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" “Oh María, si yo fuera la reina del cielo y vos fueses Teresa, quisiera ser Teresa a fin de que vos fueseis la Reina del Cielo”." ( Santa Teresita de Lisieux )

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Fundamentos y Práctica de la Vida Mariana

 

Prólogo

            Desde hace casi veinte años escribimos en cada número de nuestra modesta revista «Mediadora y Reina» un artículo sobre la vida mariana, tal como la propone San Luis María de Montfort en sus obras «Tratado de la Verdadera Devoción a la Santísima Virgen» y «El Secreto de María».

            De muchos sacerdotes, religiosos y cristianos en el mundo hemos recogido frecuentemente el testimonio de que estas páginas les habían dado luz, aliento y alimento espiritual. Además, de muchas partes, aun de parte de nuestros Superiores, nos habían pedido recopilar y publicar estos artículos en un volumen.

            Las ocupaciones apremiantes de cada día nos hicieron postergar esta publicación hasta ahora.

            Pero el año mariano (8 de diciembre de 1953 — 8 de diciembre de 1954) ofrece una ocasión para publicar estas páginas, ocasión demasiado hermosa y preciosa como para dejarla escapar.

            Esta edición será, pues, nuestro humildísimo, respetuosísimo y afectuosísimo homenaje a Aquella a cuyo servicio hemos entregado nuestra vida. Será también nuestro modesto regalo de fiesta a la Santísima Virgen, con motivo del centenario de la definición dogmática de su Concepción Inmaculada.

            Este trabajo apunta a exponer la excelente devoción mariana de nuestro Padre espiritual, San Luis María de Montfort.

            La exposición trata de ser lo más sencilla posible, a fin de hacerse accesible en su mayor parte a todos cuantos no poseen una formación más acabada. Pero al mismo tiempo pretende ser sólida y profunda, para que los sacerdotes, religiosos y seglares instruidos encuentren en ella su provecho espiritual.

            Todas las proposiciones adelantadas aquí han sido debidamente controladas a la luz de la Mariología, cuyos progresos maravillosos admiramos.

            Al obrar así seguimos el ejemplo de nuestro Padre, que confronta siempre sus prácticas marianas con los datos de la Escritura, de la Tradición y de la Teología. En estos últimos tiempos se ha creído poder escribir, y ello más de una vez, que la «verdadera Devoción» de Montfort era una «experiencia personal», que sería peligroso, e incluso contraproducente, generalizar. Quienes así escriben se equivocan [1]. Al contrario, Montfort se preocupa siempre de deducir su práctica mariana del dato revelado, de la Mariología, de toda la doctrina de la Iglesia. Quien quiera convencerse de ello, lea por ejemplo su tratado condensado del papel de la Santísima Virgen en la economía de la salvación, «Tratado de la Verdadera Devoción», números 14-38 y 60-88, y «Secreto de María», números 7-23.

            Imitando a San Luis María, no queremos ser minimalistas en el ámbito de la doctrina mariana, ni formar parte de los devotos «escrupulosos» o «críticos» de la Santísima Virgen, de que habla a propósito de las falsas devociones marianas [2]. Estos últimos ven merodear por todas partes el espectro del exceso, de la exageración, de los abusos. Igualmente, a ejemplo de Montfort, no expondremos únicamente consideraciones sobre verdades marianas definidas, ni sobre puntos de doctrina establecidos con total certeza. Si se quisiese aplicar este método a otras secciones de la ascética cristiana, sería preciso desgarrar o quemar las tres cuartas partes de nuestros libros más serios de espiritualidad. Para la vida mariana como para la vida espiritual en general, podemos apoyarnos perfectamente en consideraciones de probabilidad seria. Especialmente nos apoyaremos con seguridad en la palabra de los obispos, y sobre todo de los Sumos Pontífices, incluso cuando estos no hayan querido dirimir definitivamen­te una cuestión.

            ¿Será preciso añadir a lo que acabamos de decir, que nuestras consideraciones, tanto teóricas como prácticas, dejan intacto todo el tesoro de la doctrina y de la ascética cristiana general? ¿Añadir también que toda devoción mariana debe ser cristocéntrica, teocéntrica, de manera que no sólo lleve a la unión con Cristo y con Dios como a su fin, sino que además esté habitualmente impregnada del pensamiento actual de Cristo y de Dios? Recordaremos esto frecuentemente. Pero hacerlo a cada momento sería imposible, mo­lesto e inútil para las almas de buena voluntad. Damos aquí una especie de manual de la vida mariana. Al fin de esta serie examinaremos ex professo cómo insertar estas actitudes en las prácticas habituales de la vida cristiana. Pero exigir, como algunos parecen hacerlo, que recordemos a cada instante esta conexión, y que situemos sin cesar todas nuestras consideraciones en el conjunto de la doctrina y de la vida cristiana, equivaldría a ahogar el aspecto mariano, que es el que aquí queremos resaltar. Además, mucho es de temer que estas exigencias, tal vez inconscientes, sean una manifestación más de la devoción mariana «escrupulosa».

            Pocas cosas hemos cambiado a los artículos, tal como aparecieron en «Mediadora y Reina». Los hemos hecho preceder de una mirada de conjunto sobre el misterio de María, y de algunas páginas sobre las cualidades que ha de tener nuestra devoción mariana para responder plenamente al plan de Dios en este punto. Creemos que estas exigencias se realizan en un cien por ciento en la vida mariana, tal como nos la expone Montfort. Recordamos también, no está de más decirlo, las enseñanzas de Su Santidad Pío XII sobre la consagración y la vida mariana, enseñanzas que son posteriores a los artículos que reproducimos aquí. Nos ha parecido preferible reunir estas enseñanzas en un capítulo especial, antes que dispersarlas a través del volumen.

            Tratamos aquí de la enseñanza mariana de San Luis María de Montfort. De diferentes partes se ha reclamado para otros escritores, anteriores a él, el honor de haber presentado la síntesis de la vida mariana. Nos alegraríamos sinceramente si así fuera. Pero tanto como podemos juzgarlo por los datos que poseemos actualmente, no es así. En ninguna parte se encuentra este sistema de espiritualidad mariana, con sus bases doctrinales, su práctica fundamental de la consagración total, y las aplicaciones, consecuencias y actitudes diversas que deben ser la consecuencia de este gran acto. Lo cual no daña, por otra parte, a la «tradicionalidad» de la vida mariana montfortana, ya que es indudable que todos los elementos de esta espiritualidad se encuentran en los Padres, en los Doctores y en los escritores católicos anteriores a Montfort, aunque dispersos y sin coordinación. Y lo que en ningún caso se podría contestar al gran Apóstol de María, es que fue elegido por Dios para difundir en su Iglesia la respuesta ideal del alma al plan de redención y de santificación, libremente elegido por El.

            Por lo que se refiere a la manera de presentar esta recopilación, nos ha parecido preferible, por más de un motivo, subdividirlo en una serie de pequeños volúmenes, de tamaño portátil, que esperamos publicar sucesivamente en las principales fiestas de Nuestra Señora en el transcurso del año mariano.

            ¡Descanse sobre esta publicación, según el pedido que hemos hecho a nuestro Padre, la bendición de la dulce Virgen! La bendición de la Virgen es la de Dios, condición indispensable para el éxito y la fecundidad de toda empresa sobrenatural que tiende al bien de las almas, para la mayor gloria de Dios.


 

I
Pío XII y la Consagración
a la Santísima Virgen

            Cuando, a partir de 1936 y los años siguientes, escribíamos los artículos que aparecen hoy en un volumen, la consagración mariana montfortana era en suma una devoción privada. Sin duda varios Papas, como San Pío X, Benedicto XV y Pío XI, habían hecho esta consagración y la habían recomendado. Pero difícilmente se hubiese podido hablar de una aprobación pública y oficial.

            Desde entonces se produjo a este respecto un cambio importantísimo: la consagración a la Santísima Virgen es de ahora en más una manifestación de la devoción mariana en la Iglesia.

            Hubo primero la consagración, por Su Santidad Pío XII, de la Iglesia y de todo el género humano a la Santísima Virgen, al Corazón Inmaculado de María, el 31 de octubre de 1942, en el transcurso de un mensaje radiofónico al pueblo portugués reunido en Fátima, consagración renovada luego en una grandiosa ceremonia en San Pedro de Roma, el 8 de diciembre siguiente. El Santo Padre decía en ella:

            «Reina del santísimo Rosario, Auxilio de los cristianos, Refugio del género humano, Triunfadora en todos los combates de Dios…, Nos, como Padre común de la gran familia humana y como Vicario de Aquel a quien todo poder ha sido dado en el cielo y en la tierra, y de quien Nos hemos recibido el cuidado de todas las almas redimidas con su Sangre que pueblan el universo, a Vos, a vuestro Corazón Inmaculado…, Nos confiamos y Nos consagramos, no sólo en unión con la santa Iglesia, Cuerpo místico de vuestro amado Jesús…, sino también con el mundo entero… De igual modo que al Corazón de vuestro amado Jesús fueron consagrados la Iglesia y to­do el género humano…, así igualmente nosotros también nos consa­gramos perpetuamente a Vos, a vuestro Corazón Inmaculado, ¡oh Madre nuestra, Reina del mundo!, para que vuestro amor y vuestro patrocinio apresuren el triunfo del reino de Dios, y que todas las naciones, puestas en paz entre ellas y con Dios, os proclamen bienaventurada y entonen con Vos, de un extremo al otro del mundo, un eterno Magnificat de gloria, amor y agradecimiento al Corazón de Jesús, el único en el cual ellas pueden encontrar la Verdad, la Vida y la Paz».

            El 1 de mayo de 1948 apareció la Encíclica mariana Auspicia quædam, un documento oficial y universal, en el cual se recuerda enérgicamente la consagración de la Iglesia y del mundo efectivamente renovada, y se expresa el deseo de que todos, por una consagración privada y colectiva, adhieran a este gran acto:

            «Deseamos que todos la hagan cada vez que una ocasión propicia lo permita, no solamente en cada diócesis y en cada parroquia, sino también en el hogar doméstico de cada uno; pues Nos esperamos que gracias a esta consagración privada y pública, se nos concederán más abundantemente los beneficios y dones celestiales».

            Por estos actos solemnes la consagración a la Santísima Virgen ha entrado definitivamente en el culto oficial de la Iglesia. Las consideraciones que van a seguir adquieren de ahora en adelante una mayor actualidad.

            El Papa actualmente reinante fue aún más lejos. Definió —esta vez en alocuciones pronunciadas en un círculo más restringido, es cierto— de qué modo debe ser comprendida, hecha y vivida esta consagración.

            El 22 de noviembre de 1946 el Santo Padre recibe en audiencia a un cierto número de dirigentes y de participantes de la «Gran Vuel­ta», esta marcha triunfal de Nuestra Señora de Boulogne a través de Francia, a cuya ocasión los fieles eran invitados a consagrarse a la Santísima Virgen. El Santo Padre les da formalmente una consigna y se expresa así:

            «Sed fieles a Aquella que os ha guiado hasta aquí. Haciendo eco a nuestro llamado al mundo, lo habéis hecho escuchar alrededor vuestro; habéis recorrido toda Francia para hacerlo resonar, y habéis invitado a todos los cristianos a renovar personalmente, cada cual en su propio nombre, la consagración al Corazón Inmaculado de María, pronunciada por sus Pastores en nombre de todos. Habéis recogido ya diez millones de adhesiones individuales, resul­tado que nos causa gran gozo y despierta en Nos gran esperanza.

            Pero la condición indispensable para la perseverancia en esta consagración es entender su verdadero sentido, captar todo su alcance, y asumir lealmente todas sus obligaciones. Volvemos a recordar aquí lo que Nos decíamos sobre este tema en un aniversario muy querido a Nuestro corazón: La consagración a la Madre de Dios… es un don total de sí, para toda la vida y para la eternidad; no un don de pura forma o de puro sentimiento, sino un don efectivo, realizado en la intensidad de la vida cristiana y mariana» [3].

            Estas palabras son para nosotros sumamente alentadoras y preciosas, ya que constituyen incontestablemente una aprobación de la consagración mariana en el sentido montfortano. No pretendemos de ningún modo que por ellas Pío XII aconseje formalmente el acto de la santa esclavitud, con el abandono a la Santísima Virgen del derecho de disponer de nuestras oraciones, de nuestras indulgencias y de todo el valor comunicable de nuestras buenas obras. Pero veremos por lo que sigue que los artículos que reproducimos y que fueron escritos mucho antes de esta fecha, tenían por adelantado como título cada una de las palabras pontificias que definían el acto de consagración mariana.

            Finalmente, la consagración mariana montfortana, tomada en toda su acepción y en toda su extensión, fue oficialmente aprobada por el Santo Padre en las «Cartas Decretales» [4] que promulgan la canonización de San Luis María de Montfort. Pío XII habla en ellas de «la devoción ardiente, sólida y recta» que el gran apóstol alimentaba hacia Nuestra Señora, y que fue el secreto tanto de su santidad como de su incomparable apostolado; y llama a esta devoción por su nombre: «la noble y santa esclavitud de Jesús en María». Roma locuta. El Papa ha hablado. Que se escuche simplemente su palabra. Esta palabra, evidentemente, confiere una nueva fuerza a las consideraciones que vienen a continuación. ¡Ojalá sea también para ellas una prenda de bendición y de fecundidad!


 

II
¿Quién es María?

Lo que Dios ha unido no lo separe el hombre
(Mt. 19 6)

 

            María ha sido esencialmente querida por Dios como la nueva Eva de Cristo, el nuevo Adán. Difícilmente se encontrará definición más exacta y más completa de Ella que la que Dios mismo dio de Eva en el momento en que creó a la primera mujer: «Adiutorium simile sibi, una Ayuda semejante a El». María será para Cristo en el orden de la reparación y de la gracia lo que Eva fue para Adán en el orden de la caída y del pecado.

            Se obra como se es: «Operari sequitur esse». Para colaborar con Cristo, Ella deberá serle semejante en su ser. Ella le será semejante —no igual— por su exención del pecado original, por su plenitud propia de gracia, y por la eminencia singular de sus virtudes.

            Para colaborar con El de manera habitual y verdaderamente oficial, Ella deberá también estarle unida por lazos duraderos y físicos. Es evidente que un matrimonio ordinario quedaba excluido. Dios hace entonces algo admirable: para que María sea la Esposa espiritual y la Cooperadora universal de Jesús, la convierte en su Madre según la carne, y la vincula así de manera definitiva a Cristo por los lazos físicos más estrechos que se puedan concebir. También por este mismo hecho, Ella queda elevada al plan y al nivel de Cristo, cosa igualmente indispensable para una colaboración perpetua. El es el Hijo de Dios, Dios mismo; Ella será la Madre de Dios, dignidad menor, ciertamente, que la de Cristo, pero dignidad en cierto aspecto infinita, que la eleva, tanto como es posible, a la altura de Cristo, de la manera que conviene perfectamente a su condición de nueva Eva.

            Desde ahora Ella está equipada para realizar, en unión con Cristo y en dependencia absoluta de El, su gran obra de glorificación del Padre y de salvación de la Humanidad.

            Ella será, ante todo, Corredentora con El, no solamente en el sentido de que por su libre consentimiento Ella nos da verdaderamente al Redentor; no solamente en que, por sus méritos y oraciones, Ella contribuye a la aplicación de los frutos de la Redención a las almas; sino Corredentora en el sentido estricto y completo de la palabra: Ella no forma con Cristo más que un solo principio moral del acto redentor mismo, participando del Sacrificio decisivo, no como elemento principal, pero sí como causa integrante por libre voluntad de Dios: Ella es Sacrificadora secundaria y Víctima subordinada del Sacrificio del Calvario.

            El acto redentor del Calvario, al que queda vinculada toda la vida de Cristo, y también todas las acciones de María desde que se convirtió en Madre y en Socia indisoluble del Hijo de Dios, reviste también el aspecto del mérito, y merece por lo tanto todas las gracias necesarias o útiles para la salvación de la humanidad. María participa también de este aspecto de la Pasión de Cristo, como de todos los demás, y merece, al menos con mérito de conveniencia [5], todas las gracias que serán impartidas a la humanidad. Cristo es Mediador supremo de todas las gracias, que El conquistó al precio de su Sangre; María participa de este derecho de distribución de las gracias por la colaboración que Ella aportó en su adquisición. Por ser Corredentora, María es Mediadora y Distribuidora de todas las gracias, ejerciendo esta función por una causalidad moral de destinación o de consentimiento, por una causalidad de oración, y también probablemente por una causalidad de producción física, subordinada e instrumental, pero libre y verdadera.

            Ahora bien, la gracia es la vida del alma, su vida sobrenatural. María es juntamente con Cristo, y por más de un título, el principio de toda vida sobrenatural, porque, en dependencia de Cristo, es causa multiforme de la gracia en las almas. Al dar así verdaderamente la vida a las almas, Ella es su Madre, su verdadera Madre, no ciertamente según una maternidad natural, pero sí con una maternidad real y no solamente metafórica y por modo de decir. En el orden de la vida divina Ella cumple de manera sobreeminente toda la misión y todas las funciones que una madre ordinaria ejerce en la vida de su hijo. María es, pues, Madre de las almas, por ser Mediadora de todas las gracias.

            Redimir las almas, aplicarles los frutos de la redención, comunicarles y hacerles aceptar la gracia, y darlas así a luz a la vida sobrenatural, formarlas y hacerlas crecer en ella, no se hace solo, es una obra difícil; no se realiza sino en contra de fuerzas adversas coaligadas contra Dios y contra las almas: el demonio, el mundo y las facultades desordenadas que, como un virus indestructible, el pecado original dejó en el hombre. Lo cual quiere decir que redención, santificación y vivificación son una lucha, un combate incesante. Pues bien, en esta lucha María es la eterna adversaria de Satanás, detrás de la cual Cristo parece esconderse, como en otro tiempo la Serpiente se había escudado detrás de Eva. María es la eterna y siempre victoriosa Combatiente de los buenos combates de Dios. Más que eso: por debajo de Cristo, Ella es la invencible Generala de los ejércitos divinos, pues conduce y dirige el combate. Ella es para la Iglesia y para las almas todo lo que un general es para su ejército: da a las almas, a los mismos jefes de la Iglesia, las luces apropiadas para despistar las emboscadas de Satán y dirigir la batalla; sostiene también los ánimos, relanza sin cesar a sus hijos a la lucha, los provee de las armas adecuadas que deben asegurarles la victoria; pues todo eso es, con toda evidencia, obra de la gracia: gracia de luz, de valentía, de fortaleza, de perseverancia; y toda gracia, después de Cristo, nos viene de María. Por ser Corredentora y Mediadora de todas las gracias, Ella es Generala «victoriosa en todas las batallas de Dios» [6].

            Pero también, finalmente, por ser Madre de Dios, Socia universal de Cristo y Corredentora de la humanidad, María es Reina universal junto a Cristo Rey. Ella es Reina, como lo admiten unánimemente los teólogos, según una realeza verdadera y efectiva, que se ejerce sobre toda criatura, tanto sobre los ángeles como sobre los hombres, tanto en el orden natural como en el orden sobrenatural; realeza que es participación de la de Cristo, se extiende tan lejos como la de El, se ejerce de manera análoga a la de El, pero le sigue siendo siempre plenamente subordinada.

            Esta es sustancialmente la misión de María. No podemos aquí describirla más a lo largo, ni probarla; pero debíamos recordarla sucintamente. En función de estas magníficas verdades vamos a estudiar el culto singular que debemos a María, y responder a la pregunta: ¿Qué actitud debemos tener con Aquella que Dios ha colocado junto a Cristo en el corazón mismo de su Misterio de salvación?

            Ante todo, deberemos establecer la necesidad y la obligación de un culto mariano elemental, y la gran utilidad de una devoción más perfecta a María. Luego, después de recordar los principios que nos tendrán que guiar en la elección de las diferentes formas de devoción a Nuestra Señora, deberemos estudiar cómo puede este culto mariano ejercerse de la mejor manera. ¡Dígnese la divina Mediadora de todas las gracias asistirnos en este estudio!


 

III
Utilidad y necesidad de la “vida mariana”

            Para establecer la necesidad del culto mariano en general, y el valor de una vida mariana más perfecta en particular, partimos de un principio indiscutible, el que Cristo mismo formuló como línea general de conducta, aunque lo hiciese con motivo de un precepto particular: «Lo que Dios ha unido no lo separe el hombre».

            1º El Padre Billot S. J. razonaba con justeza y claridad cuando escribía: «María, en la religión cristiana, es absolutamente inseparable de Cristo, tanto antes como después de la Encarnación: antes de la Encarnación, en la espera y en la expectativa del mundo; después de la Encarnación, en el culto y en el amor de la Iglesia. En efecto, somos llamados y vinculados de nuevo a las cosas celestiales sólo por la Pareja bienaventurada que es la Mujer y su Hijo. Por donde concluyo que el culto a la Santísima Virgen es una nota nega­tiva de la verdadera religión cristiana. Digo: nota negativa; porque no es necesario que dondequiera se encuentre este culto, se encuentre la verdadera Iglesia; pero al menos donde este culto está ausente, por el mismo hecho no se encuentra la auténtica religión cristiana. Y es que la verdadera cristiandad no podría ser la que trunca la naturaleza de nuestra “religación” por Cristo, instituida por Dios, separando al Hijo bendito de la Mujer de la cual procede» [7].

            De donde resulta que el culto a la Santísima Virgen, considerado de manera general y objetivamente hablando, es necesario para la salvación y, por lo tanto, gravemente obligatorio. Quien se negara a tener un mínimo de devoción mariana, se pondría en serio peligro de comprometer su destino eterno, porque se negaría a emplear para este fin un medio y una mediación que Dios ha querido utilizar en toda la línea de su obra santificadora, y del que también nosotros debemos servirnos, por consiguiente, para alcanzar nuestro fin supremo.

            2º El culto mariano pertenece a la sustancia misma del cristianismo. Es esta una verdad que no ha penetrado suficientemente en el espíritu de gran número de cristianos. Para ellos la devoción mariana es, sin duda, muy buena y recomendable, pero en definitiva secundaria, si no facultativa. Es un error fundamental. La fórmula del cristia­nismo, ya se lo considere como la venida de Dios a nosotros, ya como nuestra ascensión hacia El, no es Jesús solamente, sino Jesús-María. Sin duda podría haber sido de otro modo, ya que Dios no tenía ninguna necesidad de María; pero quiso El que fuera así. Es lo que había comprendido perfectamente uno de los mayores escritores espirituales del siglo XIX, Monseñor Gay, cuando escribía: «Por eso quienes no otorgan a María en ese mismo cristianismo más que el lugar de una devoción, aunque sea el de una devoción principal, no entienden bien la obra de Dios y no tienen el sentido de Cristo… Ella pertenece a la sustancia misma de la religión».

