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" “Virgen, yo me he entregado a ti como hijo desde mi nacimiento, en todos los años de mi vida me he hecho siervo tuyo, y te he dado sólo a ti las llaves de mi alma”." ( San Jose de Cupertino )

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Fundamentos y Práctica de la Vida Mariana

 

Unas palabras de introducción

            En el primer volumen de esta Serie Immaculata, después de algunas páginas de introducción, explicamos la Consagración mariana en sí misma, su naturaleza, sus propiedades, su nombre, sus consecuencias y sus obligaciones.

            A esta Consagración, como punto de partida y fundamento práctico de la vida mariana, San Luis María de Montfort vincula las «prácticas interiores» de la devoción mariana perfecta, prácticas que suponen realmente la «marialización» de todos los aspectos de la vida cristiana, y también a María introducida en todas nuestras relaciones con Dios, en las cuales ejerce su Mediación.

            Estas riquísimas y exhaustivas actitudes marianas del alma las cristalizó en una fórmula lapidaria: hacerlo todo por María, con María, en María y para María.

            Sin lugar a dudas, lo que le llevó a elegir esta fórmula fue la hermosa y solemne oración final del Canon de la Misa:

«Por Cristo Nuestro Señor.
Por el cual, Señor,
creas, santificas, vivificas, bendices y repartes siempre
todos estos bienes.
Por El, con El y en El,
 a ti Dios Padre todopoderoso, en unidad del Espíritu Santo,
te sea dada toda honra y gloria,
por todos los siglos de los siglos. Amen».

            Aparece claramente cómo la Iglesia establece aquí una relación de causalidad entre la primera y la segunda parte de esta oración. Es como si dijera: Es porque tú, Señor, creas, santificas, ben­dices y repartes todos los bienes por Cristo, que te deben ser ofrecidos por El, con El y en El toda honra y gloria.

            Montfort retoma este razonamiento en su espiritualidad y lo aplica a la Santísima Virgen. La razón de ello es que en el orden sobrenatural todo es producido, vivificado, santificado y dado, después de Cristo, por María; por Ella nos viene en este orden todo ser, toda vida, toda santidad, toda bendición y todo don; y por eso toda vuelta a Dios de parte nuestra, de cualquier forma que se haga, debe realizarse por Ella, con Ella y en Ella, por los siglos de los siglos, durante nuestra vida en la tierra y por toda la eternidad.

            La fórmula de Montfort tiene cuatro incisos. A la fórmula litúrgica añadió el «para María», inspirado sin duda por las palabras «toda honra y gloria»; pues vivir para María quiere decir hacerlo todo «por su provecho y por su gloria». Por su fórmula completa el gran Apóstol mariano reconoce prácticamente la causalidad múltiple ejercida por la Santísima Virgen en el mundo sobrenatural. «Por María» la reconoce como causa eficiente en este orden, ya sea en sentido estricto, ya sea en el sentido más amplio de causa motiva moral, que obra por mandato o por consejo. «Con María» rinde homenaje a Nuestra Señora como causa ejemplar («formalis extrinseca») secundaria, como ideal o modelo de todo el mundo sobrenatural, tanto en el ser como en el obrar. «Para María» la exalta como causa final de nuestra vida sobrenatural después de Dios y de Cristo, y por consiguiente ocupando legítimamente un lugar también en el orden de finalidad en el terreno de la vida cristiana. «En María» significa la unión estrecha e incesante con Ella, que es forzosamente efecto de la influencia universal que Ella ejerce en todo el orden del ser y del obrar sobrenaturales, y que por lo tanto une muy estrechamente a las almas con Ella.

            Este es el riquísimo significado de la fórmula un tanto misteriosa empleada por San Luis María de Montfort. Cada inciso de esta fórmula proporcionará el título y el objeto de los cuatro volúmenes que van a seguirse, y de los que este es el primero. Queda claro que no hay que dar una importancia exagerada a la fórmula en cuanto tal, aunque la teología la justifique a veces de manera sorprendente, como sucede, por ejemplo, con el «para María» en Santo Tomás [1].

            Al exponer esta fórmula, seguimos las explicaciones dadas por nuestro Padre en el «Tratado de la Verdadera Devoción a la Santísima Virgen», que es su obra definitiva en el tema. «El Secreto de María», escrito mucho antes, se aparta un tanto del «Tratado», no en el sentido que da a las prácticas mismas, sino en su clasificación bajo tal o cual inciso de la fórmula. Una prueba más de que no hay que atribuir excesiva importancia a la fórmula en cuanto tal.

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            El presente volumen querría resaltar el «todo por María». ¡Díg­nese nuestra Señora de Lourdes, la «Inmaculada Concepción», ayudarnos a alcanzar esta meta!

            Pues este libro aparece oficialmente el 11 de febrero. Un volumen de esta serie de la Inmaculada podía sin duda vincularse a estas apariciones. ¿No es el mismo Papa quien dijo que Lourdes era la confirmación de la definición dog­mática de la Inmaculada Concepción? Lourdes fue la respuesta de alcance mundial que la Santísima Virgen dio al homenaje, también mundial, que le había sido ofrecido, tanto por la definición misma, como por todo lo que precedió y siguió a esta proclamación [2]. Y cuando Bernardita le pidió que dijera su nombre, Ella contestó con una expresión indecible: «Yo soy la Inmaculada Concepción».

            Esta obra es, pues, nuestro homenaje de gratitud y de afecto a la blanca Madona de los Pirineos. Al escribir estas líneas surgen en nuestra alma mil recuerdos, fruto de más de 30 peregrinaciones, de cinco o seis días cada una, que hemos tenido la dicha de hacer a este lugar bendito… Lourdes es único en el mundo, un rincón del Paraíso terrenal, no, del verdadero Paraíso, descendido entre nosotros… Quien haya estado en Lourdes como peregrino ratificará esta afirmación.

            ¡Ojalá estas páginas irradien algo de esta Presencia mariana misteriosa, pero real, que se experimenta allá, y que reconocía hace poco el ilustre Primado de Bélgica, el Cardenal Van Roey!

            ¡Dulce Señora de Lourdes, bendecid esta modesta obra y a todos cuantos la lean!


 

I
El espíritu de la perfecta Devoción

            En «El Secreto de María» San Luis María de Montfort define así la perfecta Devoción a la Santísima Virgen: «Consiste en darse por entero, en calidad de esclavo, a María y a Jesús por Ella; y lue­go en hacerlo todo por María, con María, en María y para María. Explico estas palabras» [3].

            «Explico estas palabras». En esta Serie Immaculata nos esmeramos modestamente en hacer lo que hace nuestro Padre. El primer volumen de la serie quedó consagrado a explicar el Acto de Donación mismo, con sus consecuencias inmediatas y sus obligaciones. Hablar de estas últimas era ya entrar en el campo del «espíritu» de la verdadera Devoción. Por la exposición completa y detallada de las prácticas interiores de la perfecta Devoción a Nuestra Señora, vamos a describir a lo largo y a lo ancho este «espíritu», o la manera de vivir interior y habitualmente nuestra pertenencia total a la santísima Madre de Dios. ¡Concédanos esta divina Madre la gracia de realizar convenientemente este trabajo! Pues es de la mayor importancia para el bien de las almas y sobre todo para el propio Reino de Ella; ya que el reino de María en las almas consiste principalmente en la aplicación de estas prácticas interiores a nuestra vida.

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            Muy útil para adquirir progresivamente este espíritu es la renovación frecuente y bien consciente de nuestra Consagración total, hecha ya con una fórmula verbal, ya de manera puramente interior, por ejemplo, al levantarse y al acostarse, antes y después de las comidas, al comienzo de cada nueva actividad, en las dificultades y tentaciones, a la vista o al encuentro de una imagen de Nuestra Señora, entre las decenas del Rosario, etc.

            Pero, como justamente observa San Luis María de Montfort, eso no basta. Para llegar a la santidad es indispensable ir más lejos: «No basta haberse dado una vez a Jesús por María en calidad de esclavo; no basta siquiera hacerlo cada mes, cada semana [y, podemos añadir, cada día y varias veces por día]; eso sería una devoción demasiado pasajera, y no elevaría el alma a la perfección a que es capaz de elevarla» [4].

            Debemos estar advertidos de que no es fácil penetrarnos bien de este espíritu: «No es muy difícil alistarse en una cofradía, ni siquiera abrazar esta devoción…; la gran dificultad está en entrar en el espíritu de esta devoción, que es hacer a un alma interiormente dependiente y esclava de la Santísima Virgen y de Jesús por Ella» [5].

            Y lo que no es fácil no lo hará ordinariamente la mayoría de las almas, o al menos sólo imperfectamente. El aviso que sigue es un poco desalentador: «He encontrado a muchas personas que, con admirable ardor, se han entregado a su santa esclavitud en el exterior; pero raramente he encontrado a quienes hayan adquirido su espíritu, y aún menos que hayan perseverado en él» [6].

            Nos sentimos inclinados a creer que, si Montfort viviera en la hora actual, temperaría un poco la severidad de esta afirmación. Hoy hay muchas almas que toman en serio su vida mariana y se aplican generosa y constantemente a vivir en dependencia habitual de la Santísima Virgen.

            Sea como sea, no debemos de ningún modo dejarnos confundir por esta constatación de nuestro Padre. Los santos son también raros, incluso rarísimos; y sin embargo eso no es ningún motivo para dejar de tender a la perfección. Si hay pocas almas que den a nuestra divina Madre todo lo que le corresponde, eso es un motivo más para tratar de hacerlo nosotros con la gracia de Dios y la ayuda de Nuestra Señora, aunque sólo fuera para compensarla de tantas lagunas.

            Para gloria de la Santísima Virgen, por amor a nuestro único Jesús, para glorificación y gozo de nuestra Madre amadísima, trataremos de aplicarnos a partir de hoy, apacible pero valientemente, con perseverancia y tenacidad, a la práctica interior de la santa esclavitud de amor.

            Hemos de querer esto, quererlo enérgicamente, y estar dispuestos a «aguantar» diez, veinte y cincuenta años si es preciso, hasta la muerte, y eso a pesar de todas las decepciones y contradicciones, tan­to interiores como exteriores.

            Nuestra triste experiencia, es cierto, nos ha hecho profundamen­te conscientes de nuestra debilidad e inconstancia.

            Pero si se lo pedimos al Señor humilde y confiadamente, El mis­mo «realizará en nosotros el querer y el obrar» [7].

            Cada día pediremos —y esta súplica será escuchada— la práctica humilde, ardiente y constante de la perfecta Devoción a Nuestra Señora. Es esta una gracia selecta, en un sentido la gracia de las gracias, porque conduce a las demás y las contiene todas en principio y en germen: «Todos los bienes me vinieron juntamente con Ella» [8].

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            Estas prácticas interiores de dilección perfecta a Nuestra Señora, tal como las propone San Luis María de Montfort, son de una riqueza y profundidad maravillosas. Abarcan todo el campo de trabajo de la santidad. son como la «marialización» de todos los aspectos de la vida espiritual. Son la Mediación universal de María reconocida y aplicada en la práctica, no sólo en el orden de la oración y de la intercesión, sino en todo el orden de relaciones de nuestra alma con Jesús, con Dios. Tal vez en ninguna otra parte, a no ser que sea justamente bajo la influencia reconocida o inconsciente de Montfort, se encuentra esta riqueza sobreabundante de datos prácticos marianos. Ya se trate de dependencia y de conformidad de nuestra voluntad con la de Dios, ya de imitación o de unión, ya de confianza y abandono, ya de orientación de toda nuestra vida hacia Dios, nuestro Fin supremo: todas estas actitudes de alma, cada una de las cuales considerada separadamente puede conducir a la perfección, las encontramos marializadas en estas prácticas interiores.

            Y sin embargo, a pesar de su amplitud y admirable profundidad, esta espiritualidad mariana es accesible al simple fiel, más accesible tal vez a la gente sencilla que a los demás, porque en definitiva no es más que la vida de amor y el camino de infancia, vivido en unión con Nuestra Señora. El amor hace dependiente, busca semejanza y unión con el ser amado, y no vive sino para este ser: y estas son precisamente las cuatro prácticas interiores de la perfecta Devoción a Nuestra Señora.

            Un hijo obedece a su madre, se confía a ella, la mira sin cesar para imitarla, vive de buena gana junto a ella y le trae todos sus pequeños tesoros: estos son más o menos los deberes que el Padre de Montfort asigna a los predestinados respecto de María; y las prácticas interiores no son más que la prolongación y perfeccionamiento de estos deberes hasta los estados místicos más elevados.

            Lo que ha incomodado a cierto número de almas frente a estas prácticas interiores, es que a primera vista parecen a veces oscuras y complicadas. No es más que una apariencia. Nos atrevemos a esperar que, después de las explicaciones que vienen a continuación, no quedará poco o nada de esta oscuridad y complicación. Y si nuestros lectores encontrasen oscuridades en nuestra exposición, hagan el favor de decírnoslo llanamente. Les estaremos muy agradecidos.

            Señor Jesús, enséñanos a amar a tu Madre con obras. Enséñanos a ser, como Tú, dependientes de María, a confiar en Ella, a vivir unidos a Ella, y totalmente para Ella. Tú eres, Jesús, el gran Modelo de la vida mariana perfecta. Danos la gracia de vivirla y practicarla; y especialmente por lo que mira al amor verdadero y perfecto de María, Madre tuya y también nuestra, haz, Jesús, nuestro corazón y nuestra vida semejantes a los tuyos.


 

II
“Obediente hasta la muerte”

            Como decíamos, la espiritualidad mariana de San Luis María de Montfort es maravillosamente rica y realmente completa.

            Significa, ni más ni menos, la «marialización» de toda la vida cristiana en todas sus formas y bajo todos sus aspectos, para adaptarnos perfectamente al plan divino, que es mariano en todas sus partes y en todos sus detalles. Significa también a María prácticamente reconocida como Mediadora en todas las relaciones de nuestra alma con Dios.

            Uno de los aspectos más fundamentales de la vida espiritual consiste en la dependencia absoluta y radical respecto de Dios, en la total e incesante sumisión de nuestra voluntad a la voluntad divina. La perfección consiste, se nos dice, en la conformidad de nuestra voluntad con la de Dios. Es la exacta verdad, aunque la santidad pueda enfocarse y se presente bajo varios otros aspectos.

            Es fácil comprender que la dependencia absoluta e incesante respecto de Dios sea uno de los deberes más esenciales de nuestra vida, un deber que está de tal modo en la naturaleza de las cosas, que Dios mismo no podría dispensarnos de él.

            ¡Y cómo encontramos en nuestro Maestro adorado un admirable ejemplar de esta sumisión absoluta!

            San Pablo resumió verdaderamente toda la vida de Jesús al escribir que «se hizo obediente hasta la muerte, y muerte de cruz» [9].

            Pero Jesús mismo es quien nos proclama su amor por la voluntad de su Padre. Debemos estar profundamente agradecidos a San Juan por habernos conservado estas preciosas palabras en su Evangelio.

            Y en primer lugar, ante la voluntad de su Padre, Jesús elimina, tanto en principio como en la práctica, su propia voluntad humana. «He descendido del cielo», dice, «no para hacer mi voluntad, sino la voluntad de Aquel que me envió» [10]. Es el programa de su vida, y a este programa permanecerá invariable y escrupulosamente fiel. Y cuando su naturaleza humana se espante y vacile ante los horrendos sufrimientos que lo acechan, exclamará: «Padre mío, si es posible pase de Mí este cáliz»; pero enseguida añade firmemente: «Mas no se haga como Yo quiero, sino como Tú» [11].

            Jesús vive de esta dependencia: es su alimento y su bebida. «Mi alimento es hacer la voluntad del que me ha enviado y llevar a cabo su obra» [12]. Esta dependencia va tan lejos que Jesús no obra sino bajo su influencia, bajo el impulso del Padre, de modo que sus obras son realmente las del Padre. Sus palabras son las del Padre, las que el Padre le inspira decir: «Yo no puedo hacer nada por mi cuenta: juzgo según lo que oigo… El que me ha enviado es veraz, y lo que le he oído a El es lo que hablo al mundo… Yo no hago nada por mi propia cuenta, sino que hablo lo que el Padre me ha enseñado» [13].

            ¿Podríamos jamás meditar suficientemente estas palabras, noso­tros que queremos tender a la perfecta sujeción de amor?

            En efecto, esta misma dependencia, esta obediencia absoluta, Jesús la exige a sus discípulos, nos la exige a todos nosotros. Pues «no todo el que me diga: Señor, Señor, entrará en el Reino de los Cielos, sino el que haga la voluntad de mi Padre celestial» [14].

            Sin duda, amar a Dios es el primero y el mayor de todos los mandamientos, pero El mismo indica cómo se debe comprender y practicar este mandamiento: por la obediencia y dependencia. «El que tiene mis mandamientos y los guarda, ese es el que me ama… Si alguno me ama, guardará mi Palabra… El que no me ama no guarda mis palabras» [15].

            También nos dice que esta sumisión fiel y vivida es el medio de merecer sus preferencias y entrar en su intimidad: «Quien cumpla la voluntad de Dios, ese es mi hermano, mi hermana y mi madre» [16].

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            Nunca podremos recordar lo suficiente estas importantes pa­la­bras, ni grabarlas en nuestro espíritu y nuestro corazón tan profundamente como fuera menester.

            Pero nosotros, hijos y esclavos de Nuestra Señora, no olvidemos un aspecto importantísimo, el aspecto mariano, de la dependencia de Jesús.

            Esta dependencia misma, y el aspecto mariano de esta dependencia, se encuentran encerrados en una brevísima frase que nos descubre y revela todo un mundo divino: «Vivía sujeto a ellos» [17]. Fuera del relato del encuentro del Niño Jesús en el Templo, eso es todo, absolutamente todo, lo que se nos ha transmitido de la vida escondida de Jesús. Y es que, según el parecer del Espíritu Santo, de la Santísima Virgen, que transmitió a los Evangelistas la vida de infancia de Jesús y su vida oculta en Nazaret, y de los mismos Evangelistas, no había más que decir. Por lo tanto, en esas cuatro palabras encontramos el programa completo de la vida de Jesús, desde su tierna infancia hasta su vida pública.

            Esta sumisión se ejerció, sin duda alguna, respecto de San José, pero también, y sobre todo, respecto de la Santísima Virgen: porque Jesús no practicaba esta sumisión a San José más que a causa de María, la única en ser su verdadera Madre, y porque, según la creencia común, el santo Patriarca desapareció desde temprana hora del santo hogar de Nazaret.

            Nuestro Padre quedaba impresionado por este adorable misterio de la obediencia de Jesús; a él vuelve frecuentemente, y se apoya en este Modelo divino para exhortarnos a la vida de dependencia respecto de la Santísima Virgen. «Este buen Señor no ha tenido como indigno de El encerrarse en el seno de la Santísima Virgen, como un cautivo y un esclavo de amor, y estarle sometido y serle obediente durante treinta años. Aquí es, lo repito, donde el espíritu humano se abisma cuando reflexiona seriamente en esta conducta de la Sabiduría encarnada… Esta Sabiduría infinita, que tenía un deseo inmenso de glorificar a Dios su Padre y de salvar a los hombres, no ha encontrado medio más perfecto y más corto para hacerlo que someterse en todo a la Santísima Virgen, no sólo durante los ocho, diez o quince primeros años de su vida, como los otros niños, sino durante treinta años; y ha dado más gloria a Dios su Padre, durante todo este tiempo de sumisión y de dependencia a la Santísima Virgen, que la que le hubiera dado empleando esos treinta años en hacer prodigios, en predicar por toda la tierra, en convertir a todos los hombres; de otros modo, lo hubiera hecho».

            Y Montfort saca de estas consideraciones las siguientes conclusiones, que se imponen por sí mismas:

            «¡Oh! ¡Oh! ¡Cuán altamente se glorifica a Dios sometiéndonos a María a ejemplo de Jesús! Teniendo ante nuestros ojos un ejemplo tan visible y tan conocido de todo el mundo, ¿somos tan insensatos como para creer encontrar un medio más perfecto y más corto para glorificar a Dios, que el de someternos a María, a ejemplo de su Hijo?» [18].

            Esta dependencia es la que el gran Apóstol de Nuestra Señora nos pide en la primera práctica interior, cuya explicación vamos a abordar: «Es menester hacer todas las acciones por María, es decir, es preciso que obedezcan en todas las cosas a la Santísima Virgen, y que se rijan en todas las cosas por su espíritu» [19].

            Y el tercer deber de los predestinados para con la Santísima Vir­gen queda descrito en los siguientes términos: «Son sumisos y obedientes a la Santísima Virgen, como a su buena Madre, a ejemplo de Jesucristo, que, de los treinta y tres años que vivió sobre la tierra, empleó treinta en glorificar a Dios su Padre por una perfecta y entera sumisión a su santa Madre» [20].

            De este modo, según la exhortación de San Pablo, adoptaremos los sentimientos y las disposiciones de Cristo Jesús [21]. El se hizo obediente a su Padre; pero, en lo que se refiere a sus actos exteriores y humanos, durante la mayor parte de su vida manifestó esta obediencia al Padre en la persona de su santísima Madre. Y puesto que también nosotros, aunque de distinto modo, hemos aceptado libremente la condición de esclavos de amor, queremos humillarnos y hacernos obedientes a Dios y a María hasta el extremo y hasta la muerte; a Dios, sí, pero en y por María.


 

III
Madre y Señora

            La primera actitud de alma que las prácticas interiores de la perfecta Devoción a la Santísima Virgen reclaman de nosotros, es la de la dependencia, la de la obediencia. «Es menester hacer todas las acciones por María», dice Montfort, «es decir, es preciso que obedezcan en todas las cosas a la Santísima Virgen, y que se rijan en todas las cosas por su espíritu» [22]. Y también: «Son sumisos y obedientes a la Santísima Virgen, como a su buena Madre, a ejemplo de Jesucristo» [23].

            La primera pregunta que se plantea a este propósito es la siguiente: ¿Por qué obedecer a Nuestra Señora?

            El ejemplo de Jesús, cuya vida oculta fue un acto ininterrumpido de dependencia amorosa respecto de su santísima Madre, es una primera respuesta a esta pregunta, qua ya dimos en el último capítulo.

            ¿Obedecer a la Santísima Virgen? ¡Pero si eso es para nosotros, esclavos de amor, un verdadero deber!

            La obediencia, juntamente con el trabajo en provecho de su amo o de su ama, es con toda evidencia el primer deber del esclavo.

            ¡De qué buena gana nos hemos dado gana como esclavos voluntarios de amor a la divina Madre de Jesús! Por lo tanto, tenemos el deber elemental de depender de Ella en todas las cosas, de hacer su voluntad, de respetar sus deseos en todas partes donde esta voluntad y estos deseos nos sean manifiestos.

            Todo eso cae de su propio peso. Además, por nuestra Consagración, hemos prometido formalmente esta obediencia. Hemos de entender las siguientes palabras de nuestra perfecta donación, no sólo en el sentido de una dependencia pasiva, sino también en el de una dependencia activa: «Dejándoos entero y pleno derecho de disponer de mí y de todo lo que me pertenece, sin excepción, según vuestro beneplácito…». Esto quiere decir incontestablemente que Ella puede en adelante imponernos y prohibirnos todo lo que Ella quiera.

            Y más explícitamente aún, hemos añadido: «Protesto que en adelante quiero, como verdadero esclavo vuestro…, obedeceros en todas las cosas».

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            Mas nuestra actitud de dependencia respecto de la divina Madre, aunque reposa en nuestra donación voluntaria por la santa esclavitud, se basa también en otros fundamentos.

            ¡Qué frecuentemente y de qué buena gana Montfort llama a María su querida Madre y Señora! Ambas cualidades le otorgan títulos a nuestra sujeción y a nuestra dependencia.

            Ella es nuestra Madre.

            Recordémoslo en el gozo de nuestra alma: Ella es nuestra Madre, no por modo de hablar, ni en sentido figurado, ni según una maternidad metafórica.

            Nuestra Madre, no ciertamente en orden a nuestra vida na­tural humana, pero sí en orden a una vida mucho más preciosa, la vida de la gracia. Y respecto de esta vida, Ella es plenamente nuestra Madre, porque le debemos esta vida de varios modos, y de manera inmediata; porque realmente Ella nos ha comunicado esta vida, y sigue comunicándonosla. Y más Madre nuestra que aquella a quien de­bemos este dulce nombre en esta tierra, porque forzosamente nos hacemos independientes de esta última, mientras que en nuestro ser y actividad sobrenaturales necesitamos a María, nuestra Madre de gracia, sin fin y sin cesar, y seguimos siendo dependientes de Ella como el hijo que la madre lleva en su seno materno [24].

            Ahora bien, la madre tiene derecho a la obediencia de su hijo. Esta obediencia es netamente el deber del hijo. Incluso es, puede decirse, la síntesis de todos los deberes que el hijo debe cumplir para con su madre. Un hijo obediente es un hijo sensato y virtuoso, de quien la madre está siempre contenta.

            Así, pues, como hijos de María, debemos manifestarle dependencia entera y obediencia absoluta.

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            Ella es también nuestra Señora: ¡María es Reina!

            Frecuentemente la Santa Iglesia la saluda como tal: «Salve Regina! ¡Dios te salve, Reina!»; y la llama «Gloriosa Regina mundi! ¡Gloriosa Reina del universo! ».

            Nuestro Padre resume toda la Tradición cristiana cuando nos hace decir, en la fórmula de Consagración: «Dios te salve, ¡oh Reina del cielo y de la tierra!, a cuyo imperio está sometido cuanto hay por debajo de Dios…».

