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" ¡Oh María, Madre de perseverancia, alcanzadme que sea fiel a mi promesa!" ( San Alfonso María de Ligorio )

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Fundamentos y Práctica de la Vida Mariana

 

A la Inmaculada Madre de Jesús

            Este modesto volumen, dulcísima Inmaculada, en este Año que te está dedicado, te es ofrecido el 25 de marzo, fiesta de tu Anunciación, esto es, de tu Maternidad divina, de tu Maternidad universal respecto del Cristo total, de Cristo Cabeza y de Cristo miembros que somos nosotros.

            Este espléndido misterio es la culminación de tu Concepción Inmaculada. Este origen radiante, en efecto, te fue concedido con miras a tu sublime Maternidad y a tu colaboración íntima, universal e indisoluble con Cristo Redentor en todas sus grandezas y en todas sus obras de vivificación y de salvación.

            ¡Qué contentos estamos, Madre, de inclinarnos hoy ante Ti para venerarte como la Inmaculada y dignísima Madre del Señor!

            Y este humilde volumen querría intentar hacerte conocer como el Modelo apropiadísimo, «exemplar aptissimum», de todas las almas cristianas, a fin de arrastrarlas en tu seguimiento.

            Tú eres nuestro modelo ante todo por la gran palabra central de tu vida: «He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra».

            Esta respuesta nos entrega tu alma, escribe toda tu vida, nos revela las disposiciones más esenciales y habituales de tu alma. A esta respuesta Tú fuiste constante y heroicamente fiel.

            Y esta palabra no es más que el eco de Jesús mismo, que se convierte en tu Hijo. También El acepta en esa misma hora la condición y cualidad de esclavo, haciéndose por consiguiente obedien­te hasta la muerte, y muerte de cruz. Su «Ecce» es el tipo y el modelo del tuyo: «He aquí que vengo, oh Dios, para hacer tu voluntad». También El no hará otra cosa en este mundo que buscar y cumplir la voluntad de su Padre.

            ¡Oh Cristo amadísimo y Madre querida, ojalá nosotros hagamos también de nuestra vida entera un eco débil, pero fiel, de vuestra humildad esencial en relación con Dios, que lo es Todo, mientras que nosotros, por nosotros mismos, no somos nada; por una actitud de asentimiento constante, valiente, alegre y heroico a la voluntad del Padre, a fin de ser así, por amor y en el amor, los esclavos del Todopoderoso, de su Cristo inmortal y de su incomparable Madre!

Banneux Notre Dame, a 29 de enero de 1954.


 

I
Con María como Modelo

            En esta serie de artículos que explican la perfecta Devoción a la Santísima Virgen según la doctrina de nuestro Padre de Montfort, he­mos tratado, después de exponer la Consagración misma, dos aspectos fundamentales de la vida cristiana, y mostrado cómo, en la doctrina de San Luis María de Montfort, quedan marializados y por lo mismo facilitados en su práctica. Para hacernos más fácil la obediencia incesante a Dios y la perfecta conformidad de nuestra voluntad con la suya, y también el abandono total a su santa Providencia, queremos vivir y obrar por María, es decir, en dependencia continua de la Santísima Virgen, y con total confianza en su omnipotente bondad.

            Otro aspecto extremadamente importante y universal de la ascética cristiana consiste en disponer toda nuestra vida según modelos superiores de perfección.

            Nuestro Ideal primero y supremo, en este plano como en todos los demás, es Dios mismo. En definitiva, seremos grandes y perfectos exactamente en la misma medida en que nos asemejemos a El. «Sed imitadores de Dios», recomienda el Apóstol, «como hijos amadísimos» [1]. Y Jesús mismo estableció la siguiente ley: «Sed perfectos como mi Padre celestial es perfecto» [2].

            Este Modelo divino perfectísimo quedó humanizado y aproximado a nosotros en Cristo, el Hijo de Dios encarnado. La «imitación de Cristo» es el código de toda perfección, y debe ser la meta de todos nuestros esfuerzos, a fin de ser aceptos a Dios Padre. «Os he dado el ejemplo», nos declaró Jesús mismo, «para que así como Yo he obrado, así obréis también vosotros» [3]. Todos los demás modelos no deben atraer nuestra atención sino en la medida en que son capaces de conducirnos a la semejanza con Cristo. San Pablo, es cierto, tuvo la audacia de invitar a sus discípulos a la imitación de su vida, pero únicamente porque él se había esforzado en ser otro Cristo, y porque no era ya él el que vivía, sino Cristo en él: «Sed imitadores míos, como yo lo soy de Cristo» [4].

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            Estas palabras se aplican maravillosamente a la santísima Madre de Jesús, y le convienen infinitamente mejor que al mismo San Pablo. Este es precisamente el deseo intenso que Ella manifiesta a sus hijos y esclavos de amor. Ella, que en su alma se asemejó a Jesús incomparablemente más que ningún otro, y que infinitamente más que San Pablo se perdió y transformó en Jesús, nos dice y repite sin cesar: «Sed imitadores míos, como yo lo soy de Cristo».

            Estas consideraciones nos llevan a una de las prácticas más beneficiosas de la perfecta Devoción a María: la incesante imitación de la Santísima Virgen, para llegar a ser la imagen fiel y viva de Jesús; copiar las virtudes de la Madre para llegar a la santidad del Hijo; perderse «en este molde precioso de Dios» para ser modelados en él a la semejanza fiel del Ejemplar supremo de toda perfección.

            El culto de los Santos consistió siempre, según la doctrina y la práctica de la Iglesia, en invocar con confianza su protección y en imitar fielmente sus virtudes. Y especialmente en la devoción a Nues­tra Señora, se ha insistido siempre en la imitación de sus virtudes. Por eso, San Luis María de Montfort está plenamente en la línea de la tradición cristiana cuando declara que «la práctica esencial de esta devoción consiste en hacer todas las acciones con María, es decir, en tomar a la Santísima Virgen como el modelo acabado de todo lo que se debe hacer» [5].

            Montfort, en su ascética mariana, asigna un amplio lugar a esta práctica. Al enumerar las cualidades de la verdadera Devoción a María, dice que, como tercera característica, debe ser «santa, esto es, que lleve a un alma a evitar el pecado y a imitar las virtudes de la Santísima Virgen» [6]. El quinto deber de los predestinados para con su buena Madre consiste en guardar los caminos de la Santísima Virgen, en practicar sus virtudes y en marchar por las huellas de su vida [7]. Finalmente, la segunda de las prácticas interiores de su excelente Devoción a María, prácticas que son «muy santificantes para aquellos a quienes el Espíritu Santo llama a una elevada perfección» [8], es descrita como sigue: «Es preciso, en las acciones, mirar a María como un modelo acabado de toda virtud y perfección, que el Espíritu Santo ha formado en una pura criatura, para imitar según nuestra pequeña capacidad. Es menester, pues, que en cada acción miremos cómo la hizo María, o como la haría si estuviese en nuestro lugar» [9].

            Repasemos ahora algunos textos de los Sumos Pontífices —no nos dejaremos guiar nunca lo bastante por la autoridad doctrinal de la Iglesia para nuestra formación espiritual y moral—, textos que desarrollan las mismas ideas y prescriben la misma línea de conducta que las que se desprenden de las palabras de nuestro Padre de Montfort.

            En una de sus magníficas encíclicas sobre el Rosario, Magnæ Dei Matris, León XIII escribía: «Ved, pues, cómo la Bondad y la Providencia divinas nos muestran en María el modelo apropiadísimo de todas las virtudes, formado expresamente para nosotros; y al contemplarla y considerar sus virtudes, ya no nos sentimos cegados por el esplendor de la infinita majestad, sino que, animados por la identidad de naturaleza, nos esforzamos con más confianza a la imitación. Si implorando su socorro nos entregamos por completo a esta imitación, posible nos será reproducir en nosotros mismos algunos rasgos de tan gran virtud y perfección».

            San Pío X, en la encíclica Ad diem illum, desarrollará este mismo pensamiento con términos inspirados por el «Tratado de la verdadera Devoción» de nuestro Padre, como el gran Pontífice lo reconoce más de una vez: «Porque nuestra debilidad es tal, que fácilmente nos espanta la grandeza de tan gran modelo [Jesucristo], la divina Providencia ha querido proponernos otro que, aproximándose tanto a Jesucristo cuanto es posible a la naturaleza humana, se acomode mejor con nuestra pequeñez. Este modelo es la Virgen Santísima».

            Por lo tanto, mantendremos nuestras miradas fijas sin cesar en Ella, después de Cristo, para imitar sus virtudes.


 

II
“Modelo apropiadísimo”

            Según el parecer mismo de los Papas, como hemos visto en el último capítulo, la Santísima Virgen es para nosotros un «ejemplar apropiadísimo», un modelo que nos conviene perfectamente: incluso podríamos traducir «el modelo que más nos conviene».

            Debemos analizar y desarrollar un poco más esta afirmación. Para eso bastará explicar y profundizar las palabras ricas y serenas de nuestro Padre: «Es preciso, en las acciones, mirar a María como un modelo acabado de toda virtud y perfección, que el Espíritu San­to ha formado en una pura criatura, para imitar según nuestra pequeña capacidad» [10].

 

«Modelo acabado»

 

            La Santísima Virgen —y Ella sola fuera de Cristo— es un modelo acabado de virtud y perfección. Ella sola es totalmente bella y pura, sin arruga y sin mancha. Los demás santos, aunque sólo fuera por el pecado original, y por lo tanto por la concupiscencia y la miserable inclinación al pecado, no estuvieron exentos de faltas veniales ni de imperfecciones. Ningún santo, fuera de nuestra divina Madre, se vio libre de faltas y de debilidades. Es cierto que a menudo, al leer su vida, no lo hubiésemos pensado. Esta impresión se debe, ya al hecho de que sus biógrafos no conocieron esta vida en todos sus detalles, ya porque siguen la costumbre, poco afortunada, de la mayoría de los biógrafos, que quieren canonizar cueste lo que cueste a sus héroes en sus menores acciones, en todas sus actitudes sin excepción, lo cual es más bien desalentador para sus lectores. Con la santísima Humanidad de Jesús —absolutamente impecable por su unión hipostática con la divinidad—, su santísima Madre es la única que haya vivido sin la menor falta, sin la más mínima imperfección. Y no es menos cierto que la Madre de Dios, la Corredentora del género humano, la Mediadora de todas las gracias y la Santificadora de las almas, la que recibió la gracia en su plenitud y respondió siempre a ella con total generosidad, la que es Reina de los Santos y más elevada en santidad y perfección que los todos los bienaventurados juntos, practicó todas las virtudes teologales y morales en el grado más excelente y elevado.

 

«De toda virtud y perfección»

 

            Nuestra divina Madre es también, según Montfort, un modelo de toda virtud y perfección, lo cual quiere decir que Ella es un modelo completo, que en todas circunstancias podemos tener ante los ojos. Muchos santos, que fueron eminentes en tal o cual virtud, no tuvieron la ocasión, por las circunstancias en que vivieron, de hacer resaltar muchas otras cualidades espirituales. San Luis Gonzaga, por ejemplo, patrón de la juventud, servirá difícilmente de modelo al misionero, como Santa Teresita del Niño Jesús al sacerdote en su ministerio o a los cristianos que viven en el mundo. También aquí la Santísima Virgen se revela como «un modelo conveniente en todo» para nosotros, porque, merced a los designios de la divina Sabiduría, Ella pasó por estados de vida tan múltiples, por circunstancias tan diversas, y vivió acontecimientos exteriores e interiores tan divergentes, que sería difícil imaginar una situación exterior o interior —dejando de lado, naturalmente, el pecado—, en la que no pudiésemos encontrar algo equivalente en la vida de Nuestra Señora, y por lo tanto un modelo de disposiciones perfectísimas, que corresponda a estas situaciones.

            La santísima Madre de Jesús, ¿no es acaso un modelo apropiado a la vez para las vírgenes, para las esposas cristianas y para las madres, incluso para las piadosas viudas, puesto que Ella misma conoció todos estos estados de vida y los santificó del modo más admirable? Los grandes de este mundo, los poderosos de este siglo, pueden tomarla como ejemplo, pues Ella era de descendencia real y de dignidad divina; y también los humildes y los pobres, puesto que Ella llevó una existencia muy modesta y escondida. El cristiano que vive en el mundo ve santificada y transformada por Ella su vida de cada día; el religioso admira en Ella la realización espléndida de su ideal; el sacerdote venera en Ella a Aquella que participa, de modo aún más excelente que él, del poder sacerdotal de Cristo, de sus disposiciones y de sus sentimientos como Pontífice. Ella es un modelo de humildad y de magnanimidad, tanto en los sufrimientos más crueles como el los gozos más elevados; Ella es un amor vivo por Dios y por las almas, pero al mismo tiempo un odio vivo contra Satanás y contra el pecado; la mujer más dulce y afable, pero también la combatiente más invencible que jamás haya seguido el estandarte de Cristo.

 

«En una pura criatura»

 

            Añádase a esto que este modelo acabadísimo de la perfección más completa y variada nos es ofrecido en una humanidad pura, lo cual es ciertamente una ventaja para nuestra pobre naturaleza humana, tan débil y tan frágil, ventaja que además ha sido resaltada por los Papas León XIII y San Pío X en los textos ya citados. Nuestros pobres ojos humanos quedan deslumbrados por el esplendor infinito del Sol de Justicia. «Como una cortina beneficiosa, Ella templa su brillo. Esta dulce Madre hace más accesibles para nosotros la Ver­dad o la Santidad infinitas. Ella atenúa sus contornos, reproduciéndolos tan fielmente en sí misma, que después del Verbo encarnado, Ella es el espejo más perfecto de la Belleza de Dios».

            El artista no intenta plasmar sobre la tela el sol en la plena gloria de su mediodía. Pero cuando el esplendor del sol queda captado y reflejado en la dulce luz de la luna, el pintor trata de reproducir esta luz suavizada y como tamizada. Lo que queremos hacer nosotros es imitar y copiar a María, totalmente transformada en Jesús por la gracia. María es para nosotros, como lo decía el Padre Poppe, «un Jesús más imitable». También en este orden de cosas, Dios ha querido que por María y por Jesús nos remontemos hacia El por grados, de una manera adaptada a nuestra debilidad humana: ser copias vivas de María, a fin de «llegar a ser conformes a la imagen de Jesús crucificado», y así «hacernos perfectos como nuestro Padre celestial es perfecto».

 

«Según nuestra pequeña capacidad»

 

            A veces nos han hecho la siguiente observación u objeción: «Nos es imposible hacer la menor acción exactamente como la hizo la Santísima Virgen».

            Y es cierto en un sentido. Pero eso no es un motivo para no apuntar a la semejanza con nuestra divina Madre «según nuestra pequeña capacidad».

            Es posible, si tomamos cada acción aparte, hacerla con la misma perfección negativa que nuestra divina Madre, esto es, excluyendo de ella todo pecado y toda imperfección, y no admitiendo deliberada y voluntariamente nada que sea culpable.

            Bajo su aspecto positivo, las acciones de la Santísima Virgen serán siempre incomparablemente superiores a las nuestras. Y es que el valor sobrenatural de una acción se mide principalmente por el grado de gracia santificante con que la hacemos, y por la intensidad y la energía con que la voluntad, a través de esta acción, adhiere al bien, lo busca y lo persigue. Ahora bien, la gracia de Nuestra Señora supera de lejos la de todos los ángeles y hombres juntos, y Ella adhirió al bien, esto es, a Dios, con un vigor y un ardor que jamás podrán ser igualados; de modo que «Ella dio más gloria a Dios por la menor de sus acciones…, que todos los santos por sus acciones más heroicas» [11]. Pero podemos siempre, en la medida de nuestros pobres medios, apuntar aquí a la semejanza con Ella, fortificando sin cesar la gracia santificante en nosotros, y haciendo crecer nuestro amor por Dios y por todas las cosas divinas.

            ¡Fuera todo orgullo y toda suficiencia; pero fuera también toda pusilanimidad y todo desaliento! María, nuestro Modelo, por su elevación incomparable, nos conservará en el sentimiento de nuestra nada y de nuestra miseria, y por su accesibilidad humana nos preservará del abatimiento y del desánimo.

            Por eso, contemplémosla sin cesar como nuestro ejemplar y como nuestro Ideal. Y reconfortemos nuestra debilidad repitiendo continuamente: «Atráenos, Virgen Inmaculada: corremos detrás de Ti al olor de tus perfumes» [12].


 

III
La Esclava del Señor

            Para comprender la vida interior de María, ante todo hay que estudiar su actitud para con Dios. Esto supera en importancia a todo lo demás. Esta es la clave de bóveda del edificio de su santidad y perfección. Todo lo demás no es más que medio, y debe servir a hacernos dar a Dios el lugar predominante que le corresponde.

            Hay que notar que, cuando la Santísima Virgen tiene ocasión de definir y expresar su actitud para con Dios, no habla ni de filiación, ni de maternidad, ni de su condición de Esposa espiritual de Dios, de Cristo. Ella se declara su sierva, su humilde esclava: «He aquí la esclava del Señor… Porque miró la pequeñez de su esclava».

            María reconoció claramente que Dios lo es todo. Ningún hombre ni ángel, ningún filósofo ni sabio, ningún justo ni santo comprendieron como Ella que Dios lo es todo, y que la creatura no es nada. El es el eterno Existente, el Ser infinito, la Perfección absoluta, la Plenitud de la vida, de la verdad, de la bondad y de la belleza. Comparado con El, todo lo demás es poca cosa, mínimo. Por lo tanto, es preciso que El sea adorado, alabado, obedecido.

            Además, si Dios es el solo Ser necesario que existe por Sí mismo, y la plenitud de la vida y de la perfección, todo lo demás viene de El —y la Santísima Virgen lo comprende—, y por ende también su existencia y su conservación en la vida, todas las facultades, potencias y riquezas naturales y sobrenaturales que hay en Ella: todo viene de El sin cesar, y todo le pertenece. Nadie lo vio tan bien como la Santísima Virgen: tal como Ella es, con todo lo que es de Ella y con lo que hay en Ella, proviene de Dios, y por tanto le pertenece totalmente. Ella es su total e inviolable propiedad. Y por eso Ella debe depender de Dios de manera radical y continua. Y no podría expresar mejor esta pertenencia fundamental y esta dependencia total de Dios que por esta simple y profundísima frase: «He aquí la esclava del Señor», es decir, he aquí la total y eternamente Dependiente de Dios.

            Sin duda que Ella es grande, y no puede ni debe ocultárselo a sí misma: «El todopoderoso ha hecho en Ella grandes cosas, y todas las generaciones la proclamarán bienaventurada». En Ella se han acumulado todos los tesoros de la naturaleza y de la gracia. Su cuerpo es una obra maestra de belleza, integridad y perfección. Su alma no será igualada jamás en riqueza de saber, en energía de voluntad, en poder de amor. Su alma, que permaneció limpia de la mancha original, se encuentra totalmente impregnada de la plenitud de la vida de Dios, y su santidad se eleva por encima de la de los hombres y ángeles, como las cumbres relumbrantes del Hermón superan a las montañas y colinas cercanas. Ella es Madre de Dios y entró en las más íntimas relaciones de familia con la adorable Trinidad. Ella es la Ayuda fiel de Cristo, Corredentora y Mediadora con El, Madre de las almas, Adversaria victoriosa de Satanás, Reina de los hombres, Reina del cielo y de todo el reino de Dios. Sí, se han realizado en Ella grandes cosas, pero todas estas cosas las ha hecho el Todopoderoso… Todo eso no es más que una mirada de condescendencia, bondad y predilección, que El se dignó echar sobre su humilde Esclava.

            ¡Qué profundamente penetrada se encuentra Ella de estas verdades! ¡Qué presentes las tiene continuamente a su espíritu! ¡De qué buena gana las proclama! ¡Y con qué predilección se reconoce ante El como lo que puede hallarse de más pequeño y de más humilde entre los hombres: «He aquí la esclava del Señor»!

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            El lema de San Luis María de Montfort, que traducía el fin último y supremo de su vida, era: ¡Solo Dios!

            Este debe ser también el nuestro: por María a solo Dios.

            Debemos convencernos profundamente, y recordarnos frecuentemente, de lo que es Dios, y de lo que nosotros somos ante El. El es, y sólo El, el Ser inmenso, necesario, eterno, todopoderoso. Mientras que nosotros somos gusanos de tierra, miserables creaturas, despreciables átomos, nada por nosotros mismos.

            En comparación con El no somos ni siquiera lo que la llama vacilante de una vela es enfrente de la luz deslumbradora del sol, lo que un grano de arena es junto a nuestras montañas gigantes, lo que una gota de agua es enfrente del océano.

            Y ni siquiera somos una lucecita, un grano de arena y una gotita de agua por nosotros mismos, sino únicamente por El. Sin El no podemos subsistir la milésima fracción de segundo; sin El no podemos pronunciar una palabra, mover un dedo de la mano, formular el menor pensamiento; sólo «en El vivimos, nos movemos y existimos», di­ce el Apóstol San Pablo; todo, esencia y existencia, facultades y sentidos, bienes y acciones, nos viene de El, en todo instante y sin cesar.

            ¡Qué pequeños e impotentes debemos reconocernos ante El! Dependemos de El totalmente y en todas las cosas. Y por eso le pertenecemos totalmente, somos su propiedad del modo más radical, con todo lo que somos y todo lo que tenemos. Según la expresión de San Pablo, somos realmente los «servi Dei, los esclavos de Dios», total y eternamente dependientes de El, con la obligación de reconocer teórica y prácticamente esta sujeción, esta pertenencia; y eso es lo que queremos hacer fielmente y con amor.

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            También nosotros podemos repetir con la Santísima Virgen, en cierto sentido, que «se han hecho en nosotros grandes cosas».

            Es algo grande ser un hombre, poseer un alma inmortal, y como instrumento del alma, un cuerpo maravillosa y espléndidamente organizado.

            Participar de la vida misma de Dios por la gracia santificante, poder crecer sin cesar en esta vida, poder realizar actos en cierto modo divinos; encontrarse como sacerdote, como religioso, como cristiano privilegiado, en circunstancias particularmente favorables a la manifestación en actos y al desarrollo de esta vida divina, es sin lugar a dudas algo elevadísimo.

            Todos nosotros hemos recibido talentos. Tenemos aptitudes especiales en tal o cual materia. Tal vez nos hemos aplicado a adquirir la virtud, la perfección. Tenemos méritos respecto de nuestra familia, de nuestra Congregación, de la Iglesia o de la sociedad. Pero todo eso es obra de Dios mucho más que nuestra. Todo esto viene de Dios, y por lo tanto es de Dios y a El debe remontarse.

            Un esclavo de amor debe evitar por encima de todo el orgullo, por el que o bien se sobrestima a sí mismo y desprecia a los demás, o bien (lo cual es mucho más grave) se atribuye a sí mismo lo que corresponde a Dios, a quien debe atribuirse en definitiva todo honor y toda gloria. Hay que volver siempre a la gran y grave expresión del Apóstol: «¿Qué tienes que no hayas recibido? Y si lo has recibido, ¿por qué te glorías como si no lo hubieses recibido?» [13].

            Ninguna otra palabra, fuera de la de esclavo, indica tan clara y fuertemente nuestras relaciones de total pertenencia y de radical dependencia respecto de Dios. Por eso, al terminar estas consideraciones, repitamos humilde y amorosamente con nuestra divina Madre: «¡He aquí la esclava del Señor!»: ¡Aquí tienes, Señor, a tu siervo, a tu sierva, a tu esclavo de amor!

            En la Sagrada Escritura hay una palabra que el mismo Jesús repi­tió mil veces, y que a nosotros debe sernos muy querida y gustarnos repetir a menudo con profunda convicción y gran amor: «Ego servus tuus et filius ancillæ tuæ: Yo soy tu esclavo y el hijo de tu Esclava» [14].

            Señor, de buena gana reconozco mi dependencia total y mi pertenencia absoluta respecto de Ti. Concédeme la gracia de comprenderlo cada vez mejor y sobre todo de vivirlo más fielmente, según el ejemplo y con la ayuda de Aquella de quien tengo la dicha de ser su hijo.


 

IV
“Hágase en mí según tu palabra”

            María comprendió que Dios es el Origen primero y la Causa primera de cuanto Ella es y de cuanto Ella tiene, de cuanto Ella puede o hace; y que así El es el justísimo Propietario, y por consiguiente el Dueño y el Señor incontestado: «Ego Dominus»… El es quien debe mandar, dirigir, conducir. Porque El es Dominus, el Señor y Dueño, es preciso que Ella sea, también en la práctica, Ancilla, sierva y esclava. Ese será su primer deber, su deber más profundo, radical y sagrado, pero al mismo tiempo un deber muy querido y amado: servir, obedecer, dejarse gobernar y dirigir: «Hágase en mí según tu palabra».

            Es una de las pocas palabras pronunciadas, según la Escritura, por la Santísima Virgen; pero palabra tan profunda y santa, que ni hombre ni ángel alguno podrían sondear plenamente su riqueza, ni apreciar su valor.

            En los gravísimos acontecimientos de la vida nos damos y nos revelamos tal como somos. Lo que la Santísima Virgen contesta a la más formidable propuesta que el Cielo haya hecho a creatura alguna, es la pura y sencillísima verdad, y traduce exactamente sus disposiciones de alma habituales y más íntimas. Es el grito espontáneo de un alma que se entrega tal como es. Con estas pocas palabras María escribió toda su vida: ¡la vida más rica y más llena que el mundo haya conocido jamás, condensada en algunas sílabas! Nunca podremos meditar lo suficiente esta palabra, ni grabarla con la suficiente profundidad en nuestras almas, ni traducirla lo suficiente en nuestra propia vida.

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            Hágase en mí según tu palabra… Ella escuchará siempre la palabra del Señor con atención y respeto; y se aplicará a cumplirla fiel, estricta y amorosamente.

            Nuestra Madre será bienaventurada por haber concebido, dado a luz y alimentado al Hijo, al Verbo de Dios. Pero será aún más bienaventurada —como lo manifestará en una ocasión el mismo Jesús, aunque veladamente y con discreción encantadora— por haber escuchado la palabra de Dios, y por haberla recibido, conservado en su Corazón y traducido en sus acciones.

            Hágase en según tu palabra… Con mil veces más de amor y fidelidad que el Salmista, que con tanta frecuencia canta la dicha y el gozo de la obediencia a los mandamientos y deseos del Señor, Ella se dejará conducir en todo instante por su voluntad y beneplácito. Ella es consciente, y esta conciencia se traduce continuamente en actos, de que no sólo Ella no tiene derecho de realizar la menor acción o de tomar la menor decisión contra la voluntad divina, sino que además Ella debe decidir u obrar únicamente porque tal es la voluntad o el deseo de Dios, y no porque tal es su atractivo o voluntad personal. Como para Jesús, «su alimento es hacer la voluntad del Padre». Ella no realizará ningún acto ni pronunciará ninguna palabra más que bajo la inspiración y dirección del Padre y de Aquel a quien El envió.

            Ella obedecerá a las grandes leyes naturales que Dios ha grabado en el corazón de cada hombre y que recordó en el Sinaí. Pero se someterá igualmente a todas las prescripciones pasajeras, a todas las prácticas complicadas, impuestas por el Señor a su pueblo, incluso cuando, según toda apariencia, Ella está dispensada de estas observancias, como por ejemplo del precepto de la purificación y de la visita anual al Templo de Jerusalén. Ella observará los preceptos importantes del Señor, pero será fiel también, con amor y celo, a la menor prescripción de la Ley o de la autoridad: como para Jesús, no quedará sin cumplirse ni el menor ápice de la Ley.

            Ella hablará, obrará y vivirá en dependencia activa, profunda e incesante, de las leyes de Dios. Asimismo, con confianza sumamente filial y con abandono completo y ciego, lo dejará disponer de todo lo que es de Ella, aceptando con humilde y plena sumisión de amor todo lo que la vida le ofrece a Ella y a su único Tesoro, porque en todo esto Ella reconoce, adora y acoge la palabra y el beneplácito de Dios, su Señor y su Padre.

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            Hágase en mí según tu palabra… Y ¿qué importa el contenido de esta palabra? Ya traiga un mensaje de grandeza o de humillación, ya de felicidad o de tristeza, le basta saber que es la palabra de Dios y su santa voluntad, para acogerlo todo de buen corazón.

            Esa palabra significa la dignidad infinita y la vertiginosa grandeza de la Maternidad divina, y la dicha inefable de llevar, alimentar y cuidar a Jesús, de vivir con Jesús, su Jesús, sin cesar, sin interrupción, durante treinta largos años: ¡Hágase en mí según tu palabra!

            Esta palabra comporta, también para Jesús, la extrema pobreza de Belén, la huida insensata y la dura permanencia en Egipto, la dulce soledad de Nazaret: ¡Hágase en mí según tu palabra!

            Esta palabra exige más tarde la partida y la larga ausencia del Amado, sus predicaciones y sus triunfos, pero también la incalificable ingratitud de las turbas, la hostilidad cruel e hipócrita de los príncipes del pueblo, la desconcertante nulidad de los discípulos: ¡Hága­se en mí según tu palabra!

            Esta palabra significa la gloriosa entrada en Jerusalén, pero exige también las espantosas horas que transcurren del Jueves Santo al Domingo de la Resurrección, cuando el Sol de su vida, en el Calvario, se esconda y hunda en las tinieblas y en la noche, en medio de burlas y blasfemias, y eso, aparentemente, para no volverse a levantar: ¡Hágase en mí según tu palabra!

            De repente esta palabra manda la radiante aurora de la Resurrección, la apoteosis espléndida de la Ascensión, el huracán divino y vivificante de Pentecostés; pero le pide también a Ella permanecer sola, sola en la tierra, durante veinte o treinta años más, para educar pacientemente y con mil trabajos a los hijos de Dios, para velar por la cuna de la Iglesia que acaba de nacer; y por fin, por fin, la ruptura de los lazos terrestres, el fin de las ataduras corporales, el vuelo hacia el Amado en las alas del amor, para sentarse y reinar por siempre con El, sostener a las almas, llevar la lucha contra Satanás, establecer el reino de Dios, concebir, alimentar, hacer crecer y desarrollar el Cuerpo místico de Cristo hasta el último día de existencia del mundo. En todo eso, absolutamente en todo: «Fiat mihi secundum verbum tuum!»: ¡Hágase en mí según tu palabra!

            Y poco importa que esta palabra le sea transmitida, o esta voluntad manifestada, por una voz u otra, por tal o cual órgano: un Angel radiante o su virginal Esposo, un emperador corrompido que se hace adorar como Dios o un rey judío, orgulloso y cruel; que sea consignada en la Ley de Moisés, que se bambolea y está a punto de acabar, o recogida de los labios de su único Jesús… Poco importa: es la palabra y la voluntad de Dios, y eso le basta. Humilde y sencillamente, en el silencio, con dicha o con resignación, pero en todas partes y en todo, Ella repite el lema de su vida: ¡Hágase en mí según tu palabra!

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            ¡Oh Madre, Madre amadísima, enséñanos y ayúdanos a decir tu fiat de palabra y de obra, a repetirlo sin cesar con voluntad firme y con corazón resuelto!

            Mil veces, por nuestra Consagración, hemos pronunciado tu «Ecce ancilla Domini». Pero desgraciadamente, por nuestra vida y nuestros actos, no hemos sabido proseguir con las palabras que son su ineluctable consecuencia: «Fiat mihi secundum verbum tuum».

            Desde ahora, con dicha y también por amor, nos acordaremos de lo que somos, y no renegaremos de nuestra descendencia de la Ancilla Domini.

            ¡Señor, eres mi Dueño y Soberano, porque eres mi Dios y Creador, de quien debo recibir a cada instante lo que soy y lo que hago! Pertenencia radical, dependencia total, sumisión incesante y llena de amor: tal es mi primer y más importante deber. Depender de Ti a cada instante y en todas las cosas es la actitud de alma elemental y esencial que se impone a para contigo. Así, no tengo derecho a formular un pensamiento, a esbozar un proyecto, a tomar una decisión, a realizar el menor acto, a decir la menor palabra, sino porque lo quieres o permites, ¡oh Dios mío!, y no porque yo lo quiera o desee.

            A ejemplo de mi divina Madre, quiero escuchar tu palabra y dejarme conducir en todo por tu voluntad.

            Tu palabra, Señor, tal como la dijo Jesús, tu Hijo y el Hijo de María, y tal como quedó consignada en el santo Evangelio, o inscrita en nuestros santos Libros.

            Tu palabra, Señor, tal como me es propuesta por tu Iglesia, transmitida por el Papa, los obispos y tus sacerdotes, tal como me es comunicada por toda autoridad legítima.

            Tu palabra y tu voluntad, Señor, las reconoceré en todo lo que me rodea, en todo lo que me suceda, en todo lo que me presente la vida y en todo lo que me venga de los hombres, en el desencadenamiento de los elementos, en la rudeza o el encanto de las estaciones, en las decepciones más amargas y en las alegrías más puras, en las cruces más pesadas y en las contrariedades de cada día, en los grandes acontecimientos que trastornan mi vida y en los minutos de que se compone cada uno de mis días: en todo eso escucharé tu palabra, reconoceré tu mano, respetaré tu voluntad y adoraré tu amor.

            Reconoceré además tu palabra, muy preciosa esta vez, cuando el soplo de la gracia me la murmure al oído. ¡Ojalá me acuerde entonces de mi noble y santa esclavitud, y pliegue mi voluntad de nada ante la tuya omnipotente!

            ¡Señor mío y Dios mío!, a ejemplo de María, Madre tuya y mía, quiero estar totalmente entregado, humilde y sencillamente entregado, a las decisiones y disposiciones santísimas que tomes para conmigo. Cumpliré tu palabra y haré tu voluntad cuando correspondan a mis pequeñas miras humanas, o cuando coincidan con mi insignificante voluntad, o cuando satisfagan mi pobre corazón humano. Pero, como Ella, quiero decir y vivir también mi fiat en todo lo que me molesta o desagrada, me abate o me hiere, en todo lo que me mortifica, me quebranta o me anonada. Tú eres el Amo, yo soy el esclavo, tu esclavo por amor y por libre elección de voluntad: ¡Hágase en mí según tu palabra!

            Por su fiat María se convirtió en Madre de Dios, y se realizaron en Ella las grandes cosas que Dios le destinaba.

            Gracias a una vida de dependencia completa, incesante, incondicional respecto de Dios por María, podrá realizarse sobre nosotros el plan de Dios; y nosotros podemos cumplir dignamente la misión que El nos asigna, alcanzar el grado de vida divina al que nos llama, y dar la plena medida de apostolado fecundo que la infinita Bondad nos reserva.


 

V
“Mi alma glorifica al Señor”

            Todo viene de Dios: lo que somos y lo que tenemos, lo que podemos y lo que hacemos. Y así, todo es de El. Del modo más radical, El es nuestro Señor y Dueño: «Ego Dominus». Por consiguiente, debemos vivir sin cesar en la dependencia activa y pasiva más absoluta para con El: hacer u omitir lo que El manda o prohibe, desea o desaconseja. Y, además, dejarlo disponer libremente de nosotros y de lo nuestro, y aceptar con amor sus divinas decisiones.

            La Santísima Virgen comprendió y practicó todo esto del modo más perfecto. Como vimos en nuestro último capítulo, Ella lo manifiesta por su palabra de consentimiento al gran Mensaje que el Arcángel le trae en nombre de Dios: «He aquí la esclava del Señor: hágase en mí según tu palabra».

«

            Pero si todo viene de Dios, y si por consiguiente El es su soberano Señor y Dueño, todo debe ser también para Dios. No tengo derecho a cosechar verduras en la huerta de mi vecino, ni de recoger fruta en un árbol que pertenece a otros. «Res fructificat Domino», proclama el Derecho: cada cosa debe fructificar y aprovechar a su dueño, y a nadie más.

            Todo viene de Dios, y así todo es para Dios. Todas las creaturas, en resumidas cuentas, tienen a Dios por fin. No su ventaja, ni su provecho, pues no podríamos aportarle ni aumentarle nada —El es infinitamente perfecto—; sino su gloria, su glorificación. Dios no podría aniquilarse a Sí mismo, ni producir una creatura, o causar un acontecimiento, que no estuviesen orientados en definitiva a su gloria, que no estuviesen ordenados a ser una manifestación de su grandeza, de su belleza, de su amor; y el hecho de que las creaturas razonables reconozcan y alaben esta manifestación de sus perfecciones, constituye su glorificación o su gloria externa.

            Es cierto que las obras de Dios, también en el orden de la finalidad, están relacionadas y subordinadas unas a otras: Dios quiere este ser o este acontecimiento con miras a este otro ser, a este otro acontecimiento. Pero finalmente, también en este orden de cosas, todo debe remontarse hasta El; pues El, y sólo El, es el fin último y supremo de toda creatura.

            Debemos reconocer y respetar este orden esencial e inmutable. Es cierto que podemos apuntar a fines más inmediatos y subordinados, pero nunca de modo que sea imposible orientar estos fines inferiores hacia Aquel que es la suprema razón de ser de todo lo que existe y de todo lo que sucede. Debemos vivir en la disposición habitual de reducirlo todo en última instancia a Dios como a nuestro Fin supremo, y la perfección exige que lo hagamos frecuentemente, del modo más formal y explícito.

            En los peldaños de la escalera de nuestra vida pueden establecerse diversas creaturas y múltiples intereses; pero en el extremo de esta escalera no hay lugar sino para Dios, y solo Dios.

            Aun el amor legítimo y bien entendido de nosotros mismos debe reducirse finalmente a Dios; el mismo deseo y esperanza de nuestra perfección y de nuestra felicidad personales deben ser llevados por es­te río de oro del amor divino, que finalmente todo lo arrastra hacia El.

«

            ¡Qué admirablemente comprendió nuestra divina Madre estas relaciones esenciales de la creatura con el Creador! ¡Y cómo debe sonreír desde el cielo escuchando nuestros balbuceos de niño sobre este punto!

            Un momento de su vida es particularmente instructivo, convincente y realmente revelador en este orden de cosas.

            Hace pocos días, tal vez pocas horas, que se ha convertido en Madre de Dios. En un espíritu de caridad y de apostolado, Ella se arranca del atractivo casi irresistible de estar a solas con El, y se pone en camino hacia un país montañoso. Después de un viaje largo y fatigoso, llega a casa de su santa prima, de edad ya avanzada. Ella, la Madre de Dios, saluda la primera. Su palabra obra al modo de un sacramento. Apenas la ha pronunciado cuando el futuro Precursor es purificado del pecado original y santificado en el seno de su madre, y con estremecimientos de alegría la hace partícipe de estas maravillas. La misma Isabel, al escuchar el saludo de María, queda llena del Espíritu Santo y exclama transportada: «¡Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu seno! Y ¿de dónde a mí que la Madre de mi Señor venga a mí? Porque, apenas llegó a mis oídos la voz de tu saludo, saltó de gozo el niño en mi seno. ¡Bienaventu­rada tú que has creído!, porque se cumplirán las cosas que te fueron dichas de parte del Señor» [15].

            Así habla Isabel, invadida y transportada como está por el Espíritu de Dios.

            Jamás hijo alguno de los hombres recibió semejantes alabanzas.

            Pero prestemos atención ahora a las siguientes palabras del Evangelio.

            «Y dijo María:
            Glorifica mi alma al Señor,
            y mi espíritu se alegra en Dios, mi Salvador,
            porque ha puesto los ojos en la humildad de su esclava.

            Por eso desde ahora todas las generaciones me llamarán bienaventurada,

            porque ha hecho en mi favor maravillas
            el Poderoso, cuyo nombre es Santo».

            «Dijo María». ¡Qué sereno, sencillo, magnífico!

            Isabel está fuera de sí misma por estas cosas grandes y divinas. María, al contrario, las lleva con una fortaleza tranquila, porque Ella lleva a Dios, y porque las cosas divinas son su atmósfera habitual.

            María, para decir lo que va a decir, no tiene que hacerse violencia, ni reflexionar de manera especial, ni recogerse más que de costumbre. Lo que va a decir, o cantar si se quiere, es para Ella tan sencillo, tan evidente… De nuevo su alma se manifiesta y se traduce aquí con palabras tan bellas y tan ricas en su sencillez, que se las podría meditar durante toda una vida sin agotarlas, y de vivirlas nos conducirían, ellas solas, a la más elevada santidad.

            Con la sencillez de un niño Ella pronuncia una de las profecías más admirables y formidables que jamás hayan pronunciado los labios humanos. Es una pequeña doncella judía, completamente ignorada, de 15 o 16 años, la que en una modesta morada de una aldea desconocida de Judea se atreve a declarar —y los siglos venideros tendrán que darle la razón—: «Desde ahora todas las generaciones me llamarán bienaventurada, porque ha hecho en mi favor maravillas el Poderoso, cuyo nombre es Santo».

