dentro de sí mismo, para formar allí una idea o imagen espiritual de la Santísima Virgen». Y un poco después: «Si ella [el alma] reza, será en María; si recibe a Jesús en la sagrada Comunión, lo pondrá en María, para que en Ella ponga sus complacencias; si obra, será en María» [27].

            Esta vida con María en nosotros no es una vana imaginación, como hemos explicado al exponer la teoría de la presencia mariana. Por eso, después de haberte ejercitado durante algún tiempo en las maneras iniciales y menos perfectas de unión con Nuestra Señora, intenta buscarla dentro de ti y mantenerte apacible y profundamente unido a Ella. Algunas personas, después de algunos intentos, dirán tal vez: «No lo consigo; no sé cómo hacer». Es posible. Será la señal de que aún no ha llegado el tiempo de esta unión más interior. Pero continúen practicando con humildad y perseverancia la vida de unión bajo una forma provisionalmente más accesible, por ejemplo la que describe Tomás de Kempis. Y un día, tal vez de modo inesperado, lo conseguirán: se representarán sin esfuerzo a Jesús y a María espiritualmente dentro de sí mismos, y llevarán con Ellos una vida de muy dulce y santificante unión.

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            Sin embargo eso no es el término ni la cumbre más elevada. Esta unión podrá hacerse cada vez más íntima y consciente. En este campo hay muchos grados que alcanzar y recorrer.

            Una nueva fase será aquí lo que se llama unión «mística» con Nuestra Señora. No trataríamos aquí expresamente de este tema si más de una vez, y a veces donde menos lo hubiésemos esperado, no nos hubiésemos encontrado con almas que en cierta medida gozaban de este precioso favor. Montfort no considera la cosa como tan excepcional y rara, puesto que escribe: «Ten también cuidado de no atormentarte si no gozas tan pronto de la dulce presencia de la Santísima Virgen en tu interior; pues esta gracia no se concede a todos; y cuando Dios favorece con ella a un alma por su gran misericordia, es muy fácil que la pierda, si no es fiel en recogerse frecuentemente» [28].

            No hay que confundir la unión mística de que hablamos aquí, con los fenómenos extraordinarios de la vida sobrenatural, como son las visiones, apariciones, etc. Aquí no nos referimos a nada de todo esto. La mística propiamente dicha comienza con la percepción interior directa de lo sobrenatural. Quien siente a Dios dentro de sí, sin necesidad de recurrir al razonamiento de la fe, ha entrado, a menudo transitoriamente, en el campo de la mística. No se imagine por eso mismo que ya ha llegado a la santidad, y que desde ese momento han desaparecido sus defectos, o al menos ya no tiene que combatirlos. La mística es el desarrollo normal de la vida espiritual, como la flor es el fruto de la yema, sin que se pueda decir por eso mismo que todos los que se aplican seriamente a la vida espiritual y mariana, tengan que llegar a ella forzosamente.

            Así, pues, hay una unión mística con la Santísima Virgen. El Carmelita flamenco, Miguel de San Agustín, y su hija espiritual, María de Santa Teresa, la describieron de manera asombrosa. Varios santos gozaron de semejante favor. Nuestro Padre de Montfort gozó de él durante años, primero de manera intermitente, y luego de manera permanente. De ello habla con alegría al Canónigo Blain pocos años antes de su muerte, y describe la cosa en esta estrofa muy conocida de su admirable cántico sobre la Verdadera Devoción:

                          He aquí lo que nadie podrá creer:
                          La llevo en medio de mí,
                          impresa con rasgos de gloria,
                          aunque en la oscuridad de la fe.

            Esta mezcla de fe y de gloria, de oscuridad y de conocimiento, al que nuestro Padre alude aquí, es característico de este estado. No es ya la pura fe, pero no es aún tampoco la clara visión.

            Montfort habla también de esta presencia mística en «El Secreto de María» [29] y en el «Tratado de la Verdadera Devoción» [30]. Allí la llama una «gracia», y una «gracia insigne». También da indicaciones prácticas sobre este punto. No hay que atormentarse si no se goza aún de esta dulce presencia de la Santísima Virgen dentro de sí mismo. Esta gracia no es concedida a todos, ni siquiera a todos los que se aplican generosamente a la vida mariana. Dios favorece a las almas con esta gracia por pura misericordia. Esta gracia es fácil perderla, sobre todo por falta de recogimiento. En este caso hay que volver dulcemente, y hacer enmienda honorable a nuestra amable Soberana…

            Todo esto parecerá muy misterioso a ciertas personas que lean estas consideraciones. Es normal, porque es característico de la unión mística con Dios y con su divina Madre no poder formarse una idea exacta de ella más que por la experiencia de la cosa. Si alguien creyese experimentar semejante favor, siga fielmente los consejos de Montfort y consulte sobre esto a un director esclarecido.

            En estos estados, el alma se siente atraída a permanecer en el «inefable interior de María». María se apodera de nuestra alma y la trabaja; y nosotros percibimos la suya, por decirlo así, y estamos en contacto con ella. Algunos escritores espirituales de autoridad piensan que en la unión mística las facultades de percepción sensibles, como por ejemplo la imaginación, quedan como suprimidas, y que el alma percibe directamente con sus facultades espirituales, y por lo tanto, de alma a alma, de espíritu a espíritu… Comoquiera que sea, es cierto que esta unión más elevada con la Santísima Virgen implica una penetración más íntima en el alma de Nuestra Señora. En otras palabras, se trata de la vida en el Corazón Inmaculado y santísimo de María; pues el sentido profundo de la devoción al purísimo Corazón de María es que, bajo el símbolo de su Corazón de carne, veneremos su amor y admiremos, amemos e imitemos sus sentimientos íntimos, y por lo tanto sus virtudes y su vida de gracia y santidad.

            En este «inefable interior de María», en el Corazón admirable de María, dice nuestro Padre, «es preciso permanecer con complacencia, reposar con confianza, esconderse con seguridad y perderse sin reserva» [31]. Esto es todo un programa, que no realizaremos sin recoger los frutos más preciosos y sin saborear un gozo profundísimo.


 

X
Maravillosos frutos

            En los capítulos precedentes hemos intentado fijar los fundamentos doctrinales de la presencia de María y de nuestra vida de unión con Ella. Luego hemos descrito rápidamente las distintas formas y las fases sucesivas de esta vida de intimidad mariana. Queremos terminar esta serie evocando la inmensa alegría y los frutos maravillosos que esta vida de unión con la Santísima Virgen produce en las almas.

            San Luis María de Montfort escribe de manera didáctica, pedagógica, y por lo tanto tranquila, sosegada, tal vez demasiado sosegada y uniforme para la generación actual. Pero hay un pensamiento que rompe el equilibrio apacible de esta prosa tranquila. Cuando habla de esta vida de unión con su divina Madre, queda como transportado fuera de sí. Entonces ya no habla, sino que exulta y estalla en exclamaciones de arrobamiento y de alegría: «¡Oh, qué dichoso es el hombre que mora en la casa de María, en la cual Vos, el primero, hicisteis vuestra morada!» [32]. Y en otro lugar: «¡Oh, qué riquezas! ¡Oh, qué gloria! ¡Oh, qué placer! ¡Oh, qué felicidad!, ¡poder entrar y morar en María, donde el Altísimo ha puesto el trono de su gloria suprema!» [33].

            Esta dulce y lenitiva presencia de María, ¿no será la clave de lo que se ha llamado el «enigma Montfort»: de un hombre que se torturaba a sí mismo de modo inhumano por medio de mortificaciones y austeridades espantosas e incesantes; que era perseguido sin piedad y sin descanso, pisoteado por los malvados y por los mundanos; que se veía abandonado y rudamente rechazado por sus amigos y sus directores de otro tiempo; a quien varios obispos le prohibieron el trabajo de las almas e incluso la permanencia en su diócesis; y que, a pesar de todo, sobrellevó todas estas humillaciones y pruebas valiente y alegremente, con la sonrisa en los labios? Era la obra de María, la obra de esta buena Madre y Señora, que como él mismo escribe, «se mantiene tan cerca y tan presente a sus fieles servidores, para iluminarlos en sus tinieblas, para ilustrarlos en sus dudas, para afirmarlos en medio de sus temores, para sostenerlos en sus combates y dificultades; de modo que, en verdad, este camino virginal para encontrar a Jesucristo es un camino de rosas y de miel, frente a los demás caminos» [34].

            Por esta práctica el alma vive espiritualmente y sin cesar de María y realmente en Ella… ¿Habrá que admirarse de que en esta unión se encuentre un gozo dulcísimo y profundísimo? ¿Hay mejores momentos en la vida que los que se pasan junto a una madre, junto a una verdadera madre? ¿No es justamente ese el efecto propio y específico de la devoción mariana bajo todas sus formas, en todos sus grados, y con mayor razón de la vida más perfecta y profunda de unión con María? ¿No es lo que esencialmente ha querido el Señor al introducir en toda la economía de la salvación a la Mujer más encantadora, a la Madre incomparable de la vida sobrenatural, de modo parecido a como en el astuto plan del demonio los encantos de la primera Eva habían hecho que Adán aceptase irresistiblemente el fruto prohibido? La misma Iglesia proclama que la Santísima Virgen introduce la alegría y la felicidad en nuestra vida, y lo hace con palabras de la Escritura, en las que hay que ver, indudablemente, algo más que una simple acomodación, y por las cuales, en todo caso, la Iglesia afirma su pensamiento, incluso de manera infalible, puesto que se encuentran en la Liturgia universal:

                     «Vuelto a casa, junto a ella descansaré,
                     pues no causa amargura su compañía
                     ni tristeza la convivencia con ella,
                     sino satisfacción y alegría»
[35].

            Las almas que viven la vida mariana son almas felices y alegres. María es la Consoladora de los afligidos; Ella viene a cada uno de nosotros «para aliviar el sufrimiento» y para ser la Causa de nuestra alegría. Nuestra experiencia de cada día confirmará la verdad de esta aserción. Séanos esto un estímulo para practicar fiel e intensamente la vida de unión con nuestra Madre.

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            La vida en María significa, pues, consuelo en toda tristeza, alegría y felicidad en toda nuestra existencia. San Luis María de Mont­fort se siente impotente también para describir los maravillosos efectos de santificación y de progreso que esta vida de intimidad mariana produce en las almas. No podríamos hacer nada mejor que dejarle la palabra a él, que en su propia alma y en miles de otras había experimentado esta maravillosa acción santificadora de la Santísima Virgen.

            «Cuando por una gracia inefable pero verdadera, la divina María es Reina en un alma, ¿qué maravillas deja de hacer? Como Ella es la Obrera de las grandes maravillas, particularmente en el interior, Ella trabaja allí en secreto, sin que ni siquiera se dé cuen­ta el alma, que por el conocimiento que pudiese tener de ello, destruiría la belleza de sus obras. Como Ella es en todas partes la Virgen fecunda, en todo interior en que se encuentra Ella trae la pureza de corazón y de cuerpo, la pureza en las intenciones y propósitos, y la fecundidad en buenas obras» [36].

            Y nuestro Padre parafrasea del siguiente modo el hermoso y tan piadoso Salmo Quam dilecta tabernacula tua: «¡Señor Jesús, cuán amables son vuestros tabernáculos!… En esta casa de los predestinados es donde [el hombre que ha puesto en María su morada] recibe su socorro de Vos solo, y donde ha puesto ascensiones y grados de todas las virtudes en su corazón para elevarse a la perfección en este valle de lágrimas» [37].

            Lo que la Santísima Virgen realiza en el alma que «se esconde en el seno virginal de María y en él se pierde sin reserva», nuestro Padre lo describe aún en su admirable Tratado: en el seno de María esta alma «es alimentada con la leche de su gracia y de su misericordia materna; en él es librada de sus turbaciones, temores y escrúpulos; en él es puesta a salvo contra todos sus enemigos, el mundo, el demonio y el pecado, que jamás tuvieron entrada allí…; en él es formada en Jesucristo y Jesucristo es formado en ella, porque su seno es, como dicen los Padres, la sala de los sacramentos divinos donde Jesucristo y todos los elegidos han sido formados» [38].

            Y las afirmaciones de «El Secreto de María» no son menos atractivas: «[María] será para el alma el Oratorio en que hará todas sus oraciones a Dios, sin temor de ser rechazada; la Torre de David en que se refugiará contra sus enemigos; la Lámpara encendida con que iluminará todo su interior y arderá del amor divino; la Custodia sagrada en que verá a Dios en Ella y con Ella. Finalmente, María será para esta alma su único Todo junto a Dios y su recurso universal» [39].

            Y todo esto se encuentra condensado en algunas líneas de una de las páginas más notables de nuestro tan precioso Tratado: «¿Cuándo será que las almas respirarán a María, tanto como los cuerpos respiran el aire? Para entonces acaecerán cosas maravillosas en estos bajos lugares en los que, encontrando el Espíritu Santo a su querida Esposa como reproducida en las almas, sobrevendrá a ellas abundantemente y las llenará de sus dones…, para obrar maravillas de gracia» [40].

            Todo esto, en suma, no son más que variaciones sobre el tema que la Santa Iglesia nos propone en su liturgia desde hace cientos de años con palabras sagradas que el Espíritu Santo inspiró para describir la actividad no sólo de Jesús, la Sabiduría Eterna, sino también de María, el Trono de la Sabiduría; palabras que alimentaron la más profunda piedad mariana de innumerables generaciones de cristianos.

            «Yo soy la Madre del amor hermoso,
            del temor de Dios, del conocimiento y de la santa esperanza.
            En mí está toda la esperanza del camino verdadero,
            en mí toda esperanza de vida virtuosa.
            Venid a Mí todos cuantos me deseáis,
            y saciaos de mis frutos»
[41].

            Y todo esto no es tampoco nada más que la aplicación —funda­da, como hemos visto— a la unión con la Santísima Virgen, de lo que Jesús promete en algunas palabras a cuantos viven unidos a El: «El que permanece en Mí y Yo en él, ese da mucho fruto; porque sin Mí no podéis hacer nada» [42].

            En ciertas épocas del año las personas débiles o enfermizas, y especialmente los niños, son enviados al mar o a la montaña, para que un aire más puro y tonificante despierte en ellos el apetito y renueve todo su organismo.

            María es un mar, un océano. Algunos santos y piadosos escritores jugaron con su nombre: María = maria (mar).

            María es un mar, un océano inmenso de luz pura, de gracia, de vida, de santidad.

            Y María es una montaña, una montaña inmensamente elevada, cuyos fundamentos reposan sobre las cumbres de las más altas montañas: su santidad comienza donde acaba la de los elegidos más elevados en gracia.

            Y nosotros somos, en la vida espiritual, unos pobres niños, unos convalecientes débiles, una sombra de lo que debiéramos ser. Sufrimos de anemia espiritual; nos asustamos del menor esfuerzo, retrocedemos ante el menor sacrificio; estamos sin fuerzas y sin energía para el bien.

            «Duc in altum»… ¡Mar adentro! Lanza tu barquita en el Océano que es María, en el que tu mirada se sumergirá en un horizonte cada vez más vasto y fascinante, el de la Divinidad; en que tu alma respirará el aire puro y vivificador de la única realmente Inmaculada; en donde sopla sin cesar el viento tonificante de las gracias marianas, que estimulan a la acción, que impulsan a todo lo que es grande, santo, sublime, heroico.

            «Ascende superius»… ¡Sube más alto! Emprende el asalto del Pico brillante que supera todas las demás cumbres. ¡Allí encontrarás la vista despejada del mundo, del Sol, del Cielo!… ¡Allí gozarás del descanso, de la paz, del silencio, de la Luz, de la Vida!

            Allí renovarás tu provisión de fuerzas invencibles para todo lo que Dios espera de ti.

            Allí te forjarás un temperamento sólido y robusto, que te hará apto, como Montfort, para el trabajo más rudo, y capaz para los más duros sacrificios.