            Su realeza, como la de Cristo, de la que participa, no es una rea­leza puramente nominal, una realeza de fachada y ostentación, consistente sólo en el aparato exterior de un cetro y una corona, de un trono y un manto real. Estos emblemas, con que siempre la revistió el mundo cristiano, significan una verdadera dignidad real y una dominación cierta sobre los hombres. Los Padres de la Iglesia ponen en sus labios la gran afirmación de Cristo mismo: «Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra» [25].

            El derecho de dominación reclama correlativamente, en los súbditos, el deber de dependencia y sumisión. Por consiguiente, queremos obedecer en todas las cosas a Nuestra Señora en calidad de Señora y Soberana.

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            Pues la amamos, ¡y la dependencia se encuentra tanto en la línea del amor! A quienes amamos de veras, en la misma medida en que los amamos, no sabríamos negarles nada. El amor se crea derechos a la dependencia allí donde no existen por otros motivos. Por eso, por sí solo, nuestro amor verdadero, profundo, tierno y respetuoso a nuestra divina Madre convierte la dependencia total en un deber para nosotros. Y, por otra parte, así comprendió Jesús el amor y nos lo impuso: «El que tiene mis mandamientos y los guarda, ese es el que me ama… Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que yo os mando» [26].

            Por lo tanto, esta actitud de dependencia total y obediencia absoluta a nuestra Madre y Soberana amadísima se encuentra perfectamente justificada, y es en cierto modo obligatoria para nosotros, hijos y esclavos de Nuestra Señora.

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            Esta dependencia va totalmente en provecho nuestro.

            A la madre se le confiere autoridad sobre su hijo principalmente en interés del niño. Aceptando la dirección de su madre, el niño evita gran cantidad de peligros, escapa a muchos desengaños, y asegura su desarrollo físico y moral.

            También en el orden sobrenatural, la dependencia mariana será prenda de progresos incesantes, bendiciones inauditas y pro­tección contra toda clase de peligros y de males: «Por haber obedecido a su madre, Jacob recibió la bendición como por milagro, aunque naturalmente no debió tenerla; los convidados a las bodas de Caná, por haber seguido el consejo de la Santísima Virgen, fueron honrados con el primer milagro de Jesucristo, que convirtió allí el agua en vino, a ruego de su santa Madre. Del mismo modo, todos los que hasta el fin de los siglos reciban la bendición del Padre celestial, y sean honrados con las maravillas de Dios, no recibirán estas gracias sino como consecuencia de su perfecta obediencia a María» [27].

            Hemos conocido a personas que encontraron en esta práctica una orientación definitiva para su vida, y un medio decisivo de santificación; personas que sin cesar, por así decir, dirigían a Nuestra Señora esta pregunta: Madre, ¿qué quieres que haga?

            Hagámosle frecuentemente esta pregunta nosotros también; escuchemos con sencillez y lealtad su respuesta, y tratemos sobre todo de ponerla en práctica con fidelidad y valentía. Esta práctica realizaría increíbles cambios en nuestra vida.

            Pero, puesto que hay que evitar cuidadosamente toda ilusión en este punto, debemos estudiar en varios capítulos las distintas maneras como la Santísima Virgen nos dará su respuesta.


 

IV
“Escuchadlo”

            Como hijos y esclavos de la Santísima Virgen, debemos y queremos obedecerle y dejarnos conducir por Ella.

            Como Madre y como Reina Ella puede, como hemos visto, hacer valer títulos verdaderos para exigir esta obediencia. Esta dependencia habitual, por otra parte, irá en provecho nuestro.

            Se plantea entonces otra pregunta: ¿Dónde hallar la dirección de Nuestra Señora? ¿En qué y cómo puedo obedecerle?

            Ella no tiene, que sepamos, un decálogo propio; Ella no ha promulgado leyes y mandamientos particulares.

            La respuesta a esta pregunta será muy importante. No es un caso puramente teórico el que algunas almas, pretendiendo seguir los deseos de Nuestra Señora, se dejen conducir por ilusiones que pueden ser gravemente perjudiciales a su vida espiritual. Por eso hay que examinar con cuidado y determinar con exactitud dónde podemos encontrar con certeza la voluntad y los deseos de Nuestra Señora, e indicar con precisión por qué órganos e intermediarios Ella comunica sus directivas respecto de nosotros.

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            Jesús, en el Tabor, se manifestó con toda su majestad y con toda su gloria a sus tres discípulos preferidos. De la nube luminosa que los envolvía resonó repentinamente una voz, la voz del Padre celestial: «Este es mi Hijo muy amado, en quien he puesto mis complacencias: escuchadlo» [28].

            Fuera del Padre no hay nadie en el mundo que pueda repetir estas palabras, excepto María, la Madre virginal del Salvador.

            Y con el acento más marcado Ella repite también sin cesar a quienes le pertenecen: «Este es mi Hijo muy amado, en quien he puesto mis complacencias: escuchadlo».

            Por lo tanto, es claramente deseo y voluntad de María que escuchemos a Jesús y vivamos según sus palabras.

            Otro hecho evangélico.

            Sucedió en las bodas de Caná. La delicadeza atenta de Nuestra Señora acaba de adivinar el aprieto de quienes la han invitado. Ella, y Ella sola, conoce la omnipotencia de Jesús. Y va a abogar por la causa de sus amigos. «Hijo, no tienen vino». A primera vista Jesús parece desechar el pedido; en realidad, y como siempre, la oración de su Madre va a ser escuchada. María lo ha comprendido enseguida. Apaciblemente dice a los servidores: «Haced lo que El os diga» [29].

            Nadie podrá dudar de que el deseo más ardiente de la Santísima Virgen es vernos cumplir los mandamientos de Dios, realizar sus voluntades, seguir los consejos y prescripciones de Jesús.

            Ella no tiene voluntad propia.

            Sin duda Ella posee como nosotros, y mucho mejor que nosotros, la facultad de la voluntad libre. Pero por lo que se refiere al objeto de esta voluntad, Ella no desea nunca sino lo que Dios y lo que Jesús quieren.

            Ella repite incansablemente: «¡No mi voluntad, sino la tuya!». Y hay una oración que nunca calla en su alma: «Fiat voluntas tua sicut in cælo et in terra: Hijo mío, que tu voluntad se cumpla por mis hijos de la tierra, como se cumple siempre por mis hijos del cielo».

            Por eso es evidente que la voluntad de María es que nosotros cumplamos las voluntades de su Hijo, y respetemos todos sus consejos y deseos.

            Pero esta voluntad es la voluntad de una Madre y de una Reina, que, como hemos recordado, puede exigir nuestra sujeción y nuestra dependencia. Podemos considerar los mandamientos y las prescripciones de Cristo como ratificadas y confirmadas por la autoridad real y materna de su divina Madre. Quien es infiel a las voluntades de Cristo, pisotea igualmente las de María. Pero al contrario, dejarse conducir por las prescripciones de Jesús es ser dependiente al mismo tiempo de su divina Madre.

            Nunca nos convenceremos y penetraremos bastante de ello.

            ¿Qué es en la práctica la santa esclavitud, en qué consiste en definitiva la obediencia a Nuestra Señora que queremos practicar? No es otra cosa que vivir según la doctrina, los preceptos y los consejos de Cristo, esto es, vivir según el Evangelio de Jesús.

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            El Evangelio de Jesús que, por más de un título, es también el Evangelio de María.

            No podemos pensar en ello sin emoción.

            Dios no ha querido que recibamos directamente de El al Verbo eterno e increado, pronunciado desde toda la eternidad por el Padre. Ha querido que este Verbo pasara por el seno de María, que en él se revistiese de encantos y atractivos humanos, a fin de que, así humanizado y «marializado», lo recibiésemos con más amor y agradecimiento.

            Y este otro Verbo de Dios, este verbo del Verbo que es el Evangelio, Jesús no ha querido dárnoslo directamente. Este verbo, en parte al menos, en gran parte tal vez, debió antes pasar por el Corazón de María, debió quedar encerrado y llevado en él, impregnado de los perfumes de María, «marializado» así como el mismo Jesús.

            ¿Hemos exagerado esta vez?

            ¡De ningún modo!

            Los Evangelistas —San Lucas lo dice formalmente [30]—, a pesar de escribir bajo inspiración de Dios, consultaron a los testigos de la vida y enseñanzas de Jesús para componer sus escritos sagrados. Y en toda la historia de la infancia y vida oculta de Jesús —que ocupa varios capítulos de Evangelio— tuvieron que recurrir casi exclusivamente al testimonio de la santísima Madre de Jesús. De su boca aprendieron todo lo que sobre eso, según el mismo Evangelio, «Ma­ría conservaba y meditaba en su corazón» [31].

            Pero ¿cuántas otras palabras preciosas de su vida pública no debemos tal vez a Aquella que, perdida humildemente entre la gente, escuchaba con avidez y maravillada, con una claridad de percepción también única, debida al amor, las palabras de vida que caían de los labios de su Dios, que Ella tenía derecho a llamar Hijo suyo, y que, echadas la mayor parte del tiempo en corazones áridos y duros, eran recogidos en el suyo como lo es una semilla preciosa en esa tierra óptima que ha de hacerla fructificar al céntuplo? ¿Cuántas de estas divinas palabras no debemos tal vez a Aquella a quien Jesús mismo, discretamente, proclamó bienaventurada, porque escuchaba ávidamente la palabra de Dios y la ponía fielmente en práctica? [32].

            El Evangelio de Jesús, por lo tanto, es también el Evangelio de María, porque Ella lo conoció, meditó, comprendió y vivió como nadie; porque parcialmente, y en gran parte tal vez, Ella lo comunicó a los Apóstoles y Evangelistas; y porque con todas las energías de su alma Ella lo acepta y suscribe, se compenetra e identifica con él, y lo presenta, recomienda e impone a sus hijos y esclavos.

«

            Según este Evangelio de Jesús y de María queremos vivir, según él queremos pensar, juzgar y obrar en todas las cosas, a fin de ser los verdaderos hijos y esclavos de amor de nuestra divina Madre.

            ¡Dígnese Ella misma concedernos las gracias abundantes que se requieren para este fin!

            Pero para conformar nuestras miras y nuestra vida a este santo Evangelio, debemos leerlo, estudiarlo y meditarlo asiduamente.

            Desde este punto de vista hay lagunas terribles en muchos cristianos.

            Tratemos de colmar este vacío deplorable, y hagamos de modo que, por todos los medios humanos y divinos, la palabra de Dios no sea para nosotros palabra muerta.

            El Evangelio debe ser nuestro primer manual, tanto para la meditación como para la lectura espiritual. Es maravilloso ver cómo ciertas almas, incluso poco instruidas, con la gracia de Dios, descubren en los textos evangélicos luces y riquezas increíbles para su vida de cada día.

            Nuestra Madre amadísima debe ser aquí nuestra Maestra, como Ella lo fue —León XIII lo atesta formalmente— para los Apóstoles y para la misma Iglesia, a fin de comprender y penetrar cada vez mejor el sentido profundo del santo Evangelio.

            Sólo entonces captaremos el inmenso alcance de la palabra que de tan buena gana seguiremos oyendo de labios de nuestra Madre, palabra que será para nosotros una divisa, todo un programa de vida:

«Escuchadlo».


 

V
Mentalidad mariana

            Para vivir en dependencia de Nuestra Señora y obedecerle en todo, debemos ante todo, como hemos dicho, «escuchar a Cristo», dejarnos conducir por sus prescripciones y consejos, tal como los encontramos sobre todo en su Evangelio. Este Evangelio, que es también, en cierto sentido, el Evangelio de María, hemos de conocerlo, y para eso leerlo, estudiarlo y meditarlo.

            Para ser conducidos por el espíritu de María, debemos pensar, querer, hablar, obrar y vivir según el espíritu de Jesús.

            En primer lugar hemos de aprender a pensar y a juzgar de manera mariana, y por ende evangélica.

            La primera dependencia, la más importante que tengamos que practicar, es la del pensamiento, la de la inteligencia. Si Jesús y María reinan realmente en estas cimas luminosas de nuestra inteligencia, su dominación se extenderá fácilmente desde ahí al resto de nuestro cam­po vital. Al contrario, si estas cumbres fuesen inaccesibles para ellos, de manera que no lograran conquistarlas, su imperio sobre el resto de nuestra vida quedaría gravemente comprometido.

            En efecto, se quiere como se piensa. Se obra según la propia manera de ver las cosas. Se vive según las propias convicciones. No es posible llevar una vida cristiana seria si no se piensa y no se juzga habitualmente, no según las miras del mundo —el evangelio de Satán—, sino según las enseñanzas de Cristo.

            Y eso no es tan fácil.

            Incluso es algo muy difícil, pues, para hacerlo, hemos de ir contra la opinión corriente, iba a decir de la opinión general, no sólo de los no creyentes y de los cristianos no practicantes, sino también de la mayor parte de los que llamamos buenos cristianos.

            No somos lógicos con nuestras convicciones, no somos consecuentes con nuestro cristianismo. Somos cristianos por la Misa del domingo y una breve oración cotidiana. Los mejores lo son por la Misa, la sagrada Comunión y el Rosario de cada día.

            Pero nuestra vida de inteligencia, nuestra mentalidad, ¡están tan poco influenciadas por nuestras convicciones cristianas! En mil cosas pensamos y juzgamos exactamente como lo harían los paganos, los no bautizados. Demasiado a menudo juzgamos las personas y cosas, los acontecimientos e instituciones, como gente sensata y prudente tal vez, como gente advertida y perspicaz, como gente de negocios experimentada, es decir, según la sabiduría que se practica en el mundo. Pero precisamente «la sabiduría del mundo es locura ante Dios», escribe San Pablo [33]. Y así, demasiado a menudo nuestros juicios son diametralmente opuestos a los de Cristo, el único en ser la Verdad, la Sabiduría y la Luz del mundo.

            Nunca, y por nada del mundo, hemos de aceptar juicio alguno contra las enseñanzas de Cristo. En el orden de la religión y de la moral no reconocemos como criterio supremo, norma inapelable y código único más que el del Evangelio, pero el Evangelio tal como lo explica y aplica la santa Iglesia, que es la continuación y prolongación de Cristo en la tierra.

            ¡Qué triste es ver tan a menudo cómo cristianos practicantes, esclavos de la Santísima Virgen, fieles de Comunión diaria, tienen apreciaciones directamente contrarias a Cristo y su Evangelio! Si entonces alguien trata de destacar el punto de vista evangélico y mariano, oye a veces respuestas pasmosas, como esta: «¡Sí, si se consideran las cosas desde este punto de vista! ¡Si tuviéramos que juzgar siempre así!…».

            Pues sí, siempre y en todas partes hemos de pensar, juzgar y apreciar así todas las cosas, de modo evangélico y mariano. Es nuestro deber elemental, indiscutible, de cristianos y esclavos de amor.

«

            Es posible que algún lector, al leer esto, tenga la impresión de que exageramos, de que una mentalidad cristiana habitual no es algo tan raro y difícil.

            Muy bien. ¿Quieres entonces que hagamos una prueba? ¿Quie­res que tomemos algu­nas máximas centrales y dominantes del Evangelio, y nos preguntemos si conformamos habitualmente nuestros juicios y modos de ver con estos axiomas indiscutibles; que nos preguntemos también si hay muchos cristianos que piensen y obren según estas sublimes sentencias?

            Cristo condensó en algunas frases su sabiduría divina y toda su concepción del mundo y de la vida.

            Un día, al dirigirse a las turbas, les dijo —y su divina Madre adhiere plenamente a sus enseñanzas—: «Bienaventurados los pobres, porque vuestro es el reino de Dios. Pero ¡ay de vosotros, los ricos!, porque habéis recibido vuestro consuelo» [34].

            Pero ¿quién de entre nosotros cree prácticamente en la bienaventuranza de la pobreza, y en el grandísimo peligro de las riquezas? ¿Quién se estima dichoso de ser pobre, y al contrario desgraciado y digno de compasión si es rico y acomodado? Para la mayoría de los hombres la vida es una carrera por los bienes de este mundo. Y nosotros mismos somos inconsolables si sufrimos pérdidas de dinero y experimentamos una baja en materia de bienes temporales. ¿Es esta la mentalidad evangélica y mariana?

            Jesús dice, y su divina Madre lo repite con El: «Bienaventura­dos los que tenéis hambre ahora, porque seréis saciados… ¡Ay de vo­sotros, los que ahora estáis hartos!, porque tendréis hambre» [35].

            Y nosotros nos estimamos dichosos cuando nada, pero realmente nada, nos falta en el alimento, en la vivienda, en el vestido. No pedimos sólo lo necesario, sino que necesitamos lo refinado, lo confortable, lo lujoso, lo superfluo. El bienestar de los demás nos apena cruelmente. ¿Es evangélico eso, es mariano?

            Jesús dice también, y Nuestra Señora lo aprueba con toda su al­ma: «Bienaventurados los que lloráis ahora, porque reiréis… ¡Ay de los que reís ahora!, porque tendréis aflicción y llanto» [36].

            Y nosotros nos hemos ocupado sin cesar en huir de la cruz, y en sacudirla de nuestros hombros. Nos estimamos dichosos exactamente en la misma medida en que nos ahorramos algún sufrimiento. Huimos de las casas de luto y de tristeza, y buscamos la compañía de personas alegres, graciosas, ingeniosas. ¿Es evangélico eso, es mariano?

            Jesús dice, y su dulce Madre lo juzga también así: «Bienaven­turados seréis cuando los hombres os odien, cuando os expulsen, os injurien y proscriban vuestro nombre como malo… Alegraos ese día y saltad de gozo… ¡Ay cuando todos los hombres hablen bien de vosotros!» [37].

            Y nosotros nos contristamos, nos perturbamos, cuando no se nos rodea de mil atenciones, cuanto parece que no se nos presta atención por un instante, cuando parece que se prefiere más a otras personas que a nosotros, cuando se habla un poco menos favorablemente de nosotros… Y estamos dichosos y alegres de ser puestos en primer lugar, de ver que nuestro trabajo es apreciado y alabado, de ocupar, a gran o a pequeña escala, un lugar de honor… ¿Es evangélico eso, es mariano?

«

            No sería difícil proseguir y extender este examen de conciencia. Vivimos en un mundo al revés. Somos muy a menudo paganos con etiqueta cristiana. ¡Estamos tan lejos de la atmósfera cristiana y mariana en que debiéramos vivir!

            ¡Y somos la sal de la tierra! [38]. Desgraciadamente, esta sal se ha desvirtuado, ya no tiene gusto. ¿Para qué puede servir ya? Es forzosamente incapaz de impregnar la masa de la humanidad, sanearla y cristianizarla.

            ¡Vamos! ¡Una vez por todas, pongamos fin a este triste estado de cosas! ¡Seamos cristianos serios, verdaderos esclavos de Jesús y de María! ¡Adelante! ¡Al trabajo!

            En todo, absolutamente en todo, en las circunstancias más graves y en los más humildes sucesos cotidianos, adoptaré, primero de pensamiento y de juicio, y luego de acción, una actitud verdaderamente cristiana, la que me piden las miras de Jesús y de María. Todo acontecimiento, toda persona, toda doctrina, las consideraré con los ojos de Cristo y de su divina Madre, los apreciaré según su manera de ver, y no según el parecer del mundo. Cuando tenga que formar un juicio, cuando otros me pidan mi parecer, entraré un instante en mí mismo y me preguntaré: ¿Qué piensan de este caso Jesús y María? ¿Qué piensan Ellos de la alegría y del sufrimiento, de la propiedad y de las privaciones, del éxito y de las humillaciones, de la paz y de la guerra, de operaciones de banco y de especulaciones en la bolsa, de la moda y del deporte, del cine y de las novelas…? En todo les pediré su parecer, y conformaré a él mi juicio y mi conducta.

            Podrá costarnos, y mucho. Veinte, treinta, cincuenta veces por día nos sorprenderemos en razonamientos humanos, en miras naturales, en falsas concepciones. Cada vez con calma y paciencia, pero también con energía y decisión, rectificaremos nuestras miras para conformarlas con las de Cristo y su dulce Madre.

            Bajo la conducta y con la ayuda de esta Madre de bondad apren­deremos a enderezar nuestros errores, a disminuir poco a poco el número de estas faltas de juicio, y finalmente a suprimirlas.

            Jesús es la Luz del mundo. María es el hermosísimo Candelabro de oro, que lleva esta Antorcha y la hace irradiar en todo el mundo. «Quien los contempla no caminará en la oscuridad, sino que tendrá la luz de la vida» [39].


 

VI
Vida mariana

            Según el consejo de Montfort, en todo queremos dejarnos conducir por el espíritu de María. Este espíritu, como hemos visto, se encuentra en el santo Evangelio. Al Evangelio de Cristo, que es también, en el sentido que hemos indicado, el Evangelio de María, queremos conformar ante todo nuestras miras y nuestros juicios. Para tener una «mentalidad mariana» debemos aprender a juzgarlo todo, personas, acontecimientos e ideas, según la doctrina del Evangelio.

            Esto es importantísimo, pero no basta. Es evidente que, para ser hijos y esclavos de amor de la Santísima Virgen, debemos conformar también nuestra vida y nuestras acciones a las enseñanzas de Cristo, y obrar según sus prescripciones y consejos. En todos los actos que debemos realizar, en los más humildes como en los más importantes, debemos ser fieles al Evangelio de Cristo y de María, aplicándolo con valentía y consecuencia. Debemos vivir todo el Evangelio, el Evangelio integral, y no un Evangelio truncado, alterado, mutilado.

            De nuevo hacemos la observación que ya hicimos antes: son raros los cristianos que viven así. Muy a menudo, por desgracia, hacemos una selección en el Evangelio entre las prescripciones que nos caen bien y las que nos incomodan. Distinguimos demasiado lo que nos obliga bajo pena de pecado mortal o venial, para dejar de lado lo que pensamos —o así nos lo persuadimos— que no está prescrito bajo pena de pecado. Hemos truncado, alterado, minimizado, modernizado el Evangelio. ¡Somos una miniatura, y muchas veces, por desgracia, una caricatura de cristianos!

            ¡Basta ya de eso! Esclavos de Nuestra Señora, queremos con toda rectitud, sencillez y valentía apropiarnos del espíritu del Evangelio verdadero, sin alteración ni acomodamiento.

            Debe sernos evidente que así se abre ante nosotros un inmenso campo de acción. También desde este punto de vista, el programa del esclavo de amor no es, ni más ni menos, que la perfección más pura y elevada, simplemente la santidad, que hemos de adquirir con el auxilio todopoderoso de la generosa Mediadora de todas las gracias.

«

            Quiero ser un verdadero esclavo de María, conducido por su espíritu: por eso quiero apreciar todas las cosas según su verdadero valor, despreciar lo que pasa, apegarme a lo que dura. Buscaré el reino de Dios y su justicia, perseguiré lo único necesario, la santidad del alma y la salvación eterna, persuadido de que lo demás, vestido, alimento, salud, bienes de la tierra, me será dado por añadidura.

            Quiero ser un verdadero esclavo de María, conducido por su espíritu: por eso tendré que renunciar a mis miras y opiniones personales, negarme en mis inclinaciones propias, realmente a mis­mo, para poder seguir a Jesús y a María. Y quiero llevar mi cruz cada día, a cada hora. Mi cruz, es decir todo sufrimiento, toda prueba, todo lo que me irrita, molesta, contraría, atormenta: la pobreza, la humillación, el deshonor, la enfermedad, el abandono. Todo es­to quiero acep­tarlo con amor y valentía, agradecérselo a Jesús y a María, alegrarme de ello con la voluntad, y llevar mi cruz con María siguiendo a Jesús, para tener parte con El en la gracia y en la gloria.

            Quiero ser un verdadero esclavo de María, conducido por su espíritu: quiero avanzarme por el camino estrecho del deber y de la penitencia, entrar por la puerta estrecha de la estricta fidelidad. No haré lo que hace la multitud, lo que predica la masa. Porque muy ancho es el camino, y muy amplia la puerta que conduce a la perdición, y son muchos, por desgracia, los que se avanzan por este camino y entran por esta puerta.

            Quiero ser un verdadero esclavo de María, conducido por su espíritu: evitaré el pecado como el único mal, y la ocasión de pecado como el solo peligro. Si mi ojo me fuese causa de escándalo, lo arran­caré y arrojaré lejos de mí. Si mi mano o mi pie me fuesen causa de caer en el pecado, los cortaré y lanzaré lejos de mí: porque más vale entrar mutilado en la vida, que ser arrojado con todos los miembros en el fuego eterno; más vale prohibirse algún goce que perder todo gozo; más vale imponerse un sufrimiento parcial y pasajero, que sufrir los espantosos tormentos eternos.

            Quiero ser un verdadero esclavo de María, conducido por su espíritu: trataré de convertirme en un niño, en un niñito; me esforzaré por ser desprendido, recto, puro, sencillo y humilde como un niño, lleno de confianza en mi Padre y en mi Madre, enteramente abandonado a sus cuidados, para no ser excluido del reino de Dios, que ha sido prometido a los niños y a quienes se les asemejan.

            Quiero ser un verdadero esclavo de María, conducido por su espíritu: amaré a mi prójimo como a mí mismo, no, como Jesús me amó y amó a los suyos. Le haré los favores que deseo me hagan a mí; evitaré con él lo que no me gustaría que me hagan a mí. Quiero soportar sus defectos, incluso los más incomprensibles, perdonar y olvidar todas sus faltas, incluso las más graves. No lo juzgaré ni condenaré; le concederé una buena y amplia medida de favores caritativos; lo trataré, sobre todo en la persona de los pobres, desgraciados y niños, como a Cristo mismo. Amaré aun a mis enemigos; los saludaré, los trataré con dulzura y les devolveré fielmente bien por mal.