            Es la verdad más pura, la realidad más incontestable. Pero, y es aquí donde se manifiesta la verdadera humildad, esta grandeza que da vértigo proviene de Dios, es una mirada de condescendencia y amor de Aquel que se fijó en «la pequeñez de su esclava», y por eso: «Mi alma glorifica al Señor»… Mi alma engrandece al Señor, se alegra y se regocija en El… Ella querría hacerlo más grande de lo que es, pero no puede: pues, afortunadamente, a causa de la infinitud de Dios, es impotente para hacerlo; pero quiere sumarle todo lo que una creatura puede darle, a saber: la amorosa gratitud por sus beneficios, la jubilosa afirmación de que El es la fuente de todo lo grande, bueno y her­moso; quiere alabarlo, celebrarlo, darle honor y gloria con todas sus fuerzas…

            Hay escritores espirituales que afirman que María repitió frecuentemente su Magnificat, especialmente más tarde, después de la sagrada Comunión. De muy buena gana lo creemos. Pero lo que más cuenta y es totalmente cierto, es que su vida fue un Magnificat ininterrumpido, esto es, una glorificación incesante y perfectísima de Dios; que Ella no obró nunca para agradar a las creaturas, que no se buscó nunca a sí misma en un egoísmo que se repliega sobre sí, que Ella no se complació nunca vanidosamente en su grandeza y santidad; que cada pensamiento, cada palabra y cada acción suya eran orientadas del modo más formal hacia Dios; y que cada instante de su vida fue un cántico de alabanza que subía hacia el Altísimo, un sacrificio de buen olor que se exhalaba desde el incensario precioso de su Corazón amantísimo. ¡Con qué acento santamente apasionado no debió repetir Ella frecuentemente ciertas expresiones del Salmista, como por ejemplo la siguiente: «Non nobis, Domine, non nobis, sed nomini tuo da gloriam: No para nosotros, Señor, no para nosotros, sino para vuestro nombre sea toda la gloria» [16]. Ella fue el Eco fiel del alma de Jesús, que exclamaba: «Yo no busco mi gloria, sino la del Padre que me ha enviado» [17]. Y en el momento en que van a romperse los lazos que lo atan a este mundo, Ella puede repetir con toda verdad las palabras de su Hijo: «Padre, Yo te he glorificado en la tierra, llevando a cabo la obra que me encomendaste realizar» [18].

«

            Así debe vivir, a ejemplo de Jesús y de María, quien ha comprendido lo que es Dios respecto de él. Así debe vivir un verdadero cristiano, un auténtico devoto de María. Así debe vivir muy especialmente el esclavo de amor de Nuestra Señora, que se ha consagrado totalmente a Ella.

            Nuestro Padre, San Luis María de Montfort, nos recuerda esta obligación: «Es menester hacer todas las acciones… por la gloria de Dios como fin último. Esta alma, en todo lo que hace, debe renunciar a su amor propio, que se pone casi siempre como fin de manera imperceptible…» [19].

            Quien así habla penetró hasta las profundidades más secretas del alma humana. Es demasiado cierto que, sin un esfuerzo serio y cons­tante, nos ponemos siempre a nosotros mismos como fin de nuestras acciones. Algunas personas superficiales podrán juzgar exagerada esta afirmación: y es que lo hacemos de manera imperceptible, como precisamente lo afirma nuestro Padre. ¡Cuántas veces obramos por indolencia o por pereza, por sensualidad, vanidad o atractivo natural, para atraer sobre nosotros la atención de los hombres, obtener su aprobación o recoger sus alabanzas; y nos imaginamos y hacemos creer que estamos obrando por motivos puros y elevados!

            Por eso, ante todo, debemos ser leales, rectos, amigos de la verdad, y saber reconocer como tales las acciones defectuosas, manchadas por la vanidad y por la búsqueda del yo. Debemos escrutar con el despiadado proyector del examen de conciencia los recodos más secretos de nuestra conciencia. Y para desterrar de nuestra vida estas ilusiones trágicas, esta sobrestima fatal de nosotros mismos, tenemos —gracias a Dios— nuestro precioso secreto mariano mismo, al que el Padre de Montfort le asigna entre otros, como uno de sus «efectos maravillosos», el conocimiento y el desprecio de sí mismo [20].

            Orientemos luego con valentía y perseverancia toda nuestra vida y cada ápice de esta vida hacia Dios, a fin de buscar y cumplir en todo y a través de todo, especialmente por nuestra santificación y felicidad eterna, la glorificación suprema de Dios.

            Es el precepto de San Pablo, a quien debemos estar agradecidos de habernos indicado que podemos apuntar a esta gloria y alcanzarla por nuestras humildes acciones: «Ya comáis, ya bebáis o hagáis cualquier otra cosa, hacedlo todo para gloria de Dios» [21].

            La «verdadera Devoción» a la Santísima Virgen no es un obstáculo para esto, sino al contrario un excelente medio. Vivimos, como nos lo recuerda nuestro Padre, para provecho y gloria de María como fin próximo, pero para gloria de Dios como fin último. En otras palabras, vivimos y obramos por las intenciones de la Santísima Virgen, que apuntan siempre, y del modo más perfecto, a la mayor gloria de Dios.

            San Luis María de Montfort adelanta a este propósito una de sus afirmaciones más audaces —que por otra parte prueba—: «Por esta práctica, observada con entera fidelidad, darás a Jesucristo más gloria en un mes de vida, que por cualquiera otra, aunque más difícil, en varios años» [22].

            No hay motivo más poderoso para practicar la santa esclavitud de amor que la certeza de que, de este modo, nuestra vida será un Magnificat espléndido e incesante, aprendido de María y cantado juntamente con nosotros por Aquella que es la incomparable Artista y Cantora de las grandezas divinas.


 

VI
Unión en el amor

Modelo de amor divino

 

            El Nuevo Testamento, mucho más que el Antiguo, es el Testamento del amor. Cuando Jesús fija el primer y mayor mandamiento de la Ley, no habla de servir, de adorar, sino de amar: «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente» [23].

            Mucho antes de que Jesús dirigiese estas palabras a las turbas, la Santísima Virgen lo había comprendido y vivido. Ella no tuvo que aprender de San Juan que Dios, que es Grandeza, Poder y Sabiduría, es ante todo Caridad. El Espíritu Santo, que ya desde el primer instante de su existencia la había elegido por su Templo de predilección, había derramado también en su alma, desde este mismo instante, la caridad divina, y esto en una medida absolutamente única. María es como el amor de Dios encarnado, personificado. Todas las energías de su alma estaban realmente concentradas en su único Amado. Nada pudo jamás retrasar, disminuir o impedir este amor. Desde la primera hora de su vida Ella no conoció, en definitiva, más que un solo afecto, y con todo el ardor e impetuosidad de este primer amor siempre en crecimiento, Ella amó a Dios, y fuera de El, únicamente lo que lo recordaba, lo que lo representaba, lo que El mismo designaba como objeto de su afección: su Hijo, sus almas, sus creaturas. Ella amó realmente a Dios en todas y sobre todas las cosas.

            Y este amor fue el móvil de todas sus acciones, el resorte que puso en movimiento, por decirlo así, todos los engranajes de su ser, la razón de ser de todas sus empresas. Su vida estaba totalmente impregnada y llena de él. Este amor le inspira esta dependencia absoluta que ya hemos descrito; él la hace aspirar a Dios, tender apasionadamente a El, rezar, trabajar, sufrir y vivir por su gloria y por su Reino.

            Este amor, además, podía y debía revestir las más diversas formas, que se completaban y atraían mutuamente. Era, y sigue siéndolo, el amor agradecido de la creatura más privilegiada para con su Creador; el amor de un alma que sabe no ser nada por sí misma, para con Aquel que es la Santidad, la Perfección infinita, el Ser que condensa en Sí toda verdad, toda belleza y toda bondad… Es el amor sencillo y filial que el hijo preferido tiene por su Padre, a quien Ella debe la vida divina, recibida de El en su plenitud; y también el amor tierno, jubiloso y radiante de la Esposa, para con Aquel que la eligió y deseó como «su Paloma, su Inmaculada, su Perfecta, su Unica» [24].

«

            ¡Reina del amor, Madre del amor hermoso, enséñanos a amar verdadera y dignamente a tu Dios y nuestro Dios!

            ¡Enséñanos a apartar de nuestra vida todo afecto que no venga de Dios, que no conduzca a Dios, que no se refiera a Dios!

            ¡Señor mío y Dios mío! Apenas me atrevo a proferir estas palabras, pues proceden de un corazón indigno y de labios manchados… Pero «amonestado por preceptos saludables, e instruido por consejos divinos», a ejemplo de María y con su propio Corazón y boca, me animo a decirte, a repetirte sin cesar, a cantarte por cada pensamiento que formulo, por cada acto de querer que produzco, por cada acto que realizo, a cada instante, en cada paso, en cada latido de mi corazón: «¡Señor mío y Dios mío, te amo!».

            ¡Señor, soy esclavo tuyo, pero esclavo tuyo por amor! Es­ta esclavitud es el triunfo del amor… ¡Quiero obedecerte en todo, de­pender de Ti en todo y en todas partes, pero por amor y en el amor!

            ¡Señor, te ofrezco mis más humildes adoraciones, mi más fiel servicio, pero quiero adorarte y servirte en el amor!

            ¡Señor, mi vida quiere ser como un incensario oloroso delante de tu trono, como una lámpara ardiente delante de tu altar, como una alondra que se remonta y canta en el cielo!… Pero el amor ha de ser el fuego y la llama que me consuma, el impulso que me eleve hacia Ti y me haga cantar tus grandezas.

            ¡Señor, Tú me has impuesto el deber de la caridad con el prójimo, como un segundo precepto semejante al primero! También quiero cumplir este precepto, abrir cuanto pueda mi corazón a este amor. Amaré tus creaturas, los astros, las flores, los pájaros, el mar y las montañas, porque conservan las huellas de la belleza y de la grandeza de Aquel que las ha sacado de la nada. Amaré también a los hombres, a quienes has creado a tu imagen y semejanza y elevado a la participación de tu vida propia y personal; amaré más especialmente, según tu deseo, a los niños, a los pobres, a los enfermos, a las almas del Purgatorio y a los santos del Paraíso. No excluiré a nadie de este amor, ni siquiera a mis enemigos, tanto los de mi patria como los de la humanidad; a nadie, salvo a los condenados y a los demonios…

            Pero al igual que María, mi Madre, a su ejemplo y con su socorro indispensable, quiero amarlo todo y amar a todos en Ti y por Ti, porque en todos los seres Tú has dejado como la huella de tu rostro y el perfume de tu paso; porque en todas estas creaturas pasó el soplo de tu Corazón; y porque en todas ellas Tú has impreso la imagen, por muy imperfecta que sea, de tu belleza infinita.

 

Tabernáculo vivo de la Divinidad [25]

 

            Pero nuestro modo de estudiar las actitudes de la Santísima Virgen para con Dios sería demasiado superficial, si no la consideráramos también como Templo vivo de la Santísima Trinidad. Nadie comprendió ni vivió como la humilde Madre de Jesús el gran misterio que Cristo reveló al mundo por estas palabras: «Si alguno me ama…, mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada en él» [26].

            ¡María, Templo vivo, Tabernáculo precioso, Morada preferida de la Santísima Trinidad!

            ¡Ningún Santuario es amado como este, ni ningún otro está tan lleno como este de la gloria del Altísimo! ¡No hay ninguno en el que la Divinidad haya habitado con tanta complacencia, al que se haya comunicado tan enteramente y unido tan íntimamente, como el Corazón purísimo de la Santísima Virgen María!

            Pero es que tampoco hay en el mundo ningún templo tan puro como el Corazón de María, que nunca fue manchado ni por el fango del pecado ni siquiera por el más tenue polvo de imperfección. Ni hay tampoco en el mundo un templo tan silencioso y recogido como este, en el que jamás penetró la agitación del mundo, y que jamás se vio turbado por el ruido de las preocupaciones profanas y puramente hu­manas.

            No hay un templo en el mundo, ni uno solo, en el que las flores de todas las virtudes exhalen un perfume tan delicioso en honor de los Huéspedes divinos que lo habitan; ninguno en el que la lámpara del fiel recuerdo de Dios sea alimentada tan cuidadosa e incesantemente, en el que las lámparas del amor divino brillen con un mismo resplandor, en el que el canto sagrado de las acciones santas y el órgano real de un corazón inflamado de amor se dejen oír al unísono para alabanza del Dios santísimo y amadísimo.

            ¿Te has dado cuenta? Cuando meditamos la vida de Nuestra Señora, tal como se reconstruye sin dificultad según los datos, escasos pero ricos y profundos, del Evangelio, somos atrapados en esta atmósfera de recogimiento, silencio y oración que se desprende de la narración sagrada. Y el secreto de ello es este: María vivía en su interior, contemplando y meditando sin cesar el Tesoro infinitamente precioso que llevaba en Ella, y olvidando las cosas exteriores; conversando sin parar con el Amado que vivía en Ella, agradeciendo, alabando y adorando a las divinas Personas que, llenas de caridad infinita, penetraban su alma con su adorable Presencia…

«

            Estas son también las cimas de nuestra vida espiritual, y un esclavo de amor de Nuestra Señora no puede dispensarse de aspirar a vivir en estas alturas. Sí, adorar a Dios y servirlo, cantarlo y glorificarlo, amarlo y contemplarlo, ¡pero a Dios viviendo en nosotros, a la Santísima Trinidad habitando en nuestra alma por la gracia santificante!

            Ser consciente de este misterio, vivir de esta maravilla, es una gracia especial de nuestro tiempo, porque el Espíritu Santo, en nuestros días, ha atraído de modo especial sobre esta verdad la atención de los fieles y de su Iglesia; porque, bajo la inspiración de Dios, los escritores espirituales han expuesto magníficamente esta doctrina; porque almas selectas, más que en cualquier otra época, han hecho de este misterio el punto central y el hogar luminoso de toda su vida interior.

            ¡Ojalá aprendamos esta lección de nuestra Maestra y de nuestro Modelo, María: saber prácticamente que llevamos verdadera, real y sustancialmente en nuestra alma a la misma Divinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, en una comunión incesante y encantadora!

            ¡Ojalá guardemos nuestra alma pura de pecado y de imperfección, exenta de orgullo y de impaciencia, de disipación y de egoísmo, a fin de que las divinas Personas puedan habitar en nosotros con gozo y complacencia!

            ¡Ojalá, sobre todo, no nos suceda jamás la desgracia de las desgracias, el pecado mortal, por el que los Huéspedes adorables de nuestra alma son ignominiosamente expulsados de su morada!

            ¡Dígnese nuestra divina Madre enseñarnos esta ciencia y concedernos esta gracia!… ¡Dígnese también ser el precioso Suplemento de nuestras insuficiencias y de nuestras indelicadezas, y montar con nosotros y por nosotros una guardia vigilante, orante, amante, en el templo de nuestro corazón, mientras esperamos que la Divinidad llene nuestra alma con su eterno esplendor!


 

VII
Marta y María

            La conocidísima escena del Evangelio sigue siendo eternamente joven y atractiva.

            Durante sus viajes a través de Palestina, Jesús llegó a una cierta aldea; y una mujer, llamada Marta, lo recibió en su casa.

            Esta mujer tenía una hermana, María, que sentada a los pies de Jesús, escuchaba su palabra, mientras Marta estaba atareada en muchos quehaceres. Se acercó un momento, pues, y con cierta impacien­cia dijo: «Señor, ¿no te importa que mi hermana me deje sola en el trabajo? Dile, pues, que me ayude». Mas el Señor le respondió: «Marta, Marta, te preocupas y te agitas por muchas cosas; pero una sola es necesaria. María ha elegido la mejor parte, que no le será quitada» [27].

            A los ojos de la Iglesia Marta y María han sido siempre la personificación de lo que llamamos la vida activa y la vida contemplativa, esto es, la vida en que ocupan la parte principal ya sea las obras al servicio de Dios, ya sea la oración y la penitencia.

            Más de un cristiano ha quedado sorprendido de que la Iglesia eligiera en otro tiempo este evangelio para la fiesta de la Asunción de la Santísima Virgen. Era evidente que su intención era la de proponernos a Nuestra Señora como el modelo perfecto a la vez de la vida activa y de la vida contemplativa. Y es que María reunió en la tierra esta doble forma de santidad, aunque evitando los defectos que acompañan a menudo a quienes practican uno u otro aspecto de la perfección: Ella fue una Marta diligentísima al servicio del Señor, y al mismo tiempo una María entregada sin cesar a una contemplación llena de amor.

            El Evangelio nos afirma que Jesús amaba a María y a Marta. Por lo tanto, amó por doble motivo a su santísima Madre, porque Ella reunió en su existencia esta doble plenitud de la vida de perfección. Aun en el cielo Ella continua, en cierto sentido, a unir una vida activa preciosísima y elevadísima a la contemplación más sublime.

            Vamos a meditar con amor estos pensamientos. Todos somos llamados a llevar a la vez la vida de oración y la vida de acción: «Ora et labora! ¡Reza y trabaja!». Este es el gran lema cristiano, en el que nuestra divina Madre nos será un preciosísimo Modelo.

 

Marta

 

            «En ese tiempo Jesús entró en una aldea»… Esta modesta aldea significa nuestra tierra, que en definitiva no es más que un punto insignificante entre los mundos inmensos e innumerables lanzados por Dios en el espacio… Entró en esta «aldea» por la Encarnación. Vino al mundo creado por El, pero el mundo no lo reconoció… Vino a su propio pueblo, mas los suyos no lo recibieron. «Mulier quædam recepit eum in domum suam». Pero una cierta Mujer lo recibió en su morada. Una Mujer, bendita entre todas las mujeres, la Mujer por excelencia, María, lo recibió —¡con qué felicidad, amor y reverencia!— en la morada ricamente adornada de su Corazón… Allí podrá morar, descansar, encontrar compensación y consuelo de la ingratitud, de la frialdad de los hombres, ser calentado por el ardor de un amor fiel e incomparable…

            «Satagebat circa frequens ministerium»… Al punto Ella se puso al servicio del Maestro, con todo lo que Ella es y todo lo que Ella tiene… Ella lo va a llevar, alimentar, hacerlo crecer con lo más puro de su propia sustancia, de su propia sangre, durante largos meses… Y luego ¡qué escenas encantadoras se despliegan ante nuestros ojos, cuando pensamos en los cuidados delicados y afectuosos que Ella dispensa a su Jesús cuando ya ha nacido: qué respetuosa y prudentemente lleva en sus brazos a su pequeño Hijo, lo alimenta en su pecho, lo depone en su pobre cuna y lo duerme con un canto melodioso, se ocupa en cubrirlo, en vestirlo!… Ella no vive más que para El. Y María seguirá trabajando sin cesar, con un amor cada vez más tierno y profundo, por su Hijo que crece, por el Adolescente encantador, por el Joven en quien se esconde un Dios. Durante toda su vida, las manos de María tejerán y repararán sus vestidos, mantendrán su pobre morada y el modesto lugar de su descanso. Todo es para Jesús en esta vida… Así será durante treinta años. Y así será también durante su vida pública. Es cierto que no se señala entonces la presencia de la Madre, como los Sinópticos no señalan tampoco su asistencia al pie de la Cruz; pero podemos creer muy verosímilmente que Ella lo seguía habitualmente en todas partes, que Ella estaba a la cabeza —así convenía que fuese— de las mujeres que acompañaban a Jesús y a los apóstoles a través de Palestina, para asistirlos en sus necesidades corporales.

            Así será hasta el fin… Y sus manos purísimas y tan amadas de Jesús serán también las que harán el favor supremo —¡y qué doloroso!— a su Cuerpo desgarrado y sangriento: con respeto y amor infinitos Ella lavará las heridas sagradas del Salvador, purificará y embalsamará su Cuerpo profanado y manchado, y, como en otro tiempo deponía a su Niño encantador en el pesebre, lo depondrá ahora en la negra soledad del sepulcro para su gran descanso…

 

Y al mismo tiempo María

 

            Sí, Nuestra Señora fue una Marta amante y activa. Pero una Marta sin defectos, que al mismo tiempo es una María, ocupada sin cesar en contemplar y escuchar a Jesús. En Ella no hay agitación febril, ni dispersión, ni disipación. Ni ninguna preocupación relativa a las cosas temporales, a las cosas del mundo. Ella no perdió jamás de vista lo único necesario: sin cesar, y sin dejar de trabajar por El, estaba sentada a sus pies, contemplándolo sin parar y escuchando su divina palabra.

            María miraba a Jesús…

            ¿Quién nos dirá lo que fue su primera mirada materna y virginal a Jesús que acaba de nacer en un establo de animales? ¡Con qué ternura y amor lo mira cuando descansa en el pesebre o juega en su regazo materno! ¡Y cómo Ella sigue más tarde con respeto y orgullo sus movimientos de adolescente, su trabajo asiduo en compañía de San José! Y sobre todo ¡cómo Ella busca sus ojos, más hermosos que las estrellas del firmamento, y le habla con este lenguaje de la mirada, tan pura y tan profunda!

            Y eso no es más que el exterior, o más bien un miserable balbuceo sobre este exterior ya tan encantador. ¡Qué superado se ve por lo interior! Aun cuando Jesús escapase exteriormente a su mirada, su alma contemplaba incesantemente, incluso durante su sueño, el alma santísima de Jesús, totalmente radiante con los esplendores de la Divinidad… ¡Cuántos secretos y cuántas maravillas! Su pensamiento no se desprendía jamás de Jesús, su Dios adorado y su Hijo amado; continuamente Ella le permanecía unida, y como identificada con El.

            María escuchaba a Jesús…

            Ella escuchó con ternura sus primeros vagidos de recién nacido; con inmenso gozo sus primeros balbuceos; con emoción respetuosa sus primeras palabras: «Padre nuestro, que estás en los cielos»… Y un día inolvidable, cuando el divino Niño se aprieta más fuertemente contra su corazón, Ella escucha por la primera vez la palabra que la haría deshacerse de felicidad y de amor: ¡Madre!… ¡Mamá!… ¡Más tarde Ella escuchó tan a menudo y de tan buena gana las palabras «de gracia y de sabiduría» que caían ya de sus labios de niño! En el silencio y recogimiento más intenso Ella escucha durante las horas largas y solitarias de Nazaret cómo Jesús le revela poco a poco, a Ella la primera, los misterios de su amor; cómo le habla de los abismos de vida y de luz de la adorable Trinidad; cómo le desvela el futuro; cómo tal vez le habla ya de sus obras y de sus predicaciones, del Tabor y del Calvario, de su Resurrección y de Pentecostés, de la Iglesia y de las almas, de los sacramentos y sobre todo de la gran Maravilla eucarística de su amor… Miles de veces Ella escuchó así, admirada y en éxtasis, olvidándolo todo, porque la voz de su Amado resonaba en sus oídos y en su corazón…

            Más tarde también, perdida humildemente entre la gente, Ella si­gue escuchando con avidez y respeto las palabras que Cristo dirige a las turbas. A veces Jesús parece querer humillarla, desconocerla. En realidad encarece los elogios que se hacen de Ella. Y Ella comprende las palabras, para Ella sola inteligibles, que Jesús le dirige como de paso, y bajo las cuales oculta su amor y su veneración por Ella.

            Ella escucha la palabra pública de Jesús por Ella misma y por nosotros, a fin de podérnosla comunicar más tarde. Ella es esta buena Tierra en la que fue sembrado el Verbo sustancial de Dios, en la que ahora cae la palabra del Verbo de Dios como una semilla preciosísima, y produce fruto al céntuplo, compensando así al Sembrador divino por la pérdida de tantas preciosas siembras, que caen sobre el suelo duro y pisoteado de corazones indiferentes, o son ahogadas por las zarzas y cardos de la riqueza y de las preocupaciones terrenas…

            ¡En qué silencio profundo escuchó Ella las últimas palabras de su Jesús en la Cruz, sobre todo esta palabra por la que Ella quedaba constituida y reconocida como Madre de todas las almas! ¡Y qué preciosamente recogía Ella en su alma sus últimas recomendaciones después de la Resurrección, y, con una emoción indecible, su último adiós antes de la Ascensión!…

            Por dos veces el Evangelio nos hace observar que María conservaba en su corazón, meditándolas, todas las palabras de Jesús y todos los acontecimientos que marcaron su Infancia. ¡Ah, sí, bienaventurada eres Tú, María, por haber llevado a Jesús, el Verbo, en tu casto seno, y haberlo alimentado con tu leche virginal! ¡Pero bienaventurada también por haber llevado la palabra del Verbo en tu alma, escuchándola con amor y respeto, y haberla guardado y conservado fielmente!

            También esto no es, en suma, más que el exterior. Del interior no podemos hacernos una idea exacta y completa. Ella estaba sin cesar a la escucha de Jesús en el fondo de su alma. Allí Ella le estaba siempre e íntimamente unida, entablando con El una conversación sin fin en un lenguaje de alma que en esta tierra no podríamos comprender; conversación continuada sin interrupción, a pesar de la distancia y de la ausencia, incluso durante el descanso y el sueño, a través del sufrimiento y de la humillación, prolongada hasta en la muerte…

            ¡Oh bienaventurada María, que siempre escuchaste y contemplaste maravillada a Jesús, enséñanos a mirarlo, sobre todo en la oración, y a escuchar su divina palabra; enséñanos a entretenernos con El en el amor, y a emplear nuestra vida, toda nuestra vida, en una actividad intensa y apacible a la vez, por El, únicamente por El!


 

VIII
Marta y María también en el cielo

            Acabamos de mostrar cómo Nuestra Señora, en la tierra, unió la vida activa a la vida contemplativa, siendo a la vez Marta y María.

            ¿Será Ella a la vez Marta y María también en el cielo?

 

María

 

            Por sentado que Ella es María. Ya se han levantado los velos, se han disipado las nieblas, se han dispersado las nubes: Ella contempla en plena gloria al Sol de justicia, la faz adorable y amable de la Divinidad, como ninguna otra creatura, y con una mirada que nunca desfallece. Y porque su vida fue inefablemente más santa, su gracia inmensamente más rica y sus méritos incomparablemente más preciosos, su contemplación supera de lejos en claridad, profundidad e intensidad la mirada de los santos y de los ángeles. No intentaremos describir lo que es esta mirada, y por lo mismo lo que es este amor, esta posesión, este bienaventurado gozo de Dios. Si es cierto que «ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni al corazón del hombre llegó lo que Dios preparó para los que le aman» [28], ¿qué habrá preparado para su Madre, su Hija, su Esposa, su Inmaculada, su Perfecta, su Amada, su Unica?… [29].

            Y en el gran silencio imperturbado de la eternidad Ella escucha con encanto el Verbo único del Padre, que contiene toda riqueza de lenguaje y todo esplendor de armonía; Ella escucha los coloquios sublimes de las Personas divinas y los himnos de amor que se cantan mutuamente.

 

¿Marta también?

 

            ¿Podría Ella seguir siendo Marta allá arriba? Incontestablemente que sí, hasta el último día, del modo que vamos a decir. Todavía no ha llegado el tiempo de descansar del todo. Todas sus potencias y energías están al servicio de los que la Escritura llama «reliqui de semine eius, los demás de su descendencia»; en otras palabras, al servicio de sus demás hijos, que son los hermanos y hermanas, no, los miembros de Cristo… De este modo Ella sigue sirviendo siempre a Cristo, su Hijo único.

            Y no sólo en el sentido de que sus manos están incesantemente levantadas por nosotros al Padre, intercediendo continuamente aun por el más indigno de sus hijos: para eso, como la Iglesia nos lo enseña, Ella subió al cielo. Sino de otros modos…

            Madre de la inmensa familia de las almas, de la que Dios es Padre, Ella dirige su incontable descendencia de almas, en la luz y con el poder de Dios, y sin que por eso se alteren en lo más mínimo la paz y bienaventuranza de su alma. Ella destina a cada alma las gracias de que puede tener necesidad en las circunstancias presentes, y de común acuerdo con Cristo, elabora el plan de nuestra santificación y de nuestra felicidad eterna hasta en sus mínimos detalles. Como instrumento de la Providencia divina, Ella concierta y dispone los acontecimientos de este mundo para el bienestar de sus innumerables hijos, y eso tanto en los sucesos más importantes y formidables, como en los más pequeños hechos cotidianos, los más insignificantes en apariencia.

            Generala de los ejércitos de Dios, Ella conduce la batalla contra Satán, contra el Anticristo y sus satélites, con un odio implacable, una fortaleza invencible y una perspicacia incomparable; Ella dirige, protege, sostiene y defiende a sus hijos en este combate, ganando sin cesar nuevas victorias para la Iglesia de Dios, y realizando cada vez nuevas conquistas para ella.

            Rosa mística, Ella siembra a manos llenas las rosas de la gracia en el camino de sus hijos. Estas rosas espirituales todos los santos, y entre ellos Santa Teresita del Niño Jesús —como lo expresa tan elocuentemente el conjunto que corona el altar mayor en la capilla del Carmelo de Lisieux— deben recibirlas de sus manos antes de enviarlas a la tierra. Mil veces mejor que la graciosa Santa, tan popular en el pueblo cristiano, Ella pasa su cielo haciendo bien en la tierra.

            Rut infatigable, Ella recoge cuidadosamente, una por una, las espigas preciosas que tal vez escaparon a las miradas del más perspicaz e infatigable cosechador de almas; mas Ella recoge también por gavillas el grano escogido para asegurarlo en los graneros del Padre celestial.

            Así será hasta el fin… hasta que las puertas del infierno se cierren tras el último condenado, y Satán sea encerrado definitivamente en su antro infernal; hasta que el último grano de trigo haya entrado en los graneros de María; hasta que su última oveja haya sido conducida a sus pies; hasta que se cuente y complete el número de los hijos de la Mujer, que por toda la eternidad han de contemplar la faz de Dios y proclamar su gloria… Entonces, y sólo entonces, con Jesús y todos sus demás hijos, podrá Ella descansar enteramente en los abismos de luz y felicidad de la santísima Esencia de Dios.

 

Ora et labora

 

            ¡Este es nuestro Modelo!

            «Ora et labora… Orar y trabajar», este es el lema de los verdaderos cristianos y de los verdaderos esclavos de María, que quieren seguir su ejemplo a toda costa.

            Debemos trabajar sobre el modelo de Nuestra Señora. No podemos ser perezosos, comer nuestro pan en la ociosidad, malgastar nuestra vida y nuestras fuerzas en futilidades y en una holgazanería deplorable. Trabajemos, pues, de buena gana y valientemente. Si no tuviésemos ocupaciones en razón de nuestro deber de estado, busquémoslas o creémoslas. Y este trabajo, ya sea intelectual, ya manual, de instrucción o de educación, misión de sacerdote o apostolado seglar, cumplámoslo seria y concienzudamente, como nuestra misma Madre, para santificación de cada cual, y también para la nuestra propia. Como hijos y esclavos de amor de Nuestro Señor, debemos evitar toda negligencia y cobardía en el cumplimiento de nuestra labor de cada día.

            Trabajemos, sí, pero no por vanidad, no por búsqueda de ganancia alguna, ni por pura actividad natural, sino por deber y sobre todo, como María misma, siempre por Jesús y por Dios. Es conocido el precepto de San Pablo: «Ya comáis, ya bebáis, ya hagáis cualquier otra cosa, hacedlo todo para gloria de Dios». Renovemos a menudo esta pura intención de la gloria de Dios. Repitamos frecuentemente: «¡Todo por Jesús y María! ¡Todo por ti, mi buena Madre! ¡Todo por amor tuyo, Dios mío!». Sobre todo no nos olvidemos de ofrecer cada mañana nuestra jornada a Dios por María, mediante la renovación de nuestra total Consagración. Viviendo así por las intenciones de la Santísima Virgen, trabajaremos del modo más eficaz para mayor gloria de Dios.

            Así seremos, a ejemplo de nuestra Madre, Martas al servicio del Señor. Pero debemos aún más, a imitación suya, ser Marías, esto es, almas de oración. Por nuestros asuntos y nuestro trabajo, por nuestras distracciones y recreos, por nuestras preocupaciones y desvelos, por la inquietud de mil futilidades de la vida, no hemos de dejarnos apartar de la preocupación de lo único que importa en definitiva: nuestra salvación y el servicio de Dios. Busquemos ante todo el reino de Dios en nosotros y alrededor nuestro, persuadidos de que todo lo demás nos será dado por añadidura. Nuestra vida entera ha de estar impregnada de oración. Comencemos y acabemos con ella cada una de nuestras jornadas. Un verdadero hijo y esclavo de María inscribe en su programa cotidiano, en la medida en que pueda, la santa Misa y la Comunión, la meditación y el Rosario, la visita al Santísimo Sacramento, el examen de conciencia y un poco de lectura espiritual. Seamos fieles a estos ejercicios de piedad y no los dejemos de lado por naderías. Sobre todo, cuidemos estos ejercicios, no haciéndolos precipitadamente, sino con el más profundo recogimiento, con fervor de voluntad… No olvidemos luego comenzar y acabar nuestras comidas y nuestras acciones principales con la señal de la cruz y la oración. Tratemos de cumplir nuestras acciones en espíritu de oración y recogimiento, y unirnos frecuentemente a Jesús y a María por medio de oraciones jaculatorias. Ejerzámonos especialmente en pensar frecuentemente en nuestra divina Madre, en saludarla, en invocarla, en consagrarnos a Ella, a fin de que Ella nos ayude a vivir en presencia del Señor.

            Vivir de este modo en la oración y el trabajo por el Señor es la mejor parte que podamos elegir en la tierra, y por la que se nos dará en el cielo, como recompensa, una parte aún mejor, la contemplación cara a cara y la posesión bienaventurada de Dios, parte que no nos será quitada jamás ni por nadie.


 

IX
Sponsa Christi (1)

            Después de Cristo, María es nuestro Modelo.

            Nuestro modelo en nuestras relaciones con Dios, como hemos visto en capítulos precedentes; nuestro modelo también en nuestras relaciones con Jesús, el Hijo de Dios hecho hombre.

            Ella lo es a la vez como María y Marta al servicio del Señor.

            Ella lo es también como esposa de Cristo, sponsa Christi, que es un lazo elevadísimo y estrechísimo de nuestra alma con El.

            El alma sacerdotal, el alma religiosa, son las esposas de Jesús; y también lo son las que, sin llevar el hábito sacerdotal o religioso, se dan al Señor en la castidad virginal.

            Es también esposa de Cristo, en cierta medida pero realmente, toda alma que vive en la caridad y gracia de Dios. El Cantar de los Cantares canta y exalta bajo esta forma la unión mutua de Dios y de su pueblo elegido, Israel, a pesar de que, en el pueblo judío, la castidad virginal no era apenas conocida.

            Por eso, las páginas que vienen a continuación no se dirigen únicamente a los sacerdotes y religiosos, y a las almas consagradas que viven en el mundo. María es un Modelo encantador para todos los cristianos que se sienten atraídos a la unión divina bajo esta forma. ¡Dígnese la incomparable y, en cierto sentido, única Sponsa Christi impregnar con su gracia estas páginas, consagradas a un tema tan elevado y delicado!

 

Esposa virginal de Cristo

 

            La teología de nuestros días, alentada y dirigida por los Papas, ha resaltado fuertemente y explotado profundamente el principio tradicional más antiguo y rico en materia mariana: que María es la nueva Eva del nuevo Adán que es Cristo, y que, por consiguiente, Ella tiene que cumplir en el orden de la salvación, y guardadas las debidas proporciones, el mismo papel que Eva tuvo en el orden de la caída, de la perdición y de la muerte.

            Incluso hay teólogos que ven en ello —con motivos serios— el principio fundamental de la Mariología, del que se pueden deducir todos los privilegios de la Santísima Virgen, sin excluir su divina Maternidad.

            En todo caso tenemos ahí un fundamento muy sólido y de elevadísimo valor, en el que podemos construir con seguridad, y bajo la mirada vigilante de la Iglesia, el edificio de la glorificación de María, y hacerlo subir a alturas capaces de provocar vértigo.

            Ahora bien, la primera misión de Eva era la de ser la esposa de Adán, y a este título, su «ayuda semejante a él».

            Del mismo modo, la predestinación de María, nueva Eva, comporta ante todo ser la Esposa de Cristo, y a este título, su Colaboradora fiel en todas sus obras y en todos sus misterios.

            Va por sentado que se trata aquí de una unión espiritual, sobrenatural, que une directamente el alma de Cristo al alma de María: pues se comprende fácilmente que no podía tratarse de una unión nupcial ordinaria.

            Pero para quedar unidos por lazos físicos estrechísimos e indisolubles, María fue predestinada por Dios para ser Madre de Cristo, su Madre según la carne, a fin de ser su Esposa según el espíritu.

            Esta unión espiritual de Esposa con el Esposo es, en Nuestra Señora, tan real como su Maternidad divina, que la vincula físicamente a su Hijo.

            No se podría comprender la vida interior de la Santísima Virgen ni penetrar en sus manifestaciones más íntimas, profundas y ricas, si no tuviésemos en cuenta estas relaciones esenciales tan puras y elevadas, que unen a Jesús con su santísima Madre.

            No es nuestro cometido estudiar y exponer esta sublime verdad desde el punto de vista de Jesús.

            Pero sí que debemos contemplar a María como la primera Esposa de Cristo, la más hermosa, pura, fiel y generosa, y proponerla como modelo a todos los que pueden gloriarse de una vocación tan gloriosa y exigente.

 

Perfecta Esposa de Cristo

 

            A la base y al origen de la unión matrimonial se encuentra el amor. Y este amor es también el que debe mantener, alimentar y estrechar sin cesar esta unión, una vez que ha sido contraída.

            Jesús es el primero en haber amado a María con un amor incomparable. «Codició su belleza» [30] encantadora, y la eligió para ser su Esposa inmaculada y virginal.

            ¡Y cómo respondió María a este amor!… Desde el primer momento de su existencia, Ella amó a Dios con un amor profundísimo, total, con un amor exclusivo. Y este amor Ella lo tiene sin división al Hijo de Dios, encarnado en su seno, y a quien la Maternidad divina la une por lazos tan fuertes y estrechos.

            María ama con esta intensidad tranquila, profunda, insospechada, de las almas virginales. Su afecto no se desparrama, no se malgasta en mil creaturas. Ella ama ciertamente a las creaturas: a los hombres, que son sus hijos; a los ángeles, que contemplan la faz de Dios y llevan su vida en ellos; pero Ella no los ama más que en Dios y por Dios, en Jesús y por Jesús, y así su corazón no conoce ninguna división.

            El amor de María exigía y llevaba consigo lo que es tal vez, sobre todo en la mujer, la necesidad más irresistible del amor: el don de sí.

            María se dio enteramente —es la ley de la unión nupcial— a Cristo, su Esposo, con su cuerpo y su alma, con su ser y sus bienes, con sus potencias y sus obras; Ella se dio enteramente, de una sola vez y para siempre.

            Jamás volvió Ella a retomar la menor parte de este don: cada minuto de su tiempo, cada acto de su vida, fueron la renovación, la ratificación y la realización de su donación inicial… ¡Cuántas veces habrá repetido Ella, en profundo recogimiento y con afecto emocionado: «Dilectus meus mihi, et ego illi: Mi Amado es para mí, y yo para mi Amado»! [31].

            Ella cumplió perfectamente y sin descanso el deber de la esposa, deber que para la esposa ordinaria es tan difícil de cumplir a causa del egoísmo humano, que no se puede desarraigar; pues Ella vivió entera y únicamente para Cristo, su Esposo.

            María se olvidó a sí misma… Esta es la cima del amor, la cumbre tan difícil de escalar. Ella no conoce más que a El, no vive sino para complacerlo, manifestarle su amor, darle gozo y consuelo.

            Su alma se armonizó siempre con la de Cristo. Ella piensa como El, adopta sus sentimientos y sus disposiciones, y conforma todos sus actos y toda su conducta a su beneplácito y a sus preferencias.

            Ella cumplió de muy buena gana y fidelísimamente otro deber de la esposa, el de la «conviventia», el de la cohabitación con El, el de compartirlo todo con El. Desde el momento en que El descendió en el santuario de su seno virginal, Ella vivió constante y fielmente, tanto exterior como interiormente, junto a El, y compartió de muy buen grado todas sus condiciones de existencia: el establo de Belén, la triste permanencia en Egipto, la pobreza y la dulcísima intimidad de Nazaret, verosímilmente todos los viajes agotadores y decepcionantes de su vida apostólica, y en todo caso las horas terriblemente duras y dolorosas de su Pasión y muerte, y más tarde, las horas soleadas de su permanencia glorificada sobre la tierra después de la Resurrección, y finalmente —después de años de separación dolorosa, al menos exteriormente— la habitación eterna y beatífica en la casa del Padre, donde su trono se levanta junto al de su Hijo y Esposo: «Ad­stitit Regina a dextris tuis…» [32].

«

            La esposa debe confiar en su esposo, debe serle fiel a través de todo, y muy especialmente en las horas de lucha, de desamparo y de pruebas.