 

XI
Evangelio de confianza

Dejando todo a su providencia:
Mi cuerpo, mi alma y mi felicidad
(San Luis María de Montfort)

 

            De los diferentes aspectos de la perfecta Devoción a Nuestra Señora, hemos tratado ya entre otros, después de la Consagración que es la base práctica de esta vida mariana, el de la dependencia y obediencia hacia la Santísima Virgen.

            Nuestro Padre une frecuentemente en sus escritos dos actitudes de alma para con nuestra divina Madre: la de la dependencia y la de la confianza o abandono. Así, por ejemplo, canta en uno de sus cánticos más hermosos y sustanciales:

                        Estoy todo en su dependencia
                        Para mejor depender del Señor,
                        Dejando todo a su providencia:
                        Mi cuerpo, mi alma y mi felicidad.

            Nosotros también, después de haber hablado de sumisión y de dependencia, vamos a tratar ahora de la confianza y abandono que debemos practicar para con la Madre de Jesús y nuestra. Es cierto que esta vida de confianza no constituye ninguna de las prácticas interiores de la perfecta Devoción, que Montfort describió tan bien y recomendó tan vivamente. Pero esta confianza es una de las cinco actitudes de alma que Montfort recomienda a los hijos y esclavos de María en la explicación de la figura de Rebeca y de Jacob.

«

            Nos parece indispensable, antes de pasar al aspecto mariano de nuestro tema, recordar el lugar importantísimo que «la fe» [43], la confianza y el abandono ocupan en la doctrina evangélica. El Evangelio de Cristo —evangelio significa buena nueva, mensaje de felicidad— es un evangelio de confianza. No es exagerado decir que la fe y la confianza pertenecen a la ley fundamental, a la «Constitución» misma del cristianismo, y forman una de las exigencias más netas y más importantes que Cristo haya impuesto a sus discípulos. Creemos que no hay en el Evangelio una sola prescripción que Cristo nos haya inculcado con más frecuencia e insistencia.

            Ante todo tenemos su primer gran discurso, llamado Sermón de la Montaña, en el que nos expuso en sustancia toda su doctrina. Como también en su discurso de despedida después de la Cena, la confianza y el abandono ocupan una amplia parte. Estas palabras encantadoras, que siguen siendo igual de actuales en nuestros días, no envejecen nunca:

            «No andéis preocupados por vuestra vida, [preguntándoos] qué comeréis, ni por vuestro cuerpo, [preguntándoos] con qué os vestiréis…

            Mirad las aves del cielo: no siembran, ni cosechan, ni recogen en graneros; y vuestro Padre celestial las alimenta. ¿No valéis vosotros más que ellas?…

            Y del vestido, ¿por qué preocuparos? Observad los lirios del campo, [y ved] cómo crecen; no se fatigan, ni hilan. Pero yo os digo que ni Salomón, en toda su gloria, se vistió como uno de ellos. Pues si a la hierba del campo, que hoy es y mañana se echa al horno, Dios así la viste, ¿no lo hará mucho más con vosotros, hombres de poca fe?

            No andéis, pues, preocupados diciendo: ¿Qué vamos a comer?, ¿qué vamos a beber?, ¿con qué vamos a vestirnos? Que… ya sabe vuestro Padre celestial que tenéis necesidad de todo eso… Buscad primero su Reino y su justicia, y todas esas cosas se os darán por añadidura.

            Así que no os preocupéis del mañana: el mañana se preocupará de sí mismo. Cada día tiene bastante con su propio mal» [44].

            Jesús hizo a la fe y a la confianza promesas casi turbadoras: «En verdad, en verdad os digo: el que crea en Mí, hará él también las obras que Yo hago, y hará mayores aún» [45].

            El padre del joven poseído por el demonio le dice: «Si algo puedes, ayúdanos, compadécete de nosotros». En la respuesta de Jesús hay indignación: «¡Qué es eso de si puedes! ¡Todo es posible para quien cree [46].

            Y las palabras bien sabidas: «Si tuvierais fe como un grano de mostaza [la más pequeña de las semillas], habríais dicho a este sicómoro: “Arráncate y plántate en el mar”, y os habría obedecido… Y habrías dicho a este monte: “Desplázate de aquí allá”, y se desplazaría, y nada os será imposible» [47].

            Invariablemente Jesús atribuye también a la fe y a la confianza los milagros que El hace para aliviar las miserias humanas. Muchas veces, bajo una u otra forma, vuelve a darnos la preciosa garan­tía: «Que te suceda como has creído… Ve en paz, tu fe te ha salvado» [48].

            Pero esta confianza es una exigencia inexorable, reclamada siempre como condición para obtener sus intervenciones divinas: «No temas; solamente ten fe y se salvará», le dice al jefe de la sinagoga, Jairo, que acaba de implorar la curación de su hija [49]; «Si crees», le dice a Marta, que se atreve a esperar la resurrección de su hermano Lázaro, «verás la gloria de Dios» [50].

            Donde esta confianza falta, se diría que su omnipotencia queda atada y su bondad disminuida. En Nazaret opera pocos milagros «a causa de su falta de fe» [51]. Los discípulos no habían logrado expulsar el demonio del joven sordomudo; y al pedir al Maestro la razón de este fracaso, les contesta: «Por vuestra poca fe» [52].

            El ejemplo de San Pedro es típico a este respecto, y muy instructivo para nosotros. La barca que lleva a los discípulos de Jesús se encuentra rudamente sacudida y agitada por la tempestad durante una noche en el lago de Genesaret. De repente ven a Jesús venir hacia ellos, caminando sobre las aguas agitadas. Al principio se asustan los muy valientes, y lanzan gritos de terror pensando que era un fantasma. Pero Jesús los tranquiliza diciendo: «¡Animo!, que soy Yo; no temáis». Pedro, fogosamente, exclama entonces: «Señor, si eres tú, mándame ir donde ti sobre las aguas». Y Nuestro Señor le contesta sosegadamente: «¡Ven!». Pedro deja la barca y camina hacia el Maestro realmente, sobre el agua que se ha vuelto consistente. Pero a la vista de las aguas tumultuosas que lo rodean, la angustia se apodera de él repentinamente: duda y… comienza a hundirse en el abismo movedizo. «¡Señor, sálvame!», grita al Maestro en su peligro. Jesús extiende su mano, toma la de Pedro y lo conduce con El a la barca: «Hombre de poca fe», le reprocha, «¿por qué dudaste?» [53]. Muchas otras veces, hasta los últimos momentos de su permanencia entre nosotros, Jesús se verá obligado a reprochar a sus apóstoles esta falta de fe y de confianza. El, que ordinariamente era tan bueno y paciente, los reprende sobre este punto: «increpabat eos».

«

            Bajo otra forma Jesús nos recomendó incansablemente la fe y la confianza, cuando nos hizo repetidas veces la promesa maravillosa de escucharnos siempre en nuestras oraciones. Es tal vez lo más asombroso de nuestro ya tan asombroso Evangelio, que nos baste «pedir para recibir, buscar para hallar, llamar para que se nos abra». Y no hay excusa ni pretexto alguno para ninguna falta de confianza, pues Jesús nos asegura formalmente: «Todo el que pide recibe; y el que busca, halla; y al que llama, se le abrirá». Y el buen Maestro, por medio de comparaciones, sabe convencernos de que no puede ser de otro modo: «¿Hay acaso alguno entre vosotros que al hijo que le pide pan le dé una piedra; o si le pide un pez, le dé una culebra? Si, pues, vosotros, siendo malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¡cuánto más vuestro Padre que está en los cielos dará cosas buenas a los que se las pidan!» [54].

            Así, pues, todo el que pide como Dios manda será escuchado. Y todo lo que pidamos nos será concedido, a condición, naturalmente, de que pidamos «cosas buenas»: «Todo cuanto pidáis en la oración, creed que ya lo habéis recibido y lo obtendréis» [55]. Palabras notables: ¡creed, no que lo obtendréis, sino que ya lo habéis recibido! Y en San Juan nos dice: «Todo lo que pidáis al Padre en mi nombre, Yo lo haré» [56]. Esta misma promesa el Señor la renovó varias veces en el discurso después de la Cena.

            Es posible que para nuestro bien el Señor difiera escuchar nuestra oración, o realizar nuestros deseos. Pero en este caso El mismo nos enseñó sencillamente a insistir, a seguir llamando, hasta que nuestra súplica sea atendida. Impresionantes y asombrosas son las dos parábolas conservadas por San Lucas, tal vez recibidas de nuestra divina Madre, que fue la inspiradora de este Evangelio: la parábo­la del hombre importuno que va a pedir pan a su amigo durante la noche —¡vaya momento para pedir!, ¿no?—, el cual se niega al comienzo pero acaba cediendo, porque su amigo «ni siquiera lo deja descansar»; y la del juez inicuo al que una viuda le pide justicia, y que también se niega al principio durante algún tiempo, pero concede finalmente lo que le pide, «porque me importuna», dice, «y no deja de molestarme». Así es como nosotros hemos de continuar pidiendo, sin desanimarnos jamás. Pues si el juez inicuo obra así, ¿podrá Dios resistir «a sus elegidos, que están clamando a El día y noche?» [57].

            Por lo tanto, podemos alcanzarlo todo por la oración, todo lo que, naturalmente, tiene que ver con nuestra salvación, nuestra santidad y el reino de Dios.

            Pero eso depende de nuestra fe y confianza: «Se nos dará», dice el Apóstol Santiago, pero a condición de «pedir con fe, sin vacilar» [58].

            Así, pues, el gran interrogante, planteado ya por Jesús mismo, es el siguiente: «Cuando el Hijo del hombre venga, ¿encontrará la fe sobre la tierra?» [59].

            Nada parece más hermoso ni más fácil, según las garantías formales de Jesús, tantas veces repetidas, que arraigarse en esta confianza absoluta e inquebrantable.

            Por desgracia, ¡qué rara es esta confianza profunda y sin límites!

            Este fenómeno indiscutible parece indicar que en la práctica esta confianza no es tan fácil de alcanzar.

            Sin duda, la conciencia de nuestra debilidad, miseria e indignidad juega en ello un gran papel.

            Ahora bien, la misión especial y específica de la Santísima Virgen es facilitarlo todo, suavizarlo todo, en la vida cristiana. También la confianza, este factor absolutamente indispensable para nuestra vida de oración, y por lo tanto para nuestra vida espiritual.

            Tenemos que examinar ahora cómo María, nuestra Madre, realiza esta misión.


 

XII
La Madre

            Decíamos que nuestro Evangelio es un Evangelio de confianza.

            Cristo nada nos recomienda más frecuente e instantemente que esta vida de confianza ilimitada en la Providencia paterna de Dios.

            Sin embargo, esta confianza sin límites, que hemos de practicar en toda circunstancia, no parece tan fácil. En todo caso, raramente la tiene un cristiano en la medida en que Jesús la reclama de nosotros.

            El Dios infinitamente sabio y misericordioso quiso facilitarnos el cumplimiento de este deber esencial y hacernos casi imposible la desconfianza.

            Lo hizo introduciendo a la Santísima Virgen en nuestra vida sobrenatural.

            Pues esta es justamente la misión específica de Nuestra Señora: facilitarlo todo, suavizarlo todo en la economía de nuestra salvación y santificación.

            Y es que la devoción mariana es para nuestra vida cristiana lo que el aceite es en las poderosas máquinas que empujan nuestros trenes o ponen en marcha nuestras fábricas; pues exige la actuación de todas nuestras energías espirituales, para orientarlas, como a su fin, hacia la santificación y salvación del alma, tan difíciles de realizar.

«

            En el orden sobrenatural somos niños, no, niñitos, parvuli, que deben vivir de confianza y abandono.

            El niño ¿a quién da su confianza?

            No a un extraño.

            ¿A su papá?

            Sí, no hay duda; pero no tan fácilmente ni tampoco tan completamente como a su mamá.

            Es un hecho indiscutible.

            Cuando el niño quiere pedir al papá un favor difícil, confía antes su secreto a la mamá, para que ella interceda ante papá.

            Y la razón de ello es sin duda alguna que, si el padre es bondad y afección, no es menos en la familia el representante de la justicia y de la severidad.

            Cuando hay un castigo que dar, ordinariamente el padre es quien se encarga de ello.

            «¡Cuidado!», dice a veces la mamá, «si no te portas bien, se lo diré a papá!».

            La madre, al contrario, no es más que bondad, misericordia y condescendencia.

            En el orden sobrenatural Dios, nuestro Padre, es la Caridad y la Misericordia infinitas. Pero es también la infinita Justicia.

            Y esto, es cierto que equivocadamente, nos detiene a veces y nos hace dudar.

            Para facilitarnos la confianza, como hemos dicho, y hacernos imposible la desconfianza, Dios transmitió a la Santísima Virgen todos los oficios de su Providencia paterna para con nosotros, en el sentido de que la estableció como instrumento consciente y consintiente de todas sus bondades y de todas sus misericordias para con nosotros.

            Iremos al Padre ordinariamente por la Madre.

            Recurriremos a la Santísima Virgen en todas nuestras necesidades de cuerpo y alma.

            Es una de las formas más importantes de la vida mariana.

            Para decidirnos enérgicamente a practicar este aspecto de la vida mariana, debemos convencernos a fondo de que así puede y debe ser, y penetrarnos profundamente de las verdades doctrinales que están a la base de esta actitud de confianza y abandono.

            Y ante todo, de esta primera verdad tan extraordinaria: María es nuestra Madre.

«

            María es nuestra Madre, realmente nuestra Madre, no por lo que se refiere a nuestra vida humana ordinaria, pero sí por lo que se refiere a una vida sobrehumana, la vida sobrenatural de la gracia.

            Tenemos la certeza de esta maternidad.

            El sentido cristiano universal da testimonio de ella, y el testimonio de este sentido cristiano unánime es de gran valor: bien establecido es un argumento infalible.

            El magisterio ordinario de la Iglesia enseña incontestablemente esta consoladora verdad. Los Sumos Pontífices, que son los portavoces oficiales e infalibles del magisterio doctrinal de la Iglesia, vuelven sin cesar sobre esta enseñanza en sus encíclicas.

            Por lo tanto, podemos y debemos aceptar con certeza la maternidad sobrenatural de la Santísima Virgen sobre los hombres.

            Es interesante y edificante recordarnos las diferentes fases en que se desarrolla esta maternidad.

            1º María se convierte realmente en nuestra Madre ya en el momento de la Encarnación de Jesús.

            Pues por sus méritos, sus oraciones, su consentimiento y su cooperación física Ella nos da a Cristo, que es el principio de nuestra vida y realmente nuestra Vida misma.

            Por ser Ella Madre de Cristo, enseñan León XIII y San Pío X, Ella es también Madre de los cristianos.

            Por ser Ella Madre de la Cabeza —así razona San Pío X, siguiendo a Montfort, en su admirable encíclica Ad diem illum, parcialmente inspirada en el «Tratado de la Verdadera Devoción»—, Ella es también, por una consecuencia necesaria, Madre de los miem­bros, que somos nosotros.

            2º María se convirtió en nuestra Madre, en segundo lugar, a consecuencia de su colaboración subordinada, pero real, al misterio del Calvario.

            La vida de la gracia nos es dada por el sacrificio adorable de Jesús: su muerte opera nuestra vida.

            María comparte este misterio de dolor, de muerte y de vida. Ella debió dar su consentimiento a este misterio, exigido por Dios como condición indispensable para el sacrificio de su Hijo, y así Ella inmoló espiritualmente a Jesús por nuestra salvación y vivificación sobrenatural. Con Jesús y por Jesús Ella sufrió, por los mismos fines que El, tormentos espantosos que, sin la intervención de Dios, le hubiesen costado la vida. Por eso Ella es realmente la Cosacrificadora y la Víctima secundaria del Sacrificio de Jesús. De este modo, Ella cooperó a nuestra redención y «vivificación» por la gracia. Por lo que se refiere a la vida sobrenatural, hemos nacido en el Calvario, hemos nacido del Corazón traspasado de Jesús, y también del Corazón purísimo de María, traspasado por una espada de dolor.