            Quiero ser un verdadero esclavo de María, conducido por su espíritu: y porque estos deberes y muchos otros, consignados en el Evangelio, superan de lejos mis pobres fuerzas humanas, pediré en la oración la valentía que me falta y la energía que no tengo. Consideraré la vida de oración, el espíritu de oración, como mi principal labor, como la más importante de mis obligaciones en la tierra. Pediré, buscaré, llamaré sin cesar, con confianza sin límites, con santa tenacidad, en la tranquila convicción de que mi Padre que está en los cielos me concederá infaliblemente todo lo que me sea necesario o útil, gracias a la intercesión de la divina Madre que El me ha dado.

            Quiero ser un verdadero esclavo de María, conducido por su espíritu: por eso me consideraré como extranjero y peregrino en este mundo. Viviré en vela, pues no sé ni el día ni la hora. Viviré así hasta que se deje oír en la noche el gran clamor, hasta que venga el Esposo con la Esposa, para poder ir a su encuentro con una lámpara encendida y abundantemente provista de aceite, y ser introducido así con Ellos en las salas del Festín de bodas eterno…

«

            «Pero Padre», se me dirá, «si yo pienso, hablo y obro así, ¿qué dirán de mí? No se juzga ni se vive así alrededor de mí, en mi familia, en mi entorno, en mi pueblo, en la ciudad en que vivo. ¡Pasaré por un excéntrico, un exaltado, un fanático, un insensato!».

            Puede ser que así sea, hijo y esclavo de Nuestra Señora. ¿Qué no se dijo de Jesús? Debes soportar que no te traten mejor que a tu Señor y Maestro.

            Si fueras del mundo, si pensaras y obraras como los mundanos, el mundo te dejaría tranquilo, no te molestaría ni te perseguiría, porque no serías nada.

            Pero siendo esclavo de amor de Nuestra Señora, no eres del mundo a pesar de que vives en el mundo: has sido elegido de en medio del mundo. Y porque no compartes sus maneras de ver y de vivir, porque condenas su espíritu y censuras sus costumbres, el mundo te odiará. Los mundanos te calumniarán, te ridiculizarán, criticarán tu modo de vestir, tu porte, tu conducta, tus ejercicios de piedad, todo.

            Pero no temas, no te inquietes por nada, no te preocupes de nada. Esta es la prueba evidente de que estás en el buen camino: Jesús y María, antes que tú, fueron rechazados por el mundo.

            En la medida en que les pertenezcas, les estés unido y compartas sus miras y su vida, en esta misma medida, ni más ni menos, vencerás al mundo perverso en ti y alrededor tuyo, y celebrarás eternamente esta victoria con Cristo y su divina Madre.


 

VII
Nuestra Señora y la autoridad

            Nuestra perfecta Devoción a la Santísima Virgen es una devoción eminentemente práctica, que comprende toda nuestra existencia y la transforma en una vida real y profundamente cristiana.

            Ella nos conduce, entre otras cosas, a una vida de dependencia continua, completa y universal respecto de Dios por María.

            Vivimos en dependencia de nuestra divina Madre, hemos dicho, cumpliendo los mandamientos de Dios, siguiendo los preceptos y los consejos de Jesús, juzgando y obrando según el Evangelio.

            Otra manera excelente de depender de la Santísima Virgen es vivir sometido a toda autoridad legítima, natural o sobrenatural.

            Está claro que nuestra dulce Madre desea ardientemente, quiere netamente, esta obediencia respetuosa, con espíritu de fe, a todos los que están constituidos en autoridad.

            Toda autoridad viene de Dios. Pero también es, tanto en el orden natural como en el orden sobrenatural, una participación, una emanación, de la soberanía que Cristo ejerce sobre toda creatura.

            Ahora bien, como hemos visto, el deseo y la voluntad de Nuestra Señora es que nos sometamos a la voluntad de Dios y a la dominación de Cristo. Por eso es indudable que Ella pide y exige de sus hijos y esclavos de amor, que en la persona de sus Superiores respeten el poder de Dios y de su Cristo.

            Pero parece que podemos ir más allá.

            No hemos de ser «minimalistas» en el plano religioso y sobrenatural.

            En ciertos medios se comprueba frecuentemente la tendencia desagradable de querer reducir al mínimo lo sobrenatural, las intervenciones sobrenaturales de Dios, la doctrina sobrenatural de la Iglesia. Este método, perfectamente legítimo en apologética, es nefasto cuando se lo aplica a la doctrina que hay que proponer a los cristianos, a los fieles. En materia de doctrina no se aceptará más que lo que se está estrictamente obligado a creer, o lo que debe ser admitido con total certeza. Esto es empobrecer singularmente el magnífico tesoro de la doctrina cristiana. Y, cosa notable, esta manera de minimizar lo sobrenatural se aplicará, de manera muy especial, a Nuestra Señora y a su culto. Prácticamente, toda la devoción mariana en algunas personas —San Luis María de Montfort se había encontrado con estos «señores», como los llama [40]— consiste en luchar contra las supuestas exageraciones y excesos, en extirpar los abusos, a menudo imaginarios, del culto a la Santísima Virgen. En materia de doctrina mariana no se aceptará más que lo que la Iglesia ha definido solemnemente, o lo que puede ser demostrado con absoluta certeza según la Escritura o la Tradición. Las encíclicas de los Sumos Pontífices no parecen apenas tener importancia a sus ojos. No es raro verlos poner sus «sabias» elucubraciones por encima de las enseñanzas claramente formuladas por los Papas en sus encíclicas dirigidas a todo el mundo cristiano.

            No es este el buen método. No es esta la actitud de los santos, que en su vida y en su doctrina no practicaban el «Ne quid nimis!: ¡Cuidado, nada que esté de más!», sino el «De Maria numquam satis!: ¡De María nunca se dirán bastantes cosas!».

            Por lo que a nosotros se refiere, nos sentiremos contentos y orgullosos de admitir en materia doctrinal, sobre la Santísima Virgen, todo lo que, con fundamento sólido y razonable, podemos aceptar en su honor y por su gloria, aunque no estemos absolutamente obligados a creer estos puntos de doctrina ni puedan ser demostrados con certeza rigurosa. Esta es la verdadera mentalidad cristiana, estas son las disposiciones elementales de un verdadero hijo de María. La otra actitud, tal vez de manera inconsciente, es fruto del espíritu naturalista y racionalista que sopla en tantos campos. Si alguien digno de fe nos contase un hecho que fuese testimonio de la virtud y bondad de nuestra madre de la tierra, ¿empezaríamos por exigirle pruebas absolutamente perentorias de la verdad de su afirmación, antes de querer dar fe a estas informaciones tan honrosas para nuestra madre?

«

            Sobre este punto que ahora nos ocupa, razonamos del modo siguiente.

            María es la Reina del reino de Dios, Reino del cielo y de la tierra, y ello con una realeza no puramente nominal, sino con una autoridad verdadera, aunque participada de la de Dios y de Cristo, y subordinada a ella. María, y sólo Ella, dice San Pedro Damián, puede repetir después de Jesús: «Todo poder me ha sido dado en el cielo y en la tierra».

            Si la Santísima Virgen ha recibido poder y autoridad sobre los hombres, Ella debe ejercerlo, Ella debe hacer uso de él. Dios no le ha comunicado este poder para que no tenga ninguna utilidad. Ella ejercerá, pues, este poder por medio de todos los que tienen alguna parte en la dirección de la humanidad, tanto en el plano natural como en el plano sobrenatural. Y así, puesto que es cierto que todo poder le ha sido dado en el cielo y en la tierra, hay que pensar que, juntamente con Cristo y en subordinación a El, Ella comunica la autoridad y el poder a todos los que se ven revestidos de él.

            Por eso consideraremos que toda autoridad no sólo viene de Cristo, sino que es también una participación de los derechos maternos y reales de la soberanía ejercida por Nuestra Señora. De modo que, cuando obedezco al Papa y a los obispos, a mi párroco y a mi confesor, a mis padres y superiores, soy dependiente de Cristo, pero también de la Santísima Virgen María. Al contrario, cuando me muestro recalcitrante a los poderes que Dios ha puesto en mi vida, sacudo al mismo tiempo el yugo suave y ligero de Jesús y de su santísima Madre. No es Cristo solo, sino también nuestra queridísima Madre y Señora, quien repite a los que están constituidos en poder le­gítimo: «Quien a vosotros escucha, a mí me escucha; y quien a vosotros rechaza, a mí me rechaza» [41].

            Nos parece que estas consideraciones tienen una base seria, aun­que no se impongan a nadie como creencia obligatoria.

            En todo caso, y esto es lo que hay que retener, es absolutamente cierto que la voluntad general de Nuestra Señora es que respetemos a toda autoridad legítima, y nos dejemos conducir por esta autoridad de manera positiva o negativa, en lo que tenemos que hacer o evitar. Al seguir así las directivas de la autoridad, somos asimismo dependientes de la santísima Madre de Jesús.

«

            También sobre este punto, San Pablo tiene palabras penetrantes, que debemos grabar profundamente en nuestro corazón: «Dei minister est» [42], dice de quienquiera se encuentra revestido de la autoridad, «es un ministro de Dios», un representante, un plenipotenciario del Señor. Cuando estemos en presencia de hombres revestidos de un poder legítimo cualquiera, debemos repetirnos: «Dei et Mariæ minister est», es para mí un representante de Dios y de su santísima Madre: quiero, por lo tanto, someterme a sus voluntades y directivas.

            Otro lema que San Pablo propone a los primeros cristianos es el siguiente: «Domi­no Christo servite: servid al Señor Cristo» [43], o más exactamente: «Sed esclavos del Señor Jesús». ¡No obedezcáis a los hombres, sino en los hombres sólo a Cristo Rey!

            El cristianismo es una religión de humildad y mansedumbre. Pero no nos engañemos: es también la religión de la más elevada y noble dignidad.

            Los hombres sin religión, incluso los que alzan hasta las nubes la libertad humana, los derechos del hombre, etc., deben a la fuerza obedecer también, pero obedecen a hombres, y a hombres a veces poco respetables.

            ¡Nosotros, cristianos, nunca! No obedecemos jamás a un hombre, por más que sea un santo o un genio; no obedecemos más que a Dios, a Dios también en los hombres, a los que El ha dado una parte de su autoridad.

            Para nosotros, hijos y esclavos de la Santísima Virgen, nuestra divisa será: «Domino Christo et Mariæ Reginæ servite: ¡Servir a Cristo Nuestro Señor, y a María nuestra Soberana!».

            Sí, obedecer de buena gana, totalmente, continuamente, a quienes están colocados encima de nosotros: pero obedecer en ellos a Cristo, nuestro Rey, a María, nuestra Reina, y así, en resumen, a Dios solo.

            Es esta una obediencia hermosa, grande, sobrenatural, ennoblecedora, y también una obediencia mariana, que en la orden o prohibi­ción, en el consejo o «desaconsejo» de la autoridad, ve siempre la expresión de la voluntad de Cristo y de María.


 

VIII
“Sometidos a toda potestad”

            Un esclavo de amor debe ser un modelo de sumisión a toda autoridad legítima.

            Tal es claramente el deseo ardiente y la voluntad formal de su Madre y Reina amadísima.

            Incluso podemos considerar a quienes están revestidos de la autoridad, natural o sobrenatural, como representantes y plenipotenciarios de Jesús ante nosotros, y también de su santísima Madre.

            De todo esto nos hemos convencido en las consideraciones precedentes.

            Nos someteremos, por lo tanto, a toda autoridad legítimamente establecida, o como dice San Pablo, a «todas las autoridades superiores» [44].

            El Apóstol nos indica claramente también cuáles son estas autoridades.

            Para saber a quién debe obedecer el esclavo de Jesús en María, basta repasar y meditar las palabras preciosas del mayor discípulo de Jesús, acordándonos de que a estos preceptos les concede grandísima importancia, puesto que los vuelve a dar, casi textualmente, en varias de sus epístolas.

            Por lo tanto, si queremos ser verdaderos servidores de amor de Jesús y de María, nos es preciso «estar sometidos a las autoridades superiores, pues no hay autoridad que no provenga de Dios, y las que existen, por Dios han sido constituidas. De modo que, quien se opone a la autoridad, se rebela contra el orden establecido por Dios» [45], y resiste a la voluntad de nuestra gloriosa Soberana.

            Por eso, servidores, obreros, empleados y todos los que os encontráis bajo la autoridad de un amo o ama cualquiera, si queréis ser verdaderos esclavos de Nuestra Señora, «obedeced a vuestros amos de este mundo con respeto y temor, con sencillez de corazón, como a Cristo» y a Nuestra Señora misma; «no por ser vistos, como quien busca agradar a los hombres», lo cual sería degradante, «sino como esclavos de Cristo» y de María, «que cumplen de corazón la voluntad de Dios; de buena gana, como quien sirve al Señor» y a su divina Madre, «y no a los hombres» [46].

            «Hijos», ¿queréis conduciros como verdaderos esclavos de Jesús en María?: «obedeced en todo a vuestros padres, porque esto es grato a Dios en el Señor» [47], y a su benditísima Madre.

            Y vosotras, mujeres cristianas, que estáis contentas y orgullosas de ser esclavas de amor de la santísima Madre de Dios, «sed sumisas a vuestros maridos, como al Señor; porque el marido es cabeza de la mujer, como Cristo es Cabeza de la Iglesia… Así como la Iglesia está sumisa a Cristo, así también las mujeres deben estarlo a sus maridos en todo» [48]. ¡Qué manera maravillosa de sobrenaturalizar la dependencia de la mujer! ¡Qué aliento para ella, en orden a cumplir este difícil deber! Y en la autoridad de vuestros esposos, podéis respetar, amar y aceptar también, como hemos probado, la autoridad de la Santísima Virgen, vuestra Madre y Señora.

            Y nosotros todos, si queremos conducirnos como verdaderos esclavos de Dios y de su gloriosísima Madre, tendremos que mostrarnos dependientes de toda autoridad civil legítima; tendremos que estar sometidos, como dice San Pedro, «a toda autoridad humana a causa del Señor: sea al rey, como soberano, sea a los gobernantes, como enviados», esto es, como detentores subalternos de la autoridad; «pues esta es la voluntad de Dios» [49] y de su santísima Madre.

            San Pablo desarrolla este pensamiento. Cada detentor de la autoridad, dice, «es para ti un servidor de Dios para el bien… Por tanto, es preciso someterse, no sólo por temor al castigo, sino también en conciencia. Por eso precisamente pagáis los impuestos, porque son ministros de Dios… Dad, pues, a cada cual lo que se debe: a quien impuestos, impuestos; a quien tributo, tributo; a quien respeto, respeto; a quien honor, honor» [50].

            Las autoridades civiles legítimas, ministros de Dios, son también ministros de María. No se podría subrayar lo bastante este precepto de la sumisión a la autoridad civil legítima, no únicamente en un espíritu de temor, como se practica demasiado frecuentemente, porque se teme la multa o la prisión, sino en conciencia, por deferencia a la autoridad de Dios, y también de su santísima Madre. Esta obediencia, ciertamente, no es ni deshonrosa ni degradante, pero ¡qué rara, por desgracia!

            Por lo tanto, cristianos, seamos sobrenaturales, verdaderos esclavos de Jesús en María, en el cumplimiento de nuestros deberes cívicos, de estos deberes a veces tan poco atractivos y en apariencia tan ajenos a nuestra santa esclavitud de Jesús en María, pero tan vinculados a ella en realidad, como la obediencia a las leyes, el pago de los impuestos, etc. Tenemos que integrar el cumplimiento de estos deberes en nuestra vida cristiana y en la práctica de nuestra santa y noble esclavitud.

            Y nosotros todos, si queremos ser verdaderos esclavos de la Santísima Virgen María, deberemos sobre todo ser sumisos a la autoridad sobrenatural, religiosa, eclesiástica: «Obedeced a quienes os dirigen y someteos a ellos, pues velan sobre vuestras almas como quienes han de dar cuenta de ellas, para que lo hagan con alegría y no lamentándose, cosa que no os traería ventaja alguna» [51].

            Esta obediencia es la más preciosa, la más indispensable.

            Esclavos de Nuestra Señora, vivid filialmente sometidos a Cristo y a su divina Madre en la persona del Papa, de los obispos. Pedimos instantemente a nuestros esclavos de amor una obediencia total, respetuosa y confiada a la autoridad episcopal, al clero parroquial, al propio confesor y director, y a quienes, en el detalle, les manifiestan y transmiten los deseos y voluntades de Nuestra Señora.

            Insistimos también en que los religiosos, esclavos de la Santísima Virgen, sobre todo aquellos para quienes la perfecta Devoción parece ser más especialmente la forma preferida de vida espiritual, sean en sus comunidades modelos de docilidad y de dependencia total e incondicional. Ellos deben esmerarse más que nadie en ver en sus Superiores y en su santa Regla al órgano auténtico de la voluntad de su Madre y Señora amadísima sobre ellos.

            La verdadera obediencia es algo raro y difícil. Pero por mucho que nos cueste, queremos vivir nuestra santa esclavitud de amor por la dependencia fiel respecto de toda potestad establecida por Dios para regirnos.

            «El hombre obediente», dice la Escritura, «cantará victoria» [52].

            ¡Ojalá también nosotros, esclavos de Jesús en María, por medio de una dependencia escrupulosa respecto de toda autoridad verdadera, alcancemos y cantemos victorias múltiples y brillantes por Cristo, nuestro Rey, y por María, nuestra Reina!


 

IX
¿Cómo obedecer?

            En el espíritu de nuestra santa esclavitud de amor, para depender de Nuestra Señora, para reconocer y respetar su autoridad, debemos y queremos someternos a las «potestades superiores», obedecer a toda autoridad legítima, espiritual o temporal.

            Será útil ahora examinar de qué cualidades debe estar revestida esta obediencia.

            Ante todo y por encima de todo ha de ser sobrenatural. En nuestros superiores no hemos de ver a nadie más que a Jesús y a María; en la autoridad reconoceremos y respetaremos su poder, y en quienes están revestidos de ella serviremos a «Cristo Señor» y a María, nuestra Reina. En nuestra dependencia no entrarán en línea de cuenta sus buenas o malas cualidades. No obedeceremos porque quien manda sea un hombre bueno, amable, virtuoso; ni nos apartaremos de este espíritu de sumisión porque el detentor de la autoridad no nos sea simpático, o esté lleno de defectos, reales o supuestos, o sea incluso culpable de verdaderas malas acciones.

            En este punto hemos de prestar toda nuestra atención.

            Hay mucha gente, incluso «buenos» cristianos, que obedecen por simpatía natural, por estima personal, por afecto y amistad para con quien está revestido de la autoridad. ¿Qué pasará? Que cuando se sustituyan las personas en las funciones de que se trata, se le negará al nuevo titular esta estima y afecto, con razón o sin ella; todo cambiará, y no quedará ninguna huella de la dependencia escrupulosa que hasta entonces se le manifestaba.

            Seremos feligreses dependientes y dóciles cuando el pastor de nuestra parroquia sea realmente a nuestro gusto, tal vez un amigo de la casa; pero feligreses detestables y ariscos, si su sucesor no logra conseguir nuestra aprobación. No, eso no es obediencia sobrenatural, digna de un cristiano y de un esclavo de amor. Igualmente, no hemos de elegir a un confesor y serle dóciles, porque se encuentre revestido de ciertas cualidades humanas atractivas.

            No hemos de obedecer para agradar a los hombres. «Si todavía tratara de agradar a los hombres», dice San Pablo, «ya no sería esclavo de Cristo» [53]. Si aceptamos depender de alguien por las cualidades humanas que tiene, o nos negamos a ello por sus defectos humanos, estamos aún muy lejos de la obediencia sobrenatural, tal como Jesús y María la desean y esperan de nosotros.

            Nuestra obediencia ha de ser además una obediencia total y uni­versal, es decir, querremos depender de la autoridad legítima siempre y en todas partes. No distingamos entre prescripciones estables y consejos pasajeros, entre mandamientos importantes y puntos de valor secundario, a no ser para cumplir los primeros aún con más ce­lo y fidelidad. No, todo lo que viene de la autoridad, todo lo que nos es prescrito o aconsejado, será para nosotros precioso y sagrado. Es­ta es la manera de obrar de Jesús, cuando dice: «Sí, os lo aseguro: el cielo y la tierra pasarán antes que pase una i o una tilde de la Ley sin que todo se cumpla» [54].

            Y no seamos como tanta gente, como tantos cristianos por desgracia, que se someten con fervor mientras la autoridad se amolda a su manera de ver las cosas, mientras el obispo se conforma a sus miras, mientras el confesor se pliega a su parecer, pero que obran según sus caprichos, no hacen caso ni de decisiones ni de directivas de la autoridad, cuando estas no son a su gusto. Eso es sencillamente hacer siempre la voluntad propia, concuerde o no con la autoridad de Dios. Esclavos de amor de la Santísima Virgen, sepamos obedecer cuando la autoridad no comparta nuestros modos de ver, cuando tome medidas desagradables para nosotros, cuando pida tal vez duros sacrificios. Sólo hay un caso en que podemos y debemos negar nuestra sumisión a las autoridades humanas, sean las que sean: cuando lo que nos fuere impuesto o pedido estuviese en evidente contradicción con la ley de Dios y los mandamientos de la Iglesia; entonces, y sólo entonces, tendríamos el derecho y el deber de oponer a estas exigencias un irreductible: «Non possumus!… ¡Es imposible!».

            La dependencia respecto de nuestros superiores debe ser también sencilla y alegre. Ante todo, no debemos lamentar tener que obedecer. Es para nuestro propio provecho. Y luego, no debemos enfurruñarnos ni poner mala cara cuando las decisiones de la autoridad no son según nuestras conveniencias. Son las decisiones de Jesús y de María, han sido tomadas por su autoridad: eso basta para reprimir todo descontento voluntario y aceptarlo todo con una sonrisa. A veces se nos tiene que señalar nuestras faltas y defectos. A veces hemos de recibir —y nos es muy provechoso— un reproche, una reprimenda. Es posible que estas reprensiones no sean hechas siempre con el tacto deseado, que esta corrección no nos sea administrada según las exigencias de la dulzura y de la caridad. Es posible también que a veces se nos hagan reproches inmerecidos. En medio de todo esto permanezcamos calmos, apacibles, y alegremente sumisos. Prestemos más atención a la autoridad de que nos vienen estos reproches, que a la manera como nos son hechos. No se lo tengamos en cuenta a nues­tros superiores, y no conservemos para con ellos ningún resentimien­to, ninguna amargura. Continuemos acudiendo a ellos sencillamente, cordialmente, como si no tuviésemos que recibir de ellos más que cumplidos, porque en ellos seguimos viendo, amando y respetando el poder de Jesús y de su dulcísima Madre. De este modo es bastante fácil seguir el consejo de San Pedro: «Sed sumisos, con todo respeto, a vuestros dueños, no sólo a los buenos e indulgentes, sino también a los severos» [55].

            San Luis María de Montfort, que practicaba en sí mismo las austeridades más espantosas, no dio a sus hijos una regla demasiado exigente en materia de penitencia corporal: tres días de abstinencia y un día de ayuno por semana, eso es todo. Pero sobre el punto de la obediencia, su regla es severa. El espíritu que impone a sus hijos y a sus hijas es un espíritu muy marcado de dependencia y sumisión. Quien no se apropie de este espíritu no puede ser su verdadero discípulo. Por su palabra y por su ejemplo, nuestro Padre de Montfort nos enseñó no sólo a practicar la dependencia donde ella se impone, sino también a buscar realmente la obediencia y la sumisión.

            Queridos esclavos de Jesús y de María, tratad de apropiaros este espíritu de Montfort. Sed no sólo sumisos a las prescripciones imperativas de la autoridad, sino también dóciles a sus menores deseos. Tratad incluso de adivinar esos deseos. Procurad obedecer de veras: procurad depender de vuestras autoridades respectivas en todas vuestras empresas, tanto interiores como exteriores. Es lo que hacía Montfort, aferrándose, por ejemplo, a la dirección del Padre Leschassier, cuando este trataba justamente de deshacerse de él por todos los medios. Es lo que hizo el mismo Jesús, que, no debiendo como Hijo de Dios obediencia a ningún hombre, voluntariamente «se hizo obediente hasta la muerte, y muerte de cruz…».

            Tenemos que decir algo en particular —lo haremos en el próximo capítulo— sobre una cualidad especialmente difícil de la obediencia realmente sobrenatural.

            Mientras tanto, ¿por qué no tomaríamos el propósito de aplicarnos particularmente a esta obediencia hermosa, preciosa y ennoblecedora a toda autoridad, para depender de nuestra buena y amable Madre y Señora, María?

            En la persona de nuestros superiores en todos los campos, obedezcamos a Jesús y a María; obedezcamos prontamente, totalmente, sencillamente, alegremente.

            La Escritura promete toda clase de recompensas al hombre obediente.

            Acordémonos de esta: si con una conveniente obediencia sabemos humillarnos, como recompensa seremos ensalzados: ensalzados con rápidos progresos de alma, ensalzados con una fecundidad de apostolado maravillosa.


 

X
Obediencia “ciega”

            Hijos y esclavos de la Santísima Virgen, debemos y queremos vivir por María, esto es, en dependencia total e incesante de Ella.

            Le demostramos esta dependencia, en particular, obedeciendo, según su voluntad y sus deseos, a toda autoridad, sobretodo sobrenatural; reconociendo y respetando el poder de Jesús y el suyo en todos quienes se hallan revestidos de alguna autoridad.

            Por lo tanto, es deber nuestro, como esclavos de amor, obedecer a la autoridad en todas partes y en todo [56].