            ¡Madre, qué admirable eres a este respecto! Tú conoces a tu Jesús: Tú creíste, una vez por todas, en su amor; Tú creíste también firme e inquebrantablemente en su misión, en su divinidad, en su triunfo, en su resurrección, en su reino…

            La vida de la Santísima Virgen fue una vida de fe, de pura fe, como lo afirma Montfort en varias ocasiones. En el Ser minúsculo que Ella lleva en su seno, en el frágil Bebé que Ella estrecha en sus brazos y alimenta con su sustancia, en el Niño que crece, que multiplica sus preguntas y solicita sin cesar sus cuidados, más tarde en el joven Aprendiz obrero y en el humilde Carpintero, Ella reconoció fielmente, adoró humildemente y amó respetuosa e íntimamente al Mesías, al Rey de Israel y del mundo entero, a Aquel cuyo reino no conoce límites ni en el tiempo ni en el espacio, al Hijo de Dios vivo, sí, al Dios eterno y todopoderoso. Sin duda Jesús le debió repetir muchas veces: «Mujer, grande es tu fe»; y nosotros también debemos repetírselo frecuentemente con Santa Isabel: «Bienaventurada tú que has creído».

            Tú has creído en su amor por Ti.

            Hubo en tu vida horas cuyos penosos ecos nosotros recogemos ahora, en las que Jesús parecía rechazarte, negarte. Una vez te dijo —si este es verdaderamente el sentido de estas palabras—: «¿Qué tengo yo contigo, mujer?» [33]. Otra vez, cuando deseabas ser recibida por El, contestó: «¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos?… Todo el que cumpla la voluntad de mi Padre celestial, ese es mi hermano, mi hermana y mi madre» [34]. En otra ocasión, cuando una mujer, transportada por las palabras del Profeta, exclamó en medio de la turba: «¡Dichoso el seno que te llevó y los pechos que te criaron!», El dio como respuesta: «Dichosos más bien los que oyen la Palabra de Dios y la guardan» [35].

            Pero todo eso pasa como una suave brisa por encima de la superficie de tu alma, profunda como el océano… Tú lo comprendes, porque crees en El. Te das perfecta cuenta de que, en términos velados, en lugar de censurarte y rechazarte, te alaba; que El no contradice, sino realza más bien los elogios que se hacen de Ti. Tú sabes que en el inmenso amor que te tiene sería incapaz de negarte, de repudiarte; y por eso, en Caná, das orden a los servidores, con plena confianza de ser escuchada: «Haced lo que El os diga» [36]. Crees y sabes que, cualesquiera que sean las apariencias, Tú eres «su Perfecta, su Amada, su Inmaculada, su Unica, su Hermana y su Esposa» [37].

            No lo hemos comprendido lo suficiente, no hemos pensado bastante en ello: Tú eres, Madre, la más heroica de las mujeres…

            Hubo una hora, terrible y dolorosa entre todas, en que para permanecer de pie, para creer y confiar, fue necesario por tu parte un amor sin límites y una fortaleza de alma increíble, y por parte de Dios la gracia más poderosa que jamás haya sido concedida a una pura creatura.

            Es el momento en que estuviste de pie junto a la Cruz…

            Es cierto: durante largos años Tú fuiste la testigo maravillada de su santidad inefable. Te acuerdas de los hechos maravillosos que señalaron su infancia: el anuncio de la Encarnación por el Arcángel, el mensaje de los ángeles en su Nacimiento, la venida de los Magos desde el Oriente, iluminados y conducidos por un astro… Es cierto también que Tú lo viste hacer milagros, como en Caná, y que testigos dignos de fe te contaron innumerables maravillas realizadas por El. Es cierto, finalmente, que El había predicho todo lo que sucedió y sucede bajo tu mirada: que debía ser «entregado a los gentiles, abofeteado, flagelado y crucificado» [38].

            Todo eso es realidad ahora, que lo tienes delante de los ojos. Pero esta realidad es tal que, probablemente, fuera de Ti nadie en el mundo sigue creyendo en su Divinidad, en su resurrección, en su triunfo y en su reino.

            Sus discípulos, y los mismos Doce, flaquearon, lo traicionaron, lo negaron o al menos lo abandonaron. Dudan, tambalean en su fe, como aparece en la Escritura para Pedro y Juan, los mejores entre los suyos, y para los discípulos de Emaús. Es verdad, Madre, que algunas mujeres que lloran están junto a Ti: pero eso es, sin duda, por simple piedad humana hacia el incomparable Bienhechor de la humanidad, a quien se tortura con una crueldad infernal a cambio de los beneficios sin número que sembró alrededor suyo.

            ¿Será El vencido realmente? Sus enemigos, con la cabeza erguida y con el insulto en los labios, van y vienen, impunes, por debajo del instrumento de su suplicio… Todo se vuelve contra El y conspira para agobiarlo. Está abandonado de todos…

            De todos… ¿También de Dios, su Padre?

            Escucha… Desde lo alto de la Cruz resuenan palabras espantosas, palabras que, como puñaladas, traspasan la dulcísima alma de María: «¡Dios mío, Dios mío!, ¿por qué me has desamparado?»… Jesús mismo lo reconoce, lo proclama enfrente de la muerte, en medio de una agonía indescriptible, de un dolor aplastante…

            ¿Será cierto? ¿Habrá sido definitivamente vencido? ¿No habrá sido todo, absolutamente todo, más que un sueño, un espejismo maravilloso?

            ¡Madre, jamás has sido más grande que en este momento! En ninguna parte te admiro con tanto respeto y amor como en estas horas espantosas del Gólgota…

            Tú permaneciste inconmovible en tu fe y heroicamente fiel en tu amor. Las olas inmensas de este amor suben hacia el divino Agonizante, y Tú le dices: «Si todo y todos te abandonan, yo estoy junto a Ti: yo, tu pobre creatura, tu Madre amantísima, tu humilde Esposa, que te será fiel hasta la muerte… Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo… Tú eres el Rey del mundo, el Rey de los siglos, el Rey de gloria… Creo… que por la resurrección triunfarás de la muerte… que desde lo alto de tu Cruz lo atraerás todo a Ti… que tu dominación se establecerá hasta los confines de la tierra… Jesús mío, estoy contigo a través de todo, hasta el fin… Repito mi fiat por todos tus dolores… Te ofrezco y sacrifico al Padre, me ofrezco y me sacrifico contigo, para que por tu sacrificio, que es también el mío, se salven, santifiquen y beatifiquen las almas, se dé al Padre todo honor y toda gloria, y se establezca en el mundo el reino de Dios…».

«

            Los hijos que Dios da a la esposa y al esposo son fruto y coronación de su amor mutuo.

            En este magnífico Salmo 44, en el que, junto a la virtud y fortaleza, poder y magnificencia del Rey, se canta la belleza y gracia de la Reina, se alienta a Esta a renunciar a su pueblo y a la casa de su padre, con la perspectiva de que, en lugar de sus padres, le serán dados hijos, que Ella podrá establecer como soberanos por toda la tierra.

            ¡Oh María!:

            Por haber sido siempre para Jesús una Esposa indeciblemente amante y fiel;

            Por haberlo asistido heroicamente en los terribles tormentos que El mismo comparó a los dolores de parto;

            Por haber sacrificado a tu Hijo único con generosidad infinitamente mayor que la de Abraham;

            Se te ha dado una posteridad tan numerosa como las estrellas del cielo y la arena del mar:

            El inmenso ejército de los santos, las muchedumbres incontables de los elegidos «de toda tribu, lengua, pueblo y nación…» [39].

            Tú eres la verdadera Eva, «Mater cunctorum viventium», la Madre de todos los vivientes, de los millones de almas que viven de la vida misma de Dios, y que Tú has dado al Padre, en unión y colaboración con Jesús, por toda tu existencia de pobreza, humildad, oración y trabajo, y sobre todo por tu participación al sacrificio de Cristo…

«

            Así es como María fue la verdadera y digna Esposa espiritual de Jesús, y Ella lo será in sæcula sæculorum…

            Este es el espléndido modelo de todas las almas que alimentan la misma ambición audaz, pero justificada, y que quieren realizarla.

            ¡Dígnese la divina Virgen conceder a estas almas la gracia de caminar humilde y valientemente por estos caminos!

            Pero retengámoslo bien —el Salmista lo manifiesta en el magnífico Salmo ya citado—: sólo tras la Reina, y conducidas por Ella, las vírgenes son conducidas al Rey en la alegría y exultación, e introducidas luego en su templo de gloria.


 

X
Sponsa Christi (2)

            En el capítulo precedente hemos estudiado la elección de María como Sponsa Christi, Esposa de Cristo. Ella lo es de manera eminente y realmente única. Y también de manera perfecta cumplió Ella los deberes vinculados a esta sublime dignidad, y observó las actitudes que a ella convienen. El alma cristiana puede a su vez ser sponsa Christi, por una participación a la plenitud de esta unión sublime que fue la porción de Nuestra Señora. El alma no podría responder a esta eminente dignidad sin la gracia y el concurso de María.

 

Nuestra alma es también sponsa Christi

 

            Repetimos aquí, antes de proceder adelante, lo que ya dejamos escrito, a saber, que estas consideraciones no se dirigen sólo a los sacerdotes, a los religiosos y a quienes, en medio del mundo, han hecho voto de castidad virginal; sino que también pueden ser útiles a todos los que desean vivir seriamente su vida cristiana. El cristianismo, por desgracia, es bruto y superficial en mucha gente, y perdió mucho de su delicadeza y elevación. ¿Para cuántos fieles, de muy buena voluntad sin duda, la vida cristiana se reduce únicamente o casi al temor del infierno, y por consiguiente a la huida del pecado mortal?

            En numerosísimos textos San Pablo llama a la Iglesia Esposa de Cristo, y como tal la describe. Ahora bien, la Iglesia son las almas, somos nosotros. Por lo tanto, es indudable que toda alma cristiana en estado de gracia puede considerar y amar a Cristo como su Esposo, y considerarse a sí misma como su humilde esposa. Mirada bajo este ángulo, la vida espiritual es hermosa, elevada y encantadora.

            Esta cualidad preciosísima la confiamos también, como hijos y esclavos de Nuestra Señora, a la «Sponsa Christi» por excelencia, a fin de que Ella nos la conserve preciosamente y nos ayude a corresponder a ella dignamente. Nos basta mirarla para comprender al punto cuáles deben ser nuestras actitudes para con Cristo, nuestro Esposo adorado. Y de su ayuda todopoderosa esperamos también la fortaleza necesaria para cumplir deberes tan elevados.

Nuestros deberes a este respecto

 

            1º A ejemplo de la Santísima Virgen, ante todo debemos amar a Jesús con todo nuestro corazón, con toda nuestra alma y con todas nuestras fuerzas. Nuestro amor por El debe ser un amor predominante, pues «el que ama a su padre o a su madre más que a Mí, no es digno de Mí; y el que ama a su hijo o a su hija más que a Mí, no es digno de Mí» [40]. En cierto sentido nuestro amor por El debe ser exclusivo. No debemos admitir en nuestra alma ningún afecto que no proceda del amor a Jesús, o a El no conduzca. Podemos y debemos amar a los hombres, pero únicamente del modo que El nos prescribió y de que nos dio ejemplo. No podemos acercarnos a las creaturas y servirnos de ellas sino en la medida en que son para nosotros un medio para servirlo y glorificarlo mejor a El. Un amor dividido es un amor disminuido. San Agustín lo expresó en una hermosa frase: «Te ama menos, Señor, quien ama algo fuera de Ti, y no por Ti».

            Así se cierra el círculo del amor, pues «El nos amó primero» [41].

            Por amor se dio a nosotros; recíprocamente, nosotros debemos darnos a El por amor, entregarnos totalmente a El, sin reservas secretas, sin excepciones implícitas, sin hurtos velados cuya causa es el amor propio, de modo que El pueda disponer libremente de todo lo que es nuestro y de todo lo que está en nosotros.

            2º Para agradarle, a imitación de la Inmaculada, debemos ser puros y sin mancha. «Cristo amó a la Iglesia y se entregó a sí mismo por ella, para santificarla… y presentársela resplandeciente a Sí mismo, sin que tenga mancha ni arruga ni cosa parecida, sino que sea santa e inmaculada» [42]. Desgraciadamente, nuestras almas quedaron manchadas por el pecado original y arrastran consigo esta triple concupiscencia que nos empuja hacia los bajos fondos. Debemos luchar valientemente para vencer y extirpar estas consecuencias deplorables del pecado. Debemos evitar el pecado mismo, el pecado del espíritu y el pecado de la carne, el pecado mortal y el pecado venial, y también la imperfección voluntaria. Así podremos agradar a Jesús y a María.

            3º Con María permanezcamos junto a Jesús, y compartámos­lo todo con El de buena gana. Permaneceremos junto a El haciéndole compañía, tanto como podamos, en su existencia eucarística, asistiendo frecuentemente a su Sacrificio y acudiendo a la Mesa que su amor ha puesto para nosotros. Permaneceremos junto a El pensando frecuentemente en El, y viviendo toda nuestra vida bajo su mirada y bajo su influencia vivificante y santificadora.

            4º Y nosotros queremos que sea nuestro lo que fue su porción. Por lo tanto, aceptemos una vida seria, grave, de trabajo y oración, en la que diversiones y pasatiempos tengan sólo su parte estrictamen­te necesaria; una vida de pobreza, de privaciones, de silencio y ocultamiento… Con la voluntad, y por mucho que nos cueste, aceptemos su cruz, con todas sus dimensiones y bajo todas sus formas. Queremos llevar nuestra cruz en pos de El, como se lo hemos prometido en nuestra Consagración, cada día y en cada hora de nuestra vida…

            5º La esposa, la verdadera esposa, se olvida de sí misma y vive para su esposo. La Santísima Virgen lo hizo a la perfección. En las esposas secundarias de Cristo, la cosa es rara, muy rara. En todas partes encontramos, por desgracia, el amor de sí mismo, la búsqueda de sí, camuflada tal vez con arte consumado. Aprendamos de la Santísima Virgen a olvidarnos, a no estar siempre preocupados por nuestra salud, por nuestra reputación, por nuestras comodidades, por nuestras preferencias, por nuestros caprichos. Aprendamos de María a no vivir más que de El, para El y según El. Su Evangelio es nuestra sabiduría, sus preferencias han de trazar nuestra línea de conducta, su gloria, su triunfo y su reino deben ser nuestra única aspiración, nuestra única felicidad, nuestro único ideal.

            6º Juntamente con la Santísima Virgen, confiemos en El a través de todo, incluso cuando El parezca olvidarnos, ignorarnos, rechazarnos y negarnos. En esos momentos sobre todo, es hermoso e indis­pensable creer en su amor y mostrarle nuestra más entera confianza. Continúa buscándolo entonces, aférrate a El. No mendigues entonces de las creaturas consuelo o diversión, pues lo echarías todo a perder y harías fracasar su obra divina de purificación y de desprendimiento. Cuando en la oración no encuentres más que aridez, distracciones y desgana, cuando tengas la impresión de que Jesús te rechaza, te condena y tal vez te maldice, has llegado a dos momentos cruciales de tu vida espiritual; el primero te hará aplicarte seriamente a la práctica de la perfección cristiana, el segundo te introducirá más adelante en los misterios del amor divino. Por desgracia, la experiencia nos enseña que la mayoría de las almas se dejan detener ahí. Esta es la razón por la que tan pocos cristianos alcanzan la vida de intimidad con Cristo, Esposo del alma: buscan su propia satisfacción, su propio gozo, aunque sea espiritual, en lugar de vivir de pura caridad por El.

            7º No vivir más que para El: no buscar jamás nada ni a nadie fuera de El. Juntamente con Nuestra Señora, hagámoslo todo, tomemos toda decisión, realicemos toda acción, para agradarle a El, para darle gusto, para glorificarlo y hacerlo reinar.

            8º Juntamente con nuestra Madre, creer también en El.

            En la vida ordinaria quedamos a menudo admirados de la confianza ingenua y absoluta, de la admiración ilimitada, que la mujer tiene en su marido. Dios lo ha querido así. Pero nuestra fe en Cristo, nuestra admiración por El, tiene bases mucho más profundas y sólidas: se apoya en la palabra de Dios, en el mismo Ser de Dios.

            Creemos en la misión de Jesús, en su grandeza, en su Divinidad, en su amor, en su triunfo, en su reino, y eso a pesar de toda apariencia de fracaso. En este momento gran número de cristianos ponen prácticamente en duda su palabra, y su doctrina es minimizada. Desde hace decenas de años asistimos en todos o en casi todos los países cristianos a una descristianización lenta y progresiva, y a una verdadera crisis de la moralidad; todos los esfuerzos por detener esta marcha hacia la muerte, incluso los más generosos, no lograron conjurar el mal. Sobre todo se levanta el gran peligro que para la vida cristiana y el reino de Cristo constituye el comunismo ateo en el mundo. Ya se impuso por la fuerza a un tercio de la humanidad. Y no hay que hacerse ilusiones: el cristianismo de modo general, y el catolicismo en particular, aunque en menor medida, han sufrido por este motivo, desde hace cuarenta años, pérdidas considerables, que se elevan a decenas de millones. Pero ¡no se turbe nuestro corazón! Creímos en Ti, Jesús, cuando hace veinte años un hombre orgulloso quiso arrebatarte tu corona, cuando el nacional-socialismo, pagano hasta la médula, creyó haber conquistado Europa y el mundo por mil años, y se imagi­nó que la cruz gamada remplazaría definitivamente a la Cruz de Cris­to. ¿Qué ha sido de este loco orgulloso? ¿Dónde están sus seguidores? ¿Qué queda de este sueño insensato?

            Esta será, Jesús, la suerte de todos los que te atacan y combaten. «Es necesario que El reine», dijo San Pablo, «y que ponga a sus enemigos bajo sus pies» [43]. Vendrá el día en que la hoz y el martillo se quebrarán con estrépito al pie de la Cruz, o serán atados a ella como un trofeo de victoria. ¡Tú triunfarás una vez más y siempre, oh Cristo, hasta la victoria final antes de tu triunfo eterno! Y si la Iglesia, Jesús, como Tú mismo, tuviese que conocer un nuevo Viernes Santo dentro de uno, dos, veinte o cien años, creemos y sabemos que la radiante mañana de Pascua seguirá de cerca la sombría noche del terrible Viernes: también entonces repetiremos con amor fiel lo que hemos dicho no hace mucho: «¡Aunque todos se escandalicen de ti, nosotros nunca nos escandalizaremos!… Señor, estamos dispuestos a ir contigo [y por Ti] hasta la cárcel y la muerte… ¡Aunque tengamos que morir contigo, no te negaremos!» [44]. Es un juramento de amor y fidelidad. Somos conscientes de que no podremos cumplirlo por nuestras propias fuerzas, pero le seremos fieles con la ayuda poderosa de la Mediadora de todas las gracias.

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            La vida de esposa a Esposo, del alma con Cristo, según el ejemplo de María, es una vida hermosa, elevada y radiante. También es rica y fecunda, pues participa de la fecundidad de la unión de la Iglesia y de Nuestra Señora con Cristo, pues María es la personificación de la Iglesia. Juntamente con Ella, compartimos entonces la misión redentora, vivificadora y santificadora de Cristo, y también su Realeza y su triunfo sobre las potestades perversas del mundo y del infierno. Nuestra vida no será vacía y estéril; sino que nuestra humilde colaboración con Cristo dará a Dios hijos, muchos hijos, numerosas almas que lo servirán en la tierra y lo glorificarán en los cielos. De esta manera daremos y transmitiremos la vida, no una vida humana, sino la vida misma de Dios, que es la gracia.

            Alegrémonos así de que nuestras almas, «compañeras de la Reina, en pos de Ella sean conducidas al Rey» [45]; nuestras almas, formadas y adornadas por Ella, atraídas por Ella a la vida de intimidad, y presentadas por Ella a Cristo. Le son conducidas «en la alegría y la exultación», pues —no podía ser de otro modo— una alegría pura, profunda y tranquila llena semejantes existencias; le son conducidas por y para una vida de fe y abnegación en esta tierra, pero conducidas un día para una vida de bienaventuranza y gloria en el imperecedero «palacio del Rey», que es el cielo.


 

XI
Madre del amor hermoso

            Después de Cristo, María es nuestro modelo universal: un modelo apropiadísimo, un modelo de todas las virtudes y para todas las circunstancias de nuestra vida.

            Ya la hemos estudiado como ejemplar en nuestra actitud de dependencia total hacia Dios, de glorificación fiel y de unión estrechísima con El. También en nuestros lazos con Cristo, el Hombre-Dios, Ella es para nosotros un modelo precioso y encantador.

 

El Evangelio de la caridad

 

            Nuestras relaciones con los hombres, con nuestro «prójimo», lle­nan gran parte de nuestra existencia y son importantísimas por más de un motivo. Jesús determinó con una orden clarísima cuáles deben ser, de modo general, estas relaciones: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo» [46].

            Cuando se estudia el Evangelio de cerca, uno se sorprende de la importancia que Jesús concede a este precepto, de la insistencia con que nos recomienda el cumplimiento de este deber, y de la multiplicidad de motivos que invoca para determinarnos a cumplirlo.

            Es un mandamiento, el segundo, que El vincula al primero, el principal, y al que pone por decirlo así en el mismo rango: «El segundo mandamiento es semejante al primero…» [47].

            Jesús parece tener una verdadera predilección por este precepto, al que llama «su» mandamiento, esto es, su precepto preferido: «Este es mi mandamiento: Que os améis unos a otros, como Yo os he amado» [48]. Se trata de un «mandamiento nuevo» [49], aunque ya existiese bajo la Antigua Ley; y, por lo tanto, un precepto que El ratifica con su propia autoridad divina y humana. Esta será, y no otra, la señal por la que nos reconocerá como discípulos suyos, «si nos amamos unos a otros» [50].

            Jesús emplea, por decirlo así, estratagemas divinas para deter­minarnos a cultivar su mandamiento. Seremos tratados por El exacta­mente del mismo modo como nosotros hayamos tratado a nues­tro pró­jimo: «No juzguéis, para no ser juzgados —nos dice—; no condenéis, para no ser condenados… Dad y se os dará, pues con la medida con que midáis se os medirá… Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia» [51]. Al contrario, uno de los discípulos de Jesús nos afirma que «un juicio sin misericordia está reservado para quien no haya usado de misericordia» [52].

            Jesús va más lejos aún en su insistencia sobre este punto. Considera como hecho a El mismo todo lo que se hace a los suyos [53]. Y eso no es un ardid sublime y conmovedor y una sustitución arbitraria: su afirmación se basa en la indudable y tan consoladora doctrina de la unidad de la cabeza y de los miembros en el Cuerpo místico de Cristo.

            Y todos estos temas maravillosos el Artista supremo los condensa en el stretto, en el tema final de la fuga grandiosa de la historia de la humanidad. En el juicio final seremos juzgados únicamente, al parecer, sobre el modo como habremos practicado la caridad: «Venid, benditos de mi Padre… Pues cuanto hicisteis a unos de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis… Apartaos de Mí, malditos, al fuego eterno… Pues cuanto dejasteis de hacer con uno de estos más pequeños, también conmigo dejasteis de hacerlo» [54].

            Nunca meditaremos lo suficiente todas estas palabras, repetidas sin cesar por los apóstoles y comentadas por ellos de mil maneras. Debemos preguntarnos frecuentemente si tenemos la señal de los verdaderos discípulos de Cristo, y si cumplimos realmente este importantísimo precepto de su Corazón amantísimo.

 

María, Madre y Modelo de la caridad

 

            La dulce Virgen María es la Madre y el tipo admirable de la hermosa caridad cristiana. El Amor del Corazón de Jesús hacia los hombres, y más especialmente hacia los niños, los pobres, los desheredados y los pecadores, lo encontraremos de nuevo, con mil matices conmovedores de ternura femenina, de condescendencia y de solicitud maternas, en el dulcísimo Corazón de María. Y es que Ella no es más que el eco y el reflejo suavizado de la infinita Perfección, que dijo y repitió a menudo: «Como el Padre me amó, Yo también os he amado a vosotros» [55]. Y San Juan afirma que, «habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo» [56].

            Nadie pondrá en duda que la Santísima Virgen ama a las almas con un amor tan fuerte y tierno, que supera el afecto de todas las madres juntas.

            Los hombres son para Ella las copias vivas y las obras maestras de Dios, y no puede hacer otra cosa que amar la semejanza viva y la obra de su Dios. Además, las almas llevan en sí mismas la vida misma de Dios, la gracia, y son los templos vivos del Altísimo, en los que El se digna morar, o al menos son llamadas a eso; todo lo cual atrae sobre las almas la dilección y ternura respetuosa de María. Su amor por nosotros es un amor materno, y realmente el mismo amor que tiene a Jesús. Somos sus hijos por la vida divina que Ella nos comunica, y la maternidad, en la misma medida de su perfección, exige y comporta el amor. Siendo así las cosas, ¿quién podrá medir la profundidad, la fuerza y la ternura del amor de María por las almas, puesto que en suma esta caridad debe responder a una maternidad «divina», ya que es causa de la vida divina en nosotros?

            Y su caridad por nosotros es su amor por Jesús, lo cual determina también la intensidad y ternura de este amor. A nosotros la doctrina del Cuerpo místico nos parece a veces un hermoso sueño, una encantadora metáfora. Para María es una viva realidad. Ella realmente reconoce y ama a Jesús en nosotros. Sólo al oír pronunciar el nombre de Jesús, su alma se conmueve. A la vista de la semejanza de Jesús en sus miembros sagrados, todas sus potencias de amor se concentran sobre aquel que para Ella es otro Jesús, Jesús mismo.

 

A ejemplo de nuestra Madre

 

            Madre amadísima, a ejemplo y según el precepto de Jesús, pero también a imitación tuya, queremos amar a los hombres.

            Amarlos como Ella. Volveremos a hablar más en detalle de las cualidades de este amor. Por el momento nos detenemos en este pensamiento: debemos amar a los hombres con caridad sobrenatural, por motivos sobrenaturales, con el mismo Sagrado Corazón de Jesús y el dulcísimo Corazón de María.

            Esta hermosa frase, de que nos hemos de amar unos a otros, produce un sonido extraño en nuestro mundo frío, duro y egoísta.

            No debemos sólo cultivar la afección natural que se experimenta con los propios parientes, amigos y bienhechores. Sí, debemos hacerlo, pero con una afección sobreelevada, sobrenaturalizada, alimentada a cada instante con el pensamiento de que Dios, Jesús y María así lo desean, y practicada según su ley y su ejemplo.

            Debemos amar a todos los hombres, también a los extranjeros, a nuestros enemigos, a quienes naturalmente nos dejan indiferentes o no se ven libres de nuestros reproches.

            Debemos amar a nuestro prójimo. Todos saben lo que esto significa. Esta caridad no puede ser puramente negativa. No basta no molestar a nadie, no causarle ningún daño, no hacerle mal alguno. Debemos amar positivamente a nuestros semejantes, es decir, quererles y hacerles bien cuando se presente la ocasión, porque tal es la definición del amor: «velle bonum». Podemos hacerlo al menos por la oración, diciendo con nuestra divina Madre y con Jesús mismo: «El pan nuestro de cada día dánosle hoy, y perdónanos nuestras deudas…». El Padrenuestro es predicación y práctica de la caridad cristiana. Y eso puede decirse de casi todas las oraciones oficiales de la Iglesia.

            Lo que importa sobre todo es que nuestra caridad sea sobrenatural. Lo será si amamos según el ejemplo de nuestra Madre. Ella repite las palabras de Jesús: «Amaos los unos a los otros como Jesús os ha amado». Debemos amar a nuestro prójimo, no a causa de un exterior atractivo, no por los dones y talentos naturales que tiene, y por su carácter alegre y agradable; debemos amarlo, no sólo por per­tenecer a la misma nación, a la misma familia, a la misma patria; sino que, juntamente con Nuestra Señora, hemos de amar a los hombres sobre todo en cuanto hijos de Dios, miembros de Cristo, hijos de la Santísima Virgen. No sólo hemos de amar al prójimo como hermanastro o hermanastra, sino como hijo del mismo Padre, Dios, y de la misma Madre, María.

            Este último pensamiento, sin duda, facilitará y fortalecerá en nosotros el ejercicio y práctica de la caridad.

            El ejemplo de la Santísima Virgen y la ayuda poderosa de su gracia nos conducirán al cumplimiento perfecto del precepto de que San Pablo dice: «El que ama al prójimo, ha cumplido la ley» [57].


 

XII
Caridad que soporta y perdona

            Como hemos dicho, la caridad con el prójimo ocupa un lugar predominante en la doctrina de Cristo. Nuestra Señora participa singularmente del amor profundo e inconmensurable de su Hijo Jesús por las almas. Queremos copiar cuidadosamente este doble Modelo y amar a nuestro prójimo con caridad sobrenatural, en Dios y por Dios.

            El ejemplo de nuestra divina Madre nos enseñará también las cualidades de que debe estar revestida esta caridad. Muy especialmente nos hará perdonarlo y soportarlo todo; pero también será dadivosa y generosa, amable y atenta.

            Nada es más conmovedor en la historia de la vida y pasión de Jesús que escucharlo murmurar estas palabras, en el mismo momento en que sus verdugos cumplían con su horrible trabajo: «Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen» [58].

            Tampoco la Santísima Virgen, a la vista de las torturas indecibles infligidas a su Jesús, se dejó llevar por la ira, ni colmó a los culpables de sus maldiciones maternas, ni siquiera a los verdaderos y principales culpables en este drama del Calvario. Ella se mantuvo estrechamente unida a Jesús, ofreciendo juntamente con El sus propios sufrimientos y sobre todo los terribles dolores de su Hijo, como Corredentora por la salvación y felicidad de los hombres, incluidos los verdugos de Jesús, y repitió con El las divinas palabras: «Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen».

            A Juan, el discípulo amado, que a pesar de esta predilección también había abandonado cobardemente a su Maestro y Amigo, y a Pedro, que además lo había negado vergonzosamente, Ella no les dirigió palabras de reproche, ni los rechazó lejos de sí, ni siquiera por algunas horas al menos, como castigo mil veces merecido; no, sino que con indecible bondad los acogió enseguida y los alentó a servir a Jesús con más fidelidad y amor que antes. Y si Judas, el traidor, el que mayor culpabilidad tenía en esta sangrienta tragedia, hubiese venido a Ella para manifestarle su pesar y desesperación por el crimen que acababa de cometer, Ella hubiese impuesto silencio a su Corazón materno y estampado en su frente ardiente, en nombre de Jesús mismo, el beso del perdón…

            Con ternura materna y delicadeza admirable, Ella, la Inmaculada, admitió en su entorno a la pecadora arrepentida, María Magdalena, que sin duda le fue confiada por Jesús mismo para una purificación más completa y la formación de esta alma tan ricamente dotada.

            María es y sigue siendo de este modo la Madre de misericordia y, a causa de esto, el refugio de los pecadores. Y no hay un solo pecador en el mundo, por muy metido que esté en el fango del vicio, por muy obstinado en el mal que se muestre, por muy cargado que esté de todos los crímenes del mundo, que a su primera invocación, a su primera señal de pesar y arrepentimiento, Ella no esté dispuesta a acoger, a abrirle sus brazos maternos, a apretarlo contra su Corazón y volverlo a conducir al Corazón de Jesús, su amadísimo Hijo.

            Y cuando el alma no se deja llevar a estos extremos, ¡qué buena y caritativa, qué paciente y longánima se muestra con todas nuestras debilidades y miserias!

            Es que, sin duda alguna, Ella es la Mujer fuerte que ha de conducirnos a la conformidad con Cristo crucificado. Y Montfort nos recuerda que «Ella reprende a sus hijos como caritativa Madre cuando faltan; y, algunas veces, hasta los castiga, amorosamente» [59]; pero todo esto es obra de una caridad inagotable e indestructible. Su paciencia y su bondad no tienen límites. Ella es la Mediadora de todas las gracias. Todas las gracias actuales son muestras de la benevolencia y de las directivas e inspiraciones de María, después de serlo de Dios y de Cristo. ¡Cuántas veces por día Ella nos presenta sus gracias y nos invita a la mortificación, al recogimiento, a la abnegación, al empleo útil de nuestro tiempo, al espíritu de oración, a la caridad! Y ¡qué a menudo nosotros nos hacemos los sordos a sus exhortaciones, no concedemos ninguna atención a sus llamamientos, o resistimos de propósito deliberado a sus invitaciones maternas! ¡Y Ella vuelve cada día, cien veces por día, a presentarnos sus tesoros de gracias y suplicarnos que escuchemos sus consejos maternos! No hay cobardía ni negligencia de nuestra parte capaz de impedir que Ella cumpla con su misión materna, y que nos rodee con su ternura llena de solicitud.

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            Esta debe ser también, a ejemplo de la Santísima Virgen, nuestra caridad: una caridad que lo perdona y lo soporta todo. San Pablo nos lo enseña en su ditirambo espléndido sobre la caridad fraterna: «La caridad es paciente, es servicial…; no se irrita, no toma en cuenta el mal…; todo lo excusa…, todo lo soporta» [60].

            Esta ley del soporte mutuo es muy importante, porque las lagunas en este punto nos conducen a un número incalculable de imperfecciones, o más bien nos establecen en un estado habitual de imperfección, ya que este deber se impone casi continuamente a nosotros. Jesús, al inculcarnos este precepto, recuerda un fenómeno psicológico que nos hace muy difícil este soporte. Y es que vemos claramente los defectos del prójimo, que frecuentemente agrandamos, mientras que no somos conscientes de nuestras imperfecciones personales, a menudo mucho más graves. Eso nos pasa a todos. Haz la prueba con tus parientes y conocidos: para cada uno de ellos tendrás enseguida una etiqueta poco halagadora. Este es charlatán, aquel es curioso, descortés, arrebatado, perezoso y otras cosas. Pero cuando llegas a ti mismo, ya no te queda para ti ninguna de estas etiquetas: ¡ya las has distribuido todas! Y va sin decir que en cada constatación de este género añadimos para nosotros: «¡Yo no soy así…!». ¡Nos hacemos creer tan fácilmente que, en comparación con los demás, no tenemos defectos… o tan pocos!…

            Frente a esta suficiencia pongamos la afirmación de Jesús, que en cierta medida se aplica a cada uno de nosotros: «¿Cómo miras la brizna que hay en el ojo de tu hermano, y no reparas en la viga que hay en tu ojo? ¿O cómo vas a decir a tu hermano: “Deja que te saque la brizna del ojo”, teniendo la viga en el tuyo? Hipócrita, saca primero la viga de tu ojo, y entonces podrás ver para sacar la brizna del ojo de tu hermano» [61].

            Acordémonos frecuentemente de este ejemplo de la viga y la brizna de paja. Es el caso de todos nosotros. Y que esto nos haga hu­mildes y tolerantes según el espíritu de nuestra divina Madre, María.

            San Pablo, que a las especulaciones dogmáticas más sublimes une un sentido muy profundo y justo de la ascética más definida, vuelve a menudo sobre el cumplimiento de este deber: «Os exhorto… a que viváis de manera digna de la vocación con que habéis sido llamados, con toda humildad, mansedumbre y paciencia, soportándoos unos a otros por amor, poniendo empeño en conservar la unidad del Espíritu con el vínculo de la paz» [62]. Y en otra parte insiste de nuevo: «Revestíos, pues, como elegidos de Dios, santos y amados, de entrañas de misericordia, de bondad, humildad, mansedumbre, paciencia, soportándoos unos a otros y perdonándoos mutuamente, si alguno tiene queja contra otro. Como el Señor os perdonó, perdonaos también vosotros» [63]. Tratar a nuestros semejantes con bondad, dulzura y humildad, incluso en sus faltas y lagunas, es tener el espíritu de la Santísima Virgen; y llevados por él, hemos de seguir siendo pacientes y longánimos durante semanas, meses y años enteros, porque aquellos con quienes vivimos siguen cediendo a las mismas debilidades, a los mismos defectos.

            Nos cuesta comprender esta lección, y aducimos mil razones para no tener que aplicarla en nuestra vida. Usamos como pretexto especialmente la extrañeza inverosímil de la conducta de algunos de nuestros semejantes. Es cierto que algunas personas pueden ser demasiado caprichosas, arrebatadas, susceptibles, versátiles, pueriles, pródigas, a veces malvadas, vengativas y crueles… Una vez más, la lista de las miserias humanas que frecuentamos, y que por desgracia llevamos también con nosotros, es interminable. Pero dejemos bien claro en nuestro espíritu que todos estos defectos, sin ninguna excepción, están incluidos en la ley del soporte mutuo, reclamado por la vida cristiana y mariana.

            También es cierto que podemos y debemos practicar la corrección fraterna, y señalar al prójimo, en el momento propicio y con bondad y dulzura, sus yerros y defectos. Pero si estos avisos llegasen a ser inútiles —y así sucederá nueve veces de cada diez—, tendremos que evitar a pesar de todo los reproches, la dureza, la impaciencia y la amargura. Tratemos de ser bondadosos con los caracteres difíciles, humildes con los hombres inflados y orgullosos, calmos y dulces con los violentos, y mantengámonos en esta actitud cristiana, aunque el prójimo se obstine en sus errores y defectos. Esta es la voluntad de Cristo y el deseo y el espíritu de la dulce, clemente, misericordiosa, humilde y amabilísima Virgen María.

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            Soportar y perdonar.

            Es la ley que Jesús quiso inscribir en nuestra oración cotidiana, para que no la olvidáramos y nos sintiéramos obligados a cumplirla: «Perdónanos nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores».

            Muchos cristianos están en falta sobre este punto.

            Es indudable que hay que distinguir entre el perdón concedido por la voluntad y el sentimiento de aversión instintivo y de rencor involuntario, del que no somos dueños. Si no cedemos conscientemente a estos sentimientos, y nos esforzamos por vencerlos y apartarlos, no habremos dejado de cumplir nuestro deber de caridad que perdona.

            Y que no se diga: «No puedo perdonar. Me es algo absolutamente imposible». No podemos olvidar siempre las cosas, aunque podemos evitar el repliegue voluntario de nuestros pensamientos sobre la pena o injusticia sufridas. Pero siempre podremos perdonar: para eso basta un acto enérgico de la voluntad, que siempre podemos realizar a pesar de la repugnancia y repulsión instintivas. A este perdón de voluntad estamos estrictamente obligados.

            Y debemos perdonarlo todo: todo lo que se hizo contra nosotros: burlas, desprecios, injusticias, calumnias, malos tratos, el mismo atentado contra la propia vida…; y también todo lo que, de algún modo, se haya hecho contra nuestra familia, nuestros amigos, nuestra patria. Ningún pretexto puede dispensarnos de esta obligación.

            Pecamos cuando alimentamos voluntariamente sentimientos de odio contra nuestros enemigos, cuando nos alegramos por sus desgra­cias, cuando nos negamos a darles las muestras de educación y caridad que normalmente se exhiben con todo prójimo, cuando intentamos vengarnos dañándolos en sus bienes, en su reputación, en su salud o en sus empresas.

            Hijos y esclavos de amor de la Santísima Virgen, según el precepto de Cristo y el ejemplo heroico de nuestro Padre de Montfort, amemos a nuestros enemigos, recemos por ellos, hagámosle bien: «Bendecid a los que os persiguen; bendecid, y no maldigáis… No devolváis a nadie mal por mal… En lo posible, y en cuanto de voso­tros dependa, vivid en paz con todos los hombres. No toméis la justicia por cuenta vuestra, queridos míos, sino dejad lugar a la cólera… Si tu enemigo tiene hambre, dale de comer; y si tiene sed, dale de beber… No te dejes vencer por el mal; antes bien, vence al mal con el bien» [64]. Estimamos, según la sabiduría humana, que vengarse es una muestra de fortaleza; pero en realidad somos vencidos entonces por el mal. Los santos, Jesús y María ante todo, fueron vencedores del mal por su bondad y caridad.

            En todas las circunstancias, tanto las más graves como las menos importantes, debemos inspirarnos de estos principios. Montfort, a este respecto, fue un ejemplo magnífico de heroísmo. Exigió de sus hijos actos que se inspiren de estos sentimientos; pues nos prescribe en nuestra regla rezar especialmente por quienes nos hayan hecho alguna injuria notable, y ello durante nueve días.

            Sea nuestro propósito, a ejemplo de nuestro Padre y en el espíritu de Jesús y de su divina Madre, tener delicadezas especiales para con quienes nos entristecen o nos caen antipáticos.

            Eso no es ni cobardía, ni hipocresía, ni falta de lealtad o rectitud. Es sencillamente sabiduría según Dios, aunque sea, es cierto, locura según el mundo. Es ver el fondo de las cosas: es ver al alma redimida por la Sangre de Cristo y las lágrimas de María; es apreciar en su justo valor la vida divina que está en esas almas, o que al menos se les ofrece y destina; es ser verdaderamente cristiano, consagrado a María y discípulo de Montfort.


 

XIII
Caridad donadora y generosa

            La caridad de Nuestra Señora por los hombres es también caridad donadora, caridad que se sacrifica.

            El amor verdadero es un amor que da. Cuando se ama realmente se da, se da mucho y de buena gana, y un gran amor hace darlo todo con alegría y sin excepción. Y sólo el amor da, como observa muy psicológicamente Santo Tomás. El amor humano muy a menudo se preocupara sólo por gozar, y no es por lo tanto un amor verdadero, sino más bien un egoísmo camuflado; lo cual hace decir que para muchos esposos el matrimonio es «un egoísmo de dos».