            3º Una tercera conclusión que se impone irresistiblemente a nosotros como un «principium per se notum», esto es, como un principio evidente, es que adaptarnos plenamente en este campo al plan de Dios, concediendo íntegramente a Nuestra Señora, en nuestra vida, el lugar que le corresponde según este mismo plan divino, debe acarrear las más preciosas ventajas, no sólo para cada alma en particular, sino también para todo el conjunto de la Iglesia de Dios. María es, por li­bre voluntad de Dios, un eslabón importante e indispensable en la cadena de las causalidades elevantes y santificantes que se ejercen sobre las almas. Es evidente que este divino mecanismo funcionará más fácil y seguramente cuando, por el reconocimiento teórico y práctico del papel de María, le facilitemos el ejercicio de sus funciones maternas y mediadoras en nuestra alma y en la comunidad cristiana.

            4º Al contrario, las lagunas en esta materia, lagunas culpables y voluntarias, e incluso las lagunas inconscientes, aunque no en el mismo grado, han de resultar funestas tanto para el individuo como para la sociedad. Un organismo no se compone solamente de la cabeza y del cuerpo con sus miembros: el cuello es un órgano de contacto indispensable entre la cabeza y los miembros. O más exactamente aún: un ser humano no debe disponer solamente de un cerebro, centro de todo el sistema nervioso; ya que no podría subsistir y ejercer su actividad sin otro órgano central, el corazón. Ahora bien, María es el cuello o —metáfora más exacta y más impresionante aún— el Corazón de la Iglesia, Cuerpo místico de Cristo.

            El Padre Faber, que junto a Monseñor Gay fue la figura más sobresaliente de la literatura espiritual del siglo XIX, lo constataba de manera penetrante. Después de recordar toda clase de miserias, deficiencias y debilidades en sus correligionarios, prosigue: «¿Cuál es, pues, el remedio que les falta? ¿Cuál es el remedio indicado por Dios mismo? Si nos referimos a las revelaciones de los santos, es un inmenso crecimiento de la devoción a la Santísima Virgen; pero, comprendámoslo bien, lo inmenso no tiene límites. Aquí, en Inglaterra, no se predica a María lo suficiente, ni la mitad de lo que fuera debido. La devoción que se le tiene es débil, raquítica y pobre… Su ignorancia de la teología le quita toda vida y toda dignidad; no es, como debería serlo, el carácter saliente de nuestra religión; no tiene fe en sí misma. Y por eso no se ama bastante a Jesús, ni se convierten los herejes, ni se exalta a la Iglesia; las almas que podrían ser santas se marchitan y se degeneran; no se frecuenta los sacramentos como es debido; no se evangeliza a las almas con entusiasmo y celo apostólicos; no se conoce a Jesús, porque se deja a María en el olvido… Esta sombra indigna y miserable, a la que nos atrevemos a dar el nombre de devoción a la Santísima Virgen, es la causa de todas estas miserias, de todas estas tinieblas, de todos estos males, de todas estas omisiones, de toda esta relajación… Dios quiere expresamente una devoción a su santa Madre muy distinta, mucho mayor, mucho más amplia, mucho más extensa» [8].

            Faber, es cierto, escribía para su país y para su tiempo. Nuestra época, incontestablemente, ha realizado progresos en este ámbito, y los católicos de todos los países no tienen que luchar con las mismas dificultades que los que viven en medio de una población con una mayoría protestante aplastante. Pero eso no quita que hay un fondo de verdad en esta queja: la falta de una devoción íntegramente adaptada al plan de Dios es causa de lagunas y de debilidad espiritual. Y no podemos menos que suscribir las aspiraciones del pastor anglicano convertido: «¡Oh, si tan sólo se conociera a María, ya no habría frialdad con Jesucristo! ¡Oh, si tan sólo se conociera a María, cuánto más admirable sería nuestra fe, y cuán diferentes serían nuestras comuniones! ¡Oh, si tan sólo se conociera a María, cuánto más felices, cuánto más santos, cuánto menos mundanos seríamos, y cuánto mejor nos convertiríamos en imágenes vivas de Nuestro Señor y Salvador, su amadísimo y divino Hijo!».

            5º Demos un nuevo paso adelante en nuestras conclusiones y constataciones. Es sumamente deseable e importante para la salvación y santificación de las almas, y para la obtención del reino de Dios en la tierra, llevar el culto mariano a su perfección en nuestra alma y en todas las almas: «De Maria numquam satis» —sin exageración ninguna, por supuesto; la cual, por otra parte, es imposible desde que nos acordamos de que María es una criatura—. Debemos en todo, y por lo tanto también en la materia que nos ocupa, apuntar a la perfección, y a la perfección más elevada.

            6º Apuntar a la perfección del culto mariano se impone especialmente en nuestra época. Todo el mundo reconoce que desde hace 80 años, y muy especialmente desde hace unos 30 años, el «Misterio de María» se ha impuesto a la atención de la Iglesia, tanto docente como discente, y que este Misterio ha sido comprendido con más claridad y profundizado singularmente. Es una de las grandes gracias de nuestro tiempo. Es evidente que a este conocimiento más neto y más profundo de la doctrina mariana, y muy especialmente de la misión de Nuestra Señora, debe responder una devoción creciente, intensificada. Como cristianos del siglo XX, debemos buscar y aceptar ávidamente las formas más ricas y más elevadas de la devoción mariana, o, como se dice más justamente hoy, de la «vida mariana».

            Este proceso lo vemos realizarse ante nuestros ojos en la Iglesia de Dios, por la acción profunda y poderosa del Espíritu Santo, y bajo la influencia y dirección de la santa Jerarquía. En todas partes sale a la luz una convicción casi unánime de que vivimos «la hora de María, la época de María, el siglo de María». El acontecimiento mariano grandioso de que acabamos de ser testigos dichosos, la definición dogmática de la Asunción corporal de Nuestra Señora, es una nueva y poderosa prueba de ello. Ha llegado el tiempo predicho por Mont­fort, «este tiempo feliz en que la divina María será establecida Dueña y Soberana en los corazones, para someterlos plenamente al imperio de su grande y único Jesús…, en que las almas respirarán a María, tanto como los cuerpos respiran el aire…, y en que como consecuencia de ello acaecerán cosas maravillosas en estos bajos lugares» [9]. Se está cumpliendo la voluntad formal de Dios: «Dios quiere que su santa Madre sea al presente más conocida, más amada, más honrada que nunca». Y Montfort añade unas palabras que pueden ser una introducción y una transición a lo que hemos de explicar en lo que sigue: «Lo que sucederá, sin duda, si los predestinados entran, con la luz y la gracia del Espíritu Santo, en la práctica interior y perfecta que yo les descubriré a continuación» [10].


 

IV
Lo que debe ser nuestro culto mariano:
Sus principios

            El culto mariano es obligatorio y necesario, como respuesta de nuestra parte a la importantísima misión que Dios ha confiado a su santísima Madre. Este culto pertenece a la sustancia misma de la religión cristiana; y es importantísimo, para la glorificación de Dios y nuestra propia santificación, que la devoción mariana sea llevada a su más elevada perfección, a fin de que se adapte plenamente al plan divino. Este perfeccionamiento se impone especialmente en nuestro tiempo, en que el Misterio de María ha sido iluminado con una luz más viva que en ninguna otra época de la historia del cristianismo. Todo esto lo hemos visto hasta aquí.

            Ahora se nos plantea otra gran pregunta: ¿Cómo organizar este culto mariano? ¿De qué elementos debe componerse, de qué cualidades debe estar revestido, para realizar íntegramente el plan de Dios y responder plenamente a la misión singular de María? Vamos a tratar de contestar a esta pregunta, después de adelantar algunos principios según los cuales parece que ha de organizarse nuestra vida mariana.

            1º Nuestro culto mariano, ante todo, ha de tener en cuenta el valor intrínseco de la Santísima Virgen misma, o más justamente, de su «conjunctio cum Deo», de su acercamiento a Dios, de su unión con Dios, que es la «ratio formalis», la razón propia del culto debido a los santos. Ahora bien, en María esta unión a Dios es totalmente singular y excepcional. Ella está unida de la manera más estrecha con Dios por medio de la gracia santificante, cuya plenitud recibió, una plenitud que le es propia; pero sobre todo por medio de la maternidad divina, que después de la unión hipostática es el lazo más estrecho con Dios que se pueda concebir. Por esta Maternidad la Santísima Virgen queda puesta en un orden aparte. Según una frase célebre, Ella llega a los confines de la Divinidad, y posee una dignidad infinita en razón de su término. Por este doble título le corresponde, por lo tanto, fuera y por encima de todos los ángeles y santos, un culto particular, de un género especial, que tiene en el lenguaje de la Iglesia un nombre propio. Honramos a los santos con un culto de dulía; debemos a María el culto de hiperdulía.

            2º Nuestro culto mariano debe luego tener en cuenta la misión singular de la Santísima Virgen, cuyos diferentes aspectos hemos recordado. Es preciso que nuestro culto mariano apunte a hacer posible y fácil el cumplimiento de su papel de Corredentora del género humano, de Mediadora de todas las gracias, de Madre de todas las almas, de Adversaria de Satanás y Generala de los ejércitos divinos, y de Reina del reino de Dios. Es preciso, pues, que nuestro culto mariano abrace y reúna toda clase de actitudes, de matices, que respondan a los diferentes aspectos del papel múltiple, pero único, que el Señor le ha asignado. Nuestra devoción mariana, bajo pretexto de ser simple, no ha de ser unilateral, «uniforme»; al contrario, para adaptarse al plan de Dios, ha de ser rica y multiforme.

            3º Y cuando se reflexiona seriamente en este plan divino sobre María, uno se admira, por una parte, de la universalidad de la intervención de la Santísima Virgen en las intervenciones sobrenaturales divinas; y, por otra parte, de la pluralidad de las influencias que Dios le ha reservado en la realización de sus designios.

            Universalidad de la intervención de Nuestra Señora. Por voluntad de Dios, Ella se encuentra siempre y en todas partes junto a Cristo: en las profecías y figuras del Antiguo Testamento; en toda la vida de Jesús en la tierra, especialmente en las horas dominantes y características de esta vida; y también en todas las consecuencias de la vida y muerte de Cristo: Pentecostés, la santificación de las almas, la edificación del reino de Dios sobre la tierra, ya visto bajo su aspecto positivo, ya visto bajo el aspecto negativo de lucha contra Satán y contra todas las potestades perversas; igualmente, en la consumación, por la gloria eterna, de la obra glorificadora de Dios y santificadora de los hombres. Todavía no se lo ha tenido suficientemente en cuenta: toda operación divina sobrenatural es mariana, siempre y en todas partes mariana, realizada invariablemente por y con María, y esto hasta en sus más humildes detalles, como la aplicación de la menor gracia actual; de manera parecida a como el corazón hace sentir universalmente su acción, propulsando la sangre hasta las más finas ramificaciones de la circulación sanguínea.

            Para determinar nuestra actitud respecto a la Santísima Virgen, no se ha tenido tampoco en cuenta lo suficiente, a lo que parece, la multiformidad de las intervenciones que Dios ha dejado a María en todas sus obras de gracia. Para la Encarnación le ha concedido una cuádruple influencia: de mérito, de oración, de consentimiento y de producción física materna. En el Misterio de la Cruz, nos explican los teólogos, Ella colabora de los cinco modos con que Cristo, según la doctrina de Santo Tomás, operó nuestra salvación: por modo de satisfacción, de mérito, de redención, de sacrificio y de causalidad eficiente. En el misterio de la comunicación de la gracia, prolongación encantadora de la Encarnación, encontramos también, aunque con alguna ligera adaptación, la cuádruple causalidad señalada a propósito de la Encarnación: Ella nos ha merecido toda gracia, Ella nos la destina y consiente a ella por un acto libre y consciente de su voluntad, Ella la obtiene por su omnipotente oración, y Ella la produce probablemente en el alma por su operación física ministerial.

            4º El culto mariano puede y debe ser exterior, por más de un motivo. Es un postulado de la naturaleza humana, y los derechos de María sobre nuestro cuerpo lo reclaman. Las prácticas exteriores, de ordinario, contribuyen no poco a despertar o reavivar las disposiciones interiores del alma. Pero, en orden principal, nuestro culto mariano debe ser interior, espiritual. El culto exterior sólo tiene valor en la medida en que es llevado y sostenido por las disposiciones internas del alma. Espiritualización de la vida mariana significará de ordinario perfeccionamiento y progreso. Debemos honrar a María como adoramos a Dios, «in spiritu et veritate», en espíritu y en verdad.

            5º San Luis María de Montfort, en una obra que sin duda nunca fue superada, enumera una veintena de prácticas exteriores e interiores de la verdadera Devoción a María, y añade que no sería difícil alargar esta lista [11]. Esta multiplicidad, esta variedad de prácticas correría a veces el riesgo de causar una cierta confusión, una especie de dispersión en las almas. No siempre se sabrá clasificar estas diferentes prácticas según su valor respectivo, discernir lo accesorio de lo principal; y no es raro que personas de buena voluntad se sobrecarguen de prácticas, hasta comprometer una tendencia seria y efectiva a la perfección, que pide calma y serenidad. Por eso, es muy deseable que las prácticas marianas sean unificadas, sistematizadas, agrupadas alrededor de un núcleo central, de modo que sea fácil abarcarlas con una mirada, discernir el valor relativo de cada una, y alcanzar así, en fin, la unidad en la variedad, y la variedad en la unidad.

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            Para aplicar todos estos principios y seguir todas estas directivas, parece que no podemos hacer nada mejor que ponernos a la escuela de San Luis María de Montfort. Los mejores teólogos de nuestra época consideran que su libro es incomparable. Lo que en él nos presenta no es, en sus grandes líneas, una devoción particular, destinada a tal congregación o a tal grupo de almas especialmente orientadas. Si se la mira de cerca, se echará de ver que se trata de la buena devoción mariana tradicional, católica, pero llevada a su más elevada perfección con toda la lógica del espíritu y del corazón. Por lo demás, es indudable que todos los elementos de su doctrina mariana se encuentran explícitamente en la Tradición. Pero en ninguna parte, que sepamos, encontraremos agrupados, coordinados y sistematizados todos estos elementos teóricos y prácticos, como en este gran maestro de la vida mariana, de manera que la práctica de la vida mariana resulte considerablemente más clara y fácil.

            Parece también que esta doctrina responde a todas las exigencias que hemos formulado. De este modo el pensamiento y el culto de María se introducen en el corazón mismo de la vida cristiana, que por este solo motivo queda «marializada» totalmente y de más de una manera. Encontramos aquí a la vez la multiplicidad y la unidad, lo interior como elemento principal, sin excluir las mejores prácticas exteriores.

            Por lo demás, hacemos notar que para exponer la vida mariana así comprendida, no apelamos solamente a San Luis María de Mont­fort y a sus comentadores, ni tampoco solamente a los grandes devotos y glorificadores de María, tales como San Bernardo, San Juan Eudes, San Alfonso, y otros. Sino que apelamos además a la autoridad de numerosísimos príncipes de la Iglesia y obispos, en nuestro país especialmente a la autoridad del Cardenal Mercier, de ilustre memoria, y de su digno sucesor, Su Excelencia el Cardenal Van Roey. Apelaremos igualmente, en una cierta medida que será más tarde escrupulosamente determinada, al mismo Sumo Pontífice Pío XII, que oficialmente, en su encíclica Auspicia quædam, recomendó a todos la consagración mariana, y que definió también, en alocuciones particulares, la naturaleza y las cualidades de esta consagración. Nos encontramos, por lo tanto, en un terreno seguro y sólido.


 

V
Darse

            Cada vez que nuestro Padre expone de entrada y con cierta extensión su perfecta devoción a Nuestra Señora, llama a nuestra consagración una donación. «Esta devoción consiste en darse por entero a la Santísima Virgen, para ser enteramente de Jesucristo por Ella» [12]. «Ella consiste en darse por entero en calidad de esclavo a María, y a Jesús por Ella» [13].

            Esta palabra es sencilla. Un niño de seis años la comprende.

            Pero es de la mayor importancia entenderla bien aquí. A veces se le ha dado un significado tan disminuido, que quedaba comprometida la esencia misma de la santa esclavitud.

            Nos damos a Jesús por María.

            Dar no es pedir.

            Es profundamente lamentable que la mayoría de los cristianos no vean en la devoción a la Santísima Virgen más que una cosa: pedirle su auxilio, particularmente en las horas más difíciles.

            Sin duda podemos y, en cierto sentido, debemos, según el consejo de Montfort mismo, «implorar la ayuda de nuestra buena Madre en todo tiempo, en todo lugar y en toda cosa» [14]. Somos niños pequeños, y los niñitos tienen siempre la palabra «mamá» en la boca.

            Muy bien. Pero si nos detenemos ahí, estamos lejos de practicar la devoción mariana perfecta. Devoción significa entrega, pertenencia, y el nombre de hiperdulía, consagrado por la Iglesia para el culto de Nuestra Señora, significa dependencia, servidumbre.

            Dar no es tampoco confiar en depósito. Cuando confío una suma de dinero a alguien, ese dinero sigue siendo mío. Aquel a quien se lo confío no recibe, de suyo, ningún provecho, sino sólo deber y preo­cupaciones.

            Muy distinto es cuando yo doy un regalo a alguno de mis amigos. Ese objeto, en adelante, pasa a ser suyo, de modo que puede disponer de él como guste. La donación, en sí misma, va toda en provecho del donatario, es decir, de aquel a quien se hace, y no del donante, esto es, de aquel que da.

            Cuando los cristianos, por ejemplo en el día de la primera Comunión, se consagran a la Santísima Virgen, no entienden ordinariamente este acto, desgraciadamente, sino en el siguiente sentido: Pongo mi vida entera bajo la protección de Nuestra Señora, para ser feliz en esta vida y en la otra. Eso es únicamente confiarse a la Santísima Virgen como un depósito. Este acto se hace directamente con miras al provecho personal, ya sea temporal, ya sea eterno. Una vez más, está bien. Pero estamos lejos aún de una devoción perfecta a la divina Madre de Jesús.

            Nunca lo repetiremos bastante, pues se trata aquí de una diferencia fundamental, esencial, entre la consagración según San Luis María de Montfort y la mayoría de los demás ofrecimientos: por la verdadera Devoción no nos confiamos solamente a María con miras a un provecho personal cualquiera, sino que nos damos a Jesús por María con todo lo que tenemos y con todo lo que somos. Como consecuencia de este acto, nos consideramos en toda realidad como cosa y propiedad de Nuestra Señora, de que Ella podrá disponer libremente, siempre según la voluntad de Dios y la naturaleza de las cosas. En función de la donación que acaba de realizarse, Montfort nos hace decir en el Acto de Consagración: «Dejándoos entero y pleno derecho de disponer de mí y de todo lo que me pertenece… según vuestro beneplácito…».

            Esto es evidentemente una donación con todas sus consecuencias esenciales.

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            Debemos aquí prestar atención.

            Lo damos todo a Nuestra Señora. Montfort lo dice formalmente: nuestro cuerpo y nuestra alma, nuestros sentidos y nuestras facultades, nuestros bienes exteriores e interiores, nuestros méritos y nuestras virtudes [15].

            Sería, pues, un error fundamental pensar que le damos a la San­tísima Virgen únicamente lo que Ella puede aplicar a otros, es decir, el valor satisfactorio e impetratorio de nuestras buenas obras, y la eficacia de nuestras oraciones como tales, y que el resto, esto es, el 95% de la extensión de nuestra consagración, le sería solamente confiada en depósito, bajo pretexto de que le es imposible utilizar todo eso en favor de otros. Es una falsa concepción, que arruina la santa esclavitud de arriba abajo. Lo damos todo, incluso lo que por su propia naturaleza debe forzosamente, en cierto sentido, seguir siendo nuestro, porque nos es inherente, porque forma parte de nosotros mismos, de modo que dejaría de existir si fuera separado de nosotros.

            Pero la Santísima Virgen, se dirá tal vez, no puede transferir ni aplicar a nadie más que a nosotros mismos nuestra gracia santificante, nuestras virtudes, nuestros méritos propiamente dichos. Desde entonces, ¿puede hablarse de verdadera donación en esto?

            ¡Sí, por supuesto! Le damos algo a alguien desde el momento en que le reconocemos, libremente y sin obligación de devolución, el derecho de propiedad sobre una cosa que está en nuestra posesión. Por lo tanto, me doy enteramente a Nuestra Señora cuando le reconozco un derecho de propiedad sobre lo que soy y sobre lo que poseo.

            Está claro que la santísima Madre de Dios tan sólo podrá ejercer ese derecho de propiedad según la naturaleza de lo que le ha sido cedido. Ella podrá transferir a otros, si lo quiere, mis bienes temporales. Al contrario, mi cuerpo y mi alma, mis sentidos y mis facultades, en el orden natural, son bienes intransferibles, que no pueden ser comunicados a otros. En el orden sobrenatural Ella podrá aplicar a otras almas los valores secundarios de mis acciones, a saber el satisfactorio y el impetratorio, mientras que la gracia, las virtudes y los méritos propiamente dichos son por su propia naturaleza inaplicables a otros. Si la Santísima Virgen no puede comunicar estos valores sobrenaturales a otras personas, no se debe a la ineficacia o a la debilidad del derecho de propiedad que le reconozco sobre todo esto, sino a la naturaleza misma de lo que es objeto de este derecho.

            Y no nos imaginemos que eso sea algo tan raro. Alguien me regala una casa, un auto, un balón de fútbol y un fajo de billetes de banco. Todo eso es mío en adelante. ¿Por casualidad dejará de ser mía la casa porque no puedo darle puntapiés como a una pelota, o el balón porque no puedo vivir en él, o los billetes de banco porque no pueden servirme como medio de transporte?

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            Se podrá objetar aún que no puede haber aquí donación alguna. En efecto, la Santísima Virgen, al margen del acto que realizamos, posee ya un derecho de propiedad sobre todo lo que nosotros podamos ofrecerle.

            Y sin embargo nos damos a Jesús por María.

            Y ante todo, por lo que mira a mis oraciones, mis indulgencias y todos los valores sobrenaturales comunicables de mis acciones, no sólo tengo el poder, sino también el derecho de disponer de todo eso según mi voluntad. Por lo tanto, cuando cedo estos derechos a mi divina Madre, le doy realmente estos bienes sobrenaturales.

            Luego, suponiendo —como lo admitimos de buena gana— que la santísima Madre de Dios posee, juntamente con Jesús, un verdadero poder y un verdadero derecho de propiedad sobre todo lo que está fuera de Dios, nada nos impide hablar de donación a propósito de nuestra consagración total. En efecto, la donación, como observa Santo Tomas [16], no excluye forzosamente la obligación de ceder una cosa, ni los derechos de aquel a quien entregamos un objeto. Sí, es cierto, Cristo y su santísima Madre pueden hacer valer verdaderos derechos sobre lo que soy y lo que poseo; pero yo tengo la facultad de reconocer o ignorar estos derechos; y así, cuando por amor —y no por recompensa— reconozco libremente mi pertenencia a ellos, me doy realmente a Jesús por María, o en otras palabras me entrego a Ellos, como dice Mont­fort en su Consagración.

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            ¡Madre, me he dado a Ti!

            Sólo en esta entrega total de mí mismo podía descansar tu amor y el mío.