            En el capítulo precedente reclamábamos de nuestros consagrados a la Santísima Virgen una obediencia sobrenatural, total, pronta y alegre. Esta obediencia ha de ser también «ciega», es decir, ante todo, una sumisión de espíritu y de juicio. No debemos sólo seguir de hecho las directivas de la autoridad, sino que también debemos mentalmente aceptar y aprobar sus decisiones.

            Hagamos primero algunas observaciones al respecto.

            Hablamos de obediencia perfecta. No damos aquí una clase de moral. Por lo tanto, no queremos establecer lo que es obligatorio bajo pena de pecado, ya sea mortal, ya sea venial. No pretendemos tampoco que todas las cualidades de la obediencia sean estrictamente obligatorias. Simplemente queremos indicar a todos los esclavos de amor los caminos de la obediencia verdadera e íntegra, que es la sola digna de sus aspiraciones y de su estado.

            Lo que vamos a decir de la obediencia «ciega» vale en principio para la dependencia de toda autoridad, tanto familiar como civil, etc. Pero hablamos aquí de manera muy especial de nuestra actitud con la autoridad sobrenatural, esto es, eclesiástica y religiosa.

            Respecto de esta autoridad, pues, hemos de practicar una obediencia ciega, lo cual quiere decir que de entrada someteremos también nuestra inteligencia a la orden dada, al consejo que se nos propone. Creeremos sin dudar que así está bien, que la autoridad ha obrado bien al tomar tal decisión. Nos prohibiremos, porque no tenemos derecho a ello, examinar y juzgar las decisiones de nuestros Superiores. Nos diremos sencillamente: «El Santo Padre tiene razón. Monseñor ha obrado bien. El Padre Superior, la Madre Superiora, hace lo que mejor se puede». «Ita, Pater: Está bien, Padre», decía y repetía Jesús. Nosotros diremos algo semejante en toda decisión de nuestros Superiores.

            Y es perfectamente razonable obrar de este modo.

            Ordinariamente, los hombres que se encuentran revestidos de la autoridad han sido elegidos con el mayor cuidado entre los mejores miembros de la comunidad.

            Por regla general, tienen el sentido de sus responsabilidades. Son conscientes de que Dios les ha confiado este cargo, no para su provecho, sino para proveer por el bien de la comunidad que deben dirigir.

            Nosotros no vemos sino nuestro mezquino interés personal. Ellos, en cambio, están en condiciones de proveer por el bien de todos: es su deber, y habitualmente son fieles a él. Para promover el bien común disponen de todo un conjunto de datos que escapan a los subordinados, o que estos, por egoísmo, no tienen en cuenta.

            La Providencia divina, que lo rige todo en este mundo, no permite que quienes están regularmente constituidos en cargos, estén habitualmente por debajo de su función en talentos y virtudes.

            Tampoco debemos, como cristianos, olvidar ni ignorar la doctrina de las «gracias de estado». Es indudable que a quienes están revestidos de la autoridad, Dios no les niega las gracias especiales que les son necesarias y útiles para cumplir dignamente sus funciones.

            Finalmente, debemos insistir en que no tenemos ningún derecho a «juzgar», y por lo tanto a examinar deliberadamente, los actos de nuestros Superiores. Eso sería invertir los papeles.

            La actitud que se impone a nosotros para con ellos es la de una obediencia confiada, espontánea, ciega, sin otro examen, sin otra consideración.

            La autoridad tiene sus deberes, deberes muy graves, mucho más graves que los de los subordinados. Pero no nos toca a nosotros prescribírselos, ni examinar si los cumple concienzudamente. No es competencia nuestra.

«

            «Pero», se objetará, «la autoridad no es infalible. Puede equivocarse. Puede tomar decisiones o medidas que más tarde resultarán lamentables, a veces desastrosas».

            Sí, es cierto que los detentores del poder no son infalibles ni impecables. El Sumo Pontífice y los obispos en unión con él no son infalibles más que en el ejercicio de su magisterio doctrinal en materia «de fe y costumbres».

            Pero ¿acaso somos infalibles nosotros? ¿Tenemos más luces que nuestros Superiores en estas materias, que son incumbencia suya y en las que se encuentran ocupados sin cesar?

            Nos concedemos fácilmente a nosotros mismos, en la práctica al menos, un diploma de inerrancia. ¡Es tan común que examinemos, critiquemos y condenemos las decisiones de la autoridad en materias de que, frecuentemente, no tenemos más idea que un ciego en cuestión de colores! ¿No es infinitamente más razonable atenerse simplemente a las decisiones de la autoridad, que querer formarse un juicio que no reposará más que en datos excesivamente incompletos y precarios?

            Se insistirá tal vez diciendo: «Pero es innegable que hay casos en que la autoridad se equivoca de manera evidente, toma decisiones enojosas, emite juicios injustos, etc.».

            No es imposible, efectivamente, que por distracción, por incompetencia, por debilidad e incluso, excepcionalmente, por malicia, un superior tome disposiciones lamentables, decisiones injustas. Pero estos casos son mucho más raros de lo que estamos tentados de creer. ¡Cuántas veces los acontecimientos justifican más tarde decisiones que, a primera vista, habíamos juzgado muy sujetas a crítica! Las reglas religiosas prevén el caso en que al inferior le parece que el superior está mal informado y toma decisiones erróneas. En este caso, según estas mismas reglas, el religioso tiene el derecho y el deber de ex­poner a la autoridad sus temores y dudas. Si a pesar de eso la autoridad mantiene su decisión, el religioso tendrá que obedecer. Es la línea de conducta que podemos y debemos seguir nosotros mismos con la autoridad. Y si la evidencia de un error se impusiese a nuestro espíritu, está claro que no podríamos forzarnos a ver blanco donde vemos negro. Pero siempre podemos evitar pensar voluntariamente en esos «erro­res», y prohibirnos hablar de ello alrededor nuestro, salvo en caso de razones serias.

            Esclavos de Jesús en María, hagamos un examen de conciencia serio y severo sobre nuestra actitud con la autoridad. ¿No nos dejamos arrastrar en este punto por el espíritu del mundo, por el espíritu de la época? Para muchos hombres, incluso para un cierto número de cristianos supuestamente piadosos, por desgracia, se diría que la autoridad es el gran enemigo. Todo lo que viene de ella es examinado, criticado, y a menudo considerado como sospechoso y condenado de antemano.

            Contra este espíritu tan fatal y lamentable, establezcámonos en el verdadero espíritu cristiano y mariano. Obedezcamos a toda autoridad legítima, especialmente a la de nuestros superiores eclesiásticos y religiosos, sencillamente como niños, sin examen orgulloso, sin discusión vana.


 

XI
Esclavitud de amor y magisterio doctrinal

            Según el consejo de San Luis María de Montfort, queremos obrar y vivir por María.

            Lo cual quiere decir que en todas las cosas queremos dejarnos conducir por Ella y obedecerle.

            Esto se hace, entre otras cosas, por medio de una obediencia total, universal, humilde, alegre y ciega, prestada a la autoridad, a toda autoridad legítima. Nuestra divina Madre quiere y aprueba todo lo que quiere y desea la autoridad. Ella critica y prohibe todo lo que la autoridad legítima condena y prohibe.

            Hemos hablado de todo esto.

            Para ser completos, debemos señalar aún un poder muy especial de la autoridad eclesiástica, y por lo tanto un deber muy especial que hemos de cumplir para con esta autoridad.

            Con exclusión de toda otra autoridad, la Iglesia se encuentra revestida de una verdadera autoridad en materia de doctrina, de lo que llamamos el magisterio doctrinal.

            Los demás organismos dirigentes se encuentran revestidos de un poder de jurisdicción y gobierno: tienen que prescribir a sus subordinados lo deben hacer u omitir.

            La Iglesia, y sólo Ella, tiene además el derecho, el poder y la misión de proponernos y de imponernos lo que en materia «de fe y costumbres» debemos pensar o creer.

            Si reflexionamos en ello, no es algo que deba asombrarnos.

            La Iglesia tiene la misión de conducirnos a la participación de la vida personal e íntima de Dios por la gracia santificante, la práctica de las virtudes y la eterna visión de gloria.

            Su fin, y por lo tanto su ser, son sobrenaturales. Ella debe introducirnos en un mundo del que, fuera de la Revelación, no podemos siquiera conocer la existencia. Por lo tanto es preciso que, como órgano de Dios, Ella nos enseñe las verdades dogmáticas y prácticas de que tenemos necesidad para elevar nuestra vida a este plan de existencia superior y verdaderamente divina.

            Es preciso que Ella pueda enseñarnos estas verdades con certeza, y por eso se encuentra revestida de infalibilidad en materia «de fe y costumbres».

            Y si realmente está investida de un poder doctrinal, de una autoridad de enseñanza, a este poder y autoridad le corresponde de par­te nuestra el deber de aceptar su dirección y someter nuestro pensamiento y nuestro espíritu a sus enseñanzas.

            La Santa Iglesia ejerce este poder doctrinal por medio del Papa y de los Obispos.

            Ellos, y estrictamente hablando ellos solos, son los que han recibido de Dios y de Jesucristo la misión y el poder necesario para proponernos de manera obligatoria todo lo que Cristo nos enseñó.

            A este fin recibieron, dentro de ciertos límites y mediante algunas condiciones, la infalibilidad en materia de doctrina: el Sumo Pontífice ante todo, pero también los Obispos, cuando, juntos y en acuerdo con el Papa, se pronuncian sobre un punto de doctrina o de moral.

«

            Nos ha parecido importante recordar a nuestros esclavos de amor, que no sólo el Sumo Pontífice, sino también los Obispos, tienen autoridad para indicarnos lo que debemos pensar o creer en materia de fe y costumbres.

            Ellos deben pronunciarse de manera autoritativa, y por lo tanto obligatoria para nosotros, sobre lo que se contiene en el tesoro de la Revelación.

            Ellos tienen derecho a darnos directivas doctrinales sobre todas las verdades dogmáticas y morales que están en conexión con la Revelación divina.

            Tenemos el derecho y el deber de dejarnos conducir por sus enseñanzas en el terreno sobrenatural en sentido amplio, tanto desde el punto de vista del pensamiento como de la acción.

            La infalibilidad no es siempre una condición indispensable para esto.

            Nadie pretenderá que un obispo, tomado a parte, incluso cuando se dirige autoritativamente a sus fieles, goce de una infalibilidad absoluta.

            Pero es también incontestable que el obispo, en el ejercicio de su magisterio doctrinal, tiene derecho a una asistencia especial del Espíritu Santo, y que habla entonces como el representante delegado de Cristo, al que tenemos que someter, no sólo nuestras acciones, sino también nuestro pensamiento y nuestro espíritu [57].

«

            Es algo que a veces olvidamos.

            Leíamos en un libro serio sobre la Santísima Virgen, que no hay más que tres verdades marianas [58] expresamente definidas como de fe, y que todas las demás verdades marianas que debemos creer deben ser determinadas científicamente por los teólogos, y que los fieles deben aceptarlas bajo su autoridad.

            Eso es olvidar que existe un magisterio ordinario de la Iglesia, ejercido por el Papa y los Obispos.

            No son los sabios, ni siquiera los teólogos, quienes han recibido una misión divina para enseñarnos de manera auténtica y autoritativa la verdad revelada: sino sólo el Sumo Pontífice y los Obispos, y a ellos ante todo debemos consultar y escuchar.

            Ese es nuestro deber. Es aún más nuestro provecho.

            Porque está fuera de lugar poner siempre el acento en el deber, en la carga, por decirlo así, que nos impone este magisterio doctrinal.

            Veamos también y sobre todos sus beneficios, las ventajas que presenta para nosotros este poder doctrinal, la seguridad que en esta materia nos aporta, la facilidad preciosa de saber lo que en este terreno debemos creer y pensar.

            ¡Qué dicha, qué felicidad es para nosotros escuchar lo que en materia religiosa en sentido amplio nos enseñan los Sumos Pontífices en sus Encíclicas, y nuestros Obispos en sus Cartas pastorales!

            Aconsejamos con insistencia a los fieles, a nuestros esclavos de amor, que acudan especialmente a estas fuentes, cuando se trata de verdades marianas.

            ¡Qué riqueza, qué magnificencia de doctrina mariana hay en las encíclicas de León XIII, San Pío X, Benito XV, Pío XI, Pío XII, y qué enseñanzas preciosas también en los Mandatos y Cartas pastorales de nuestros Obispos!

            Esclavos de amor de Jesús y de María, practiquemos de manera ejemplar la dependencia de acción, pero también la obediencia de pensamiento y de juicio, para con aquellos que representan a Cristo ante nosotros.

            Eso es imponer a nuestro espíritu el «yugo suave y la carga ligera» de Cristo y de Nuestra Señora.

            Eso es caminar, con el espíritu de María, en seguimiento de Cristo, que pudo decir: «Yo soy la Luz del mundo; el que me siga no caminará en las tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida» [59].


 

XII
La Providencia paterna de Dios

            Para someternos a la voluntad de Dios más segura y perfectamente, queremos depender de María siempre y en todas partes.

            Esta dependencia respecto de Nuestra Señora se manifiesta de muchas maneras, y reviste formas múltiples.

            Hemos expuesto ya algunas de las formas de esta dependencia: vivir según las voluntades y los deseos de Cristo, dejarse conducir fielmente por la autoridad legítima, sobre todo la autoridad sobrenatural y religiosa.

            Otra manera de manifestar nuestra sumisión a nuestra Madre y Señora amadísima, María, es aceptar humilde y apaciblemente todas las disposiciones de la Providencia divina.

            Nada sucede, nada se produce en el mundo, absolutamente nada, al margen de la voluntad omnipotente de Dios. Nada se exceptúa a esta ley esencial: ni las reacciones ciegas e inconscientes de los minerales y de las plantas, ni las operaciones instintivas de los animales, ni los actos voluntarios de los ángeles y de los hombres. El mismo mal depende de la voluntad y de las decisiones divinas. Para hermosura del orden universal del mundo, Dios permite e incluso quiere el mal físico, y por lo tanto el dolor y el sufrimiento. El mal moral, el pecado, que como tal —como desconocimiento de sus leyes divinas— no proviene de El, no puede producirse sin su permiso; el cual, evidentemente, no es por eso mismo una aprobación.

            En definitiva, pues, todo viene de Dios: no puede estallar la guerra ni concluirse la paz, no se pueden producir las prosperidades de las naciones o las crisis económicas aparentemente insolubles, sin el permiso de Dios. Ningún hombre muere, ningún animal nace a la vida, ninguna flor se abre, ningún pájaro canta, ninguna hoja cae del árbol ni ningún cabello de nuestra cabeza, sin la expresa disposición de la voluntad de Dios: en definitiva todo viene de El.

            Ahora bien, puesto que todo ser obra, inconsciente o conscientemente, por un fin, es imposible que Dios, al suscitar todos estos seres o al permitir todos estos acontecimientos, no se proponga un fin. Este fin, en última instancia, es El mismo: la irradiación de su Ser, la comunicación de su Bondad, su gloria exterior en definitiva: «Todo lo ha hecho para Sí mismo», dice la Escritura [60].

            Pero hay muchos fines inmediatos e intermedios que deben conducir a la realización del plan divino, que apunta en última instancia a su propia glorificación. Dios intenta la perfección de cada ser, y por este medio realiza un orden mundial magnífico. Este universo espléndido, con todo lo que lo compone y todo lo que se produce en él, está destinado a procurar la felicidad temporal, pero sobre todo la perfección espiritual y la felicidad eterna del hombre. A su vez, el bienestar temporal, espiritual y eterno del hombre está ordenado a la glorificación de Cristo y de su Madre y Esposa espiritual inseparable, María. Y el reino y la glorificación de Cristo y de María deben conducir de manera inmediata a la mayor gloria del Padre, al reino de Dios.

            Esta es la magnífica coordinación y subordinación de los valores y de los seres, fijada por San Pablo en una de sus frases sublimes: «Todo es vuestro: … el mundo, la vida, la muerte, el presente, el fu­turo. Todo es vuestro; y vosotros, de Cristo y Cristo de Dios» [61].

            Ahora bien, ordenar todos los seres y acontecimientos, aun los más humildes e insignificantes, a sus fines respectivos, inmediatos o último, es obra de la Providencia divina. Y la ejecución infalible de ese plan gigantesco, que abarca todos los mundos y todos los tiempos, pertenece al gobierno de Dios. Nada puede sustraerse a la dirección de esta sapientísima Providencia, ni resistir a este omnipoten­te gobierno: «Señor Dios, Rey omnipotente, de tu potestad dependen todas las cosas, ni hay quien pueda resistir a tu voluntad… Tú eres el Señor de todas las cosas, ni hay quien resista a tu majestad» [62].

            Hemos de retener aún otra verdad importantísima en este orden de cosas: la Providencia de Dios es una Providencia paterna. Cuando Jesús nos exhorta a una confianza total y a un abandono absoluto respecto de Dios, y nos propone los encantadores ejemplos de las aves del cielo que no siembran ni cosechan, y sin embargo son abundantemente alimentadas; de las flores de los campos, que no trabajan ni hilan, y sin embargo son vestidas más ricamente que el rey más poderoso, añade: «No andéis preocupados…, pues ya sabe vuestro Padre celestial que tenéis necesidad de todo eso» [63].

            Dios es nuestro Padre, y nosotros somos sus hijos. Su Providencia está inspirada y conducida por su amor. Debemos estar convencidos de que todo lo que nos sucede es obra del Amor, y debe conducirnos a nuestra verdadera felicidad; pues, según el decir de San Pablo, «todo concurre al bien de los que aman a Dios» [64].

            Como cristianos y como esclavos de amor, tenemos que cumplir aquí una misión muy importante para nuestra perfección: reconocer y aceptar en todas las cosas las disposiciones amorosas de la Providencia divina.

            Como siempre, el cumplimiento de este cometido, la aceptación fiel y generosa de todas las disposiciones divinas, y el abandono total a su Providencia paterna, será facilitado considerablemente por el reconocimiento teórico y práctico de la gran y hermosa misión que le corresponde aquí a María. En el siguiente capítulo expondremos cuál es el papel de la santísima Madre de Dios en este orden de cosas.

            Además de la Providencia paterna de Dios, creemos en la providencia materna de María.


 

XIII
La Providencia materna de María (1)

            Después de estudiar la Providencia paterna de Dios, y antes de llegar a conclusiones prácticas para los esclavos de amor, debemos considerar la providencia materna de la Santísima Virgen María.

            Es digno de notar —y se trata de una nueva y grandísima señal de su amor por nosotros— que Dios, que es la Causa primera y principal de todo lo que existe y de todo lo que sucede en el mundo, se sirve tanto como es posible de las creaturas para cumplir todas sus obras. Al sol le hace producir el calor y darnos la luz. Por las leyes naturales de la materia y de la gravedad hace mover, con ritmo invariable, los astros en el espacio inmenso. Se sirve del hombre y del animal para continuar extendiendo la vida en la tierra.

            Es realmente una ley que El mismo se puso, una ley que también encuentra su aplicación en el orden de la Providencia.

            El papel de la Providencia, como decíamos, es el de disponerlo y ordenarlo todo para alcanzar el fin de la creación y de la Redención: el fin último, que es la gloria de Dios, y todos los fines inmediatos y secundarios que deben conducir a esta última meta final.

            Pues bien, Dios se sirve de los cálculos y combinaciones de los hombres para realizar los designios de su Providencia suprema. Cada hombre es, en cierto sentido, su propia providencia, porque estudia, reflexiona y combina para señalar su propio camino, elegir su medio, determinar los medios más aptos y eficaces para asegurarse el pan cotidiano, conservar o recuperar la salud, alcanzar la perfección, asegurar su salvación, etc.

            El Papa para toda la Iglesia, el obispo para su diócesis, el párroco para su parroquia, cada sacerdote en su esfera de acción, son como providencias limitadas, instrumentos conscientes y voluntarios de la Providencia infalible de Dios, para conducir las almas que les están confiadas a su santificación y salvación eterna.

            En la familia, al lado del padre, la madre es la providencia de sus hijos. ¿No es conmovedor considerar esta actividad especial de la madre en el hogar? ¿Acaso una verdadera madre no está incesantemente ocupada en organizar, combinar y disponer mil cosas por el bien de sus hijos? Ella se esfuerza por preverlo todo: el bien para realizarlo, el mal para evitarlo. Sin lugar a dudas, la principal ocupación intelectual de la madre es tratar de proveer al futuro inmediato y lejano, espiritual y temporal de sus hijos.

«

            Nos toca ver ahora si y hasta qué punto nuestra divina Madre puede cumplir en el orden sobrenatural este papel de Providencia materna para con sus hijos.

            Nuestra Señora está en el cielo. Allí goza en el grado más elevado de la visión inmediata y facial de Dios.

            Ella contempla el ser infinito de Dios, y en El los seres y los acontecimientos de este mundo.

            No dudaríamos en admitir en Ella, como lo admitimos en la santa Humanidad de Cristo, el conocimiento de todo lo que es objeto de la ciencia de visión en Dios, es decir, de todo lo que existió, existe y existirá, de todos los acontecimientos que se produjeron, se producen y se producirán en el universo.

            En todo caso, según los datos generales de la teología, podemos y debemos admitir que Ella ve en Dios todo lo que le puede interesar de manera especial, todo lo que tiene algo que ver con su misión, todo lo que le es necesario o útil saber para cumplir perfectamente su misión de Madre de los hombres, de Distribuidora de las gracias y de Santificadora de las almas.

            María es Reina del Cielo y de la tierra, Reina de toda creatura, del hombre en particular, y más especialmente aún de quienes se han consagrado a Ella y la han reconocido voluntariamente como su Dueña y Soberana. Conviene que esta Reina sepa lo que sucede en su reino. Conviene sumamente que Ella sepa lo que sucede alrededor de sus súbditos más amados, los hombres, y también dentro de ellos, puesto que su reino, como el de Dios, está sobre todo en el interior.

            María es Corredentora del género humano. A este título es indudable que Ella desea saber, y debe también conocer, todo lo que puede favorecer o contrariar la aplicación de los frutos de la Redención en las almas.

            María es Madre de las almas. ¿Acaso las madres no desean conocerlo todo en la vida de sus hijos, incluso las cosas más insignificantes? ¿Quién podría dudar desde entonces que esta Madre, que recibió la plenitud de la maternidad, siga con inmenso interés a cada uno de sus hijos, desee sondear hasta el fondo el secreto de su vida y de su conciencia, anhele conocer en detalle todo lo que de cerca o de lejos pueda influenciar su vida espiritual? Es más, ¿no debe Ella conocer todas estas cosas, para cumplir perfectamente su misión materna? Pues no debemos olvidar que esta Madre ha de intervenir casi en cada momento en la vida de sus hijos espirituales, que son y seguirán siendo siempre sus pequeñuelos, «sicut parvuli»…

            María, como Mediadora de todas las gracias, debe pedir por nosotros, destinarnos y aplicarnos en el momento oportuno toda gracia. Es indispensable, para que Ella pueda hacerlo, que conozca en detalle nuestras necesidades y dificultades, y todo lo que, ya en sentido favorable, ya en sentido adverso, pueda influenciar nuestra vida sobrenatural. Y nosotros sabemos que pueden influenciar nuestra vida espiritual, no sólo los grandes acontecimientos del mundo, como la guerra o la paz; no sólo los hechos importantes de nuestra vida personal, como la salud o la enfermedad, la prosperidad o la miseria; sino también mil detalles insignificantes de nuestra existencia cotidiana, que sin cesar nos alientan al bien o entorpecen nuestros esfuerzos para llegar a la virtud y a la santidad.

            Además, hemos de recordar que la Santísima Virgen no tiene sólo el cargo de cada alma en particular, sino que debe proveer también a las necesidades generales de la Iglesia y de toda la humanidad. Ella es Madre de la Iglesia, Cuerpo místico de Cristo, y realmente Madre de toda la humanidad. Por eso, Ella no se preocupa sola ni principalmente por el bien personal de cada hombre, sino que vela por la prosperidad de toda la Iglesia, y apunta al reino de Cristo, el reino de Dios en el mundo. Todo lo que está en conexión con estos intereses de inmensa importancia, retiene su más viva atención y reclama sus más asiduos cuidados. Y todo lo que es capaz de conducir a ello o apartar de ello, no puede quedar sustraído a su mirada de Reina y de Madre.

            De estas consideraciones podemos concluir con certeza que Nuestra Señora conoce y ve en Dios todo lo que nos sucede, todo lo que se pasa en nosotros y alrededor nuestro, los incidentes más humildes y los acontecimientos más graves, porque todo eso, incluso un día soleado, una palabra amable, una picadura de mosquito o una pinchadura de aguja, puede ser para nosotros la ocasión de progresos y de santidad, o de faltas y de imperfección.

            Y lo que a menudo nos escapa a nosotros, no permanece oculto para Ella: Ella comprende el por qué de todo lo que sucede en nosotros y alrededor nuestro; pues Dios, como hemos visto, en todas sus disposiciones para con nosotros, persigue un fin, determinado por su Amor. ¡Comprendemos tan poca cosa de nuestra vida, sobre todo en el momento en que se producen los acontecimientos! Más tarde captamos a veces con alegría y agradecimiento el por qué de este encuentro, la meta de aquel fracaso, la bendición que fue para nosotros tal prueba humillante. En el cielo estaremos asombrados al contemplar el encadenamiento maravilloso de todos los acontecimientos de nuestra vida, tanto los más graves como los más humildes, para la verdadera felicidad de nuestras almas. Nuestra divina Madre, por su parte, contempla desde el presente, y penetra a fondo los designios misericordiosos de la Providencia divina sobre nuestra vida. Ella ve cómo todos estos designios de amor y de misericordia se enlazan, como hilos de oro, en la trama de nuestra existencia, y cómo los acontecimientos más dispares e incoherentes en apariencia se funden en un todo armonioso y beneficioso. En todos los detalles de nuestra vida Ella discierne los fines inmediatos y remotos que la amorosa Providencia de Dios se propuso en todo esto.