            No es así el amor que nuestra Madre nos tiene a nosotros: es un amor que da.

            Ella nos da todo lo que se llama gracia: todo lo que la humanidad tiene de vida, de actividad, de facultades y bienes sobrenaturales, y todos los bienes naturales en la medida en que se encuentran vinculados con lo sobrenatural, se lo debemos a Ella después de Dios.

            ¿Qué nos dio Ella? Su vida, su tiempo, su trabajo, su oración, sus méritos, sus lágrimas, sus sufrimientos, su muerte; toda su vida, sobre todo desde la Encarnación de Jesús en su seno, porque Ella lo ofreció todo por la redención y santificación de los hombres, y porque todo en su vida tuvo un valor redentor, meritorio y satisfactorio, igual que toda la existencia de Jesús, y no sólo su Pasión y muerte, tenía un poder de redención y santificación para el mundo.

            ¿Qué nos dio Ella? A Jesús mismo, y «con El todas las cosas». San Juan constata con admiración y emoción: «Tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único» [65]. Nuestra Señora hizo lo mismo. Su consentimiento, por libre voluntad de Dios, era indispensable tanto para la venida de Cristo a este mundo como para su partida, tanto para su concepción como para su muerte. Este fiat Ella lo dijo por sumisión amorosa a las voluntades de Dios, y también por piedad y caridad con el pobre mundo de los hombres.

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            Pero dar para Ella es también ceder, privarse, sufrir. «Ella no perdonó a su propia alma», como canta la Iglesia agradecida; Ella sacrificó a su Hijo en un dolor inexpresable. A Abraham le pidió Dios sacrificar a su hijo Isaac, para asegurarle una descendencia innumerable. Para dar la vida divina a innumerables hijos adoptivos, la Madre de los dolores debió entregar a su Hijo a sufrimientos indecibles y a una muerte espantosa. Y la espada de dolor, que atravesó su dulce alma durante la sangrienta Pasión de su Hijo, Ella la llevó de hecho en su corazón desde la sombría profecía de Simeón en el Templo; sí, desde el mismo momento en que se convirtió en Madre del Mesías.

            Jesús, antes de dejarnos, nos enseñó que «nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos» [66]. Señor, Tú sabes que hay una excepción a esta regla. Cuando tu Madre te entregó a las torturas y a la muerte, Ella nos dio una prueba más preciosa de su tiernísima caridad que si Ella misma hubiese soportado el martirio más cruel; y es que tu vida le era infinitamente más preciosa que su propia vida, y Ella habría preferido mil veces sufrir todos tus sufrimientos, antes que tener que aceptar que Tú los soportases, y eso bajo su propia mirada.

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            María da por caridad, lo da todo sin excepción y sin reserva, y lo da frecuentemente a costa de sí misma.

            Eso se resalta claramente en una hermosa narración evangélica.

            El Arcángel le ha traído el gran Mensaje, y por su humilde fiat Ella se ha convertido en Madre del Hijo de Dios; El es ahora su Hijo, su niñito, a quien lleva en su Corazón con amorosa adoración…

            No es difícil comprender que, más que nunca a partir de este instante, Ella no tiene más que un solo atractivo: callarse, ocultarse, estar sola con El en el silencio y el amor…

            Pero por Gabriel Ella se ha enterado de que su parienta ya entrada en años, Isabel, también va a ser madre, y que por lo tanto está precisando de sus servicios, o al menos estos pueden serle muy útiles. Además, bajo la influencia de Jesús, Ella presiente que tendrá que cumplir allí una misión más elevada, que hay allí almas que la esperan, porque Ella lleva a Jesús…

            Por eso Ella no duda. Sus preferencias personales no cuentan para nada. Ella no retrocede tampoco ante las dificultades y fatigas inherentes a semejante viaje por país montañoso. «Abiit in montana cum festinatione»… Con prontitud Ella se pone en camino para cum­plir su misión de caridad, y sobre todo para ser el Copón vivo que llevará Jesús a las almas que aspiran a El…

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            Hijos y esclavos de amor de la Santísima Virgen, ¡qué magnífico ejemplo para nosotros!

            Debemos amar a nuestro prójimo, a todos los hombres, con una caridad que lo perdona y soporta todo, pero también con un amor de generosidad y de sacrificio.

            Retengamos bien esto: amar no es recibir ni ser mimado; amar es dar, darse, sacrificarse.

            A ejemplo de Jesús y de su dulce Madre queremos dar, de ahora en adelante, con caridad sobrenatural.

            De manera delicada y generosa, demos a los pobres e indigentes pan, vestidos, dinero, de modo que jamás ninguno de ellos abandone nuestra morada sin ayuda o sin consuelo. Más vale aún, tal vez, dar a las instituciones caritativas cristianas, que pueden aliviar las miserias de modo más eficaz y con mayor discernimiento.

            En la medida de nuestras posibilidades, visitemos y cuidemos a los enfermos, sobre todo a los más abandonados, y tratemos de levantar, con palabras delicadas y cordiales, el ánimo de quienes se encuentran abatidos y probados.

            Demos al prójimo algo de nuestros bienes, de nuestro tiempo, de nuestras fuerzas. Démosle también nuestra oración, nuestra amistad, la caridad de nuestro corazón, que son bienes mucho más preciosos que los bienes materiales.

            ¡Qué consolador es para nosotros, esclavos de amor de la Santísima Virgen, escuchar a nuestro Padre de Montfort decirnos [67] que nuestra Consagración a María nos hace practicar la caridad de manera eminente, puesto que damos a la Santísima Virgen todo el valor comunicable de nuestras oraciones y buenas obras, dejándole pleno y entero derecho de disponer de todo ello en favor de nuestro prójimo, tanto en la tierra como en el Purgatorio!

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            Tratemos de dar Jesús y María a las almas. Eso quiere decir que hemos de ser apóstoles, formar parte de organizaciones de acción católica y de apostolado sobrenatural recomendadas por la Iglesia, y saber aprovechar ávidamente toda ocasión de conquista para Cristo y su divina Madre. Es cierto que antes hemos de trabajar en nuestra formación personal, pero también debemos esforzarnos por conducir otras almas a Dios, a Cristo, a Nuestra Señora, y eso será asegurarles los bienes más preciosos.

            Un hijo y esclavo de María debe ser apóstol. San Luis María de Montfort asigna como uno de los efectos maravillosos de la práctica fiel de su excelente Devoción a María una «fe valiente, que nos hará emprender y llevar a término, sin vacilar, grandes cosas por Dios y la salvación de las almas» [68].

            Nuestra época es la del apostolado seglar, que no sólo es útil, sino también necesario para la salvación de la humanidad.

            Prometamos, por amor a Dios y a Nuestra Señora, ser apóstoles en nuestro entorno, en nuestra parroquia, en una esfera aún más extensa si nos es posible.

            Eso será llevar Jesús a las almas.

            Y Jesús por María. Demos María a las almas, pues Ella lleva siempre consigo a Jesús. Seamos los apóstoles de la devoción mariana bajo todas sus formas: el Rosario, el Angelus, los primeros sábados, la consagración mariana, etc. Seámoslo sobre todo de la Devoción mariana bajo su forma más perfecta y elevada: la santa esclavitud. Divulguemos para esto la revista que es el único órgano de este movimiento mariano más rico. Propaguemos los escritos de nuestro Padre de Montfort, y los libros y folletos compuestos en este mismo espíritu. ¿Montfort no nos dice que «un buen siervo y esclavo de María no debe permanecer ocioso, sino que es preciso que, apoyado en su protección, emprenda y realice grandes cosas para esta augusta Soberana»; y que «es preciso atraer a todo el mundo, si se puede, a su servicio y a esta verdadera y sólida Devoción»? [69].

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            Todo esto sólo puede hacerse a costa de nosotros mismos.

            Demos a los pobres, a las misiones, a las buenas obras, sobre todo a las obras marianas, incluso cuando esto exija imponernos algunas restricciones. Debemos consolar y alentar a los demás, incluso cuando nosotros mismos tengamos necesidad de ser consolados. Asistamos a los enfermos y a los desgraciados, incluso cuando esto nos repugne y nos obligue a vencernos.

            No hagamos apostolado, como a veces se practica, a modo de deporte o de pasatiempo. Cuando Su Santidad Pío XII, en su alocución del 13 de mayo de 1946 a 600.000 peregrinos de Fátima, les hacía notar que se habían enrolado en la cruzada por el reino de María, les recordaba también que habían prometido esforzarse por que la Santísima Virgen fuese más ardientemente conocida, honrada y servida en las almas, en las familias y en la sociedad.

            Así hemos de comprender el apostolado, que queremos ejercer cueste lo que cueste. Para eso venzamos nuestra timidez y nuestras repugnancias, sepamos imponernos sacrificios y fatigas; bajo una sabia dirección, y a imitación de nuestro Padre de Montfort, vayamos hasta el final, gastémonos del todo, muramos si es preciso en esta misión por las almas, para el reino de Dios por el reino de María.

            San Juan escribe: «El dio su vida por nosotros. También nosotros debemos dar la vida por los hermanos» [70].

            Así practicó Jesús la caridad; y también su divina Madre, al sacrificar la vida de su Hijo, que le era infinitamente más preciosa que la suya propia.

            Nuestro Padre de Montfort arriesgó su vida, y cuántas veces, por sus semejantes, por su bien corporal o de alma; dio realmente su vida por las almas, pues por ellas torturó su pobre cuerpo y por ellas se mató trabajando.

            ¡Ojalá nuestra caridad, con la ayuda de Nuestra Señora y a imitación suya, se eleve a tal altura que estemos dispuestos a darlo todo, a sacrificarlo todo, incluso nuestra propia vida, por la salvación y santificación del mundo, por el reino de amor de nuestra divina Madre, por el triunfo de la causa de Dios!


 

XIV
Caridad delicada y atenta

            Según el precepto de Cristo y el ejemplo de su divina Madre, nuestra caridad con el prójimo debe ser una caridad sobrenatural y donadora, una caridad que lo perdona y soporta todo.

            El valor de nuestra caridad puede realzarse considerablemente por la manera de cumplir estos deberes caritativos. Por eso tenemos que señalar aún una cualidad del amor materno de María por las almas, que es su coronación y su flor, la flor encantadora y odorífera de la caridad cristiana: la delicadeza, la amabilidad atenta en el ejercicio de esta bellísima virtud.

            Nuestra Señora era en la tierra, por su sencillez, una aparición encantadora. Ella atraía irresistiblemente por la dulzura de su carácter, la amenidad de sus modales, la amabilidad de su trato y la dulce sonrisa que nunca abandonaba su rostro.

            Su incomparable delicadeza y su servicial bondad se deducen claramente de un hecho evangélico, en el que Ella jugó un papel decisivo y que nos ha sido conservado por San Juan, cuyos escritos han enriquecido nuestros conocimientos marianos sobre otros muchos puntos.

            El hecho sucede en Caná, no lejos de Nazaret [71]. Se celebraban unas bodas, en las que, como dice el Evangelio, estaba presente la Madre de Jesús, y a las que fue invitado también Jesús con sus discípulos. No se sabe por qué causa, pero muy rápido el vino llegó a faltar. La Madre de Jesús se da cuenta del aprieto de sus anfitriones. Con una oración implícita hace saber el apuro a su Hijo por estas sencillas palabras, que lo dicen todo: «No tienen vino».

            Jesús, a primera vista, parece rechazar el pedido implícito de su Madre con palabras de sentido un poco oscuro para nosotros, y añade: «Aún no ha llegado mi hora».

            María no se desconcierta por este rechazo aparente. «Haced lo que El os diga», ordena a los servidores del festín. Y, en efecto, algunos minutos más tarde Jesús transforma en excelente vino el agua de que estaban llenas seis grandes tinajas de piedra, que estaban allí para servir para las purificaciones.

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            Muchas consideraciones se imponen a nosotros ante la narración de este prodigio. Al contarnos esta intervención decisiva de la Santísima Virgen en este episodio tan importante de la vida de Jesús, San Juan quiso subrayar el irresistible poder de la oración de Nuestra Señora y su universal intervención para obtener maravillas del poder y de la bondad divinas.

            Jesús parece negarse al principio; pero no es más que para mostrar aún mejor la fe y la confianza de su Madre amadísima.

            Tenemos aquí una prueba palpable del maravilloso ascendiente que Dios ha querido conceder sobre su Corazón a Aquella que es su Madre y Esposa espiritual. Nada puede resistir a su oración, ni en el cielo ni en la tierra… La palabra de San Bernardo nos viene aquí a la memoria: «¡Al imperio de Dios todo se somete, incluso la Virgen; y al imperio de la Virgen todo se somete, incluso Dios!». Ella es realmente la Omnipotencia suplicante.

            ¡Qué considerable es que Dios haya atribuido a la Santísima Virgen una intervención tan decisiva en la realización del primer milagro de Cristo, por el que El inaugura su vida pública, manifiesta su gloria por vez primera, y se gana definitivamente a sus primeros discípulos!

            Por sus méritos y sus oraciones María había obtenido la Encarnación y adelantado la hora de la venida del Hijo de Dios a este mundo. Por las mismas oraciones y la misma santidad Ella adelanta ahora la manifestación de Jesús al mundo, pues «su hora aún no había llegado».

            Durante toda su vida oculta Jesús vive unido a su Madre y le es obediente y sumiso. Volvemos a encontrar esta unión y una cierta dependencia de María al umbral de su vida pública, que por eso mismo queda totalmente marcada de un sello mariano.

            María sabía que su Jesús, en su amor inmenso hacia Ella, no iba a negarle nada. Por eso, a pesar de todas las apariencias contrarias, Ella dice tranquilamente a los servidores: «Haced lo que El os diga». Ella no sabe exactamente qué va a suceder, pero está firmemente convencida de que algo sucederá, que su deseo se verá cumplido, y que sus protegidos serán sacados del aprieto.

            Constatación de gran importancia, que aunque no se refiera al fin principal que aquí intentamos, debíamos subrayar a causa de su valor excepcional desde el punto de vista mariano.

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            Hemos referido este hecho sobre todo para resaltar en la Santísima Virgen, que es nuestro Modelo también en este punto, la delicadeza atenta de su caridad.

            Es probable que no fuera necesario hacerle saber que se dejaba sentir la falta de vino. Con tacto, esta delicadeza que es propia de ciertas personas y que la Santísima Virgen poseía al más alto grado, Ella adivinó sin duda el aprieto de quienes la habían invitado. Todo esto no es inverosímil.

            Pero lo que en todo caso parece cierto, es que no se pidió su intervención para remediar esta situación. ¿Qué podía hacer Ella? Jesús aún no había hecho ningún milagro. Nadie podía sospechar que El podía, a su gusto, alterar las leyes de la naturaleza. Sólo María, juntamente con el mismo Jesús, conocía este poder.

            Así pues, por sí misma, sin que nadie se lo pidiese, por bondad de alma, por compasión por el aprieto de sus anfitriones, Ella intervino ante su Hijo, y alcanzó de su Corazón un milagro, el primero que haya realizado.

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            Esta debe ser también, a ejemplo de Jesús y de su Madre, nuestra propia caridad: amable, atenta, delicada.

            Debemos ayudarnos unos a otros, hacernos favores mutuamente, pero no de manera huraña, con palabras duras, enfurruñándose, refunfuñando, visiblemente a regañadientes.

            Para hacer un favor no esperemos a que nos los pidan, y menos aún a que nos insistan y supliquen. Si no, perdemos el cincuenta por ciento, y más, del mérito del favor hecho. Estemos dispuestos a socorrer al prójimo a la primera señal, al primer pedido; más aún, adelantémonos a los deseos de los demás, buscando la ocasión para complacernos unos a otros, «honore invicem prævenientes», dice San Pablo; por respeto a nuestra dignidad de hijos de Dios y de la Santísima Virgen, seamos atentos unos con otros… Seamos afables, sabiendo también hacer un favor desagradable de manera amable, con una sonrisa. Cuando algunos cristianos hacen algún favor, se diría que se les hace uno a ellos, por la buena gana con que lo hacen. Y en el fondo es así. Pues «mayor felicidad hay en dar que en recibir», dice el Señor [72]. Y quien hace un favor por un motivo sobrenatural gana con esto mucho más que aquel a quien se hace este favor…

            La vida en las familias, y también en ciertos conventos, es a veces poco agradable, incluso dura. ¡Qué hermosa y soleada sería esta misma vida, si todos nos ejerciéramos en tratarnos amablemente unos a otros, en complacernos y mostrarnos mutuamente buenos modales! «¡Qué bueno y dulce es habitar los hermanos todos juntos!» [73], canta el Salmista. Bajo la mirada y con los alientos de nuestra Madre, ayudemos a realizar este ideal en la familia natural o religiosa de que formamos parte.

            Se habla a veces del «apostolado de la sonrisa». Es cierto que las personas habitualmente sonrientes ejercen una misteriosa fuerza de atracción. Cuesta más que a las demás resistirles o negarles algo.

            Hay personas que tienen esta amabilidad y afabilidad por naturaleza. Que se sirvan de ellas para bien y dicha de sus semejantes. En todo caso, esforcémonos por ser, mediante una bondad amable y una alegría dulce, el buen olor de Jesús y de María.

            Quien quiere hacer apostolado, sobre todo mariano, debe ejercerse en este trato afable, en estos modales atractivos, siempre con espíritu sobrenatural, a fin de atraer a todo el mundo al servicio de amor de la Reina, y por Ella al de Cristo y de Dios, que es Caridad.


 

XV
Las Enemistades

            La Santísima Virgen, después de Cristo, es nuestro Modelo. «Es preciso, en las acciones —dice San Luis María de Montfort—, mirar a María como un modelo acabado de toda virtud y perfección, que el Espíritu Santo ha formado en una pura criatura, para imitar según nuestra pequeña capacidad. Es menester, pues, que en cada acción miremos cómo la hizo María, o como la haría si estuviese en nuestro lugar» [74].

            En los capítulos precedentes hemos contemplado atentamente este modelo, y estudiado sucesivamente las actitudes de la Santísima Virgen con Dios, con Jesús y con los hombres.

            Ahora hemos de considerar otro aspecto importantísimo de esta materia: las actitudes de la Santísima Virgen con Satán y todo lo que viene de él o colabora con él.

            Hay personas que encuentran melosa o sosa la devoción a la Santísima Virgen, sin nervio ni energía, buena a lo sumo, o al menos principalmente, para mujeres y niños.

            Estas personas se equivocan. Y es que no han comprendido bien ni captado del todo en qué consiste la devoción mariana.

            La devoción a Nuestra Señora es, ciertamente, amor y confianza filial; pero también es odio, lucha, conquista: y, por lo tanto, es ante todo devoción de los hombres, si fuera preciso hacer aquí una distinción entre el hombre y la mujer.

            María es toda amor por Dios, porque es su Madre, y también por los hombres, porque también es Madre de ellos. Pero Ella es, además, y en la misma medida, el odio encarnado y la enemistad subsistente contra Satán, que es el enemigo de Dios y de las almas: pues en resumidas cuentas el odio es el reverso del amor.

            También debemos resaltar el lado fuerte de la devoción mariana perfecta en esta hora sobre todo, en que el mundo parece estar implicado en una lucha a muerte desde el punto de vista religioso; en esta hora en que parecemos encontrarnos, según los avisos repetidos del Sumo Pontífice, ante batallas que la historia nunca jamás había conocido hasta ahora.

            María debe estar a la cabeza en estas luchas, como nuestro Modelo y nuestra Capitana. Es la hora en que debemos destacar su misión como Generala de los Ejércitos de Dios, en subordinación a Cristo. Por otra parte, tanto en la teoría como en la práctica, este punto es uno de los aspectos principales y culminantes de la doctrina mariana de Montfort.

            Como siempre, expondremos en primer lugar la doctrina católica sobre este tema. ¿Qué nos enseñan la Escritura y la Tradición sobre el papel de la Santísima Virgen en esta lucha secular y mundial? La Escritura, considerada no solamente con ojos humanos, sino como libro inspirado, del que Dios mismo es Autor principal; la Escritura, iluminada e interpretada por la enseñanza de los Papas, de la Iglesia. Y la Iglesia, enseñándonos no solamente por medio de definiciones dogmáticas que debemos aceptar bajo pena de quedar excluidos de su seno, sino también por el magisterio ordinario, pero igualmente infalible, de los Papas y Obispos.

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            Apoyándose en los Padres y Doctores de la Iglesia, San Pío X, en su gran Encíclica mariana Ad Diem illum, dice que «tene­mos en María, después de Cristo, el fin de la Ley y la realidad de las figuras y profecías» del Antiguo Testamento.

            Dios todopoderoso e infinitamente sabio ha querido dar a la humanidad por adelantado, en personas, acontecimientos y cosas, unos como esbozos de la obra maestra más perfecta —después de Cristo— que un día debía ofrecer al mundo: la hermosísima, purísima y perfectísima María.

            Y así como el artista, en cada esbozo, intenta reproducir ante todo, uno por uno, tal o cual rasgo particular, esta o aquella actitud, esta o aquella disposición de alma de su modelo, para poder combinar y sintetizar más tarde todos estos rasgos en un retrato vivo y parecido; del mismo modo el gran Artista que es Dios quiso que algunas personas y símbolos del período de preparación a la venida de Cristo nos diesen un esbozo anticipado de las diferentes virtudes, privilegios y funciones de la Mujer única, que debía reunir en su sola persona, pero superándolos al infinito, toda la piedad, todas las virtudes, toda la perfección, todo el poder, toda la grandeza, toda la gloria y celebridad de todas las mujeres de la Antigua Ley. Es sumamente interesante, edificante y conmovedor estudiar todo esto en los Libros Santos [75].

            La Mujer que ha de venir es figurada ya como nueva Eva, como Madre de todos los vivientes, como Ayuda fiel y Socia indisoluble del Reparador, del Redentor, del nuevo Adán; ya como signo de reconciliación, como Mediadora entre el Rey airado y la humanidad culpable. Ella será la Reina que, revestida de esplendor, se mantiene a la diestra del Rey, la Esposa indeciblemente amada, que arrebató el Corazón del Esposo.

            Y si seguimos recorriendo y meditando las Páginas sagradas, nos invade un estremecimiento repentino… La Mujer, que resume y supera toda la bondad, toda la santidad, toda la grandeza de las mujeres de la Antigua Ley, será también, ¡oh sorpresa!, la Mujer fuerte, la Mujer combatiente, la Mujer poderosa por sí sola como todo un ejército en orden de batalla… De repente esta misma Mujer se alza ante nosotros en medio del estruendo de las armas, en pleno choque de los ejércitos…

            Ante nuestros ojos asombrados Ella se alza como la profetisa Débora, que decide al general Barac a la lucha contra el rey Jabín de Canaán y contra Sisac, su comandante en jefe, y le promete la victoria; victoria que, así como comienza por el aliento de una mujer, se consumará por las manos de otra mujer, Jahel, también figura fragmentaria de María, que un día ha de vencer al jefe de los enemigos de Dios: pues cuando Sísara se esconde en la tienda de Jahel, esta, con mano firme, toma un martillo y una estaca, y con algunos golpes enérgicos atraviesa las sienes del jefe adverso y lo deja clavado, impotente, en el suelo.

            Otra mujer de valor, Judit, es una figura, querida por Dios, de la Mujer «triunfadora de todas las batallas de Dios». Holofernes, general de Nabucodonosor, amenaza a Israel, y con fuerzas aplastantes asedia la ciudad de Betulia. La piadosa Judit levanta el ánimo de sus conciudadanos. Su oración y su bravura heroica apartarán del pueblo de Dios las desgracias que lo amenazan. Con un pretexto es admitida en el campamento enemigo y hasta en la tienda de Holofernes. Fortalecida por la oración, se apodera de la propia espada del general enemigo y le corta la cabeza. A toda prisa regresa entonces a Betulia y ordena un ataque general, que culmina con la huida en desbandada de los Asirios. Una vez más el pueblo elegido, el pueblo de Dios, se ve a salvo.

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            Si lo reflexionamos atentamente, no podemos extrañarnos de estas prefiguraciones guerreras de la Santísima Virgen, que tienen todas por tema la liberación y victoria del pueblo de Dios por el aplastamiento del jefe de los ejércitos enemigos. No son más que variaciones, bajo diferentes formas y en distintas circunstancias, del tema fundamental del cristianismo, de la historia del mundo, tema formulado por Dios mismo cuando, después de la caída de Adán y Eva, la divinización y la salvación de la humanidad tomó una nueva forma: la forma de una revancha sublime de Dios contra Satán, revancha para la que El se servirá, en sentido contrario, de las mismas armas de que se sirvió Satán para vencer a la humanidad y, en cierto sentido, a Dios mismo. Este es el sentido del oráculo primordial que la Tradición ha llamado Protoevangelio, o Evangelio anticipado:

            «Por haber hecho esto…,
            pondré enemistades entre ti [Serpiente] y la Mujer,
            y entre tu descendencia y la suya:
            Ella te aplastará la cabeza,
            mientras acechas tú su calcañar»
[76].

            Junto a Cristo, e incluso antes que a Cristo, se nombra y anuncia aquí a la Mujer en el primer mensaje de esperanza y de salvación.

            Los exegetas han discutido hasta el hartazgo sobre el sentido literal, típico, plenario, etc., de este oráculo. Para nosotros no hay duda de que en sentido literal y fundamental se anuncia a María, aunque bajo el velo de la profecía. Esto nos parece probado tanto por los textos de los Papas, especialmente el de Pío IX, como por el contexto de toda la Escritura, que en resumen no forma más que un libro, la Biblia, y por los hechos ulteriores, que a veces son los únicos en dar la certeza sobre el verdadero contenido de una profecía. Existe, pues, una Mujer —el Evangelio y toda la historia de la Iglesia lo prueban— que se encuentra junto a Cristo, de la que El nació, que llevó y llevará con El hasta el fin la lucha por Dios y por las almas, y que reúne por consiguiente todas las cualidades de esta profecía. Siendo así las cosas, ¿cómo se puede ver anunciada en esta profecía, a la que la Iglesia ha dado siempre la mayor importancia, a una persona que no sea María? ¿cómo se puede ver designada a Eva, o a la mujer en general, interpretaciones en que no se realiza para nada el sentido completo que la Iglesia encontró siempre en este pasaje? [77].

            En el siguiente capítulo, siguiendo a San Luis María de Mont­fort, trataremos de sacar todas las riquezas acumuladas en este texto. Encontraremos en ellas toda la misión de María como Madre de Cristo, y por lo tanto de Dios, y como Madre de los hombres, como Corredentora y Mediadora de todas las gracias. Esta última misión de María queda representada, puesto que lo es también en realidad, bajo la figura de una lucha encarnizada contra Satán, cuya cabeza aplasta María, mientras que Eva fue vencida por el demonio.

            Algunos instantes solamente de reflexión sobre este oráculo fundamental nos harán intuir el lado fuerte, combativo y conquistador de la devoción mariana, y decidirnos sin dudar a tomar parte con la Mu­jer a su odio santo, a sus luchas, a sus victorias.


 

XVI
El Gran Oráculo

            En el capítulo precedente hemos comprobado que en el versículo 15 del capítulo 3 del Génesis debemos ver realmente el anuncio divino de la Santísima Virgen. Vamos a estudiar ahora de más cerca este gran oráculo. Invitamos a nuestros lectores, no sólo a una lectura, sino a una meditación. Y es que es maravillosamente rica y profunda esta primera palabra que Dios pronunció sobre su Hijo, sobre sus hijos adoptivos y sobre María, la Madre de esta doble descendencia, que en resumen no es más que una sola. Se diría que, bajo el imperio de su inmenso amor, Dios ha querido decirlo todo a la vez sobre su Amada, su Hija, su Madre, su Esposa.

            Queda claro que, para descubrir toda la riqueza de este texto de importancia incalculable, es de buena hermenéutica que podamos servirnos de todo lo que Dios ha revelado en los siglos posteriores.

            Al tratar largamente de este oráculo, caminamos tras las huellas de nuestro Padre de Montfort, que en el «Tratado de la Verdadera Devoción» [78] y en su «Oración Abrasada» da una amplia explicación y paráfrasis de este precioso texto. Lo reproducimos aquí:

                          Pondré enemistades
                          entre ti y la Mujer,
                          y entre tu descendencia y la suya;
                          Ella te aplastará la cabeza,
                          mientras acechas tú su calcañar
.

            «Enemistades…». Se anuncia aquí una mujer, Madre de una descendencia bendita: a este doble título Ella tendrá un corazón lleno de amor. Pero lleno también de aversión y enemistad, porque, como ya hemos dicho, el odio, en definitiva, no es más que el reverso del amor. Y es notable que tanto la primera palabra sagrada que la Escritura dice de María, como las últimas que sobre Ella nos dice el Apocalipsis [79], son palabras de enemistad, de lucha y de combate.

            «Enemistades…». Resaltada de este modo, esta palabra sólo puede significar, como se ha observado frecuentemente, que entre María y Satán no habrá más que eso: odio y aversión; y que Ella será, por lo tanto, como un odio viviente y personificado del demonio y de todo lo que viene de él y colabora con él.

            «Enemistades…». Nada más que eso. Por lo tanto, esta Mujer estará siempre y en todas partes en lucha con Satán, su adversario eterno. Y este odio no se apagará ni debilitará jamás; en esta lucha no habrá jamás ni debilidad, ni compromiso, ni armisticio, ni capitulación alguna, menos aún alianza o paz… Dondequiera la encontremos en este mundo, en su eterno goce de la bienaventuranza celestial, en la continuación de su existencia entre nosotros por su influencia y su acción, en todas partes la hallaremos bajo el mismo signo de la contradicción, del combate, de la lucha sin tregua y sin piedad contra el Enemigo de todo bien.

            Por lo tanto, oh María, de todas las puras creaturas, Tú eres la única inmaculada, pura, sin mancha, desde el primer instante de tu Concepción… Por lo tanto, por una protección de Dios totalmente especial, Tú has sido impecable ya desde este mundo… Por lo tanto, Tú «eres toda hermosa», oh María, libre de toda falta grave o leve, y de la más leve imperfección.

            «Ponam… Pondré enemistades», dice el Señor. Es una enemistad totalmente divina, dice Montfort, y la única de que Dios es Autor. Esto nos hace sospechar qué profunda y radical es esta aversión, cavada por Dios mismo en el Corazón de su Madre. Dios es el Autor y el Principio de este odio. El es el fin último, el supremo motivo y el adorable signo de contradicción de esta lucha implacable. Es una enemistad totalmente divina, por parte de la Mujer, se entiende. Entre Ella y el demonio lo que está en juego son las almas, sin duda, pero mucho más —y en el fondo únicamente— Dios solo, inmensamente amado por una parte, y odiado y ferozmente maldito por la otra.

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            «Entre ti y la Mujer…». Este odio se establece, y esta lucha se realizará, en un sentido que debemos comprender bien, ante todo entre María y el demonio.

            Estas enemistades, como pronto veremos, van a comunicarse a la descendencia de María, que es el mismo Jesús, y a sus hermanos, que son los miembros de su Cuerpo místico.

            Por lo que a estos últimos se refiere, constatemos que la aversión y el ardor de todas las almas santas juntas en el combate contra Satán y el pecado, no puede compararse con la santa ira e indignación profunda de María contra Satán y su calaña. Y por su par­te Sa­tán aborrece más a Aquella a quien mira como su Adversaria personal, que a todas las almas predestinadas de todos los siglos.

            «Entre ti y la Mujer…». El odio y aversión de Cristo contra Sa­tán y el pecado son, de suyo, infinitamente más profundos que los de su Madre.

            Y sin embargo, en cierto sentido, Lucifer detesta más a la Mujer que al mismo Cristo.

            Satán, en la primera fase de la lucha, se volvió no hacia el hombre, sino hacia la mujer, y por ella logró vencer al hombre y a toda su raza. En el segundo «round» de este gigantesco combate la Mujer se verá enfrentada de nuevo con Satán. El verdadero vencedor, en el fondo, será el Hombre por excelencia, el nuevo Adán, Cristo. Pero, según el principio de la «recapitulación», de la revancha sublime, adaptada en todos sus detalles a la primera partida perdida, Cristo se ocultará muy a menudo detrás de su Madre. Esta, sobre todo después de la muerte de Jesús, tendrá una parte muy aparente en la lucha que constituye el fondo de la historia humana. Siempre y en todas partes la Serpiente encontrará a la Mujer en su camino para detectar sus astucias, desbaratar sus emboscadas y aplastarle la cabeza. Ella, y siempre Ella, estará allí para oponerse a sus empresas y hacerlas fracasar. Su aparición lo hace estremecerse de cólera y de temor. Además, le da rabia la vista de Aquella que ocupó su lugar en lo más alto de los cielos, de Aquella que por su humildad conquistó lo que él había perdido por orgullo. Finalmente, ¡qué punzante humillación es para el orgulloso príncipe del infierno ser vencido por una mujer, por una humilde virgen, que se proclama «esclava del Señor», cuando Lucifer quiso llegar a ser semejante al Altísimo y escalar su trono!

            «Entre ti y la Mujer…». Estas palabras quieren señalar también que María será del lado del bien, de la humildad y de la virtud, lo que Satán es del lado del mal, del orgullo y del pecado. Ambos se encuentran respectivamente a la cabeza de los ejércitos del bien y del mal. Ambos son, cada uno a su modo, causa y principio del odio que se comunica a su descendencia. Como Satán es jefe y padre, dice Cristo, de todo lo que es mentira, malicia y pecado, de los demonios, condenados y réprobos; así también María está a la cabeza de todo lo que es bueno, justo y santo, de todo lo que pertenece al partido de Dios. No es que Ella suplante a su Hijo; sino que así como un ejército cuenta con un generalísimo y con un jefe de estado mayor, así también la Santísima Virgen colabora con su Hijo, en subordinación a su mando supremo, en la obtención de la victoria final por Dios y por las almas.

            Y si María debe cumplir una misión tan importante —y la enseñanza de la Iglesia, como más tarde veremos, no deja ninguna duda al respecto—, hay que concluir que Dios le ha infundido todas las cualidades necesarias para dirigir este combate y conducirlo a la victoria: un odio que no se puede desarraigar contra el enemigo de Dios, una perspicacia maravillosa para descubrir y desbaratar las astucias y trampas de Satán y elaborar un plan infalible de batalla, y un poder y una fortaleza invencibles para aplastar y aniquilar el inmenso ejército de Dios con su caudillo infernal.

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            «Entre tu descendencia y la suya…». El odio recíproco de la Serpiente y de la Mujer pasa a su descendencia, a su raza.

            María está al origen y es el principio de estas enemistades para toda su descendencia, aunque de manera diferente.

            Por lo que mira a su Hijo primogénito, aunque su odio supera infinitamente al de Ella, Ella da a Jesús la naturaleza humana por la que será el nuevo Adán, el Glorificador de su Padre, el Salvador de las almas y el triunfador contra Satán. De este modo, Ella es la fuente de las enemistades que Cristo ejercerá en cuanto hombre contra el Príncipe de las tinieblas, de la lucha que llevará contra él y de los triunfos que contra él conseguirá, del mismo modo que está en cierto sentido, por ejemplo, al origen del Sacerdocio de Cristo, puesto que hacerse hombre y revestirse de la plenitud del sacerdocio es para El una sola y misma cosa, y puesto que debe su humanidad a su Madre amadísima. Igualmente, ser hombre quiere decir para El plenitud de santidad, y, por consiguiente, también aversión radical a Satán y al pecado.

            Por lo que se refiere a nosotros, a quienes la Escritura llama de manera tan impresionante «el resto de su descendencia, reliqui de semine eius» [80], la Virgen Santísima nos comunica directamente el horror del mal y la aversión por Satán. Y es que el odio del pecado no es más que el aspecto negativo de la virtud y de la perfección; y por lo tanto es un efecto de la gracia, y la gracia —toda gracia— nos viene, después de Dios y de Cristo, de María y por María.

            «Entre tu descendencia y la suya…». Nuestro Padre de Mont­fort observa justamente: «Dios ha puesto enemistades, antipatías y odios secretos entre los verdaderos hijos y servidores de la Santísima Virgen y los hijos y esclavos del diablo; ellos no se aman mutuamente, no tienen correspondencia interior unos con otros. Los hijos de Belial, los esclavos de Satán, los amigos del mundo (pues es la misma cosa), han perseguido siempre hasta aquí y perseguirán más que nunca a aquellos y a aquellas que pertenecen a la Santísima Virgen» [81]. Volveremos sobre estas persecuciones. Pero no hay tal vez nadie que haya intentado practicar seriamente la perfecta Devoción a María, que no haya recibido en este campo como avisos secretos y sentido una aversión instintiva hacia ciertas personas, sobre las que más tarde se hizo patente que no se podía uno fiar de ellas, y que, a veces de manera espantosa, pertenecían al bando de Satán. Es evidente que hemos de ser muy prudentes respecto a esta clase de sentimientos, pues debemos temer aquí que no se deje entrada a ilusiones y pretextos, y porque de todos modos debemos practicar, incluso heroicamente, la caridad cristiana.

            A ejemplo de Montfort, que bajo todos los aspectos es el tipo ideal del verdadero hijo y esclavo de María, el amigo heroico de las almas, pero también el enemigo irreconciliable del pecado y de los abusos, debemos abrir ampliamente nuestras almas para que de María, la Mujer fuerte, guerrera, triunfadora, cuyos indignos pero aman­tes hijos somos, se derrame en nosotros el odio sano, santo y vivificante de todo lo que se opone a Dios, a Cristo, a María, a las almas.

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            «Ella te aplastará la cabeza…». Hemos hecho notar ya que otras traducciones del libro del Génesis y el texto original hebreo leen aquí: «Ipsum conteret caput tuum: Tu linaje le aplastará la cabeza». Pero repetimos también que podemos seguir con toda seguridad el texto de la Vulgata, la traducción latina oficial de la Iglesia, porque esta traducción no puede contener de ningún modo ningún error doctrinal, y porque es indudable que además traduce exactamente, si no la letra, sí al menos el espíritu de la profecía en cuestión, tal como la entendió siempre la Tradición cristiana. «Por haber hecho esto», dice Dios a la Serpiente, «pondré enemistades entre ti y la Mujer», porque tú has contraído una alianza con la mujer contra Mi; tú has vencido al hombre por la mujer; pero en revancha Yo decreto que por la Mujer el Hombre «te aplastará la cabeza».

            Esta ley de la «recirculatio», reconocida por toda la Tradición, incluso la más antigua, exige que la Mujer no sólo viva en enemistad con Satán, sino comparta también la victoria sobre él. A la combinación astuta Satán - Eva - Adán, la infinita Sabiduría de Dios contesta por otra combinación en sentido inverso: Cristo - María - Satán. Esta sublime antítesis exige una participación universal de María en el aplastamiento de Satán. El nuevo Adán, el divino Vencedor de esta batalla secular y mundial, deberá servirse de la nueva Eva como colaboradora y como instrumento universal en todas las fases de su lucha victoriosa. Con la Tradición, los Papas y la Iglesia parafraseamos: «Ella te aplastará la cabeza, mientras acechas tú a su talón».

            «Ella te aplastará la cabeza…». Este aplastamiento del Dragón infernal comenzó en vida propia de la Santísima Virgen, cuando la primera creatura humana quedó sustraída a su potestad por la Concepción Inmaculada de María y cuando, en esta vida sin falta alguna, y en cierto modo impecable, Ella le infligió derrota tras derrota. En efecto, en esta existencia no hay lugar para el pecado, que es el triunfo de Satán; ni para el pecado grave ni para el pecado venial, ni siquiera para la más leve imperfección, de modo que, en esta vida, no se concedió nunca la menor satisfacción al infierno.

            «Ella te aplastará la cabeza…». María participa en todas las derrotas infligidas a la Serpiente. Ella participa en la gran victoria central y decisiva lograda contra Satán por la vida y muerte de Jesús, pues Ella es Corredentora con el Redentor, y por tanto Cotriunfadora con el gran Vencedor. Ella participa también en toda victoria conseguida contra los demonios en el transcurso de los siglos por la Iglesia o cualquier alma; pues cada triunfo sobre Satán, tanto colectivo como individual, es a las claras obra de la gracia, y María es la Mediadora de toda gracia sin excepción: su misión como Adversaria personal de Satán es una consecuencia, o mejor dicho, un aspecto o forma de su Mediación universal de todas las gracias. Y por eso no hay ninguna vida humana ni ningún período agitado de la historia en que, después de Cristo, no debamos atribuir a María, la gloriosa e invencible Adversaria del infierno y de los demonios, todo triunfo del bien sobre el mal, de la virtud sobre la iniquidad, de la verdad sobre la mentira, de la pureza sobre el vicio, de la fe sobre la herejía.

            «Ella te aplastará la cabeza…». No se trata sólo de expulsar, alejar o herir al adversario, sino de aplastarlo. En su propia vida, en la existencia de sus hijos y esclavos de amor, en la historia de la Iglesia y del mundo, Ella infligirá al demonio una derrota total y definitiva. Quien le está y permanece íntimamente unido por una Consagración total, por un recurso confiado y constante, por una imitación de cada instante, alcanzará una victoria brillante sobre el Espíritu de orgullo y de malicia. ¡Qué pensamiento tan consolador para quienes quieren pertenecerle enteramente y para siempre!