            Por este motivo Jesús dice en este momento a San Juan, y en su persona —como afirmaron los Papas en repetidas ocasiones— a todas las almas cristianas: «Ahí tienes a tu Madre… Ahí tienes a Aquella que, en comunión con mi amor y mis dolores, te engendra a la vida de la gracia».

            3º Finalmente, María es nuestra Madre en cuanto Mediadora de todas las gracias. Pues la gracia santificante es, propiamente hablando, la vida sobrenatural de nuestra alma. Ahora bien, todas las gracias, entre ellas la gracia santificante, nos vienen por y de María, no sólo de manera remota por su intervención en la Encarnación y en el misterio del Calvario, sino también de manera inmediata, porque son dadas, comunicadas y aplicadas a nuestras almas por María. Ella es la Ministra principal de la distribución y de la donación de las gracias, como enseñan los Papas. Ella nos comunica realmente la vida sobrenatural, no por su propia virtud, sino por el poder y fuerza de su Hijo. Ella es, pues, nuestra Madre.

            Realmente nuestra Madre, en el sentido propio de la palabra, y no en un sentido amplio y figurado. Ella no es sólo como una madre, buena, caritativa, compasiva; sino que Ella es nuestra Madre, porque de más de un modo Ella nos transmite la vida sobrenatural, que Ella posee en plenitud.

            María es realmente nuestra Madre. También lo es plenamente, mucho más que aquella a la que damos este dulce nombre en la tierra.

            Es más Madre nuestra que nuestra madre de la tierra, primeramente porque esta última nos dio una vida preciosa, es cierto, pero simplemente humana, mientras que a la Santísima Virgen le debemos una vida sobrehumana y realmente divina, puesto que la gracia es una participación de la vida misma de Dios.

            Mucho más Madre nuestra también, porque su influencia en nuestra vida de gracia es mucho más profunda y duradera que la acción de la madre ordinaria en la vida de su hijo. Este crece poco a poco y se hace cada vez más autónomo en su existencia y en sus acciones. Y llega un tiempo en que el hijo, a pesar de seguir debiendo a su madre el respeto, afecto y agradecimiento, queda totalmente desligado e independizado de aquella que le dio el ser. Es el curso natural de las cosas.

            No sucede así con nosotros respecto de nuestra Madre divina. Para ella seguimos estando en la misma dependencia estrecha después de veinte, treinta o cincuenta años que en el primer momento de nuestra generación sobrenatural. Y es que hemos de seguir recibiendo de Ella todas las gracias. No se nos concede ningún aumento de gracia, ni se ejerce sobre nosotros ninguna influencia de la gracia, más que por la intervención de Nuestra Señora. Ni siquiera puedo tener un buen pensamiento, ni decidir por la mañana asistir al santo sacrificio de la Misa, ni prepararme dignamente a recibir el sacramento de Penitencia, sin el socorro actual de la Santísima Virgen. Somos y seguimos siendo dependientes de la Santísima Virgen, como dice Mont­fort, tanto y más de lo que depende de su madre el niño que ella lleva en su seno y que debe recibirlo absolutamente todo de ella.

«

            Una consideración más.

            Nos quedamos llenos de emoción y admiración ante la bondad y abnegación de las madres. ¿Hay algo más hermoso en el mundo, en el orden natural, que el corazón de una madre?

            Es la obra maestra de Dios. Las madres no pueden hacer otra cosa que ser un amor y una bondad viviente para sus hijos.

            Desde entonces una cosa es cierta: y es que Dios ha puesto en el corazón de la Santísima Virgen los sentimientos que convienen a su incomparable maternidad sobre nosotros. Su maternidad supera la maternidad ordinaria de nuestras madres tanto como el cielo se eleva por encima de la tierra, y como la vida divina de la gracia supera la simple vida humana. La distancia es casi infinita.

            Este pensamiento nos hace intuir de lejos la maravilla que debe ser el Corazón materno de María. Nos hace palpar la verdad de la afirmación de Montfort, traducido por el santo Cura de Ars con estas impresionantes palabras: «Fundid en uno solo los corazones de todas las madres de todos los tiempos y de todos los lugares de la tierra. Creeréis haber conseguido un brasero de amor. Pero yo os digo que no habréis conseguido más que un montón de hielo, si lo comparáis con el amor que la Santísima Virgen tiene por cada uno de sus hijos».

            ¡Esta es nuestra Madre del cielo!

            O mejor dicho: estos son algunos balbuceos miserables para tratar de describir su amor materno.

            A esta Madre podemos y debemos dirigirnos en todas las dificultades de nuestra vida.

            Tomemos la firme resolución de hacer subir sin cesar hacia esta Madre la oración suplicante de la Iglesia: «Monstra te esse Matrem! ¡Muestra que eres nuestra Madre!».


 

XIII
La misión de la Madre

            En la vida de la gracia María es nuestra Madre, real y plenamente nuestra Madre, más Madre nuestra en el orden sobrenatural que nuestras madres de la tierra en el orden natural. Sus sentimientos maternos, y especialmente su amor materno, son proporcionados a esta maternidad realísima y elevadísima. Ella nos ama con un amor más fuerte y tierno que el de todas las madres del mundo entero y de todos los tiempos, si su amor fuera recogido en un solo corazón de madre y concentrado sobre un solo hijo.

            ¿Queremos conocer ahora la misión de la Santísima Virgen respecto de nuestra vida de la gracia? Basta analizar la misión de una madre ordinaria, y transponer esta misión al orden sobrenatural, en un grado de perfección mucho más elevado. Y es que, en el pensamiento de Dios, el mundo sobrenatural es el tipo original del mundo de la naturaleza. Sobre el modelo del Corazón de María, y no a la inversa, ha sido formado el corazón de nuestras madres.

            La madre da la vida a su hijo. Pero cuando el hijo ya ha nacido, la misión de la madre no se da por terminada, ni mucho menos. Ella debe ahora prodigar a esta pequeña vida que acaba de abrirse mil cuidados incesantes, noche y día. Ella debe velar ante todo por que esta vida no perezca bajo toda clase de influencias peligrosas y dañinas. Luego debe tener cuidado de que el niño crezca y se desarrolle, tanto en el cuerpo como en el alma. El papel de la madre aquí es inmensamente importante. Día a día, hora a hora, ella debe proveer a su hijo todo lo que le es necesario o útil para el pleno desarrollo de su vida humana: alimento, vestido, y también instrucción, dirección, aliento, educación, etc. La madre sólo puede considerar concluida su misión cuando su hijo haya llegado al pleno desarrollo físico y moral de su personalidad humana.

            Ahí se nos muestra claramente cuál es la misión de la Santísima Virgen en nuestra vida. Después de habernos dado la vida de la gracia, Ella debe proteger esta vida contra los peligros que la amenazan, por medio de una influencia incesante y profundamente operante. Ella debe también hacer crecer y desarrollarse esta vida, como una flor al sol. Su misión es llevarnos al grado de vida divina y de perfección cristiana a que Dios nos llama, y conducirnos así a la bienaventuranza eterna, que es el último fin de nuestra existencia en la tierra. Con otras palabras: Ella debe proporcionarnos todo lo que es necesario o útil para nuestra santidad y salvación eterna.

            Decimos todo lo que es necesario o útil. Ante todo, lo que de suyo es sobrenatural: aumento, y si es preciso, restitución de la gracia santificante, virtudes infusas y dones, las innumerables inspiraciones e influencias de la gracia que son necesarias para nuestra formación sobrenatural. Pero también todo lo que, aunque sea natural en su esencia, pueda contribuir a nuestro progreso espiritual y a nuestra bienaventuranza eterna, como por ejemplo las luces intelectuales, los consuelos del corazón, las fuerzas corporales, una cierta medida modesta de bienes temporales, etc. Todo eso pertenece incontestablemente a la esfera de influencia de nuestra divina Madre.

            Y esta misión vasta y múltiple la Santísima Virgen la cumple gustosamente, primeramente a causa de su afección incomparable por nosotros: las madres se alegran de ponerse al servicio de sus hijos, aunque sea a su propia costa. Si manifestáramos compasión a una madre por su vida de cuidados incesantes y de trabajo penoso en la educación de sus hijos, ella manifestaría compasión a su vez por nuestra poca comprensión, y nos contestaría con un encogimiento de hombros: «¡Pero para eso se es madre!».

            Esta misión Nuestra Señora la cumple gustosamente y con entera fidelidad, en segundo lugar, porque esta es la misión que Dios le ha confiado, y realmente porque este es su «deber de estado», deber infinitamente más importante y urgente que el que impone la maternidad ordinaria, puesto que en este caso se trata de una vida mucho más rica y preciosa. Y cuando oigas explicar delante tuyo las consideraciones habituales: que María puede ayudarnos porque Ella es poderosa, que Ella quiere ayudarnos porque Ella es buena, añade audazmente este pensamiento decisivo: que Ella debe socorrernos, porque Ella es nuestra Madre.

«

            Esta es, de manera general, la misión materna de María.

            ¿Quieres saber ahora en detalle qué comporta esta magnífica misión de Nuestra Señora? Abre la obra incomparable de nuestro Padre sobre la verdadera Devoción a María. Pienso que nadie expuso de manera tan clara, límpida y completa los buenos oficios que nuestra divina Madre cumple con nosotros. ¡Qué bien nos hará repasar y meditar de nuevo estos textos preciosos! [60].

            1º María ama a sus hijos, con un amor al mismo tiempo tierno y eficaz. «Ella espía las ocasiones favorables para hacerles bien, engrandecerlos y enriquecerlos. Como Ella ve claramente en Dios todos los bienes y los males, los sucesos prósperos y adversos, Ella dispone las cosas para librar de toda clase de males a sus servidores, y para colmarlos de toda clase de bienes» [61].

            2º Ella mantiene a sus hijos en todo lo requerido para el cuerpo y para el alma. «Ella les da a comer los platos más exquisitos de la mesa de Dios; les da a comer el pan de vida que Ella ha formado, y a beber el vino de su amor. Como Ella es la tesorera y la dispensadora de los dones y de las gracias del Altísimo, da de ellos una buena porción, y la mejor, para alimentar y mantener a sus hijos y servidores» [62].

            3º Ella los conduce y dirige según la voluntad de su Hijo. «Ma­ría, que es la Estrella del mar, conduce a todos sus fieles servidores a buen puerto; les muestra los caminos de la vida eterna; les hace evitar los pasos peligrosos; los conduce de la mano en los senderos de la justicia; los sostiene cuando están a punto de caer; los reprende como caritativa Madre cuando faltan; y alguna vez hasta los castiga amorosamente» [63].

            4º Ella los defiende y protege contra sus enemigos. «María, la buena Madre de los predestinados, los oculta bajo las alas de su protección, como una gallina a sus polluelos; les habla, baja hasta ellos, condesciende en todas sus flaquezas; los rodea para preservarlos del buitre y del gavilán; y los acompaña como un ejército en orden de batalla… Esta buena Madre y poderosa Princesa de los Cielos despacharía batallones de millones de ángeles para socorrer a uno de sus servidores antes de que se diga alguna vez que un fiel servidor de María, que ha confiado en Ella, sucumbió a la malicia, al número y a la fuerza de sus enemigos» [64].

            5º En fin, el mayor bien que esta amable Madre proporciona a sus fieles devotos, es unirlos a su Hijo con lazo muy íntimo, y conservarlos en esta unión. «¡Oh, qué bien acogido junto a Jesucristo, el Padre del siglo futuro, es un hijo perfumado con la fragancia de María! ¡Oh, qué pronta y perfectamente es unido a El!… María conserva a sus hijos en Jesucristo, y a Jesucristo en ellos; los guarda y cuida siempre, por temor de que pierdan la gracia de Dios y caigan en los lazos de sus enemigos» [65].

            Cada uno de nosotros tiene derecho a estas intervenciones preciosas de nuestra divina Madre. Y cada uno de nosotros experimentará estas maravillas con una condición, y es que no nos apoyemos en nosotros mismos ni en otras creaturas, sino que apaciblemente pongamos en Ella toda nuestra confianza y traduzcamos esta confianza en una oración humilde, fervorosa, filial y perseverante.


 

XIV
Mediadora de todas las gracias

            Decíamos que el papel, la misión y el deber de la Santísima Virgen, como Madre de las almas, es proporcionarles todo lo que les es necesario o útil para su salvación o santificación.

            Ella cumplirá gustosamente con esta misión y deber a causa de su incomparable amor materno, que supera con creces el afecto de todas las madres de la tierra, aunque se concentrara en un solo hijo.

            Pero ¿está Ella en condiciones de satisfacer las necesidades de sus innumerables hijos?

            Pues hay madres buenas, abnegadas y llenas de afecto, pero que son impotentes para proporcionar a sus hijos lo que ellos requieren para el cuerpo y para el alma.

            ¡Cuánto debieron sufrir nuestras madres de familia, y cuánto deben seguir sufriendo en muchos países, al no poder alimentar y vestir convenientemente a sus hijos enflaquecidos, y al verlos, impotentes, perecer de miseria y de indigencia ante sus ojos!

            ¿Hay espectáculo más trágico que el de una madre que solloza de desesperación junto al lecho en que sufre o agoniza su hijo, porque se siente impotente para arrancar de la muerte, aunque fuese al precio de su propia vida, al hijo que ama con toda su alma?

            Cristianos, nosotros no tenemos una Madre impotente: sino que nuestra Madre es todopoderosa. No con una omnipotencia que venga de Ella misma, pues Ella es creatura; sino de una omnipotencia que le es comunicada por Dios mismo: Ella es la Omnipotencia suplicante, como la llama la Tradición cristiana. Su oración es siempre conforme con los designios divinos, y está orientada hacia la mayor gloria de Dios. Por eso, Ella no se ve nunca rechazada, y alcanza siempre infaliblemente lo que Ella pide. Sus oraciones son órdenes…

            Siempre nos enseñaron esto. Lo creemos y estamos convencidos de ello. Esta convicción debe arraigarse aún más profundamente en nuestras almas. Debemos tener claramente ante el espíritu los fundamentos doctrinales de esta convicción.

«

            1º La oración de Nuestra Señora es infaliblemente escuchada, porque Ella es Reina de todos los Santos. Nos dirigimos con confianza a San Antonio, a Santa Teresita del Niño Jesús, a San Luis María de Montfort. La experiencia nos demuestra que la oración de estos santos tienen gran fuerza ante Dios, justamente porque son santos. María es más santa que los demás santos, más santa aún que todos los demás santos juntos. El grado de su gracia y de su gloria, y por lo tanto el grado de su unión con Dios, supera el de todos los santos y ángeles reunidos. San Anselmo hace la suposición imposible de que todos los bienaventurados y ángeles recen en un sentido, y Nuestra Señora sola en sentido contrario: y dice que en este caso sería María, sin duda alguna, quien ganaría la partida.

            2º La oración de María es infaliblemente escuchada, en segundo lugar, porque Ella es Madre de Dios. Cuando uno u otro santo solicitan un favor, es un humilde servidor, una pequeña sirvienta, quienes se dirigen a Dios. Pero cuando la voz de María se hace oír, es la voz de la Madre del Todopoderoso. Y si una madre no puede negar nada a su hijo, tampoco un hijo bien nacido puede rechazar la súplica de su madre, si lo que ella le pide es bueno y razonable, y no supera el poder de su hijo. ¿Acaso Jesús, que ama a su Madre con un amor nunca igualado, podrá resistirse a las oraciones de Nuestra Señora, cuando lo que Ella le pide es siempre justo y razonable, pues Ella reza según la voluntad y los designios de Dios, que Ella ve claramente en su Esencia, y lo que Ella pide está siempre en los límites de su poder, puesto que, en cuanto Dios, El es Todopoderoso y no tiene más que querer para hacer?