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            La Santísima Virgen no sólo conoce todas las disposiciones de la divina Providencia para con nosotros, y el modo como deben concurrir al bien de nuestras almas y al reino de su Hijo; sino que, de toda evidencia, Ella adhiere a estos designios, Ella aclama en su corazón estas voluntades, porque su voluntad está totalmente conformada, entregada y abandonada a la santa y adorable voluntad de Dios.

            Además —no hay nada más cierto— Ella desea que también sus hijos acepten todas estas decisiones del amor divino, y se sometan a ellas total y generosamente, sin restricción.

            Ella se identifica, por decirlo así, con estas disposiciones de la voluntad divina, las hace suyas, nos las impone también con toda su autoridad real y materna, y las convierte en un campo nuevo de dependencia amorosa que nosotros le hemos prometido por nuestra santa esclavitud, y que de muy buena gana queremos manifestarle.

            Podemos ir más allá de estas consideraciones y preguntarnos hasta qué punto hemos de reconocer a Nuestra Señora una cierta influencia sobre la marcha de nuestra vida y sobre los grandes acontecimientos del mundo. Será el tema de nuestro próximo capítulo.

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            Desde ahora nos volvemos hacia Aquella que es la Madre de la divina Providencia, porque es Madre de Dios; hacia Aquella que pue­de ser llamada muy justamente nuestra providencia materna.

            Es para nosotros una incomparable seguridad, Madre, que el Dios de amor lo conozca y disponga todo en nuestra vida. Es también para nosotros una gran alegría saber que toda nuestra existencia, con sus bendiciones y alegrías, con sus luchas y pruebas, esté encerrada y sea como llevada en tu Corazón materno, y que Tú lo conozcas todo en esta vida, el pasado, el presente y el futuro.

            Por consiguiente, querríamos decir valientemente nuestro fiat en todo cuando nos sucede. Este fiat lo cantaremos a veces en el tono mayor de la alegría y del agradecimiento; otras veces lo pronunciaremos en la gama menor de la paciencia y de la resignación; pero plenamente abandonados repetiremos siempre la palabra de la aceptación y de la dependencia…

            Con Jesús queremos repetir: «Ita, Pater: ¡Está bien, Padre!»… Está muy bien así, porque sabemos que todo viene de tu amor, y a él conduce.

            Pero también queremos decir: «Ita, Mater!…: Sí, Madre, está muy bien así», porque lo aceptas por mí, porque Tú también me envías y me impones todo esto, Tú, la mejor y la más tierna de todas las madres…


 

XIV
La Providencia materna de María (2)

            La Santísima Virgen conoce y ve en Dios todos los acontecimientos, humildes o importantes, que nos rodean y nos suceden.

            Ella discierne claramente los lazos de estos acontecimientos con el reino de Dios, con nuestra perfección y nuestra salvación.

            Todas estas cosas Ella las acepta con sus inmortales disposiciones de Ancilla Domini.

            Como Madre y como Reina, Ella espera que también nosotros nos sometamos con amor a todas estas decisiones de la Providencia divina.

            Hemos considerado todo eso. Y de este modo ya podemos ver la voluntad y la dirección de María en todo lo que nos sucede, en los grandes acontecimientos que cambian la faz del mundo y en los más humildes detalles de nuestra vida cotidiana.

            Ahora podemos y debemos ir más lejos, y plantearnos la siguiente pregunta: ¿Tiene la Santísima Virgen alguna influencia en los acontecimientos que nos contristan o nos alegran, que nos son ocasión de progreso o de retroceso? ¿Ejerce Ella alguna acción en la orientación de nuestra vida, y cuál? ¿Es Ella causa de que nuestra vida esté ordenada de tal o cual manera, tanto en sus circunstancias más graves como en las más humildes? ¿Puedo pensar que Nuestra Señora misma lo organiza y dispone todo en mi existencia, y ver así de manera más neta y positiva su providencia en todo lo que me sucede?

            Nuestros buenos cristianos, nuestros esclavos fervorosos de la Santísima Virgen, así lo creen.

            Y nosotros no debemos subestimar el sentimiento del piadoso pueblo cristiano.

            En efecto, entre los criterios de la verdad revelada, entre las fuentes de conocimiento de la doctrina sobrenatural, la teología cuen­ta con el sentimiento general del pueblo cristiano. Si se puede estable­cer que en una determinada época la unanimidad de los fieles adoptó como verdad tal o cual punto de dogma o de moral, se prueba por el mismo hecho que este punto de doctrina ha sido efectivamente revelado por Dios y es conforme a la verdad. Y es notable que en el trans­curso de los tiempos el «sentido cristiano» tuvo razón más de una vez contra los más graves y los más sabios teólogos.

            El santo bautismo pone en nuestras almas potencias secretas e increíbles. Los dones del Espíritu Santo se encuentran entre las más misteriosas de estas potencias. Son como instintos sobrenaturales, que fuera de todo razonamiento, como por intuición, nos hacen discernir en el orden sobrenatural lo verdadero y lo falso, y gustar lo que es bueno o malo.

            No quiere eso decir que en el caso presente pretendamos atribuir la infalibilidad a la convicción instintiva de un cierto número de fieles. Pero el hecho merecía ser subrayado: nuestros buenos esclavos de la Santísima Virgen, simples cristianos, rectos y fervorosos, atribuyen a esta divina Madre una intervención habitual en la disposición de su vida. Se les escucha decir frecuentemente: «Nuestra Señora lo ha querido así… La Santísima Virgen lo ha permitido… Nuestra divina Madre lo ha dispuesto así…».

            San Luis María de Montfort, que como recordamos, no fue sólo uno de los servidores más fervorosos y uno de los apóstoles más ardientes de María, sino también, en materia mariana, uno de los pensadores más profundos, uno de los doctores más notables que el mundo haya visto; San Luis María de Montfort cree también en una providencia materna efectiva de la Santísima Virgen, y en una influencia real de su parte en la disposición de nuestra vida. En efecto, escribe: «Ella espía, como Rebeca, las ocasiones favorables para hacerles bien, engrandecerlos y enriquecerlos. Como ve claramente en Dios todos los bienes y los males, los sucesos favorables y los adversos, las bendiciones y las maldiciones de Dios, dispone Ella las cosas desde mucho antes para librar de toda clase de males a sus servidores, y para colmarlos de toda clase de bienes; de suerte que, si hay algún buen lucro para realizar, en Dios, por la fidelidad de una criatura en algún alto cometido, es seguro que María procurará esta ventura para alguno de sus buenos hijos y servidores, y le dará la gracia para llevarlo a cabo con generosidad» [65].

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            Las almas marianas, Montfort sobre todo, tienen razón.

            Pero ¿cómo explicar esta intervención «providencial» de Nuestra Señora en nuestra vida?

            Nos parece que la Mariología, es decir, la exposición sistemática de la doctrina mariana, sobre todo cuando se trata de la misión y de los derechos de la Santísima Virgen para con las almas, podrá y deberá hacer aún grandes progresos, y habrá que estudiar y profundizar una gran cantidad de verdades para poder formularlas de manera clara y precisa.

            El punto que estamos tratando en este momento es una de estas verdades que no es fácil determinar netamente y formular exactamente. No debemos exagerar nada. Pero menos aún, al tratarse de las prerrogativas marianas, debemos quedarnos por debajo de la verdad, y minimizar los derechos y la misión de Nuestra Señora, como tienen tendencia a hacerlo ciertos «sabios».

            Desde toda la eternidad Dios fijó el plan de nuestra vida con todos los acontecimientos que deben producirse en ella, y con todas las influencias que en ella deben ejercerse. Este plan está consignado de manera imborrable e inmutable en el gran Libro de la vida que es Dios mismo. Nuestra Señora conoce y contempla este plan en todos sus detalles. Ella, pues, no tiene que disponer de nuestra vida en el sentido en que debiera imaginar de qué manera Ella nos haría escapar de tal peligro, o hacernos llegar a tal grado de progreso espiritual, etc.

            Este plan divino es un plan elaborado en todos sus detalles, y prevé y determina todas las influencias que han de contribuir a realizarlo. Y entre todas estas influencias, la de la Santísima Virgen es incontestablemente, después de la de Dios y de Cristo hombre, la más poderosa y vasta, y por libre voluntad de Dios, la más indispensable.

            Esta influencia, que Dios ha puesto como condición de sus designios de amor sobre nosotros, la Santísima Virgen debe ejercerla al menos por su intercesión todopoderosa.

            El plan de la Providencia paterna de Dios sobre este joven sacerdote misionero, por ejemplo, era que, por la oración de María, fuese colocado desde su más tierna edad en una escuela apostólica, donde estaría al abrigo de los peligros; que también allí, por la intercesión de la Santísima Virgen, encontrase a santos sacerdotes que, por sus enseñanzas y sus ejemplos, lo ayudasen a caminar por las sendas de la virtud; y que cuando, en la edad crítica, su vocación se viese en peligro, por la intervención de Nuestra Señora, el pensamiento de un padre virtuoso lo retuviese en su vocación sublime.

            Ese era el plan de Dios, pero su realización la hizo depender de los cuidados incesantes y de las oraciones preciosas de su santísima Madre. Y de este modo podemos decir que la Santísima Virgen lo dispone todo en nuestra vida, en el sentido de que la ejecución de los infalibles designios divinos depende de sus oraciones, y por lo tanto de su consentimiento y de su cooperación.

            La providencia materna de Nuestra Señora es una consecuencia, una manifestación y una forma de su Mediación universal de las gracias, y de su incontestable misión de santificar a las almas y formarlas en Cristo.

            Esta providencia materna se extiende tan lejos como su mediación. Abarca todo lo que de cerca o de lejos se relaciones con nuestra perfección y salvación eterna. Por lo tanto, no comprende solamente lo que de suyo es sobrenatural —la comunicación en tiempo oportuno de la gracia santificante y actual, la recepción de los sacramentos, etc.—, sino también todas las cosas naturales que están en conexión con nuestra vida espiritual. De este modo, debemos a la providencia materna de María el haber nacido de padres cristianos, el haber recibido de ellos una educación esmerada, el haber vivido en tal entorno, el haber tenido tales maestros, el haber recibido tal medida de bienes temporales que nos permite tender más apaciblemente a una vida cristiana más perfecta.

            La influencia de nuestra divina Madre, como observa Montfort, se ejerce en un doble sentido. Ella coloca en nuestro camino a las personas y las cosas que deben facilitarnos la ascensión hacia la virtud. Y Ella aparta de nosotros todo lo que hubiese sido un obstáculo para nuestra vida cristiana, o también neutraliza estas influencias nefastas por otras influencias beneficiosas.

            Por otra parte, hemos de reconocer su acción materna, no sólo en lo que nos place y nos alegra, como la salud, la prosperidad material, los consuelos del corazón, etc., sino también, y más aún, en el sufrimiento y en la prueba. Pues la cruz y el sufrimiento son aún mayor gracia, generalmente hablando, que el gozo y la prosperidad. En efecto, la divina Madre debe hacernos conformes con la imagen de su Hijo crucificado; y sólo por medio de muchas tribulaciones podemos entrar en el reino de Dios. Por eso, también nos viene del Corazón de nuestra Madre esta humillación penosa, este fracaso miserable, tal enfermedad dolorosa, tal separación desgarradora…

            Acordémonos además de que la influencia de su providencia materna se extiende, por supuesto, a las grandes líneas de nuestra vida: nuestra vocación, el medio en que vivimos, la educación que hemos recibido, etc.; pero también a las cosas más insignificantes, a lo que tal vez consideramos como despreciables minucias. Jesús nos da la certeza de ello por lo que a la Providencia paterna de Dios se refiere, cuando nos asegura, de manera muy sugestiva, que incluso los cabellos de nuestra cabeza están contados, y que ni uno solo de ellos cae sin el permiso de nuestro Padre que está en los cielos. También nuestra Madre —¿no es lo propio de la mujer y de la madre?— se ocupa de los más mínimos detalles de nuestra vida, cuando tienen alguna relación con nuestra santificación. ¿Y qué hay que excluir de esta solicitud materna, cuando se piensa que la menor palabra puede a veces alentarnos o abatirnos, que una mirada furtiva puede ser ocasión de tentación o de educación, que una picadura de mosquito puede echarnos en la impaciencia, que una sonrisa de niño o un canto de pájaro puede a veces volvernos a impulsar hacia el bien?

            Ya lo vemos: nada o casi nada de lo que nos rodea y de lo que nos sucede puede sustraerse a la providencia materna de Nuestra Señora. Y aunque es cierto que no siempre podemos determinar y separar fácilmente las influencias subordinadas, y sobrepuestas unas a otras, que se ejercen en nuestra vida: Dios, Cristo, la Santísima Virgen; y aunque nos encontremos aquí de lleno en esta atmósfera de misterio que rodea todo el orden sobrenatural; sin embargo, eso no es un motivo para dudar de la realidad y de la extensión de la providencia materna de María.

            Todas estas consideraciones, como tendremos ocasión de exponerlo más ampliamente en uno de los próximos capítulos, determinarán nuestra actitud de esclavos de Jesús en María. Nuestras disposiciones habituales de total abandono frente a los acontecimientos de Providencia se verán fortificadas y facilitadas incontestablemente por el pensamiento de que todo lo que nos sucede y todo lo que nos rodea nos es destinado por nuestro Padre que está en los cielos, pero al mismo tiempo proviene del pensamiento y del Corazón de la más amante y misericordiosa de las madres.


 

XV
¡Amén! ¡Así sea! (1)

            Hemos hablado de la Providencia paterna de Dios y de la providencia materna de María. Nada sucede en nuestra vida, absolutamente nada, que no sea querido o permitido por Dios, y que, en sus designios de bondad y de amor, no apunte y tienda a nuestra salvación y a nuestra santidad.

            María conoce claramente todas las disposiciones divinas, incluso en la relación que tienen con la realización de nuestro destino. Ella adhiere a todo esto con una sumisión llena de respeto y amor, y pide a sus hijos y esclavos de amor que se entreguen totalmente a estas voluntades divinas, y las acepten con filial sumisión.

            La Santísima Virgen, además, ejerce una gran influencia en nuestra vida. Los acontecimientos y las circunstancias que se ordenan a facilitar y realizar nuestra formación en la vida cristiana seria e íntegra, se deben a su intervención, que se da al menos bajo forma de oración.

            Por lo tanto, una de las formas más importantes de nuestra sumisión a Dios y a la Santísima Virgen, o de esta esclavitud interior de que habla San Luis María de Montfort, es aceptar valientemente, con agradecimiento y alegría de voluntad, todos los acontecimientos, importantes o mínimos, que se escalonan a lo largo de nuestra vida y de cada uno de nuestros días.

            Seamos concretos, seamos consecuentes en la práctica de la santa esclavitud de amor. Sepamos reconocer teórica y prácticamente la voluntad de Dios y de nuestra Madre dondequiera que esta voluntad se manifieste. No nos detengamos, como se hace demasiado a menudo, en las causas inmediatas y creadas de los acontecimientos que nos contristan o alegran, ya sea para apegarnos a ellas, ya sea para odiarlas y maldecirlas. Por encima de todos estos factores, dotados o privados de razón, veamos el decreto de Dios que quiere o permite todas estas cosas. Busquemos también y siempre en ellas la influencia de nuestra Madre divina, que dispuso y obtuvo estos acontecimientos para nosotros.

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            Lo que tenemos que hacer, pues, es aceptar con docilidad perfecta y abandono absoluto a las directivas de Dios y de su santísima Madre, todas las circunstancias, todos los acontecimientos de nuestra vida, los más humildes como los más importantes, los más tristes como los más alentadores. Todo eso forma parte de las disposiciones paternas de Dios para con nosotros, y también de la formación materna que Nuestra Señora impone a nuestra alma.

            Parece que no es nada, pero en realidad es algo grande, y a veces difícil, decir: ¡Amén! ¡Así sea!

            En música hay obras maestras que fueron compuestas solamente sobre el tema de algunas notas, dos o tres a veces. Estas pocas sílabas bastarían para hacer de nuestra vida una obra maestra de santidad, si supiésemos repetirlas siempre con las disposiciones oportunas; si supiésemos decir: ¡Amén! ¡Así sea!, a todo lo que Dios y su divina Madre deciden y permiten en nuestra vida. Es impresionante que Montfort no pida otra gracia: «La única gracia que os pido, por pura misericordia, es que cada día y en cada momento de mi vida, diga tres veces Amén, Así sea, a todo lo que habéis hecho sobre la tierra cuando vivíais en ella; Así sea a todo lo que hacéis al presente en el cielo; Así sea a todo lo que hacéis en mi alma» [66].

            Este ¡Amén! ¡Así sea!, lo murmuraremos con agradecimiento cuando, por la solicitud de nuestra Madre, se abran a lo largo de nuestro camino flores de bondad y de amistad; cuando resuenen en nuestros oídos cánticos de alegría; cuando la hermosa luz de la dicha y de la prosperidad venga a solear nuestra vida.

            Este ¡Amén! ¡Así sea!, lo repetiremos frecuentemente cuando se nos prodiguen pequeñas alegrías o modestos alientos; por un hermoso libro que leemos, por una hora reconfortante que pasamos en amable compañía, por una buena palabra que nos impresiona, por un espectáculo edificante que nos es dado contemplar. Un Amén de agradecimiento subirá de nuestro corazón por un encuentro inopinado y beneficioso, por un mensaje alentador que se nos ha comunicado, por la solución inesperada de alguna dificultad, por un canto de pájaro que nos regocija, por una mirada de niño que nos conmueve, por un magnífico paisaje que admiramos, por una puesta de sol que nos maravilla… Todo eso viene de Dios. Todo eso viene también, en cierto sentido, de María. Estas son, entre mil otras cosas parecidas, las atenciones, las maternalísimas y delicadísimas atenciones que tiene para con nosotros Aquella que es mil veces más Madre que todas las madres de la tierra; de Aquella que por medio de estas cosas quiere hacernos sentir que Ella vive, que Ella nos ama, que Ella no nos olvida, y que Ella está cerca de nosotros para conducirnos a través de nuestra existencia.

            Este Amén de la alegría y del agradecimiento se convertirá en ciertos días en un Magnificat triunfal, por ejemplo a la vista de la hermosura arrebatadora de un niño, de tu niño que acaba de revestirse en el bautismo con los esplendores de la gracia y de la vida misma de Dios; en el primer encuentro de un alma pura con Jesús Eucaristía; ante la aplastante grandeza de un nuevo sacerdote, hermano tuyo, hijo tuyo. En ciertos días este Amén se prolonga, se dilata, se transforma en un cántico de exultación, en esos días en que tempestades de alegría parecen conmover las profundidades de nuestra alma; cuando repentinamente el plan de Dios sobre tu vida se revela a tu alma, y comprendes la acción de la bondad infinita de Dios en ti y la solicitud infinitamente materna de María en toda tu existencia; o cuando has podido saborear durante algunos instantes la infinita dulzura del amor de Dios y de la presencia de Jesús en ti, y parece que toda la felicidad del cielo ha descendido de repente en tu alma… Repetiremos entonces con emoción indecible el Gloria Patri, et Filio, et Spiritui Sancto. Pero al mismo tiempo balbuciremos también, con un alma estremecida de felicidad y gratitud: ¡Amén! ¡Así sea!: ¡Gracias, Madre, gracias por todo! ¡Qué buena eres, indeciblemente buena y materna!…


 

XVI
¡Amén! ¡Así sea! (2)

            Este Amén trataré de decirlo también con valentía y energía en el sufrimiento y en la adversidad, para las cruces de toda clase y dimensión, de toda pesadez y duración.

            ¡Amén! ¡Así sea!, cuando me dirijan una palabra dura, cuando me hiera un gesto indelicado, cuando me aflija un juicio injusto, cuando se produzca un malentendido penoso con mis familiares o vecinos, cuando la comida no sea a mi gusto o cuando vengan a turbar mi descanso; ¡Amén! ¡Así sea!, cuando me vea contrariado en mis cálculos, cuando un pequeño incidente o nadería turba el orden que había soñado para mi trabajo, y eche a perder mi día. No, en esos momentos no quiero enfadarme ni refunfuñar, ni dejarme llevar por la ira o mal humor. ¡Rápido, una mirada a María! Ella lo ha dispuesto así para mi bien y progreso espiritual. ¡Amén! ¡Así sea!, mi buena Madre… Voy a poner a mal tiempo buena cara, y nadie sospechará que en el fondo de mi ser amenazó prevalecer el descontento o la rabieta…

            ¡Amén! ¡Así sea! Tu salud está quebrantada, tus fuerzas están destrozadas. Y sin embargo tus ocupaciones, tu deber de estado, parecían exigir una salud robusta. A consecuencia de esta enfermedad tu hogar va a quedar en completo desconcierto: vas a sufrir la pobreza, y los tuyos contigo. Echate en los brazos de tu Madre. «No comprendo, Madre, no puedo ni debo comprender. Sé solamente que también esta prueba me viene de tu amor materno y de la paterna Providencia de Dios. Por eso me abandono a Ti, y repito con voluntad plenamente sumisa: ¡Amén! ¡Así sea!».

            ¡Amén! ¡Así sea! Vives con un marido que te parece insoportable. Es buen cristiano, y también tiene buena voluntad, pero no llegáis a comprenderos. Vuestros caracteres son demasiado divergentes. Es un sufrimiento de cada momento, y hay choques a cada instante. «Madre, es duro, durísimo; en ciertos momentos me parece que ya no puedo soportar por más tiempo esta situación. Pero quiero creer que Tú has consentido a esta vida para mí, un purgatorio en la tierra, para que por medio de este camino, y no otro, merezca el cielo. Me cueste lo que me cueste, quiero repetir con la voluntad mi Amén: sí, así sea por todo el tiempo en que con tu Jesús lo juzgues oportuno».

            ¡Amén! ¡Así sea! Había soñado con una vida tan distinta… Había soñado en vivir con Jesús en su misma morada, como su humilde esposa, y me es imposible dejar el mundo… Había esperado consagrar mi vida a proyectos artísticos, y la paso en ocupaciones tan vulgares… Había esperado de mi apostolado frutos maravillosos, conversiones numerosas, una influencia vasta y profunda sobre las almas, y debo conformarme con resultados tan modestos… Había pensado ocupar un lugar importante en el mundo, jugar en él un papel de primer plano, y mi existencia se arrastra en medio de un entorno deprimente y en circuns­tancias tan prosaicas… Amen, o Mater et Domina… Así sea, Madre y Señora amadísima; no me toca mandar, sino obedecer y seguir.

            ¡Amén! ¡Así sea! Nada te sale bien. Eres lo que se llama un ave de desgracia. La preocupación del pan cotidiano pesa angustiosamente sobre ti. Todas tus empresas se ven condenadas al fracaso. Te parece que todas las cruces y pruebas te están destinadas a ti… Acuérdate del precio de la cruz y del sufrimiento que, por la oración de su Madre, Dios pueda enviarte. Cree sobre todo en la providencia materna de María para contigo. Jesús y María disponen de todo, a fin de cuentas, para tu mayor bien. Y cuando en ciertos momentos demasiado dolorosos tengas que gemir como Jesús en su agonía: «Padre, si es posible, pase de mí este cáliz», no dejes de añadir: «Pero no se haga mi voluntad, sino la tuya».

            ¡Amén! ¡Así sea! Tenías un hijo, del cual todos decían que era un ángel, y que te era querido como la pupila de tus ojos, al igual que tu corazón y tu alma; un hijo que habría vivido verosímilmente en la piedad y en la virtud, que habría sido tu consuelo y tu sostén en los días de tu vejez. Y el ángel de la muerte te lo ha arrebatado… La flor ha sido cortada de su tallo, y el hijo arrancado de los brazos de sus padres. ¿Cómo es posible, Señor, que pidas semejantes sacrificios, e inflijas semejantes heridas a un corazón de padre o de madre?… Pero no, Señor, no he dicho nada: el dolor me estaba haciendo delirar. ¡Madre, fiat! Quiero creer firmemente, sin comprenderlo, que así es mejor para el reino de Dios, para mi hijo y para mi alma: ¡Amén, así sea, Providencia de mi Dios, providencia de mi Madre!

            ¡Amén! ¡Así sea!… O bien el hijo que habías pedido y alcanzado por tus oraciones, que antes de su nacimiento ya habías consagrado a María, que en tu regazo había aprendido a pronunciar con amor los dulces nombres de Jesús y de María, que para su educación habías confiado a sacerdotes o a religiosas; este hijo, por el cual habías velado con precauciones infinitas, por el cual habías rezado y sufrido noche y día; este hijo, precisamente este, se adentró en los caminos de la perdición. Es un hijo pródigo, que ha pisoteado su honor y su religión; en la licencia malgasta vergonzosamente su dinero y sus fuerzas, y te haría morir de tristeza… Por muy terrible que pueda ser esta prueba, también es, no querida, pero sí permitida, por Dios y por su santísima Madre, para que tu vida sea tanto más pura y generosa cuanto más vil y vergonzosa es la de tu hijo amado. Esta alma, al menos en el último minuto, se salvará por tus oraciones y sacrificios. Sigue esperando esta hora con paciencia y confianza, y con un corazón quebrantado repite a la Madre de los dolores y al Refugio de los pecadores: ¡Amén, así sea! ¡Madre, ven en mi ayuda, salva a esta alma, y haz que mi hijo vuelva a los brazos de tu Hijo!