            He oído muchas veces —y jamás sin emoción— a madres preguntar a sus hijitos: «¿De quién es este niño?». Y cuando el pequeño, apretándose estrechamente contra el corazón de su madre, contestaba: «De mamá», se podía ver al punto cómo una ola inmensa de ternura invadía y sumergía a la dichosa madre…

            ¡Madre, sé que no puedo darte mayor gusto que decirte: Soy tuyo!…

            Te lo diré, pues, y te lo diré a menudo, muy a menudo: ¡Madre, soy tuyo!

            Te lo diré en cada instante, aceptándolo todo de tu mano, no refiriendo nada a mí mismo, haciéndolo y soportándolo todo por Ti, viniendo fielmente, como un hijo, a deponerlo todo en tus manos, en tu corazón.

            Un alma de buena voluntad, pero débil, nos escribía: «Digo cada día: Me doy enteramente a Jesús por María. Pero al minuto siguiente ya estoy retomando por partes lo que había dado. No puedo ser una verdadera esclava de amor, y sin embargo querría serlo. ¡Ya he tomado tantas veces excelentes propósitos!».

            Madre, así somos todos: de buena voluntad, pero tan frágiles, tan cambiantes…

            Cuando de nuevo te haya hurtado una porción de lo que te había entregado, vendré sencillamente a decirte: «Madre, una vez más volví a caer; una vez más robé algo de la oblación que te había hecho. Perdón, Madre. Te prometo portarme mejor».

            Haré eso cada día, estaré obligado a hacerlo a cada hora, más seguido tal vez… Pero estoy seguro que en tu incansable bondad sonreirás cada vez que vuelva a Ti. Y además me ayudarás, ¿no es cierto, Madre? Tú me sostendrás con tu fortaleza; Tú me educarás en tu esclavitud, pues le toca a las madres educar a sus hijitos.

            Y un día, Madre, repetiré definitivamente estas palabras… ¡Qué hermoso será el cielo, aunque sólo sea por permitirme repetir sin cesar y sin arrepentirme jamás: Madre, soy tuyo!


 

VI
Darse por entero

            Nuestra perfecta Consagración a la Santísima Virgen es una verdadera donación: significa entregarse como propiedad a Nuestra Señora, reconocerle un verdadero derecho de propiedad sobre todo cuanto somos y todo cuanto tenemos.

            Además de lo que se requiere para todo acto verdaderamente humano, a saber, conocimiento y voluntad libre, esta donación, para realizar la esencia de la santa esclavitud, ha de estar revestido de tres cualidades indispensables: debe ser total y universal, definitiva y eterna, y desinteresada o hecha por amor. Nuestro Padre lo enseña formalmente [17].

            En un capítulo anterior hemos resaltado el aspecto de donación en nuestra perfecta Consagración. Ahora querríamos llamar la atención sobre la totalidad y la universalidad del ofrecimiento que hacemos de nosotros mismos a Jesús por María.

            La enseñanza de Montfort no puede ser más clara al respecto. «Esta devoción consiste en darse por entero a la Santísima Virgen, para ser enteramente de Jesucristo por Ella…». Lo damos todo, «y esto sin reserva alguna, ni aun de un céntimo, de un cabello ni de la más mínima buena acción…» [18].

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            Madre, con alegría te lo repito: te he dado mi cuerpo con todos sus sentidos y sus miembros: ojos, orejas, boca y todo lo que es de este cuerpo, la vista, el oído, el gusto, el olfato, el tacto y todas las potencias que de algún modo dependen de la materia: imaginación, memoria, pasiones, todas las facultades de conocimiento y de apetito sensibles.

            Madre, te he dado mi alma, esta alma tan bella, tan grande, espiritual, inmortal, según la cual he sido creado a imagen y semejanza de Dios; mi alma con sus magníficas potencias de inteligencia y de libre voluntad, con todas las riquezas de saber y de virtud que en ella se encierran.

            Madre, te he dado mi corazón, mi corazón con sus abismos insondables de amor, con sus angustias y sus alegrías, con sus tempestades y sus arrebatos.

            Madre, yo mismo me he dado a Ti: no sólo mi cuerpo, mi corazón y mi alma, sino también mi ser, mi existencia, mi subsistencia propia, mi personalidad, que es el último toque dado a un ser intelectual. La verdad pura es que toda mi persona, yo mismo, soy tu cosa y tu propiedad.

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            Con lo que soy y lo que seré, te he dado también lo que poseo o lo que podré alguna vez poseer.

            Madre, te he dado y te doy de nuevo todos mis bienes materiales y temporales. Otros hermanos y hermanas mías en la santa esclavitud te han dado muchísimo en este campo: casas y propiedades, dinero y títulos, ricas joyas y muebles preciosos. Afortunadamente yo soy pobre; pero lo que poseo o lo que está solamente a mi uso, lo considero como tuyo: los vestidos que llevo, el alimento que tomo, los muebles y los libros de que me sirvo, el dinero que me es confiado. Madre, todo esto es tuyo. Como propietaria incontestada, puedes disponer de todo ello para dar o quitar. Todo eso lo recibiré de tus manos, y no lo usaré sino según tus designios.

            Madre, te abandonamos otros bienes preciosos, nuestra reputación, la estima que se nos tiene, el afecto que se nos muestra, el respeto de que se nos rodea… Madre, todos los lazos de la sangre y de la amistad, los lazos que nos unen a nuestros compañeros de religión, a nuestros hermanos y hermanas en la santa esclavitud, a quienes quieren vivir, trabajar, sufrir, luchar y morir con nosotros por el mismo ideal, el reino de Cristo por María: estos lazos y todos los demás están en tus manos con un derecho pleno y entero para atarlos y desatarlos. Te damos todas las almas que de algún modo son nuestras: tuyas son desde ahora en la misma medida en que son nuestras. Sabemos que así quedan aseguradas bajo tu manto real, dulcemente colocadas en tu Corazón materno.

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            Cuanto más pobres somos en bienes temporales, y sobre todo cuanto más desprendidos estamos de ellos, tanto más ricos podemos ser, Madre, en bienes interiores, sobrenaturales, que por consiguiente también tenemos la dicha de ofrecerte.

            Madre, tu esclavo de amor se da a Ti con todas las maravillosas riquezas sobrenaturales de que lo ha gratificado la munificencia de Jesús y la vuestra.

            Tuya es, Madre de los vivos, la vida divina que llevamos en nosotros, la gracia santificante, esta participación maravillosa de la vida misma de Dios, por la cual la Santísima Trinidad viene a morar en nosotros de manera nueva y misteriosa. ¡Qué tesoro, Madre, podemos ofrecerte de este modo: Dios mismo en nosotros!

            Tuyas son, Amadísima, las potencias de acción del hombre nuevo en nosotros: las virtudes infusas, teologales y morales, por las cuales estamos capacitados a realizar actos divinos, que merecen en estricta justicia la eterna visión del rostro de Dios. Tuyas son nuestras virtudes adquiridas, que son una facilidad y un hábito de vivir según las miras de Dios y las tuyas.

            Tuyos son los dones del Espíritu Santo, tu Esposo divino, esos dones que nos hacen dóciles y maleables a la acción adorable que, por Ti y contigo, ejerce en nuestras almas.

            Tuyas son, Soberana amadísima, todas las gracias actuales, todas las influencias divinas que nos llegan por Jesús y por Ti.

            Tuyos son los valores múltiples y preciosos de todas nuestras buenas obras: el valor meritorio, por el que nos aseguramos el crecimiento de vida divina en la tierra, y el aumento de gloria divina en la eternidad; el valor satisfactorio, que nos hace expiar los castigos merecidos por nuestras faltas y saldar las deudas de alma que hemos contraído; el valor impetratorio, por el cual nos aseguramos de nuevo la acción iluminadora, consoladora y fortificadora del Espíritu de Dios. Y esto te lo ofrecemos respecto a todas nuestras buenas obras, tanto las que ya hemos realizado hasta ahora, como las que realizaremos en el futuro.

            Tuya es, Tesorera del Señor, la virtud especial de todas nuestras oraciones, este poder formidable que el Señor nos ha conferido para obtenerlo y realizarlo todo.

            Tuyas son, Madre querida, las indulgencias que ganamos, estas letras de cambio preciosas, emitidas por la Iglesia, en el banco del Padre, contando con el inmenso depósito de las satisfacciones infinitas de Jesús, de las tuyas, oh María, y de todos los bienaventurados del Paraíso.

            Tuyo es, Madre, lo que otras almas, por agradecimiento o por caridad, por deber o por piedad, nos comunican de la virtud satisfactoria o impetratoria de sus oraciones y de sus buenas obras; tuya es, María, toda oración hecha por nosotros, todo sufrimiento soportado por nosotros, toda indulgencia ganada por nosotros, todas las Misas ofrecidas por nuestras intenciones, ahora y más tarde, incluso cuando nuestros ojos se hayan cerrado a la luz de esta tierra…

            Esta enumeración ya es larga, oh María: pero no es suficientemente larga para tu amor… ni para el nuestro. Tú deseas que aún alarguemos esta lista con algunos «dones»…

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            ¿Dones? ¿Son realmente dones, lo que podemos añadir aquí?

            Tú quieres, oh María, que nos demos a Ti tal como somos. Nos entregamos, pues, a Ti, no sólo con nuestro activo, sino también con nuestro pasivo, con nuestros pecados y nuestras faltas, nuestros defectos y nuestras debilidades, nuestras deudas y nuestras obligaciones. Querríamos no imponerte esta miserable carga, pero, juntamente con Jesús, Tú nos lo reclamas.

            Como tu Jesús a San Jerónimo en una memorable noche de Navidad en Belén, Tú nos dices también: «Hijo mío, dame tus pecados».

            Madre querida, no podemos negarnos a ello. Sabemos, puesto que eres Corredentora, que has cargado sobre Ti, juntamente con Jesús, los castigos de nuestras faltas: de mil maneras te las ingenias para que estas penas nos sean perdonadas; juntamente con Jesús has satisfecho por nosotros, miserables.

            Y si la mancha misma del pecado que llamamos venial se pega a nuestra alma, Tú velarás por que estas manchas sean lavadas y limpiadas por los sacramentos, por la contrición, por la penitencia, por la oración, por una vida santa, o por mil otros medios.

            Madre, casi no nos atrevemos a pensarlo: si uno de tus hijos y esclavos de amor cayese por desgracia en el pecado grave, Tú no le dejarás ni un minuto de respiro: con tu amor poderoso y con tus gracias irresistibles lo perseguirás y lo empujarás hacia el buen Pastor, que acoge con un gozo infinito a la oveja particularmente amada…

            Madre, nos damos a Ti con nuestras inclinaciones malas, con nuestra naturaleza corrompida, con nuestros miserables defectos, con nuestros vicios inveterados: somos impotentes para corregir, domar y refrenar todo esto. Tu fortaleza nos ayudará a realizar este milagro.

            Madre, Tú quieres aceptar también, lo sabemos, nuestras deudas y obligaciones con nuestros padres y amigos, nuestros benefactores y subordinados, con las almas que nos son confiadas, con las grandes intenciones de la Iglesia y las necesidades inmensas del mundo entero. Madre, confiadamente te abandonamos todo esto. Sabemos que Tú sabrás saldar estas hipotecas que recaen sobre nuestras almas, pagar ricamente todas estas deudas que pesan sobre nosotros, satisfacer regiamente a todas nuestras obligaciones…

            Madre, ahora comprendemos mejor la consoladora palabra de tu gran apóstol: que Tú eres el suplemento de todas nuestras deficiencias. Queremos rivalizar contigo en generosidad de amor, estando seguros de antemano, sin embargo, de que seremos vencidos… Si de buena gana abandonamos nuestra pequeña fortuna espiritual, algunos cientos de pesos apenas, para que Tú dispongas de ellos a tu gusto, Tú, para colmar nuestros déficits y cubrir nuestras deudas, pones a nuestra disposición tus millones espirituales, el incomparable tesoro de méritos y de gracias que el Señor te ha concedido.

            Cuando, de algún modo, hayamos cometido una falta por nuestra culpa o por inadvertencia, o dicho una palabra desafortunada, o realizado un acto fuera de lugar, iremos a Ti con la sencillez y la confianza del niño que lleva a su madre una pequeña obra que acaba de estropear: «Madre, de nuevo salió mal… He vuelto ha hacer una tontería. No debes extrañarte, ni yo tampoco. ¿No quieres reparar mi falta, hacer que esta palabra o este acto no tengan consecuencias funestas para mi alma o para otras almas, y menos aún para la gloria santa de Dios y tu reino bendito, oh María?».

            ¡Madre, qué contentos estamos de ser tuyos! ¡Qué felices somos de que te dignes aceptar nuestro pobre ofrecimiento y hacer tuyo el inmenso peso de nuestras deudas y debilidades!

            ¡Madre, qué bueno es ser tu esclavo de amor!


 

VII
Para siempre…

            Muchas veces nos han preguntado: ¿No puedo hacer mi consagración por algún tiempo, por un mes, por un año? ¿No puedo hacer un intento antes de comprometerme de manera definitiva?

            Por supuesto, nada nos impide entregarnos a la Santísima Virgen a modo de prueba. Ni podemos censurar tampoco a los directores que piden a sus penitentes que se ejerzan en la práctica interior de la verdadera Devoción, antes de permitir un compromiso definitivo.

            Pero se ha de saber, en todo caso, que con una consagración temporal no se es aún verdaderamente esclavo de Jesús en María.

            Los textos de Montfort no pueden ser más claros: «Se le debe dar… todo lo que tenemos… y todo lo que podamos tener en lo por venir en el orden de la naturaleza, de la gracia o de la gloria…, y esto por toda la eternidad» [19]. Y una de las diferencias esenciales entre el servidor y el esclavo es precisamente que «el servidor no está sino por un tiempo al servicio de su señor, y el esclavo lo está para siempre» [20].

            Nuestro mismo Acto de Consagración no nos deja ninguna duda: «Dejándoos entero y pleno derecho de disponer de mí y de todo lo que me pertenece… en el tiempo y en la eternidad».

            ¡Es tan natural, cuando se quiere amar con perfección a Nuestra Señora, darse a Ella para siempre!

            No darse para siempre es, a las claras, no darse por entero.

            El amor, un gran amor, apunta directamente a esta donación definitiva, aspira a una unión durable e indisoluble. Para el afecto humano, el «siempre» con que sueña es a veces de muy corta duración. Nuestro amor a Dios, a la santísima Madre de Dios, toma este «siem­pre» en serio, a la letra. Nos damos por toda la eternidad.

            Además, para la santificación de nuestra alma, este elemento de continuidad y de estabilidad es de grandísimo valor. Es uno de los motivos por los cuales los religiosos hacen votos perpetuos, y se comprometen para siempre a tender a la perfección, a la santidad. Por la santa esclavitud, el alma se siente fijada en Dios, en la Santísima Virgen. Es una garantía contra la inconstancia, la inestabilidad, la ligereza, que tanto mal hacen al alma.

«

            ¡Madre, somos tuyos para siempre!

            Nos es muy provechoso recordarnos y profundizar esta palabra, esta verdad.

            Para siempre…

            Para toda nuestra vida en este mundo.

            Tuyos son, María, los días tranquilos y soleados de nuestra primavera, las riquezas y los esplendores, la energía y la vitalidad de nuestro verano, pero también los días que vengan luego, que vienen ya, de actividad reducida, de follaje que cae y de luz que declina…

            Tuyos somos, Madre, en las horas fugitivas de alegría y de entusiasmo, y también en las horas de tristeza y de prueba, de tedio y de disgusto, de duda y de angustia, que a tu Hijo y a tu Dios le plazca enviarnos.

            Tuyos somos, Madre, en las horas tan dulces de la oración consolada y del inefable arrebato de la unión divina experimentada; pero también somos tuyos —no lo olvides— cuando la tentación nos acecha, la seducción nos invade y la tempestad estalla; tuyos, Madre, cuando la debilidad humana prevalece y está a punto de entrar el desaliento…

            Tuyos somos cuando la salud robusta alimente en nosotros la llama de la vitalidad y de la energía; tuyos también, cuando nuestras fuerzas declinen, cuando la enfermedad nos ataque; tuyos en nuestra última enfermedad, en nuestras luchas supremas, en la agonía, en la muerte

            ¡Es tan consolador, Madre divina, saber que rodeas el lecho de muerte de tus hijos y esclavos de amor con toda clase de precauciones, con mil atenciones maternas, que son otros tantos signos de que estás y permaneces con ellos! ¡Qué consoladora es la seguridad que nos da tu gran Apóstol, de que «asistes ordinariamente a la muerte dulce y tranquila de tus esclavos, para conducirlos Tú misma a los júbilos de la eternidad» [21]! ¡Es tan conmovedor saber que a veces incluso te muestras de manera visible a los más fieles de tus hijos en esos momentos temibles…! Todo eso muestra que, por nuestra consagración, somos tuyos en la vida y en la muerte, y que tienes mucho cuidado de no olvidarlo en esta hora decisiva y suprema. Confiamos, oh Bendita, en que, porque somos tuyos, nos conducirás por tu mano, o mejor dicho, nos llevarás en tu corazón, a través del temible túnel de la muerte, hacia la morada bendita de la Luz.

            Para siempre, sí: en la muerte y más allá de la muerte.

            Cuando, por la purificación suprema, estemos encerrados en las ardientes prisiones del Purgatorio, seremos tuyos, porque nos hemos dado a Ti para siempre. En cada suspiro de dolor arrancado a nuestra alma, volveremos a repetir: «Salve, Regina, Mater misericordiæ: Dios te salve, a Ti, que eres mi Reina en medio de estas llamas purificadoras, como lo fuiste en otro tiempo en medio de las lágrimas del exilio; pero también mi Madre de misericordia, de la que espero todo alivio y toda liberación».

            Para siempre…

            ¡Madre, nuestro cielo es tuyo! Nuestra corona de gloria y nuestra palma de inmortalidad la echaremos a los pies de tu trono. Nuestro corazón no puede contenerse de gozo al pensamiento de que, como consecuencia de nuestra donación, hecha en la tierra en un día inolvidable, toda nuestra eternidad será tuya. Piensa, oh María, en esta serie interminable de siglos de gloria y de felicidad, o más bien en este eterno ahora, este interminable e inmutable instante que abarcará todos los siglos, todos los millones de siglos…

            ¡Madre, qué contentos estamos de ofrecerte un regalo tan hermoso! Porque es un magnífico regalo el que, en un instante único, en un solo grito de amor, reunamos toda nuestra vida, todo nuestro pasado con los méritos que nos quedan, todo nuestro presente, y también todo nuestro futuro en la tierra, en el purgatorio y en el cielo; que recojamos y condensemos todo eso en un instante único, en un acto espléndido, para echarlo a tus pies; no, para encerrarlo en tu Corazón materno. ¡Eso es, Montfort tenía mucha razón de decirlo, amaros «de la mejor manera»!

«

            ¡Ojalá nuestro «para siempre» no sea una fórmula vana, una mentira miserable!

            Hay algunos —pocos, a Dios gracias— que retoman la palabra dada, violan un pacto sagrado, renuncian a su esclavitud. A estos los compadecemos. Son para nosotros, tanto ellos como quienes los dirigen, un verdadero enigma.

            Por nuestra parte, no hemos retractado formalmente nuestra donación. No hemos roto del todo los lazos que nos ataban a Ella. Pero por nuestras infidelidades pequeñas y grandes hemos retomado lo ya dado, hemos regateado, hemos partido nuestro «para siempre», hemos disminuido el valor de nuestra donación.

            A Jesús y a María les pedimos perdón por estos hurtos, les ofrecemos una retractación por estos robos, y les suplicamos humildemente nos concedan la fortaleza necesaria para una mayor fidelidad.

            Les prometemos no volver a arrebatarles voluntariamente un so­lo instante por el pecado, por muy «venial» que sea; les prometemos guardar intacta, de ahora en adelante, nuestra magnífica donación, cuanto a su extensión y cuanto a su duración; les prometemos acordarnos frecuentemente de vivir sin cesar nuestra donación

¡«para siempre»!


 

VIII
Por amor

            Tres son las cualidades requeridas para la esencia misma de nuestra perfecta Consagración a Jesús por María: que sea total, que sea definitiva, y que sea hecha por amor puro y perfecto a Dios y a su santísima Madre.

            Ahora nos toca examinar esta última cualidad.

 

Desinterés de la esclavitud de amor
hacia Nuestra Señora

 

            Nuestro Padre nos señala ya el «desinterés» como una de las cualidades de la verdadera Devoción a la Santísima Virgen en general: «Un verdadero devoto de María no sirve a esta augusta Reina por espíritu de lucro o de interés, ni para su bien temporal ni eterno, corporal ni espiritual, sino únicamente porque Ella merece ser servida, y Dios solo en Ella; no ama a María precisamente porque lo beneficia, o porque esto espera de Ella, sino porque Ella es amable» [22].

            Y cuando Montfort expone en detalle el Acto de Consagración, se expresa del siguiente modo: [Hay que dar todo a Nuestra Señora] «sin pretender ni esperar ninguna otra recompensa por nuestra ofrenda y nuestro servicio, que el honor de pertenecer a Jesucristo por Ella y en Ella, aunque esta amable Señora no fuese, como siem­pre lo es, la más liberal y la más agradecida de las criaturas» [23].

            Y al hablar de la última de las prácticas interiores de la perfecta Devoción a María, que son en suma nuestra Consagración puesta en práctica, nos advierte: «No debe pretenderse de Ella, como recompensa de los pequeños servicios, sino el honor de pertenecer a una tan amable Princesa, y la dicha de estar por Ella unido a Jesús, su Hijo, con vínculo indisoluble, en el tiempo y en la eternidad» [24].

            Para comprender todo esto debemos recordar algunos puntos de la doctrina católica sobre este tema, que no deja de ser difícil.

            Debemos amar a Dios con caridad perfecta, es decir, amarlo por Sí mismo y por encima de todos los seres. Este es el acto de la virtud teologal más elevada y preciosa.

            Con esta virtud teologal podemos y debemos amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos, y en primer lugar a la Santísima Virgen María, Madre de Dios y Madre de las almas.

            El amor a la Santísima Virgen es, pues, un acto de la más perfecta de las virtudes teologales, pues la amamos en Dios y por Dios.

            La caridad no es perfecta si se la practica directamente a causa de las ventajas o de los beneficios, incluso espirituales y sobrenaturales, que hemos recibido o esperamos recibir de Dios y de su divina Madre [25].

            No es que sea condenable o no sea bueno desear o buscar nuestra perfección y nuestra felicidad personal, con todo lo que a ella se refiere y todo lo que a ella conduce. Al contrario, tenemos el deber de hacerlo.

            Pero no es eso precisamente la caridad: todo eso tiene que ver más bien con la virtud de esperanza.

            El deseo y la prosecución de nuestra esperanza y de nuestra felicidad no son plenamente perfectos sino cuando son asumidos, informados y sobreelevados por la caridad. Lo cual se hace, por ejemplo, del siguiente modo: «Deseo y espero la santidad y la felicidad, y todo lo que es necesario y útil para alcanzarla. Todo eso lo deseo, ante todo, porque en la perfección y en la bienaventuranza consiste precisamente la unión de mi alma con Dios y con María, a la que aspira esencialmente la divina caridad; porque de esta manera puedo glorificar más perfectamente a Dios y a su santísima Madre».