            3º La oración de María es infaliblemente escuchada, además, porque Ella es Corredentora con Jesús, y las gracias que Ella solicita por nosotros las ha merecido realmente, aunque sólo sea con un mérito de conveniencia, por su vida de humildad, pobreza y santidad, y sobre todo por su colaboración generosa con Cristo en el Sacrificio de la Cruz.

            El salario que merecemos por nuestro trabajo nos corresponde en toda justicia: podemos disponer de él como mejor nos parezca. Las gracias y favores que la Santísima Virgen solicita para nosotros por sus oraciones son como la ganancia o salario de su vida sacrificada y sobre todo de su participación a los misterios de la Pasión y muerte de Jesús. Por eso, sin lugar a dudas, Ella puede hacer valer ciertos derechos sobre estos dones y gracias; Ella puede, de común acuerdo con Jesús, disponer de ellos en favor de quien Ella quiera. Y es evidente que Dios respetará estos derechos y realizará unos deseos tan sólidamente fundados. Nuestra Señora, más o menos, reza como sigue: «Señor de toda grandeza y de toda bondad, Aquella a quien Os habéis dignado amar por encima de toda creatura pide que tal y cual gracia, adquirida y merecida por Ella en colaboración con Vuestro y su único Jesús, se aplique a tal alma, que Ella designa a Vuestra infinita Bondad y Misericordia». Salta a la vista que semejante oración no puede no ser escuchada.

            Este es principalmente el motivo por el cual, según la expresión de León XIII, se ha concedido a María un poder casi ilimitado en la distribución de las gracias: Aquella que fue Cooperadora de Cristo en el misterio mismo de la Redención, debía ser también asociada a la distribución de las gracias provenientes de esta Redención [66]. Y este es también el motivo por el que, según una expresión de San Bernardino de Siena, citada igualmente por León XIII, Ella distribuye las gracias de Dios a quien quiere, cuando quiere, cuanto quiere y como quiere [67].

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            De este modo la oración de María es infaliblemente escuchada. Su oración no se diferencia solamente de la oración de los demás santos por un grado distinto de fervor, de intensidad y por ende de poder, sino que es de una especie distinta, perteneciente a un orden superior: su oración entra en el orden de la intercesión misma de Cristo, porque Ella misma fue elevada a un orden de existencia superior. Su oración, es cierto, sigue siendo siempre una humilde súplica. Pero, por otra parte, como es la oración de la Madre de Dios y de la Corredentora con Cristo, es además la expresión de un querer, de una voluntad siempre respetuosa pero también siempre respetada, de que tal gracia, fruto de su colaboración y de su compasión con Cristo, sea aplicada al alma que, en su bondad y solicitud maternales, Ella designa a la infinita munificencia divina.

            Decíamos que debemos apelar a menudo a la maternidad de María respecto de nuestras almas. Apelemos igualmente a la espléndida prerrogativa de su Mediación universal, de que Dios la revistió.

            Recemos más o menos en el siguiente sentido: «¡Dadora encantadora de todos los bienes de Dios, generosa Mediadora de todas las gracias, acuérdate de que Dios te ha hecho lo que eres en favor de la pobre humanidad! Ejerce ahora también conmigo, miserable como soy, la misión sublime que Dios te ha confiado. Te es un placer y una dicha socorrer con tus bienes a los pobres y necesitados. Yo soy el más pobre de los pobres. Inclínese, pues, tu Corazón misericordioso hacia mi miseria, y ábranse generosamente tus manos de abundancia y de bendición sobre mi indigencia. ¡Mediadora de todas las gracias, ruega por mí! ¡Distribuidora generosa de todos los dones de Dios, apiádate de mí!».


 

XV
A ejemplo de Jesús

            Pocas verdades en nuestra santa religión son tan consoladoras como la del Cuerpo místico de Cristo, doctrina sobre la que, en estas últimas décadas, se sintió atraída particularmente la atención de la Iglesia docente y discente. Formamos con Cristo un solo y mismo Cuerpo místico, del que El es Cabeza y nosotros miembros.

            Los miembros comparten a su modo todo lo que pertenece a la Cabeza. Por regla general hay que admitir que todo lo que es cierto de la Cabeza debe verificarse, guardando las debidas proporciones, en los miembros que somos nosotros. San Pablo, que es el doctor de esta sublime doctrina, forjó toda una serie de palabras nuevas para expresar nuestra participación en los misterios de Jesús. Y las leyes que rigen esta solidaridad con Cristo son ordinariamente tales que nosotros compartimos en nuestra vida sobrenatural y divina los misterios que Jesús vivió en su vida natural y humana. Esto no ha de extrañarnos desde el momento que recordamos que nuestra santificación o «divinización» por la gracia es el fruto precioso y el sublime equivalente de la «humanización» o Encarnación del Hijo de Dios, y que, después de todo, el plan divino se resume en un Dios-hombre y un hombre-Dios, un Dios que se hace hombre para que el hombre, en cuanto es posible, se haga Dios [68].

            De este modo Jesús, en su vida humana, murió, fue sepultado y resucitó: y nosotros, de modo espiritual, hemos de morir, ser sepultados con El en el orden moral, resucitar con El a una vida nueva, santa, superior, y habitar con El en el cielo con el corazón y el pensamiento. Igualmente Jesús, según su vida humana, nació de la Virgen María: y también nosotros hemos de recibir de esta divina Madre la vida sobrenatural de la gracia.

            Pues bien, la Santísima Virgen fue para Jesús Niño y Adolescente la Providencia creada y el instrumento del Padre para proporcionarle todo lo que El necesitaba en el plano humano y temporal: alimento, vestido, mantenimiento, etc. Por voluntad de Dios Ella instruyó también a Jesús Niño y le dio una educación cuidada, de la que El no tenia necesidad ni en cuanto Dios ni en cuanto hombre, pero que quiso recibir por humildad, porque quiso sernos semejante en todo excepto el pecado, y también para enseñarnos lo que podemos esperar de su Madre, que es también la nuestra, y lo que nosotros debemos ser y hacer para con Ella. Nuestra Señora cuidaba de su Hijo que crecía, con una indecible ternura y una fidelidad admirable. Jesús aprendió de Ella —únicamente con ciencia humana experimental, pues con ciencia divina y ciencia infusa Jesús conocía todo eso de manera mucho más perfecta que su Madre— toda clase de conocimientos humanos y prácticos. Se puede decir en este sentido que Jesús aprendió de su Madre a caminar, a hablar, a leer, a rezar, a trabajar, etc.

            A causa de nuestra unión con Cristo, la Santísima Virgen nos debe estos mismos cuidados maternos para formarnos y hacernos crecer en la vida sobrenatural. Es su deber proporcionarnos todo lo que nos es necesario o útil en este orden de cosas. Todos nosotros le hemos sido confiados en Cristo por el Padre. Ella ve y ama a Jesús en nosotros, y continua prodigándole en nosotros sus cuidados más tiernos y maternos. Pío XII afirma neta y formalmente esta verdad en el magnífico epílogo mariano de la gran Encíclica Mystici Corporis, en el que, después de haber enseñado la doctrina, tan apreciada por Montfort, sobre la maternidad de María sobre todo el Cuerpo místico, Cabeza y miembros, el Santo Padre continúa: «Ella prodiga al Cuerpo místico de Cristo… el mismo maternal cuidado y la misma intensa caridad con que calentó y amamantó en la cuna al tierno Niño Jesús».

            Y Jesús acepta con diligencia estos cuidados amorosos de su bendita Madre. Como el niño más sencillo, confiado y amante, pedía sin cesar el auxilio de su santísima Madre. Recurría a Ella cuando tenía hambre o sed, o cuando, como niño, deseaba descansar. Cuando deseaba conocer algo con experiencia humana, a Ella le planteaba ordinariamente sus preguntas. Ella es quien secaba sus lágrimas de niño, y Ella lo consolaba en sus dolores más profundos. Consultaba sus dificultades con Ella, aunque, como volvemos a repetir, no tenía ninguna necesidad de sus luces ni en cuanto Dios ni en cuanto hombre. Ella era su ayuda, su recurso en todas las cosas, como toda madre prudente y amante lo es para sus hijos, sobre todo para sus hijos pequeños.

            De este modo también nosotros podemos y debemos, a ejemplo de Jesús, recurrir a nuestra Madre amadísima en todas las circunstancias difíciles, humildes o graves, de nuestra vida.

            A ejemplo de Jesús. Pero, lo que es aún más hermoso y eficaz: en unión, no, en unidad con Jesús. Así es como podemos rezar, y debemos recomendar este modo especialmente en las grandes pruebas de la vida, porque al parecer obra irresistiblemente sobre el Corazón de nuestra Madre: «Mira bien, Madre, quién es el que se echa a tus pies. Es Jesús mismo, pues soy una porción de Cristo. Por lo tanto, Jesús mismo es quien te habla, quien te pide: ¡Madre, la mano de Jesús está herida, Tú debes vendarla!… ¡Madre, el ojo de Jesús está enfermo; Tú debes curarlo!… ¡Madre, el corazón de Jesús está triste: Tú debes consolarlo!… ¡Madre, en resumidas cuentas, Jesús es quien necesita tu socorro: Tú no puedes negárselo!…».

            ¡Qué verdades conmovedoras nos enseña nuestra fe! ¡Qué grandeza incomparable nos confiere nuestra condición de cristianos! ¡Au­dacia maravillosa, que el dogma católico justifica!

            ¿Y cómo una oración semejante dejaría de llegar hasta el Corazón de Nuestra Señora, y de asegurarnos su preciosísima asistencia?


 

XVI
Nuestra pertenencia a Nuestra Señora

            Queremos establecer nuestra vida de confianza con nuestra divina Madre sobre bases sólidas e inconmovibles.

            Tengamos confianza en Ella, porque Ella es la Madre de nuestra vida de gracia, y por consiguiente Ella debe proporcionarnos todo lo que, directa o indirectamente, es necesario o útil al pleno desarrollo de esta vida sobrenatural.

            Tengamos confianza en Ella, porque Ella puede lo que quiere, por ser la Omnipotencia suplicante, la Mediadora de todas las gracias, encargada por Dios de distribuirnos y comunicarnos todos sus dones excelentes.

            Recurramos sin cesar a su intercesión, porque somos los miembros del Cuerpo místico de Cristo y, como consecuencia de ello, tenemos el derecho y el deber de esperar de Ella, por lo que se refiere a la vida de la gracia, lo que, como instrumento del Padre, Ella proporcionó a Jesús por lo que se refiere a su vida humana.

            Pedimos ahora a nuestros lectores que presten una piadosa atención a otro fundamento sólido de esta «vida de confianza»: nuestra pertenencia total a María, sobre todo en calidad de esclavos suyos de amor, nos confiere derechos particulares a su incesante asistencia y protección.

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            Un esclavo de amor de Nuestra Señora hace por Ella todo lo que sea posible. Reconoció prácticamente todos sus derechos sobre él y se adaptó totalmente a todos sus privilegios: Corredención, Mediación universal, Maternidad espiritual y Realeza. Sin duda que puede y debe esforzarse por vivir cada vez mejor su pertenencia total y realizar más perfectamente la dependencia entera que le ha prometido. Pero es imposible, en principio, hacer más de lo que ha hecho y darle aún más, puesto que, por caridad desinteresada, le ha entregado realmente todo. No hace falta decir que la Santísima Virgen amará especialísimamente a estas almas y vendrá en ayuda de ellas de manera excepcional.

            Volvemos a encontrar aquí la aplicación de estas espléndidas leyes de retorno y compensación cuya existencia e importancia señala y subraya tantas veces el Evangelio. «Dad y se os dará», dice Jesús [69]. En la misma línea y según la misma ley, San Luis María de Montfort nos afirma que a su vez María se da a quienes se dieron a Ella; y vuelve muchas veces sobre esta consoladora verdad: «La Santísima Virgen, que es Madre de dulzura y de misericordia, y que jamás se deja vencer en amor y en liberalidad…, se da por entero y de una manera inefable a aquel que le da todo… Ella lo apoya con su poder; lo esclarece con su luz; lo abrasa con su amor…; Ella se hace su fianza, su suplemento y su querido todo para con Jesús. En fin, como esta persona consagrada es toda de María, María es también toda de ella… Esto es lo que produce en su alma, si es fiel…: una gran confianza y un gran abandono en la Santísima Virgen, su buena Soberana» [70].

            Una cosa más. No nos hemos entregado a María sólo como un depósito, sino que realmente nos hemos dado en propiedad. Le pertenecemos realmente como su cosa y su bien propio. Ahora bien, nadie podrá negar que, si bien cuidamos de lo que nos ha sido confiado, redoblamos la vigilancia cuando de trata de lo que es propiedad nuestra. Pertenecemos realmente a María. Por lo tanto, Ella velará con celo por lo que es de Ella. Ella apartará de nosotros todo lo que puede dañarnos y nos proporcionará con amor todos los medios útiles para crecer en gracia y en virtud, y realmente en la vida de Dios.

            Todo esto viene confirmado por la experiencia de cada día. Los consagrados a Nuestra Señora, los esclavos de amor de la divina Madre experimentan sin cesar la solicitud maternalísima y preciosísima con que los rodea esta divina Madre. Centenares y miles de veces hemos oído decir a nuestros esclavos de amor, o hemos leído en sus cartas, palabras como las que siguen: «Desde mi Consagración todo cambió en mi vida. Me siento en paz, tranquilo, lleno de una confianza sosegada y de una dicha profunda. Siento que alguien vela por mí, que alguien cuida de todo, y que yo soy como guiado por encima de todas las dificultades y a través de todos los obstáculos: es María, mi buena Madre, que realmente se encarga de todo».

            Así, pues, recurramos de ahora en adelante a la dulce Virgen, nuestra Madre —volveremos sobre ello en detalle— en nuestras tentaciones, en nuestras penas, en nuestras dificultades. Podremos hacerlo a menudo con palabras de la Escritura; pues es algo notable que los Salmistas insisten en su pertenencia total a Dios, en su «santa esclavitud», para pedir auxilio a Dios en sus pruebas y necesidades. Podremos, pues, usar estas mismas palabras al dirigirnos a Nuestra Señora, a quien pertenecemos por entero, y que es el instrumento de las misericordias divinas para con nosotros.

            «Tuyo soy: ¡sálvame!…

            Trata a tu siervo según tu misericordia…

            Soy tu esclavo de amor: dame inteligencia y luz…

            Haz brillar la luz de tu rostro sobre tu esclavo de amor…

            Me he descarriado como oveja perdida: ven en busca de tu esclavo de amor, porque no me he olvidado de tus voluntades…» [71].

            No podríamos acabar mejor este capítulo que con las siguientes palabras, en que nuestro Padre repite y condensa los pensamientos que acabamos de recordar: «¡Oh, qué feliz es el hombre que lo ha dado todo a María, que se confía y se pierde en todo y para todo en María! Es todo de María, y María toda de él. Puede decir intrépidamente con… el discípulo amado: “Accepi eam in mea”: La he tomado por todo mi bien; o con Jesucristo: “Omnia tua sunt, et omnia tua mea sunt”: Todo lo que tengo es vuestro, y todo lo que vos tenéis es mío» [72].


 

XVII
La práctica

            A causa de la enorme importancia del tema, nos hemos extendido ampliamente sobre los fundamentos y motivos de la vida de confianza con la santísima Madre de Dios y nuestra. Hemos señalado y expuesto como tales: la Maternidad espiritual de la Santísima Virgen, su Me­diación universal de todas las gracias, el precioso ejemplo de Jesús, y nuestra Consagración a la poderosa y amable Reina de los cielos.

            Pasemos ahora a la práctica. Querríamos también exponer ampliamente el modo de poner en obra esta vida de confianza, a causa del inmenso valor de este recurso incesante a la divina Madre de Jesús, y también porque los tiempos duros y peligrosos que atravesamos nos hacen sentir su necesidad hoy más que nunca. Ante todo, comencemos con algunas consideraciones previas.