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            «Mientras acechas tú su calcañar…». Tú tratarás de herirla en el talón. Una serpiente, con mil ardides y vueltas, se esconde y se desliza para morder el pie que trata de aplastarlo, e inyectarle su veneno mortal.

            A la Mujer, a quien durante su vida en esta tierra la Serpiente trató en vano de seducir y vencer, trata de dañarla ahora en su doctrina. La táctica de Satán es la de intentar disminuir y empequeñecer por todos los medios a la Santísima Virgen a los ojos de los hombres. Por las grandes herejías que suscitó en otro tiempo trató de arrebatarle sus joyas más preciosas, la Maternidad divina, su perpetua Virginidad. Los falsos sistemas modernos, el protestantismo, el jansenismo, el racionalismo, el modernismo y otros, se pusieron de acuerdo en atacar de consuno sus grandezas y glorias, además de otros puntos de doctrina. Es también incontestable que muchos escritores católicos «racionalizantes» y supuestamente sabios se esfuerzan por minimizar sus privilegios o ponerlos en duda, como por ejemplo su Corredención o su Mediación universal de todas las gracias. Y países que hasta estos últimos tiempos parecían inmunizados contra semejantes aberraciones, como por ejemplo Francia, son atormentados ahora por influencias nefastas, que se ejercen a veces a plena luz, pero más a menudo por medio de tractos anónimos sembrados con profusión. Hay que notar que, mientras que en otros puntos de doctrina se es más benigno, en Mariología se exige una demostración que aporte una certeza absoluta.

            Satán combate también a su gloriosa Adversaria en su culto. Donde le es posible suprime en el espíritu y en el corazón de los cristianos todo amor y devoción a la santa Madre de Dios. Protestantes y Jansenistas rivalizaron con sus esfuerzos por ahogar la devoción mariana en el alma de los cristianos. Satán trata de introducir abusos entre las prácticas del culto mariano, él, el «hombre enemigo» del Evangelio, que siembra la cizaña encima de la buena semilla, con la esperanza de que con la cizaña se arrancará también un día la hermosa y buena cosecha mariana. Montfort, en su «Tratado de la Verdadera Devoción a la Santísima Virgen», escribió páginas vibrantes de emoción e indignación, para quejarse de que no sólo herejes y cismáticos, sino también católicos, y doctores entre estos, no conocen a María más que de un modo muy imperfecto e incompleto, y hacen todos sus esfuerzos por comprometer las prácticas más autorizadas de la devoción mariana, bajo pretexto de suprimir sus abusos… ¡Lo que Montfort escribía en 1712 no ha perdido, desgraciadamente, nada de su actualidad en 1954! [82].

            Satán combate a María en sus hijos, pues, como lo cuenta el Apocalipsis, cuando la Mujer con su Hijo fue sustraída al furor del Dragón, este «se fue a hacer la guerra al resto de su descendencia» [83]. El atormentará a los verdaderos servidores de María de todos los modos posibles, con enfermedades y tribulaciones, con contradicciones y persecuciones, y perseguirá con sus más terribles tentaciones y sus más peligrosas seducciones a quienes María ama con un amor de elección, y a los cuales, por otra parte, Ella, siempre victoriosa, cubrirá con su protección.

            Lo que acabamos de decir de la devoción mariana y de los servidores de María en general, debemos afirmarlo más especialmente aún del culto mariano llevado a su más elevada expresión, y de aquellos que, queriendo amar a María del modo más perfecto, serán para Satán, según la expresión de nuestro Padre, como la «reproducción» de María en este mundo.

            El librito del «Tratado de la Verdadera Devoción», que debía comunicar al mundo de las almas esta forma más elevada de amar y servir a María, el diablo lo desgarró con rabia, y lo mantuvo escondido por espacio de 130 años, tratando de sepultarlo definitivamente «en las tinieblas y el silencio de un cofre» [84]. Todos los medios le parecen buenos para oponerse a la difusión de esta devoción mariana más excelente. Suscita malentendidos, inspira a los cristianos mundanos una aversión profunda y un desprecio orgulloso hacia este servicio mariano de mayor perfección. Consigue sublevar contra él a hombres de buena voluntad, y hace surgir contra él toda clase de dificultades y objeciones en las almas. Y cuando ha agotado todos los expedientes, extravía las cartas, hace saltar si es preciso las máquinas de imprenta para impedir la difusión de lo que le da una rabia impotente… Hay aquí algo que provoca asombro, y es que el diablo se obstine en sus resistencias impotentes, cuando debería saber por experiencia, y lo sabe de hecho, que todos estos ardides y todos sus ataques son inútiles a fin de cuentas, y que su temible Adversaria tendrá siempre y sin excepción la última palabra.

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            «Mientras acechas tú su calcañar…». En estas terribles emboscadas tendrá siempre una parte principal el talón de la Mujer, que debe aplastarle la cabeza. El talón de la Mujer lo son ya en parte todos los que se aplican a llevar una vida mariana más perfecta. Montfort, en efecto, en su célebre profecía recordada más arriba que predice la suerte de su librito, anuncia que «estas fieras convulsas… atacarán y perseguirán aun a aquellos y a aquellas que lo lean y lo lleven a la práctica» [85]. En otro lugar dice que «los servidores fieles de esta buena Madre» —y está hablando sin lugar a dudas de los esclavos de amor de Nuestra Señora— «tienen tantas ocasiones de sufrir, y más que los otros que no le son tan devotos. Se los contradice, se los persigue, se los calumnia, no se los puede sufrir» [86]. A estos ataques multiformes del demonio quedarán expuestos mucho más aún quienes trabajan por el reino de María, quienes ponen su vida bajo el signo del apostolado mariano, nuestros propagandistas, los «sacerdo­tes de María», que se toman en serio su Consagración mariana y tratan de sembrar en las almas la preciosa semilla mariana…

            Y ¿cómo no enviar aquí un saludo, lleno de amor y admiración, a quien fue el tipo acabado del verdadero esclavo de María y el apóstol infatigable de María, nuestro santo Padre de Montfort? El fue realmente el «talón» de la Mujer; y por permisión de Dios y de Nues­tra Señora, pero por intermedio del odio impotente del demonio, fue pisoteado y aplastado, perseguido y expulsado, ridiculizado y mofado, incluso golpeado y maltratado por Satán en persona, y casi asesinado más de una vez… Pero, fortalecido por la asistencia de su Madre, permanece tranquilo, apacible, imperturbable y aun feliz y jubiloso en medio de las cruces y pruebas más sangrientas; e irresistible también en palabras y en hechos, no deja de ser uno de los mayores apóstoles de todos los tiempos, obrando aún hoy después de varios siglos —¡y qué profundamente!— en millones de almas. Todo ello porque fue, más que nadie, el talón de la Mujer, el vencedor incomparable de Satán, triunfando sobre él y aplastándolo realmente en un número incalculable de almas…

            Todos nosotros queremos ser también los hijos, servidores y apóstoles de Nuestra Señora, los propagandistas de su amor y devoción bajo su forma más hermosa y elevada… Y nadie de nosotros será lo bastante cobarde para sustraerse a su servicio de amor y al ejercicio de su apostolado porque tenga que luchar y combatir, y recibir por eso golpes y heridas. Sufrir y combatir con Ella y por Ella es un honor, una alegría. Las cruces de los esclavos de amor de Nuestra Señora son cruces confitadas, dice Montfort, con el azúcar de la dulzura materna de María. Nosotros también contribuiremos a aplastar a Satán en la medida en que aceptemos ser «talón» de la Mujer y tener parte en las humillaciones, en las pruebas y en el sufrimiento, y sobre todo en la medida en que le permanezcamos estrechamente unidos por una pertenencia total y una vida mariana de cada instante.


 

XVII
Esta es la historia del mundo…

            En el famoso oráculo del Génesis, como hemos visto, Dios nos predijo la historia de las almas como siendo la lucha entre Satán y la Mujer, y entre sus descendencias respectivas. La historia del mundo ha sido eso, y lo será hasta el fin. Dos grandes signos reaparecen sin cesar en el cielo en cada fase de la historia humana: «la Mujer, vestida del sol, con la luna bajo sus pies, y una corona de doce estrellas sobre su cabeza» [87], la Madre del «Hijo varón, el que ha de regir a todas las naciones con cetro de hierro» [88]; y enfrente de Ella «un gran Dragón rojo, con siete cabezas y diez cuernos…, cuya cola arrastra la tercera parte de las estrellas del cielo…», el cual «se detuvo delante de la Mujer que iba a dar a luz, para devorar a su Hijo en cuanto lo diera a luz…», y no pudiendo hacerlo, «despecha­do contra la Mujer, se fue a hacer la guerra al resto de sus hijos» [89].

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            Primer acto de esta inmensa tragedia [90]. En lo más alto de los cielos el signo de la Mujer y de su Hijo es mostrado a Lucifer y a sus ángeles. Deben rebajar su grandeza en humilde adoración ante el Hijo, y someterse también al poder real y a la incomparable dignidad de la Madre. El horrible grito de rebeldía resuena entonces en el cielo: «Non serviam!: ¡No, no serviré!…». ¡Cómo! ¡Deshonrar nuestra soberbia naturaleza angélica rebajándola ante seres revestidos de la naturaleza humana, tan inferior a la nuestra! ¡No, jamás! Y la lucha gigantesca se entabla alrededor del signo de la Mujer y de su Hijo. «Miguel y sus Angeles combatieron con el Dragón. También el Dragón y sus Angeles combatieron, pero no prevalecieron y no hubo ya en el cielo lugar para ellos. Y fue arrojado el gran Dragón, la Serpiente antigua, el llamado Diablo y Satanás, el seductor del mundo entero; fue arrojado a la tierra y sus Angeles fueron arrojados con él» [91].

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            Segunda fase de esta lucha mundial y secular: el Dragón, por medio de la serpiente, seduce y hace caer a la primera pareja humana, Adán y Eva, en el Paraíso terrenal. Satán se ríe sarcásticamente. Acaba de triunfar. Su envidia de la humanidad ha quedado satisfecha. Por un momento pensó haber vencido, en Adán y Eva, a la Mujer y a su Hijo. ¿Acaso no envenenó la raza humana en su misma fuente?… Su alegría malsana es de corta duración. Dios pone entonces el otro gran signo: la Mujer, que será pura enemistad contra él, y su Hijo, en quien y por quien la Mujer le aplastará la cabeza… Y es­te triunfo comienza al punto; pues por la fe y la esperanza en Aquellos que deben venir, Adán y Eva son purificados, santificados y salvados, y toda su descendencia, si está de buena voluntad, podrá salvarse, mientras espera su venida, en virtud de los méritos futuros pero ya previstos del Hijo y de la Madre. Y los siglos que se siguen son una larga y paciente espera, y también un anuncio y una descripción en profecías y en figuras, cada vez más completa y detallada, del Redentor y de la Corredentora, del Mediador y de la Mediadora, del Rey y de la Reina, cuyo reino ha de poner fin a la dominación de Satán.

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            Tercera fase del gran drama: la vida terrestre de Jesús y de su Madre. La Mujer ha dado a luz a su Hijo. Por una persecución sangrienta, el Dragón trata de devorar a este Hijo. Pero Este es sustraído milagrosamente a su furor. Luego la lucha va a dormitar durante algún tiempo, hasta que, durante la vida pública de Jesús, vuelva a encenderse y se entable con la violencia más extrema. María, con su Hijo, toma una parte decisiva en la lucha. Ella permanece fielmente junto a El en la guerra contra la Serpiente. Ella sigue la táctica de Jesús, y se sirve de sus mismas armas: la humildad y la pobreza, el trabajo y la oración, y sobre todo el sufrimiento y la cruz. Y en la Cruz, en el Calvario, donde en principio se decide el desenlace de la lucha para gran des­honra de Lucifer, que creyendo vencer definitivamente, es vencido y derribado definitivamente en ese justo momento, María se mantiene al lado de su Hijo, no teniendo con El más que un solo corazón, una sola alma, un solo amor, una misma voluntad de sacrificio, y siendo con El una sola cosa para triunfar contra el Dragón, pero al mismo tiempo para recibir juntamente con El la punzante herida de su dolorosa Pasión por parte de la Serpiente, que por esta misma Pasión se ve humillada, derribada y aplastada…

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            Cuarta fase de la batalla entre María y Satán. Por su gloriosa Ascensión el Hijo es «arrebatado hasta Dios y hasta su trono» [92]. A Ella misma «se le dieron las dos alas del águila grande» [93], y por la Asunción Ella vuela a su lugar, a la radiante soledad del Paraíso, donde es alimentada con la Sustancia misma de Dios fuera del alcance de la Serpiente.

            Entonces comienza, si se quiere, el cuarto período de esta maravillosa batalla: el Dragón, «despechado contra la Mujer, se fue a hacer la guerra al resto de sus hijos, los que guardan los mandamientos de Dios y mantienen el testimonio de Jesús» [94]. Esto es, en resumen, lo que debe suceder hasta el fin del mundo bajo las más diversas formas, a un ritmo a veces vertiginoso, a veces más lento, pero en todo caso con una violencia que crecerá cada vez más hacia el fin, cuando el Dragón sepa «que le queda poco tiempo» [95]. Esta es realmente la quintaesencia de la historia del mundo.

            ¡Fuera aquí toda estrechez y toda pusilanimidad! Aceptemos y admiremos las obras de Dios en su plena realidad y en toda su grandeza. Satán hace la guerra a las almas por odio contra Dios, es cierto, pero la Escritura constata que lo hace también por odio contra la Mujer, cuya descendencia ellas son, y contra la que él mismo no puede atentar. Y además, también es la Mujer quien, como hemos visto, sostiene y fortifica a sus hijos y los conduce a la victoria contra el Dragón. «Por Ti el Señor ha destruido a todos nuestros enemigos», canta la Iglesia. Y también: «Tú sola has destruido todas las herejías en el mundo entero». Su estandarte azul y blanco ondeó siempre por encima de los ejércitos fieles de Cristo Jesús.

            Ella es quien inspiró el plan de batalla que la Iglesia, en el transcurso de las edades, concibió, adaptó, remodeló, aplicó. Ella es quien sostuvo a los predicadores del Evangelio, a los misioneros de todos los tiempos y de todos los continentes, desde los apóstoles hasta nuestros días. Ella es quien fortaleció el ánimo de los mártires de los primeros siglos, y los de todas las demás épocas en que Satán trató de ahogar en la sangre y ahorcar en los tormentos a la santa Iglesia de Dios. Ella tuvo una parte activa y pasiva, a menudo de manera evidente, en la lucha contra las grandes herejías, suscitadas por Eutiques, Arrio, Nestorio, Lutero y tantos otros. Y cuando el Islam intentó aniquilar el cristianismo, no por medio de sutilezas teológicas, sino a fuego y espada, y trajo a Europa las hordas de los Sarracenos y de los Turcos, es Ella, incontestablemente, quien frenó la marcha victoriosa del Islam, por las victorias de la católica España y del católico Portugal, por la victoria naval de Lepanto, por el triunfo de Juan Sobieski ante los muros de Viena, y por medio de otras grandes batallas [96].

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            Hay fases de la historia del mundo en que la lucha se vuelve más feroz, y en que Satán intensifica sus esfuerzos por perder a las almas y frustrar la gloria de Dios. Hay tiempos en que la Serpiente levanta más audazmente su cabeza maldita y trata con mayor rabia de inocular su veneno mortal en el talón de la humanidad. Estemos persuadidos, como lo demuestran los hechos narrados anteriormente, de que la Mujer estará sobre aviso para hacer fracasar con redoblada vigilancia los esfuerzos siniestros del demonio, y asistir a sus propios hijos con un amor aún más firme y atento.

            Nuestro tiempo merece el honor de ser considerado como un nuevo período en la lucha secular entre la Mujer y Satán. Nuestra época es la hora de Satán: el tiempo de las logias y de la francmasonería, del espiritismo y del luciferismo, del laicismo y del modernismo, del socialismo y del comunismo, de la desorganización de la familia y de la esterilidad culpable, de la perversión de las ideas y del desorden de las costumbres, cosas todas favorecidas por los modernos poderes de la prensa, del cine y de la radio. Pío XII constataba ya con el nacional-socialismo que la lucha contra la Iglesia había alcanzado un grado de violencia que jamás se había visto hasta entonces. El nazismo desapareció, y desapareció de manera sorprendente. Pero el Dragón tiene siete cabezas… Una de ellas ha sido abatida, pero en nuestros días se alza otra, más repugnante y peligrosa aún: el bolchevismo, el comunismo ateo y perverso, amenaza a Europa y al mundo. Y sus métodos son tan pérfidos y astutos, sus ataques tan universales y sus persecuciones tan temibles, que uno se pregunta si no nos encontramos ya ante la fase suprema de la lucha entre el cielo y el infierno. El futuro es tan amenazador que, humanamente hablando, se podría creer comprometido el triunfo final.

            ¡Temor vano! ¿Acaso no vemos que frente a estos ataques crecientes de Satán se perfila más netamente que nunca en el horizonte de la Iglesia la figura radiante y triunfal de la Mujer siempre victoriosa? ¡Por ser la época de Satán, nuestro tiempo es también la era de María! Este es el sentido de las manifestaciones más frecuentes de la Santísima Virgen, reconocidas por la Iglesia: La Salette, Lourdes, Fátima, Beauraing, Banneux, Siracusa. Jamás se vio nada semejante en el transcurso de la historia. Este es también el sentido de las encíclicas marianas de los Papas, del movimiento de María Mediadora, de los progresos increíbles de la Mariología, del movimiento de consagración a la Santísima Virgen, debido sobre todo a la influencia de los escritos de San Luis María de Montfort, movimiento coronado por uno de los mayores acontecimientos de la historia, la Consagración del mundo al Corazón Inmaculado de María. Este es el sentido de los demás movimientos actuales de devoción mariana: la Cruzada del Rosario, las giras triunfales y beneficiosas de la «Virgen Peregrina» por el mundo, de la Legión de María, el sentido de nuestro movimiento mariano montfortano, tal vez el más importante en intensidad que haya en el mundo. Este es el sentido sobre todo de esta espléndida definición dogmática de la Asunción gloriosa de Nuestra Señora, que consagra oficialmente nuestra época como el siglo de María, y que la misma Liturgia nueva de este misterio señala como «el gran signo que aparece en el cielo». Y este es el sentido, además, del Año mariano, pedido —cosa inaudita en la historia— por Su Santidad Pío XII para conmemorar la definición gloriosa de la Inmaculada Concepción de Nuestra Señora, y que terminó por un homenaje triunfal a la Realeza de María y la institución de esta fiesta, que debe celebrarse en toda la Iglesia.

            Y por eso, a pesar de todos los peligros, a pesar de todas las amenazas, a pesar de todas las tristezas de la hora presente, hemos de mirar el futuro con confianza completa y serena. Y si realmente, como algunos hechos parecen indicarlo y algunas palabras pontificias parecen incluso decirlo, la fase final de las luchas formidables ya ha comenzado, no podrá terminarse más que por un triunfo total, y tal vez también rápido, de la Iglesia de Dios contra todas las fuerzas desencadenadas del infierno, y finalmente por el triunfo de la Mujer y de su Hijo.

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            En todo caso, cuando vengan esos tiempos de falsos profetas y persecuciones terribles, el tiempo en que «el hombre de pecado, el hijo de perdición» [97] aparezca en la tierra, y en que Satán, «sabien­do que le queda poco tiempo» [98], haga un esfuerzo formidable y supremo para establecer su reino de pecado contra el de Dios; cuando, instruido por una experiencia multisecular, produzca su obra maestra, en la que se reproducirá su manera de ser diabólica y se llevará a su apogeo su orgullo, su odio, su crueldad, su espíritu de mentira y su poder infernal; entonces ¡la Mujer estará allí!

            Entonces, según las predicciones tan aceptables de San Luis María de Montfort, enfrente de este supremo despliegue de las fuerzas de su adversario eterno, Ella pondrá su obra maestra. Será la obra incomparable de la Mujer más dulce, de la Madre más amante, de la humildísima Esclava del Señor, de la riquísima Mediadora de todas las gracias, de la poderosa Santificadora de las almas, de la Exterminadora de las herejías y de los demonios, de la invencible Adversaria del infierno y del demonio: obra maestra de amor y de santidad, de humildad y de fortaleza, de santo odio contra Satán y su calaña. Serán los santos de los últimos tiempos, descritos por Montfort, que superarán de lejos en virtud y en gracia a la mayor parte de los demás santos. Serán grandes apóstoles, que superarán a todas las creaturas en celo por la gloria de Dios y la salvación de las almas, en santa ira contra el demonio y el pecado. Obrarán grandes maravillas, y Dios pondrá en sus palabras una fuerza a la que nadie podrá resistir. Serán hijos y esclavos de amor de María, humildes y pequeños como Ella, pisoteados por el mundo como el talón; hijos y esclavos de amor de Nuestra Señora, elegidos y formados, llevados y alimentados, sostenidos y consolados por Ella, y también muy estrechamente unidos a Ella por una devoción perfectísima, y disponiendo así de su propio poder y fortaleza. Estos son los hombres, y tal vez también las mujeres, que han de venir para entablar con la Mujer la lucha final contra el demonio, y que han de llevar esta lucha hasta la victoria decisiva, hasta el triunfo total de Cristo por la conversión de los pecadores e impíos, de los herejes y cismáticos, de los Mahometanos, Judíos y paganos. Este será el reino espléndido de Dios, prometido en las Escrituras, y que será conquistado para Dios y para Cristo por la Mujer y su linaje [99].

            Volvemos a decir que no sabemos si estos tiempos están próximos, o si ya han comenzado. Pero, si experimentamos que la lucha es terriblemente dura y se realiza la palabra del Apocalipsis: «¡Ay de la tierra y del mar! porque el Diablo ha bajado donde vosotros con gran furor» [100], ¡en todo caso nosotros ganaremos la batalla! La Mujer triunfará contra el comunismo, del mismo modo que Ella destruyó todos los errores, y tarde o temprano —el Sumo Pontífice parece creer en una victoria rápida— celebraremos con júbilo el cumplimiento de las consoladoras palabras que concluyen el terrible Mensaje de Fátima: «Al fin mi Corazón Inmaculado triunfará».

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            Cerramos así nuestras consideraciones teóricas sobre un aspecto de la doctrina mariana demasiado poco conocido o tenido en cuenta. Estos pensamientos deberían decidirnos a colocarnos alrededor de Ella en la lucha por Dios y por las almas contra las potestades del infierno.

            Pero no podemos terminar esta exposición sin elevar un cántico de alabanza y de acción de gracias hacia Aquella que, a través de todos los siglos, ha dirigido con tanta fortaleza y perspicacia la lucha por Dios, por Cristo y por su Iglesia. Con todo el amor y el entusiasmo de nuestro corazón, cantémosle con la Iglesia: «Tú eres la gloria de Jerusalén, tú la gran alegría de Israel, tú la suprema exaltación de nuestra raza. Pues mostrarte un alma viril, y tu corazón estuvo lleno de valentía… Por eso la mano del Señor te revistió de fuerza, y serás bendecida eternamente» [101].

            Oh Madre amada, Mujer fuerte e invencible, a tu ejemplo, bajo tu conducta y con tu apoyo, queremos ir también nosotros a la batalla. Nosotros, que amamos lo que Tú amas, veneramos lo que Tú adoras, detestaremos también lo que Tú detestas y condenas, y combatiremos toda nuestra vida por lo que Tú combates. Estamos convencidos de nuestra debilidad y de nuestra inconstancia, y de la inutilidad de nuestros propios esfuerzos aislados. Pero con el Profeta de decimos: «Si venis mecum, vadam; si nolueris venire mecum, non pergam… Si vienes conmigo, voy; pero si no vienes conmigo, no voy al combate» [102]. ¡Contigo y por Ti el triunfo es seguro; contigo y por Ti la victoria será nuestra!


 

XVIII
Renuncio a Satanás…

            El Dios de la paz aplaste pronto a Satanás bajo vuestros pies
(Rom. 16 20)

 

            En nuestros primeros capítulos hemos descrito las relaciones de enemistad existentes entre la Mujer y Satán, y recordado las principales fases de la lucha secular, qué digo, eterna, entablada entre ellos.

            Frente a esta lucha y estas enemistades nosotros, hijos y esclavos de Nuestra Señora, no podemos quedarnos indiferentes. Debemos tomar partido y lanzarnos a la batalla. Puesto que la Santísima Virgen y Lucifer viven en una contradicción tan formal y fundamental, es imposible, totalmente imposible, servir a estos dos señores a la vez. Como decía Jesús, necesariamente odiaremos a uno y amaremos al otro. Por eso nos aferramos a María y renunciamos a Satanás.

            Hacemos esta elección con toda la energía de nuestra alma, con todo el amor de nuestro corazón. Hacemos esta elección como hijos y esclavos de María en nuestro espléndido Acto de Consagración, que se presenta formalmente en este punto como la renovación perfecta de las promesas del bautismo, por las que hemos jurado fidelidad a Cristo: «Yo, pecador infiel, renuevo y ratifico hoy, en vuestra presencia, los votos de mi bautismo. Renuncio para siempre a Satanás, a sus pompas y a sus obras, y me doy por entero a Jesucristo».

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            «Renuncio a Satanás…».

            El demonio, tal como salió de los abismos de amor del Corazón de Dios, es una creatura espiritual perfectísima que, en el orden natural, está incomparablemente por encima del hombre en saber, en querer y en poder. Pero esta rica creatura, seducida por su propia excelencia, se apartó de Dios, se atrevió a emprender la lucha contra El, y se encuentra ahora fijado y encadenado para siempre en la iniquidad, el orgullo, el pecado y el odio a Dios y a su santísima Madre. Por este motivo lo consideramos nosotros también como nuestro enemigo personal, y como tal lo despreciamos, odiamos y combatimos.

            El no es más que la negación de Dios y de su Madre incomparable. Trata de socavar su poder, de arruinar su dominación, de destruir su imperio, y de oponerse sin cesar a los designios de su amor por la salvación de los hombres.

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            Por muchos otros motivos este personaje nos inspira una repugnancia profunda y merece nuestra plena aversión.

            No nos gustan ni la mentira ni los mentirosos. Dios mismo, que es la Verdad, es quien nos inspira esta repulsión. Ahora bien, Satán es un mentiroso, el mentiroso por excelencia. Jesús mismo lo afirma: «No se mantuvo en la verdad, porque no hay verdad en él; cuando dice la mentira, dice lo que le sale de dentro, porque es mentiroso y padre de la mentira» [103]. Satán profirió la primera mentira en este mundo. Por un engaño monstruoso, hizo que nuestros primeros padres prefirieran la muerte a la vida, la ignorancia a la luz, el rebajamiento hacia las bestias a la elevación en Dios. Continúa mintiendo desvergonzadamente a los hombres, sabiendo perfectamente que nos miente horriblemente: trata de hacernos preferir los placeres efímeros a la bienaventuranza eterna; nos presenta la muerte como si fuera la vida; a millones de hombres les ofrece, como alegría suprema, los goces materiales groseros, por los cuales él mismo, como espíritu, no siente más que desprecio.

            Este es Lucifer, un mentiroso, una mentira viviente: ¡no queremos nada con él!

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            Englobamos en una misma reprobación la mentira y el robo. Ahora bien, si Satán es un mentiroso, es también un ladrón y un bandolero. A él se refiere Jesús en primer lugar cuando habla de aquel que no entra por la Puerta, que es El mismo: «En verdad, en verdad os digo: el que no entra por la puerta en el redil de las ovejas, sino que escala por otro lado, ese es un ladrón y un salteador… El ladrón no viene más que a robar, matar y destruir» [104].

            Satán es un salteador de la peor especie, que nos asalta por puro odio y envidia, que no encuentra el menor provecho en arrebatarnos nuestros más preciosos bienes, pero que sin embargo despojó a nuestros primeros padres y a nosotros mismos de tesoros incomparables: justicia original, inmortalidad e impasibilidad, gracia y vida divina, y sobre todo visión beatífica eterna de Dios… ¡Y estos bienes, que Jesús y María nos han devuelto, trata incesantemente de arrebatárnoslos de nuevo!

            Satán es un ladrón, un salteador: ¡no queremos nada con él!

«

            Pero además es un verdugo, un criminal, un asesino: «El es homicida desde el principio» [105], nos dice el Maestro.

            Es un verdugo que, en su odio, no busca más que hacernos sufrir lo más que puede en esta vida, y quiere arrastrarnos con él, para torturarnos por siempre, a su antro infernal.

            Es un criminal, un asesino en masa, asesino de las almas, junto al que los canallas célebres, incluso los inventores y explotadores de los campos de exterminio, en los que perecieron millones de hombres en medio de horribles torturas, son niños inocentes; un asesino en masa, que sofocó la vida divina en cientos de millones de almas, un asesino de Dios mismo en cierto sentido, pues la gracia santificante es la vida de Dios en nosotros.

            Satán es un verdugo, un asesino: ¡no queremos nada con él!

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            Invirtiendo tristes palabras evangélicas, clamemos: «¡No queremos que este, el enemigo jurado de Cristo, reine sobre nosotros! ¡No queremos nada de este Barrabás infernal; al contrario, queremos que reinen sobre nosotros Jesús, nuestro Rey adorado, y María, nuestra Reina amadísima!».

            ¡No tengamos parte con Satán! ¡No avancemos jamás bajo su lúgubre estandarte! ¡No obremos jamás bajo su inspiración ni obedezcamos jamás a sus órdenes!

            Para nosotros ha de ser el gran «Excommunicatus vitandus», el gran Excomulgado de quien se debe huir… Cuando alguien, en la Iglesia de Dios, ha cometido los crímenes más graves, y a pesar de las exhortaciones y avisos persiste en su malicia, se pronuncia contra él la gran excomunión. Desde entonces queda totalmente excluido de la Comunión de los Santos, e incluso en la vida civil se debe evitar todo trato con él. Para nosotros Lucifer es ese gran Maldito, con el que debe evitarse toda comunicación.

            Es muy reprobable la conducta de quienes, movidos por una curiosidad malsana, se ponen en peligro de tener un comercio peligroso y culpable con Lucifer, por el espiritismo, el sonambulismo, las mesas parlantes y otras prácticas semejantes.

            Con Satán tenemos un contacto involuntario y no deseado por las tentaciones, en las que muy a menudo se descubre su garra. Juntamente con Jesús, que consintió en ser tentado por el demonio para merecernos las gracias de la victoria, gritémosle sin dudar y con energía: «Vade retro, Satana! ¡Retrocede, Satanás!».

            Con este triste personaje hemos de comportarnos de manera clara y rotunda, sin ponernos a razonar con este vil seductor: ya sabemos cual fue la desgracia de la primera incauta, Eva. Hemos de apartarnos de él instantáneamente, cerrarle la boca con una orden firme, abatirlo con una sola oración jaculatoria. Y si nos sentimos demasiado débiles para resistirle, debemos huir. Pues somos plenamente conscientes de nuestra debilidad ante este enemigo infernal, pero también sabemos que «todo lo podemos en Aquellos que nos fortifican», Jesús y María.

            Clamemos con Montfort, cuando era golpeado y maltratado por el espíritu de las tinieblas en medio de un espantoso tumulto: «¡Me río de ti! ¡Me burlo de ti! ¡Estoy entre Jesús y María!».

            Ojalá todos nosotros tengamos parte, por nuestra fidelidad a las recomendaciones de la santa Iglesia, y sobre todo por el apoyo de la Adversaria irreductible e invencible de Satán, en la magnífica recompensa prometida a los valerosos luchadores que hayan combatido contra él: «Sed valientes en el combate y luchad contra la antigua Serpiente, y poseeréis el reino eterno. Aleluya» [106].

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            Ciertas reacciones en el momento en que publicamos los capítulo precedentes bajo forma de artículos, nos han convencido de que muchos cristianos no conocen bien la importancia de la devoción mariana en este punto, ni siquiera el papel que los demonios juegan en la historia de las almas y del mundo.

            Según la doctrina cristiana generalmente aceptada, es cierto que el demonio, dentro —por supuesto— de los límites de la permisión divina, ejerce una gran influencia en la marcha del mundo visible y también en la conducta de los hombres, por una acción directa o indirecta, ejercida sobre su imaginación, sus sentidos, sus pasiones, etc. Los demonios tienen un conocimiento mucho más profundo de la naturaleza y del hombre que los sabios más experimentados y los psicólogos más agudos.

            Al margen de esto, también es cierto:

            1º Que con todas sus energías intentan desviar a los hombres del bien, y empujarlos al mal.

            2º Que entorpecen de todos los modos posibles el reino de Dios en el mundo y en las almas.

            3º Que hacen sufrir a los hombres de manera espiritual o material, en pequeñas cosas o en asuntos más importantes, y eso por puro odio y envidia, y a fin de empujarlos a la impaciencia, al descontento, al espíritu de rebeldía.

            4º Que —como se deduce claramente de lo que hemos visto— hacen sufrir y persiguen especialmente a los hijos y servidores de María, y que con todas sus fuerzas combaten la devoción mariana, porque reconocen en ella uno de los medios más eficaces para establecer el reino de Dios.

            5º Que Satán no puede desplegar a su gusto su poder, ni tender sus emboscadas como mejor se le antoje: todo eso no puede hacerlo sino dentro de los límites y en la medida en que Dios se lo permite. Y es también indudable que la Santísima Virgen ha recibido una misión especial para oponerse y neutralizar las empresas de Satán.

            El demonio, para seducir y hacer sufrir a las almas, se servirá ordinaria y preferentemente de aquellas personas que se le han entregado. Pero para entorpecer el reino de Dios y de Nuestra Señora, para hacer sufrir, atormentar y probar a los elegidos, sabrá servirse hábilmente, no sólo de las creaturas irracionales, sino también de hombres de buena voluntad, suscitando malentendidos, exasperando defectos de carácter, haciendo suponer intenciones malévolas, etc.

            Es prácticamente dificilísimo, cuando no imposible, determinar siempre con certeza cuándo y hasta dónde se ejerce su influencia en una vida humana. Pero sería inoportuno, por ejemplo, criticar a San Luis María de Montfort cuando atribuía a Satán las dificultades sin fin y sin número que encontraba en todas partes en el cumplimiento de su trabajo magnífico por la salvación de las almas. Y sin querer buscar en todas partes la garra del Maldito, es posible, en muchos casos, descubrir con gran verosimilitud su influencia en nuestra vida.

            Pero siempre debemos retener bien lo siguiente: «Todo coopera al bien de los que aman a Dios» [107], dice San Pablo. Todos los acontecimientos tienen su lugar y su significado en los designios de la Providencia divina. Las persecuciones y molestias del demonio son sufrimiento y cruz; pero la cruz y el sufrimiento son fuente de bendiciones y de santidad. Las tentaciones, suscitadas y envenenadas por Satán, pueden y deben conducirnos a la victoria, y por lo tanto, a nuestro progreso espiritual y a la gloria de Dios. Si somos humildes, confiados, valerosos y sobre todo abandonados, totalmente entregados a María, la influencia de Satán será una bendición más en nuestra vida. Sus empresas se volverán contra él: sus emboscadas se le convertirán en derrotas, su mordedura le será un nuevo aplastamiento. Satán no ha conocido jamás un desastre mayor que cuando creyó eliminar para siempre al Profeta de Nazaret por su muerte en la cruz… Esto ha de ser para nosotros una lección que no debemos olvidar jamás, y una señal dichosa, la más alentadora que pueda haber.


 

XIX
Renuncio a sus obras:
la mentira

            Hemos visto que, como hijos y esclavos de María, detestamos y combatimos a Satán.

            Pero para renunciar realmente al demonio, también debemos aborrecer y evitar sus «obras», y esto nos es mucho más difícil.

            Quien hace las obras de Satán camina tras sus huellas, obra según sus deseos, sigue sus directivas, se convierte en su súbdito y esclavo, contrae con él una especie de parentesco espiritual, y per­tenece desde entonces a su raza detestable [108], según la expresión fuerte de San Juan: «Quien comete el pecado es [desciende] del Diablo» [109]; y según el dicho aún más formal y fuerte del mismo Jesús: «Vosotros sois de vuestro padre el Diablo, y queréis cumplir los deseos de vuestro padre» [110].

            Las obras de Dios llevan siempre consigo, como sello esencial e indeleble, el ser verdaderas, buenas y bellas, a imagen de El: «Omne ens est verum, bonum et pulchrum». El demonio, como enemigo y como contradicción del Altísimo, no puede dejar de oponerse a las obras divinas y de tratar de suprimir estos sellos divinos en las creaturas, o al menos adulterarlas o falsificarlas.

 

La falsa belleza

 

            El demonio hace ya su obra sustituyendo a la bella realidad la belleza aparente, falseada, la pseudo-belleza, que en realidad es deformidad y fealdad. Mucho habría que decir en esta materia, pero consideraciones más amplias sobre este tema estarían aquí fuera de lugar. Estamos convencidos de que luchar contra lo que es deforme, decadente y de mal gusto en las artes de hoy: literatura, pintura, escultura, música, teatro, películas, etc., pero sobre todo en el campo del arte religioso, es en el fondo servir a Dios y a Nuestra Señora. No han faltado en estos últimos tiempos algunos avisos en este orden de cosas. Al contrario, los verdaderos artistas cristianos, que tratan de plasmar el pensamiento divino, la idea mariana, con formas sencillas, sanas, equilibradas, pero ricas también, pueden prestar inmensos servicios a la causa del reino de Dios por María. Todos los que puedan deben contribuir a purificar y formar el gusto del pueblo cristiano, y a mantener las prestaciones artísticas, en materia de arquitectura, escultura, pintura y música, sobre todo religiosas, en los límites convenientes, y más especialmente cuando se trata de obras marianas. En este campo queda por hacer un verdadero apostolado.

 

Falsedad y mentira

 

            Otra obra de Satán es la falsedad y la mentira. Con Jesús y María, llevemos la lucha contra la mentira y las tinieblas.

            Es cierto que en la Escritura el pecado en general es tratado de falsedad y de mentira. En efecto, cada falta es una contra-verdad, pues no responde al pensamiento de Dios. El acto pecaminoso no es como Dios lo ha pensado y querido, está en contradicción con el pensamiento divino, y por lo tanto es un error, una falsedad, una mentira en acción.

            Pero al margen del hecho de que apartarse voluntariamente de la verdad constituya una falta o un pecado, hay un desorden y una desgracia en el hecho de apartarse de la verdad, que en sí misma es un bien muy especial. Más tarde hablaremos del pecado en cuanto tal.

            Dios es la Verdad: El es la Unidad sustancial, la Identidad esencial y necesaria entre el Ser y el Pensamiento, entre el Pensamiento y el Ser, la Regla viviente, la Fuente única y eterna de la verdad.

            Jesús es «la Luz del mundo, que ilumina a todo hombre que viene a este mundo» [111].

            María, nuestra Madre y nuestro Modelo, está profundísimamente anclada en la verdad. Su vida quedó irradiada de la luz de su divino Hijo, su espíritu no se vio jamás empañado por el error, ni su vida fue manchada nunca por alguna falta de rectitud o de sinceridad.

            El demonio, al contrario, como hemos dicho, es el espíritu de mentira y de duplicidad, que trata de difundir el error, las tinieblas y la duda en la tierra. El profirió la primera mentira del mundo, y sembró luego la duda y la turbación en el espíritu y en el corazón de nuestros primeros padres. Esa es su táctica eterna. De uno de sus satélites es la famosa consigna, aplicada aún hoy en día: «¡Miente, miente, que algo queda!». Todo error, toda turbación, toda duda que él consigue sembrar en un espíritu, significa para él una victoria, y le abre un camino para nuevas conquistas. El mantiene cuidadosamente el espíritu de artificio, de fingimiento, de afectación, de falsedad y de hipocresía que encontramos tan frecuentemente, casi universalmente, en el mundo.

            Satán triunfa sobre todo cuando consigue sembrar el error y la mentira, o al menos la duda y la oscuridad, sobre graves cuestiones de las que se ocupan la filosofía y la teología: la existencia y la naturaleza de Dios, del alma humana, de nuestro fin último, de las leyes morales, etc. En el arte de engañar y mentir, de sembrar la confusión y turbación en estas materias, adquirió una habilidad desconcertante, como lo atestiguan, por ejemplo, el número casi infinito de sistemas filosóficos y teológicos que ha suscitado desde hace un siglo. Satán es el gran heresiarca. En su antro infernal fueron forjadas con habilidad consumada todas las herejías, desde el gnosticismo hasta el modernismo y el bolchevismo, en las llamas ardientes de su odio contra Dios, contra la Mujer y contra las almas.