            Un día nos sentiremos abatidos definitivamente… Un día vendrá a llamar a nuestra puerta la más terrible mensajera de la voluntad de Dios y de María: ¡la muerte! En esos momentos nos acordaremos de que somos de Dios y de Ella, y que les hemos reconocido todo derecho sobre nosotros. Calmos y resignados, con amor y confianza, acogeremos la muerte, y con gratitud y alegría de voluntad diremos nues­tro último Amén, así sea, a la última disposición que Jesús y María hayan tomado respecto de nosotros en esta tierra…

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            En gran parte, como lo hemos comprendido, la práctica que detallamos aquí consiste en llevar nuestra cruz en dependencia de la santa voluntad de Dios y de las decisiones de la Santísima Virgen para con nosotros. Permítasenos aún dar, sobre este tema, las siguientes recomendaciones:

            1º De las manos de Dios y de su santa Madre hemos de aceptar todas las cruces, sobre todo las menores, las más insignificantes. No tenemos ocasión muy frecuente de sufrir pruebas graves. Ante todo reconozcamos, y luego aceptemos la cruz de Jesús en las mil contrariedades de cada uno de nuestros días. Debemos decir nuestro Amén por un dolor de cabeza, por un ruido molesto, por un ladrido irritante, por una conversación aburrida, cuando nuestro trabajo no adelanta, cuando no se tiene en cuenta una recomendación que habíamos hecho, etc. Todo eso, en definitiva, viene de Ellos.

            2º Hemos de reconocer y aceptar respetuosamente la cruz venga de donde venga, cualquiera que sea la causa inmediata que nos ocasiona el sufrimiento. Puede provenir de seres razonables o de creaturas sin razón, de los ángeles o de los demonios, de hombres perversos o de hombres piadosos. En resumidas cuentas, reconozcamos la cruz como impuesta por Dios y su dulce Madre incluso en las tentaciones de Satanás, en las inclemencias del tiempo, en los disgustos que nos provocan los caprichos y a veces la malicia de los hombres o su concepción singular y deformada de la piedad y de la virtud. Todo eso es la cruz que nos envía y presenta, en última instancia, el amor de Dios y de Nuestra Señora. Todo eso debe ser aceptado, y es materia de nuestro ¡Amén, así sea!

            3º Este Amén podemos y debemos decirlo para el sufrimiento de que nosotros mismos somos causa, cuando es imputable a nuestra torpeza, a nuestra falta de previsión o de cuidado, a nuestras faltas en definitiva; cuando por ejemplo, sufrimos dificultades ocasionadas por los defectos de nuestro temperamento. Podemos y debemos aceptar como cruces preciosas y meritorias estas consecuencias penosas de nuestras faltas y defectos.

            4º Hay diferentes grados en el modo de aceptar meritoriamente, de manos de Jesús y de María, lo que hemos recordado ser nuestra «cruz». Lo menos que se puede hacer, y ya es meritorio si se lo hace por un motivo sobrenatural, es no quejarnos, no murmurar, ni siquiera interiormente, ante las pruebas pesadas o ligeras que nos son enviadas. Es la aceptación pasiva o tácita de la cruz y del sufrimiento. Pero vayamos más lejos. Pues es mejor producir un acto positivo de aceptación del sufrimiento, repitiendo formalmente nuestro ¡Amén, así sea!: «Mi buena Madre, quiero lo que Tú quieres, como Tú lo quieres, y tanto tiempo como Tú lo quieras». Por fin, lo más perfecto es aceptar nuestra cruz con gratitud y alegría de voluntad. Tal vez sintamos vivamente el dolor físico o moral; pero por la voluntad, y eso basta, añadamos a nuestro Amén un enérgico «Deo gratias et Mariæ: ¡Gracias, mi buena Madre! Por nada querría verme privado de esta cruz».

            Esto es lo que hay de mejor y de más elevado. Y ¿qué hijo y esclavo de María no desea tender a estas cumbres radiantes?


 

XVII
Nuestra estructura sobrenatural

            A ejemplo de Jesús mismo, queremos someternos a María, nues­tra Madre y Soberana. El Sumo Pontífice, con motivo de la coronación de Nuestra Señora de Fátima, nos recordaba esta obligación. Ya hemos descrito varias maneras de ejercer esta dependencia.

            Somos dependientes de Nuestra Señora viviendo según los preceptos y consejos del santo Evangelio, dejándonos conducir dócilmente por toda autoridad legítima, sobre todo por la autoridad religiosa; lo somos también —como acabamos de exponer— aceptando con amor todas las decisiones y disposiciones de la divina Providencia.

            Llegamos ahora a una última manera de practicar nuestra esclavitud interior y espiritual, manera importantísima, y en ciertos aspectos tal vez la más importante de todas: docilidad a las inspiraciones y operaciones de la gracia; gracia que, después de Dios y de Cris­to, nos viene de María y por María, nuestra divina Madre.

            ¡Que esta celestial Madre nos obtenga, también aquí, la luz necesaria para comprender este importante aspecto de la vida mariana, y la fuerza de alma indispensable para vivir según las luces recibidas!

 

El hombre nuevo

 

            En la Escritura se habla frecuentemente del «hombre nuevo», de una «nueva creatura». Esto quiere decir que, al margen de nuestra vida ordinaria, natural, humana, podemos llevar en nosotros otra vida más rica, más preciosa, más elevada, una vida sobrehumana, sobrenatural, una vida en cierto sentido divina. Esta vida sobrenatural, que supera las aspiraciones, las exigencias, las fuerzas e incluso el conocimiento de toda naturaleza creada, consiste esencialmente en la gracia santificante, que es una participación limitada de la naturaleza misma de Dios, y por la cual la Santísima Trinidad misma habita sustancialmente en nosotros para una vida de dulcísima intimidad.

            Pero el hombre no sólo posee un cuerpo y un alma que componen su ser y su sustancia; está provisto también de instrumentos de acción, de facultades para obrar, de la inteligencia para pensar, de la voluntad para querer, etc. Del mismo modo, el ser sobrenatural en nosotros, o gracia santificante, va acompañado de potencias o fuerzas sobrenaturales que nos capacitan para realizar acciones sobrenaturales, acciones que estén en relación con la naturaleza divina participada que llevamos en nosotros, y que tengan valor para la eternidad. Estas potencias sobrenaturales del «hombre nuevo» en nosotros son llamadas virtudes infusas, tanto teologales como morales.

            Por otra parte, para obrar en el orden natural, por ejemplo para pensar y querer, no basta, como a veces lo imaginamos, tener la facultad de obrar, tener inteligencia y voluntad. Para que la facultad pase al acto, para que yo, que puedo pensar, piense de hecho, necesito cada vez de un socorro positivo y actual de Dios.

            Así también, en lo que llamamos orden de la gracia, aunque tenga radicalmente el poder por las virtudes infusas, no puedo hacer ningún acto que tenga valor sobrenatural y esté ordenado a la visión eterna de Dios, sin ser provocado, excitado, asistido y ayudado a ello por Dios mismo. Y a esta operación divina, por la cual El nos lleva y nos ayuda a realizar acciones sobrenaturales y en cierto modo divinas, la llamamos gracia actual. Así pues, esta gracia, de la que debemos hablar ahora, puede definirse como una operación y asistencia de Dios, por la cual El ilumina nuestra inteligencia, influencia y fortifica nuestra voluntad, para hacer el bien y evitar el mal. Por lo tanto, la gracia actual puede ser una iluminación de la inteligencia, un fortalecimiento de la voluntad. Puede consistir incluso en una influencia ejercida por Dios en nuestras potencias sensibles, imaginación y sensibilidad, para atraernos al bien y alejarnos del mal.

            Sobre la naturaleza y las diversas formas de la gracia actual se levantan bastantes cuestiones sutiles, que muy frecuentemente preocuparon y perturbaron a los teólogos en el transcurso de los siglos. Afortunadamente, para el fin que perseguimos, no tenemos que abordar estas cuestiones delicadas y difíciles. Prácticamente sabemos todos lo que son estas inspiraciones de la gracia, a las que debemos corresponder para salvarnos y santificarnos; por experiencia conocemos la operación saludable de la gracia de Dios en nuestras almas.

 

La gracia actual en práctica

 

            Esa noche dormiste peor que de costumbre. Te despertaron a la hora acostumbrada. Quieres hacerte creer que estás enfermo, que por lo menos tienes dolor de cabeza, o que ciertamente va a ser así. Por lo tanto, vas a concederte un suplemento de descanso… Pero dudas… Repentinamente una voz bien conocida se deja oír en tu alma: «¿Có­mo? ¿Por una bagatela descuidar la santa Misa y la sagrada Comunión? ¡Rápido, de pie!… ¡Haz generosamente este sacrificio!». Acabas de escuchar esta voz y la sigues: es la voz de la gracia.

            Te has ido a la iglesia y has comenzado con buena voluntad tus oraciones. La puerta se abre, entran otras personas. «¿Quién será?». Y te sientes tentado de mirar alrededor tuyo para satisfacer tu curiosidad. «No», dice la voz interior, «por amor a Jesús prohíbete esta mirada curiosa. Vienes a la iglesia para rezar, y no para distraerte». Era un aviso de la gracia.

            Has vuelto a casa y vas a desayunar. Pero nada está a tu gusto. El pan es demasiado negro, o demasiado duro, o demasiado fresco. El café o su sucedáneo no está caliente. No hay azúcar, y la leche se ha cortado. Te sientes tentado a rechazarlo todo y a manifestar tu malhumor con un gesto impaciente… Y la voz te dice: «Hijo mío, haz valientemente una pequeña mortificación. Vamos, muéstrate alegre, como si no pasara nada». Era la voz de la gracia.

            Has trabajado duramente durante horas. Tu trabajo está acabado. Vas a poder disfrutar de una hora de distracción bien merecida, para leer tu periódico, entregarte a una ocupación que te agrada… Pero observas que uno de los tuyos, tal vez por culpa suya, no acabó su trabajo. «Peor para él: yo no me muevo». Es la voz de la naturaleza. La de la gracia, al contrario, te acosa en un sentido distinto: «Va­mos, rápido, por caridad, una pequeña ayuda, con una buena palabra, una sonrisa, como si te ayudasen a ti mismo…». De nuevo se trata de una inspiración de la gracia.

            O bien ese mismo día te has ido de visita. Delante de un vaso de vino, o con un cigarro, una taza de café o un bombón, has estado de tertulia. Es curioso, casi siempre se pasa revista a los ausentes en la conversación. Raramente para hacer su elogio. Justamente el señor X o la señora Z pasan por la criba. A este respecto te acuerdas de un detalle típico, gracioso, que caracteriza al personaje. Vas a tener éxi­to, es cosa cierta. «Silencio», te dice la voz, «no hay que criticar sin motivo los defectos del prójimo. No hagas a los demás lo que no querrías que te hagan a ti». La voz de la gracia te ha puesto en guardia.

«

            Sería superfluo multiplicar más los ejemplos. Todos nosotros conocemos estas inspiraciones misteriosas, estos consejos saludables, esos avisos interiores. Para el pleno desarrollo de nuestra vida sobrenatural es muy importante, e incluso necesario, distinguir, escuchar y seguir estas preciosas recomendaciones.

            Está claro que hay otros motivos, numerosos y poderosos, para corresponder a estas inspiraciones. A estos motivos les dejamos y reconocemos todo su valor.

            Pero ahora debemos examinar cuáles son en este campo las obligaciones especiales del esclavo de amor de Nuestra Señora, y qué socorro nos aporta aquí la dependencia mariana a que nos hemos comprometido. Y la primera cuestión que se plantea es esta: ¿Qué parte tiene exactamente la Mediadora universal en la comunicación de la gracia actual?

            Los siguientes capítulos responderán a esta pregunta.

            Desde ahora estaremos convencidos de que la voz de la gracia es también la voz de nuestra Madre amadísima y de nuestra ilustre Soberana, que nos dirige esta palabra sagrada: «Fili mi, acquiesce consiliis meis: Hijo mío, haz caso a mis consejos» [67].


 

XVIII
María y la gracia actual (1)

            Hemos hablado de la estructura sobrenatural de nuestra alma. Entre otras cosas hemos recordado la naturaleza de la gracia «ac­tual». Decíamos que es una operación sobrenatural de Dios para excitarnos a acciones sobrenaturales y ayudarnos a realizarlas.

            Para estimularnos a corresponder con celo y fidelidad a las inspiraciones de la gracia, vamos a recordar ahora la parte que la Santísima Virgen tiene en la comunicación de la gracia.

            Téngase bien en cuenta que nuestras consideraciones sobre María y la gracia actual no tienen por fin remplazar los demás motivos que tenemos para usar bien de las gracias que nos son ofrecidas. Todos estos motivos, como el deseo de procurar la gloria de Dios, nues­tro amor a Cristo, la preocupación por nuestra salvación y perfección, etc., conservan también para nosotros, esclavos de Nuestra Señora, todo su valor. Pero queremos, por estas consideraciones marianas, reforzar y completar todos estos motivos de fidelidad a la gracia.

            Además, compréndase bien que al destacar la cooperación de la Santísima Virgen en la distribución de la gracia, no queremos negar ni disminuir la causalidad más elevada y mucho más importante de Dios y de Cristo en este campo. La gracia viene ante todo y en orden principal de Dios: toda vida y toda operación divina no puede proceder en definitiva sino de Dios mismo. La Divinidad se sirve de la Hu­manidad santa de Jesús como de un instrumento que le está estrecha­mente unido —«instrumentum conjunctum», dice Santo Tomás— para producir la gracia y para transmitirla a los hombres. Cristo ejerce en materia de gracia, como Redentor y como Mediador, una influencia mucho más profunda e importante que Nuestra Señora. La influencia múltiple de la Santísima Virgen en la producción y aplicación de la gracia es una participación a la causalidad y a los méritos de Cristo, y se apoya totalmente en ellos.

            Por otra parte, el hecho de que la intervención de la Santísima Virgen sea aquí secundaria y subordinada, de ningún modo suprime ni disminuye la realidad y el valor de esta intervención. Deber la gracia no sólo a Jesús, sino también a su santísima Madre, es incontestablemente, para los hijos y esclavos de esta divina Madre, un precioso estimulante más para aprovechar las inspiraciones de la gracia.

 

Mediadora de todas las gracias

 

            La Santísima Virgen es la Mediadora de todas las gracias, y, por lo tanto, también de la gracia actual.

            Es cierto que esta verdad no ha sido solemnemente definida por la Iglesia como dogma de fe. Pero eso no impide que no podamos dudar de la realidad de esta Mediación universal. La verdad de esta doctrina está garantizada por la tradición cristiana, por la enseñanza casi unánime de los teólogos, y sobre todo por las afirmaciones de los Sumos Pontífices, renovadas decenas de veces en sus encíclicas: que todas las gracias nos vienen por María; que Ella es la principal Administradora de la distribución de las gracias; que se le ha otorgado un poder casi ilimitado en este campo; que todas las gracias nos llegan por un triple grado: del Padre a Cristo, de Cristo a María, y de María a nosotros, etc.

            Así, pues, sobre la Mediación universal de María tenemos una verdadera certeza. Debemos mantenernos convencidos de que todas las inspiraciones interiores de la gracia nos llegan de Dios y de Cristo por María, y que estas inspiraciones son, por lo tanto, las inspiraciones de Nuestra Señora.

            Podemos preguntarnos luego de qué manera debemos la gracia a nuestra amadísima Madre.

            Y debemos admirarnos enseguida de que Dios quiere que recibamos la gracia por María de más de una manera.

            Debemos admirarnos de que la divisa de tantos santos: «De Maria numquam satis», parezca haber sido la de Dios mismo antes que la de ellos; que Dios parezca haberse complacido en multiplicar y acumular, en cierto sentido, las intervenciones de la Santísima Virgen en la comunicación de la gracia, del mismo modo que hizo que la Encarnación de su Hijo —prototipo de la deificación del hombre por la gracia— dependiese de múltiples maneras de la influencia de la santísima Madre de Jesús.

 

Causalidad de mérito

 

            Así, y ante todo, María mereció por nosotros toda gracia.

            Estas gracias Jesús nos las ha merecido con un mérito de estricta igualdad o de condignidad. Dios debía a su propia justicia el conceder a todos los hombres, en virtud de los méritos infinitos de Cristo, todas las gracias que les sean necesarias o útiles para su salvación y santificación.

            La Santísima Virgen, en colaboración con Cristo y en dependencia de El, apoyada en los méritos infinitos de su Hijo, mereció también todas las gracias necesarias o útiles a los hombres, y las mereció realmente, aunque según la doctrina más generalmente aceptada, no con un mérito estricto de justicia o de condignidad, sino al menos con un mérito en un sentido más amplio de la palabra, con un mérito de conveniencia, de congruo [68]. Obsérvese bien: no hablamos aquí de la gracia de la Humanidad santa de Cristo, ni de la Santísima Virgen misma, sino de todas las gracias que han de ser concedidas a todos los demás hombres, sin excepción. Todas estas gracias la Santísima Virgen las ha merecido al menos con un mérito de conveniencia, por su colaboración al sacrificio sangriento de Cristo, por su participación a sus incomprensibles sufrimientos, y también por su participación a toda su vida de humildad, pobreza y sufrimiento, por toda su vida de virtud y santidad, desde que Ella se convirtió en Madre de Jesús.

            Pero ¿qué se quiere decir exactamente cuando se afirma que la Santísima Virgen ha merecido toda gracia para los hombres con un mérito de conveniencia?

            Se quiere decir lo siguiente. Sus acciones, en su calidad de Madre de Dios, dignidad en cierto modo infinita, tenían un valor tan grande; su unión con Cristo, como Socia suya indisoluble y nueva Eva, era tan estrecha; su amor por Dios era tan ardiente y tan profundo; su vida era tan pura, sus virtudes tan elevadas, su santidad tan perfecta, su deseo de la salvación y santificación de las almas tan vehemente, sus dolores tan amargos, sus sufrimientos tan terribles; que en vista de todo esto, ofrecido por la glorificación de Dios y por la salvación de las almas, era altamente conveniente que Dios concediese a todos los hombres que debían vivir sobre la tierra todas las gracias que debían serles necesarias o útiles para su salvación y santificación. A causa de los méritos de Cristo, es para Dios una cuestión de justicia el concedernos toda gracia. A causa de los méritos de Nuestra Señora, es una cuestión al menos de alta conveniencia.

            Ahora bien, está claro que Dios hace siempre lo que conviene, especialmente lo que conviene altamente a su bondad y a su misericordia. Y así, estamos seguros de deber toda gracia a la Santísima Virgen por motivos serios y poderosos.

«

            La Santísima Virgen, por lo tanto, nos ha merecido toda gracia. Es el pasado. En el cielo Ella ya no puede merecer. Allí nadie merece ya, ni Cristo, ni los Santos, ni los Angeles.

            Fuera de esta influencia de mérito, que Nuestra Señora ejerció en otro tiempo en la producción de la gracia, podemos distinguir varias otras causalidades que Ella sigue teniendo ahora en el cielo en relación con la gracia.

            Desde ahora retendremos, para estimularnos a utilizar con celo las inspiraciones de la gracia, que estas gracias han costado muy caro, no sólo a Jesús, sino también a su santísima Madre. Por cada gracia que nos es ofrecida, María rezó, trabajó, sufrió, lloró.

            El Padre Poppe lo decía de manera penetrante: «Cada gracia es­tá salpicada de una gota de Sangre de Jesús y de una lágrima de su Madre».

            No queremos dejar que se pierda esta Sangre de Jesús y estas lá­grimas de Nuestra Señora. Las recogeremos con gran amor y respeto en el hermoso y precioso velo de nuestras buenas acciones, realizadas bajo el impulso de la gracia de Jesús y de María.


 

XIX
María y la gracia actual (2)

            Vamos a tratar de analizar ahora la misión que la Santísima Vir­gen, fuera de la influencia de mérito que ejerció durante su vida en la tierra, ejerce ahora en el cielo en la distribución y en la aplicación de la gracia, y sobre todo de la gracia actual.

 

La madre en el hogar

 

            Para hacerlo comprender, nos parece que no hay nada mejor que recordar el papel que una buena madre de familia ejerce para con sus hijos; pues Nuestra Señora es la Madre buena, caritativa y abnegada de cada alma.

            La madre se encuentra totalmente preocupada por la buena marcha de su hogar en general, pero además satisface a las necesidades de cada uno de sus hijos.

            Ella es la primera en darse cuenta, una vez más, de que los vestidos o los zapatos de su hijo están en mal estado: habrá que repararlos o remplazarlos. Otro hijo está resfriado: deberá tomar esta noche una bebida caliente y estar más cubierto que de costumbre durante la noche. Uno de los más pequeños tiene mala cara, parece adelgazar: durante algún tiempo deberá recibir una comida más sustanciosa… Y así es como la madre se encuentra atareada, día tras día, hora tras hora.

            Y cuando la madre se ha dado cuenta de las necesidades de sus hijos, sobre todo cuando se trata de cosas importantes, como llamar al médico, comprar vestidos nuevos, etc., hablará ordinariamente de ello al padre de familia, le pedirá incluso ciertos permisos, si es necesario, para poder realizar lo que su amor materno le inspira. Sabemos todos que la madre de familia tiene un modo bien peculiar de pedir permisos. Con habilidad totalmente femenina y materna, ella sabe presentar las cosas de modo que el padre de familia se vea obligado a consentir, cosa que, por otra parte, hace de muy buena gana. Pues Dios ha ordenado las cosas de la familia y repartido los papeles del hombre y de la mujer de tal manera, que el hombre, que por derecho es señor y dueño, de hecho renuncia a menudo y de buena gana al ejercicio de sus derechos en favor de la madre, su esposa.

            Y cuando la madre de familia se ve provista de los permisos necesarios, ella será también la que ordinariamente aplicará a sus hijos los beneficios que ella les destinó y les obtuvo. Ella comprará ese vestido nuevo y se lo dará a quien lo necesite; ella preparará cuidadosamente esa poción caliente beneficiosa, y se la hará tomar al pequeño que está resfriado; ella presentará cada mañana al hijo enclenque el huevo pasado por agua que le dará fuerzas sin cargar su estómago…

            Esta es una pálida imagen de lo que, en otro orden de cosas, la Santísima Virgen hace por sus hijos.

 

La Madre de las almas

 

            Nuestra Señora nos conoce a cada uno de nosotros, y nos sigue en todo instante, como si fuéramos los únicos en existir en este mundo. Ella ve claramente en Dios las gracias de que tenemos necesidad según las circunstancias en que vivimos. Ella ve todo eso hasta en sus más humildes detalles, y nos destina por consiguiente todas las gracias de que precisamos para nuestra salvación y para nuestra santificación: cada encuentro que debe fortalecernos, cada palabra que debe guiarnos, cada acontecimiento que debe sostenernos, cada aliento al bien, cada consuelo en medio de la prueba, una gracia de fortaleza en el momento de la lucha, un atractivo misterioso al silencio y a la oración, a la humillación y a la oscuridad, el gusto sobrenatural de la cruz y del amor de Jesús, etc. No recibimos ninguna gracia sin que, en la luz de Dios y en colaboración con Cristo Jesús, nos la haya destinado nuestra dulce y celestial Madre.

            Las gracias que Ella nos destina de este modo, Ella las pide por nosotros con una oración infaliblemente escuchada. Pues la oración de Nuestra Señora es una oración de un tipo especial. Ella es la Orante por excelencia. La Tradición la llama la Omnipotencia suplicante, la que lo puede todo con sus oraciones. Ella no habla a Dios sólo como humilde y fiel esclava, sino también como Madre suya, y por eso sus oraciones son como órdenes, porque siempre son escuchadas y atendidas. Su intercesión es de un tipo diferente a la de los demás santos, porque como Corredentora Ella mereció toda gracia para nosotros, y por eso puede hacer valer ciertos derechos a que sus peticiones por nosotros sean oídas. De este modo, como lo observaba un teólogo de fama, aunque su oración, por una parte, es sin duda una humilde súplica, por otra parte es la expresión de una voluntad, de una voluntad siempre respetuosa pero también siempre respetada, de que tal o cual gracia, que Ella mereció por nosotros de común acuerdo con Jesús, sea aplicada a tal o cual alma que Ella señala a la munificencia de Dios. Así es como toda gracia nos es obtenida de Dios por nuestra divina Madre.

            Y nos parece que esta doble influencia no agota toda la riqueza de la intervención de la santísima Madre de Dios en la comunicación de la gracia. Cuando uno se acuerda de que Nuestra Señora es realmente la Madre de la vida sobrenatural en nosotros, y que una madre no se limita a destinar y obtener la vida a sus hijos, sino que realmente la produce y se la da; cuando se escuchan y analizan cuidadosamente los testimonios de la Tradición y las enseñanzas de los Sumos Pontífices, en los que se dice, por ejemplo, que la gracia nos llega por tres grados, del Padre a Cristo, de Cristo a María, y de María a nosotros; que Ella es «Princeps largiendarum gratiarum Ministra: la principal Administradora de la comunicación de las gracias»; que todas las gracias son distribuidas por sus manos; que Ella es el Canal por el que nos llegan las gracias; cuando se reflexiona seriamente en todo esto, parece verosímil y probable —como lo enseña un cierto número de teólogos serios— que nuestra divina Madre no es sólo Mediadora entre nosotros y Dios, sino también entre Dios y nosotros; que Ella no se limita a merecer y pedir la gracia, sino que ade­más Ella ha recibido de Dios la misión de comunicar la gracia a las almas, de aplicársela, esto es, de producirla en ellas, no ciertamente por sus propias fuerzas —lo cual sería imposible—, sino únicamente como instrumento consciente y voluntario de Dios y de Cristo.