 

Escena encantadora

 

            Una sencilla habitación de una casa. Una madre está ocupada en sus quehaceres domésticos. De vez en cuando lanza una mirada o dirige una palabra a su hijo de tres o cuatro años, que está totalmente concentrado en sus juegos. Un pequeño accidente con uno de sus juguetes… Enseguida, con paso vacilante, el niño corre a la mamá para que le repare el objeto estropeado. Por supuesto, ella lo logra; pero cuando el pequeño, admirado de la operación, vuelve a su lugar, tropieza, cae y se hace daño: «Mamá, mamá», grita en medio de sus lagrimones. La mamá acude al punto para levantar al pequeño desdichado, y en un santiamén limpia y cura las manitas sucias y supuestamente heridas; la desgracia ha sido reparada rápidamente, y entre las lágrimas que no han tenido tiempo de secarse brilla ya el sol de una sonrisa agradecida. El muchachito se queda ahora cerca de mamá y se pierde en toda clase de consideraciones, de suposiciones: «Mamá, ¿por qué esto, por qué aquello?…». Y la mamá, con notable habilidad y adaptación, consigue, no sin esfuerzo, contestar a las preguntas numerosas, a veces embarazosas, de su pequeño filósofo. Al poco rato el niño siente la necesidad de otro alimento que la ciencia, y es la mamá quien le da con qué calmar su hambre y sed, real o imaginaria. Pero mira que ahora la puerta se abre, y entra un extraño. O es tal vez uno u otro animal que inspira pavor al niño… Enseguida corre a esconderse detrás de la madre, que lo recibe en sus brazos y lo acerca, calmando sus alarmas, a lo que provoca su terror: es ahora un pequeño héroe que ya no teme nada y se atreve incluso a proferir amenazas contra lo que, hace unos instantes, lo hacía temblar… Pronto sus párpados, pesados ya de cansancio y de sueño, amenazan con cerrarse. La mamá ya se dio cuenta de ello: y cantando alguna vieja canción de cuna, lleva a su tesoro a su camita: después de un Avemaría, una bendición y un beso, lo confía a un descanso beneficioso y a sueños con angelitos…

            Esta es la vida del niño. Cien veces por día recurre a su madre, volviendo a empezar sin cesar, sin pensar un solo instante que pudiese por fin cansar o aburrir a su madre… Ese es también el motivo inconsciente de la dichosa despreocupación de esta edad. Claro, ¿para qué preocuparse? ¿Acaso mamá no está ahí? ¡Y mamá lo sabe todo, lo puede todo, se encarga de todo!…

            Esta es la imagen encantadora y fiel de lo que debería ser nuestra vida en el plano sobrenatural: un recurso incesante y confiado, en todas nuestras dificultades de cualquier clase o gravedad que sean, a María, Madre de la vida sobrenatural en nosotros, Madre llena de amor, solicitud y poder.

            Y no pensemos que esta actitud de confianza y abandono con María sea exagerada o pueril. Cristo nos exige que vivamos no como niños, sino como niñitos, «sicut parvuli», y por eso nos reclama implícitamente estas actitudes sencillas y filiales para con Aquella a quien El mismo designó y nos dio como Madre: «Ecce Mater tua!».

 

Textos preciosos

 

            Este es claramente el pensamiento y la enseñanza de nuestro Padre, San Luis María de Montfort. Esta vida él nos la pidió y recomendó por la palabra y el ejemplo. Citemos por el momento dos textos, que han de ser un verdadero programa de vida para todo hijo de María, para todo consagrado a Nuestra Señora. Los capítulos que sigan no serán más que el comentario de estas palabras. No olvidemos que es un santo el que habla, y los santos no exageran, pues tienen el sentimiento demasiado vivo de sus responsabilidades para con las almas. Estos textos han de ser leídos pausadamente, releídos y meditados. Hay que colocarlos entre los más hermosos pasajes de un libro que, según el parecer de varios teólogos, es el más hermoso que jamás se haya escrito sobre Nuestra Señora.

            «Tienen una gran confianza en la bondad y el poder de la Santísima Virgen, su buena Madre; reclaman sin cesar su socorro; la miran como a su estrella polar, para arribar a buen puerto; le descubren sus penas y necesidades con mucha franqueza de corazón; se adhieren a sus pechos de misericordia y de dulzura, para obtener el perdón de sus pecados por su intercesión, o para gustar sus dulzuras maternas en sus penas y tedios. Y aun se arrojan, se esconden y se pierden de manera admirable en su seno amoroso y virginal, para ser allí abrasados por el puro amor, para ser allí purificados hasta de las menores manchas, y para encontrar plenamente a Jesús que allí reside como en su más glorioso trono» [73].

            La escena es aún más hermosa y completa en otro lugar: la verdadera Devoción a la Santísima Virgen «es tierna, es decir, llena de confianza en la Santísima Virgen como de un niño en su buena madre. Hace que el alma recurra a Ella en todas sus necesidades de cuerpo y de espíritu, con mucha simplicidad, confianza y ternura; implore la ayuda de su buena Madre en todo tiempo, en todo lugar y en toda cosa: en sus dudas, para que se las aclare; en sus extravíos, para ser enderezada; en sus tentaciones, para ser sostenida; en sus debilidades, para ser fortificada; en sus caídas, para ser levantada; en sus desalientos, para ser animada; en sus escrúpulos, para ser librada de ellos; en sus cruces, trabajos y reveses de la vida, para ser consolada. En fin, en todos sus males de cuerpo y de espíritu, María es su recurso ordinario, sin temor de importunar a esta buena Madre y de desagradar a Jesucristo» [74].

 

El ejemplo de los Santos

 

            Esta es la enseñanza de San Luis María de Montfort. Esta fue también su vida. Como Cristo, comenzó por practicar lo que debía enseñar. Sus historiadores nos afirman que desde su infancia tuvo la costumbre de recurrir a Nuestra Señora en sus menores dificultades. Cuando así lo había hecho, ya no se inquietaba más, ni siquiera pensaba más en ellas: pues le parecía que todo estaba arreglado, ya que había confiado la cosa a su Madre. Su amigo y condiscípulo, el Canónigo Blain, escribe: «Como su extremo amor a la pobreza y a los pobres y su abandono apostólico a la Providencia lo ponían en continuas necesidades, tenía necesidad de una Madre tan tierna y vigilante como la Santísima Virgen para satisfacerlas. Pero también, ¿qué le faltó jamás con el auxilio de la Reina del Cielo? Quienes conocieron al Padre Grignion a fondo como yo, saben que los milagros de la Providencia materna se multiplicaban cada día; y que, si a veces parecía abandonarlo por algunas horas, era tan sólo para animar su confianza hacia Ella y ejercerlo en la práctica de las virtudes más difíciles… María parecía a veces olvidar al más celoso y tierno de sus devotos; pero después de haber probado su virtud, no tardaba apenas en manifestar su ternura hacia él con alguna prueba de su bondad. Sería preciso hacer todo un diario de su vida para señalar en detalle todos los cuidados que la buena Madre parecía tener con él. Parece como que lo conducía por su mano… y que él aprendía de Ella lo que tenía que hacer, incluso en las cosas más oscuras y embarazosas».

            Junto a las palabras y ejemplos de nuestro santo Fundador, nos parece oportuno citar el testimonio de otro gran misionero popular, San Leonardo de Puerto Mauricio, Capuchino, que en uno de sus sermones [75] explaya magníficamente el siguiente pensamiento:

            «Todos los bienes espirituales y temporales que poseéis proceden de las manos benditas y del seno misericordioso de María. Por lo que a mí se refiere, cuando considero las gracias que he recibido de la Santísima Virgen, ¿sabéis a qué me comparo? Permitidme que lo proclame aquí para gloria de mi augusta Soberana: me comparo justamente a uno de esos santuarios en que se venera a una u otra imagen milagrosa de la Madona, y cuyos muros están cubiertos de ex-votos que llevan siempre la siguiente inscripción, o alguna semejante: “Por un favor obtenido de Nuestra Señora”. Estas palabras me parece verlas grabadas en todas las partes de mi ser.

            La brillante salud corporal de que gozo después de haber estado a rastras durante mucho tiempo, y haberme marchitado durante cinco años: ¡Favor de Nuestra Señora!

            La fortaleza espiritual que me anima, el ministerio divino que ejerzo, el santo hábito que llevo: ¡Favor de Nuestra Señora!

            Cada buen pensamiento, cada acto bueno de mi voluntad, cada buen sentimiento de mi corazón: ¡Favor de Nuestra Señora!

            Seguid, seguid leyendo: desde la cabeza hasta los pies, en el cuerpo y en el alma, por todas partes estoy recubierto de esta inscripción: ¡Favor de Nuestra Señora!

            ¡Bendita sea por siempre mi generosa Protectora!

            Y vosotros, queridos hermanos, ¿no podréis darme el mismo testimonio? Casa, propiedades, hijos, salud y vida, todo eso se lo debéis a la bondad bienhechora de María. Miraos a vosotros mismos: todo lo que tenéis, todo lo que sois, se lo debéis a María, que os colma de beneficios para facilitaros la salvación.

            Por lo tanto, dadle las gracias, dadle las gracias a tan noble Bienhechora, y cantad conmigo las misericordias de María».

            ¡De qué buena gana lo haremos, ya que encontramos en nuestra propia vida las experiencias que han hecho los Santos!

            ¡Cuánto tienen que alentarnos estos preciosos pensamientos a la vida de confianza en María, y con qué serenidad debemos enfocar y abordar desde ahora nuestro futuro, bajo la conducta de María!


 

XVIII
Confianza en las pequeñas cosas

No voy en busca de grandezas,
ni de lo que sobrepasa mi cabeza.
No, mantengo mi alma en la paz y en el silencio
como niño en el regazo de su madre
(Sal. 130 1-2)

 

            Esto es lo que, en un Salmo muy breve pero muy rico, cantaba el Salmista cientos de años antes de la venida del gran Amigo de los niños, de Aquel que debía inculcarnos definitivamente que «si no os hacéis semejantes a los niños…».

            No tenemos que olvidarlo: somos niños, o mejor aún, niñitos, «sicut parvuli», en la vida espiritual, ignorantes, débiles, impotentes, inconstantes. Por eso, queda claro que también debemos conducirnos como niñitos en este plano: «Nisi efficiamini sicut parvuli…». Nuestra mayor falta y nuestra mayor desgracia es tal vez la de querer obrar en la vida sobrenatural como «adultos». ¿Que dirías tú de un muchachito de tres años, que al igual que su papá quisiese fumar cigarros y puros, ir al café, subir a caballo, conducir un auto y ganar su propia vida? Sería demasiado ridículo, ¿no? Sobre todo sería funesto y peligroso para el pequeño, y causa de los más graves inconvenientes. Igualmente, sería ridículo de nuestra parte y peligroso a la vez que nosotros, pequeños seres divinos a penas esbozados, quisiésemos confiarnos en nuestro propio saber y poder. Como niños recién nacidos en el mundo sobrenatural, tenemos absoluta necesidad del socorro incesante de nuestra Madre divina, y gustosamente contestamos a su tierna invitación: «Si alguno es pequeñito, venga a Mí» [76].

            Así pues, según el precepto de Cristo, hemos de conducirnos como niños, y esta infancia espiritual, según las explicaciones de Benito XV en su discurso de beatificación de Santa Teresa del Niño Jesús, consiste en gran parte en un espíritu de confianza ciega y abandono total. Este espíritu de infancia lo adquiriremos más fácilmente en el contacto habitual con la Santísima Virgen. Si constatamos que una persona es y sigue siendo plenamente niña con su madre, y sólo con ella, nadie podrá echárselo en cara… Hay cosas que no se dicen a nadie, ni siquiera al propio padre, pero que se confían a la madre, porque la madre no encontrará jamás pueriles o fastidiosas ni siquiera las cosas más humildes que nos preocupan o nos hacen sufrir.

            Por lo tanto, que nuestra divina Madre sea nuestro recurso habitual en los más humildes detalles y en las más mínimas dificultades de la vida. Si descuidamos este recurso, perderemos la oportunidad de manifestarle a menudo nuestra confianza. Las pruebas duras, las decisiones importantes, los acontecimientos de gran alcance son una excepción en nuestra vida, que se compone habitualmente de mil pequeños detalles. Así, pues, si queremos vivir en un abandono habitual en su bondad materna, nos será menester ante todo y sobre todo recurrir a Ella en las humildes dificultades de cada instante.

            Ejerzámonos así en apelar a Ella en nuestras empresas cotidianas, en cada dificultad de detalle, en todas nuestras necesidades de cada momento. Como en las familias en que hay muchos niños, que en nuestro corazón y en nuestra vida se oiga cientos de veces por día el grito tan conocido: «¡Madre!… ¡Mamá!… ¡Mamá, socorro!…». Sea así tanto en las cosas materiales como en las espirituales, tanto en nuestros intereses temporales como en los de un orden más elevado. De este modo nuestra vida llegará a ser, como lo muestra la experiencia, un encadenamiento de pequeñas maravillas.

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            Tu salud deja que desear. Tal vez eres ya un profesional de la enfermedad, del sufrimiento. Mil miserias te impiden cumplir con tu trabajo de cada día. No te canses entonces de buscar, siempre de nuevo, el auxilio de María: «Mi buena Madre, esto no va… Esto no puede seguir así… Tienes que ponerte manos a la obra… ¡Ayúda­me, por favor!». Y cien veces Ella intervendrá, y mil veces te dará la for­taleza necesaria por medio del descubrimiento de un remedio apropiado, el encuentro con un médico abnegado y clarividente, o cualquier otro modo.

            Se trata ahora de vestidos, de alimento. Para ciertas familias no es un pequeño problema; en ciertas épocas fue para todos nosotros un problema capital y muy difícil. Di sencillamente a Nuestra Señora: «Mi buena Madre, Tú sabes de qué tengo necesidad. Trataré de buscar tu reino, confiando en que el resto me será dado por añadidura. Tu gran servidor, San Luis María de Montfort, habla por experiencia cuando dice que Tú proporcionas a tus hijos todo lo que necesitan para el cuerpo y para el alma. ¡Madre, ocúpate también de mí!». Y realmente Ella se ocupará de todo, como lo comprueban con admiración quienes caminan por esta vía.

            Estás dudando, en la perplejidad, en una decisión que has de tomar. «¿Debo viajar o quedarme en casa? ¿Debo comenzar este trabajo o más bien aquel otro? ¿Hago o no esta venta o esta compra?». Por más que pesaste el pro y el contra no has adelantado nada. Realmente no sabes a qué decidirte. Pregunta simplemente a la Santísima Virgen: «Madre, te pido un buen consejo, por favor. ¿Qué debo hacer? Hazme tomar la mejor decisión». A menudo, sin saber por qué, ya no dudarás más y tomarás tu decisión. Y más tarde te quedarás asombrado de constatar que, sin razón aparente, has elegido realmente la mejor opción.

            Por un motivo o por otro te cuesta cumplir tu trabajo de cada día y los quehaceres que te han sido asignados. No consigues realizar tu trabajo de modo satisfactorio para ti mismo, y aún menos para los demás, sobre todo para tus superiores. Eso te entristece, tal vez incluso te desalienta. Habla de ello a tu divina Madre: «Madre, te suplico que me ayudes, si este es el beneplácito divino. Dame ánimos, fortaleza y sabiduría para cumplir convenientemente mis deberes y sembrar alegría y dicha alrededor mío. Si lo logro, te remitiré a Ti toda la honra». Más de una vez hemos oído a personas afirmar que, desde que se dieron totalmente a María, realizaban más y mejor trabajo en mucho menos tiempo.