            De este arsenal de mentiras nuestra época ha tenido la mayor parte. Hemos conocido, y conocemos aún, herejías que no niegan sólo una verdad importante, sino que además tratan de envenenar o secar la verdad en su misma fuente. El modernismo, por vía indirecta, pone en duda toda verdad revelada; el comunismo niega la vida eterna y la existencia del mundo sobrenatural; el nacional-socialismo y el bolchevismo tienen más de una semejanza, entre otras la siguiente, que prueba su procedencia común: su método consiste en la mentira organizada y sistemática. Su influencia logró producir tal confusión en los espíritus, que incluso muchos cristianos, en materia de conciencia, habían perdido las justas normas, ya no tenían la noción neta del mal y del pecado, y creyeron poder justificar en conciencia las peores injusticias y los peores excesos.

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            Nosotros somos hijos de la luz, los hijos de la Mujer, que ha hecho brillar la gran Luz en el mundo. Esta Luz la llevamos en nuestros ojos, en nuestros espíritus, en nuestra vida. Queremos conservar intacto el tesoro de la Revelación divina. Con sencillez de niños escuchemos a la Iglesia, que lee por nosotros en el libro de la Revelación de Dios. Apartémonos con horror de las grandes herejías de nuestra época. Amemos a los hombres, a todos los hombres, con el Corazón mismo de Dios, con el Corazón de Cristo. Pero detestemos y combatamos con todas nuestras fuerzas los errores y mentiras que propagan ciertas personas. Abramos ampliamente nuestra alma y nuestra inteligencia para aceptar enteras, intactas, sin disminución ni compromiso, todas las verdades del Evangelio. No escamoteemos ni atenuemos ninguna verdad, por muy exigente que sea. En nuestra conciencia hagamos brillar la luz de la gracia de Dios y del examen serio de nuestra conducta. Seamos hombres rectos, sinceros, que se consideren por lo que son, y odiemos y excluyamos toda falsedad, toda hipocresía, todo artificio y afectación ridículos.

            En todos los campos estemos por la verdad, por muy desagradable y molesta que esta verdad nos fuese. Aunque sabemos que «no es siempre bueno decir toda la verdad», y que en ciertos casos se permite la «restricción mental», no nos dejemos llevar sin embargo a hablar contra la verdad, a refugiarnos en la mentira, ni siquiera si por este medio pudiésemos asegurarnos preciosas ventajas o evitar serios inconvenientes. En esto defendemos lo contrario del mundo, incluso lo contrario de ciertos cristianos practicantes, que viven de rodeos y demasiado a menudo recurren a verdaderas mentiras.

            En esta lucha nuestra Madre amadísima es nuestro ejemplo, nuestra Capitana y nuestro sostén. En su socorro sobre todo contamos para vivir y morir en la verdad y en la rectitud: «Nunca un fiel devoto de María caerá en herejía o en ilusión, por lo menos formal; bien que podrá errar materialmente, tomar por verdad la mentira y por espíritu bueno al maligno, aunque más difícilmente que otra persona; pero, tarde o temprano, conocerá su falla y su error material; y cuando lo conozca no se obstinará, de ninguna manera, en creer y sostener lo que había creído verdadero» [112].

            Bajo su conducta estamos seguros.


 

XX
Renuncio a sus obras:
el pecado

            La mentira, y también la propagación de la fealdad o la deformidad en lugar de la auténtica belleza en las artes, sobre todo religiosas, son las «obras de Satán».

            Pero su obra por excelencia es sin lugar a dudas el pecado. Ese es el fin de toda su actividad y el término supremo de todos sus esfuerzos.

            ¡El pecado! Palabra horrible, realidad más abominable aún, o más justamente: ¡ausencia de ser desoladora! ¡Ah, si esta palabra pudiese ser suprimida del vocabulario humano, si esta realidad pudiese desaparecer de la escena del mundo!

            Hijos y esclavos de amor de la «Esclava del Señor», debemos aborrecer, huir y combatir el pecado, sobre todo el pecado que realiza totalmente la noción de este horrible desorden: ¡el pecado mortal!

            ¡Odio del pecado mortal! Es una rebeldía contra el poder mismo de Dios, una revolución contra su inalienable autoridad; la negación en actos de sus derechos más imprescriptibles sobre la creatura; en cierto sentido un atentado a la vida misma de Dios, pues el pecado declara en la práctica la independencia de la creatura respecto de Dios, y un Dios del que no dependiesen las creaturas, y de las que El mismo dependiese, sería un Dios disminuido, imperfecto, y un Dios imperfecto no sería Dios, no podría existir.

            Odio del pecado mortal, que es un sangriento insulto a la infinita Perfección de Dios, porque supone la preferencia de una creatura sacada de la nada sobre la infinita Belleza y Perfección divinas, la elección de un goce pasajero, a menudo bajo, animal, antes que la amistad, posesión y goce eterno del Bien supremo, amable por encima de todo.

            Odio del pecado mortal, que supone el desconocimiento y desprecio de la infinita e incomprensible Caridad de Dios por el hombre; que, al adorable «Te amo» que Dios sigue diciendo al hombre por la Creación, la Encarnación, la Pasión y muerte, por la Gracia y la Eucaristía, da como respuesta increíble: «¡Y yo te odio!».

            Odio del pecado mortal, que mancha, profana y destruye el templo vivo de Dios en nosotros, y expulsa vergonzosamente del alma a la adorable Trinidad, que por la gracia había establecido en ella su morada; al pecado mortal, que malgasta, dilapida y aniquila en un instante nuestros méritos y el incomparable tesoro de la gracia y de la felicidad celestial; al pecado mortal, llamado así a justo título, porque asesina la vida divina en nosotros, aniquila nuestros derechos al cielo, nos priva de la vida eterna y nos condena para siempre a los tormentos del infierno.

            Por todos estos motivos, ¡cómo debe odiar, condenar y rechazar el pecado mortal la Inmaculada, la Virgen purísima, la Hija, Madre y Esposa del Altísimo, Ella que es al mismo tiempo la Madre de los hombres, Madre indeciblemente amante y buena!

            Cueste lo que cueste apartemos el pecado mortal de nues­tras vidas. Puede suceder, por desgracia, que un alma que se dio a María, especialmente en los primeros tiempos después de su Consagración, quede atrapada por debilidad humana en las emboscadas del demonio y sucumba ante sus ataques… Pero esta alma debe levantarse enseguida y valientemente, con el corazón contrito mas lleno de confianza en la infinita misericordia de Dios y en la ternura materna de María… Vuelva a entregarse entonces a Aquella que aplasta la cabeza del infame; jure de nuevo odio y enemistad a Satán y a sus obras… Y pronto logrará vencer definitivamente a los espíritus infernales.

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            Al lado del pecado mortal existe lo que llamamos pecado venial, porque obtenemos más fácilmente su perdón; o pecado cotidiano [113], porque desgraciadamente se presenta a diario en la vida de la mayoría de los cristianos.

            Hijos y esclavos de amor de Nuestra Señora, huid y combatid también el pecado venial, que no es una rebeldía propiamente dicha contra la autoridad de Dios, es cierto, pero nos coloca sin embargo fuera de sus leyes y de sus divinas órdenes.

            Odiad y huid el pecado venial, que no es una plena ruptura con Dios ni os separa de El, pero es una falta de delicadeza grave, una deplorable falta de afecto para con el Padre, Salvador y Esposo de nuestras almas, una negra ingratitud para con Aquel que no deja de colmarnos de sus favores. El amor de Jesús por nosotros, como todo otro amor, es extremadamente sensible a estas faltas de consideración y de delicadeza.

            Odiad y huid el pecado venial, porque por él os concedéis un goce indigno, que a menudo deberéis expiar por duras penas y sufrimientos en este mundo o en el otro. ¡El equilibrio debe restablecerse!

            Odiad y huid el pecado venial. No es la muerte, ni ninguna enfermedad mortal; pero causa un debilitamiento continuo de nuestras fuerzas, una interrupción en la toma de las sabias vivificantes que tu alma necesita para no morir. Juegas con el fuego: un día te devorará. Te acostumbras a seguir tu voluntad propia fuera de la voluntad de Dios: no tardarás en seguirla contra la Suya. Te acercas al borde de un precipicio: pronto caerás en él. La Escritura nos avisa claramente: «Quien desprecia las cosas pequeñas, poco a poco caerá» [114].

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            Nuestra divina Madre es la Purísima, la Inmaculada, cuya alma santísima no fue nunca empañada por el más leve polvo. Y nosotros somos los hijos preferidos y los esclavos voluntarios de esta Virgen sin mancha. ¡De qué dolor debe estar llena su alma a causa de los pecados, incluso de las faltas más leves, de sus hijos amadísimos!

            De Blanca de Castilla se cuenta que un día contemplaba con orgullo a su joven hijo, más tarde San Luis, rey de Francia, y lo apretaba con ternura contra su pecho. Y le murmuraba entonces al oído: «Hijo mío, tú eres la luz de mis ojos, el amor de mi corazón y la alegría de mi vida. Si el Señor te arrancara de mí, sería para mí la muerte. Pero preferiría verte expirar en este momento entre mis brazos, antes que verte cometer jamás un solo pecado mortal». La hermosa y poderosa Reina que es María, Madre de todos los hijos de Dios, a los que Ella ama con un amor infinitamente fuerte y tierno, preferiría vernos perderlo todo, sufrirlo todo, incluso la muerte; sí, preferiría que su mismo Jesús volviera a ser torturado sobre la Cruz, antes que vernos cometer un pecado mortal, o incluso venial. Ella está llena de horror y de repugnancia hacia los pecados, incluso de menor gravedad, porque estas faltas atacan sistemáticamente los derechos imprescriptibles de Dios, y porque Ella sabe que el pecado es el verdadero verdugo de su Hijo.

            Por eso nosotros, hijos y consagrados de Nuestra Señora, debemos entablar la lucha contra el pecado, mortal y venial, del espíritu y de la carne, de orgullo y de lujuria, de injusticia y de intemperancia; contra el pecado de toda naturaleza y de todo nombre. Juntamente con Satán, el pecado es para nosotros el enemigo número uno. Fortalezcamos nuestra voluntad en el firmísimo propósito de no admitir jamás el pecado en nuestra vida, sobre todo de propósito plenamente deliberado. Y estemos decididos a apartar y recortar de nuestra vida todo lo que de algún modo pudiese inclinarnos del lado de Satán, todo lo que pudiese disminuir el brillo de nuestra alma divinizada, todo lo que pudiese hacer a esta alma un poco menos agradable y querida para el Corazón de Dios o de su santísima Madre, todo lo que llamamos «imperfecciones», sobre todo plenamente voluntarias.

            Así seremos capaces de comprender que de ahora en adelante «renunciamos a Satanás y a sus obras» para pertenecer a Jesús, nuestro Rey, y a María, nuestra divina Soberana. Este es, lo sabemos, un programa bien cargado y difícil de cumplir. Y si estuviésemos solos para conseguirlo, su cumplimiento se encontraría en gravísimo peligro. Pero también en esto nos apoyamos en Aquella que es nuestro Todo ante Jesús, y el Suplemento de todas nuestras insuficiencias, María. Contamos con el poder de la Inmaculada, de la Mujer invencible, y con confianza inquebrantable nuestra oración se eleva hacia Ella:

                                               Vitam præsta puram,
                                               iter para tutum,
                                               ut videntes Jesum
                                               Semper collætemur.

                                               Haz pura nuestra vida,
                                               Prepáranos un camino seguro,
                                               Para que un día, viendo a Jesús
                                               Seamos felices por siempre.


 

XXI
El Mundo

Confidite, Ego vici mundum.
Tened confianza, Yo he vencido al mundo
(Jn. 16 33)

 

            Como hijos y esclavos de amor de la Santísima Virgen, debemos odiar a Satán y a su obras: eso es lo que hemos visto en los capítulos precedentes. Los votos del bautismo y la Consagración total a Jesús por María que es su perfecta renovación, exigen además que renunciemos a las «pompas» de Satán. Estas pompas o vanidades de Satán se identifican con las máximas falaces y las empresas seductoras del mundo perverso, o al menos es imposible formarse una justa idea de estas pompas sin haber penetrado en el sentido de lo que es el «mun­do», del que habla frecuentemente la Sagrada Escritura. Este es, pues, el lugar de tratar de la naturaleza, del espíritu, de las prácticas y de las empresas de este mundo malvado.

 

El odio del mundo en la doctrina de Montfort

 

            El odio y desprecio del mundo, y la lucha contra su espíritu, ocupan un lugar importante e incluso esencial en la espiritualidad del Padre de Montfort. Es cierto que, juntamente con el conocimiento y desprecio de sí mismo, no constituye más que su aspecto negativo. Pero estas disposiciones no dejan de ser un elemento distintivo y el fundamento indispensable del método de santidad del gran misionero.

            De ello trata en su obra sintética demasiado poco conocida: «El Amor de la Sabiduría eterna». Debemos condenar y huir de la falsa sabiduría del mundo perverso que es terrena, animal y diabólica, y cuidarnos mucho de no pensar, hablar y obrar como los mundanos [115]. En su «Carta Circular a los Amigos de la Cruz» nos hace oír un llamamiento apremiante y emotivo de Jesús exhortándonos a separarnos de quienes siguen la concupiscencia y corrupción del mundo, y a unirnos al pequeño rebaño que sigue a Jesús en su pobreza y en sus sufrimientos.

            En el mismo «Tratado de la Verdadera Devoción a la Santísima Virgen» hace alusión muchas veces a este tema, y la séptima práctica exterior del perfecto devoto de María consiste en «despreciar, odiar y huir el mundo corrompido» [116].

            De la preparación de treinta días que debe preceder a nuestra Consagración y establecer en nosotros el Reino de Jesús por María, hay que emplear doce al menos «para vaciarse del espíritu del mundo, contrario al de Jesucristo» [117]. Es indudable que Montfort había consagrado al estudio de este tema la primera parte de su libro, editado más tarde con el título de «Tratado de la Verdadera Devoción a la Santísima Virgen». Hay que lamentar que esta primera parte se haya perdido. Afortunadamente, sus Cánticos colman en gran parte esta laguna. En estos Cánticos el tratado del mundo perverso no contiene menos de 2.500 versículos, divididos en 452 estrofas: más de una décima parte de toda su obra poética.

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            Además, aunque no poseyéramos su doctrina expuesta por escrito, nos quedaría su ejemplo notable, que es ampliamente suficiente para conocer su verdadero espíritu. En efecto, este es uno de los rasgos más sobresalientes del alma y de la vida de San Luis María de Montfort. Pocos santos se podrían citar que hayan seguido hasta ese punto el ejemplo de Jesús, y aplicado tan lógicamente su doctrina y la de los apóstoles. Y las persecuciones increíbles de que fue constantemente objeto por parte de los mundanos encuentran aquí su principal explicación. Si hubiese sido del mundo, el mundo lo hubiese dejado tranquilo, según la palabra de Cristo; pero porque no era del mundo, y con Jesús condenaba sus obras como malas, era inevitable que atrajese sobre sí el odio del mundo y de los mundanos.

            Por lo tanto, no podemos ser verdaderos discípulos de Montfort sin establecer en nosotros este espíritu de desprecio y odio del mundo. ¡Ojalá que el espíritu de nuestro Padre, santo y fuerte, se apodere de nosotros, sobre todo en un tiempo en que casi todos los cristianos están más o menos contaminados por el espíritu del mundo, perverso y corrompido!

¿Qué es el «mundo»?

 

            «Hay dos mundos», dice San Agustín: «uno creado por el Verbo y en el cual El apareció revestido de nuestra mortalidad; y otro regido por el Príncipe de las tinieblas, y que no reconoció a Jesús. “Et mundus eum non cognovit”. El primero, obra de Dios, no puede ser malo. El Génesis nos enseña que el Señor, al considerar las obras de sus manos, vio que eran excelentes: “Et vidit quod essent valde bona”. El segundo, que tiene a Satán por señor, no puede ser bueno, pues su príncipe, malvado desde el comienzo, inspira su malicia a todo lo que él domina».

            Por lo tanto, cuando aquí hablamos del mundo, no nos referimos a la tierra con todo lo que contiene, ni a la humanidad en general. A veces esta palabra puede y debe ser comprendida así, puesto que con este sentido la usan la Escritura y el mismo Jesús [118]. Pero de ordinario el Maestro le da a este término un sentido peyorativo. Por el conjunto del texto en que esta palabra es empleada, por el «contexto» como se dice, es fácil darse cuenta en qué sentido se la usa.

            Tertuliano llama a Satán «simius Dei, el simio de Dios», esto es, el que de manera miserable trata de «simular» o imitar a Dios.

            Jesús, el Hijo de Dios, vino a este mundo para reconciliar la tierra con el cielo y someter todas las cosas al Padre en dependencia humilde y amorosa. Tiene su doctrina, su Evangelio, elevado muy por encima de nuestras concepciones humanas, y por este motivo muy frecuentemente en contradicción aparente —aunque no real— con nuestro entendimiento. Jesús tiene sus fieles y sus discípulos. A estos discípulos los reunió en un organismo interior y exterior, su Cuerpo místico, su Iglesia, para difundir y exponer su doctrina y comunicar su vida. Para dirigir a sus fieles instituyó en la Iglesia una autoridad, que se ejerce por el Papa, los Obispos y los sacerdotes. Estos son como la osamenta de todo este organismo sobrenatural. Por su Iglesia y sus sacerdotes, por sus ministros y sus sacramentos, pero también por una influencia directa y misteriosa, atrae la humanidad hacia El y quiere ofrecerla, formando un solo Cuerpo místico con El mismo, al Padre eterno. Este es el plan de Dios.

            Enfrente de Cristo se levanta Satanás, el verdadero Anticristo, el que siempre y en todas partes está contra Cristo. Cristo, y sólo El, es el vínculo vivo entre Dios y el hombre, entre el hombre y Dios. Satán, al contrario, es la rebeldía personificada contra Dios. Su único fin es arrastrar las almas a esta insurrección contra El. En el cielo ya no puede esperar nada; en el infierno no puede obtener más de lo que tiene; y por eso su campo de acción será la tierra, y en la tierra, la única creatura dotada de razón y voluntad: el hombre. La única meta de todos sus cálculos y esfuerzos será, por lo tanto, separar al hombre de Dios y soliviantarlo contra El. Y de este modo quien se negó a servir a Dios intentará suplantarlo por medio de una especie de supremacía e imperio sobre las almas.

            Simio miserable de Dios, se construirá una especie de «iglesia» para establecer este imperio y extenderlo contra la Iglesia de Cristo y el reino de Dios. Esta iglesia, este reino de Satán, es el «mundo».

            Satán tiene su evangelio, sus axiomas, sus máximas, sus doctrinas falaces y mentirosas, por las que, bajo máscara de verdad, trata de seducir a las almas. Tiene también sus partidarios y satélites. En cierto sentido le pertenecen todos los que viven en enemistad y aversión con Dios. Su iglesia se compone de todos los que aceptan su doctrina y comparten sus obras, la mentira y el pecado. A las inspiraciones e influencias de la gracia opone su acción tenebrosa en las almas, acción que trata de ejercer por toda clase de órganos en el mundo, la finanza, la política, el arte, la moda, la prensa, la radio, la televisión, etc.

            Así como hay grados distintos en la pertenencia al Cuerpo místico de Cristo, así también se puede estar incorporado al mundo de diversas maneras. Se puede pertenecer de manera formal, apartándose expresamente de Cristo para poner la propia vida al servicio del demonio, como los apóstatas, los perseguidores de la Iglesia, y quienes, sobre todo en los grados superiores, se inscriben en las sociedades secretas condenadas por la Iglesia. Se puede pertenecer de hecho al mundo cuando se siguen cumpliendo ciertos deberes religiosos, pero viviendo en pecado mortal, y por lo tanto sometidos a Satán. O se puede ser fiel a Cristo en todos los puntos principales, pero estar influenciado, tal vez sin saberlo, por el espíritu del mundo, y comunicar esta influencia, también sin saberlo, alrededor de sí por las propias acciones y palabras, y por toda la mentalidad.

            Podemos considerar como organismo visible de la iglesia de Sa­tán a algunas sociedades secretas, sobre todo la francmasonería, con sus dignatarios que recuerdan a nuestro clero; sus ritos secretos de iniciación y sus ceremonias sacrílegas, que son la parodia de nuestra santa liturgia; su organización y su acción mundial, que pretende arruinar y aniquilar la influencia universal y profunda de la Iglesia de Cristo en el mundo.

            Por lo tanto, lo que Jesús designa con esta palabra «mundo», y lo que por ella nosotros debemos entender, es este conjunto de personas, doctrinas y empresas que, bajo la dirección suprema del demonio, intenta destruir el reino de Cristo y de su santa Madre, y soliviantar la humanidad contra Dios, Señor supremo y fin último de toda la creación.

            Monseñor Carlos Gay resumió toda esta doctrina de manera penetrante: «El mundo es el gran recurso de Satanás, su arsenal, su ejército y el medio por excelencia de sus victorias. El le presta ojos para mirar, labios para hablar y sonreír, manos para trabajar, escribir y acariciar; él pone al demonio en medio de nosotros, lo sienta en nuestros hogares, y le entrega todo lo que nos concierne o puede influir sobre nuestras vidas. Una palabra lo resume todo: lo humaniza. Así como la Iglesia es como la encarnación continuada de Jesús, su Cuerpo místico extendido en los lugares y en el tiempo, así también el mundo es como la encarnación de Satán, y realmente la iglesia del diablo. Todo lo que la Iglesia es y hace en la tierra en orden a la santificación y salvación de las almas, el mundo lo es y lo hace en orden a la seducción y perdición eterna» [119].

            El mundo es todo eso. Es importante desde ahora atraer fuertemente la atención sobre una de sus características, sobre la cual deberemos volver más tarde. «El mundo es Satán disfrazado», escribe nuestro Padre de Montfort; «su principal padre es el demonio, aunque piense estar odiándolo». El mundo es el reino de Satán, pero construido sobre la mentira como fundamento. Habitualmente el demonio no se atreve a mostrarse como el espíritu de las tinieblas: se las da de ángel de luz. Difunde la mentira y el pecado bajo apariencia de verdad, de bien, sí, de virtud y santidad. El mundo es Satán, pero Satán enmascarado, disfrazado, y eso hace su acción mucho más peligrosa y temible.

            Jesús llamó «mundo» a este conjunto de mentira, de malicia, de pecado, de corrupción, y a todo lo que a ello conduce.

            ¿Se piensa en todo lo que hay de horriblemente trágico en esta denominación? ¡Cómo debía encogerse su Corazón cuando pronunciaba esta palabra terrible! ¿No es espantoso que Satán haya logrado tan bien su empresa infernal; que el pecado —y por lo tanto el odio de Dios— haya progresado tanto que la tierra, la humanidad y el mundo se identifiquen casi, por decirlo así, con la malicia y la iniquidad; que el mundo y el reino de Satán sean una sola y misma cosa, y Lucifer sea designado simplemente por Jesús como «el Príncipe de este mundo»? A Dios gracias, según la palabra misma de Cristo, este Príncipe despreciable será un día arrojado fuera y expulsado del trono que usurpó miserablemente.

            ¡Señor, que sea pronto!


 

XXII
Nuestra elección

Jesús y el mundo

 

            Con infinito respeto debemos escuchar ahora lo que Jesús dice del mundo corrompido y malvado. Debemos meditar seriamente su enseñanza sobre este punto, y hacerla totalmente nuestra.

            1º «Yo no soy de este mundo» [120]. Jesús estaba en el mundo, pero no era del mundo, no pertenecía a este mundo de perversión. Muchas veces repitió estas palabras.

            Señor, para nosotros basta. Queremos estar donde Tú estás, porque Tú eres el verdadero Camino y la Vida verdadera. No podríamos vivir sin Ti: si Tú no eres de este mundo, nosotros tampoco podemos ni queremos pertenecerle.

            2º «No rezo por el mundo» [121]. ¡Qué terrible palabra, Señor! Tú que trataste con tanta bondad a los pecadores, Tú que no esquivaste tu rostro al infame beso de Judas, Tú que rezaste por los verdugos que te torturaban… te niegas a rezar por el mundo. Porque se encuentra totalmente obstinado en el mal, como los demonios y condenados. ¡Qué espantoso es, Jesús, ser excluido de tu oración, la única que puede salvarnos! ¡Qué espantoso es pertenecer al mundo, que es el reino del Maligno, que es el Maligno mismo!

            3º «El mundo me odia, porque Yo doy testimonio de que sus obras son malas» [122]. El mundo te odia, Maestro adorado, a Ti que eres la Belleza y la Perfección misma. La mayor desgracia, la sola desgracia en suma que pueda sucedernos en esta vida y en la otra, es la de odiarte, a Ti que eres digno de todo amor. ¡Presérvanos, Señor, de esta espantosa desgracia!

            4º «¡Ay del mundo por los escándalos!» [123]. Esta palabra es una amenaza, una condenación y en suma un anatema lanzado contra el mundo. Odiarte, Jesús, y llevar tu maldición es la suerte de los condenados en el infierno. Vimos una vez a una persona retorcerse de dolor porque cargaba con la maldición de su padre, que no había merecido de ningún modo. ¡Quién no se espantará ante el pensamiento de ser digno de tu maldición, cuando Tú eres quien por tu bendición lo mantienes todo en la existencia y en la vida!

            5º «Tened confianza: Yo he vencido al mundo… Ahora es el juicio de este mundo; ahora el Príncipe de este mundo será echado fuera. Y yo cuando sea levando de la tierra, atraeré a todos hacia Mí» [124]. Jesús, Tú entablas la lucha contra el mundo, contra Satán disfrazado. Tú lo vencerás, Tú lo aplastarás… Tú lo echarás afuera para siempre, allí donde hay llanto y rechinar de dientes. ¡Señor, esta palabra es para nosotros una alegría indecible! ¡Cómo deseamos que la humanidad se desprenda del abrazo mortal de Satán y sea atraída irresistiblemente hacia Ti, que eres la paz y el gozo! ¡Confiamos en tu fuerza, en Ti, el Todopoderoso! Y también ¡qué alegría para nosotros poder contribuir a esta victoria! El discípulo que Tú amabas lo dijo claramente: «Todo lo que ha nacido de Dios vence al mundo» [125]. Tú, Señor, has nacido del Padre, pero nosotros también, por Ti y en Ti: ¡y así nuestro triunfo es seguro!

            De todo lo que hemos dicho se desprende neta e ineluctablemen­te esta conclusión: que es imposible pertenecer a Jesús y al mundo. Tenemos que elegir entre los dos: o uno u otro, pero no uno y otro a la vez. Lo que algunos intentan realizar, a saber, conciliar el espíritu del Evangelio con el espíritu del mundo, es sencillamente monstruoso. «Si alguno ama al mundo», dice San Juan, «el amor del Padre no está en él» [126]. «¿No sabéis que la amistad con el mundo», dice a su vez el apóstol Santiago, «es enemistad con Dios? Cualquiera, pues, que desee ser amigo del mundo se constituye en enemigo de Dios» [127].

            Tenemos que elegir.

 

La Santísima Virgen y el «mundo»

 

            Hemos descrito precedentemente a la Santísima Virgen como la encarnación y personificación del odio a Satán y al pecado. Pero como el mundo es la iglesia y el reino del demonio, su máquina de guerra más formidable, su arsenal inagotable y el medio por excelencia de sus victorias, no es difícil imaginar qué actitud de odio, de lucha y de victoria tiene la Mujer con ese mundo corrompido. Ella aborrece y combate al mundo así como tiene aversión a Satán, es decir, así como ama a Dios, a Jesús y a las almas.

            Y como en el mundo tenemos a Satán en la perfección de su astucia mentirosa, estemos bien convencidos de que la Santísima Virgen ha recibido una gracia especial —que comunica a sus fieles hijos y esclavos— para desenmascarar sus ardides, detectar sus trampas, desbaratarlas y hacerlas fracasar. Ella tendrá un cuidado especial en preservar de las mentiras e ilusiones del demonio a quienes le pertenecen. «Allí donde está María, allí no está el espíritu maligno», dice nuestro Padre [128].

            Un hijo de María no es hijo del mundo. Nuestra Señora hará pasar en su corazón su odio y aversión a este mundo perverso. Ella le hará discernir este espíritu del mundo donde quiera se deslice, como la víbora se oculta en una mata de flores.

            ¡Y el esclavo de amor de Nuestra Señora!… ¿Se comprende ahora que una aversión más profunda por el mundo debe arder en el corazón de quien quiere darse enteramente a Jesús y a María? ¿Se comprende que el menor resto de espíritu mundano, de mentalidad mundana, de costumbres mundanas, o la más mínima concesión a las prácticas y hábitos del mundo pervertido, es un hurto cometido a costa de nuestra donación total, y un impedimento a la pertenencia realmente total a Jesús y a María? ¿Y que toda nuestra donación reposa sobre nuestro desprendimiento del mundo como una casa en sus cimientos?

            Por eso no debemos admirarnos de que el desprecio y odio del mundo vuelvan tan frecuentemente bajo la pluma de Montfort; de que nos haga pedir «el desprecio del mundo» como fruto de la 8ª decena del Rosario; de que establezca este odio y desprecio como una de las prácticas características de la santa esclavitud [129]; de que nos presente, no sólo a «los apóstoles de los últimos tiempos» sino a todo este «gran escuadrón de bravos y valientes soldados de Jesús y de María» que prevé como fruto de la práctica de su perfecta Devoción, combatiendo con todas sus fuerzas «al mundo, al diablo y a la naturaleza corrompida, en los peligrosos tiempos que van a llegar más que nunca» [130].

            Una idea más, que es como la contraprueba de lo que acabamos de recordar. Si lo que acabamos de escribir es cierto, quienes más han vivido en intimidad con la Santísima Virgen deben tener también una parte selecta en su aversión y en la de Jesús por el mundo corrompido.

            San Juan vivió largos años en contacto inmediato con la santísima Madre de Jesús. ¿Será casualidad que casi todos los textos evangélicos que nos describen la actitud de Jesús para con el mundo nos hayan sido conservados por San Juan, y que ningún otro apóstol, o casi, vuelva tan frecuentemente como él, en sus exhortaciones personales, sobre la malicia y falsedad del mundo?

            ¿Será también casualidad que San Luis María de Montfort, nuevo Juan, que no ha sido tal vez superado nunca por nadie en amor e intimidad con Nuestra Señora, tampoco haya sido tal vez igualado o superado por nadie en celo por evitar el espíritu del mundo y combatirlo a ultranza, para imponer también a los demás esta regla de conducta hacia todo lo que se resiente de la mentalidad y de las prácticas del mundo?

 

Nuestra elección

 

            Es impresionante la descripción que San Luis María de Mont­fort hace en su «Carta Circular a los Amigos de la Cruz» de los dos campos entre los que debemos elegir. Hace desfilar ante nuestros ojos los dos ejércitos. A derecha está el del Salvador… El mismo va a la cabeza, con los pies desnudos y cargando con la pesada Cruz, y con El está un puñado de los más bravos soldados, para seguir el camino estrecho que sube al cielo. A izquierda se apretuja el inmenso y brillante ejército de los mundanos, que por el camino ancho corre a la perdición…

            Jesús nos dirige entonces su llamamiento conmovedor: «¿Tam­bién vosotros queréis abandonarme?». ¿Queréis dejarme huyendo de la cruz como los mundanos, que son otros tantos Anticristos, «Anti­christi multi»?

            No dudemos un solo instante. ¡Nuestra elección ya está hecha!

            La naturaleza podrá gemir y quejarse al pensamiento de lo que Jesús nos pedirá. Pero la voluntad, el amor, el alma será más fuerte que la carne. ¡Renunciamos al mundo, a sus vanidades y a su concu­piscencia!

            El mundo no puede satisfacernos, llenar nuestro corazón, apagar nuestra sed de felicidad verdadera… ¡No deja en definitiva más que vacío, decepción y amargura!

            La Iglesia de Cristo, cierto, es militante y sufriente; pero también triunfante. Y esto es lo que Satán no ha podido simular o imitar: él no tiene iglesia jubilosa, triunfante. El mundo, en definitiva, es el infierno, ya que este es su fruto y su resultado. ¡El infierno: este es el verdadero reino del pecado, de la malicia, de Satán!

            Mas nuestra elección no viene dictada tanto por el temor como por la caridad. ¡Y nuestro amor es María, es Cristo, es Dios! ¡Odia­mos y maldecimos al mundo, porque con todas nuestras fuerzas ama­mos a Jesús y a María!

            ¡Renunciamos al mundo!

            Estando en el mundo, no queremos pertenecer al mundo maldito: Madre amadísima y Rey nuestro adorado, consideradnos como vuestros. ¡Somos vuestros hijos, vuestros esclavos, vuestros apóstoles!

            En la luz y con el apoyo de vuestra gracia queremos «con­servarnos incontaminados de la malicia y de la corrupción del mundo» [131].

            El mundo está crucificado para nosotros, y nosotros para el mundo [132]. Estamos muertos para él, y él no existe para nosotros.

            Prometemos combatir con toda nuestra energía la influencia perniciosa del mundo, y esperamos también, apoyados no en nuestra debilidad, sino en vuestra fortaleza invencible, tener parte y contribuir a vuestra infalible victoria.

            Jesús, Madre amadísima, entre los mundanos, entre vuestros enemigos, hay algunos que se distinguen de los demás por su odio más feroz y por su corrupción más diabólica. Si se pronuncia vuestro nombre, si se topan con uno de vuestros emblemas, si se encuentran con uno de vuestros sacerdotes, se llenan de rabia, vomitan blasfemias y os llenan de injurias y escupitajos. ¡Toda su vida está puesta al servicio del mal, del pecado, del Anticristo!

            Señor, divina Madre, ¿será presunción de nuestra parte? Querríamos ser para Ti, apoyados en tu gracia, lo que en el campo adversario son contra Ti los mundanos más corrompidos, los libertinos más desenfrenados, los francmasones más obstinados, los infieles más tercos, los persecutores más rabiosos, los bolcheviques más endiablados:

            ¡Un odio vivo y ardiente de Satán, del mundo y del pecado!

            ¡Un amor inflamado por Ti y por tu santa Madre!

            ¡Una aclamación incesante de tu grandeza y de tu bondad!

            ¡Una aspiración sin fin a tu triunfo y a tu Reino!

            Querríamos resumir nuestra vida entera en un solo grito, en un solo lema, en el que se fusionen tres palabras tuyas y de tu Madre incomparable:

Ecce Ancilla Domini!
Magnificat anima mea Dominum!
Adveniat regnum tuum!

¡He aquí la Esclava del Señor!
¡Engrandece mi alma al Señor!
¡Venga a nosotros tu Reino!


 

XXIII
La concupiscencia de los ojos (1)

            No podéis servir a Dios y a Mammón [la Codicia]
(Mt. 6 24)

 

El Reino de Mammón

 

            Hemos visto lo que es el mundo en general y qué actitud deben tener con él los hijos y esclavos de la Santísima Virgen. Vamos a analizar ahora con más detalle el espíritu, las características y las manifestaciones de este mundo perverso, para poder combatirlo con más eficacia. «Todo lo que hay en el mundo, nos dice San Juan, la concupiscencia de la carne, la concupiscencia de los ojos y la jactancia de la vida, no viene del Padre» [133]. La sensualidad, la codicia y el orgullo son las características principales del mundo.

            Tratemos aquí, en primer lugar, de la codicia o del servicio de Mammón.

            Dios ha puesto al hombre a la cabeza de la creación visible, y le ha dado el derecho de disponer de los productos y frutos de la tierra para remediar sus necesidades. Por eso cada hombre tiene en sí mismo una inclinación natural —y también un derecho natural cuando se cumplen ciertas condiciones— a apropiarse de la medida de bienes temporales que le es necesaria o útil para su mantenimiento y el de su familia.

            La primera caída del hombre y el pecado original deformaron esta inclinación legítima y la orientaron hacia un falso camino. El hombre se rebaja apegándose inconsideradamente a los bienes de la tierra, persiguiéndolos con pasión desordenada y por medios ilícitos. Los bienes materiales no son ya para él un medio, sino un fin, y a veces el fin último y supremo de ciertas vidas. El hombre ya no es rey y señor de los bienes terrenales, sino que se hace cautivo de él y se convierte realmente en su esclavo.

            Casi todos los hombres dan culto en cierta medida a esta tendencia funesta. Mammón, el dios del dinero, rige en gran parte el mundo, y una gran muchedumbre de hombres se prosternan en adoración ante el Becerro de oro. Reunir dinero parece ser para mucha gente el asunto capital de su vida, y realmente lo único necesario.

            ¿De qué está lleno el pensamiento de la mayoría de la gente? ¿De qué se oye hablar, discutir, disputar en las casas, en los trenes y transportes, en los lugares de reunión y en las asambleas?

            Quien no tiene nada quiere poseer. Quien posee ya un pequeño capital quiere aumentarlo. El millonario quiere hacerse multimillonario. Se quiere cada vez más lujo en el vestido, en el alimento, en la habitación, en los viajes, en las diversiones, etc. Y es que la codicia no tiene límites.

            En el mundo un hombre es considerado por la medida de su riqueza y de su fortuna. La pobreza es la peor vergüenza, y los pobres no son tenidos en cuenta. El mundo tendrá todo tipo de consideraciones con un estafador que ha hecho fortuna, mientras que para el pobre más virtuoso no tendrá más que desprecio, palabras duras y tratamientos humillantes.

            Y nuestra época alcanzó, sin duda alguna, un apogeo en este punto. El reino de Mammón está organizado con una habilidad y una perspicacia increíbles. Nuestra época es la de la gran industria, del capitalismo a ultranza, de la organización financiera refinada, de los trusts, de los consorcios, etc. El mundo está rodeado, como de una telaraña inmensa, de un número incalculable de bancos, de bolsas, de instituciones financieras de toda clase, en las que almas sin número se dejan perder para su desgracia temporal y eterna.

            Se quiere ser rico y parecerlo. Se quiere ser rico fácil y rápidamente, no como fruto legítimo del trabajo corporal o espiritual, sino a modo de juego e incluso durmiendo, por medio de papeles de banco, que automáticamente pueden aumentar de valor.

            Nuestra época es la de la idolatría del dinero por el dinero. Ya no se lo busca solamente como un medio de satisfacer las propias necesidades, pasiones o caprichos, sino como un fin, por el placer de poseerlo. Vivimos en un mundo al revés. La economía actual, en definitiva, tiende sobre todo a satisfacer a algunos grandes financieros, a los pontífices del templo de Mammón, que con sus inmensos capitales no pueden sacar más que la satisfacción de saber que son inmensamente ricos: ¡la voluptad despreciable del viejo avaro clásico, que con sus enflaquecidas manos palpa las piezas de su tesoro!

«La raíz de todos los males»

 

            «La raíz de todos los males es el afán de dinero», dice San Pablo [134]. Es incontestable que la codicia es uno de los medios más poderosos de que se vale Satán para pervertir a las almas y ahogar la buena semilla en el corazón de los cristianos.

            Quien busca desordenadamente los bienes de este mundo sentirá cómo se debilitan sus sentimientos religiosos. Poco a poco se desinteresará de los valores espirituales y eternos. Ya no tendrá tiempo ni gusto por la oración y los deberes religiosos. Toda su atención quedará absorbida por los bienes despreciables que tanto ansía. Es un hecho que las regiones de Francia más ricas son también las más descristianizadas; que las provincias más pobres de Bélgica y Holanda son las más ejemplares desde el punto de vista religioso; y que estas mismas regiones, en la medida en que progresan en el campo material, se ven más amenazadas en el campo espiritual.

            ¡La codicia, raíz de todos los males! De ahí provienen, en efecto, las mentiras, los engaños, los robos e injusticias, y esto a una escala cada vez más vasta. La mentira se aclimata en los labios del hombre de negocios sin conciencia. Todo precio es justo, toda ganancia es honesta. Todo lo que se puede acaparar, de cualquier modo que sea, será considerado como posesión legítima. El pecado de injusticia no existe casi en el mundo, y muy raramente se lo oye en confesión. Un día nos dijo alguien, que sin embargo pretendía ser un buen cristiano: «Un hombre de negocios ha de tener una conciencia bastante amplia para que un auto pueda circular cómodamente por ella».

            ¡El afán del dinero, raíz de todos los males!: de la dureza y crueldad para con la gente menuda, de la explotación vergonzosa, sobre todo en otro tiempo, del trabajo de mujeres y niños, de la ruina de familias enteras por una concurrencia desleal… ¿Qué importa todo eso, mientras se engorde el monedero y se infle la cartera?

            Por codicia hay asaltos y asesinatos cada día. Por codicia hay desunión en las familias, a veces en las mejores. Todo va bien hasta que llega el momento de «repartir». Y entonces se introducen a menudo disensiones y odios que a veces ya no se apagarán jamás.

            Por codicia y afán del dinero se pierden millones de almas, que se apropian injustamente del bien de los demás y, aun frente a la muerte, no tienen valor para reparar el mal cometido y prefieren precipitarse en los abismos del infierno.

            Se dice a veces que todo progresa en el mundo… En todo caso, en la estructura de nuestra sociedad moderna los deplorables efectos de la codicia han alcanzado proporciones espantosas. Los Papas no dejan de denunciar con términos enérgicos los abusos que en este campo deshonran a nuestro mundo moderno. El socialismo, y sobre todo el comunismo, son remedios peores que el mal. Pero se impone una sana y enérgica reforma de la estructura económica del mundo actual, y los Papas han dado repetidas veces indicaciones preciosas para realizarla. ¡Ojalá la humanidad escuche la voz de Cristo y no se deje encantar por las sirenas marxistas, que conducirían nuestra sociedad a los abismos!