            De este modo cada acto de esperanza y cada aspiración a nuestra perfección personal, y todo lo que de cerca o de lejos nos conduzca a ella, se convierte en un acto de puro amor a Dios y a la Santísima Virgen.

            La Iglesia nos enseña que no nos es posible establecernos en un estado habitual de permanente caridad «pura», de modo que la consideración de la recompensa o del castigo no tenga ya parte alguna en la vida de un alma [26].

            Por otra parte, es perfectamente conforme al espíritu de la Iglesia que nos ejercitemos en producir actos de caridad perfecta y pura para con Dios y la Santísima Virgen; que nos ejerzamos en hacer las propias acciones por la gloria del Altísimo y de Nuestra Señora, sin pensar explícitamente en las ventajas, incluso sobrenaturales, que pueden resultarnos de estos actos; y cuando este pensamiento de los provechos personales se presente a nuestro espíritu, captarlo y arrastrarlo en la corriente más rica de la caridad perfecta: «Dios mío, mi buena Madre, deseo y acepto todos estos progresos y ventajas personales, sobre todo para poder servirte y glorificarte más perfectamente con ellos, y estarte unido más íntimamente».

 

Consagración perfecta y caridad perfecta

 

            No se puede dudar de que nuestra Consagración total es uno de los actos más ricos de caridad perfecta hacia Dios y Nuestra Señora.

            Santo Tomás observa muy justamente: «El motivo que nos empuja a dar gratuitamente es el amor; pues damos algo a alguien gratuitamente porque queremos un bien para él. — [Esta es justamente la definición del amor: «velle bonum», querer el bien]. — La primera cosa, pues, que le damos, es el amor: y así el amor es el primer don, gracias al cual se dan todos los demás dones gratuitos» [27].

            La donación gratuita procede, pues, del amor, y no puede proceder sino de un amor verdadero y desinteresado.

            Ahora bien, por nuestra perfecta Consagración, hacemos la donación más completa y desinteresada de todo cuanto somos y de todo cuanto tenemos.

            Por lo tanto, es absolutamente evidente que esta donación es una de las manifestaciones más elevadas del amor perfecto a Dios y a su santísima Madre: «Amar perfectamente es darse, es entregarse… El amor, cuando es perfecto, entrega completamente el amante al amado. Es el acto distintivo y exclusivo del amor, ya que sólo él lo puede producir; es también su acto capital y decisivo: no puede producir otro mayor» [28].

            Retengamos, pues, las conclusiones siguientes:

            1º Nuestra perfecta Consagración es un acto elevadísimo de caridad perfecta hacia Dios y nuestra divina Madre.

            2º Cada renovación de nuestra Consagración significa igualmente un acto de perfecto y puro amor a Ellos.

            3º Cada ejercicio de la vida mariana, realizado en este espíritu, reviste el valor de un acto de caridad perfecta.

            Este pensamiento contribuirá no poco a hacernos estimar en su justo valor nuestra magnífica Devoción, y a hacérnosla practicar y vivir fielmente.

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            Una pregunta se plantea ahora: ¿cómo conciliar esta doctrina con las promesas que San Luis María de Montfort vincula a la práctica fiel de la perfecta Devoción, promesas que él mismo asigna como motivos de esta práctica?

            En efecto, Montfort consagra decenas de páginas de su querido Tratado a describir los «efectos maravillosos que esta devoción produce en las almas fieles» [29]. Y los motivos por los cuales nos incita a esta práctica fiel pueden ser reducidos, en gran parte, a las ventajas espirituales que nos procura [30]. Es particularmente conocida esta afirmación típica de nuestro Padre en el 8º motivo: «La divina María, siendo la más honrada y la más liberal de todas las criaturas, nunca se deja vencer en amor y en liberalidad; y por un huevo, dice un santo varón, da Ella un buey [31]: es decir, por poco que se le dé, da Ella mucho de lo que ha recibido de Dios» [32].

            Las relaciones entre el deseo, la búsqueda de la recompensa y el puro amor de Dios, son una cuestión sutil, sobre la cual raramente se encuentra, incluso en los escritores espirituales y en los teólogos, una exposición clara, completa y satisfactoria.

            No es este el lugar para extendernos en consideraciones teológicas profundas sobre este tema. Daremos solamente lo que nuestros lectores pueden comprender y deben saber sobre este punto.

            El más perfecto y puro amor de Dios no excluye de ningún modo el amor bien comprendido de sí mismo; al contrario, debemos amarnos a nosotros mismos con caridad sobrenatural, en Dios y por Dios, y por lo tanto, desear nuestra propia felicidad y apuntar a nues­tra perfección. Esta intención o tendencia a nuestro perfeccionamien­to personal, puede ser una manifestación de la más perfecta y pura caridad para con Dios. Igualmente, apuntar a la unión con Dios y a todo lo que esta unión supone o comporta, es una necesidad imperiosa, y por ende una manifestación auténtica, de nuestra caridad divina.

            Así, pues, de la práctica de la santa esclavitud podemos esperar muy legítimamente libertad interior, liberación de los escrúpulos, desarrollo magnífico de nuestra vida divina, adelantamiento hacia Dios por un camino corto, seguro y fácil: todo eso es unión con Dios y con María, o medio para llegar a ella; de donde resulta que esta espera, este deseo, esta esperanza, no es en resumen más que un acto de verdadera caridad para con Dios y para con su santísima Madre.

            Nuestra caridad perfecta para con Dios y su santísima Madre no excluye, por lo tanto, el deseo y la esperanza de la recompensa: este deseo, esta esperanza, son asumidos y arrastrados en la corriente más rica y preciosa de la caridad. Nuestra santidad y nuestra bienaventuranza, por otra parte, son la mejor glorificación de Dios y de su divina Madre.

            Todo esto se encuentra compendiado en la palabra de Montfort cuando escribe: [No hay que] «pretender ni esperar ninguna otra recompensa por nuestra ofrenda y nuestro servicio, que el honor de pertenecer a Jesucristo por Ella y en Ella» [33]. Y en otra parte: «No debe pretenderse de Ella, como recompensa de los pequeños servicios, sino el honor de pertenecer a una tan amable Princesa, y la dicha de estar por Ella unido a Jesús, su Hijo, con vínculo indisoluble, en el tiempo y en la eternidad» [34].

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            Por ahí mismo cae otra objeción, que a veces hemos oído plantear contra esta Devoción perfecta a María: «Este amor puro que pide la verdadera Devoción es muy difícil de practicar. Sólo las almas selectas son llamadas a esta práctica».

            Es tal vez muy frecuente exagerar en demasía la dificultad de practicar la pura caridad para con Dios. Y se olvida que el amor perfecto a Dios, el amor que Dios tiene por Sí mismo, al menos en su grado inferior, esto es, hasta excluir el pecado mortal, no es de consejo, sino estrictamente obligatorio para todos los hombres bajo pena de pecado grave. Por lo tanto, ha de ser posible y accesible a todos. Y si no estamos estrictamente obligados a practicar la caridad perfecta en sus grados superiores, no por eso dejamos todos de ser llamados e invitados a ellos.

            Por eso no hay que exagerar tampoco la dificultad del amor desinteresado y perfecto a María.

            La caridad que aquí se requiere no es un amor sensible o sentido, el amor de las facultades sensitivas en nosotros; sino que se trata del amor razonado o razonable, el amor de voluntad, que es el verdadero amor humano. Quienquiera reflexiona en las grandezas, en la belleza, en la santidad y en la bondad de la Santísima Virgen puede, con la ayuda de la gracia que nunca le falta, amar a María por Sí misma y en Sí misma, o más bien por Dios y en Dios, y no por su propio provecho, y consiguientemente darse a Ella y servirla por el mismo motivo elevado.

            Todos los hombres son llamados al amor puro de Dios y al servicio perfecto de María. Si muy pocos hombres contestan plenamente a este llamamiento, eso no cambia nada al llamamiento mismo. Eso muestra solamente nuestra falta de generosidad, nuestra cobardía para olvidarnos y renunciarnos a nosotros mismos; pues este olvido y renuncia son necesarios para llegar al servicio perfecto de Dios y de su dulcísima Madre.

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            Decíamos más arriba que saber que nuestra verdadera Devoción es la expresión elevadísima del más puro amor, debiera darnos una gran estima por nuestra vida mariana.

            La estima no basta.

            En la Edad Media se buscó con pasión la llamada «piedra filosofal», que debía permitir transformar en oro los metales más viles.

            El puro amor de Dios y de María, cuando nuestra vida queda impregnada de él, es esta verdadera piedra filosofal, que transforma nuestras acciones más ordinarias en el oro más precioso.

            Seamos dichosos de haber encontrado este tesoro, y usémoslo sin cesar.

            Introduzcamos frecuentemente en nuestra vida este pensamiento, de manera neta, formal y explícita: ¡Todo por amor a Dios y a su santísima Madre!

            Hagámoslo por medio de una breve fórmula verbal, o mejor aún, por un acto puramente espiritual e interior; pero digamos y repitamos en cada ocupación que comenzamos, en cada oración que elevamos, en cada cruz que recibimos:

            ¡Dios mío, te amo: por amor me entrego a Ti por María!

            ¡Mi dulce Madre, por puro amor quiero pertenecerte enteramente y para siempre!

            ¡Todo por amor a Ti, Jesús, y por amor a tu venerada Madre!

            ¡Todo por amor a Jesús y a María!


 

IX
A Jesús por María

            La base y el punto de partida de la vida mariana en el espíritu del Padre de Montfort consiste en la donación total y definitiva de sí mismo a la Santísima Virgen, y por Ella a Jesús. Debemos subrayar ahora este último punto.

            Se ha visto de todo. ¿No se ha dicho y escrito, después de la Consagración del mundo al Corazón Inmaculado de María, que el movimiento mariano montfortano no tenía nada que ver con este acontecimiento, que la Consagración de San Luis María no se dirigía a la Santísima Virgen, sino a Jesús? No vamos a contestar extensamente a semejantes aserciones. Hay que estar voluntariamente ciego para no ver la evidencia misma. El solo texto de la Consagración del Padre de Montfort basta ampliamente para convencernos de ello.

            Más frecuentemente se presenta la siguiente objeción: «Quiero ser y soy de Cristo, de Dios. ¿Cómo y por qué darme a María? Esta Consagración a María, ¿no impide o daña acaso la orientación obligatoria de nuestra alma hacia Cristo, hacia Dios?».

            En el último volumen de esta serie trataremos ex profeso esta cuestión. Recordaremos entonces la doctrina y daremos indicaciones lo suficientemente detalladas para la práctica. En la presente explicación de la Consagración misma nos tenemos que limitar a explicaciones más breves; sin embargo, esperamos que ilustrarán suficientemente que tanto en la Consagración como en la vida de dependencia y de unión que es su consecuencia, siempre se concede fielmente a Dios y a Cristo el primer lugar, y que aplicamos aquí leal y plenamente la gran divisa cristiana, universalmente aceptada: A Jesús por María.

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            Notemos ante todo que nuestra Consagración se hace a Jesús, a Jesús y a María, a Jesús por María. Los testimonios de San Luis María de Montfort sobre este punto son tan formales como numerosos.

            En el «Tratado de la Verdadera Devoción» nos dice: «Cuando más un alma esté consagrada a María, tanto más lo estará a Jesucristo… Esta devoción consiste, pues, en darse por entero a la Santísima Virgen, para ser enteramente de Jesucristo por Ella… Se sigue de ello que uno se consagra al mismo tiempo a la Santísima Virgen y a Jesucristo; a la Santísima Virgen, como al medio perfecto que Jesucristo ha elegido para unirse a nosotros y unirnos a El; y a Nuestro Señor como a nuestro último fin, al cual debemos todo lo que somos, como a nuestro Redentor y a nuestro Dios» [35].

            Y en «El Secreto de María» formula una afirmación tan clara como categórica: «[Esta devoción] consiste en darse enteramente, en calidad de esclavo, a María y a Jesús por Ella» [36].

            No hace falta decir que el texto mismo de la Consagración es aquí el argumento decisivo. En él se lee: «Me doy por entero a Jesucristo, la Sabiduría encarnada, para llevar mi cruz en su seguimiento todos los días de mi vida. Y a fin de serle más fiel de lo que le he sido hasta aquí, os elijo hoy, ¡oh María!, en presencia de toda la corte celestial, por Madre y Dueña mía. Os entrego y consagro, en calidad de esclavo, mi cuerpo y mi alma, mis bienes interiores y exteriores, y aun el valor de mis buenas acciones pasadas, presentes y futuras».

            Por lo tanto, nos damos a Jesús y a María, en orden principal a Cristo como a nuestro fin último, secundariamente a la Santísima Virgen, que es nuestro camino inmaculado y perfecto para ir a Cristo y a Dios. Y de este modo nos adaptamos totalmente al plan redentor de Dios, libremente decidido por El, que exige que en el orden sobrenatural lo tengamos todo, absolutamente todo, por Jesús y por María: por Jesús como causa principal de todo ser y de todo obrar en el orden de la gracia, y también de María, causa subordinada pero universal, de la Encarnación, de la Redención, de la Santificación y de la gracia.

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            A algunas personas les parece extraño, cuando no imposible, pertenecer a la vez a Jesús y a su santísima Madre. Se trata de una dificultad aparente, que no resiste a la reflexión seria. Los mismos objetos, los mismos muebles, el mismo dinero, la misma casa pertenecen al marido y a la esposa, al padre y a la madre en nuestros hogares cristianos, que se funden habitualmente en comunidad de bienes. Nada se opone a esta posesión en común, que no comporta ninguna dificultad cuando la armonía y la paz reinan en el matrimonio. De modo parecido, no hay el menor inconveniente ni la menor dificultad en que pertenezcamos simultáneamente a Jesús y a María, que viven en una unidad inmutable de alma, de amor y de voluntad.

            Así lo comprendieron y practicaron —y esto debe tranquilizar a las almas escrupulosas en la materia— los apóstoles y los privilegiados del divino Corazón de Jesús. El Padre Mateo, incomparable apóstol contemporáneo del Rey de Amor, es esclavo de Nuestra Señora. Y lo es, «porque sé que al pasar por María amo más a Jesús; le doy un gusto inmenso, me adapto a sus designios providenciales, y centuplico el pobre valor de mi ofrecimiento. Realzo el valor de mi holocausto ofrecido sin cesar en el altar del Corazón de María, mi Reina, mi Mediadora y mi Madre» [37]. Y Santa Margarita María misma, cuya vida puede presentarse verdaderamente como la personificación del «Per Mariam ad Jesum», declara en un magnífico Acto de Consagración: «Santísima, amabilísima y gloriosísima Virgen, Madre de Dios y nuestra querida Madre, Maestra y Abogada, a quien nos hemos dado y consagrado enteramente, gloriándonos de perteneceros en calidad de hijas, siervas y esclavas en el tiempo y para la eternidad: de común acuerdo nos echamos a vuestros pies para renovar los compromisos de nuestra fidelidad y esclavitud hacia Vos, y suplicaros que en calidad de cosas vuestras nos ofrezcáis, dediquéis, consagréis e inmoléis al Sagrado Corazón del adorable Jesús, con todo lo que hagamos o suframos, sin reservarnos nada» [38].

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            En nuestra consagración, pues, se respeta y se realiza plenamente nuestra pertenencia a Jesús. En la vida de unión, que tratamos de llevar como consecuencia de esta donación, el Maestro conserva plenamente el lugar único que le corresponde en nuestra vida. Hemos dicho que en una publicación ulterior volveremos más extensamente sobre el tema. Nos limitamos aquí a algunos pensamientos rápidos para tranquilizar a las personas temerosas de que la vida mariana perjudique su vida de intimidad con Cristo, con la Santísima Trinidad que vive y habita en su alma.

            Vivimos nuestra consagración por medio de las prácticas interiores: «Hacer todas las acciones por María, con María, en María y para María». Pero nuestro Padre nos hace observar que es «a fin de hacerlas más perfectamente por Jesucristo, con Jesucristo, en Jesucristo y para Jesucristo» [39].

            El verdadero esclavo de María no vive solamente en dependencia y unión con la Santísima Virgen, sino sobre todo en dependencia y unión con Jesús. Por regla general —pueden haber excepciones por atractivos de gracia— el esclavo de amor de Nuestra Señora vive su vida explícitamente con Jesús y con su Madre, con Jesús por María.

            Recordemos además que no sólo la verdadera Devoción puede y debe ir acompañada de la vida de unión con Cristo, sino también que por los actos directos de amor y de veneración a la Santísima Virgen honramos, amamos y servimos al adorable Jesús, nuestro Salvador y Señor.

            En efecto, somos los esclavos de amor de Nuestra Señora, porque Jesús mismo nos ha dado el ejemplo acabado de esta vida de per­tenencia y dependencia.

            Somos también los esclavos de amor de la Reina, y queremos vivir como tales, porque creemos que así respetamos del mejor modo posible la voluntad de Cristo Dios, que ha querido que su Madre desempeñe un papel tan grande en todas sus obras de gracia.

            Somos los esclavos voluntarios de Nuestra Señora, porque estamos convencidos de que este es el camino más corto, más seguro y más perfecto para llegar a la unión divina: «Si, pues, establecemos nosotros la sólida devoción a la Santísima Virgen, no es sino para establecer más perfectamente la de Jesucristo, no es sino para dar un medio fácil y seguro para encontrar a Jesucristo… Esta devoción nos es necesaria para encontrar a Jesucristo perfectamente, amarlo tiernamente y servirlo fielmente» [40].

            Finalmente, y sobre todo, todo acto de amor y de respeto para con la Santísima Virgen es forzosamente, para quien conoce la doctrina cristiana, un homenaje de amor y de veneración para con Jesucristo. Pues honramos y amamos a Nuestra Señora ante todo en cuanto que Ella es la Madre de Jesús, la Madre de Dios, y luego en cuanto que es llena de gracia, es decir, llena de la vida de Jesús, en quien Ella se encuentra transformada mucho más que San Pablo o que cualquier otro santo: ya no es Ella la que vive, sino que Cristo es quien vive en Ella.

            Por eso Montfort tiene razón de escribir: «Nunca se honra más a Jesucristo que cuando se honra más a la Santísima Virgen» [41].

            Resumiendo, nuestra Consagración es una donación a Jesús por María; nuestra vida es una vida de unión con Jesús y con María. Lejos de ser un obstáculo para la intimidad con Cristo, la vida mariana es, al contrario, el mejor medio para llegar a ella.

            Dulce Madre de Cristo, revélanos a tu Jesús, haz que lo amemos y vivamos de El. Y con ello prueba a todos el valor inefable del secreto de gracia que nos has revelado.

            Adorabilísimo y amabilísimo Jesús, haznos participar de tu incomparable amor a tu Madre, de tu vida de dulcísima intimidad y dependencia para con Ella, a fin de que toda nuestra vida sea la realización de la gran y amada divisa: ¡A Jesús por María!


 

X
“En calidad de esclavo”

            En los últimos decenios, la perfecta Devoción a la Santísima Virgen se difundió de manera asombrosa en el mundo, y especialmente en Bélgica.

            No siempre fue sin esfuerzo.

            Como esta es una de las manifestaciones más preciosas de la vida cristiana, y uno de los medios más eficaces para promover la gloria de Dios y el reino de Cristo, es perfectamente normal que su difusión se tope con serias dificultades.

            Una de las que hemos tenido que superar sin cesar es el temor y la repugnancia que inspira a primera vista el nombre de nuestra excelente devoción a Nuestra Señora.

            ¡Cuántas veces hemos oído decir: «Quiero ser hijo de María, pero no su esclavo… Es más perfecto llamarse hijo que esclavo de la Santísima Virgen»!

            La mayoría de nuestros esclavos de amor comprenden y aprecian este nombre. Hay otros que guardan una cierta aprensión por la palabra y sólo difícilmente se acostumbran a las resonancias peyorativas que comporta.

            Nuestros asociados, y sobre todo nuestros propagandistas, deben estar bien instruidos, y bien armados de veras, para las luchas que a veces deben librar o sostener.

            Por eso es útil, si no necesario, examinar a fondo este nombre, y tratar de él un poco más extensamente. Dígnese Nuestra Señora amadísima conceder sus gracias de luz convincente a los capítulos que vamos a consagrar a este tema.

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            Montfort no duda en llamarnos «esclavos, esclavos de amor y de voluntad» de Jesús y de María.

            En «El Secreto de María» [42] escribe tranquilamente que la devoción a la Santísima Virgen «consiste en darse por entero en calidad de esclavo a María, y a Jesús por Ella». Y en el Acto de Consagración, que proviene, es cierto, no del «Tratado de la Verdadera Devoción», ni de «El Secreto de María», sino del «Amor de la Sabiduría eterna», nos hace decir: «Os entrego y consagro, en calidad de esclavo, mi cuerpo y mi alma…».

            En su doble trabajo mariano, nuestro Padre describe extensamente la diferencia que hay entre un siervo y un esclavo, y demuestra que debemos pertenecer a Jesús y a María, no sólo como siervos, sino también como esclavos voluntarios de amor [43].

            Algunos, en otro tiempo, pensaron poder o deber resolver la dificultad suprimiendo de los escritos de Montfort —¡así de simple!— toda mención de esclavitud. Es una solución que, evidentemente, no podemos aceptar ni aplicar. Sería mutilar la obra de nuestro Padre y saquear su herencia. Y si bien es cierto que el nombre o la expresión no es lo más importante, no es menos cierto que si se abandona el verdadero nombre, se corre el riesgo de falsificar el verdadero espíritu de la devoción mariana montfortana.

            Por lo tanto, sin dar una importancia exagerada al nombre, debemos conservarlo, explicarlo y defenderlo, incluso si esta actitud presenta inconvenientes desde el punto de vista de la propaganda.

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            En las presentes líneas esperamos poder condensar lo que hay que pensar de este nombre. Y luego, en las páginas siguientes, nos esforzaremos por explicar y justificar estas diversas proposiciones.

            El nombre de esclavo, aplicado al alma para designar sus rela­ciones con Dios, con Jesucristo y también con la Santísima Virgen, es una palabra plenamente cristiana, porque es tradicional y escri­turaria. Pero debe ser entendida en su acepción únicamente esencial. Sin decir todas las relaciones del alma cristiana con Dios y con la Santísima Virgen, es la única palabra que exprese de un solo golpe nuestra pertenencia total, definitiva y gratuita a Jesús por María. Sin embargo, no hay que dar una importancia exagerada a una palabra en cuanto tal; para practicar perfectamente la verdadera Devoción a Nuestra Señora no es absolutamente necesario servirse de ella; mas no sería sensato tampoco alejarse de la práctica más excelente de devoción hacia la Santísima Virgen a causa de las resonancias peyorativas que parecen vincularse a una palabra.

            Mostremos ante todo que esta palabrita terrible (?) se encuentra frecuentemente en la tradición cristiana, y eso en la boca y en la pluma de aquellos que son considerados generalmente como los testigos auténticos del verdadero sentido cristiano.