            Te entregas al estudio porque estás en la enseñanza, realizas labor de educación. Para ti mismo y para los demás, niños o alumnos, te encuentras ante problemas insolubles, ante dificultades aparentemente insuperables. Nada funciona. Te desesperas de proporcionar a tus niños los conocimientos necesarios y la formación requerida. Consulta entonces sin cesar al Trono de la Sabiduría, a la Educadora por excelencia, de quien el mismo Hijo de Dios quiso recibir una educación de la que no tenía ninguna necesidad. Y verás que todo anda mejor. Tal vez llegarás incluso a resultados sorprendentes, como lo hemos oído afirmar más de una vez a personas encargadas de la formación de los niños.

            Estás cansado, abatido, triste. Necesitas ser alentado y sostenido. Tu Madre lo comprende y se encargará de ello si tú se lo pides con filial importunidad. Un bonito regalo, un encuentro agradable, una carta amable, una palabra de consuelo, un canto de pájaro, la mirada cándida de un niño, ¿qué sé yo? Todo eso podrá ser la respuesta y la sonrisa de tu Madre. Ella dispondrá las cosas de modo que no puedas dudar de la procedencia de estas chucherías maternas y tengas que reconocer en ellas su dulce mano. Todos quienes la aman sencillamente como hijos están ya acostumbrados a estas intervenciones consoladoras.

            La paz del hogar se siente amenazada. Es una tempestad en un vaso de agua, pero una tempestad de todos modos. Y no sabes cómo apaciguarla. Has dicho una palabra desafortunada que ha sido interpretada al revés, o tal vez has obrado realmente mal y tienes la culpa de lo que ha pasado. Te gustaría repararlo todo, pero no sabes cómo hacerlo: «Mi buena Madre, arregla Tú este problema». Y verás que la cosa andará, que enseguida se presentará la ocasión de decir una buena palabra, de prestar un pequeño favor, de dar una muestra de afecto. Y se disipará el malentendido, se serenará la atmósfera, se firmará la paz y volverá a brillar el sol de la alegría en el hogar ensombrecido.

            Tienes un carácter difícil y desagradable. Eres cargoso para los demás, tal vez aún más para ti mismo. Tienes defectos, cuya existencia te cuesta admitir y cuya naturaleza te cuesta determinar, y sobre todo de los que te sientes incapaz de corregirte. Caes incesantemente en las mismas faltas. Tu examen de conciencia indica poquísimo progreso. ¿Alguna vez lo has hablado seriamente con la bondadosa Virgen? «Madre, no puedo seguir así… Tienes que ayudarme a conocer mis defectos y a corregirme de ellos». Repite esto a menudo, en cada dificultad. Poco a poco las cosas irán cambiando. Tus defectos desaparecerán, tu carácter se mejorará. Tal vez no te des cuenta de ello, porque la Santísima Virgen «trabaja en secreto, a espaldas del alma». Pero quienes viven contigo se quedarán admirados de las transformaciones que se habrán realizado en ti.

            Después de años enteros de esfuerzo te encuentras igual de torpe, como novicio inexperto, en la ciencia de la oración. Tus oraciones siguen siendo igual de distraídas, y tus comuniones igual de tibias; tu meditación no te lleva a ninguna parte. Querrías llevar una vida más recogida, totalmente unida a Dios, y te parece estar siempre igual de lejos del ideal soñado. Habla de ello con tu Madre. Repítele a menudo, sobre todo al comienzo de tus ejercicios de piedad: «¡Madre, enséñame y ayúdame a rezar! ¡Esto es incumbencia y tarea de la Madre!». Haz como esa religiosa que decía: «No hago más que dar vueltas alrededor de Ella diciéndole: Madre, necesito a Jesús… Madre, dame a Jesús». Ella no puede resistirse a semejantes instancias.

            En todo orden de cosas, pues, descubramos nuestras necesidades a la Santísima Virgen con la confianza de un niño. A menudo Ella nos hará palpar, de manera sorprendente, su intervención materna, aunque sólo sea para darnos la convicción de que está junto a nosotros, de que no nos abandona, y de que sigue toda nuestra existencia con solicitud materna.

            Ella será Madre para con nosotros, y las madres son dichosas de ver alegres a sus hijos, no les niegan para nada las distracciones convenientes, y se ingenian incluso para proporcionárselas… Así será con nuestra Madre del cielo. Confíale incluso tus excursiones y tus fiestas, y todas las distracciones que te parecen necesarias o útiles: «Buena Madre, danos un lindo día… Haz que nada turbe la buena marcha de la fiestita que hemos organizado».

            Sería imposible, y además superfluo, enumerar en detalle todas las circunstancias de nuestra vida, incluso las más humildes, en que hemos de solicitar —¡y obtener!— la intervención de Nuestra Señora. Acordémonos tan solo de que podemos y debemos recurrir a Ella en todo, sin excepción, incluso en aquellas cosas que podrían parecernos más insignificantes.

«

            Algunas indicaciones prácticas más.

            1º Para implorar la ayuda de Nuestra Señora podemos ayudarnos de oraciones ya hechas: rezando, por ejemplo, algunas Avemarías, la Salve Regina, el Acordaos de San Bernardo, o cualquier otra oración o jaculatoria. Muy bien. Pero es mejor aún hacerlo con un grito del corazón, con una oración sin palabras, o con palabras que broten de nuestra propia alma… No temas ser demasiado sencillo ni demasiado niño con Ella. Le dirás tal vez cosas que no has leído nunca en ningún libro, ni oído pronunciar por ninguna boca, pero que responden a las necesidades y atractivos de tu corazón. Quédate tranquilo: es la verdadera oración, la que tu Madre del cielo acoge más gustosamente…

            Así, pues, el recurso a Nuestra Señora puede hacerse por medio de una oración formal interior o vocal. Puede hacerse también de manera más sencilla y fácil, y tal vez más perfecta: estableciéndose y manteniéndose en la disposición habitual de esperarlo todo de Ella, con la convicción absoluta de que Ella se encargará de todo. Esto es, según la explicación de Santo Tomás, lo que Jesús nos pide cuando dice que «es preciso orar siempre sin desfallecer jamás». Será como un fuego de confianza oculto bajo la ceniza, que con el soplo de la tribulación y de la lucha se encenderá rápidamente con la llama de una súplica apremiante y de una oración formal muy ardiente.

            2º Otra observación importante. Mira a este pequeño que se pone a la mesa. Ve junto a él un objeto que brilla, y que por consiguiente lo atrae: un cuchillo, un tenedor. Su manita se dispone ya a agarrarlo. Esta vez la mamá no cederá. Dulce, pero inexorablemente, retira de su alcance el peligroso objeto, aunque el pequeño tirano insista en quererlo con gritos y lágrimas a las que ordinariamente nada resiste… Generalmente también la mamá sabrá desviar la atención del niño sobre otra cosa, y apaciguarlo y contentarlo de otra manera.

            En nuestras miras tan cortas pedimos frecuentemente a la Santísima Virgen cuchillos y tenedores, esto es, cosas que nos serían perjudiciales, sobre todo cuando se trata de asuntos temporales y materiales. Salta a la vista que nuestra divina Madre no nos concederá estos bienes sino en la estricta medida en que contribuyan a nuestros intereses superiores, santidad y felicidad eternas. ¡Hemos conocido a una persona que, por lo menos en treinta comunidades religiosas distintas, pedía novenas a la Santísima Virgen, persuadida de que ganaría el gordo de la Lotería colonial! Es muy posible que estas súplicas hayan quedado sin respuesta, cuanto más que para esta persona habría sido una verdadera catástrofe obtener lo que pedía. En semejantes casos la Santísima Virgen desvía nuestra oración sobre algún otro favor o gracia que nos será realmente útil y provechoso. ¡Tengámoslo presente en los casos en que nos parezca no ser escuchados!

            Y a pesar de todo Ella es Madre, incluso Mamá, y se muestra como tal. Todas las mamás miman un poco a sus hijos. Las regañamos por eso, ellas prometen corregirse y… vuelven a las andadas en la primera ocasión. Nuestra Madre del cielo es mil veces más madre que las de la tierra. Tampoco Ella puede evitar mimar un poco a sus hijos, en el sentido de que a menudo nos hará experimentar su intervención materna en los más humildes detalles de la vida, lo cual no le impide para nada ser también la Mujer fuerte, que da a sus hijos una educación viril y los forma a imagen de su Jesús crucificado.

            3º Una cosa más: ¡Abramos los ojos! A veces nos sucede que, en un momento de apuro, de dificultad y de pena nos dirigimos a Ella. La dificultad se resuelve, la indisposición desaparece, la paz del hogar se restablece, el ánimo nos vuelve, etc. Pero todo esto se realiza habitualmente por medios naturales e intervenciones humanas; y nosotros no somos lo suficientemente clarividentes para reconocer la mano de nuestra divina Madre detrás de las influencias humanas y naturales. Ella es quien dispuso las circunstancias que nos han permitido tener este encuentro, hecho descubrir este remedio, puesto ante los ojos esta página reconfortante, colocado en los labios de un sacerdote esta palabra que da luz y consuelo. Hemos sido escuchados, Ella es quien nos ha escuchado, y nosotros ni siquiera nos hemos dado cuenta de ello. Miles de beneficios de la Mediadora de todas las gracias pasan así desapercibidos de sus hijos. Por eso, una vez más: ¡Abramos los ojos del alma para discernir en nuestra vida su actividad materna beneficiosa, que se ejerce sin cesar sobre nosotros!

            ¡Ojalá recurramos sin cesar a su influencia poderosísima, incluso en las más mínimas dificultades que se nos presentan; pero ojalá elevemos también hacia Ella una mirada de alegre agradecimiento cuando nuestras oraciones hayan sido oídas!

            A los niñitos se les enseña a no aceptar nunca nada de la mamá sin decir: «¡Gracias, mamá!». Acostumbrémonos también nosotros, como hijos bien educados y agradecidos, a decir a Nuestra Señora por cada beneficio concedido: «¡Gracias, mi buena Madre!».

            Y si a veces llegáramos a olvidarnos de este deber elemental —y a causa de nuestras miras cortas y de nuestro espíritu limitado es imposible que no sea así—, consolémonos con el pensamiento de que nuestra eternidad será una jubilosa e interminable acción de gracias a Dios, autor de todo don, y a su divina Madre, dispensadora generosa de todos sus favores.


 

XIX
En las horas graves

            Debemos estar animados sin cesar por una confianza de niño para con la Santísima Virgen, nuestra Providencia creada y materna. Este recurso confiado a nuestra divina Madre no está fuera de lugar, como hemos visto, en las dificultades más humildes de la vida, de modo semejante a como el niño recurre a su mamá en los más mínimos detalles de cada día.

            Pero cuando el niño se siente en peligro, cuando una prueba dolorosa lo atenaza, en la enfermedad, en la angustia suprema, su madre es más que nunca su consuelo y su sostén. Que nuestra Madre del cielo deba ser para nosotros, sus hijos, el recurso seguro en las horas graves de lucha y de sufrimiento, se deduce claramente de las denominaciones consoladoras que la Iglesia ha dado a Nuestra Señora: Salud de los enfermos, Refugio de los pecadores, Consoladora de los afligidos, Auxilio de los cristianos.

            Y nuestra experiencia cotidiana nos enseña que en la vida de todos nosotros hay horas graves, y sombras de luchas y pruebas. Tarde o temprano nos damos cuenta de que la tierra en que vivimos es un «valle de lágrimas, vallis lacrymarum».

            El Paraíso terrestre quedó cerrado, y nosotros perdimos el camino que a él conduce. Nuestra tierra no produce de sí misma más que cardos y espinas, y, como castigo del pecado, no comemos nuestro pan más que con el sudor de nuestra frente. La preocupación del pan cotidiano para nosotros y para los nuestros puede a veces pesar muchísimo sobre nuestros pobres hombros. La llamada «lucha por la vida» se lleva a cabo a menudo con armas muy desiguales. Prevemos a veces el futuro con angustia. Cuando en el hogar se llena un lugar tras otro, te preguntas a veces si tendrás siempre con qué alimentar estas pequeñas bocas hambrientas. Te echas atrás, te debilitas en la vida, te sientes amenazado de hundirte en la ruina. Te llega una desgracia tras otra; se suceden sin parar las pérdidas graves y los gastos extraordinarios. Tu situación no tiene salida… La deshonra te espía, la quiebra está a tus puertas…

            María, tu dulce Madre, aportará la solución a estas dificultades inextricables, si se lo pides con fe firme y viva. Como esclavo de amor la has hecho Propietaria y Gerente de tus bienes temporales. ¡Quédate sin miedo! ¡En la hora querida Ella te tenderá una mano caritativa y se encargará de ti y de los tuyos con una bondad materna encantadora!

            Sin embargo, se impone aquí una observación, que también se aplica a muchas otras cosas fuera de la preocupación del pan cotidiano. Se trata en este caso de bienes temporales, y no debemos desear ni pedir bienes temporales sino en función de nuestros intereses espirituales y eternos. Pobreza no es ni vergüenza ni vicio. Al contrario, para quien sabe llevarla, es riqueza y honor, puesto que Jesús mismo la beatificó y practicó. Además, el sufrimiento es inevitable; es incluso un tesoro preciosísimo: «Bienaventurados vosotros que lloráis, porque seréis consolados». Y Nuestra Señora debe hacernos conformes a su Jesús, a su Jesús crucificado. Hay que acordarse de todo esto, como también del hecho incontestable de que nos es provechoso que nuestras oraciones no sean inmediatamente oídas. Entonces es cuando aprendemos realmente a rezar. El tiempo de la prueba es a menudo un tiempo de fervor y de generosidad cristiana. Pero, por otra parte, es absolutamente cierto que, en la medida en que sea necesario para nuestra salvación y santificación, la Santísima Virgen solucionará las dificultades materiales más inextricables en apariencia, y que, si se lo pedimos con confianza e insistencia filiales, Ella satisfará maternalmente nuestras necesidades temporales.

            ¿Qué esclavo de amor no ha experimentado repetidas veces en su vida esta solicitud materna de María, incluso por lo que mira a sus intereses materiales? Yo mismo me acuerdo con alegría de sus maravillosas intervenciones maternas en este orden, por ejemplo, para proporcionar un sustento absolutamente inesperado a un joven matrimonio que le estaba consagrado, y en el que se empezaban a dejar sentir los apuros económicos, o para aportar la más sorprendente de las soluciones a otra familia, amenazada por la ruina y la miseria.

            O tal vez sea la enfermedad, que te persigue y te hace difícil el cumplimiento de tu deber, o que hace imposible la realización del sueño de tu vida… O, al contrario, tal vez se trate de un ser querido, que se ve clavado en el lecho del sufrimiento. Pareciera incluso que tú mismo sufres más sus dolores, que si te tocara a ti ser el enfermo. Todo el hogar queda en el desconcierto por esta prueba dolorosa. El padre, a quien toca ganar el sustento, se encuentra derribado por la dolencia, o tal vez la madre, cuya ternura y solicitud son indispensables a varios niños aún pequeños. ¿De dónde vendrá la salvación?

            María es la «Salus infirmorum», la Salud de los enfermos, y nues­tras oraciones suplicantes subirán hacia Ella. ¡Cuántos miles y cientos de miles de cristianos experimentaron el poder y la ternura de la gran Taumaturga de Dios en Lourdes y en tantos otros santuarios venerados! Pero las curaciones no se operan solamente en estos lugares benditos de oración; sino que se las encuentra por todas partes, dondequiera que haya hombres que creen y rezan. Sin duda que una curación necesaria en apariencia no es siempre lo más provechoso para el enfermo y para los suyos. Los designios de Dios siguen siendo impenetrables para nosotros, y sólo nos serán revelados plenamente en la luz de la eternidad. Pero si, al contrario, la curación deseada entra en el plan de Dios, aunque exigiese uno o diez milagros, se realizará por la oración de Aquella a la que se lo has confiado todo. Tus fuerzas agotadas, después de varios meses de impotencia, se rehacen inopinadamente, y te hacen capaz de una suma de trabajo inesperada… Y si un mal tuviese que continuar afligiéndote, por los adorables designios de Dios y por motivos insondables para ti, experimentarás ciertamente que la Santísima Virgen dispondrá las cosas de tal modo que sientas su presencia materna y su preciosísima asistencia. Sus delicadezas maternas te ayudarán a llevar tu cruz con va­lentía y alegría, y a santificar esta prueba tan preciosa para tu alma.