 

Jesús y Mammón

 

            ¡Con qué tristeza y horror debe mirar el divino Corazón de Jesús nuestro mundo de codicia y de injusticia, de opresión de los pequeños y de los pobres; un mundo que, por lo tanto, está en formal y total contradicción con su doctrina y con su vida!

            Hemos de observar sus acciones más que sus palabras. El no vivió, como hubiera podido hacerlo fácilmente, en un palacio real, en una residencia patricia lujosa, ni siquiera en el confort de lo que nosotros llamamos una casa burguesa. El nació pobre. Vivió y murió pobre, porque así lo quiso y porque sabía que así era mejor y más hermoso. Nacido en un establo, vivió en la humilde morada de un modesto artesano, murió sobre una cruz despojado de todo, y fue sepultado en un sepulcro que no era suyo. Su Madre y su Padre putativo eran pobres. Se rodeó de pecadores, de pobres en suma. Se dirigió preferentemente a los pobres, y pudo decir con toda verdad: «Las zorras tienen guaridas, y las aves del cielo nidos; pero el Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza» [135].

            Esta espléndida lección de su ejemplo, quiso El subrayarla con palabras inolvidables. Jamás meditaremos lo bastante, ni grabaremos suficientemente en nuestras almas las primeras palabras de su primer gran discurso, el Sermón de la Montaña: «Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos… Bienaventurados los pobres, porque vuestro es el reino de Dios. Bienaventurados los que tenéis hambre ahora, porque seréis saciados» [136].

            Jesús no duda en señalar su preferencia por los pobres sobre los ricos, como en la alabanza del óbolo de la viuda pobre [137], y en la parábola de Lázaro y el rico Epulón [138]. Y su pensamiento más íntimo sobre los po­bres y desgraciados lo traduce netamente en esta proposición humanamente desconcertante: «En verdad os digo que cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a Mí me lo hicisteis» [139].

            ¿Qué piensa Jesús de los ricos y de las riquezas?

            1º La riqueza es un peligro muy grande. Una parte de la buena semilla, echada por el divino Sembrador, cae entre las espinas, que crecen y ahogan el buen grano. Y El mismo explica que es figura de aquellos que, al principio, escuchan la palabra de Dios, pero que luego, por el cuidado de las riquezas y de los placeres de la vida, se dejan apartar de una vida según la palabra de Dios [140].

            2º Al pronunciar esta sentencia Jesús pensó, con tristeza infinita, en uno de sus discípulos, uno de los Doce, en cuya alma había caído millares de veces su divina palabra; en aquel que, como pocos otros, había recibido sus beneficios, había sido testigo de sus maravillas, y había recibido de El las muestras de la mayor confianza. Pero ese tal estaba encargado de llevar la bolsa con el dinero destinado al mantenimiento de Jesús, de los Doce y de los pobres. El afán del dinero y el apego a los bienes terrenales ahogaron la buena semilla en su alma, debilitaron y luego apagaron en su corazón el amor por su divino Maestro y su admiración por el Mesías. Judas, por codicia y amor del dinero, comenzó convirtiéndose en ladrón, para llegar a ser luego un criminal, el asesino de su Dios, aquel que, según el testimonio mismo de Jesús, sería el más culpable en el drama espantoso del Calvario. ¡En el entorno inmediato de Jesús Judas se perdió y se condenó, a causa de su apego desordenado a los bienes de este mundo!

            3º Sobre este particular hay otro ejemplo en la vida de Jesús que, cosa excepcional y notable, los tres primeros Evangelistas cuen­tan con términos casi idénticos [141].

            Un joven se acerca a Jesús, se echa a sus pies y le pregunta: «Maestro bueno, ¿qué he de hacer para conseguir la vida eterna?». Jesús le contesta: «Guarda los mandamientos», y le enumera los principales. «Maestro, todo eso lo he guardado desde mi juventud», replica el joven. Entonces Jesús fija en él una mirada de amor y le dice: «Una cosa te falta: anda, vende cuanto tienes y dáselo a los pobres y tendrás un tesoro en el cielo; luego, ven y sígueme».

            «Ven y sígueme»… Era la fórmula mágica, no, casi sacramental, por la que El había subyugado a sus apóstoles y los había atraído a El. Unos pobres pescadores, a esta palabra, se habían levantado al punto y lo habían dejado todo inmediatamente, su padre, su barca, sus redes. Este joven, al contrario, no responde al llamamiento: se fue triste, «porque poseía muchos bienes», dice el Evangelio. ¡El apego a los bienes terrenos había privado a Cristo de un discípulo, de un apóstol, tal vez de otro San Juan!

            Y Jesús dice entonces a sus apóstoles: «¡Qué difícil es que los que tienen riquezas entren en el reino de Dios!… Es más fácil que un camello pase por el ojo de la aguja, que el que un rico entre en el reino de Dios». Y los discípulos se preguntan unos a otros: «Y ¿quién se podrá salvar?». Jesús no disminuye en nada la severidad de su palabra y contesta: «Para los hombres, imposible; pero no para Dios, porque todo es posible para Dios».

            Terrible palabra, en suma, que no es en definitiva más que el eco de esta otra sentencia: «¡Ay de vosotros, los ricos!, porque habéis recibido vuestro consuelo. ¡Ay de vosotros, los que ahora estáis hartos!, porque tendréis hambre. ¡Ay de los que reís ahora!, porque tendréis aflicción y llanto» [142].

            Y toda la doctrina del Maestro está condensada en esta sentencia: «No podéis servir a Dios y al Dinero» [143].

            ¡Dígnese nuestra divina Madre ayudarnos a comprender y acep­tar esta doctrina austera de su Hijo!

            ¡Dígnese Ella ayudarnos, a cada cual según su estado de vida, a practicar en este punto las lecciones de Jesús y seguir sus ejemplos, a no buscar la riqueza, sobre todo por medios ilícitos, a estimar la pobreza y amar a los pobres, y a vivir en un desprendimiento perfecto de los bienes de la tierra, a fin de no perder el solo Bien infinito y eterno, sino amontonar tesoros para el cielo!


 

XXIV
La concupiscencia de los ojos (2)

María, Montfort y Mammón

 

            Nadie compartió jamás como María los juicios, los sentimientos y las actitudes de alma de Jesús. Nadie se identificó jamás como Ella con los modos de ver y de obrar de su Jesús, Ella que recibió su palabra con una humildad afectuosa, la conservó fielmente en su Corazón y la meditó noche y día.

            Sabemos así con certeza cuáles fueron sus disposiciones más íntimas hacia la pobreza y la riqueza. Ella compartió, y de muy buena gana, la pobreza de Jesús. Jamás se le cruzó el pensamiento de deplorarlo, ni de quejarse de ello. ¿Acaso Ella no deseaba ardientemente asemejarse en todo a su Hijo amadísimo?

            ¡Con qué predilección amó Ella a los pobres y desheredados, y qué estima, amor, compasión y caridad les manifestó!

            Para asemejarnos a nuestra Madre amadísima, nosotros queremos también vivir pobres, estimar y amar la pobreza y a los pobres.

            Además, ¿quién es más pobre que el esclavo, y por lo tanto más pobre que nosotros, esclavos de amor de Jesús en María? El esclavo no posee nada, y no puede poseer nada de derecho. Nosotros somos esclavos por libre voluntad y por amor. Nos hemos despojado también de nuestros bienes temporales. A los ojos de Jesús y de María estos bienes ya no son nuestros. No conservamos más, por decirlo así, que el uso y la administración de los bienes que les hemos ofrecido y cedido. Es la pobreza religiosa sin el voto. Seamos lógicos y consecuentes con nuestra santa esclavitud. Ya nada es nuestro. No dispongamos, pues de nuestros bienes temporales más que con el asentimiento de nuestra divina Madre y según su beneplácito.

            De este modo el desprendimiento de los bienes del mundo queda sumamente facilitado. Puesto que no nos apegamos a bienes que no son nuestros.

            Y el recuerdo de la Providencia materna de María nos facilita también la vida sin preocupaciones, por motivos de orden sobrenatural. Una madre debe proveer, tanto como le es posible, a las necesidades espirituales, pero también materiales, de sus hijos. Dejarse llevar por preocupaciones materiales sería una falta de confianza para con Ella. Se lo he confiado todo, también mis intereses de orden temporal. ¡Ella, y no yo, es quien debe preocuparse de todo eso!

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            Aquí se impone a nuestra atención la conducta de Montfort, este hijo verdadero y maravilloso apóstol de Nuestra Señora. Por inspiración de su Madre toma a la letra, como San Francisco de Asís, lo que Jesús enseñó y practicó sobre la riqueza y la pobreza. Joven de buena familia, a los veinte años entrega a los pobres su dinero y sus vestidos nuevos, hace voto de no poseer nunca nada en propiedad, y parte a París, para continuar allí sus estudios mendigando su pan y su cama para la noche. Exactamente como Jesús lo pide, vivirá en un abandono absoluto en la Providencia. Pisoteará y despreciará de veras la riqueza. Predicará enérgicamente contra el abuso y peligro de la opulencia y del lujo. Los pobres tendrán todas sus preferencias. Durante años enteros los cuidará y servirá en los hospitales. En los más repugnantes de entre ellos se esforzará en reconocer a Cristo. Jamás irá a la mesa sin ser acompañado por un pobre, a quien sirve con sus propias manos con atención y caridad. Como Jesús, alimenta a muchos indigentes que lo siguen por todas partes. Un día los pobres de Poitiers juntarán sus pequeños ahorros para comprarle a él un sombrero nuevo. ¡Cómo se habrá alegrado entonces su corazón: era más pobre que los pobres!

            «María es mi gran riqueza», cantará en uno de sus cánticos. A Ella confiaba sus necesidades temporales, como todo lo demás. Y el Canónigo Blain nos asegura que los milagros de la providencia materna de María se multiplicaban a lo largo de sus días.

 

Nuestra actitud

 

            A ejemplo de nuestro Padre amado, San Luis María de Mont­fort, queremos colocarnos en las antípodas del mundo perverso.

            Ante todo, no olvidemos pedir por la oración el verdadero espíritu evangélico en este punto. Hagámoslo, por ejemplo, al rezar atenta y fervorosamente la 3ª decena del Rosario en honor del nacimiento de Jesús en el portal de Belén. En esta decena San Luis María nos hace pedir «el desprendimiento de los bienes del mundo, el desprecio de las riquezas y el amor de la pobreza».

            La respuesta más simple y radical a la invitación de Cristo en materia de pobreza es abandonar el mundo y sus bienes engañosos para abrazar la vida religiosa, en la que se lleva una vida de pobreza y se renuncia por voto al derecho de poseer bienes temporales, o al menos al libre uso y a la disposición facultativa de estos bienes.

            Si esto no fuera posible, como es el caso para la gran mayoría de nuestros lectores, luchemos entonces en el mundo, como valerosos soldados, contra su funesto espíritu.

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            Y en primer lugar evita con sumo cuidado la menor injusticia. ¡Muchos, que supuestamente son cristianos, en magníficos autos van al infierno! No todos los precios son justos, ni todas las ganancias son lícitas. Fuera las mentiras, fuera los fraudes en nuestras ventas o compras. Quien se aventura a hacer negocios con toda clase de trucos fraudulentos está perdido. Pronto no sabrá ya cómo salir de ahí, cómo reparar las injusticias cometidas, y se embarrará cada vez más. Si de veras quieres salvarte, sé prudente y delicado en este campo, aunque tuvieras que trabajar con más pena y menos provecho.

            No trates de hacerte rico cueste lo que cueste. Cumple con tu deber, trabaja por tu familia, cuida tus negocios, pero no te afanes por acumular riquezas: «Mientras tengamos comida y vestido, estemos contentos con eso», dice San Pablo. «Los que quieren enriquecerse caen en la tentación, en el lazo y en muchas codicias insensatas y perniciosas que hunden a los hombres en la ruina y en la perdición. Porque la raíz de todos los males es el afán de dinero, y algunos, por dejarse llevar de él, se extraviaron en la fe y se atormentaron con muchos dolores. Tú, en cambio, hombre de Dios, huye de estas cosas» [144].

            San Pablo tiene razón. Las riquezas llevan consigo toda clase de preocupaciones. Los hombres más felices son los que saben contentarse con una existencia sencilla y modesta.

            Si Dios te envía bienes temporales por encima de tus necesidades, tienes obligación de asistir con ellos, por amor a Cristo, a tu prójimo indigente. En este caso da de buena gana y generosamente.

            Da a los pobres con amor y respeto. Da también abundantemente, en la medida de tus posibilidades, lo que llamamos «buenas obras». Sostén a tus sacerdotes, a tus iglesias. Envía ayudas a los valerosos misioneros, que se gastan y luchan por extender el reino de Dios. Sostén especialmente las obras que promueven la gloria y el reino de la Santísima Virgen. Es un deber elemental para los hijos y esclavos de amor de Nuestra Señora.

            Quien desea ir hasta el fondo de las recomendaciones y consejos de Jesús, cuando no tenga otras obligaciones que cumplir, se desprende de todo lo superfluo: «No atesoréis tesoros en la tierra» [145].

            En esto no hay que escuchar demasiado la sabiduría y prudencia del mundo; lo que es insensato para el mundo es muy a menudo sabiduría según Dios. Jesús lo dice muy claramente: «No os preocupéis del mañana: el mañana se preocupará de sí mismo. Cada día tiene bastante con su propio mal» [146].

            Incluso en el mundo se puede hacer voto de pobreza, y eso de varios modos. Por ejemplo, se puede hacer voto de desprenderse de lo superfluo, y de no hacer ningún gasto sin el permiso del director, permiso que queda dado de manera general para cada gasto corriente, pero que habrá que pedir cada vez para los gastos extraordinarios.

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            Debemos luego evitar toda preocupación voluntaria con relación a los bienes temporales. Es una exigencia del Evangelio y de nuestro espíritu de dependencia y abandono. Cierto es que podemos y debemos ocuparnos en nuestros negocios con cuidado e inteligencia, pero hemos de apartar deliberadamente toda preocupación y toda inquietud voluntaria. Si no, ahogaremos en nuestra alma la buena semilla de la palabra de Dios. Jesús nos lo pide con términos encantadores, que nunca recordaremos lo bastante: «No andéis preocupados por vuestra vida, qué comeréis, ni por vuestro cuerpo, con qué os vestiréis… Mirad las aves del cielo: no siembran, ni cosechan, ni recogen en graneros; y vuestro Padre celestial las alimenta. ¿No valéis vosotros más que ellas?… Y del vestido, ¿por qué preocuparos? Observad los lirios del campo, cómo crecen; no se fatigan, ni hilan. Pero Yo os digo que ni Salomón, en toda su gloria, se vistió como uno de ellos. Pues si a la hierba del campo, que hoy es y mañana se echa al horno, Dios así la viste, ¿no lo hará mucho más con vosotros, hombres de poca fe? No andéis, pues, preocupados diciendo: ¿Qué vamos a comer?, ¿qué vamos a beber?, ¿con qué vamos a vestirnos?… Pues ya sabe vuestro Padre celestial que tenéis necesidad de todo eso. Buscad primero el reino de Dios y su justicia, y todas esas cosas se os darán por añadidura» [147].

            ¡Qué hermoso, conmovedor y cierto es! A esto no hay nada que añadir. O sólo esto: que Dios, en su infinita bondad, nos ha dado también una Madre incomparablemente buena, que conoce todas nuestras necesidades y que, como instrumento fiel y atractivo de su liberalidad infinita, tendrá cuidado de sus hijos y esclavos de amor en todos los campos, incluido el de nuestras necesidades temporales.

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            El gran mal aquí, el verdadero obstáculo a la perfección cristiana, no es la posesión misma de los bienes de este mundo, sino el apego a estos bienes, que disminuye forzosamente la intensidad del amor a Dios. Por lo tanto, hemos de evitar cuidadosamente el apego al dinero, a las cosas preciosas, y a menudo incluso el apego a bagatelas, a naderías. Digamos frecuentemente al Señor y a su dulce Madre: «Me habéis dado los bienes de la tierra. Si me los queréis quitar, sea bendita de antemano vuestra santísima voluntad». Demos gracias a Jesús y a María cuando nos toca sufrir alguna pérdida o algún contratiempo. Deshagámonos valerosamente de aquellas cosas a que se apega nuestro corazón. Pero como la posesión lleva al apego, sobre todo la posesión de lo que es hermoso, precioso, brillante, prohibámonos todo lo que sabe a lujo o a opulencia. San Luis María de Montfort escribió un cántico severo de unos cientos de versos contra el lujo. Cierto es que en esto podemos tener en cuenta en cierta medida nuestra condición social y nuestras obligaciones, y sobre todo la voluntad de nuestros superiores y los deseos de nuestros parientes. Pero si queremos ser los preferidos de Dios y de su santísima Madre, debemos vivir en la sencillez y la pobreza. Sé limpio en tu vestido, en tu porte, en tu habitación. Pero en cuanto de ti dependa, evita la riqueza y el lujo. ¿Para qué esos sillones costosos, estos espejos lujosos, estas alfombras mullidas, todo este amueblamiento de gran valor, y otras mil cosas brillantes e inútiles? Aquí se podría aplicar rectamente la repuesta de Judas: «Todo esto se podía haber vendido a buen precio y habérselo dado a los pobres» [148]. ¿Por qué no llevaríamos vestidos zurcidos? El Cardenal Mercier así lo hacía. ¿Para qué comprar vestidos muy caros cuando puede bastarnos ropa más sencilla? No hay duda de que a veces necesitamos una fiesta, un descanso, una celebración. Pero ¿por qué estos gastos insensatos con motivo de kermesses, de matrimonios, de primeras comuniones? Todo eso va contra el espíritu del Evangelio. Sobre todo, podemos y debemos practicar la pobreza en todo lo que está a nuestro uso personal: nuestro despacho de trabajo y nuestro dormitorio, nuestros vestidos y nuestros muebles, etc. Aparta resueltamente en este orden de cosas todo lo que sientes que no es según los deseos y preferencias de Jesús y de María.

            Esta regla no tiene más que una excepción: puede ser hermoso, rico y precioso todo lo que nos recuerda y mira directamente a Jesús y a su santísima Madre. Nada es demasiado hermoso para nuestras iglesias, para nuestras capillas, para nuestros sagrarios, para los santuarios de Nuestra Señora. Ten en tu casa imágenes bonitas de Jesús y de su santa Madre, y adórnalas con lo que encuentres de más precioso. María Magdalena no recibió de Jesús un reproche, sino una alabanza, por haber derramado en sus pies un perfume de alto valor.

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            Desprecia las riquezas y el dinero. Ten respeto de la pobreza y de los pobres. Escucha el consejo de Santiago y no hagas acepción de personas, a no ser en favor de los pobres e indigentes [149]. Claro está que tienen sus defectos, que son en gran parte consecuencia de sus condiciones de vida. No son atractivos, y muy a menudo son rudos e incultos. Pero a pesar de todo, a la luz de la fe, veamos en ellos a Cristo sufriente, y amémosle, reverenciémosle y sirvámosle a El en el pobre, como lo hacía la Santísima Virgen, y a ejemplo también de nuestro Padre, que al llevar a la Providencia a un pobre cubierto de harapos y de llagas, y encontrando la puerta cerrada, llamaba diciendo: «¡Abran, abran a Jesucristo!».

            ¡Así sea nuestra vida! Sólo entonces se cortarán los lazos que nos apegan a la tierra, y se romperá el hilo que nos mantenía cautivos: ¡libres, como la alondra, volaremos cantando al cielo! [150]. Allí está nuestro tesoro, y por eso allí ha de estar también nuestro corazón; allí nos espera el Bien infinito, el único que puede saciarnos para siempre y satisfacer plenamente todas las aspiraciones de nuestra alma.


 

XXV
La concupiscencia de la carne

Bienaventurados los limpios de corazón,
porque ellos verán a Dios
(Mt. 5 18)

 

            Con la «concupiscencia de los ojos», de que acabamos de hablar, el Discípulo amado señala también la «concupiscencia de la carne» como característica del mundo y de la vida de los mundanos. Y no es difícil darse cuenta de la verdad de sus palabras, más que nunca en nuestros días.

 

La concupiscencia de la carne en el mundo

 

            El hombre se define filosóficamente como «animal rationale», un animal racional, un animal dotado de razón, un alma en un cuerpo. Se ha dicho a veces que el hombre es a la vez ángel y bestia…

            Queda claro que en el hombre la parte inferior debe someterse a la parte superior y ponerse a su servicio, el cuerpo al alma, la bestia al ángel.

            Por desgracia, en este terreno también, el pecado lo trastornó todo. Los papeles quedaron invertidos. La bestia en nosotros no está sometida de ningún modo al ángel; al contrario, quiere mandar y dominar. Sin esperar el juicio y asentimiento de la razón y de la fe, se lanza con todas sus fuerzas a sus goces propios. Se adelanta así al dictamen de las potencias superiores en nosotros, se niega a seguir su dirección, rechaza su control, rompe toda atadura, pisotea todas las leyes y se lanza sin freno y sin medida sobre sus placeres como sobre una presa. No es raro que el ángel sucumba, capitule y ceda a la violencia de las pasiones, y dé rienda libre a los instintos más groseros. Salta a la vista que el Espíritu de las tinieblas estimula esta actitud y enciende cuanto puede las pasiones sensuales. Sus mejores aliados en el Apocalipsis son la Bestia y la Mujer impúdica [151].

            El cuerpo no es, como para los santos, el animal lascivo que hay que vigilar y domar, el esclavo rebelde que hay que dominar y castigar; no, la carne, el cuerpo, es rey, es Dios: «Quorum Deus venter est», dice enérgicamente San Pablo [152].

            A este cuerpo no se le niega nada, absolutamente nada. Se le prodiga, cuando se puede, los goces más refinados. Se halaga a un sentido después de otro, y preferentemente a todos a la vez, con los manjares más delicados, con los vestidos más sedosos, con la cama más mullida, con los perfumes más refinados. Para muchos hombres el cuerpo lo es casi todo, y en todo caso es de lejos el elemento predominante en su existencia.

            En la mujer domina la búsqueda de la belleza corporal. ¿Qué norma cuenta, sobre todo en «el mundo», para juzgar del valor de una mujer? ¿De qué se valen las mismas mujeres mundanas? ¿Será de la inteligencia, de la cultura, de los talentos y méritos domésticos, de la virtud, de las cualidades sobrenaturales? No. A los ojos del mundo una mujer vale, casi exclusivamente, por sus encantos físicos y corporales.

            Este cuerpo debe ser expuesto, debe atraer las miradas, aunque a veces sea a costa de las exigencias del pudor y de la moralidad más elementales. Y se pide socorro a todos los expedientes posibles para realzar esta supuesta belleza.

            En el hombre cuentan más las habilidades y la fuerza física. Este es el origen de la furia por el deporte, que se comprueba hoy en todas partes [153]. Son considerados como héroes, y su nombre se encuentra en todas las bocas, quienes saben «regatear» en un partido de fútbol y enviar la pelota con fuerza entre los tres palos del arco; quienes pueden accionar incansablemente días y noches enteras los pedales de una bicicleta; quienes hacen salpicar la sangre en el rostro a golpes de puño, para enviarlo finalmente al suelo fuera de conocimiento, como una bestia que uno tumba. Miles y decenas de miles de espectadores asisten entusiasmados a estos espectáculos, los aplauden, se desgañitan para animarlos, y no es raro que otros miles de personas se agolpen a la entrada de los velódromos o de los estadios, en los que no pudieron encontrar lugar.

            La predominancia del cuerpo sobre el alma, de la bestia sobre el ángel, se deja sentir más aún en el campo de la pasión sexual, que Dios ha querido para asegurar el mantenimiento de la propagación de la raza humana. Como después del pecado las potencias inferiores no se someten ya a las del alma, y las pasiones sexuales son las más fuertes de todas, se producen en este campo desórdenes espantosos.

            En el amor mutuo del hombre y de la mujer, que debe ser la afección de un espíritu y de un cuerpo, se descuida casi completamente el primer elemento, que es de lejos el más importante, a saber, la estima y afecto espiritual por motivos del mismo orden: el hombre animal de que habla San Pablo domina aquí casi totalmente. Se persiguen las satisfacciones carnales con una violencia y vehemencia que recuerda al torrente de la montaña, que lo arrastra y devasta todo a su paso: honor, dignidad, felicidad, fortuna, salud, paz del alma, caridad, religión y bienaventuranza eterna.

            El mundo es esa mujer impura de que habla el Apocalipsis, vesti­da de púrpura y escarlata, y ricamente ataviada de oro, piedras preciosas y perlas. En su frente lleva su nombre: «Babilonia la grande, la madre de las rameras y de las abominaciones de la tierra» [154].

            Nos negamos a describir más detalladamente lo que es el mundo en esta materia. Digamos solamente que la impureza causa espantosos estragos en todas las clases de la sociedad, en todos los estados de vida, en toda edad y en todos los medios. ¿Quién podrá contar las faltas impuras que se cometen cada día en pensamientos, palabras, deseos y acciones en cada pueblo, en cada ciudad, en nuestro país, en el mundo entero? La tristeza y casi el desaliento se apodera de nuestra alma cuando recuerda que las faltas graves en esta materia se cometen por millones y más, y que son pecados que en voz alta claman venganza ante el trono del Altísimo.

            Si no fuera por las 350.000 misas que se celebran cada día en el mundo, por la intercesión incesante de la Virgen poderosa, Refugio de los pecadores, y sobre todo por la infinita bondad y misericordia de Dios, nuestro mundo, de tan corrompido y podrido que está, no permanecería en pie ni un solo día, ni una hora más, por los castigos del Dios de infinita justicia, mil veces merecidos.

 

La doctrina y la vida de Jesús

 

            Es para nosotros un verdadero alivio poder apartar los ojos del espectáculo repugnante que nos ofrece el mundo en esta materia, y volverlos hacia Jesús para escuchar su palabra serena y respirar el perfume de lirio que se desprende de su vida divina y de la de su virginalísima Madre.

            En la vida y doctrina de Jesús se restablece el verdadero orden de los valores. El cuerpo ocupa en ellas un lugar subordinado y la carne queda completamente sometida a los valores superiores. El Evangelio es la doctrina del desprendimiento, de la mortificación, de la castidad, de la virginidad.

            Esta doctrina Jesús la proclamó desde su primera predicación sobre las bienaventuranzas: «Bienaventurados los puros de corazón, porque ellos verán a Dios».

            El Maestro restableció el matrimonio en su integridad y belleza originales, y abolió el divorcio. La pureza virginal, totalmente desconocida antes de su venida y la de su Madre, y que es el triunfo más hermoso del espíritu sobre la carne, o más aún, de la gracia sobre el cuerpo, El la presentó como un ideal a los valientes, a los llamados, diciendo: «Qui potest capere capiat! ¡Quien pueda entender, que entienda!» [155].

            Los hechos dicen más claramente aún cuál es el espíritu del Evangelio. Jesús mismo, el Hombre-Dios, vivió en castidad total. Y es algo notable que un mundo totalmente sumergido en la carne no haya proferido jamás la menor acusación contra El en materia de pureza. Se lo trató de sedicioso, de violador del sábado, de bebedor de vino, de samaritano, de poseído del demonio… ¡Pero el Padre celestial no permitió que recayera jamás la menor sospecha sobre su incomparable pureza!

            Juan, el Precursor de Cristo, permaneció virgen. San José fue el casto y virginal Esposo de su virginalísima Madre. Los apóstoles casados, a su orden, debieron abandonar mujer e hijos. Y Juan, justamente a causa de su pureza íntegra, gozó de su amor de predilección y pudo, en la última Cena, recostar su cabeza sobre el Corazón sagrado del Maestro.

            La Iglesia impone la castidad virginal a todos los que en ella ocupan un lugar selecto y ejercen una función importante: los sacerdotes y religiosos.

            De este modo la vida y doctrina de Jesús es diametralmente opuesta al mundo, para quien el cuerpo es rey e ídolo.

            Los Apóstoles comprendieron este espíritu del Evangelio, y lo predicaron y explayaron. En sus escritos nos recomiendan e imponen la pureza, la castidad y la modestia decenas de veces. No podemos aquí comentar ni citar siquiera todos estos textos. Nos contentamos con dar un resumen sobre el tema a partir de la doctrina de San Pablo, que también en este punto se distingue entre todos los demás autores inspirados.

            El gran Apóstol expone ampliamente la antítesis irreductible entre el espíritu y la carne, es decir, entre las inclinaciones del alma cristiana, adornada de la gracia, y las pasiones carnales, los instintos groseros, tal como los paganos los aceptaban sin sonrojarse.

            San Pablo experimenta en sí mismo y describe esta lucha entre el espíritu, que se somete a la ley de Dios, y «la ley del pecado», que lleva en sus miembros. Pues «la carne tiene deseos contrarios a los del espíritu, y el espíritu los tiene contrarios a los de la carne». Es alentador para todos los que deben pelear, saber que quien había sido arrebatado hasta el tercer cielo, para que no se enorgulleciera, sintió tan vivamente el aguijón de la carne, que tres veces se vio obligado a suplicar al Señor que lo librara de él, y le arrancó ese grito doloroso: «¡Pobre de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo que me lleva a la muerte?». ¡Sí!, ¿quién lo hará? ¡La gracia de Jesucristo, la gracia de Dios, pero la gracia juntamente con él!

            A nosotros se nos impone la obligación «de vivir no según la carne, sino según el espíritu», pues «la sabiduría de la carne es enemiga de Dios». Ella no se somete a la ley divina, ni podría hacerlo… Quienes son carnales no pueden agradar a Dios. Por eso todo el que viva según la carne, morirá. Pero quien renuncia a las obras de la carne, vivirá. «Revestíos, pues, del Señor Jesucristo», nos exhorta el Apóstol, «y no os preocupéis de la carne para satisfacer sus concupiscencias». Pues «los que son de Cristo Jesús, han crucificado la carne con sus pasiones y sus concupiscencias». San Pablo mismo da el ejemplo y escribe este pasaje que hace estremecerse: «Castigo a mi cuerpo y lo esclavizo; no sea que, habiendo predicado a los demás, resulte yo mismo reprobado» [156].

            Como siempre, el Apóstol es profundo y un poco difícil de seguir. Pero sacaremos mucho provecho si intentamos penetrar su pensamiento y profundizar su doctrina.


 

XXVI
“Verdadera Devoción”
y concupiscencia de la carne

            En el capítulo precedente hemos descrito los efectos espantosos que la concupiscencia de la carne causa en la vida de los hombres, y también la actitud de oposición radical que respecto a ella toma Jesús con sus Apóstoles. Será un inmenso aliento para nosotros ver ahora cómo podemos sacar de una devoción mariana seria y profunda una fortaleza maravillosa para adoptar prácticamente la doctrina de Cristo en materia de pureza, y seguir así su divino ejemplo.

 

María y la pureza

 

            En Lourdes Nuestra Señora, conmovida en todos sus miembros, declaró ser «la Inmaculada Concepción». Habría podido decir igualmente: «Yo soy la pureza virginal», de tan identificada como está con la castidad más completa. Cuando hablamos de pureza, la imagen radiante de María se presenta al punto a nuestro espíritu. Ella no sólo no conoció el pecado impuro, ni la menor sombra de esta falta, sino que también estuvo exenta de la misma concupiscencia de la carne, y por lo tanto de la inclinación al pecado que deja en nosotros. ¡Qué admirablemente describió, alabó y can­tó el Espíritu de Dios a su purísima Esposa! «¡Ella es toda hermosa, y en Ella no hay ninguna mancha! ¡Su vestido es blanco como la nieve, y su rostro es radiante como el sol! Nada de manchado entró en Ella: es el reflejo de la Luz eterna y su espejo sin mancha. Ella es más bella que el sol, y comparada con la luz es hallada más pura» [157].

            María es una vida totalmente espiritual en la carne; es la virginidad viviente, la pureza, la castidad, la integridad perfecta personificadas… Lirio encantador del Señor, purísima Fuente sellada en la que el Señor se contempla con delicia, Nieve inmaculada caída del Paraíso en nuestra tierra, te admiramos y veneramos, te amamos y alabamos, y te pedimos humilde e instantemente que algo de tu pureza descienda sobre nosotros, pobres humanos manchados y culpables, y te dignes preservarnos del horrible marchitamiento del pecado impuro.

 

Secreto de castidad

 

            La «verdadera Devoción» nos conduce a un trato íntimo e incesante con la Virgen de las vírgenes. Y no podría ser de otro modo: esta vida de intimidad dejará en nuestra alma algo de la pureza celestial y encantadora de la más pura de las vírgenes, y algo de su modestia irradiará en nuestro rostro, en nuestras palabras, en nuestra actitud y en toda nuestra conducta. «¡Dime con quién andas, y te diré quién eres!».

            La verdadera Devoción es una «consagración» de nuestro cuerpo, con sus sentidos y miembros, a la Reina de las vírgenes. Por lo tanto, este cuerpo es un cuerpo «consagrado», y consagrado a la Madre virginal de Jesús. Y por eso el esclavo de amor de la Santísima Virgen dispondrá de este cuerpo y lo tratará como Ella desea que lo haga, y siguiendo su ejemplo. ¡Cómo esto debe estimularlo al desprendimiento, a la mortificación, a una total pureza de vida!

            También en este terreno la verdadera Devoción es una fuerza preciosa. Es universal en la Iglesia la convicción de que la devoción a la Santísima Virgen es uno de los medios más poderosos para conservar la pureza. «La Santísima Virgen hace morir nuestro cuerpo y nuestra alma a la vida del viejo Adán», dice nuestro Padre de Mont­fort; «Ella los purifica de sus manchas, suciedades y pecados» [158].

            La verdadera Devoción, sigue enseñando nuestro Padre, «es un medio admirable para perseverar en la virtud [y por lo tanto, en la pureza], y ser fiel… Se fía en su fidelidad, se apoya en su poder, se funda en su misericordia y su caridad, a fin de que Ella conserve y aumente nuestras virtudes y méritos, a pesar del diablo, del mundo y de la carne, que hacen sus esfuerzos para robárnoslos… “Si Ella os sostiene —dice San Bernardo— no caéis; si Ella os protege, nada teméis”… ¡Dichosos, pues, mil veces dichosos, los cristianos que ahora se sujetan fiel y enteramente a Ella, como a un ancla firme! Los esfuerzos de la tormenta de este mundo no los hará sumergir, ni perder sus tesoros celestiales. ¡Dichosos aquellos y aquellas que entren en Ella como en el Arca de Noé! Las aguas del diluvio de los pecados, que ahogan a tantos, no los dañará, porque: “Qui operantur in me non peccabunt: los que están en mí para trabajar en su salvación no pecarán”, dice Ella con la Sabiduría. ¡Dichosos los infieles hijos de la desdichada Eva que se sujetan a la Madre y Virgen fiel, que permanece siempre fiel y jamás se desmiente!… Ella les impide, por una gran abundancia de gracias, retroceder en la virtud o caer en el camino, perdiendo la gracia de su Hijo… Pobres hijos de María, vuestra debilidad es extrema, vuestra inconstancia es grande, vuestro fondo está muy echado a perder… Pero no os desaniméis por eso, antes bien consolaos, regocijaos: he aquí el secreto que os enseño, secreto desconocido de casi todos los cristianos, aún los más devotos… ¡Oh, qué feliz es el hombre que ha dado todo a María, que se confía y pierde en todo y para todo en María! Es todo de María, y María toda de él» [159].

            La verdadera Devoción es un medio admirable para conservar la santa pureza y elevarla cada vez más alto por encima de las exigencias humillantes del cuerpo y de la carne. Debilita las inclinaciones carnales y abre totalmente el alma a aspiraciones ideales, más bellas y elevadas. Fortifica la voluntad y le da una fortaleza indomable para conseguir una victoria duradera sobre las potencias inferiores y los instintos carnales del hombre.

            ¡Cuántas almas hemos conocido que, caídas en un primer momento en las trampas carnales de Satán, quedaron luego definitivamente liberadas de ellas por su confianza en la Virgen purísima y por la práctica de la santa esclavitud de amor!

            La verdadera Devoción es un estimulante poderoso a vivir según el espíritu, un aprendizaje infalible para una vida de alma sana y fuerte. Que también este pensamiento nos fortalezca en nuestro propósito de vivir puros por, con y en María.

            Todo lo que acabamos de decir se encuentra condensado en algunas líneas de nuestro librito maravilloso: «Es difícil perseverar en la justicia a causa de la extraña corrupción del mundo. El mundo está ahora tan corrompido, que es como necesario que los corazones religiosos sean por él manchados, si no por su lodo, sí al menos por su polvo; de suerte que es una especie de milagro cuando una persona permanece firme en medio de este torrente impetuoso sin ser arrastrada por él, en medio de este mar borrascoso sin ser sumergida o saqueada por los piratas y corsarios, en medio de este aire apestado sin ser por él perjudicada; es únicamente la Virgen fiel, en la cual la Serpiente jamás ha tenido parte, la que ha hecho este milagro con aquellos y con aquellas que la sirven de la mejor manera» [160].

            ¡Queremos ser de estos y de estas!


 

 

XXVII
“Verdadera Devoción” y pureza

            Los hijos y esclavos de amor de Aquella a quien llamamos corrientemente «la Santísima Virgen» deben practicar la «bella virtud» con extremo cuidado y perfecta vigilancia. Deben ser puros en sus pensamientos y velar ansiosamente por que su imaginación e inteligencia, consagradas a la Virgen castísima, no sean profanadas por representaciones peligrosas voluntarias, o por una curiosidad malsana y fuera de lugar.

            Sean puros de corazón, en el que no deben admitirse más afecciones que las que, según su estado de vida, vengan de Dios, conduzcan a Dios, y por consiguiente tengan la garantía de gozar de la plena aprobación de su Madre divina.

            Puros en el alma, sean además modestos en sus vestidos, en sus actitudes, en su porte, para consigo mismos y para con los demás. Según la palabra del Apóstol, debemos «llevar y glorificar a Dios en nuestro cuerpo» [161]. Saben que en todas partes se encuentran bajo la mirada y en la presencia de Dios. Sin mojigatería ni escrupulosidad, sean reservados y modestos consigo mismos para no olvidar serlo con los demás. Si se ha llegado en materia de moda a excesos increíbles, es porque el mundo, por medio de vestidos indecentes, ha quitado a la mujer el respeto de sí misma.

            Sé puro en tus conversaciones. Evita toda alusión atrevida, toda anécdota chocante, toda habladuría inútil sobre escándalos y malas conductas. Incluso en medios muy católicos se falta a veces de delicadeza en estas cosas. «Nec nominetur in vobis» [162], decía San Pablo: ¡que entre vosotros ni siquiera se mencionen estas cosas!

            Sé casto y puro en tus miradas. La muerte y el pecado nos amenazan no sólo en los libros y revistas, en los cines y teatros, sino también en los muros y escaparates, en las calles y plazas públicas. La Escritura nos enseña que por los ojos el pecado y la muerte penetran en las almas. Con valentía y energía hemos de hacer un contrato con nuestros ojos y apartarlos al punto de todo lo que puede representar un peligro para nuestra alma.

            Los hijos y esclavos de Nuestra Señora deben vivir en pureza y castidad en cualquier estado de vida, en cualquier circunstancia en que el Señor los coloque. Dios puede permitir que tengamos que vivir en un entorno peligroso, incluso muy peligroso, en el que debamos llevar una lucha seria e incesante para ser fieles a Jesús y a su santa Madre. La tentación no es pecado y la lucha no es derrota: cuando no se puede huir hay que aceptar y entablar el buen combate con humilde confianza en el socorro de la gracia de Dios y de Nuestra Señora, y con firme determinación de permanecerles fieles a pesar de todo.

            El esclavo de Nuestra Señora ha de ser casto y puro durante el tiempo de su preparación para el matrimonio cristiano. Sabe que un hermoso amor, profundo y generoso, no le está prohibido. Pero teme como la peste y huye como la muerte todo lo que sabe que Jesús y María condenan, todo lo que lo pondría en peligro de hacerse indigno de su amor, que es el más precioso y sublime.

            Sean también castos y puros el esposo y la esposa consagrados a Jesús por María. Lleven su vida familiar sin reproche ni censura, bajo la mirada del Altísimo, bajo la mirada de la Madre purísima, de la Madre castísima. La institución del matrimonio cristiano se eleva a una altura increíble, muy por encima de la opinión y de la práctica corrientes en el mundo. Y no se trata aquí solamente de lo que es pecado o no. Los esposos cristianos, consagrados a Nuestra Señora, guardan su dignidad humana y sobre todo su grandeza cristiana, su vida divina, muy por encima de los instintos carnales: y es que se acuerdan de que su cuerpo es templo del Altísimo y propiedad de la Virgen purísima, a quien se consagraron.