            Así, el santo Cura de Ars se había ligado por voto a la santa esclavitud de María. Más tarde estableció en Ars la cofradía de la santa esclavitud, y tenía la costumbre de decir que quienquiera tomaba en serio su salvación, debía entrar en esta saludable cofradía.

            San Alfonso de Ligorio, Doctor de la Iglesia y uno de los mayores devotos de María que jamás haya visto el mundo, hace decir a sus hijos: «Oh Madre del amor hermoso, aceptadme como vuestro siervo y esclavo eterno. Mi reino en este mundo será servir a vuestro Jesús y serviros a Vos misma, oh la más hermosa de las Vírgenes. No quiero ya ser mío, sino que quiero ser sólo vuestro, en la vida y en la muerte».

            Sería fácil, en los siglos XVII y XVIII, citar a un sinnúmero de hombres santos e ilustres, que estaban orgullosos de llamarse esclavos de amor de la Reina del cielo: San Juan Eudes, el Cardenal de Bérulle, el Padre Olier, etc. Igualmente, series enteras de obispos belgas de esta misma época reclaman para sí este verdadero título de nobleza.

            Santa Margarita María, la esposa amante y confidente del Corazón de Jesús, sabía que esta santa esclavitud en nada pone trabas al más íntimo trato de amor con El. Por eso escribe en un admirable Acto de Consagración: «Santísima, amabilísima y gloriosísima Virgen, Madre de Dios…, a quien nos hemos dado y consagrado enteramente, gloriándonos de perteneceros en calidad de hijas, siervas y esclavas en el tiempo y para la eternidad: de común acuerdo nos echamos a vuestros pies para renovar los compromisos de nuestra fidelidad y esclavitud hacia Vos, y suplicaros que en calidad de cosas vuestras nos ofrezcáis, dediquéis, consagréis e inmoléis al Sagrado Corazón del adorable Jesús… No queremos tener otra libertad que la de amarlo, ni otra gloria que la de pertenecerle en calidad de esclavas y víctimas de su puro amor… Queremos hacer consistir toda nuestra felicidad en vivir y morir en calidad de esclavas del adorable Corazón de Jesús, hijas y siervas de su santa Madre».

            San Ignacio de Loyola, en la Meditación sobre el misterio de Belén, se considera a sí mismo como un «pobrecito esclavito indigno» de la Sagrada Familia.

            Es notable, por otra parte, que nuestra Consagración total, con el nombre que le da Montfort, se encuentra en un gran número de Ordenes muy antiguas, como los Cartujos, los Trapenses, los Carmelitas, etc.

            Hermosísima es la oración que el gran San Buenaventura dirige a María: «Gloriosísima Madre de Dios, Dueña del universo y Soberana de todo el género humano, a quien la corte celestial sirve con todos los Angeles, Arcángeles, Querubines, Serafines y todos los coros de los espíritus bienaventurados; yo, el más vil de los hombres y de las creaturas, espontáneamente, después de al Señor mi Dios, me entrego por entero como esclavo a Vos, Dominadora de las naciones y Reina de los reyes. Me despojo de todo derecho y de toda libertad, en la medida en que los poseo, para deponerlos por siempre en vuestras manos. Poseedme, Soberana, usadme, tratadme y empleadme como vuestro esclavo. Oh Soberana, os suplico que obréis así, y que no despreciéis la dependencia de vuestro siervo. Sed Vos mi Soberana eterna, y sea yo vuestro esclavo eterno mientras Dios sea Dios, a quien sea el honor y la gloria por los siglos de los siglos. Amén».

            San Bernardo, el «Doctor melifluo», exclama: «No soy más que un vil esclavo, que tiene el gran honor de ser el siervo del Hijo al mismo tiempo que de la Madre».

            El célebre monje, Notker de Liège, se declara «indignum San­ctæ Mariæ mancipium: el indigno esclavo de Santa María».

            Del Papa Juan VII (comienzos del siglo VIII) no nos quedan más que dos inscripciones, que dicen en griego y en latín: «Esclavo de la Madre de Dios».

            San Ildefonso nos aporta el testimonio de su país, España, en el siglo VII, cuando escribe: «Para ser el devoto esclavo del Hijo, aspiro a la fiel esclavitud de la Madre».

            Los siglos más remotos del cristianismo dan testimonio en favor de esta noble y santa esclavitud. En las ruinas de Cartago se encontró un gran número de inscripciones, que se remontan según unos al siglo VI, según otros al siglo IV, en las que los cristianos de ese tiempo se proclaman «esclavos de la Madre de Dios».

            Tenemos, por fin, una prueba decisiva, suficiente por sí misma, de la legitimidad de la palabra, en el catecismo compuesto según los deseos del Concilio de Trento, y destinado a enseñar a los fieles la verdadera y sana doctrina cristiana en esos tiempos de innovadores y de herejes. En él se afirma que es «muy justo que nos demos para siempre a nuestro Redentor y Señor no de otro modo que como esclavos: non secus ac mancipia».

            ¿No es asombroso que con testimonios tan formales y tan autorizados haya aún quienes puedan y se atrevan a poner en duda la ortodoxia de esta denominación tan cristiana?

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            Hasta ahora no se ha escrito una historia completa y profunda de la santa esclavitud. Sería muy deseable que se emprendiera esta obra. ¿Qué joven Montfortano cautivado por su ideal, o qué otro sacerdote de María se sentirá llamado a esta tarea, ardua pero preciosísima? Estamos persuadidos de que trabajadores inteligentes, concienzudos y tenaces, harían verdaderos descubrimientos en este terreno, como lo prueban los datos recogidos, por ejemplo, por Kronenburg C. SS. R. en Holanda, el Padre Delattre de los Padres Blancos en Cartago, Monseñor Battandier en Roma, etc.

            Por lo que a ti se refiere, apreciado lector, repasa con tu corazón, a modo de oración, los hermosos testimonios que hemos citado más arriba. ¡Nos es tan provechoso repetir nuestra pertenencia total a María por los labios y por el corazón de estas grandes almas cristianas y marianas!

            Entonces veremos cómo es cierto, según el decir de San Alfonso, que para nosotros «reinar en esta tierra será precisamente servir como esclavos a Jesús y a su dulce Madre».

            Que nuestra firma vaya siempre acompañada de la expresión de nuestra pertenencia total: que la fórmula E. d. M. (esclavo de María), u otra semejante, sea inseparable de nuestro nombre.

            Así firmaba invariablemente San Luis María de Montfort, nues­tro Padre y modelo: Luis María de Montfort, sacerdote y esclavo indigno de Jesús en María.


 

XI
La santa esclavitud en la Escritura

            Queda claro que no hay que dar una importancia exagerada a una palabra como tal, al nombre, en este caso, de esclavitud de la santa Madre de Dios. Pero como la palabra ha dado muchas veces materia a objeción, y como más de una vez se ha pretendido que era anticristiana, debemos estudiarla un poco más ampliamente para defenderla y explicarla. Vamos a demostrar que es escrituraria, empleada por la misma Escritura para expresar nuestras relaciones para con Dios, para con Jesucristo, y lo que es más, empleada frecuentemente en el Nuevo Testamento, bajo la ley de amor y de filiación; y que, por consiguiente, es absolutamente imposible que se encuentre en contradicción con el verdadero espíritu del cristianismo, tal como lo promulgó Cristo, nuestro Doctor y Legislador.

            Es indudable que los Apóstoles tenían el espíritu auténtico querido por Cristo. Pues bien, ellos no titubean en proclamarse esclavos de Dios, esclavos de Cristo, sirviéndose para ello de la palabra griega doulos, que a menudo no puede tener otro significado [44].

            San Pedro nos llama «esclavos de Cristo» en un pasaje que se dirige formalmente a los «hombres libres» [45]. Para San Pablo todos los hombres, sean esclavos o libres en la sociedad humana, son «esclavos de Dios, esclavos de Jesucristo» [46].

            Los Apóstoles se llaman a sí mismos «esclavos de Jesucristo», y por lo tanto no consideran este título y apelación como por debajo de su dignidad de hijos de Dios y de enviados de Jesucristo. Así se expresan San Pedro [47], San Judas [48], Santiago el Menor [49], y muchas veces San Pablo [50]. Aparentemente es para ellos un honor, un gran honor, ser llamados así, puesto que inscriben esta apelación en el encabezado de sus cartas apostólicas.

            Nuestra Madre misma no retrocede ante esa denominación; al contrario, parece amarla especialmente, puesto que, en las dos ocasiones en que Ella tuvo que determinar su actitud respecto de Dios, se llama humildemente la esclava del Señor: «He aquí la esclava del Señor», declara al Arcángel que le trae la gran Nueva; «Ha mirado la pequeñez de su esclava», canta en casa de Santa Isabel cuando esta exalta los esplendores de su maternidad divina…

            Y —¿cómo se pudo olvidar?— de Cristo mismo dice San Pablo que to­mó «la forma de esclavo»; y a este título hizo todo lo que conviene al esclavo: «se hizo obediente» (pues un esclavo debe obedecer) «hasta la muerte» (el dueño tenía sobre su esclavo derecho de vida y muerte) «y muerte de cruz» (la muerte de cruz estaba reservada a los esclavos) [51]. Ahora bien, el Apóstol, al comienzo de este magnífico pasaje, nos recomienda tener los mismos sentimientos y las mismas disposiciones que Cristo Jesús: y así nos exhorta formalmente, no sólo a la humildad y a la obediencia, sino a la santa y preciosa esclavitud.

            ¿Será preciso repetirlo? Una apelación que el mismo Espíritu de Dios da, no sólo a los cristianos, sino también a los Apóstoles, a la Reina de los Apóstoles, y al mismo Rey de gloria, no puede contener nada de deshonroso, de envilecedor, ni nada que pueda estar, de cualquier modo que sea, en oposición con el verdadero espíritu cristiano.

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            Seríamos tal vez demasiado incompletos si no hiciéramos notar que los Apóstoles se llaman esclavos de Dios y de Cristo, no sólo como de paso, sino apoyándose en esta cualidad, insistiendo en ella, y exprimiéndola a fin de sacar de ella consecuencias prácticas para sí mismos y para los fieles.

            Es evidente que un esclavo debe vivir para su señor, y para él solo. San Pablo concluye de ahí que debe tratar de agradar sólo a Cristo, y eso es para nosotros una lección importante: «¿Busco acaso complacer a los hombres? Si todavía tratase de complacer a los hombres, no sería esclavo de Cristo» [52].

            En otra parte vuelve sobre el mismo pensamiento: «Obedeced no sólo cuando vuestros amos tienen los ojos puestos en vosotros, como quienes buscan agradar a hombres, sino como esclavos de Cristo, haciendo la voluntad de Dios con toda el alma, sirviendo con buena voluntad al Señor y no a los hombres» [53].

            Los siguientes deberes que el Apóstol impone a su discípulo Timoteo son para él, evidentemente, la consecuencia de nuestra condición de esclavitud respecto de Cristo, y esta palabra es, una vez más, una indicación preciosa para nuestra propia conducta: «El esclavo del Señor no debe pelearse, sino ser manso para con todos, atento a enseñar, sufrido, que con mansedumbre instruya a los adversarios, por si tal vez les inspira Dios arrepentimiento que los lleve al pleno conocimiento de la verdad» [54].

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            Hay textos de la Escritura, es cierto, que parecen excluir para los cristianos esta denominación de esclavo, y que estarían por tanto en oposición con los pasajes que acabamos de citar. Pero, si se los estudia en el contexto en que están situados, es fácil resolver las objeciones que parecen plantear.

            En su discurso de despedida Jesús dice a sus Apóstoles: «Ya nos os llamo siervos, esclavos… A vosotros os he llamado amigos» [55].

            Estas palabras no pueden querer decir que Jesús condena de ahora en adelante esta denominación. En efecto, tres de los apóstoles presentes en la última Cena, Pedro, Santiago y Juan, al escribir bajo la inspiración del Espíritu Santo, se dirán más tarde con orgullo «esclavos de Jesucristo». Observemos, pues, que Jesús no dice: «Vosotros ya no sois mis esclavos», sino «Ya no os llamaré más así». El amor condescendiente del Maestro —así es el amor— quiere suprimir las distancias, olvidar que sus «hijitos» son sus súbditos, sus servidores. Estos, al contrario, en su humildad llena de afecto, insistirán en reconocer y proclamar bien alto —¿quién no lo comprendería?— su pertenencia total y su dependencia radical y eterna, su condición de «esclavo», respecto del Maestro amadísimo.

            Si consideramos las cosas superficialmente, hay una condenación clara de la palabra «esclavo» en el siguiente texto de San Pablo: «Pues sois hijos, envió Dios desde el cielo de cabe Sí a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo, el cual clama: ¡Abba! ¡Padre! De manera que ya no eres esclavo, sino hijo» [56].

            Sin duda alguna, ante todo, somos hijos de Dios y de la bienaventurada Virgen María. Pero esta filiación, como luego explicaremos más a fondo, no contradice nuestra condición de esclavos voluntarios y de amor de Dios, de Cristo y de su divina Madre.

            Por lo que se refiere al texto que se nos objeta, notemos primero que no podría tratarse de la condenación de toda esclavitud espiritual, de nuestra servidumbre esencial respecto de Dios y de Cristo. El Apóstol se contradiría claramente, y en la misma Epístola; pues en esa misma carta a los Gálatas se llama «esclavo de Cristo», y deduce de ello algunas consecuencias prácticas [57].

            ¿Cuál es, pues, su verdadero pensamiento? Reléase atentamente todo el capítulo, y se dejará ver fácilmente. San Pablo compara la hu­manidad a un hijo —por lo tanto, heredero— que al principio, por ser aún niño, se encuentra bajo tutela y difiere muy poco de un servidor o de un esclavo. Pero ese niño se hará grande, alcanzará la mayoría de edad, y podrá entonces hacer valer todos sus derechos de hijo. De modo semejante la humanidad es hija de Dios. Pero primero fue colocada por Dios bajo la tutela de la Antigua Ley, obligada a las numerosas y difíciles prescripciones de la ley mosaica. Fue una especie de esclavitud, de la que la humanidad debía ser liberada por el Hijo encarnado de Dios, cuando llegase la plenitud de los tiempos. Por eso, la esclavitud que excluye aquí San Pablo, y que es incompatible con la «libertad de los hijos de Dios», es la sujeción a las numerosas y minuciosas prescripciones, y a los principios elementales de moralidad, de la Antigua Ley. Esta «esclavitud» no conviene ya a los hijos de Dios, desde el momento en que se han hecho grandes al vivir bajo la Nueva Ley. Como se puede ver, no se trata aquí de la esclavitud en el sentido de dependencia absoluta y eterna respecto de Dios, tal como lo entendemos nosotros, tal como lo entiende el mismo San Pablo cuando se proclama esclavo de Dios y de su Cristo.

            En la Epístola a los Romanos hay un texto parecido, pero tan fácil de explicar como el primero. «Cuantos son llevados por el Espíritu de Dios, estos son hijos de Dios. Porque no recibisteis espíritu de esclavitud para reincidir de nuevo en el temor; antes recibisteis Espíritu de filiación adoptiva, con el cual clamamos: ¡Abba! ¡Padre!» [58].

            Ante todo, se impone la misma observación que antes. Es imposible que San Pablo condene aquí la esclavitud en el sentido de dependencia total y definitiva de Dios, porque él mismo, en esta misma Epístola, se ha proclamado «esclavo de Cristo» [59], y llama luego a los fieles «esclavos de Dios» [60]. El «espíritu de esclavitud» excluido aquí por San Pablo es, como él mismo lo dice formalmente, «el espíritu de servidumbre en el temor», esto es, el temor servil, incompatible con el espíritu de la filiación divina. La santa esclavitud de Cristo en María, tal como nosotros la practicamos, no conduce de ningún modo a este temor servil, sino que, al contrario, libra totalmente de él, como lo afir­ma Montfort y la experiencia lo demuestra, y conduce al alma al amor más filial y confiado a Dios y a María [61].

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            En una de esas páginas profundas y maravillosamente hermosas cuyo secreto tiene San Pablo, y que se puede meditar durante días enteros, el Apóstol nos entrega su pensamiento sobre la libertad y la esclavitud espirituales, y nos indica a qué esclavitud debemos renunciar, y a qué esclavitud estamos rigurosamente obligados. La escribe a los gallardos Romanos.

            «¿No sabéis que, cuando os entregáis a uno como esclavos para obediencia, esclavos quedáis de aquel a quien obedecéis, ya sea del pecado para muerte, ya de la obediencia para justicia? Pero gracias a Dios de que, habiendo sido esclavos del pecado, obedecisteis de corazón a aquella forma de doctrina a la cual fuisteis entregados; y liberados del pecado, fuisteis esclavizados a la justicia… En efecto, como entregasteis vuestros miembros como esclavos a la impureza y a la iniquidad para la iniquidad, así ahora entregad vuestros miembros como esclavos a la justicia para la santidad. Pues cuando erais esclavos del pecado, erais libres respecto de la justicia. ¿Qué fruto, pues, lograsteis entonces? Cosas son de que ahora os ruborizáis, ya que el paradero de ellas es la muerte. Mas ahora, liberados del pecado y esclavizados a Dios, tenéis vuestro fruto en la santidad, y el paradero, la vida eterna» [62].

            La doctrina de San Pablo es esta: Cristo nos ha liberado de la sujeción a la Antigua Ley, y sobre todo nos ha liberado de la esclavitud del pecado, de la carne o de la naturaleza humana corrompida. Pero ahora somos esclavos de la justicia para la santidad y la vida eterna; debemos ser libremente esclavos de Dios, a quien Cristo nos ha sometido.

            El Apóstol no condena de ningún modo, sino que más bien aconseja, la «esclavitud» respecto de Dios y de Cristo Jesús, en el sentido de una sumisión total, absoluta, que no contradice en nada a nuestra dignidad de hijos de Dios, por estar inspirada en el amor y ser libremente aceptada.

            Conclusión: Quien no cita a la ligera un pasaje de la Escritura, arrancado de su contexto, sino que se da la pena de estudiar seriamente los pasajes de nuestros santos Libros que hablan de la esclavitud respecto de Dios y de Cristo, ha de admitir que no sólo no se puede sacar de la Escritura ninguna objeción fundada contra la santa esclavitud, sino que, al contrario, esa santa esclavitud es enseñada y recomendada positivamente en nuestros Libros Santos por el Espíritu de Dios; y que, al llamarnos esclavos voluntarios y de amor de Cristo en María, y sobre todo al conducirnos como tales, obramos y vivimos según el más puro espíritu cristiano, tal como se desprende de la Escritura inspirada por Dios, especialmente de los libros del Nuevo Testamento.


 

XII
¿Qué significa ser “esclavo de amor”?

            Según el sentimiento de los Padres y Doctores de la Iglesia, el parecer de los Sumos Pontífices, de los Santos y de los escritores ascéticos, y según la mismísima Escritura, podemos llamarnos «escla­vos» de Dios, de Jesucristo, y también de la Santísima Virgen María. La santa esclavitud de que habla San Luis María de Montfort es totalmente conforme al espíritu del cristianismo; ¿qué digo?, constituye como su médula y su más pura esencia.

            Pero es de la mayor importancia comprender bien el sentido exacto de este término de esclavitud. Sobre el significado de esta pa­labra han habido muchas ideas falsas y muchos errores de interpretación, que ha podido alejar a un cierto número de almas de la práctica de nuestra perfecta Devoción a Nuestra Señora.

            Ante todo, es evidente que, al emplear esta palabra en un orden superior y sobrenatural, no pretendemos de ningún modo aprobar o recomendar la esclavitud entre los hombres. La Iglesia Católica, más que nadie, luchó por la abolición de esta esclavitud.

            Al llamarnos esclavos voluntarios de Jesús y de María no pretendemos tampoco introducir, en nuestras relaciones con Dios y con su santísima Madre, los abusos de la esclavitud humana.

            No queremos decir con ello que Dios o la Santísima Virgen nos han de tratar de ahora en adelante con dureza, como hacían demasiado frecuentemente los amos de esclavos con sus víctimas.

            No queremos decir tampoco que habríamos de acudir tan sólo con un temor rastrero y servil a Aquella que es la más dulce y la más amante de las Madres.

            ¡No! La crueldad de los amos y la servilidad de los esclavos eran accidentales incluso a la misma esclavitud humana, y no pertenecen por tanto a la naturaleza y esencia misma de la esclavitud.

            Había también amos buenos y caritativos. Y no faltaban esclavos llenos de afecto y fidelidad, que servían a sus amos libre y volun­tariamente.

            Con mayor razón, pues, hemos de excluir los abusos señalados, de la hermosa y noble esclavitud a la que queremos entregarnos.

            Por consiguiente, debemos tomar aquí el término «esclavitud» en su acepción puramente esencial, y entonces no significa nada más que pertenencia y dependencia total, definitiva y gratuita.

            Un esclavo era un hombre que pertenecía a otro con todo lo que era y con todo lo que poseía, y eso para toda su vida y sin tener derecho legalmente a ninguna retribución.

            Así es como queremos pertenecer a Jesús por María: por entero, para siempre y por amor desinteresado.

            Vamos incluso mucho más lejos que el esclavo ordinario en nuestra dependencia y en nuestra pertenencia.

            Un esclavo pertenecía a su amo solamente en lo referente al exterior, en el orden natural y eso únicamente durante su vida mortal en esta tierra; mientras que nosotros pertenecemos a Jesús por María en lo que se refiere al exterior y al interior, en el orden natural y en el sobrenatural, durante el tiempo presente y por toda la eternidad.

            Por lo tanto, cuando nos llamamos esclavos de Dios y de la Santísima Virgen, queremos decir esto, todo esto, y nada más que esto: pertenencia radical, universal, eterna, de puro amor, a Dios por María.

«

            Observemos además que nuestra esclavitud es una esclavitud voluntaria.

            De ordinario —aunque no siempre— los esclavos no se convertían en tales sino por coacción exterior, y sólo lo seguían siendo por fuerza y por violencia.

            Nosotros somos esclavos voluntarios: con todas las energías de nuestra libre voluntad aceptamos la esclavitud perfecta de Cristo y de María, y perseveramos luego en ella. Queremos libremente ser esclavos de Dios, aun cuando no estuviésemos obligados por naturaleza a esta dependencia absoluta. Queremos libremente ser esclavos de María, aun cuando Ella no tuviese, como tiene en realidad, títulos que hacer valer a nuestra pertenencia total respecto de Ella.

            Y obsérvese bien, somos esclavos de amor.

            El amor, y todo amor, produce la dependencia. Jesús hace consistir precisamente el verdadero amor por El en el cumplimiento de sus voluntades, de sus mandamientos. En la misma medida en que amamos a alguien, en esa misma medida nos hacemos dependientes de él, y no podemos negarle nada. Y parece que sólo el amor puede hacer a alguien completa y definitivamente dependiente.

            Este será también el efecto de nuestro amor a Jesús y a su santísima Madre. Puesto que este amor es el más fuerte y poderoso que pueda cautivar a un corazón humano, lleva a la dependencia más completa y radical, esto es, a la esclavitud.