            Tarde o temprano, es absolutamente inevitable, nos encontraremos con la muerte en nuestro camino. Ahora te arrebata repentinamente a un padre o a una madre amadísimos, después de años de cuidados incesantes y afectuosos por parte tuya. O arranca a tu ternura a uno de tus hijos en la flor de su edad. O se lleva de tu lado a un esposo, a una esposa, después de largos años de fidelidad y de caridad mutuas. ¡La muerte causa frecuentemente heridas tan profundas, realmente incurables, a nuestro pobre corazón humano!

            ¡Cómo se las ingenia nuestra divina Madre para suavizarnos todos estos sacrificios! Ella no impone esta pesada cruz sobre tus hombros sino con mil precauciones. Ordinariamente serán las circunstancias mismas de esta muerte, iluminada, por decirlo así, con la sonrisa de María. O será la presencia inopinada de un sacerdote venerado y amado junto al lecho de la agonía. O tal vez sea el hecho de que la partida del ser querido tiene lugar en un sábado o en un día de fiesta de Nuestra Señora. O será un sentimiento indefinible de paz, casi de felicidad, de que te llenará la partida del ser llorado. ¿Qué sé yo? Ella tiene mil modos de endulzarnos el desgarramiento de estas separaciones, de hacernos sentir su presencia, y de mostrarse especialmente entonces como la Consoladora de los afligidos.

Una decisión de por vida

 

            A veces tenemos que atravesar y soportar dificultades graves de otro tipo; por ejemplo, para los padres y sobre todo para el hijo mismo, la elección de un estado de vida. ¿Qué debo elegir: la vida en el mundo o la vida exclusivamente al servicio de Dios como sacerdote, como misionero, como religioso o religiosa?… Y cuando este proble­ma haya quedado resuelto de manera general, se planteará esta otra pregunta: ¿A quién tender la mano para compartir mi vida? ¿Qué Orden o Congregación debo elegir? O también: ¿A qué trabajo he de de­dicar mis fuerzas en la sociedad? Y de manera general: ¿Qué camino debo seguir para no poner en juego mi destino eterno, y cómo conseguirlo de manera más perfecta? Otras tantas preguntas a las que a veces es muy difícil contestar incluso para un sacerdote, un director de alma u otros consejeros designados para el caso. Y, sin embargo, es importantísimo, absolutamente necesario, tener una respuesta clara a estos interrogantes: de ella dependerá en gran parte nuestra felicidad en este mundo y en el otro.

            Pues bien, para ti mismo o para tus hijos, dirígete con la fe más completa a Nuestra Señora del Buen Consejo. El medio infalible para recibir la luz y claridad que te permita discernir tu camino, y la fortaleza y el ánimo para seguirlo, será este: encomendar cada día con gran fervor a tu Madre del cielo este asunto de tanta importancia. Por los medios más diversos, una palabra del confesor, una página que cae ante tus ojos, un atractivo muy neto hacia lo que debe hacerte feliz, un concurso providencial de circunstancias, un incidente mínimo en apariencia, tu divina Directora te señalará lo que se espera de ti. Y aunque se crucen en tu camino mil obstáculos aparentemente insuperables, llegarás a término: pues los obstáculos irán cayendo, o tendrás tú la energía necesaria para superarlos, a fin de poder realizar tu ideal. Cientos de veces en mi vida he visto cómo sucedían así las cosas en muchas almas cuyo porvenir me interesaba especialmente. He conocido jóvenes que, de buena fe y en su inexperiencia de la vida, habían elegido un camino equivocado, y que a causa de su confianza en Nuestra Señora y de su pertenencia a esta divina Madre, pudieron finalmente reconocer su error, volver sobre sus pasos y encontrar el camino que debía conducirlos a la verdadera felicidad. ¡Cuántas vocaciones religiosas hemos visto realizarse de la manera más inverosímil, cuando faltaba la salud necesaria, o los padres se negaban obstinadamente a dar su consentimiento, u otras dificultades graves parecían impedir definitivamente la entrada en religión; y todas esas dificultades se desvanecieron con la intervención de Nuestra Señora!

 

Tentación y pecado

 

            Lo que muchas veces ensombrece nuestra vida es la lucha que debemos librar contra la tentación y la seducción, o contra la mala conducta de quienes nos son queridos. En esos casos no hay que olvidar que la Santísima Virgen es el Auxilio de los Cristianos y el Refugio de los pecadores.

            La tentación no es pecado. Bien soportada es incluso una fuente de mérito y progreso. Quien vence sosegadamente una tentación contra la castidad es más puro que antes, y por eso mismo ha progresado en la bella virtud. Los mismos Santos fueron el blanco de gravísimas tentaciones.

            Sin embargo, la lucha puede hacerse temible y desesperada en ciertos momentos. Las olas de la seducción pueden elevarse y agitarse de tal modo, que amenazan con tragarse la navecilla de tu alma y enviarla a los abismos. El desencadenamiento de las pasiones y de los instintos inferiores obnubila el espíritu, paraliza la voluntad y te quita la clara visión y la neta conciencia de lo que está bien o mal, de lo que es noble o degradante, honor o vergüenza… Hay horas en que parece que ninguna consideración humana ni energía natural pueda detener, sobre todo a la juventud, de caer en el abismo, hacia el que lo atraen seductoras sirenas…

            Entonces es difícil rezar, casi imposible en apariencia… ¡Y sin embargo hay que hacerlo! Debes aferrarte desesperadamente a tu Madre divina y gritarle tu estado de miseria y de peligro: «¡Madre, sálvame, que me pierdo!… ¡Muestra que eres mi Madre!… ¡Rápido, ven en mi socorro, o estoy perdido!». ¡Cuántas veces ha venido ya en tu ayuda! ¡Cuántas veces le has debido a Ella el haber conservado el más precioso de los tesoros! ¡Cuántas veces Ella ha imperado a la borrasca de la seducción: Silencio, y a las olas de la tentación: Calma! ¡Cuántas veces Ella te ha sugerido el pensamiento liberador, o ha fortalecido tu voluntad y blin­dado tu corazón! ¡Cuántas veces te ha enviado socorro por medio de circunstancias exteriores, cerrado tus ojos tal vez a una tentación cuya gravedad excepcional no sospechaste sino más tarde, mucho más tarde!

            Y si alguna vez el esclavo de amor de Nuestra Señora —porque también él es hombre, y por lo tanto débil y pecador—, tal vez después de una larga lucha, hiciese mal uso de su voluntad consagrada a María, dando el sí tanto tiempo negado, y tendiendo la mano hacia el fruto prohibido, vaya inmediatamente y sin tardar a su Madre y Señora, humilde y sencillamente, con toda confianza, sin dejarse llevar por el desaliento; que la dulce Reina del cielo no lo rechazará, no lo despedirá. Ella hará oír tal vez en el fondo del corazón palabras dulces de reproche, mas no desdeñará a su hijo culpable pero arrepentido, y no le negará el beso del perdón… Ella conducirá a Jesús esta alma contrita y humillada; Ella le hará recuperar la amistad del Salvador y ayudará a esta alma a empeñarse con nuevo ardor en el trabajo de su santificación, tan tristemente interrumpido. Por Ella el pecado mismo se le convertirá en ocasión de progreso. Con sus manos maternas e industriosas Ella limpiará y reparará la túnica nupcial de su hijo, tan bien que ninguna mirada será capaz de descubrir en ella ninguna mancha ni la menor desgarradura.

            O tal vez estás cargando con la pesada cruz de que uno de tus parientes abandonó el buen camino, ofende a Dios y contrista indeciblemente a los suyos, se entrega a la bebida o al vicio, descuida sus deberes más sagrados y pisotea la fe y la religión de su infancia. Has rezado y suplicado instantemente y con lágrimas; has exhortado, amenazado, castigado. ¡De nada sirvió! ¿No habrá ninguna salida, ninguna esperanza?

            A todos los que lloran la mala conducta de seres queridos, querríamos gritarles: ¡Animo, confianza! ¡Sigan rezando a María, que es también la Madre de los pecadores; sigan confiándole esta alma desviada y culpable! Sigue santificando tu alma y tu vida por la piedad y las buenas obras, doblemente: por ti mismo y para expiar los pecados de aquellos a quienes amas. Dejamos aquí deliberadamente de lado toda consideración especulativa sobre la infalibilidad de las oraciones ofrecidas por los demás, y decimos: ¡Tarde o temprano serás escuchado! Es posible que Dios retrase la conversión, tal vez durante mucho tiempo, para que tu propia vida sea más pura y fervorosa. Esta alma volverá al bien, a Dios, aunque fuese en el último minuto. Un día la Madre del Buen Pastor volverá a traer la oveja perdida al Corazón de Dios y al tuyo.

            No hay un solo sacerdote con experiencia de las almas, que no pueda contar algún rasgo conmovedor de la incomparable bondad y del poder irresistible de la Madre de misericordia.

Sufrimiento de alma

 

            Hay otros sufrimientos y pruebas que son mucho más dolorosos que las que acabamos de recordar. Al lado de las enfermedades del cuerpo, hay otras espirituales, que hacen sufrir mucho más que las primeras. Una de estas enfermedades es el escrúpulo, en que no se distingue ya netamente la voz de la conciencia, de la verdadera conciencia, de un temor vago e instintivo, sin fundamento serio, de haber pecado. Esta conciencia desequilibrada considera como crímenes abominables faltas ligeras o incluso acciones perfectamente inofensivas. Es evidente que puede tratarse de verdaderos tormentos, tanto más graves cuando que otras personas son incapaces de comprender semejante estado de alma.

            También aquí la devoción a la Santísima Virgen, y sobre todo la santa esclavitud de amor, será a menudo un remedio radical, según la promesa formal de Montfort [77]. Más de una vez hemos visto realizarse por este medio curaciones completas y rápidas, o al menos producirse tal mejoramiento que el mal se hacía soportable y no constituía ya como antes un obstáculo insuperable para el progreso espiritual.

            Las almas que, por voluntad de Dios, se sienten llamadas a un grado especial de perfección, y que, por consiguiente, le son más queridas, mucho más queridas que las demás, a menudo son probadas, purificadas y realmente torturadas por El de manera misteriosa y terrible. Estas almas se sienten abandonadas de Dios. Les parece que el Señor no muestra ya por ellas más que horror y aversión, y que las rechaza lejos de Sí con odio y desprecio; que no pueden esperar en esta tierra otra cosa más que la maldición divina, y después de esta vida el tormento eterno del infierno. Esta tortura puede ser una prueba pasajera; pero bastante a menudo constituye un martirio que dura años, y a veces la vida entera.

            La Madre de los hombres, la tierna Madre de las almas, ha sido establecida por Dios, como lo asegura Montfort [78], para suavizar la espantosa amargura de esta prueba, para asegurar a las almas contra el desaliento y la desesperación, o incluso para liberarlas totalmente de esta espantosa obsesión. San Francisco de Sales sufrió este tormento a la edad de 17 años. Todo se le presentaba sombrío, y se consideraba perdido para siempre. Un día acude al altar de Nuestra Señora, se echa a sus pies, y sollozando implora su misericordia. De repente se siente liberado. Sus dudas han desaparecido. Una paz muy dulce se difunde en su alma. Ha quedado curado para siempre del terrible mal.

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            Queridos lectores, también nosotros podemos ser, tarde o temprano, víctimas de alguna de las pruebas que acabamos de describir. Incluso es posible que, si estamos llamados a un cierto grado de santidad y a una cierta riqueza de apostolado, tengamos que sufrirlas todas a la vez.

            El camino de la vida se convierte a veces en un vía crucis, a lo largo del cual, quebrantados en cuanto al cuerpo, hemos de arrastrar la cruz de nuestros sufrimientos morales hasta el momento y el lugar que verá consumarse nuestro sacrificio. ¡Por amor de Dios!, tengamos el cuidado de que a nuestro vía crucis no le falte la cuarta estación: el encuentro, en la confianza y el amor, con María, la santísima Madre de Jesús. El beso de su afección materna nos dará, como al mismo Jesús, nuevas fuerzas para llevar valientemente nuestra cruz hasta la cumbre del Calvario.

            Y si nuestra vida se asemejase algún día a las últimas horas de Cristo en la Cruz, cuando desgarrado, torturado, lleno de fiebre, sediento, aborrecido y maldecido por sus enemigos, traicionado y abandonado por los suyos, se siente rechazado incluso por su Padre y deja escapar la desgarradora queja: «¡Dios mío, Dios mío!, ¿por qué me has desamparado?»; acordémonos entonces de que el Padre, que había privado a la divina Víctima de todo consuelo, le dejó la lenitiva presencia de su Madre amante, fiel y tan plenamente comprensiva del gran misterio… A nuestra humilde y ardiente oración la santísima Madre de Jesús, que es la nuestra, con incomparable afecto montará también una guardia fiel al pie de nuestra cruz, para que hasta el fin nos entreguemos con entero abandono a la crucificante pero amorosa voluntad del Padre, para nuestra perfección y santificación personal, y también para la irresistible conquista de las almas para el reino de amor de Cristo y de María.


 

XX
“Y en la hora de nuestra muerte”

            Nadie puede escapar de la muerte. Podemos apartar su pensamiento como molesto, inoportuno e incluso insoportable; pero de hecho la muerte es inevitable para cada uno de nosotros.

            No vamos a extendernos sobre lo que es la muerte y lo que ella significa para cada uno de nosotros. Sabemos con certeza solamente esto: que un día moriremos. Cuándo y en qué circunstancias nos encontrará la muerte, es para nosotros un secreto impenetrable. Sabemos también que la muerte, ordinariamente, es una hora de debilidad y de impotencia, de sufrimientos amarguísimos en el cuerpo y en el alma, y una hora de soledad y de tinieblas, de abatimiento y de temor. Y justamente esa hora es la más importante de nuestra vida: ¡de ella, y de ella sola en definitiva, depende toda nuestra eternidad!

            Hay santos —¡y se comprende!— que temblaron de espanto al pensar en esta hora. ¿Cómo podríamos nosotros, entonces, encararla sin temor y cruzarla sin pavor? ¿Cómo podemos incluso saborear un solo instante de gozo y felicidad en la tierra, sabiendo que un día tendremos que pasar por esta hora temible y decisiva?

            «Ecce Maria»… Una vez más Nuestra Señora será nuestro recurso. Si queremos ser verdaderos hijos y esclavos de amor de la Santísima Virgen, podremos repetir y cantar con el Salmista, aplicando estas palabras a Aquella a quien la Iglesia llama «la Puerta del cielo»: «Aunque pase por en medio de las sombras de la muerte, ningún mal temeré, porque Tú vas conmigo» [79].

            En una Carta notable, del 22 de marzo de 1918, el Papa Benedicto XV [80] exponía magistralmente los fundamentos de esta confianza «in hora mortis». Damos aquí amplios extractos.

            «Concuerda maravillosamente con la doctrina católica y responde a los sentimientos piadosos de la Iglesia, y además se apoya en una esperanza bien fundada y ordenada, elegir a la Madre Dolorosa como Patrona de la buena muerte e invocarla como tal.