            ¡Dichosas las almas que, en la vida religiosa o fuera de ella, se sienten llamadas a la pureza virginal y se convierten en esposas de Cristo por el voto de castidad! Las esposas de su Hijo son, como San Juan, particularmente amadas del Corazón de la Santísima Virgen. Ella las ama con afecto especial y las rodea incluso de cierto respeto. ¡Qué privilegiadas deben sentirse estas almas, por no tener el corazón repartido entre el Creador y las creaturas! De este modo se ven libres de toda clase de preocupaciones, para darse totalmente a lo único Necesario. Son dichosas, porque el ojo de su alma, al que las tinieblas de las pasiones no obnubilan, contempla más libre y fácilmente a Dios y las cosas divinas, y su corazón saborea más fácilmente la dulzura inefable del amor de Jesús. Pero deben saber y retener que su vida es una vida sobrehumana, a la que nadie puede ser fiel, sobre todo durante mucho tiempo, por las solas fuerzas de la naturaleza. Llevan este tesoro precioso en vasos de arcilla, muy frágiles. El lirio de la pureza virginal no florece más que entre las espinas de la mortificación y de la vigilancia. Sólo el amor fiel de Nuestra Señora puede hacerlo germinar y florecer. «Las vírgenes son conducidas al Rey en pos de la Reina», cantaba ya el Salmista [163]. Su programa y su consigna será: ¡Velar y orar con la Madre y Esposa virginal de Cristo!

 

«Verdadera Devoción» y mortificación

 

            Tenemos que combatir el espíritu del mundo de otra manera más. No debemos ser de aquellos de quienes escribía San Pablo con términos enérgicos: «Muchos viven… como enemigos de la cruz de Cristo, cuyo Dios es el vientre, cuyo final es la perdición» [164].

            No debemos mimar nuestra carne, y concederle sin distinción todo lo que reclama o desea. En ciertos momentos hemos de saber ser duros con nuestro cuerpo, incluso al riesgo de tener que pedir perdón en la hora de la muerte, como San Francisco de Asís, al «hermano asno», por haberlo tratado con demasiada aspereza. Esta ha sido siempre la conducta de los santos, y muy especialmente la de nuestro Padre de Montfort.

            El primer grado que en esto hemos de alcanzar, todos nosotros sin distinción, es el de no conceder jamás nada a nuestro cuerpo en materia de alimento y bebida, o para el olfato, tacto, etc., sólo por gusto y placer. Dios ha concedido placer a ciertas acciones con miras a la utilidad que a ellas se vincula. Pero no hay que invertir el orden de las cosas. No podemos excluir siempre el gusto. Tampoco es necesario. Pero no debemos tomar nunca este placer o este gusto como el fin único o principal en el cumplimiento de una acción determinada. Se puede tomar una buena comida bien preparada para reparar las fuerzas; se puede utilizar una cama confortable para descansar mejor y volver luego al trabajo con más ardor y energía; se puede usar agua de colonia para hacer pasar un dolor de cabeza, se puede tomar un vaso de vino o de licor, fumar un puro o un cigarro, o aceptar un bombón, para dar gusto a alguien, para dar un aire festivo a un acon­tecimiento, para crear una atmósfera de alegre intimidad, o por cualquier otro motivo útil. Pero desde el punto de vista de la mortificación cristiana más elemental, se debe condenar el uso sin motivo de golosinas, licores, tabaco, perfumes, y de todo lo que sirve para halagar la sensualidad. Seamos, pues, fieles a esta regla: no concedernos nunca nada única o principalmente por placer y gusto.

            «Castigo mi cuerpo, escribe San Pablo, y lo sujeto a servidumbre» [165]. Debemos mantener el cuerpo en su lugar. No es el amo, sino el servidor, el esclavo. Cuando el deber lo pide, o las circunstancias lo exigen, o la caridad y el apostolado lo reclaman, no debemos dejarnos detener por el hambre, sed, fatiga u otras incomodidades corporales. ¡Cuántas veces sucede que nos sustraemos hábilmente a nuestro deber, con toda clase de pretextos fútiles, por el solo hecho de que es molesto y fatigoso! Podremos tal vez hacérnoslo creer a nosotros mismos o a otros. Pero no engañaremos ni a Dios ni a su santa Madre.

            Debemos tratar duramente a nuestro cuerpo, porque es culpable y para que no lo sea aún más. Debemos saber contrariar las inclinaciones y exigencias de nuestros sentidos, incluso cuando no fuera pecado satisfacerlas. Es imposible conceder siempre al cuerpo todo lo que se puede sin cometer pecado, y mantenerse en este límite sin transgredirlo nunca.

            Con otras palabras: debemos saber mortificarnos, pasar delante de un magnífico escaparate sin detenernos, dejar descansar una carta durante una hora sin abrirla, no precipitarnos a la página del diario que da los resultados de los deportes o la continuación de una historieta animada que seguimos con pasión, etc. Debemos saber servirnos en la mesa un poco menos copiosamente de lo que es de nuestro gusto, y tomar más de lo que menos nos agrada. Permanezcamos aún durante algunos instantes en una actitud incómoda, de rodillas por ejemplo, cuando el reclinatorio o el banco nos parezcan muy duros. Esto es la vida cristiana elemental, y es también el espíritu de la santa esclavitud de amor.

            Los santos fueron aún más lejos: maltrataron su cuerpo, lo flagelaron, se impusieron ayunos terribles, durmieron sobre el suelo, etc. Nuestro Padre de Montfort es un ejemplo raramente superado de estas espantosas austeridades. Queda claro que todo esto no constituye la esencia de la perfección, y que en última instancia se puede ser santo sin estas prácticas de mortificación extraordinarias. Pero el amor ardiente a Jesús y a María conduce a estos sublimes excesos. Toca a cada uno de nosotros preguntarnos si, sin llegar hasta ahí, no podemos hacer algo en este sentido, siempre con el consejo de un director prudente.

            Todo esto, es cierto, pide esfuerzo y trabajo, pero sólo haremos progresos en la perfección cristiana y mariana en la medida en que sepamos vencer y oponernos a nuestras inclinaciones naturales. Esforcémonos, pues, por practicar lo que acabamos de recordar, según las inspiraciones de la gracia y bajo el control de la obediencia, porque todo esto va perfectamente en la línea de nuestra Consagración total a Jesús por María, y constituye un medio excelente para realizar el ideal de nuestra vida: ¡el reino de Cristo por el reino de María!


 

XXVIII
El orgullo de la vida

            Otro aspecto del mundo que hemos de evitar y desarraigar en nosotros es la «superbia vitæ, el orgullo de la vida».

            Montfort explicó claramente qué debe entenderse por esto en un pasaje del «Amor de la Sabiduría Eterna». Lo llama «sabiduría diabólica». Antes había tratado de la «sabiduría terrena» y de la «sabi­duría carnal». «La sabiduría diabólica es el amor de la estima y de los honores. Los sabios según el mundo la profesan cuando aspiran, aunque secretamente, a las grandezas, honores, dignidades y cargos importantes; cuando buscan hacerse notar, estimar, alabar y aplaudir por los hombres; cuando en sus trabajos, afanes, palabras y acciones sólo ambicionan la estimación y alabanza de los hombres, al querer pasar por buenos cristianos, sabios eminentes, ilustres militares, expertos jurisconsultos, personas de mérito infinito y distinguido o de gran consideración; cuando no soportan que se los humille o reprenda; cuando ocultan sus propios defectos y alardean de lo bueno que poseen» [166].

            Es una enfermedad del alma, enraizada más profundamente que las otras dos concupiscencias. Se arraiga en la sobrestima de sí mismo, y más tarde producirá indudablemente estragos más temibles en nuestra vida espiritual.

            Esta enfermedad consiste, pues, en la búsqueda desordenada de la estima, consideración y alabanza de los demás.

            Pero, como salta a la vista, es un fruto del orgullo. Quien se deja llevar por el orgullo, se estima más allá de su valor, exagera sus cualidades, méritos y talentos en todo campo, y desconoce o ignora todo lo que lo rebaja o disminuye; vive fuera de la verdad, vive en la mentira. Se eleva de manera insensata por encima del prójimo, cuyas cualidades desconoce, cuyas lagunas y defectos exagera, y en resumen no tiene para los demás sino desdén y desprecio. Ni siquiera piensa en atribuir a otros, al menos parcialmente, lo que es y lo que tiene: padres, educadores, bienhechores, etc. Y sobre todo olvida escandalosamente a Aquel que es la causa principal de todo cuanto es, de todo cuanto puede, de todo cuanto tiene: Dios, Autor de todo bien.

            Decíamos que el orgullo de la vida consiste en buscar desordenadamente la estima y los honores. Es evidente que esto puede hacerse en grados múltiples y diversos. No hace falta una perspicacia especial para darse cuenta de que el «mundo» entero alrededor nuestro está impregnado de esta búsqueda malsana y a menudo ridícula. Se quiere mostrarse al mundo. Se quiere figurar. Se vive y se viste por encima de la propia condición. Se hacen gastos absurdos, con el fin de parecer rico y de situación acomodada. Se apetecen las distinciones, decoraciones y puestos que lo ponen a uno en evidencia.

            Es realmente penoso comprobar que hombres de valor y talento, sabios y artistas, hombres políticos e incluso virtuosos, trabajan y se gastan casi únicamente para que sea conocido su nombre, para que diarios y revistas hablen de ellos elogiosamente, y tal vez también para que su nombre pase a la historia.

            En la mujer la «superbia vitæ» toma ordinariamente formas especiales. En ella el orgullo de la vida se convierte en vanidad, en necesidad de agradar. Quiere ser notada y mirada. Con este fin, a menudo inconscientemente, posa en todo, en su vestido, en su comportamiento, en su modo de caminar, de hablar, etc., para atraer la atención y, supuestamente, cautivar.

            Claro está que se oculta todo cuanto pueda empañar o eclipsar esta vana gloria. A veces se tiene vergüenza de los orígenes, de los padres, de los parientes. Se acumula mentira tras mentira para lograr atraer la consideración de los demás. Se subraya y se exagera todo lo que puede servir a este fin, y no es raro que para esto se inventen toda clase de proezas más o menos heroicas.

            ¡Qué alegría cuando se consigue esta vana gloria! Pero también se comprueba con rabia en el corazón el fracaso de los propios y miserables esfuerzos. Una envidia mortal se instala en el alma cuando otro recibe los laureles que uno soñaba para sí mismo.

            Sería un error creer que estas aberraciones no se encuentran en los medios que llamamos piadosos. No insistimos sobre este punto. Nuestro Señor flageló con palabras duras y amargos reproches a los hipócritas, y sucede con bastante frecuencia que los actos de religión y de piedad queden arruinados o manchados por toda clase de intenciones más o menos nobles. La pequeña tos mística de la beata para hacerse notar no es, por desgracia, la manifestación más grave de este «orgullo de la vida», trasplantado en el campo religioso.

Jesús y el «orgullo de la vida»

 

            Este es el mal que hay que curar y evitar. Y ahora viene el remedio: la doctrina y el ejemplo de Nuestro Señor Jesucristo.

            Si hay algo que desluce y arruina la vida de tantos «hombres grandes», pero está totalmente ausente de la vida de Jesús, es la pose, la afectación, esto es, hablar y obrar para figurar. En la vida de Jesús todo es verdadero, sencillo, sincero. Y este no es ciertamente el menor encanto del Evangelio.

            Nuestro Señor se encuentra elevado por encima de todos los hombres, incluso en el plano natural, a alturas incomparables. Pues El es Dios, y por lo tanto infinito en sabiduría, virtud y perfección. Pero, contra el criterio de los mundanos, que están al acecho de los puestos de honor y de los lugares elevados, El quiere ocupar el último rango en la sociedad; lo llamarán «el hijo del carpintero», y se atendrá en todas las cosas a la humilde condición social en que el Padre quiso establecerlo.

            No se asemejará a los mundanos, que quieren ser colocados por encima de los demás y mandar a mucha gente: «El Hijo del hombre, dirá, no ha venido a ser servido, sino a servir» [167], y en la última Cena se levanta de la mesa para lavar con sus propias manos los pies de sus discípulos. Hace lo que el mundo detesta: obedece durante treinta años a su padre putativo, y sobre todo a su dulce Madre: «Vivía sujeto a ellos…» [168]. Y San Pablo resumirá su vida entera en estos términos: «Tomando condición de siervo… se humilló a sí mismo, obedeciendo hasta la muerte, y muerte de cruz» [169].

            De sus discípulos, enfrente de los modales pretenciosos y ambiciosos del mundo, exige la sencillez y la humildad de un niño. Cuando la madre de los hijos de Zebedeo, parientes de Cristo, viene a pedirle para ellos y en su nombre los dos primeros puestos en su reino, y los demás discípulos se indignan por estas pretensiones, El aprovecha la ocasión para prevenirlos contra el espíritu de dominación y de orgullo: «Sabéis que los jefes de las naciones las dominan como señores absolutos, y los grandes las oprimen con su poder. No ha de ser así entre vosotros, sino que el que quiera llegar a ser grande entre vosotros, será vuestro servidor, y el que quiera ser el primero entre vosotros, será vuestro esclavo; de la misma manera que el Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos» [170].

            En otra ocasión, en Cafarnaúm, preguntó a sus discípulos: «¿De qué discutíais por el camino?». No sabían qué contestar, pues, una vez más, habían estado discutiendo para saber quién sería el primero entre ellos. Llama entonces a un niño, lo abraza y lo coloca en medio de ellos, diciendo: «Yo os aseguro: si no cambiáis y os hacéis como los niños, no entraréis en el Reino de los Cielos. Así pues, quien se haga pequeño como este niño, ese es el mayor en el Reino de los Cielos» [171]. Esta doctrina va en contra de las falsas doctrinas del mundo. Quien se atreviese, en una reunión de mundanos, a adelantar estos principios, pidiendo que fuesen aplicados en la vida práctica, sería recibido con una carcajada sin lugar a dudas. ¡Es que se trata de la sabiduría de Dios, que es locura para el mundo!

            No, no hagamos absolutamente nada movidos por un espíritu de ambición y vanagloria: «Cuidad de no practicar vuestra justicia delante de los hombres para ser vistos por ellos… Por tanto, cuando hagas limosna, no lo vayas trompeteando por delante como hacen los hipócritas en las sinagogas y por las calles, con el fin de ser honrados por los hombres… Y cuando oréis, no seáis como los hipócritas, que gustan de orar en las sinagogas y en las esquinas de las plazas bien plantados para ser vistos de los hombres» [172].

            La misma lección nos da, pero con palabras llenas de santa indignación, en la sorprendente filípica con que flagela a los Fariseos y Escribas orgullosos e hipócritas: «Todas sus obras las hacen para ser vistos por los hombres… Quieren el primer puesto en los banquetes y los primeros asientos en las sinagogas, que se les salude en las plazas y que la gente les llame “Rabbí”. Vosotros, en cambio, no os dejéis llamar “Rabbí”, porque uno solo es vuestro Maes­tro… Ni tampoco os dejéis llamar “Señor”, porque uno solo es vuestro Señor: el Cristo. El mayor entre vosotros será vuestro servidor. Pues el que se ensalce, será humillado; y el que se humille, será ensalzado» [173].

            Todo esto es claro y neto. Y si proseguimos el razonamiento en la misma línea llegamos a la conclusión de que nuestra mayor dicha en este mundo consiste en ser desconocidos y despreciados por los hombres, y nuestra mayor desgracia consiste en ser alabados y exaltados por ellos: «Bienaventurados seréis cuando los hombres os odien, cuando os expulsen, os injurien y proscriban vuestro nombre como malo… Alegraos ese día y saltad de gozo… Pero ¡ay de vosotros cuando todos los hombres hablen bien de vosotros!» [174].

            ¡Lecciones preciosas y sublimes, que hemos de recordar a cada instante! ¡Qué lejos vive el mundo, incluso el mundo cristiano, de estas enseñanzas! ¡Qué superficialmente ha rozado nuestra vida el Evangelio! Sin desalentarnos ni desfallecer, trabajemos por la cristianización más profunda de nuestras convicciones y de nuestra vida, con la bendición de Jesús, «manso y humilde de Corazón», y con la ayuda de nuestra dulce Madre, la humilde Virgen María, que por su humildad cautivó el Corazón de Dios!


 

XXIX
María y el orgullo de la vida

            En la Santísima Virgen no hay nada que recuerde el espíritu de vanidad pretenciosa que caracteriza al «mundo». Su vida es una vida silenciosa, modesta, oculta, una vida de humildad y anonadamien­to. Miles de veces repitió Ella con convicción y ardor la hermosa palabra del Salmista: «¡No a nosotros, Señor, no a nosotros, sino a tu nombre da la gloria!» [175].

            San Luis María de Montfort reconoció perfectamente este aspecto de la vida interior de Nuestra Señora. «Su humildad ha sido tan profunda que no ha tenido sobre la tierra atractivo más poderoso y más continuo que esconderse a sí misma y a toda criatura, para no ser conocida sino de Dios solo. Dios, para escucharla en los pedidos que le hizo de esconderla, empobrecerla y humillarla, se ha complacido en ocultarla… en su vida, en sus misterios… a la vista de casi toda criatura humana» [176].

            En otra parte Montfort habla de «su humildad profunda, que la hizo ocultarse, callarse, someterse a todo y ponerse la última» [177]. Es todo un programa de vida, y cada una de estas palabras encuentra su justificación en la Sagrada Escritura. Por muy sobrios que sean los santos Libros en sus datos sobre la santísima Madre de Jesús, su modestia y humildad se manifiestan en ellos claramente. Como ya dijimos, María reveló realmente toda su alma sobre este punto cuando, al reconocer que Dios «hizo en Ella grandes cosas», declaró que todo eso era debido a Aquél que «miró la humildad de su esclava», y que, a causa de esto, hay que rendir sólo a Dios todo honor y toda gloria: «Glorifica mi alma al Señor».

 

La santa esclavitud de amor

 

            Por otra parte la santa esclavitud de amor hacia la Santísima Virgen es una escuela de rectitud y sencillez, que nos enseña a excluir de nuestra vida toda vana complacencia, y toda actitud orgullosa y afectada.

            Somos esclavos de Jesús y de María. ¿Qué hay de más humilde que un esclavo, por más que sea un esclavo de amor? ¡Cómo este pensamiento habitual de no ser nuestro, y por consiguiente de no vivir para nosotros, debe llevarnos a la convicción de nuestra pequeñez y de nuestra nada! ¿Y cómo querer figurar, mostrarse, ser visto, notado, admirado y alabado por los hombres, cuando sabemos no ser más que «un pobrecito esclavito indigno», como decía San Ignacio de Loyola, y estamos cada vez más convencidos de ello?

            Es un hecho de experiencia cotidiana, que quienes dependen de otros y por las circunstancias deben obedecer habitualmente, son casi siempre hombres modestos, que ejercitan como naturalmente la virtud, que excluye la vana complacencia en sí mismo, la necesidad de mostrarse y de ponerse en primera fila. Ahora bien, nuestra condición de esclavo de Jesús en María exige de nosotros una dependencia entera y continua hacia ellos, como también hacia quienes están revestidos de su autoridad y los representan ante nosotros. Y esta actitud lle­va casi forzosamente a la sencillez, a la modestia, al ocultamiento, y excluye la confianza exagerada en nosotros mismos, la pretensión a los primeros puestos, y toda ostentación vana y ridícula.

            La práctica interior de hacerlo todo por Jesús y por María va directamente también contra el orgullo de la vida, que es la manifestación más funesta y peligrosa del espíritu del mundo; pues no excluye solamente el amor propio, esto es, la búsqueda de sí en lo que se hace y emprende, como observa San Luis María, sino también la codicia de la consideración y alabanza de los hombres. No es posible vivir total y completamente para Jesús y María, y al mismo tiempo obrar para agradar a los hombres y buscar sus alabanzas. En la misma medida en que apuntamos a lo uno excluimos lo otro. San Pablo lo reconoce en unas palabras notables: «Si todavía tratara de agradar a los hombres, ya no sería siervo de Cristo» [178]. Salta a la vista que esto también vale para con la Santísima Virgen. La verdadera Devoción exige y realiza una gran y total pureza de intención, y así se opone diametralmente a la vanidad y al orgullo de la vida.

            Y si se quiere la prueba por los hechos, considérese la vida de nuestro Padre, perfecto ejemplar de los verdaderos esclavos de Jesús en María. ¿Quién pisoteó más que él el respeto humano? ¿Quién se preocupó menos que él por la opinión y estima de los hombres? ¿Quién aceptó más tranquila y alegremente las humillaciones penosas, a veces sangrientas, de que fue objeto, de parte incluso de sacerdotes, de obispos, de sus superiores? ¿Quién soportó y desafió más valientemente que él el odio y las persecuciones de los mundanos, y quién flageló y ridiculizó más enérgicamente que él las pretensiones y la megalomanía del mundo perverso? Sin lugar a dudas que fue la Santísima Virgen, y la vida habitual e intensa de intimidad con Ella, quien lo condujo a ser, también en este punto, un perfecto «hombre de Evangelio».

            De esta escuela somos. Pertenecemos a la escuela de Jesús, de María, de San Luis María de Montfort. Queremos impregnarnos de su espíritu y seguir sus pasos. Tratemos de extirpar hasta la raíz este miserable espíritu de orgullo que caracteriza al mundo, y esforcémonos por hacernos, a ejemplo suyo, «mansos y humildes de corazón». Repitamos frecuentemente con fervor a Jesús y también a su Madre, por intercesión de su gran Servidor: «Haced mi corazón semejante al vuestro».


 

XXX
Nuestra actitud

            Hemos visto lo que era el orgullo de la vida y hasta qué punto reina en el mundo. Hemos estudiado también sobre este punto la actitud de Jesús, de su santísima Madre y de quienes, como San Luis María de Montfort, quieren seguir fielmente sus pasos. En la escuela de nuestro Padre debemos y queremos tomar partido, y ello de forma radical, no en favor del mundo perverso, sino de Cristo y su divina Madre. También en este campo hemos de tratar de extirpar hasta la raíz el espíritu del mundo en nosotros. Con la gracia de Dios y el auxilio de Nuestra Señora, hagámoslo del siguiente modo.

            1º Esforcémonos continuamente por practicar la virtud preciosa y fundamental de la humildad.

            Con este fin pidamos cada día en nuestras oraciones lo que Montfort indica como uno de los «efectos maravillosos» de su perfecta Devoción a Nuestra Señora: «el conocimiento y el desprecio de nosotros mismos» [179].

            No hemos de exagerar ni sobrestimar nuestros talentos y virtudes, ni considerar todo eso con un cristal de aumento, ni ser ciegos sobre nuestras deficiencias, faltas y defectos. ¡Ah, si pudiésemos vernos de vez en cuando con los ojos de los demás! ¡Discernimos y analizamos con tanta perfección los defectos de los demás, y somos tan ignorantes de los que nosotros mismos llevamos con nosotros!

            Es cierto que hay cosas buenas y loables en nosotros. Cuando nos damos cuenta de ellas, y cuando tal vez otros lo hacen notar, velemos por remitir todo eso inmediata y formalmente a Dios, el Autor de todo bien, y también, en el orden sobrenatural, a la Santísima Virgen, Mediadora de todas las gracias. San Pablo establece netamente esta ley y este deber: «¿Qué tienes que no lo hayas recibido? Y si lo has recibido, ¿a qué gloriarte cual si no lo hubieras recibido?» [180].

            No debemos negarnos a estimar al prójimo, ni despreciarlo. No hay nada que más nos cierre el Corazón de Dios. Debemos ser bondadosos y misericordiosos en nuestros juicios sobre los demás. Debemos saber reconocer sus cualidades y excusar sus defectos. No hay ninguna herejía en que no haya alguna parte de verdad; del mismo modo, no hay hombre en el mundo que no posea algunas buenas cualidades.

            Debemos considerarnos decididamente como los últimos de todos. Es el modo de obrar de los santos. Y la humildad sigue siendo verdad en este caso, porque podemos admitir que si otros hubiesen recibido las gracias que nos fueron concedidas a nosotros, habrían hecho mejor uso de ellas que nosotros.

            2º No hagamos nunca nada con el fin consciente de ser vistos, notados, admirados o alabados por los hombres. Apenas nos demos cuenta de que instintivamente obramos con este fin, enderecemos inmediata y enérgicamente la orientación de nuestra voluntad, y si no tenemos otro motivo más que ese para realizar el acto, interrumpámoslo o suprimámoslo. No debemos vestirnos de manera a atraer la atención, ni «posar» en nuestra actitud, en nuestros gestos, palabras o modos de obrar, ni intentar jamás la estima de los hombres en nuestro trabajo o estudios; y, sobre todo, debemos excluir esta miserable intención farisaica en el ejercicio del apostolado, de la virtud o de nues­tra vida de oración. Nuestro Padre de Montfort nos previene contra el peligro de querer provocar indirecta pero hábilmente la alabanza y aprobación de los demás…

            3º No tratemos de ponernos en primera línea, ni busquemos ocupar el primer rango, el mejor puesto. Al contrario, hagamos el esfuerzo de borrarnos, de desaparecer, de callarnos, de dejar hablar a los demás. Elijamos siempre para nosotros mismos lo menor, lo más humilde, el último lugar, según el precepto de Jesús.

            Hay una excepción a esta regla. La caridad debe prevalecer sobre la humildad. El deseo del reino de Dios y de Nuestra Señora, y el de la salvación de las almas, debe hacernos superar si es preciso nuestra modestia, nuestra reserva o nuestra timidez. Cuando el espíritu de apostolado lo pida, sepamos adelantarnos, mostrarnos sencilla y modestamente, pero también con decisión. El Salmista considera como un acto de virtud el llevar testimonio por Dios ante los reyes, y a causa de eso sabe que no será confundido [181].

            ¡Cuidado aquí con lo que podríamos llamar «humildad entre comillas»: retirarse simulando modestia y reserva, pero con la secreta esperanza de que se reclame nuestra presencia, y de que el botín de la vanidad sea así más rico!

            4º Si nos dirigen elogios no merecidos o se nos muestra una estima exagerada, no motivada, rechacemos sencilla y claramente esos halagos, y no nos dejemos embriagar por este incienso inmerecido. La gente del mundo maneja con bastante frecuencia el incensario esperando algo a cambio: ¡dar para recibir!

            Pero a veces el elogio es merecido: has preparado una comida suculenta, has logrado hacer un bonito bordado, has dado una excelente lección, escrito una hermosa página, etc., y se te felicita. Contesta lo siguiente, más o menos: «De veras, ¿así lo crees? Gracias por tus alentadoras palabras». Y vuelve la página, y no insistas en la dificultad y, por lo tanto, en el mérito del trabajo cumplido. Y no olvides tampoco de volverte interiormente hacia la Santísima Virgen: «Mi buena Madre, esta felicitación, esta pequeña flor, es para Ti. Si la he logrado, es gracias a tu ayuda materna».

            5º Ante las humillaciones permanece en calma. Si no se aprecia tu obra, si no se tiene en cuenta tu persona, si te tratan de manera inconveniente en palabras o en actos, haz como si te pasara desapercibido, y no te quedes alicaído, enfadado o irritado. No maldigas a la gente que no sabe apreciar el verdadero mérito, ni te consideres como un incomprendido, como un desconocido; sino acepta más bien la hu­millación por el triunfo y reino de Cristo por María. «Es preciso que El crezca y que yo disminuya», decía el Precursor a propósito de Cristo [182]. Que es como si dijera: «El crecerá en la medida en que yo disminuya. Esto es lo que busco, y de esto me alegro». La misma ley vale para nosotros: ¡Jesús y María triunfarán en el mundo en la medida en que nosotros aceptemos eclipsarnos!

«

            Nuestra fe es una fe de paradojas sublimes y de compensaciones magníficas. Hay una ley que domina los caminos de la infinita sabiduría de Dios: «Quien se ensalza será humillado, y quien se humilla será ensalzado» [183].

            Porque el Hijo de Dios «se humilló y anonadó», por decirlo así, en la naturaleza humana, «tomando la condición de esclavo» y, en esta condición, «haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz, Dios lo exaltó y le dio el Nombre que está sobre todo nombre, para que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en los cielos, en la tierra y en los infiernos» [184].

            Porque la Santísima Virgen se declaró «esclava del Señor» y, como tal, cumplió siempre su voluntad y su palabra, y compartió co­mo nadie la dependencia, las humillaciones, los sufrimientos y la muerte de Jesús, Ella fue también glorificada en cuerpo y alma y establecida Reina de todo lo creado, para que también ante de Ella toda rodilla se doble en la tierra, y por encima y por debajo de la tierra…

            ¡Quien se humilla será ensalzado!

            Caminemos por las sendas de la humildad, no para ser ensalzados por encima de los demás, sino porque la humildad es la verdad, y para servir por ella a los intereses de la causa de Dios y de su buenísima Madre.

            De hecho, sin embargo, seremos elevados y ensalzados.

            La exaltación y elevación que debemos aceptar y desear será la de una intimidad creciente con Dios, con Jesús y con María, los cuales se alejan de los sabios y poderosos y se manifiestan a los pequeños, como Bernardita de Lourdes, y Lucía, Francisco y Jacinta de Fátima. Hay que ser humilde y pequeño para comprender y saborear las cosas de Dios.

            Esperamos ser ensalzados un día a la altura de la Faz de Dios, por la contemplación inmediata, eterna y beatífica, y por la posesión sin fin, de la infinita Perfección divina.

            Otra elevación preciosa e infinitamente envidiable. Para que ninguna carne pueda gloriarse delante de Dios, El ha elegido siempre para realizar sus grandes obras lo que es débil, sin consideración y sin poder en el mundo, y lo que en suma no es [185].

            No lo olvidemos: el talón de la Mujer es el que aplasta a la Serpiente. Montfort nos lo ha hecho notar muchas veces: nuestro apostolado será bendecido, y nosotros tendremos parte en la victoria de la Mujer sobre Satán y la raza de Satán —y esto abarca el vasto campo de todo apostolado— en la misma medida en que aceptemos ser talón, esto es, humildes, pequeños, ocultos, humillados y pisoteados por los hombres.

            ¡Ojalá que todas las consideraciones que hemos hecho sobre este tema, especialmente las últimas, nos decidan a apartar enérgicamente de nuestra existencia el «orgullo de la vida», y a caminar valerosamente por el camino que Jesús y María nos han señalado, y que nues­tro Padre de Montfort recorrió tan heroicamente antes que nosotros!


 

                [1] Ef. 5 1.

                [2] Mt. 5 48.

                [3] Jn. 15 13.

                [4] I Cor. 4 16.

                [5] Secreto de María, nº 45.

                [6] Verdadera Devoción, nº 108.

                [7] Verdadera Devoción, nº 200.

                [8] Verdadera Devoción, nº 257.

                [9] Verdadera Devoción, nº 260.

                [10] Verdadera Devoción, nº 260.

                [11] Verdadera Devoción, nº 222.

                [12] Oficio de la Inmaculada Concepción.

                [13] I Cor. 4 7.

                [14] Sal. 115 16.

                [15] Lc. 1 42-45.

                [16] Sal. 113 9.

                [17] Jn. 5 30; 8 50.

                [18] Jn. 17 4.

                [19] Secreto de María, nº 49.

                [20] Verdadera Devoción, nº 213.

                [21] I Cor. 10 31.

                [22] Verdadera Devoción, nº 222.

                [23] Mt. 22 37.

                [24] Cantar de los Cantares.

                [25] Acto de Consagración de San Luis María de Montfort.

                [26] Jn. 14 23.

                [27] Lc. 10 38-42.

                [28] I Cor. 2 9.

                [29] Cantar de los Cantares.

                [30] Sal. 44.

                [31] Cantar de los Cantares.

                [32] Sal. 44.

                [33] Jn. 2 4.

                [34] Mt. 12 48-50.

                [35] Lc. 11 27-28.

                [36] Jn. 2 5.

                [37] Cantar de los Cantares.

                [38] Mt. 20 18.

                [39] Apoc. 5 9.

                [40] Mt. 10 37.

                [41] I Jn. 4 10.

                [42] Ef. 5 25-27.

                [43] I Cor. 15 25.

                [44] Mt. 26 33-35; Lc. 22 33.

                [45] Sal. 44.

                [46] Lc. 10 27.

                [47] Mt. 22 37-39; Mc. 12 30-31.

                [48] Jn. 15 12.

                [49] Jn. 13 34.

                [50] Jn. 13 35.

                [51] Mt. 7 1-2; 7 7; 5 7.

                [52] Sant. 2 13.

                [53] Mt. 10 40-42.

                [54] Mt. 25 31-46.

                [55] Jn. 15 9.

                [56] Jn. 13 1.

                [57] Rom. 13 8.

                [58] Lc. 23 34.

                [59] Verdadera Devoción, nº 209.

                [60] I Cor. 13 4-7.

                [61] Mt. 7 3-5.

                [62] Ef. 4 1-3.

                [63] Col. 3 12-13.

                [64] Rom. 12 14-21.

                [65] Jn. 3 16.

                [66] Jn. 15 13.

                [67] Verdadera Devoción, nº 171.

                [68] Verdadera Devoción, nº 214.

                [69] Verdadera Devoción, nº 265.

                [70] I Jn. 3 16.

                [71] Jn. 2 1-11.

                [72] Act. 20 35.

                [73] Sal. 132 1.

                [74] Verdadera Devoción, nº 260.

                [75] Es completamente cierto que el Antiguo Testamento es la figura del Nuevo, especialmente por lo que se refiere a Cristo mismo. Pero, una vez establecido este principio, cuando encontramos rasgos particulares de semejanza entre una mujer de la Antigua Ley y la Santísima Virgen, que aquí como en todas partes es inseparable de Cristo, estamos autorizados a ver en esta mujer una prefiguración de María, querida por Dios, sobre todo cuando así lo confirma la enseñanza de los Padres o Doctores de la Iglesia y de los Papas.

                [76] Gen. 3 15.

                [77] Siempre nos hemos sorprendido de que ciertos exegetas católicos nieguen todo significado mariano e incluso mesiánico objetivo a este texto. No se puede hacer esto sino cuando se trata a este texto como una palabra puramente humana. Por otra parte, muchos comentadores vuelven por un camino indirecto al sentido mariano de este pasaje. — En nuestra traducción y comentario seguimos el texto de la Vulgata. Es nuestro derecho, puesto que se trata de la traducción latina oficial reconocida y empleada por la Iglesia. Sabemos que esta traducción se aparta del texto original. Pero es evidente que en esta traducción no pudo deslizarse ningún error doctrinal, y que además traduce fielmente todos los elementos esenciales del texto hebreo.

                [78] Nn. 51-54.

                [79] Apoc. 12.

                [80] Apoc. 12 17.

                [81] Verdadera Devoción, nº 54.

                [82] ¡Ni en 2002! [N.d.T.]. Ver Verdadera Devoción, nn. 63-64.

                [83] Apoc. 12 17.

                [84] Verdadera Devoción, nº 114.

                [85] Verdadera Devoción, nº 114.

                [86] Verdadera Devoción, nº 153.

                [87] Apoc. 12 1.

                [88] Apoc. 12 5.

                [89] Apoc. 12 3-17.

                [90] Esta opinión no es un punto de fe. Pero se apoya en fundamentos suficientemente sólidos como para que nuestra piedad mariana pueda alimentarse de él.

                [91] Apoc. 12 7-9.

                [92] Apoc. 12 5.

                [93] Apoc. 12 14.

                [94] Apoc. 12 17.

                [95] Apoc. 12 12.

                [96] Tal vez se diga que todo eso son viejas historias que ya no se repiten hoy. ¿Será cierto? ¿No se ha visto la victoria inverosímil de Varsovia, conseguida por Polonia contra los ejércitos soviéticos el 15 de agosto de 1921 bajo la conducta del general francés Weygand? El ejército polonés, que se componía parcialmente de jóvenes de 16 y 17 años, se lanzó al ataque cantando un cántico a la Santísima Virgen. Su estampida fue irresistible. Los ejércitos comunistas fueron derribados y expulsados fuera de la frontera.

                [97] II Tes. 2 3.

                [98] Apoc. 12 12.

                [99] Verdadera Devoción, nn. 47, 50, 54, 59.

                [100] Apoc. 12 12.

                [101] Jud. 15 11.

                [102] Jue. 4 8.

                [103] Jn. 8 44.

                [104] Jn. 10 1, 10.

                [105] Jn. 8 44.

                [106] Antífona de las Vísperas de los Apóstoles.

                [107] Rom. 8 28.

                [108] Santo Tomás enseña que, así como Cristo es Cabeza de los predestinados, así también Satán lo es hasta un cierto punto de los impíos, porque alcanzó el colmo de la malicia y trata de llevar los hombres al fin que él persigue: la aversión de Dios. Trata de conseguir esto por persuasión y dirección, y también por su ejemplo perverso que, como un estandarte, precede y atrae a los hombres al camino del alejamiento de Dios.

                [109] I Jn. 3 8.

                [110] Jn. 8 44.

                [111] Jn. 1 9.

                [112] Verdadera Devoción, nº 167.

                [113] En flamenco, lengua de Flandes, tierra del autor de estas páginas.

                [114] Eclo. 19 1.

                [115] Amor de la Sabiduría Eterna, nn. 74-84, 198-199.

                [116] Verdadera Devoción, nº 256.

                [117] Verdadera Devoción, nº 227.

                [118] Jn. 1 10; 12 19; 14 13.

                [119] Monseñor Charles Gay, Vida y virtudes cristianas consideradas en el estado religioso, tr. VIII, p. 494.

                [120] Jn. 17 14.

                [121] Jn. 17 9.

                [122] Jn. 7 7.

                [123] Mt. 18 7.

                [124] Jn. 16 33; 12 31-32.

                [125] I Jn. 5 4.

                [126] I Jn. 2 15.

                [127] Sant. 4 4.

                [128] Verdadera Devoción, nº 166.

                [129] Verdadera Devoción, nº 256.

                [130] Verdadera Devoción, nº 114.

                [131] Sant. 1 27.

                [132] Gal. 6 14.

                [133] I Jn. 2 16.

                [134] I Tim. 6 10.

                [135] Mt. 8 20.

                [136] Mt. 5 3; Lc. 6 20-21.

                [137] Lc. 21 3.

                [138] Lc. 16 19-31.

                [139] Mt. 25 40-45.

                [140] Lc. 8 14.

                [141] Mt. 19 16-26; Mc. 10 17-27; Lc. 18 18-27.

                [142] Lc. 6 24-25.

                [143] Mt. 6 24.

                [144] I Tim. 6 8-11.

                [145] Mt. 6 19.

                [146] Mt. 6 34.

                [147] Mt. 6 25-33.

                [148] Mt. 26 9.

                [149] Sant. 2 1-9.

                [150] Sal. 123 7.

                [151] Apoc. 17.

                [152] Fil. 3 19.

                [153] No negamos el valor absoluto y el valor relativo o accidental del deporte. Sabemos también que hoy, mucho más que antes, hay entre las estrellas del deporte hombres muy estimables, de altas cualidades morales y excelentes cristianos. El mismo Santo Padre se interesó muchas veces por ciertos acontecimientos deportivos y por quienes eran sus autores. El Papa fijó en un notable discurso el valor del deporte y las normas que se deben seguir en la apreciación de su valor y en la práctica. Lo que nunca se podría condenar como se merece es que en este campo el orden de los valores ha quedado completamente invertido. Para los maniáticos del deporte un partido de fútbol o incluso de boxeo cobra una importancia incomparablemente superior a los acontecimientos más graves en el campo espiritual y sobrenatural. Es la decadencia más lamentable, de la que por desgracia no se ven libres los medios católicos y religiosos.

                [154] Apoc. 17 5.

                [155] Mt. 19 12.

                [156] Toda esta media página es una cita casi continua de San Pablo. Los principales textos aquí citados sobre este tema se encuentran en los siguientes lugares: • Rom. 7 21-25; 8 12; 13 14; • I Cor. 9 27; • II Cor. 12 7; • Gal. 5 17-25; • Ef. 2 3.

                [157] Textos de la Escritura aplicados a la Virgen María en la Liturgia.

                [158] Verdadera Devoción, nº 205.

                [159] Verdadera Devoción, nn. 173, 174, 175, 177 y 179.

                [160] Verdadera Devoción, nº 89.

                [161] I Cor. 6 20.

                [162] Ef. 5 3.

                [163] Sal. 44.

                [164] Fil. 3 18.

                [165] I Cor. 9 27.

                [166] Amor de la Sabiduría Eterna, nº 82.

                [167] Mt. 20 28.

                [168] Lc. 2 51.

                [169] Fil. 2 7.

                [170] Mt. 20 20-28.

                [171] Mt. 18 1-4; Mc. 9 32-37.

                [172] Mt. 6 1-5.

                [173] Mt. 23 5-12.

                [174] Lc. 6 22-26.

                [175] Sal. 113 9.

                [176] Verdadera Devoción, nn. 2-3.

                [177] Verdadera Devoción, nº 260.

                [178] Gal. 1 10.

                [179] Verdadera Devoción, nº 213.

                [180] I Cor. 4 7.

                [181] Sal. 118 46.

                [182] Jn. 3 30.

                [183] Mt. 23 12.

                [184] Fil. 2 7-10.

                [185] I Cor. 1 27-29.

 


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