            ¡Cuánto nos sirve a nosotros, hijos y esclavos de amor de Nuestra Señora, recordarnos que cada gracia que recibimos es mariana tan profundamente y de tantas maneras! Este pensamiento debe llenarnos de amor y gratitud hacia Aquella a quien, en todo instante y de varias maneras, se lo debemos todo en la vida sobrenatural. Y esta verdad ¡cómo debe establecernos cada vez más en la convicción de que, para adaptarnos al plan divino, debemos conceder a la Santísima Virgen un lugar, secundario pero real y hermosísimo, en nuestra vida de la gracia, bajo todas sus formas! Fortalezcámonos, pues, también desde este punto de vista, en la voluntad bien decidida de no dejar perder nada de todas estas cosas tan bellas, buenas, elevadas y verdaderamente divinas, que después de Jesús, Dios y Hombre, debemos de más de una manera a su santísima y dulcísima Madre, que es también la nuestra.


 

XX
Esclavitud de amor
y fidelidad a la gracia (1)

            Para no ser mal comprendido, repetimos lo que ya escribimos sobre este tema: dejamos su pleno valor a todos los demás motivos de fidelidad a la gracia. Pero el pensamiento de la Santísima Virgen y el recuerdo de su influencia múltiple con relación a las inspiraciones de la gracia, debe ser para los hijos y esclavos de amor de esta buena Madre, un estímulo continuo y poderoso para responder a estas sugestiones beneficiosas.

            Cuando se reflexiona seriamente en todo lo que nuestra divina Madre ha hecho y sigue haciendo respecto de la gracia, ¡en qué triste estado se ve nuestra conducta para con Ella! ¿Cuántas veces por día la Madre de la divina gracia llama, por sus inspiraciones, a la puerta de nuestro corazón? Por desgracia, de ordinario nos hemos hecho los sordos, hemos obrado como si no escuchásemos estos llamamientos maternos; hemos permanecido indiferentes a ellos, y hemos rechazado, de manera inconveniente, sus delicadas invitaciones. Y lo peor de todo es que este rechazo no se ha dado por sorpresa, inadvertencia o flaqueza; sino que a menudo lo hemos realizado a sabiendas y deliberadamente.

            Desgraciadamente, en casi todas las vidas cristianas, en casi todos los corazones de esclavos de amor de Nuestra Señora, hay rincones secretos en los que la dominación de María no es reconocida en la práctica; sacrificios, a veces considerables, a veces mínimos, que estamos decididos, más o menos conscientemente, a negar a la gracia. ¡Ojalá cambiemos de conducta, sobre todo por lo que se refiere a estos rechazos plenamente voluntarios que oponemos a la gracia; y esto, apuntando especialmente al aspecto mariano de nuestra vida sobrenatural!

 

Actitudes que debemos adoptar

 

            1º Ante todo, hemos de creer en las operaciones de la gracia actual, y por lo tanto en las operaciones del Espíritu Santo y de su purísima Esposa en nuestra alma. Todos somos llamados a la felicidad eterna y a la santidad, y también a un grado determinado de felicidad y a una forma personal de perfección. Como no hay probablemente en la tierra dos hombres entre los que se dé una semejanza física perfecta, así también, según el plan de Dios, a pesar de las semejanzas fundamentales y múltiples, hay diversidad en la fisonomía sobrenatural de las almas. Cada uno de nosotros es llamado a imitar de manera propia y personal la perfección de Jesús y de María, y a ser una copia imperfecta, pero bien determinada, de tal o cual rasgo de esta doble obra maestra de Dios. Ahora bien, ¿cómo saber a qué virtudes debemos aplicarnos especialmente, qué actitudes de alma de Jesús y de María debemos adoptar más particularmente? Todos tenemos que vivir el mismo Evangelio, todos recibimos las mismas directivas de la Iglesia, todos queremos entrar en el espíritu de la perfecta Devoción a María. Pero ¿quién me dirá cuál es el precepto o consejo evangélico a que debo conceder más especialmente mi atención, cuál es la práctica de la verdadera Devoción mariana que tengo que cuidar más? Todo esto no me puede ser revelado más que por las inspiraciones de la gracia, que constituyen la voz interior del Espíritu Santo y de la Santísima Virgen, dirección que, como lo recordaremos dentro de unos instantes, debe ser controlada y aprobada por la autoridad eclesiástica.

            2º Luego hemos de ponernos en condiciones de percibir y reconocer como tal esta dirección de la gracia. La voz de la gracia, que es la voz de María, es una voz suave y tenue: en medio del bullicio y del estrépito del mundo es muy difícil escucharla. La gracia es una luz beneficiosa, que del rostro arrebatador de María irradia sobre nuestras almas: para percibirla y contemplarla debemos apagar los faros deslumbradores y mentirosos del mundo, de la carne y de la sabiduría puramente humana. Para recibir la preciosa dirección de nuestra Madre amadísima debemos, tanto como nos lo permita nuestro estado de vida, vivir en el silencio y en la soledad, evitar todo contacto inútil con las creaturas, huir de las diversiones mundanas, y no ir al mundo sino en la medida en que lo reclame nuestro deber de estado; hemos de tratar de establecer nuestra alma en ese silencio sublime del que habla frecuentemente Sor Isabel de la Trinidad, y que no es, en resumen, más que el desprendimiento de toda creatura, para concentrar todas las fuerzas en Dios.

            Sin duda, antes de sentirnos obligados a responder a una inspiración, debemos asegurarnos de que esta sugestión viene realmente de Dios, de la Santísima Virgen, de la gracia en definitiva.

            No es imaginario el caso en que podríamos considerar como inspiración divina lo que no es más que una inclinación natural, o un pensamiento fortuito, o incluso una sugestión de demonio.

            Existen reglas para discernir las inspiraciones de la gracia, de todo lo que no es más que apariencia de ellas. No podemos extendernos mucho sobre este punto. Nos limitamos aquí a dar algunas indicaciones rápidas, aunque útiles.

            Una inspiración, para ser divina y mariana, debe ser conforme a la doctrina del Evangelio, a la enseñanza de la Iglesia, y no puede estar en contradicción con las decisiones de la Autoridad legítima.

            Será un signo en su favor, cuando nos sentimos apremiados a hacer lo que se opone a nuestras inclinaciones naturales, sensibles; cuando el seguir esta inspiración nos exige un sacrificio.

            La gracia no pide lo que es realmente excéntrico o imposible. Si se nos pasase por la mente hacer cosas extravagantes, que ridiculizasen nuestra fe y nuestra piedad, o que dañasen gravemente nuestra salud, podemos estar seguros de que estas ideas no vienen de Dios ni de Nuestra Señora.

            La operación de la gracia produce la paz, incluso cuando exige el sacrificio. Quienes se ponen agitados y nerviosos por ciertas exigencias supuestamente provenientes de la gracia, como sucede con los escrupulosos, tienen motivos para pensar que estas sugerencias no vienen del Espíritu de Dios.

            El modo más sencillo y más seguro, y a veces la sola manera para los simples fieles, de reconocer el carácter sobrenatural de una inspiración, será pedir el parecer de un buen director espiritual. Esto nos da a nosotros, católicos, una seguridad completa, mientras que otros, como los protestantes, se ven abandonados a menudo a la arbitrariedad y fantasía.

            3º Cuando hayamos podido convencernos de la realidad de una inspiración sobrenatural, hemos de concederle un gran valor y mostrarle una alta estima. Esta gracia que recibo, María me la mereció juntamente con su Jesús. Esta gracia ha sido conquistada por su trabajo, por sus humillaciones, por sus lágrimas. Esta gracia Ella me la destina ante todo en su pensamiento: forma parte del plan de mi santificación, elaborado por Ella con Cristo. Esta gracia Ella la ha pedido luego por mí, y la ha obtenido de la bondad divina… ¡Qué preciosa me debe ser! ¡Cómo debo apreciarla! ¿No sería inconveniente que no concediésemos ningún valor a esta intervención múltiple de nuestra Madre respecto de la gracia que nos es ofrecida, que la dejásemos pasar desapercibida, que no la utilizásemos cuidadosamente para gloria de Dios, consuelo de nuestra Madre y mayor bien de nuestra alma?


 

XXI
Esclavitud de amor
y fidelidad a la gracia (2)

            Creer en la dirección interior de la gracia está bien; mejor aún es establecerse, por una vida de recogimiento, en las disposiciones necesarias para discernir esta dirección y concederle un gran valor y estima; pero todo esto sería evidentemente inútil si no aprendiésemos a seguir en la práctica estas inspiraciones preciosas.

            Debemos ejercitarnos valientemente en hacer lo que la gracia (y por tanto Jesús y María) nos pide, y en evitar lo que nos desaconseja.

            Debemos estar dispuestos a seguir toda indicación de la gracia. Esto es ser esclavo de amor en la práctica. Ante cada solicitación, ante cada invitación de la Santísima Virgen por la gracia, debemos repetir con el corazón y con la boca: «Habla, Señora mía, que tu esclavo, tu esclava, escucha… Mi corazón está dispuesto, Madre mía, mi corazón está dispuesto».

            Todos pretendemos amar a la Santísima Virgen con amor sincero y ardiente. Cuando se ama no se niega nada a la persona amada. Así es como debemos manifestar la realidad y la intensidad de nuestro amor.

            Esto exigirá sacrificios. Como lo hemos hecho notar, las inspiraciones de la gracia van casi siempre contra nuestras inclinaciones naturales. Pero precisamente el amor a Dios y a su santa Madre, al menos en la tierra, vive y se alimenta de sacrificios.

            ¡Fuera aquí los pretextos y evasivas! ¡Somos tan hábiles para hacernos creer que, en este caso, no se trata de verdaderas inspiraciones, que tenemos razones serias para hacer lo que la gracia nos desaconseja, o para no hacer lo que ella nos exige! La cobardía, la inmortificación, el temor del esfuerzo y del sacrificio, son obstáculos corrientes que nos impiden seguir las inspiraciones de la gracia.

            Como en esto queremos ser rectos y leales, trataremos de reconocer, aunque nos cueste, las verdaderas inspiraciones de Jesús y de su dulcísima Madre, y no dejarnos detener por el egoísmo y por el amor de nuestras comodidades.

«

            ¿Qué te pedirá tu Madre y Señora amadísima?

            Te pedirá la fidelidad a tus oraciones y ejercicios de piedad, y también el recogimiento y el fervor en el cumplimiento de este deber. Ella te inspirará la asistencia y la participación al santo sacrificio de la Misa, en el cual Ella misma tuvo una parte tan grande, y la recepción cotidiana, si es posible, de la Carne y Sangre adorables de Jesús, que Ella misma le dio, y que Ella nos da indirectamente a nosotros en la sagrada Comunión.

            ¿Qué te pedirá? Ella te invitará a la humildad. Ella te hará elegir el último lugar en tu propia estima y en tus relaciones con los hombres. Ella te hará poner a los demás por delante tuyo, y ocultarte tú mismo. Ella te hará aceptar con alegría una humillación, y saborearla realmente en la intimidad de tu alma.

            ¿Qué te pedirá? Frecuentemente, actos de mortificación cristiana. Ella te enseñará a prescindir de golosinas, de tabaco, de licores, etc., o al menos a usar de todo ello con gran moderación. En la mesa Ella te enseñará a dominar tus instintos, a no tomar más alimento que el realmente necesario o plenamente útil para tu salud. Ella te excitará a no dejar nunca la mesa sin haber hecho algunos pequeños sacrificios, por amor a Jesús y a Ella, tomando un poco menos de lo que te corresponde, o un poco más de lo que te repugna. Ella te enseñará la mortificación de todos tus sentidos y de todas tus facultades. Ella te pedirá pasar sin mirar delante de un almacén donde se muestran mil cosas seductoras. Ella te enseñará a no escuchar una conversación que no te concierne, a dejar sin abrir durante un cuarto de hora o más una carta que acabas de recibir. Ella te incitará a evitar toda divagación inútil de la imaginación o todo ensueño superfluo o malsano.

            ¿Qué te pedirá? Ella tratará de inculcarte su amor a la pobreza. Ella te excitará a recortar tus gastos personales para socorrer a los pobres, a las misiones, a las obras piadosas, sobre todo a las obras marianas. Ella te invitará a llevar aún durante algunos meses más un vestido que tu vanidad habría querido desechar desde hace tiempo. En este punto debes tener en cuenta, claro está, tu rango social y las circunstancias en que vives, especialmente los deseos legítimos de tu entorno, de tus padres, de tu esposo, etc. Pero de todos modos la Santísima Virgen te pedirá apuntar a la sencillez, a la pobreza —que no es descuido ni suciedad— en tu vestimenta, en tu amueblamiento, en tu vivienda, y en todo lo que se encuentra a tu uso personal.

            Ella te hará evitar la ociosidad, la desocupación, la vagancia, la pérdida del tiempo. Ella te pedirá cumplir con exactitud y fidelidad todos tus deberes de estado. No quiere eso decir que tengas que prohibirte todo recreo o diversión. Pero Ella te pedirá que utilices tu tiempo libre en lecturas serias, en trabajar por los pobres y las iglesias, en obras de apostolado, especialmente de apostolado mariano. Ella te aconsejará, cuando sea posible, la lectura «espiri­tual», mariana, tal vez media hora por día, hecha en los mejores libros que se hayan escrito sobre Ella, sobre todo los de su gran Apóstol, San Luis María de Montfort.

            Es imposible enumerar todo lo que su amor y solicitud materna por tu alma te aconsejarán y reclamarán.

            Tal vez te hable un día, y vuelva frecuentemente sobre ello —¡lo hace de tan buena gana con sus esclavos de amor!—, de lo que hay de más hermoso, elevado y sublime sobre la tierra: Ella te inclinará, en lo más íntimo de tu alma, a consagrarte a Jesús, a elegirlo a El como Esposo, a recibir a las almas por hijas tuyas, a Dios por todo tu bien y toda tu herencia. Ella tratará de conducirte al silencio del claustro o de una institución equivalente, o te empujará hacia los lejanos horizontes donde más de mil millones de paganos siguen esperando la nueva buena. Ella te atraerá a una vida en la que, perdiéndolo todo, lo vas a encontrar Todo, en la que, por la abnegación de cada instante, merecerás el céntuplo en esta vida… Si la voz de Nuestra Señora se convirtiese en la voz de la vocación, ¡escúchala cueste lo que cueste! Santa Juana de Chantal, para seguir su vocación, debió pasar por encima del cuerpo de su hijo, que en el momento de la partida se había extendido a lo largo de la puerta que ella debía atravesar. ¡Sean cuales sean los sacrificios que tengas que hacer para esto, escucha y sigue esta voz: que el amor es fuerte como la muerte!

            Esta es la hermosa y grave labor a la que debemos consagrar nuestros esfuerzos, como hijos y esclavos de Nuestra Señora, y con su propia ayuda. La gracia es como un soplo de tempestad. Ella es, en definitiva, el soplo del Espíritu Santo mismo, que por encima de las aguas de este Océano de santidad que es María, conducirá irresistiblemente nuestra barquilla hacia las riberas luminosas de la perfección y de la santidad, hacia la ribera seductora de la felicidad verdadera, completa, eterna.


 

XXII
“Dejar obrar a María”

            En varios capítulos hemos descrito la práctica «por María», es decir, la vida de dependencia y docilidad para con la Santísima Virgen María.

            Nos mostramos dependientes de esta divina Madre y Señora: sometiéndonos a los preceptos y a los consejos de su Jesús, obedeciendo de hecho, de corazón y de espíritu a la autoridad legítima, aceptando dócilmente las disposiciones de la Providencia sobre nosotros.

            Además dependemos de Ella por la fidelidad a las inspiraciones de la gracia, que no son sólo las de Dios y de Cristo, sino también las de la Mediadora de todas las gracias.

            Hacer todo lo que Ella nos pide por la gracia, evitar lo que por la gracia Ella nos desaconseja: ese es nuestro propósito.

            Nos parece indudable que en este orden de cosas hay algo mejor que hacer, algo más elevado aún, es decir, según el consejo de Mont­fort, dejar obrar a María en nosotros.

            Todos nuestros lectores no están igualmente capacitados para comprender las explicaciones que vienen a continuación, y aplicarlas en su vida. Y, por otra parte, tal vez sean pocos los lectores que tengan necesidad de estas luces y saquen de ellas gran provecho. No debemos olvidar que las prácticas interiores de la perfecta Devoción tal como las propone Montfort, más allá de la ascética ordinaria, abarcan el campo de la mística propiamente dicha.

            Después de una fervorosa oración, repasemos lentamente, pausadamente, algunos textos preciosos de nuestro Padre.

            «Debemos dejarnos conducir por el espíritu de María —nos dice—, y para ello es menester:

            1º Renunciar al propio espíritu, a las propias luces y voluntades antes de hacer alguna cosa: por ejemplo, antes de hacer oración, decir y oír Misa, comulgar, etc…

            2º Es menester entregarse al espíritu de María, para ser movidos y conducidos por él de la manera que Ella quisiere. Es preciso ponerse y abandonarse en sus manos virginales, como un instrumento en las manos del operario, como un laúd en las manos de un buen tañedor. Es preciso perderse y abandonarse en Ella, como una piedra que se arroja en el mar» [69].

            En «El Secreto de María» el Santo dice todo esto de manera aún más clara y formal: «Antes de comenzar cualquier cosa, es preciso renunciar a sí mismo y a las propias miras, por muy excelentes que sean; es menester anonadarse ante Dios, como siendo incapaz por sí mismo de todo bien sobrenatural y de toda acción útil para la salvación; es necesario recurrir a la Santísima Virgen, unirse a Ella y a sus intenciones, aunque nos sean desconocidas; es menester unirse, por María, a las intenciones de Jesucristo, es decir, ponerse como un instrumento en las manos de la Santísima Virgen, a fin de que Ella obre en nosotros, y haga de nosotros y por nosotros cuanto le plazca, a la mayor gloria de su Hijo Jesucristo, y por su Hijo Jesucristo a la gloria del Padre: de modo que no tengamos vida interior ni operación espiritual que no dependa de Ella» [70].

            Para la acción de gracias después de la sagrada Comunión, Mont­­fort da un consejo que podemos aplicar a todas nuestras acciones, y sobre todo a nuestros ejercicios de piedad: «Recuerda que cuanto más dejes obrar a María en tu Comunión, tanto más glorificado será Jesús; y tanto más dejarás obrar a María para Jesús, y a Jesús en María, cuanto más profundamente te humilles, y los escuches en paz y silencio, sin trabajar por ver, gustar ni sentir…» [71].

            Y en sus consejos prácticos, nuestro Padre dirige al alma un aviso, que el Cardenal Mercier, de grande y santa memoria, debía hacer suyo solemnemente: «Guárdate, alma predestinada, de creer que sea más perfecto ir directamente a Jesús, directamente a Dios; tu operación, tu intención, será de poco valor; pero yendo por María, es la operación de María en ti, y por consiguiente será muy elevada y muy digna de Dios» [72].

            Ciertamente que Montfort, en sus oraciones, no habría pedido algo excéntrico e imposible. Ahora bien, en una oración admirable, suplica a Nuestra Señora «que se haga la Dueña absoluta de su poder; que destruya, y desarraigue, y aniquile todo lo que desagrada a Dios, y plante, y cultive, y realice todo lo que le plazca». Y prosigue luego: «Que la luz de vuestra fe disipe las tinieblas de mi espíritu; que vuestra humildad profunda remplace a mi orgullo…, que el incendio de la caridad de vuestro Corazón dilate y abrase la tibieza y la frialdad del mío… En fin, mi queridísima y amadísima Madre, haced, si es posible, que no tenga otro espíritu más que el vuestro para conocer a Jesús y sus divinas voluntades; que no tenga otra alma más que la vuestra para alabar y glorificar al Señor; que no tenga otro corazón más que el vuestro para amar a Dios con un amor puro y ardiente como Vos» [73].

            «¡Qué dichosa es un alma», exclama Montfort —y terminamos con esto la larga serie de citas, necesarias para la inteligencia del tema que nos ocupa— «cuando… está totalmente poseída y gobernada por el espíritu de María…!» [74].

«

            Estamos convencidos de que se puede dar una explicación teológica rigurosa de estos textos notables y reconfortantes, y de otros semejantes que conciernen a la influencia que la Santísima Virgen ejerce sobre nosotros por la gracia. Pues no debe olvidarse que Montfort, que no escribió con el aparato científico acostumbrado, era sin embargo un mariólogo de primer orden, como hoy en día se reconoce de manera bastante general.

            Una explicación científica no estaría aquí en su lugar. Nos limitaremos a describir las actitudes prácticas que tenemos que adoptar, siguiendo el consejo de Montfort.

            Hacemos, sin embargo, una observación teórica, accesible a todo el mundo.

            Sabemos que la gracia actual es doble. Ante todo es preveniente y excitante, es decir, que ella previene nuestra decisión y nos empuja a obrar en un sentido u otro.

            Si damos nuestro consentimiento a esta gracia preveniente y excitante, se nos comunica entonces otra gracia —o la misma, según otros, pero bajo otra forma distinta—, la gracia elevante y cooperante. Gracia elevante, porque es una influencia, una acción divina, ejercida en nuestras potencias para hacerlas capaces de realizar actos de manera inmediata, elevados por encima de nuestra facultad de acción humana, sobrehumanos, sobrenaturales, en cierto sentido divinos. Gracia cooperante, porque colabora con nosotros para realizar este acto sobrenatural.

            La acción realizada de este modo bajo la influencia de la gracia cooperante, será producida por nosotros, claro está; pero procederá también, y más, de la gracia, según la palabra de San Pablo: «He trabajado…, no yo, sino la gracia de Dios conmigo» [75]. Eso puede decirse de toda acción realizada bajo la influencia de la gracia [76].

            Una cosa es cierta, y es que, cuando cooperamos con la gracia, es decir, con Dios, para producir un acto sobrenatural, no podemos ponernos, desde el punto de vista de la causalidad y de la influencia, en el mismo pie de igualdad que Dios en la producción de este acto sobrenatural. Pues no podemos obrar sobrenaturalmente sino en la medida en que somos empujados, ayudados y elevados por la gracia. La gracia debe ser considerada aquí como la causa principal, y nosotros como la causa consciente y libre, es cierto, pero subordinada y secundaria.

            Ahora bien, recordemos que la Santísima Virgen es Mediadora de todas las gracias, de la gracia elevante y cooperante como de la gracia preveniente y excitante. Respecto de esta gracia elevante y concomitante, nuestra divina Madre ejerce, después de Dios y de Jesús, la múltiple influencia que hemos descrito precedentemente; Ella nos la destina, la pide por nosotros y también nos la aplica como «Administradora principal de la distribución de las gracias» [77]. En la medida en que la Santísima Virgen es principio y causa subordinada de la gracia, Ella es también, por debajo de Dios y de Cristo, el principio de nuestras acciones sobrenaturales. Y así podemos aplicar a la Santísima Virgen lo que San Pablo afirma de la gracia de Dios: «He trabajado…, pero no yo, sino la gracia de María conmigo».

            A la luz de estas verdades, las palabras de Montfort adquieren un significado claro, impresionante y profundo: «Es menester… ponerse en las manos de la Santísima Virgen, a fin de que Ella obre en nosotros, y haga de nosotros y por nosotros cuanto le plazca».

            Comprendemos así que hay algo de más importante aún que obrar según el gusto de Nuestra Señora, y es dejarla obrar, dejarla hacer en nosotros y por nosotros todo lo que le plazca.

            De este modo llegamos a hablar de la pasividad que, en cierto sentido y en cierta medida, debemos aportar en el ejercicio de la vida espiritual, y en particular de la vida mariana.

            Desde ahora pedimos a nuestros lectores que hagan lo que el Padre Poppe, según la enseñanza de Montfort, recomendaba tan frecuentemente y practicaba tal fielmente para sí mismo: ponerse, al comienzo y en el curso de sus acciones, sobre todo de sus ejercicios de piedad, apacible y profundamente bajo la influencia santificante de la Mediadora de todas las gracias, y entregarse y abandonarse a su acción beneficiosa.

            Nuestro gran y querido Santo y su fiel discípulo están de acuerdo en avisarnos que, si en este acto no encontramos ninguna dulzura o consuelo sensible, no deja por eso de ser verdadero y de producir su efecto, que es facilitar en nuestra alma la operación santificadora del Espíritu Santo de Dios y de su purísima e indisoluble Esposa, María.


 

XXIII
“Como un instrumento”

            En nuestro último capítulo hemos visto que, por consejo de Montfort, no debemos solamente obrar como la Santísima Virgen desea que lo hagamos, sino que también debemos dejar obrar a esta divina Madre en nosotros.

            En los dos textos principales que citábamos, nuestro Padre emplea la misma expresión: debemos ponernos entre las manos de la Santísima Virgen como un instrumento.

            «Es preciso ponerse y abandonarse en sus manos virginales, como un instrumento en las manos del operario, como un laúd en las manos de un buen tañedor…» [78].

            «Es menester… ponerse como un instrumento en las manos de la Santísima Virgen, a fin de que Ella obre en nosotros, y haga de nosotros y por nosotros cuanto le plazca…» [79].

            Debemos subrayar, exponer y explicar esta expresión y este pensamiento, de que podemos y debemos ser los instrumentos vivos, conscientes y consintientes de la Madre de la divina gracia.

            Para analizar el pensamiento de Montfort vamos a tomar como él el ejemplo de un instrumento de música, pero de un instrumento de música muy conocido: el piano. El piano es el «instrumento» de que se sirve el artista, el músico.

«

            Tenemos un piano… Es algo inerte, muerto, compuesto de madera, de hierro, de cobre, de marfil, etc.

            Por sí mismo el piano es incapaz de «tocar», de producir música, ni siquiera un sonido cualquiera.

            Pero que un músico, que un artista se coloque delante de este instrumento, se apodere de él y con habilidad accione sus teclas y pedales, y ahí todo cambia.