            En efecto, los Doctores de la Iglesia enseñan comúnmente que la Santísima Virgen María, que parecía ausente de la vida pública de Jesucristo, por divina disposición estuvo junto a su lado cuando, clavado en la Cruz, iba a sufrir la muerte. De este modo Ella sufrió y casi murió en unión con su Hijo doliente y agonizante; abdicó los derechos de Madre sobre su Hijo para conseguir la salvación de los hombres y para aplacar la justicia divina, y en cuanto dependía de Ella inmoló a su Hijo, de suerte que se puede afirmar con razón que redimió al linaje humano juntamente con Cristo. Y si por esta razón todas las gracias que sacamos del tesoro de la redención nos vienen, por decirlo así, de las manos de la Virgen Dolorosa, todos comprenderán que los hombres hayan de esperar también de Ella la gracia de una santa muerte; ya que por este soberano beneficio se consuma en cada alma eficazmente y para siempre la obra de la Redención.

            Es evidente asimismo que la Virgen Dolorosísima, que fue constituida por Jesucristo como Madre de todos los hombres y los aceptó como estándole confiados por testamento de infinita caridad, para cumplir con bondad materna el deber de defender su vida espiritual, no puede dejar de auxiliar con mayor celo a sus queridísimos hijos adoptivos en el momento en que se decide para siempre su salvación y santidad. Por eso la Iglesia misma en muchas oraciones litúrgicas pide a la bienaventurada Virgen María que asista con su misericordiosa protección a los hombres que están en la agonía; y por eso también es muy constante entre los fieles la opinión, comprobada por una larga experiencia, de que no perecerán eternamente los que tengan a la misma Virgen por Patrona».

            Estas consideraciones de Benedicto XV, que fue un gran Papa mariano, son claras, lógicas, convincentes y muy consoladoras.

            La Santísima Virgen concederá una asistencia especial en la hora de la muerte a los cristianos que ponen su confianza en Ella.

            Y es que María es la Corredentora del género humano. Ahora bien, en el momento de la muerte es cuando esta redención se aplica definitivamente a cada hombre, o si no queda vana para él.

            Por ser Corredentora, María es también la Mediadora de todas las gracias. Ahora bien, sin la perseverancia final, todas las demás gracias habrían sido inútiles.

            Asimismo María, por lo que a la vida de la gracia se refiere, es realmente nuestra Madre. ¿Acaso una madre puede estar ausente del lecho de agonía de su hijo? No puede ser que Nuestra Señora no sostenga a sus hijos con todas sus fuerzas y energías en el mismo momento en que se decide la confirmación eterna o la pérdida eterna de la vida de la gracia en un alma.

            La Iglesia cree en esta protección especial de María en la hora de la muerte, y por eso es convicción universal que quienes la aman y honran de veras, no pueden perderse para siempre: ¡Un hijo de María es hijo del Paraíso!

            La experiencia de cada día —como lo hacen notar los Papas— confirma esta convicción. Por eso es digno de mención que cuando se nos comunica la muerte de quienes estuvieron especialmente consagrados y dedicados a Nuestra Señora, esta comunicación vaya acompañada casi siempre del relato de hechos o de circunstancias, a veces mínimos en apariencia, que muestran de manera evidente que la Santísima Virgen sostuvo a sus hijos y esclavos agonizantes con una asistencia cierta, y muy a menudo palpable y sensible.

            Pensamos, por ejemplo, en la muerte tan consoladora de nuestro gran e inolvidable Cardenal Mercier, hijo amante y apóstol ardiente de María y de su devoción más excelente. El Cardenal murió un sábado, que al mismo tiempo era un día de fiesta de la Santísima Virgen, la de sus Desposorios con San José; asimismo era el aniversario del día en que había publicado su oración tan conocida para pedir la proclamación dogmática de la Mediación universal de María y la canonización del Beato de Montfort. Murió tan sólo algunas horas después de haber asistido y participado a la santa Misa, ofrecida en honor de la Mediadora de todas las gracias. ¿Son, sí o no, indicios clarísimos de una intervención de Nuestra Señora en la hora suprema de su glorioso Servidor?

            Querido lector, ¡qué felicidad y seguridad para nuestra última hora, haber pedido tan a menudo a nuestra Corredentora, Mediadora y Madre: «Ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte»!

            Si seguimos repitiendo estas palabras decenas de veces por día con entera atención y plena confianza, tenemos el derecho de apartar de nosotros todo temor y toda inquietud voluntaria. ¿Acaso no dice San Juan que «el amor perfecto expulsa el temor», y que «en esto ha llegado el amor a su plenitud con nosotros: en que tengamos confianza en el día del Juicio»? [81].

            Esforcémonos, pues, en vivir virtuosa y santamente en unión con Ella, y depongamos entre sus manos y encerremos en su Corazón materno nuestra última hora con todos sus terrores y sufrimientos. Y si en ciertas horas la angustia quisiese invadir nuestra alma al pensamiento de lo que inevitablemente debe suceder un día, repitamos con confianza: «In te, Domina, speravi; non confundar in æternum!: ¡En Ti, Soberana mía, he puesto mi esperanza; no quedaré eternamente confundido!».

«

            Toda nuestra vida ha de ser, según la recomendación de la Iglesia, un recurso incesante y confiado a la Madre de nuestras almas y a la Mediadora de todas las gracias.

            También para la hora grave, dolorosa y decisiva de nuestra muerte, ponemos en Ella una confianza total y serena.

            Cuando hayamos establecido y consolidado nuestra alma en esta confianza serena y preciosa, nos será también más fácil cultivar los sentimientos que deben animar a todo esclavo de amor de Nuestra Señora frente a la muerte.

            La aceptación de la muerte, con todas las circunstancias de que venga acompañada y rodeada, es el acto más elevado y hermoso de la dependencia total que hemos consagrado a María por medio de la santa esclavitud. El dueño tiene un derecho de vida y muerte sobre su esclavo. Con amor queremos reconocer gustosamente a Jesús y a María todos los derechos sobre nosotros, entre ellos el derecho de disponer de nuestra vida por la muerte. Se lo hemos repetido mil veces: «Dejándoos entero y pleno derecho de disponer de mí y de todo lo que me pertenece, sin excepción, según vuestro beneplácito, para la mayor gloria de Dios en el tiempo y en la eternidad».

            Cuando sintamos llegar nuestra hora suprema —¿y por qué no a menudo, cada día anticipadamente?—, recemos así: «Señor adorado, Reina amadísima, acepto la muerte de vuestras manos, por amor y sin temor, como mensajera de vuestra voluntad y como la manifestación más grave de vuestro dominio sobre vuestro esclavo de amor». La aceptación humilde y valiente de nuestra muerte en la hora en que debe consumarse el sacrificio, y centenares de veces antes, es el cumplimiento más penoso, pero también el más hermoso y precioso, del gran acto que hemos realizado para con Cristo y su divina Madre.

            Esforcémonos igualmente por mirar la muerte con los ojos de nuestra Madre, y establecernos frente al adiós al mundo en las disposiciones perfectísimas de su Corazón Inmaculado. En unión con la muerte redentora de Jesús, Ella aceptó libremente su propia muerte por la glorificación de Dios, y por la salvación y santificación de las almas. En la muerte Ella vio la ruptura de los lazos que la retenían lejos de su Hijo; era ver disiparse la nube que le escondía el rostro del Amado; era el derrumbamiento del muro que la separaba de Jesús. En la muerte Ella vio y buscó la liberación y la ascensión hacia la Luz y la Vida, hacia Dios y la unión eterna y soberanamente íntima con su solo Amor.

            Aprendamos a repetir con Ella: «Para mí, vivir es Cristo, y morir una ganancia… ¿Quién me librará de este cuerpo mortal?… Deseo soltarme de este cuerpo, a fin de vivir con Cristo… ¿Quién me diera alas como la paloma, para volar y reposarme en el Corazón de Dios?… ¡Qué amables son tus tabernáculos, Dios de los Ejércitos! Mi alma desfallece de deseos por los atrios del Señor» [82].

            ¡Nosotros deseamos también la muerte, Madre amadísima, para poder contemplar tu belleza, gustar tu amor, cantar tu grandeza, aumentar tu gloria, reconocer tus beneficios, reposar en tu Corazón, perdernos en tu alma y adentrarnos en los abismos de tu interior!

            Sí, también para nosotros morir es una ganancia. Pero debemos hacer de manera que esta muerte sea igualmente una ganancia y, si fuera posible, un progreso inmenso para su Reino, para la extensión de su dominación de amor sobre las almas y sobre el mundo. Por este ideal hemos de ofrecer todos los sufrimientos de nuestra última enfermedad, todas las angustias y dolores de la hora suprema: «Per adventum Ipsius et regnum Eius!: ¡Por el advenimiento real de Cristo y el reino de su divina Madre!». Nuestra muerte no ha de ser tan sólo buena y santa, sino asimismo espléndidamente fecunda: por ella, cayendo como un grano de trigo en la tierra selecta del seno de nuestra divina Madre, hemos de germinar y crecer en ella en una riquísima y abundantísima cosecha de almas conquistadas para su reino y para la práctica de su perfectísima Devoción. Querríamos que nuestra muer­te sea un acontecimiento, un gran acontecimiento en la historia del reino de Cristo Rey por la dominación de amor de Nuestra Señora. Esta ha de ser nuestra preocupación dominante en los últimos días y en las últimas horas de nuestra vida, hasta nuestro último suspiro. Y para que nuestros últimos momentos no se vean privados de esta consagración suprema y de este valor preciosísimo, ofrezcamos cada día nuestra vida entera, especialmente nuestra agonía y nuestra muerte, y sobre todo uniéndonos al santo Sacrificio, por nuestro único ideal: ¡el reino de Cristo por María!

            Así, pues, cuando sintamos declinar nuestras fuerzas, caer las sombras sobre nosotros y aproximarse el fin, entonces… que nuestros ojos que se apagan ya no se aparten de su imagen bendita; que nuestra boca no se canse de repetir su nombre juntamente con el dulcísimo nombre de Jesús, y de reiterarle nuestra pertenencia total; que nuestros labios se queden pegados a su rostro; que nuestra mano se encuentre en la suya, y que nosotros mismos nos encerremos en su Corazón y nos perdamos en su seno… Que nuestras manos aprieten hasta la muerte su Rosario, y que luego, con el Crucifijo, una imagen de María vele sobre nuestros despojos mortales… Que nuestro recuerdo mortuorio hable de nuestra pertenencia a María, y que estas sencillas palabras: Ave Maria, grabadas sobre la lápida, o mejor aún, inscritas en una sencilla cruz de madera, continúen conduciendo las almas hacia María y predicándoles el amor, la confianza y la pertenencia hacia Ella…

            ¡Mientras tanto, al salir de las miserias de este mundo, o más probablemente de las llamas purificadoras del Purgatorio, nuestra Madre nos habrá llevado, para nuestro eterno descanso y la bienaventuranza sin fin y sin límites, al Corazón y al seno mismo de Dios!


 

                [1] Ver Verdadera Devoción, nn. 16-36, y Secreto de María, nn. 7-22.

                [2] Verdadera Devoción, nº 199.

                [3] Verdadera Devoción, nn. 191-200.

                [4] Verdadera Devoción, nn. 257-265.

                [5] Gen. 17 1.

                [6] Mt. 11 25-26.

                [7] Verdadera Devoción, nº 196.

                [8] Verdadera Devoción, nn. 262 y 264.

                [9] Secreto de María, nº 47.

                [10] Nos mantendremos aún más en guardia contra la tendencia a minimizar la misión de la Santísima Virgen y, por consiguiente, a minimizar también la importancia de la vida mariana; tendencia que se manifiesta netamente en ciertos medios supuestamente científicos y sabios.

                [11] Jn. 15 4.

                [12] Recuérdese que el célebre y santo Abad Juan Bautista Chautard practicaba fielmente este encuentro de la mirada (espiritual) con Nuestra Señora.

                [13] Para todas estas consideraciones explotamos una opinión teológica muy seria, que no tenemos por qué defender aquí, que reúne el asentimiento de un número cada vez mayor de Mariólogos.

                [14] Encíclica Adjutricem populi. El término latino «administra» es muy expresivo, pero difícil de traducir; lo mismo pasa con el término «ministra», que parece indicar en todo caso que la Santísima Virgen tiene la misión de aplicar, y por lo tanto, de producir como instrumento de Dios, las gracias que nos son comunicadas.

                [15] Encíclica Ad diem illum.

                [16] Verdadera Devoción, nº 33.

                [17] Patrología Griego-Latina, tomo 41, col. 170, De Dormitione Beatæ Mariæ Virginis. Lo que refuerza singularmente el valor de este texto es que muy a menudo el santo autor vuelve sobre este pensamiento. Ver, entre otros, Al. Janssens, C.I.M., Het Dogma en de Apocriefen, p. 216.

                [18] Jn. 15 1.

                [19] Jn. 6 56.

                [20] Jn. 6 58.

                [21] Jn. 14 20.

                [22] Jn. 17 22-23.

                [23] Jn. 15 5.

                [24] Jn. 15 1-8.

                [25] Jn. 15 4.

                [26] Citado por Saudreau, Vida de unión, p. 353.

                [27] Secreto de María, nº 47.

                [28] Secreto de María, nº 52.

                [29] Secreto de María, nn. 47-52.

                [30] Verdadera Devoción, nn. 261-264.

                [31] Verdadera Devoción, nn. 262 y 264.

                [32] Verdadera Devoción, nº 196.

                [33] Verdadera Devoción, nº 262.

                [34] Verdadera Devoción, nº 152.

                [35] Sab. 8 16.

                [36] Secreto de María, nn. 55-56.

                [37] Verdadera Devoción, nº 196.

                [38] Verdadera Devoción, nº 264.

                [39] Secreto de María, nº 47.

                [40] Verdadera Devoción, nº 217.

                [41] Sab. 24 24-26.

                [42] Jn. 15 5.

                [43] Es evidente que en el Evangelio la palabra «fe» no tiene sólo el sentido de que se deba reconocer que Dios y Cristo tengan el poder de socorrernos, sino que implica también la confianza de que quieran prestarnos este socorro.

                [44] Mt. 6 25-34.

                [45] Jn. 14 12.

                [46] Mc. 9 22.

                [47] Lc. 17 6; Mt. 17 20.

                [48] Mt. 8 12; 9 2; 15 28; Lc. 5 20, etc.

                [49] Lc. 8 50.

                [50] Jn. 11 40.

                [51] Mt. 13 58.

                [52] Mt. 17 20.

                [53] Mt. 14 25-33.

                [54] Mt. 7 7-11.

                [55] Mc. 11 24.

                [56] Jn. 14 13-14.

                [57] Lc. 11 5-8, y 18 1-8.

                [58] Sant. 1 6.

                [59] Lc. 18 8.

                [60] Verdadera Devoción, nn. 201-212.

                [61] Verdadera Devoción, nº 203.

                [62] Verdadera Devoción, nº 208.

                [63] Verdadera Devoción, nº 209.

                [64] Verdadera Devoción, nº 210.

                [65] Verdadera Devoción, nº 211.

                [66] Encíclica Adiutricem populi.

                [67] Ver también Tratado de la Verdadera Devoción, nº 25.

                [68] Sabemos todos perfectamente que por la gracia santificante no nos hacemos Dios mismo, sustancial y personalmente. La gracia es una «participación de la naturaleza divina», de modo parecido a como el hierro sumergido en el fuego participa de todas las propiedades del fuego, sin cambiar por eso de naturaleza.

                [69] Lc. 6 38.

                [70] Verdadera Devoción, nn. 144-145.

                [71] Sal. 118 94, 124, 125; 30 17; 118 176.

                [72] Verdadera Devoción, nº 179.

                [73] Verdadera Devoción, nº 199.

                [74] Verdadera Devoción, nº 107.

                [75] Sermo XVIII de Beata Maria Virgine.

                [76] Prov. 9 4.

                [77] Verdadera Devoción, nº 215.

                [78] Verdadera Devoción, nº 152.

                [79] Sal. 22 4.

                [80] Carta Apostólica Inter Sodalitia. Pío XI desarrolló las mismas consideraciones en su Carta Apostólica Explorata Res.

                [81] I Jn. 4 17-18.

                [82] Fil. 1 21 y 23; Rom. 7 24; Sal. 54 7; 83 2-3.

 


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