            En un sentido infinitamente más noble que el hombre mundano, cautivo y esclavo de sus amores vergonzosos, nosotros somos los libres, orgullosos y envidiables esclavos del amor más hermoso y puro que pueda encender a un alma humana. Nuestra esclavitud procede del amor, y no puede proceder más que del amor. Y conduce también al amor, como lo enseña Montfort y como lo prueba la experiencia: conduce al más filial y confiado amor a Dios y a su santísima Madre.

            Nuestra esclavitud no es una esclavitud vergonzosa y degradante. No. Pues «servire Deo regnare est: servir a Dios es reinar», es ser rey. En definitiva, pues, no tenemos como creaturas más que una sola grandeza y una sola gloria: la de depender de Dios y de aquellos que se encuentran revestidos de su autoridad. Y cuanto más lejos se avanza en esta esclavitud, y más profunda se hace esta dependencia, tanto más agradable se hace el hombre a los ojos de Dios, de sus Santos y de sus Angeles. Ahora bien, nuestra «esclavitud» es indiscutiblemente la esclavitud llevada a su apogeo, tanto en su duración como en su extensión y en la intensidad de la dependencia. «Nada hay entre los cristianos», dice Montfort con razón, «que nos haga pertenecer a otro como la esclavitud; nada hay tampoco entre los cristianos que nos haga pertenecer más absolutamente a Jesucristo y a su santísima Madre como la esclavitud de voluntad» [63]. Estemos orgullosos de nuestra condición de esclavos voluntarios y de amor de Jesús en María.

            Llevemos su señal exterior y pública de buena gana, bajo la for­ma de nuestra hermosa insignia.

            Pero llevemos nuestro título y nuestra insignia con dignidad: Nobleza obliga…

            Acordémonos en nuestra vida cotidiana de que en todo, pensamientos, palabras, acciones, debemos depender de Jesús y de María, y de que en todo debemos buscar sus intereses y su gloria.


 

XIII
“¡Qué consuelo!”

            En las páginas precedentes hemos intentado ilustrar plenamente en qué consiste la Consagración a Jesús por María, tal como la propone San Luis María de Montfort. Por este acto nos damos realmente, por entero, para siempre y por puro amor, a Jesús por María. A esto llamamos ser esclavo de amor, esclavo voluntario de Jesús en María, porque no existe ningún otro término de la lengua humana que exprese de una sola vez esta pertenencia total, definitiva y gratuita.

            Ahora se plantea la siguiente cuestión: ¿Cuáles son las consecuencias y obligaciones que se derivan de este acto?

            En un doble texto nuestro Padre fijó y condensó las consecuencias consoladoras de nuestra perfecta donación. «Esta devoción hace dar a Jesús y a María, sin reserva, todos los pensamientos, palabras, acciones y sufrimientos, y todo el tiempo de la vida, de modo que sea que se vele o duerma, sea que se beba o que se coma, sea que se realicen las más grandes acciones o las más pequeñas, siem­pre resulta verdadero decir que lo que se hace, aunque no se piense en ello, es de Jesús y de María, en virtud de nuestra ofrenda, a menos que se la haya expresamente retractado. ¡Qué consuelo!» [64].

            Y en otra parte: «Conociendo la Santísima Virgen, a quien cedemos el valor y el mérito de las buenas obras, dónde está la mayor gloria de Dios, un perfecto servidor de esta buenísima Señora, que a Ella se ha consagrado por entero, puede decir sin temor que el valor de todas sus acciones, pensamientos y palabras se emplea para la mayor gloria de Dios, a menos que revoque expresamente su ofrenda. ¿Puede encontrarse algo más consolador para un alma que ama a Dios con amor puro y desinteresado, y que aprecia más la gloria de Dios y sus intereses que los suyos propios?» [65].

            Para Montfort, pues, es absolutamente cierto que, en virtud de nuestra perfecta Consagración, todos los actos de nuestra vida pertenecen verdaderamente a Jesús y a María, y son orientados infaliblemente a la mayor gloria de Dios. Y Montfort, guía segurísimo, que se mueve con facilidad y seguridad en las cuestiones más difíciles de la teología especulativa y práctica, no exagera en modo alguno.

            Nuestro Acto de Consagración es un acto de voluntad plenamente reflexionado, profundamente consciente, realizado con todas las ener­gías de nuestra alma. Nadie podría dudar de que este acto consiga su efecto, y nos haga pertenecer realmente a Jesús por María. Por esta Consagración nuestra vida queda orientada totalmente y para siempre a Jesús como a su fin principal y último, y a María como a su fin universal inmediato y secundario. Esta orientación, de suyo, es estable y duradera. Se hará sentir durante toda nuestra vida, a no ser que la retractemos y cambiemos. Este acto de voluntad sólo puede ser anulado por otro acto de voluntad netamente realizado, que expresa o implícitamente revoque el anterior. Un acto de voluntad libre tiene este efecto admirable, el de perdurar cuanto a sus efectos mientras no se lo retracte por un acto opuesto.

            Nuestra donación dejaría de producir sus efectos santificantes y consoladores si alguien —Dios no lo quiera— dijera: Retracto mi acto de Consagración, ya no quiero ser de María.

            Por el pecado mortal nuestra pertenencia total a María queda anulada de hecho: mientras el alma permanezca en este triste estado no posee la caridad sobrenatural, y sólo por la caridad quedamos ligados a Jesús y a María, y pueden nuestras acciones ser su propiedad y su glorificación. Pero desde que el alma se reintegra a la gracia por un acto de caridad o de contrición perfecta, o por la recepción de un sacramento, revive al punto esta pertenencia total a Jesús por María, que da valor a toda nuestra vida y a todas nuestras acciones.

            Montfort tiene razón de decir que todos los actos, todos los instantes de nuestra vida, serán una glorificación de nuestra divina Madre. En efecto, todo le ha sido dado: de modo que todas nuestras acciones, que son actos humanos, esto es, realizados bajo la influencia, directa o indirecta, de la voluntad libre, quedan orientadas a la glorificación de Dios y de su santísima Madre, y realizan y aumentan realmente esta gloria.

            Y Montfort no se equivoca cuando observa que no sólo nuestras acciones más importantes, como la oración, el estudio, el apostolado, etc., sino también nuestras acciones más ordinarias e insignificantes, como las comidas, el descanso, los cuidados corporales, la recreación, etc., participan de esta influencia sobreelevante de la gran intención que domina toda nuestra vida. ¿No dice San Pablo: «Ya comáis, ya bebáis, ya hagáis cualquier otra cosa, hacedlo todo para gloria de Dios»? [66].

            Y Montfort tiene también razón cuando añade: «Aunque no se piense en ello». En efecto, para realizar una obra meritoria no es necesario que la intención sobrenatural sea renovada o actual: basta para eso una intención general o permanente, la intención habitual. Esta buena intención sigue ejerciendo su influencia sobre mi vida, mientras no sea neutralizada y anulada por una intención explícita o implícita incompatible con la precedente.

            Por la mañana me he dado generosamente a Jesús por María con todas mis acciones. Ahora estoy absorto en mis ocupaciones, distraído de pensamientos más elevados por el trato incesante con mi prójimo: sin embargo, todo sigue perteneciendo a Jesús y a María, a no ser que realice un acto que sea incompatible con esta pertenencia. Si digo una mentira, si falto levemente a la caridad, por este acto retracto, no expresamente, pero sí de hecho, mi donación, sin que por eso resulte destruida la intención general de hacerlo todo por Jesús y por María, intención que, desde el acto siguiente, podrá ejercer de nuevo su virtud bienhechora.

            Esta es claramente la doctrina de Montfort, en perfecta conformidad con la mayoría de los teólogos y con los mejores maestros de la vida espiritual, como Santo Tomás de Aquino, San Francisco de Sales y muchos otros [67].

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            Volvamos a las consecuencias prácticas que se derivan de estas consideraciones.

            Por el momento no podemos dejar de subrayar una palabra en los textos que hemos citado: «¡Qué consuelo!».

            ¡Qué felicidad y qué alegría saber que todos los instantes de nuestra existencia apuntan, no sólo a la gloria, sino a la mayor gloria de Dios, ad majorem Dei gloriam, y la realizan infalible y perfectamente, porque Nuestra Señora sabe siempre claramente dónde buscar esta mayor gloria, y apunta a ella indefectiblemente en la aplicación de los valores espirituales de nuestra vida, que voluntariamente le he­mos entregado!

            ¡Qué felicidad y qué alegría saber también que, como efecto de nuestra donación, cada pensamiento, cada palabra, cada acción, cada instante, pasan a ser como un canto de amor y alabanza que sube an­te su trono y resuena en las profundidades más íntimas de su Corazón materno!

            ¡Es tan pobre, tan raquítica, tan miserable, la respuesta que la mayor parte de los hombres da al amor magnífico de María!

            Ella es Corredentora. Lo que quiere decir que no sólo Ella contribuyó a nuestra redención, a nuestra liberación, por su colaboración al espantoso sacrificio del Calvario; sino también que, así como todos los actos de la vida de Jesús fueron actos redentores, del mismo modo todos los actos de la vida de la Santísima Virgen, al menos desde que Ella se convirtió en Madre de Jesús, fueron actos de Corredentora. Es decir, Ella ofreció por nosotros todas sus acciones, realizó por nosotros todos sus trabajos, presentó por nosotros todas sus oraciones, sufrió por nosotros todos sus dolores, derramó por nosotros todas sus lágrimas, entregó por nosotros todos los instantes de su vida.

            Y en el cielo su pensamiento materno no nos abandona nunca: también allí Ella está, por decirlo así, a nuestro servicio enteramente y en todo instante, con los esplendores de su inteligencia, la llama de su corazón, la fortaleza de su brazo, la irresistible fuerza de su oración.

            ¿Y nosotros pensaríamos hacer bastante por Ella ofreciéndole, como la mayoría de los cristianos, incluso fervorosos, un cuarto de hora por el rezo —muy loable, por otra parte— de algunas oraciones en su honor?

            No, nuestro amor no podría contentarse con una respuesta tan incompleta, tan parcial… Nuestro amor sueña con glorificarla a todas horas, en cada minuto de esta vida…

            ¡Y este sueño, gracias a nuestra Consagración, se convierte en una realidad incontestable!

            Obremos de modo que esta realidad sea cada vez más actual y más profunda.

            ¿Qué alma prendada del verdadero amor a María dejará de com­prender y repetir la exclamación de Montfort, cuando nos revela este lado espléndido de su verdadera Devoción: «¡Qué consuelo!»?

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            Acabamos de recordar este efecto tan consolador de nuestra perfecta Consagración, que como consecuencia de este acto cada pensamiento, cada palabra, cada acción libre, cada instante de nuestra vida humanamente vivido, pertenece a Jesús y a María, constituye un canto de amor y una alabanza purísima dirigida a la Reina de nuestros corazones y a Cristo mismo, nuestro Rey. Falta sacar algunas conclusiones prácticas de lo que acabamos de ver.

            1º Hemos oído más de una vez cómo algunos se insurgían contra la difusión pública y masiva de la perfecta Devoción a Nuestra Señora. «¿De qué sirven», se decía, «todas estas consagraciones, estas inscripciones en masa en los registros de una archicofradía? La gente no es mejor por eso. Muchos olvidan rápidamente lo que han hecho».

            Esta objeción se parece muchísimo a las que se hacen contra la Comunión frecuente. Consideramos exageradísima la afirmación de que la mayoría de los esclavos de amor sacan de su donación muy poco progreso perceptible, y que no se acuerdan sino muy raramente de su Consagración. Pero aun cuando esto fuera cierto, no por ello deberíamos dejar de atraer a todos si pudiéramos, como nos lo pide nuestro Padre, a esta verdadera y sólida Devoción [68]. El motivo principal de este celo debe ser el efecto tan consolador de esta donación, que acabamos de recordar. ¿No es algo grande, grandísimo, que todo lo que hacen estas personas consagradas, aun cuando no piensen en ello, pertenezca a Jesús y a María en virtud de su ofrenda; que su vida, en todas las acciones que no son pecado, sea una glorificación continua de Nuestra Señora, el reconocimiento íntegro de sus derechos sobre ellas, una adaptación plena al plan divino en este punto, y por consiguiente una santificación, secreta tal vez pero real, de todas estas vidas, y esto en un sentido mariano? ¿Nuestros esfuerzos de amplia difusión de la perfecta Devoción no quedan ya con esto suficientemente justificados y ricamente recompensados?

            2º El pensamiento de lo que el pecado opera en el campo de nuestra donación a María, debe contribuir muchísimo a hacernos detestar y huir cuidadosamente toda falta.

            La falta grave es la ruptura con Dios, el Bien supremo, pero también con María, nuestra Madre y Señora, con quien hemos quedado ligados por una promesa de fidelidad eterna. Nuestra vida, que debería haber sido un himno incesante de alabanza y de amor a Ella, no tiene ya valor para Ella, mientras dure este triste estado. ¡Qué estímulo nuevo para conservar con solicitud infinita el estado de gracia en nuestra alma, y que estímulo poderoso, si hubiésemos tenido la desgracia de caer en una falta mortal, para repararlo todo por una vuelta inmediata a Jesús y a María, y por la renovación fervorosa de nuestra Consagración —que es el acto más elevado de caridad perfecta para con Dios y su divina Madre— con la promesa sincera y ardiente de volver a emprender una vida nueva, totalmente entregada a su gloria!

            Y ¡con qué cuidado no intentaremos evitar también toda falta venial, que es de hecho una retractación parcial de nuestra sublime donación, una infidelidad flagrante a la palabra dada, una especie de hurto de lo que ya les habíamos dado para siempre!

            3º Decidámonos, además, a renovar frecuentemente nuestro acto de donación y la intención formal y explícita de hacerlo todo por amor a Jesús y a su dulce Madre.

            Muy equivocado estaría quien razonase así: En virtud de mi Consagración definitiva todo en mi vida pertenece ya a Nuestra Señora; por lo tanto, es inútil preocuparme en renovar frecuentemente lo que ya ha sido hecho.

            Al contrario, la renovación frecuente de nuestra donación es utilísima, si no necesaria.

            Zarpa un barco. El piloto señala con el timón la buena dirección. ¿Basta esto para que ese barco llegue a buen puerto? Ciertamente que no. Los vientos y las olas hacen que el navío se desvíe, si el piloto no permanece constantemente en su puesto y, de vez en cuando, tal vez a menudo, de un golpe de timón enérgico, lo vuelve a poner en la buena dirección que con la tormenta corría el riesgo de perder.

            Nuestra navecilla orientada, es cierto, hacia la Estrella del mar por nuestra Consagración total, puede abandonar esta orientación santificante. En lugar de navegar directamente hacia Jesús y María, puede ir miserablemente a la deriva en el amor de sí misma o de las creaturas, en la búsqueda de los placeres sensuales o de la alabanza de los hombres. Por eso, de un buen golpe de timón, hay que volver a poner rumbo a nuestro destino bendito, Jesús y María.

            Añádase a esto que si nuestras acciones, por una intención sobrenatural habitual, son ya buenas y meritorias, no dejan de crecer en valor divino en la medida en que, de manera actual y explícita, las orientamos hacia Jesús y María. Nuestras acciones tienen dos fuentes principales de mérito: el grado de gracia santificante con que realizamos estos actos, y la energía o vivacidad del acto de voluntad con que los llevamos a cabo. Quien sólo hace por la mañana su acto de ofrenda a Cristo por María, en el transcurso del día apuntará débilmente a la gloria de Dios y al reino de María. ¡Cuánto más sobrenatural y mariana, y por ende cuánto más meritoria, será la jornada de quien, veinte veces por día, renueva de manera bien consciente su acto de donación!

            Volver a darnos frecuentemente a Jesús por María, y renovar nuestra intención de obrar por amor a ellos y por su gloria, será un verdadero adelanto hacia el espíritu de la santa esclavitud que el Padre de Montfort reclama de nosotros. Repitamos nuestra donación a la dulce Virgen al despertarnos y al levantarnos, y que esta misma donación sea nuestro último saludo de buenas noches a nuestra divina Madre. Hagámoslo antes de cada acto de piedad y de cada una de nuestras acciones principales, antes y después de nuestras comidas. Hagámoslo cada vez que suene la hora, cuando encontramos la imagen de nuestra Madre, en el momento de la tentación y de la prueba, como agradecimiento por una alegría o por un favor, etc. Hagámoslo con una fórmula compuesta por nosotros según nuestras conveniencias, o por fórmulas conocidas, indulgenciadas tal vez. Podremos hacer lo mismo, y aún mejor, con una mirada interior, con un grito del corazón, con un impulso de la voluntad, con un acto puramente espiritual: todo eso según nuestras conveniencias y preferencias. Pero hagámoslo frecuentemente, perseverantemente. Cada vez que lo hagamos daremos gusto al Corazón de Dios, y haremos sonreír de felicidad a la divina e incomparable Madre de Jesús.


 

XIV
Nuestra Consagración
¿comporta obligaciones?

            Hemos visto que nuestra donación total y eterna a la Santísima Virgen tiene consecuencias benditas: mientras no se la retracte, todos nuestros actos son, como consecuencia de nuestra Consagración, actos de dependencia y de pertenencia amorosa a Jesús y a María. Y esto es un precioso consuelo.

            Ahora se plantea con insistencia otra cuestión: ¿a nuestra Consagración se le suman también obligaciones? [69].

            Está claro que la respuesta a esta pregunta es de la mayor importancia para los esclavos de amor y para quienes aspiran a esta santa esclavitud. Todos hemos de saber, y claramente, a qué debemos atenernos en este punto.

            No es raro encontrar concepciones inexactas sobre este punto, como sobre muchos otros referentes a nuestra Devoción perfecta. Muy a menudo excelentes cristianos retrocedieron ante esta magnífica donación, a causa de las obligaciones y de las responsabilidades exageradas que imaginaban tener que asumir.

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            1º Ante todo nuestra Consagración perfecta a Jesús por María no comporta por sí misma ninguna obligación nueva bajo pena de pecado. Por lo tanto, quien fuese infiel a ella, ya en su totalidad, ya en una parte de su objeto, no cometería directamente ni pecado grave ni pecado venial.

            La retractación formal y explícita de nuestra donación, en totalidad o en parte, y también el obrar de hecho contra el espíritu de esta Consagración, puede ser un pecado a causa de los motivos por los que se hace esta retractación, o porque el acto de retractación ya es pecaminoso por otro título. Así, por ejemplo, quien retractase total o parcialmente su Consagración por mal humor, por despecho, por ligereza o por falta de confianza, no quedaría exento de pecado, no precisamente por violar su donación, sino porque lo hace por motivos y sentimientos condenables.

            Y no nos extrañemos de que nuestra donación, por sí misma, no comporte obligaciones en el sentido estricto de la palabra, esto es, bajo pena de pecado. Del mismo modo, nadie pretenderá que faltar a los votos de Bautismo o al acto heroico en favor de las almas del Purgatorio constituya pecado en sí mismo, aunque el acto por el que se falta a estas promesas pueda ser pecaminoso por otros motivos.

            La infidelidad a nuestra preciosa Consagración no sería pecado en sí misma más que en el caso en que se hubiese dado a esta donación la sanción del voto, y el acto por el que se faltara a ella violara la consagración en los límites mismos en que habría quedado sancionada por el voto. No insistimos ahora en este voto. Más tarde, sin duda, tendremos oportunidad de volver sobre él. Por el momento nos limitamos a constatar que este voto es muy recomendable en sí mismo, pero sólo debe hacerse con prudencia, con pleno conocimiento de las obligaciones que se asumen, y en total dependencia del parecer de un director de conciencia esclarecido.

            Retengamos, pues, ante todo, que nuestra Consagración no com­porta por sí misma obligación alguna bajo pena de pecado.

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            2º Pero no por eso tendríamos que concluir que nuestra Consagración no tiene consecuencias morales ni nos impone ningún deber. Al contrario: nuestra donación total debe revolucionar nuestra vida. Debe darle una orientación nueva, y aportarle cambios profundos. Y aunque no podamos hablar de obligaciones en sentido estricto, nunca insistiremos lo suficiente sobre los deberes en sentido amplio que nos impone nuestra magnífica Consagración, obligaciones del mismo tipo que comporta, por ejemplo, el estado sacerdotal y religioso fuera de las prescripciones estrictas bien determinadas: obligaciones de honor, si se quiere. Desgraciadamente estamos demasiado acostumbrados a reducir la vida cristiana a la observancia de lo que es estrictamente obligatorio bajo pena de pecado mortal o venial. Eso no es más que el esqueleto de la vida cristiana: la verdadera y plena vida cristiana reclama la fidelidad a todo lo que se inspira en un amor de delicadeza a Jesús y a María.

            La santa esclavitud tiene su espíritu especial, exigido por la donación total que hemos hecho, espíritu que debemos apropiarnos a todo precio, en el que debemos ejercernos sin cesar, al que hemos de tratar de ser constantemente fieles. «No basta», escribe Montfort, «haberse dado una vez a Jesús por María en calidad de esclavo; ni siquiera basta hacerlo cada mes o cada semana, pues eso sería una devoción demasiado pasajera, y no elevaría al alma a la perfección a que es capaz de elevarla… La gran dificultad es entrar en el espíritu de esta devoción, que es hacer a un alma interiormente dependiente y esclava de la Santísima Virgen, y de Jesús por Ella» [70].

            Y si queremos entrar más adelante en el detalle de los deberes que comporta nuestra Consagración, y analizar con más profundidad el espíritu de la santa esclavitud, nos encontraremos frente a una doble práctica, a la que debemos tratar de conformar de buena gana todos los actos de nuestra vida.

            Me he dado por entero y para siempre a la Santísima Virgen, Madre de Dios.

            Por esto, en primer lugar, ya no tengo derecho de disponer a mi gusto, según mi fantasía, de todo lo que le he consagrado, de nada de lo que forma parte de esta donación. Todo eso: cuerpo y alma, sentidos y facultades, bienes espirituales y materiales, sobrenaturales y naturales, es verdaderamente su propiedad. Por consiguiente, no tengo derecho de disponer de ello sin su consentimiento, formalmente pedido o razonablemente presumido.

            Y porque me he dado por entero y para siempre a Nuestra Señora, debo en segundo lugar «dejarle entero y pleno derecho de disponer de mí y de todo lo que me pertenece, según su beneplácito». Todas las decisiones y todas las disposiciones de Jesús y de María sobre mí mismo y sobre todo lo que es mío, deberé aceptarlas con perfecta y amorosa sumisión. Con la voluntad tendré que decir un valiente e incluso alegre «fiat» y «amén» a toda manera como a Ella le plazca disponer de lo que le pertenece sin reserva.

            Vamos a extendernos un poco más sobre este doble principio. Pero observemos ya desde ahora que este doble principio, bien comprendido, se extiende muy lejos, y no comporta sólo la fidelidad elemental a todos los deberes generales y particulares que nos incumben, sino también debe llevarnos al desprendimiento más completo, al abandono más absoluto y a la más elevada perfección.