            Olas de sonido suben de las profundidades inertes del piano; sonidos, y sonidos dispuestos, estructurados, coordinados según las leyes de la medida, del ritmo y de la armonía.

            Son «melodías», sonidos vivos, sensibles, expresivos, que significan algo, que traducen la alegría, el dolor, el amor, el deseo, la oración, la desesperación, la adoración; que traducen claramente, en una palabra, toda clase de sentimientos humanos, y eso sin que sea necesario que estas melodías vayan acompañadas de canto y de palabras para precisar su significado.

            Y si analizamos de más cerca lo que sucede aquí, es menester comprobar que el piano es el que toca, y que también toca el artista, aunque este último en un orden principal. Esos sonidos, esas melodías, son producidas por el piano, pero también por el músico que se sirve de este instrumento.

            Sucede aquí algo misterioso, que nos cuesta comprender. El piano, por decirlo así, salió de su esfera, o mejor dicho, quedó elevado por encima de su esfera de ser y de acción como materia inerte y muerta. Este piano realiza ahora acciones humanas, para las que se requiere una inteligencia y una sensibilidad humanas: para componer una melodía, y combinar una armonía que exprese sentimientos humanos, se requieren absolutamente una inteligencia humana y un corazón humano.

            Sin embargo, observemos que todo esto es pasajero. El piano es capaz de tocar melodías que traducen los sentimientos de un alma humana exactamente en la misma medida en que el artista ejerce su influencia sobre el instrumento. Desde que suelte teclas y pedales, el último sonido se apagará en las cuerdas del instrumento.

            Es de notar también que decimos que el alma del artista pasa a este piano y se comunica a él, que el corazón del músico vibra en sus cuerdas, etc.

            Y además hay que añadir que la habilidad y el talento artísticos del músico consiguen camuflar, disimular y corregir realmente, al menos en parte, los defectos de su instrumento. Si un gran artista se apodera de un piano muy ordinario, diremos enseguida: Ya no se reconoce a este instrumento, jamás hubiésemos creído que con medios tan pobres se hubiesen podido producir semejantes efectos.

«

            Parece que nos hemos alejado mucho de la Santísima Virgen.

            No tanto como podríamos suponerlo. Al contrario, estamos en el centro de nuestro tema.

            Nosotros somos el piano, y la Santísima Virgen es la Artista.

            Con la diferencia, sin duda, de que nosotros somos un instrumento vivo, dotado de inteligencia y de libertad, y que debemos entregarnos consciente y libremente a la influencia y a la acción de Dios y de Nuestra Señora, para que obren en nosotros y por nosotros.

            Nosotros somos, pues, el piano, y la Santísima Virgen la Artista.

            Nosotros somos hombres, capaces de acciones humanas, y de acciones humanas solamente: por nosotros mismos no podemos nada en un orden superior, en el orden sobrenatural.

            Pero dejemos obrar a Nuestra Señora, esta Artista incomparable, esta inigualable Cantora de las grandezas divinas, esta maravillosa Música «Tympanistria nostra», dice San Agustín—; dejémosla co­locarse delante del teclado de nuestra alma y apoderarse de él por sus influencias de gracia, y permanezcamos nosotros totalmente entregados y dóciles a esta acción divina: Ella arrancará entonces de nuestra alma sonidos arrebatadores, melodías sobrehumanas, una música maravillosa y divina, que hará las delicias del corazón de Dios.

            En ese momento, dice Montfort, María es quien obra en nosotros, quien hace de nosotros y por nosotros cuanto le place.

            Nuestra alma es la que canta a Dios y se alegra en El: nosotros realizamos nuestras acciones, y las realizamos libremente.

            Y sin embargo, es María la que en nosotros y por nosotros glorifica al Señor: «es la operación de María en ti», afirma Montfort.

            Y como el alma del artista pasa a las cuerdas de su instrumento, del mismo modo, por la acción de la gracia elevante, el alma de María se comunica a nosotros, y su espíritu exulta en los cánticos de nuestra alma. Es la realización del deseo de San Ambrosio, recordado por San Luis María y por el mismo Pío XII: «El alma de María esté en todos nosotros para glorificar al Señor; el espíritu de María esté en todos nosotros para alegrarse en Dios».

            Y el incomparable talento de la Artista sublime que es María tapa, disimula y corrige los defectos, los déficits, de nuestro pobre instrumento espiritual. «María purifica nuestras buenas obras y las embellece», dice Montfort. «Las embellece adornándolas con sus méritos y virtudes» [80], hasta el punto de que «la luz de su fe disipa las tinieblas de nuestro espíritu; que su humildad profunda remplaza a nuestro orgullo…; que el incendio de la caridad de su Corazón dilata y abrasa la tibieza y la frialdad del nuestro; que sus virtudes ocupan el lugar de nuestros pecados; que sus méritos son nuestro adorno y nuestro suplemento ante Dios; y que no tenemos otra alma más que la suya, para alabar y glorificar al Señor, ni otro corazón más que el suyo, para amar a Dios» [81].

            ¡Ah, sí, «qué dichosa es un alma cuando… está totalmente poseída y gobernada por el espíritu de María!» [82].

«

            Todo esto no es un sueño insensato, una imaginación vana, sino una realidad viva y consoladora.

            Pero por nuestra parte hemos de cumplir algunas condiciones para que todo esto pueda realizarse.

            Volvamos al piano.

            Ante todo es menester que este piano sea un instrumento conveniente. Si hay demasiadas notas falsas y cuerdas rotas, el pianista más hábil no sabrá qué hacer con él, y al cabo de algunos intentos desistirá desalentado.

            El piano debe ser también manejable, sus teclas flexibles y suaves hasta un cierto punto. Si el músico tuviese que emplear toda su fuerza para manejar teclas y pedales, le sería imposible desplegar sus talentos.

            El piano, sobre todo, debe dejarse hacer, ser pasivo en este sentido. Pues si el piano quisiese tocar por sí mismo y moverse según sus aires, el artista no podría hacer más que cruzarse de brazos. Las melodías del piano no se armonizarían con su inspiración personal, y la cooperación necesaria entre el artista y el instrumento se haría imposible.

            Para que Nuestra Señora pueda servirse del instrumento de nuestra alma, es menester ante todo que este instrumento sea conveniente.

            Debemos estar en estado de gracia: de otro modo le sería imposible a nuestra divina Madre producir en nosotros y por nosotros obras divinas.

            Nuestra alma debe ser un instrumento conveniente: todo apego voluntario al pecado venial o a la creatura como tal, es una falsa nota, una cuerda que se ha roto en nuestra alma. Por lo tanto, debemos evitar con el mayor cuidado el pecado venial, sobre todo el plenamen­te voluntario, y las imperfecciones deliberadas, para que la gran Artista de Dios pueda servirse de su instrumento sin ningún obstáculo.

            Este instrumento debe ser dócil y manejable. Para esto debemos entregarnos totalmente a Ella, y realmente «perdernos en Ella», no resistirle jamás a sabiendas, sino seguir dócilmente sus impulsos y aceptar su influencia.

            Debemos también, y sobre todo, ser pasivos, en el sentido de que no debemos realizar jamás una acción por iniciativa puramente personal y por nuestra propia voluntad. Como lo dice excelentemente nuestro Padre, debemos «no tener vida interior ni operación espiritual que no dependa de Ella» [83]. Hemos de renunciar sin cesar a nuestras propias miras y a nuestras voluntades propias, para dejarla obrar en nosotros.

            En un próximo capítulo volveremos sobre esta «pasividad» san­ta, para provecho de las almas y para evitar malentendidos perjudiciales y dañinos.

«

            Trataremos de vivir en la práctica lo que acabamos de escribir, y dejaremos realmente obrar a María en nosotros, si seguimos lo que se llama «el minuto de María» [84].

            Consiste en esto: antes de nuestras acciones principales, como la meditación, la santa Misa, la Comunión, los ejercicios de piedad, el trabajo, el recreo, etc., nos recogeremos profundamente durante algunos instantes para realizar apacible e intensamente los cuatro actos siguientes:

            1º Humillarnos profundamente delante de Dios y de la Santísima Virgen a causa de nuestras faltas, de nuestra indignidad y de nuestra incapacidad para todo bien.

            2º Renunciar, antes de comenzar esta acción, a todo lo que viniese puramente de nosotros, y por lo tanto, a nuestras propias miras y a nuestra propia voluntad.

            3º Darnos totalmente a Nuestra Señora como su cosa y su propiedad, y como un instrumento dócil, del que Ella pueda servirse a su gusto, según su voluntad.

            4º Pedirle humildemente que se digne obrar en nosotros, para que nuestras acciones no tiendan más que a la gloria de solo Dios.

            Esta es, incontestablemente, una fórmula integral de profunda vida espiritual y mariana, que puede llevarnos muy rápidamente a la dependencia interior y habitual para con Jesús y para con María.


 

XXIV
¿Ser pasivo?

            En los dos capítulos precedentes hemos descrito lo que se encuentra en la cumbre de la vida de dependencia respecto de la Santísima Virgen. No sólo debemos hacer lo que Ella espera de nosotros, evitar lo que Ella condena o desaconseja, sino también dejarla obrar en nosotros.

            Para eso, como dice nuestro Padre, debemos «ponernos como un instrumento entre sus manos, a fin de que Ella haga de nosotros y por nosotros cuanto le plazca».

            Decíamos que una de las condiciones que debe cumplir el instrumento para que el agente principal pueda servirse de él libremente, es que este instrumento sea pasivo, es decir, que deje obrar al obrero o al artista, lo deje obrar según su voluntad.

            Montfort detalla esta actitud «pasiva» en su Método para practicar esta Devoción en la sagrada Comunión [85]. Indudablemente, lo que él dice de la sagrada Comunión puede aplicarse a otros ejercicios espirituales. «Recuerda que cuanto más dejes obrar a María en tu Comunión, tanto más glorificado será Jesús; y tanto más dejarás obrar a María para Jesús, y a Jesús en María, cuanto más profundamente te humilles, y los escuches en paz y silencio, sin trabajar por ver, gustar ni sentir» [86].

            Así, pues, para que María pueda obrar libremente en nosotros, debemos ser, en cierto sentido y en cierta medida, pasivos respecto de su acción en nosotros por la gracia.

            Esta «pasividad» debe ser bien comprendida. Una falsa concepción en este punto podría tener consecuencias nefastas para las almas.

            Y ante todo debemos observar inmediatamente que el instrumento no es exclusivamente pasivo, pues tiene su propia acción. Así, por ejemplo, el piano es el que toca; y por lo tanto está activo. Propiamente hablando, el instrumento es pasivo-activo, esto es, obra, trabaja, sí; pero lo hace únicamente en la medida en que es incitado y empleado para la acción por la causa principal. El piano sólo toca cuando y en la medida en que el músico lo mueve y acciona.

            Por eso, en la sagrada Comunión o en los demás ejercicios de piedad, no se trata de permanecer en una inacción absoluta. La pasividad total queda excluida aquí. Tiene que haber una actividad, pero una actividad simplificada, apacible, a menudo casi imperceptible, que se ejerce únicamente bajo la influencia de Dios y de la Santísima Virgen.

            Digámoslo claramente: se puede ser perezoso en la vida espiritual, especialmente en los ejercicios de piedad, y no esforzarse suficientemente para cumplirlos bien. Es un caso muy frecuente.

            Pero también se puede estorbar e incluso impedir en los ejercicios espirituales la acción santificadora de Dios y la influencia de la Santísima Virgen por una actividad exagerada y febril, queriendo hacerlo todo por sí mismo, con la falsa convicción de que nuestra santificación depende principalmente de nuestros esfuerzos personales, cuando es evidente que Dios y María son el elemento principal en nuestra tendencia a la perfección, y por lo tanto, también en nuestra vida de oración.

            Los mejores autores espirituales tratan de precavernos contra esta estima exagerada de nuestros esfuerzos personales, y contra esta actividad exagerada en la oración; y todo director espiritual ha podido comprobar los perjudiciales efectos de este exceso en algunas almas. Una vez más, el camino intermedio es el camino verdadero y precioso que debemos seguir. Quien dude en este punto sobre la conducta que debe observar personalmente, tendrá que consultar a un director esclarecido y experimentado, y atenerse fielmente a las directivas que le sean dadas.

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            Para determinar con más claridad nuestro pensamiento, recordemos el siguiente hecho que, con algunas variantes, habrán vivido sin duda varios de nuestros lectores.

            Había adoración en tu iglesia o capilla. Te habían asignado tu hora o tu tiempo de adoración. Te habías alegrado ante la perspectiva de estos dichosos momentos. Para tu tiempo de adoración habías elaborado un pequeño plan: entretenerte un poco con Jesús, pedirle tal o cual gracia para ti mismo o para otros, hacer un poco de lectura en tu libro preferido, tal vez rezar un Rosario y otras oraciones favoritas, y así esta hora se pasaría rápidamente y quedaría bien empleada.

            Así, pues, te fuiste a la iglesia, llegaste a la capilla. Pero antes de ponerte al «trabajo», miraste largo tiempo, respetuosamente y con amor, la Sagrada Hostia… Cosa curiosa: casi no pudiste desprender­te de esta mirada. Te parecía que, espiritualmente, también Jesús fija­ba su mirada de amor en ti. Te sentiste atraído hacia El, muy unido a El, como fascinado por El… Te sentiste envuelto en un profundo silencio, en una paz dulcísima y en una alegría indecible. Tu lectura, tu Rosario, tus peticiones: se te olvidó todo, como también todo lo que estaba alrededor tuyo. No dijiste gran cosa, rezaste poco, no leíste ni meditaste absolutamente nada. De vez en cuando una aspiración rápida, llena de amor, de gratitud, de agradecimiento… Tu hora de adoración te ha parecido corta, cortísima. Te has sorprendido realmente cuando te has dado cuente de que ya había pasado. Tal vez un poco más tarde sentiste un poco de inquietud al preguntarte: «¿No he perdido el tiempo? ¡No he hecho nada, o casi nada, durante esta hora!».

            Te habrán tranquilizado sin duda: esta oración había sido buena, incluso muy buena, y realmente la mejor que podías hacer. Pues todos los sentimientos que podías ofrecer a Jesús, ¿no estaban acaso encerrados y concentrados en esa larga y sencilla mirada de amor que tu alma echó en El? Y la mejor prueba de que esta oración era muy buena es que, al salir de la iglesia o de la capilla, te sentiste fuerte, muy fuerte, con una fortaleza tranquila y serena que no te habría dado ninguna oración vocal ni meditación ordinaria, para hacer todos los sacrificios, afrontar todas las dificultades y cumplir absolutamente todo lo que Jesús y María pudiesen esperar de ti.

            Algo más. ¿Te acuerdas de que al día siguiente, o incluso algunas horas más tarde, atraído por la dulzura cautivadora de esta intimidad con Jesús, intentaste practicar lo mismo y saborear la misma dicha? Pero esa vez ya no funcionó la cosa, para nada. Estabas distraído hasta el punto de desalentarte. Tu alma estaba fría como el hie­lo y seca como el corcho. Entonces te diste cuenta de que no podías realizar por ti mismo este recogimiento, esta unión profunda, y que sólo Ellos podían producirla. Y por eso tomaste entonces —y tuviste razón— un libro de meditación o de oraciones, y te entretuviste con Nuestro Señor como mejor pudiste, con fe y buena voluntad.

            Claro está que lo que te sucedió en presencia del Santísimo Sacramento expuesto, pudo sucederte igualmente en tu acción de gracias después de la sagrada Comunión, en la meditación, o en otros ejercicios de piedad.

«

            Podemos ahora analizar y determinar exactamente el pensamiento de Montfort.

            Observemos inmediatamente que el santo describe prácticamente varias «maneras» de acción de gracias después de la sagrada Comunión, ninguna de las cuales excluye, evidentemente, el «dejar obrar a María» que nos recomienda con tanta insistencia.

            «Después de la sagrada Comunión —nos aconseja—, estando interiormente recogido y con los ojos cerrados, introducirás a Jesucristo en el Corazón de María. Lo darás a su Madre, que lo recibirá amorosamente, lo colocará honorablemente, lo adorará profundamente, lo amará perfectamente, lo abrazará estrechamente, y le rendirá en espíritu y en verdad muchos obsequios que, en nuestras espesas tinieblas, nos son desconocidos» [87].

            Pero entonces se abren varios caminos:

            «O bien, te mantendrás humillado en tu corazón, en la presencia de Jesús residente en María; o te mantendrás como un esclavo a la puerta del palacio del Rey, donde está hablando a la Reina; y mientras hablan entre sí sin tener necesidad de ti, irás en espíritu al cielo y por toda la tierra, a rogar a las criaturas que agradezcan, adoren y amen a Jesús y a María en tu lugar: Venite, adoremus, venite, etc.

            O bien, tú mismo pedirás a Jesús, en unión de María, el advenimiento de su reino en la tierra por su santísima Madre, o la divina sabiduría, o el amor divino, o el perdón de tus pecados, o alguna otra gracia, pero siempre por María y en María» [88].

            Hemos querido citar este texto en su totalidad para mostrar que, a fin de dejar obrar a María en nosotros, no es necesario ser totalmente pasivo y prohibirse toda intervención personal. Y repetimos que, evidentemente, lo que Montfort dice acerca de la sagrada Comunión, puede aplicarse a otros ejercicios.

«

            En la práctica, y recapitulando todo lo que acabamos de decir, nos parece que podemos aconsejar la siguiente línea de conducta:

            1º Cuando te sientas atraído e invitado a este silencio de alma arriba descrito, a esta apacible unión sin palabras interiores ni exteriores, y puedas seguir así sin demasiadas distracciones, déjate llevar por este atractivo y permanece así mientras te sea posible.

            2º Dado que habitualmente nos sentimos llevados a darle demasiada importancia y valor a nuestra actividad personal, nos parece bueno e útil que en cada uno de nuestros ejercicios espirituales, acciones de gracias, meditación, visita al Santísimo Sacramento, etc., tratemos de mantenernos durante algunos minutos en silencio interior tranquilo bajo la acción de Dios y de la Santísima Virgen. Su influencia podrá ejercerse entonces más libremente sobre nosotros, y así nuestra alma se preparará y madurará lentamente para otros estados más elevados de oración, si Dios nos llama a ellos, como es caso frecuente.

            3º Fuera de los casos predichos, esto es, habitualmente, debemos obrar nosotros mismos en la oración, y por lo tanto meditar, excitar sentimientos, entretenernos con Jesús y María; presentarles toda clase de actos de respeto, de agradecimiento, de contrición y sobre todo de amor; pedirles también todo aquello de que tenemos necesidad, sobre todo el reino de Jesús y de María en nuestra alma, en las almas que nos son queridas y en el mundo entero. Para ello nos serviremos de un libro de oraciones o de meditación, en la medida en que sea necesario para evitar las distracciones y alimentar nuestra piedad.

            Todo esto se armoniza perfectamente con el «dejar obrar a María», a condición de que otorguemos poco o ningún valor a lo que hacemos nosotros mismos; que, al comienzo de cada ejercicio y de vez en cuando en el transcurso de estas oraciones, nos unamos a Nuestra Señora y mantengamos el contacto de alma con Ella; y que, para glorificar a Dios y agradar a Jesús, no nos apoyemos de ningún modo en nosotros mismos, sino en las virtudes de María y en sus méritos, en sus oraciones y en su intercesión, en su acción en nosotros y sobre nosotros; acordándonos de la preciosa frase de San Bernardo: «Hæc mea maxima fiducia est, hæc tota ratio spei meæ: María es mi mayor confianza, Ella es toda mi razón de esperar».


 

                [1] Suma Teológica, Ia, 36, 3.

                [2] Lourdes, en 1858, es la respuesta evidente y espléndida del Cielo a la proclamación dogmática de 1854. Desde entonces, ¿no deberemos esperar también una respuesta grandiosa y mundial del Cielo a la definición dogmática de la Asun­ción gloriosa de Nuestra Señora, hecha por Pío XII el 1 de noviembre de 1950?

                [3] Secreto de María, nº 28.

                [4] Secreto de María, nº 44.

                [5] Ib.

                [6] Ib.

                [7] Fil. 2 13.

                [8] Sab. 7 11.

                [9] Fil. 2 8.

                [10] Jn. 6 38.

                [11] Mt. 26 39.

                [12] Jn. 5 30.

                [13] Jn. 5 30; 8 26-28.

                [14] Mt. 7 21.

                [15] Jn. 14 22-24.

                [16] Mc. 3 35.

                [17] Lc. 2 51.

                [18] Verdadera Devoción, nº 139. Ver también el nº 18. — Estos textos no sólo deben leerse, sino también meditarse.

                [19] Verdadera Devoción, nº 258.

                [20] Verdadera Devoción, nº 198.

                [21] Fil. 2 8.

                [22] Verdadera Devoción, nº 258. — Para tener la exposición completa de la práctica de nuestra verdadera Devoción, hay que combinar las prácticas interiores (Verdadera Devoción, nn. 257-265) con los deberes de los predestinados respecto de la Santísima Virgen (Verdadera Devoción, nn. 196-200). Estos últimos constituyen el ascetismo de la perfecta Devoción. Las primeras nos llevan hasta la mística mariana.

                [23] Verdadera Devoción, nº 198.

                [24] Verdadera Devoción, nº 33.

                [25] Mt. 28 18.

                [26] Jn. 14 21; 15 14.

                [27] Verdadera Devoción, nº 198.

                [28] Mt. 17 5.

                [29] Jn. 2 5. — En la Encíclica Fulgens Corona, al anunciar el Año Mariano, el Santo Padre cita también estas palabras, asegurándonos que la Santísima Virgen nos las repite sin cesar en sentido más amplio.

                [30] Lc. 1 1-3.

                [31] Lc. 2 19.

                [32] Lc. 11 28.

                [33] I Cor. 3 19.

                [34] Lc. 6 20 y 24.

                [35] Lc. 6 21 y 25.

                [36] Ib.

                [37] Lc. 6 22 y 26.

                [38] Mt. 5 13.

                [39] Jn. 8 12.

                [40] Verdadera Devoción, nº 64.

                [41] Lc. 10 16.

                [42] Rom. 13 4.

                [43] Col. 3 24.

                [44] Rom. 13 1.

                [45] Rom. 13 1-2.

                [46] Ef. 6 5-7.

                [47] Col. 3 20.

                [48] Ef. 5 22.

                [49] I Ped. 2 13-15.

                [50] Rom. 13 4-7.

                [51] Heb. 13 17.

                [52] Prov. 21 28.

                [53] Gal. 1 10.

                [54] Mt. 5 18.

                [55] I Ped. 2 18.

                [56] Sería demasiado largo recordar aquí las diversas condiciones que se requieren para que una ley o prescripción humana sea obligatoria. Nos contentamos con indicar aquí lo que es regla general, ya que los casos en que estamos dispensados de esta obediencia son una excepción bastante rara.

                [57] Hay raras excepciones a esta obligación, como también a veces, por rara excepción, nos vemos dispensados de la obediencia de acción a nuestros Superiores. Pero volvemos a repetirlo: se trata de excepciones raras. No podemos aquí entrar en el detalle de las condiciones que deben realizarse para que esta excepción sea justificada. Hablamos de lo que es la regla. Los fieles deben ser extremadamente circunspectos y no imaginarse fácilmente y con ligereza que se cumple este caso de excepción.

                [58] Este número se acrecentó con una cuarta verdad desde la definición dogmática de la Asunción de la Santísima Virgen.

                [59] Jn. 8 12.

                [60] Prov. 16 4.

                [61] I Cor. 3 21-23.

                [62] Est. 13 9-11.

                [63] Mt. 6 31-32.

                [64] Rom. 8 28.

                [65] Verdadera Devoción, nº 203.

                [66] Oración a María en «El Secreto de María».

                [67] Gen. 27 8.

                [68] Varios teólogos piensan hoy que la Santísima Virgen participa del mérito en sentido estricto, del mérito de justicia de Cristo. Personalmente creemos que esta opinión está suficientemente fundada. Si a lo largo de este capítulo exponemos el mérito de conveniencia como siendo el de la Santísima Virgen, es como un mínimo que hay que admitir, y que de hecho es admitido por la mayoría de los teólogos. Esta doctrina, por lo demás, ha sido formalmente enseñada por San Pío X en su Encíclica Ad diem illum.

                [69] Verdadera Devoción, nº 259.

                [70] Secreto de María, nº 46.

                [71] Verdadera Devoción, nº 273.

                [72] Secreto de María, nº 50.

                [73] Oración a María.

                [74] Verdadera Devoción, nº 258.

                [75] I Cor. 5 10.

                [76] En una exposición magistral del catecismo, un autor holandés, Potters, dice muy justamente lo siguiente: «El principio de nuestras obras sobrenaturalmente buenas no es la libre voluntad sola, ni la gracia sola, sino juntamente la voluntad libre y la gracia… En efecto, si una obra procediese solamente de la libre voluntad, no sería sobrenatural; y si procediese solamente de la gracia, no sería libre ni humana».

                [77] San Pío X.

                [78] Verdadera Devoción, nº 259.

                [79] Secreto de María, nº 46.

                [80] Verdadera Devoción, nn. 146-147.

                [81] Oración a María.

                [82] Verdadera Devoción, nº 258.

                [83] Secreto de María, nº 46.

                [84] Se puede conseguir este «Minuto de María», escrito como hojita mariana, en nuestro Secretariado de María Mediadora, Boulevard de Diest, 121, Lovaina.

                [85] Verdadera Devoción, nn. 266-273.

                [86] Verdadera Devoción, nº 273.

                [87] Verdadera Devoción, nº 270.

                [88] Verdadera Devoción, nn. 271-272.

 


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