            Montfort da un aviso más: «He encontrado a muchas personas que, con admirable ardor, se han entregado a su santa esclavitud en el exterior; pero raramente he encontrado a quienes hayan adquirido su espíritu, y aún menos que hayan perseverado en él» [71].

            Hombre advertido vale por dos.

            Querríamos ser de esas almas generosas que aceptan totalmente las conclusiones prácticas de su donación santa, y que, por medio de esfuerzos valientes y perseverantes, tienden a adquirir el precioso espíritu de nuestro santo estado, esto es, la dependencia interior habitual respecto de Jesús y María.

            Quien se dijera: «¡Eso no es para mí! ¡Es demasiado perfecto!», como lo hemos oído más de una vez, estaría recibiendo mal el aviso de Montfort.

            Para acoger la verdadera Devoción no hay que ser perfecto: bas­ta el deseo sincero de llegar a serlo, la voluntad firme de tender a ello.

            Para convertirse en esclavo de amor, para ser buen esclavo de amor, una sola cosa es necesaria: la buena voluntad, ser alma de buena voluntad.

            La gracia de Dios y el auxilio de nuestra incomparable Madre harán el resto.


 

XV
“Ser interiormente esclavo”:
dependencia activa

            El primer principio práctico del verdadero esclavo de amor será, como hemos visto, no servirse de lo que ha consagrado a Nuestra Señora más que con su consentimiento y según sus voluntades.

            Esto se puede hacer de manera más o menos habitual, y también de manera más o menos perfecta.

            Un día, al encontrarme con una dirigente de obras sociales, me dijo: «Padre, nunca hago nada sin pedirle permiso a la Santísima Vir­gen. Nunca voy a la mesa sin pedirle: Madre, ¿puedo comer? Nunca salgo de casa sin decirle: Madre, ¿puedo hacer este recado, este paseo? Y lo mismo para todo lo demás».

            Eso es muy hermoso y perfecto, y es plenamente conforme al espíritu de nuestra dependencia interior de María. Eso es ser hijo de María. ¿Acaso los niños no piden consejo y permiso a su madre, o tratan al menos de leer en sus ojos la aprobación o desaprobación de la acción que se aprestan a realizar? Y los niños, como sabemos, son los más grandes en el reino de Dios.

            Por lo tanto, esta práctica es muy recomendable, sobre todo para quienes quieren subir más alto y apuntan a una vida espiritual más intensa: mirar a María, consultarla para toda decisión de alguna importancia. «Madre, ¿puedo comprar este vestido? ¿puedo leer este libro? ¿debo renunciar a este espectáculo, a esta reunión? ¿puedo emplear mi tiempo de esta manera? ¿puedo contraer esta amistad, hacer esta visita, escribir esta carta?», etc.

            Ordinariamente la respuesta de Nuestra Señora a estas preguntas, respuesta que Ella dará por la voz de la conciencia y por las inspiraciones de la gracia, será clara y neta. Aquí hay que ser leal, y no hacerse creer, por cobardía, por miedo del sacrificio y por amor de las comodidades, que María aprueba esta decisión, este acto, que Ella no puede de ningún modo considerar buenos. En las personas de sentido común y juicio recto este peligro no existe apenas. Y aunque de vez en cuando nos equivocásemos sobre algunos detalles, e imaginásemos que la Santísima Virgen nos dice «sí» cuando en realidad ha dicho «no», la cosa no sería tan grave, puesto que habitualmente obramos, no sólo subjetiva sino también objetivamente, según sus designios y voluntades.

            Hacemos notar también —lo cual es muy importante— que podemos usar más o menos imperfectamente según las miras de Nuestra Señora lo que le hemos consagrado. Podemos servirnos de nuestro cuerpo y de nuestra alma, de nuestros sentidos y de nuestras facultades, de nuestros bienes espirituales y temporales, de una manera que la Santísima Virgen no tiene que desaprobar. Ya está bien; eso ya es ser esclavo de María. Pero podemos también usar de todo ello de la manera que Nuestra Señora prefiere, la que le sea más agradable. Eso ya es mucho mejor: ya es ser esclavo perfecto de la santa Madre de Dios. Y es que, en efecto, hay cosas que nuestra divina Dueña exige de nosotros, hay otras que Ella nos aconseja, y hay otras que Ella nos pide.

            En los ejemplos que siguen será fácil y provechoso hacer esta distinción.

            Lo importante aquí es no obrar nunca como dueño, «cum animo domini», en un espíritu de propiedad y de independencia. Y tanto más aprovecharemos, cuanto más formal y neto sea el recuerdo de nuestra dependencia.

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            Nuestro cuerpo está consagrado a María. ¡Qué motivo nuevo y apremiante tenemos en ello para conservar casto y puro este cuerpo, según el estado de vida que hayamos abrazado! A este cuerpo le concederemos ciertamente todo lo que le sea necesario e indispensable. Pero también lo mantendremos sujeto, sin ceder a sus caprichos ni satisfacer sus ridículas exigencias. Lo reduciremos a servidumbre, y no lo convertiremos nunca para los demás en piedra de escándalo por un porte indecente o vanidoso, o de cualquier otro modo; todo eso porque nuestro cuerpo es el templo de Dios, claro está, pero también porque es un templo consagrado a la Virgen purísima, a la Reina de las vírgenes.

            Nuestros ojos le fueron consagrados. Nuestra mirada no se ha de posar jamás deliberadamente en cosas malas o peligrosas. Jamás nos han de servir para lecturas malsanas, para contemplar películas sensuales u otras representaciones chocantes. Cuando se presente la ocasión, impondremos a nuestros ojos una mortificación. Nos serviremos de ellos con alegría y agradecimiento para admirar lo que Dios ha hecho de hermoso y grande por Ella y por nosotros: y eso porque tal es el deseo de Nuestra Señora y Dueña.

            Nuestra boca, nuestra facultad de hablar consagrada a María, no la deshonraremos con conversaciones escandalosas o ligeras, ni por anécdotas atrevidas, ni por la crítica de la autoridad o del prójimo, ni ha de servir siquiera para la conversación inútil con las creaturas. Nos serviremos de ella para decir o cantar las alabanzas de Dios y de su santa Madre, para todo lo que es noble y útil, incluso para una distracción honesta y permitida, siempre según las voluntades y deseos de nuestra Madre.

            Nuestra inteligencia, nuestra imaginación ofrecidas a María, no las dejaremos divagar con representaciones peligrosas ni ensueños malsanos; sino que las llenaremos del pensamiento de las cosas divinas, de la contemplación de la imagen y de la belleza de María, de la meditación de todo lo que es necesario o saludable para nuestro avan­ce espiritual y el cumplimiento de nuestro deber de cada día: pues así lo quiere nuestra Madre y Señora, María.

            Con nuestro corazón, del que María es Reina, amaremos sencilla, pura y generosamente, con todo amor legítimo según nuestra propia condición de vida y estado: con afecto paterno, materno o filial, con el amor mutuo de los esposos, con el casto afecto de un novio hacia su novia y viceversa, con el hermoso y noble afecto de una amistad santificante, y sobre todo con el amor evangélico hacia los pobres, los humildes, los desgraciados, los niños… Pero combatiremos y excluiremos enérgicamente todo afecto culpable, turbador, fuera de lugar, o simplemente el embarazoso y embrollador afecto de la creatura como tal; pues María debe dirigirlo todo en el reino de nuestro corazón.

            Le hemos entregado nuestros bienes temporales. Sobre todo en estos tiempos calamitosos, nos prohibiremos todo lujo exagerado, todo gasto superfluo. Usaremos nuestros bienes temporales —¡los de Nuestra Señora!— según sus miras e intenciones: sí, para nuestro mantenimiento conveniente y el de nuestra familia, e incluso, en su debido tiempo, para una distracción útil, y a veces necesaria. ¡Nues­tra Madre, nuestra Mamá más bien, comprende tan bien que podamos necesitarlas! Pero en el empleo de estos bienes materiales daremos también una amplia parte, aun a costa de sacrificios reales, a los pobres e indigentes, a las misiones, a la construcción de iglesias y al mantenimiento de los sacerdotes, a todas las obras cristianas, y especialmente a las obras marianas que apuntan al reino de María y a la difusión de su perfecta Devoción… ¿Quién pensará en hacer esto, si no lo hacemos nosotros, esclavos de María?

            Nuestro tiempo es de Ella. No queremos, como hace tanta gente hoy, perder, malgastar ni «matar» este tiempo tan precioso, no haciendo nada o haciendo naderías. De este tiempo emplearemos para el descanso y el recreo lo que sea estrictamente necesario y absolutamente útil. Dedicaremos una amplia parte de él a promover los intereses de Dios en nuestra alma por la oración, la meditación y la lectura piadosa. Este tiempo lo consagraremos a cumplir seria y valientemente los deberes de nuestro estado, las funciones de nuestro trabajo. Este tiempo lo usaremos, en la medida de nuestras posibilidades, para la gloria de Dios, el reino de su divina Madre, las obras de caridad y de apostolado, muy especialmente el apostolado mariano, el apostolado de la perfecta Devoción a Nuestra Señora.

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            Compréndase bien que no pretendemos ni podemos dar aquí una descripción completa de todo lo que comporta nuestra santa esclavitud bien entendida en materia de dependencia activa respecto de María. Por el momento no hacemos más que dar algunos ejemplos rápidos de las consecuencias prácticas implicadas por nuestra perfecta Consagración.

            Sin embargo, de estos ejemplos se desprende suficientemente la conclusión de que la santa esclavitud exige una vida cristiana seria, y conduce a una vida cristiana santa y perfecta. Un verdadero esclavo de María es un verdadero cristiano; un esclavo lógico y consecuente en sus actos es un santo, un gran santo, con una santidad que se pide, es cierto, a todos los bautizados, pero que se impone a nosotros por un motivo nuevo y poderoso: nuestra Consagración a Jesús por María; santidad maravillosamente facilitada, por otra parte, porque toda esta tendencia hacia el austero espíritu del Evangelio queda irradiada de la sonrisa de nuestra incomparable Madre, e impregnada de su alentadora influencia.


 

XVI
“Ser interiormente esclavo”:
dependencia pasiva

            Hemos visto que nuestro primer deber como esclavos de Jesús en María es el de servirnos de lo que hemos entregado —cuerpo y al­ma, sentidos y facultades, bienes interiores y exteriores— sólo según la voluntad y los designios de la Santísima Virgen María.

            El segundo principio práctico del hijo y esclavo de María puede formularse así: dejar a Jesús y a María la plena y entera disposición de todo lo que le hemos entregado.

            Nuestro santo Padre definió muy claramente este deber en el Ac­to mismo de Consagración: «Dejándoos entero y pleno derecho de disponer de mí y de todo lo que me pertenece, sin excepción, según vuestro beneplácito…».

            Es este un deber evidente y elemental. Si me he dado, y dado realmente, debo reconocer a quienes me he entregado, teórica y prácticamente, el derecho absoluto y total de disponer a su gusto de todo lo que les he cedido. Sin esto mi donación, o no ha sido comprendida, o no ha sido hecha seriamente, o es inexistente y de ningún valor en la práctica.

            Dejamos de lado por el momento la cuestión de saber si y hasta qué punto la Santísima Virgen interviene en el ordenamiento de nuestra vida, en la disposición de las circunstancias materiales y espirituales en que ha de transcurrir nuestra existencia.

            En todo caso Nuestra Señora sabe, y ve en Dios, todo lo que nos rodea y todo lo que nos sucede. En todo esto Ella acepta los designios y la voluntad de la Providencia paterna y amorosa de Dios sobre nosotros. Ella quiere todo lo que quiere Dios, y asiente a todo lo que Dios permite. Por lo tanto, podemos decir que María dispone de nosotros y de todo lo que nos pertenece, al menos en el sentido de que Ella conoce, acepta y ratifica todas las disposiciones divinas relativas a nosotros.

            Hemos dicho, y debemos repetirlo a menudo: «Os dejo entero y pleno derecho de disponer de mí y de todo lo que me pertenece, sin excepción, según vuestro beneplácito…».

            Veamos rápidamente todo lo que se encierra y acumula en estas pocas palabras.

            Le he entregado mi cuerpo. Si disfruto de excelente salud, consideraré este bienestar como un don de Dios y de María; lo aceptaré con agradecimiento, y utilizaré estas fuerzas para cumplir generosa y alegremente todos mis deberes. Pero si, al contrario, una indisposición, un dolor de cabeza, de dientes, de estómago, sacude y quebranta mi ánimo; si siento declinar mis fuerzas; si caigo en una enfermedad grave, pre­ludio y presagio tal vez de una muerte próxima: en todas estas circunstancias me acordaré de que Dios y Nuestra Señora disponen así de este pobre cuerpo que yo les he consagrado, y repetiré sin cesar: ¡Hágase vuestra voluntad, y bendito sea vuestro santo nombre!.

            A Nuestra Señora le entregué mis bienes temporales. Si en este campo encuentro éxito y prosperidad, no me enorgulleceré por eso, sino que recibiré con agradecimiento todos estos bienes de la mano de Dios y de Nuestra Señora, y me serviré de ellos según sus designios. Pero me sucede también lo contrario. Disminuyeron mis ingresos, me recortaron el salario, y tuve que reducir considerablemente mi tren de vida. Soy pobre tal vez, sufro la indigencia y la miseria… Madre, no quiero murmurar ni quejarme. Tú has dispuesto así de los bienes temporales que yo te había cedido. Tu beneplácito es mi felicidad. Aun en medio de la pobreza y de las privaciones repetiré: ¡Há­gase tu voluntad, y bendito sea tu santo nombre!

            Mi reputación te ha sido confiada y consagrada. Cuando me sienta llevado por la estima y el afecto de mis semejantes, trataré de ser humilde y de dirigir hacia Jesús y hacia Ti todo honor y toda gloria. Pero sucede que la autoridad parece retirar de mí o disminuir su confianza; encuentro menos amabilidad en mi entorno. Por ligereza o por malicia se daña más o menos gravemente a mi reputación. Al mirarte a Ti, oh María, perdonaré y olvidaré; al mirarte, aceptaré valiente y animosamente todo esto, pues todo esto son tus disposiciones sobre la reputación que yo te había entregado: ¡Hágase tu voluntad, y bendito sea tu santo nombre!

            Mis parientes, en la medida en que son míos, te los he entregado y cedido. Y vengo a enterarme de que viven en la prueba y el sufrimiento, en la pobreza y la dificultad, o están a punto de serme arrancados por la muerte. Madre, ten piedad de ellos en su miseria, pero en todo caso ¡hágase tu voluntad, y bendito sea tu santo nombre!

            También te he ofrecido y entregado mi corazón. Y todo corazón humano aspira al afecto. Y Tú, Madre, has hecho nacer a lo largo de mi vida flores de reconfortante amistad, y lucir en mi camino astros de beneficioso afecto. ¡Sé mil veces bendita por ello! Pero ahora surgen también en mi camino la zarza de la ingratitud, las espinas de la malevolencia, los cardos de la envidia. He tenido que atravesar muchas veces largas y pesadas noches de aislamiento y de abandono. ¡Gracias por todo esto: hágase tu voluntad, y bendito sea tu santo y augusto nombre!

            Yo mismo me entregué a Ti, y Tú puedes disponer de mí. Me mantendré humildemente satisfecho del número de talentos que me hayas confiado, y de la medida de dones del espíritu que me hayáis concedido, aun si este número y esta medida son mucho más amplios y abundantes en los demás. Me contentaré con el humilde lugarcito que me hayas destinado en la sociedad. Aceptaré con agradecimiento el entorno de personas y de cosas en que me has colocado. En todo esto haré callar mis rencores y mis repugnancias. No quiero ser, como tantos otros, un descontento, un amargado, un quejoso. A pesar de todo iré a través de la vida con sol en el alma, con un canto de alegría en el corazón, con una sonrisa en los labios, porque soy tu esclavo de amor. Y puedo repetir, no, cantar sin cesar: ¡Hágase tu voluntad, y bendito sea tu santo nombre!

            Incluso por lo que se refiere al ser y a los dones sobrenaturales, quiero mantenerme apaciblemente contento y agradecido con la medi­da recibida, aun cuando otros hubiesen recibido gracias más preciosas, auxilios más importantes, misiones más elevadas. Sin dejar de tender seria y enérgicamente a la santidad en cuanto de mí depende, quiero estar alegremente satisfecho de la medida de vida divina que Tú me comunicas, de los medios de santificación que Tú me destinas, del grado de gloria eterna que Tú, como espero, me tienes reservado: de todo eso no deseo ni quiero sino lo que Dios y Tú misma, Ministra principal de las larguezas divinas, queráis destinarme y comunicarme. En el tiempo, y también en la eternidad, ¡hágase vues­tra voluntad, y bendito sea vuestro santo y augusto nombre!

            Madre, soy tuyo en la hora de mi muerte: y tal como Tú, juntamente con Jesús, hayas dispuesto esta hora, con todas las circunstancias de tiempo, de lugar y de ambientes, con sus tristezas, angustias, dolores, terrores, luchas y combates; y también, ya lo sé, con todos los consuelos que Tú me tienes preparados para entonces, y con toda la asistencia sensible o secreta que quieras prestarme: Madre, esta hora tal como Tú me la destinas y tal como Tú la dispongas, la acepto desde ahora sin temor, sin duda, con alegría y amor, porque será tu hora. También para mi última hora, ¡hágase tu voluntad, y bendito sea tu santo nombre!

            ¡Qué hermosa, rica y feliz es la vida del verdadero hijo y esclavo de María! ¡Qué simple y santificador, y sobre todo qué glorificador para Dios y su santísima Madre, es este «fiat» incesante, este «amén» ininterrumpido, dicho con alegría y amor, a toda voluntad de Dios y de Nuestra Señora sobre nosotros!

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            Hermanos y hermanas en la santa esclavitud, recordemos fiel y frecuentemente estas consideraciones. ¡Por amor de Dios!, seamos consecuentes, seamos lógicos en vivir nuestra dependencia en cada instante y en toda circunstancia de nuestra vida.

            ¡Qué lamentable es comprobar tan a menudo que esclavos de María, en la práctica, olvidan casi totalmente su donación total a Nuestra Señora! Seamos esclavos de amor, no de palabra y de fórmula, sino de acto y de obra.

            No es digno de esta sublime dignidad quien se queja en la menor contrariedad, quien no sabe aceptar el menor trato descortés, quien no sabe soportar la más ligera incomodidad, quien no sabe reconocer las disposiciones de Jesús y de María en las grandes o pequeñas pruebas de la vida. Miremos más allá de las causas inmediatas, humanas, creadas, que nos ocasionan esta injusticia, esta pena, este sufrimiento; pues por medio de ellos Jesús y María hacen valer sus derechos sobre quienes se han entregado a Ellos.

            Y dejémoslos disponer de nosotros y de todo lo que nos pertenece sin reserva, sin excepción. No tenemos derecho a excluir esta enfermedad, esta situación, esta ingratitud, este trato indelicado. No nos toca a nosotros escoger, sino pronunciar nuestro «fiat» al pie de la letra, en todo lo que Dios y la Santísima Virgen quieran enviarnos.

            Así, pues, que María disponga de nosotros según su beneplácito, según como le plazca. ¡Qué a menudo debe dudar nuestra Madre! «¿Podré pedirle a mi esclavo este sacrificio, esta situación, esta prueba, esta enfermedad? ¿No se dejará llevar a la tristeza, al abatimiento, al desaliento?». ¿No debe sonreírse a veces cuando nos oye proclamar su derecho entero y pleno de disponer de nosotros?

            Madre amadísima, cuando reflexionamos en todo esto, se nos hace evidente a cada uno de nosotros cuántas veces hemos recortado, disminuido, robado y violado tus derechos sagrados sobre nosotros; qué lejos estamos de esta hermosa dependencia incesante, pedida por tu gran apóstol; qué frecuentemente hemos contradicho, por nuestros actos y por nuestra vida, lo que habíamos afirmado de corazón y de boca. Pero de ahora en adelante queremos ser lógicos en vivir la donación total que te hemos hecho, y dejarte obrar en todo y por todo, cueste lo que nos cueste. En nuestra incorregible flaqueza, oh Madre, contamos con tu auxilio omnipotente, que nos sostendrá y corregirá.


 

XVII
Riquezas incomparables

            La Santísima Virgen puede disponer de todo lo que somos y de todo cuanto tenemos según su voluntad para mayor gloria de Dios, y nosotros aceptamos sin restricción sus disposiciones y decisiones. Por otra parte, no queremos hacer uso de lo que le hemos entregado por nuestra Consagración total, más que según la voluntad y los deseos de Dios mismo. En esto consiste, en sustancia, ser interiormente esclavo de Jesús en María.

            Ahora nos es preciso decir algunas palabras sobre la aplicación de este doble principio, cuando se trata de nuestros bienes sobrenaturales.

            En este campo con encontramos, ante todo, con la gracia santificante o nuestro ser sobrenatural: una cualidad, una manera de ser sobreañadida a nuestra naturaleza humana, que nos hace partícipes de la naturaleza divina, de su Ser íntimo, y nos da la capacidad radical de realizar los mismos actos de la vida propia de Dios.

            A nuestra naturaleza humana corresponde, en el orden sobrenatural, la gracia santificante; a nuestras facultades humanas, inteligencia, voluntad, etc., corresponden las virtudes sobrenaturales infusas, teologales o morales, que nos hacen aptos, de manera inmediata, a realizar acciones sobrehumanas, sobrenaturales, y en un sentido verdaderamente divinas.

            Pero además, para realizar estos actos sobrenaturales, debemos ser excitados y ayudados por una intervención, una influencia sobrenatural actual de Dios, a la que llamamos gracia actual. Todos conocemos por experiencia estas iluminaciones interiores, estas inspiraciones, estos impulsos espirituales que nos inclinan hacia el bien y tienden a apartarnos del mal.

            De las virtudes sobrenaturales se distinguen realmente los dones del Espíritu Santo, que son instintos superiores, disposiciones infusas permanentes, por las que nuestras facultades, inteligencia y voluntad, son especialmente preparadas para recibir, aceptar y soportar fácil y prontamente las operaciones divinas en nosotros, y la influencia de las gracias actuales.

            Al lado de todo esto tenemos, en el campo sobrenatural, los valores múltiples y preciosos de nuestras acciones.

            Cada buena obra hecha en estado de gracia nos adquiere un mérito sobrenatural, esto es, nos da un derecho verdadero y estricto a un aumento de gracia santificante en esta vida, y de gloria eterna en el Paraíso.

            Cada buena obra hecha en estado de gracia tiene también un va­lor satisfactorio, esto es, satisface en todo o en parte por las penas temporales que hemos merecido por nuestros pecados.

            Con este valor satisfactorio están relacionadas las indulgencias, que borran las penas temporales merecidas por nuestras faltas, en cuanto que la Iglesia concede a nuestras acciones, en cierta medida, las satisfacciones de Cristo, de su Madre y de los Santos.

            Además de los méritos propiamente dichos o de justicia, a nuestras buenas obras se les suman algunos méritos de conveniencia; es decir que Dios, fuera de la gracia y de la gloria (que nos corresponden en estricta justicia, según el orden establecido por su libre voluntad), nos concede también, en su infinita bondad, gracias actuales e incluso un aumento de gracia santificante, que era conveniente concedernos, dada nuestra buena voluntad.

            Nuestras acciones sobrenaturales tienen también un valor impetratorio, gracias al cual obtenemos de Dios y nos aseguramos, aunque sin merecerlos, ciertos dones sobrenaturales. Cada acto de un verdadero cristiano, sobre todo de un verdadero esclavo de Jesús en María, es una oración en el sentido amplio de la palabra.

            Finalmente, están nuestras oraciones propiamente dichas, que, además de los valores ya mencionados, tienen una virtud propia misteriosa, por la infinita bondad de nuestro Dios y por el hecho de que El mismo se comprometió a escucharnos en nuestras justas peticiones, y a concedernos todo lo que le pidamos de manera conveniente en la oración.

            Este es el inventario de las «riquezas incomparables» que, en el orden sobrenatural, son nuestra porción magnífica de herencia.

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            Notemos cuidadosamente desde ahora:

            1º Primero, que nuestros tesoros sobrenaturales, en su parte más considerable y más preciosa, no son comunicables a otras almas. Son particularmente incomunicables la gracia santificante, las virtudes infusas, los dones del Espíritu Santo, las gracias actuales y los méritos propiamente dichos o de justicia.

            Por el contrario, pueden ser aplicados a los demás nuestros méritos de conveniencia, el valor satisfactorio e impetratorio de nuestras buenas obras, la virtud especial de nuestras oraciones como tales, y las indulgencias en la medida en que la Iglesia lo permite [72].

            2º Segundo, que debe ser evidente para todos que nuestras riquezas sobrenaturales incomunicables, gracias, virtudes y méritos estrictos, superan incomparablemente en valor a nuestros bienes sobrenaturales comunicables. Incluso considerando separadamente los valores de nuestras acciones buenas, el valor meritorio es mucho más precioso que los demás valores secundarios.

            Para darse cuenta claramente de las consecuencias de su donación completa, un esclavo de Jesús en María debe recordar netamente todos estos presupuestos.

«

            Por nuestra Consagración total hemos dado a Nuestra Señora todos nuestros tesoros sobrenaturales. No se los hemos confiado solamente: le hemos reconocido sobre todo esto un derecho de propiedad verdadero y absoluto.

            Todo lo que en estos tesoros no es comunicable, como la gracia, las virtudes y los méritos propiamente dichos, es propiedad de María. Sólo que, por la naturaleza misma de estos bienes, Ella no puede aplicarlos a otras almas. Es imposible.

            María disfruta de esta parte de nuestros bienes espirituales, que es la más preciosa de todas, como de su propiedad. Ella recibe gran alegría y gran gloria cuando conservamos estos bienes preciosamente, y los aumentamos con esmero.

            Ella misma cuida de estas riquezas, vela por ellas fielmente, las aumenta y las engrandece con alegría para provecho nuestro, pero sobre todo para gloria de su querido Hijo [73].

            Lo que es comunicable en nuestros tesoros espirituales, méritos de conveniencia, valor satisfactorio e impetratorio de nuestras buenas obras, virtud particular de nuestras oraciones, y todos los valores y riquezas sobrenaturales que pueden venirnos de otros —como las oraciones que se harán por nosotros, las indulgencias que otros ganarán en favor nuestro después de nuestra muerte, etc.—, todo eso se lo damos para que Ella disponga a su gusto, en favor de quien Ella quiera, por la intención que Ella quiera determinar.

            Ya tendremos ocasión de volver sobre el tema.

«

            Por el momento no tenemos que contentarnos sólo, afortunadamente, con consideraciones teóricas, por muy consoladoras que sean.

            Nuestra vida sobrenatural es enteramente de María; es su propiedad, y por lo tanto su alegría, su gloria y su corona.

            Madre, también en virtud de nuestra Consagración, queremos velar cuidadosamente, ansiosamente, por estos tesoros que son tuyos. ¡Tu bien, más aún que el nuestro, un bien infinitamente precioso, se perdería por el pecado grave…! ¡Cuánto esmero hemos de poner, desde este punto de vista, por evitar todo lo que de cerca o de lejos pudiera dañar a esta vida divina en nosotros, y sobre todo destruirla y extinguirla!

            Nos acordaremos, además, de que cuanto más elevadas sean es­tas virtudes, y más abundantes estos méritos, y más rica esta vida, tanto más brillante será también tu corona, dulce tu gozo, y resplandeciente tu gloria.

            Madre, por el uso frecuente y fervoroso de los sacramentos, por una vida de caridad cada vez más ardiente, por una generosidad creciente en la abnegación y en la mortificación, y por la práctica fiel de la santa esclavitud, trataremos de acrecentar la vida divina en nosotros, a fin de multiplicar tus tesoros, aumentar tu gloria, engrandecer tu alegría.

            Es cierto que se impone a nosotros el pensamiento entristecedor, casi desalentador, de nuestra debilidad, de nuestra corrupción, de nuestra inconstancia.

            Pero aquí como en otras partes, nos ofreces consuelo y aliento: pues, después de Jesús, Tú eres nuestra fortaleza.

            Con gran gozo nos acordamos de que tu gran Servidor nos enseña, con muchos otros Santos, que tu verdadera Devoción es una fuerza invencible en nuestra debilidad y cobardía, una armadura poderosa, una fortaleza inexpugnable contra las fuerzas maléficas del mundo corrompido, y contra las mismas violencias de Satán [74].

            Tú, oh María, conservarás con fidelidad lo que te ha sido consagrado, y nos ayudarás a acrecentar la vida de Dios en nosotros hasta su supremo desarrollo.

            En Ti, oh María, hemos puesto toda nuestra esperanza después de Dios.

            Esta esperanza no se verá confundida.


 

XVIII
La eterna pregunta

            Cuando alguien, de viva voz o por escrito, ha entrado en conocimiento de la verdadera Devoción, nueve veces de cada diez se pregunta: «¿Entonces no podré rezar ya por intenciones particulares?».

            Vamos a contestar a esta pregunta.

            Damos a la Santísima Virgen todos nuestros bienes sobrenaturales sin excepción.

            Damos también a nuestra Madre la porción más vasta y preciosa de nuestro haber espiritual: nuestra gracia y nuestras gracias, nuestras virtudes y nuestros méritos; pero, como hemos visto, de esta porción tan rica Ella no puede disponer en favor de otras almas, sino que ha de limitarse a conservar, aumentar y embellecer estos tesoros para nuestro propio provecho, y sobre todo para mayor gloria de Dios.

            Damos igualmente a nuestra Reina amadísima todo lo que en nuestros bienes sobrenaturales es aplicable a otras almas, esto es, los valores secundarios, satisfactorio e impetratorio, de nuestras buenas obras, la virtud propia de nuestras oraciones, nuestras indulgencias y todo lo que en valores sobrenaturales puede venirnos de otros: las ora­ciones que otros ofrezcan por nosotros, las indulgencias que otros ganen en nuestro favor, el valor satisfactorio e impetratorio de acciones buenas que otros quieran aplicarnos, incluso las misas que después de nuestra muerte sean ofrecidas por el descanso de nuestra alma.

            Reconocemos a la Santísima Virgen un derecho entero y pleno de disponer de todo lo que en nuestros bienes sobrenaturales es comunicable a otros, tanto después de nuestra muerte como durante nuestra vida en la tierra.

            Ella puede disponer de todo esto según su beneplácito: para nuestro propio provecho, en favor de nuestros parientes y bienhechores, de los sacerdotes y misioneros, por las intenciones del Sumo Pontífice, por el alivio y la liberación de las almas (y tales almas) del Purgatorio, etc.; una vez más, según su beneplácito, y siempre —no hace falta decirlo— para mayor gloria de la Santísima Trinidad.

«

            Aquí se plantea la «eterna pregunta». «Por haber entregado todo a Nuestra Señora, ¿no podré ya rezar por intenciones particulares, ni ofrecer mis buenas obras por un fin especial? ¿No puedo ya comulgar por el descanso del alma de mis parientes, rezar por la conversión de los pecadores o de tal pecador, por el advenimiento del reino de Nuestra Señora? ¿No puedo ya hacer celebrar misas por una u otra de estas intenciones?» [75].

            La respuesta a esta pregunta es fácil. Además, el mismo Mont­fort la da claramente [76].

            Sin ninguna duda podemos, y habitualmente debemos continuar teniendo, como esclavos de amor, intenciones especiales en nuestras oraciones y buenas obras.

            Podemos hacerlo, a condición —naturalmente— de someter nuestras intenciones a la aprobación de nuestra Madre y aceptar sus decisiones sobre ello, aunque nos sean desconocidas.

            Podemos hacerlo, porque al obrar así dejamos intactos sus derechos sobre los bienes espirituales que le hemos entregado. En resumen, es pedirle humildemente que las oraciones y las indulgencias que de que le hemos hecho donación, Ella misma las aplique por tal o cual intención. Ella es libre de hacerlo o de no hacerlo.

            Por eso, cuando nosotros, esclavos de amor de Nuestra Señora, formulamos intenciones determinadas para nuestras oraciones y nues­tras buenas obras, lo hacemos siempre con esta reserva: «a condición de que la Santísima Virgen quiera, a condición de que Ella no tenga intenciones más urgentes o mejores». En este último caso aceptamos las disposiciones de Ella: nuestras intenciones quedan siempre subordinadas a las suyas.

            Para señalar más netamente nuestra dependencia, podemos, si queremos, formular expresamente esta condición cuando determinamos nuestras intenciones. Pero no es necesario: queda ya entendido una vez por todas entre Ella y nosotros, que en definitiva es Ella, y no nosotros, la que decide la aplicación de nuestras oraciones e indulgencias.

            Así, pues, podemos determinar intenciones especiales para nuestra vida de oración y sacrificio. Y añadimos que, por regla general, debemos hacerlo, en el sentido de que ordinariamente será preferible que lo hagamos.

            San Luis María de Montfort observa que, al obrar así, daremos gusto a la Santísima Virgen, que, en recompensa de nuestra generosidad, se sentirá feliz de acceder a nuestros pedidos en favor de tal o cual intención que nos sea querida [77].

            Hay una doble ventaja espiritual en determinar intenciones especiales: por una parte, la de introducir un poco de diversidad en nuestra vida espiritual, lo cual será muy útil a bastantes almas; y por otra parte, la de estimularnos al fervor en la oración y a la generosidad en el sacrificio. ¿No es cierto que la amenaza inminente de la espantosa plaga de una nueva guerra mundial nos incita más fuertemente al fervor en la oración, y lo seguirá haciendo durante mucho tiempo para apartar el peligro que sigue al acecho?

            Además, dentro del espíritu de la Iglesia entra sin lugar a dudas que nos propongamos fines especiales en nuestras oraciones. La Iglesia nos excita a ello, y nos da el ejemplo.

            Sin embargo, no hay que exagerar en el sentido contrario.

            Para muchas personas, determinar y enumerar todo un montón de intenciones especiales es una verdadera distracción y un verdadero obstáculo para el recogimiento y la unión divina. Su acción de gracias después de la Comunión, por ejemplo, consiste casi únicamente en enumerar una larga lista de nombres, y en especificar para sí mismo y para los demás toda clase de necesidades y de deseos.

            La repetición frecuente de todo un montón de intenciones será particularmente perjudicial para las personas que se sienten llamadas a una unión íntima con Dios y con la Santísima Virgen María. Por lo tanto, que las almas que se sienten atraídas a esta unión silenciosa, sencilla y profunda, no se sientan obligadas a interrumpir esta unión tan fortalecedora y dulce para fijar su atención a toda clase de intenciones particulares.

            En el próximo capítulo contestaremos a las diferentes objeciones que a veces se plantean contra el abandono de nuestras oraciones e indulgencias a nuestra divina Madre.

            Por el momento, recapitulemos.

            1º Un esclavo de amor de Nuestra Señora puede formular intenciones particulares en sus oraciones y buenas obras, pero las somete enteramente al beneplácito de la Santísima Virgen.

            2º Habitualmente es aconsejable determinar nuestras intenciones, por ejemplo para cada decena del Rosario, para cada misa, etc. Después de la sagrada Comunión pediremos ciertas gracias especiales: el reino de la Santísima Virgen en nuestra propia alma, en los sacerdotes, en las almas de los niños, etc.

            3º Para señalar nuestra total dependencia y nuestra confianza absoluta para con nuestra divina Madre, ofreceremos de vez en cuando nuestras oraciones por las solas intenciones de la Santísima Virgen, sin conocerlas. Podremos hacerlo más especialmente cuando, por fal­ta de tiempo, nos sea difícil enunciar muchas intenciones particulares.

            4º Las almas atraídas a la unión íntima con Dios y la Santísima Virgen no han de preocuparse por determinar muchas intenciones en su oración. Bastará que, una vez al día por ejemplo, encomienden sus deseos a Nuestra Señora.

            Estamos persuadidos de que, obrando así, no faltamos a ninguna de nuestras obligaciones: María es nuestro riquísimo Suplemento que colma todas nuestras lagunas y salda todos nuestros déficits.

            Ella cuida fielmente de nosotros y de todo lo que nos es querido.


 

XIX
Reparos y objeciones

            Por nuestra Consagración total reconocemos a nuestra divina Madre como Propietaria de todo lo que poseemos. Ella puede disponer a su gusto de los valores comunicables de nuestra vida sobrenatural, especialmente de nuestras oraciones e indulgencias. Y aunque, por regla general, debamos seguir rezando y haciendo nuestras buenas obras por intenciones determinadas, estas intenciones quedan sometidas a las decisiones de María. Rezamos por fines específicos, pero siempre con la condición tácita: Si la Santísima Virgen quiere.

            Entonces se presentan los reparos.

            «Pero Padre, de esta manera ya no sabré nunca si la oración que hago, si la indulgencia que gano, será aplicada por la intención que yo determino: por ejemplo, la conversión de los Judíos, el descanso de las almas de mis difuntos, la santificación de los sacerdotes, etc. Por lo tanto, ya no puedo seguir asistiendo a mis parientes, bienhechores y amigos; ya no puedo seguir promoviendo los grandes intereses de la Iglesia. ¿No estoy faltando así a muchas obligaciones?».

            Entre paréntesis, hagamos una observación en la que apenas se piensa. Si tú no eres esclavo de la Santísima Virgen, ¿estás seguro de que tus oraciones serán siempre aplicadas por la intención que les asignas? La aplicación que se hace a otras almas de nuestras oraciones, indulgencias y demás valores sobrenaturales comunicables está rodeada de misterio. Muy poca cosa sabemos de las leyes que Dios se asignó sobre este punto, y de la línea de conducta que El mismo se marcó. Una cosa es cierta, y es que sucede a menudo, muy a menudo tal vez, incluso con quienes no se han comprometido por la santa esclavitud, que sus oraciones y buenas obras no son aplicadas por la intención que ellos habían formulado; ya sea porque la cosa es imposible (por ejemplo, cuando una indulgencia es ofrecida por un bienaventurado o por un condenado), ya sea porque aquellos por quienes se reza no se encuentran en las disposiciones requeridas para recibir los frutos de esta oración, ya sea simplemente porque esta aplicación no sería conforme con los adorables e insondables designios de Dios.

            Pero hablemos de los esclavos de amor.

            Sí, es cierto que no sabremos nunca con certeza si nuestras oraciones e indulgencias serán aplicadas por los fines que habíamos determinado, puesto que esto depende de la decisión de nuestra divina Madre, y esta decisión nos será desconocida en esta tierra.

            Pero esta perspectiva no nos asusta de ningún modo. No vemos en esto ningún inconveniente. Estamos persuadidos, al contrario, de que la aplicación que Nuestra Señora misma haga de nuestros bienes espirituales comunicables, comporta para nosotros y para los demás las ventajas más preciosas. De estas ventajas volveremos a hablar en otra ocasión.

            Ningún inconveniente.

            Todo se reduce a esto: que seamos fieles a las obligaciones que nos incumben: obligaciones de justicia, de caridad, de amistad, de conveniencia, etc.

            Acordémonos de lo que decíamos antes: nos damos a la Santísima Virgen con todo lo que somos y con todo lo que tenemos, y por lo tanto no sólo con nuestro activo, sino también con nuestro pasivo.

            Es imposible que sea de otro modo, imposible que la divina Due­ña no nos tome también con nuestras deudas y nuestras obligaciones.

            Un generoso bienhechor quiere hacer donación a nuestra Congregación de una magnífica propiedad, de un valor de un millón de euros, pero agravada con una hipoteca de cien mil euros. ¿Podría decirle el Padre Provincial: «Mil gracias por su ofrecimiento tan amable, señor. Lo aceptamos con agradecimiento y entusiasmo. Pero le rogamos que conserve consigo la hipoteca con que el inmueble se encuentra agravado»? El donante respondería con todo derecho: «Reve­rendo Padre, eso es imposible. Esta hipoteca es inherente a la propiedad. Ha de aceptar una y otra, o no quedarse con nada».

            Nuestra buena Madre debe tomarnos —y Ella lo hace de buena gana— tal como somos, con nuestros pecados y faltas, con nuestras deudas y obligaciones.

            De acuerdo: tenemos múltiples obligaciones con nuestra familia, con nuestros bienhechores y amigos, con sacerdotes y misioneros, con las grandes intenciones de la Iglesia…

            Pero, ante todo, nuestra divina Madre conoce estas obligaciones, y las conoce mejor que nosotros.

            Luego, Ella quiere, y más que nosotros, que estas obligaciones se cumplan, pues responden a la voluntad de Dios. Esta voluntad le es mucho más querida a Ella que a nosotros. Nosotros faltamos a veces, incluso a menudo, a nuestras obligaciones. La Santísima Virgen jamás.

            Finalmente, no se puede dudar de que Nuestra Señora hace suyas estas obligaciones, como la hipoteca de la propiedad de que hablábamos hace un instante.

            Por lo tanto, podemos estar ciertos de que esta Virgen fidelísima y cariñosísima cumplirá infaliblemente nuestras obligaciones en nuestro nombre y en nuestro lugar; y que Ella lo hará de manera mucho más perfecta que si lo hubiésemos hecho nosotros directamente. En efecto, Ella puede hacerlo, no sólo como nosotros mismos, con el modesto contenido de nuestra hucha espiritual, sino con los méritos infinitos de Jesús, con sus propios tesoros inmensos, y con las satisfacciones e impetraciones supererogatorias de los santos y de los bienaventurados, de que Ella dispone según su voluntad como Tesorera de las riquezas de Dios. De manera que, en lugar de perder ni sufrir nada por nuestra Consagración, nuestros parientes y bienhechores vivos o difuntos se ven socorridos cien y mil veces mejor, y las grandes intenciones de la Iglesia se ven cien y mil veces mejor realizadas.

«

            «Sí, Padre. Pero ¿y yo? Mi pasado no es tan brillante. ¡Necesito tantos auxilios y gracias! Si la Santísima Virgen aplica a otros mis oraciones y las que se hagan por mí, ¿qué será de mí? Y ¿no tendré que sufrir por más tiempo y más duramente en el Purgatorio, ese lugar terrible de purificación al que por un pecadito algunos autores me condenan por siglos enteros, y eso porque soy esclavo de amor y, por consiguiente, cedo en favor de otros mis indulgencias y las que se ganen por mí?».

            El Padre de Montfort señala tranquilamente —y sus palabras caen como una ducha fría— que esta objeción proviene «del amor propio y de la ignorancia» [78].

            Y tiene razón.

            Por nuestra Consagración Nuestra Señora se convierte en la Pro­pietaria y Administradora de nuestros bienes espirituales. En la dispensación y empleo de estos bienes, Ella tendrá en cuenta sin duda alguna, como hemos visto, nuestras obligaciones, y ante todo con nosotros mismos, por ejemplo, la obligación de proveer por la oración a nuestra salvación y perfección. Nuestra Madre tendrá mucho cuidado de no olvidar este deber, y lo cumplirá escrupulosamente. ¡Ten­gamos, por favor, un poco de confianza en Aquella que Dios mismo ha establecido como Administradora y Dispensadora de sus bienes espirituales!

            Por lo que se refiere al Purgatorio, es cierto que por la entrega heroica a la Santísima Virgen de todo lo que tenemos, realizamos un acto incesantemente renovado del amor más puro y desinteresado a Dios y a su santísima Madre, caridad perfecta que es poderosísima para borrar nuestros pecados y las penas que les están vinculadas, y sobre todo para aumentar nuestros méritos por toda la eternidad. Si tuviésemos que elegir entre sufrir más y durante más tiempo en el Purgatorio, y contemplar a cambio más claramente, amar más perfec­tamente y poseer más enteramente a Dios y, por eso mismo, ser más felices para siempre —cosa que realiza incontestablemente nuestra esclavitud de amor—, deberíamos preferir sin dudar, si queremos ser razonables, esta segunda alternativa, aun desde nuestro punto de vis­ta personal. Pero sobre todo desde el punto de vista del amor a nuestra Madre incomparable, deberíamos estar dispuestos a sufrir más largo tiempo en el Purgatorio, si así lo exigiese su glorificación.

            Pero apresurémonos a decirlo: esto no es más que una vana suposición. La realidad es muy distinta.

            Es totalmente inaceptable que un esclavo de amor de la San­tí­sima Virgen, justamente por ser su esclavo, tenga que sufrir por más tiempo y más cruelmente las llamas purificadoras del Purgatorio.

            Esta suposición reposa, lo repetimos con nuestro Padre no sin alguna indignación, en la ignorancia, en el desconocimiento de la liberalidad de Dios y de su santísima Madre.

            ¡No se conoce a esta Madre de bondad!

            ¡Vamos! Alguien te ha cedido una magnífica fortuna. Por circunstancias imprevistas este generoso bienhechor cae en la indigencia y en la miseria. Tú, gracias a él, eres millonario. ¿Tendrías tan poco corazón para dejarlo en la miseria y en el sufrimiento, cuando te es tan fácil socorrerlo a tu vez? Al contrario, ¿no te estimarías feliz de encontrar la ocasión de manifestarle tu agradecimiento? ¿No te creerías insultado, si alguien se atreviese a imputarte otros sentimientos y otros designios?

            Y nosotros, ¿no tendremos vergüenza de atribuir semejantes sen­timientos a la Santísima Virgen, la Mujer y Madre ideales, de una bon­dad, ternura y caridad que desafían toda palabra y toda concepción?

            Me he dado a Ella por entero: imposible darle más. He colocado mis intereses por encima de los míos; no he vivido más que para su Reino; me he despojado de todo para poder honrarla más y manifestarle más amor.

            ¡Y a causa de esto mismo caería yo en el hambre y en la miseria espirituales, a causa de esto mismo tendría yo que ser torturado más cruel y largamente en el Purgatorio, cuando a esta divina Virgen le es posible, ¿qué digo?, le es fácil aliviarme y liberarme, puesto que Ella es todopoderosa sobre el Corazón de Jesús, pues­to que sus oraciones son casi órdenes, puesto que Ella dispone a su gusto de todas las expiaciones y satisfacciones de la vida de Jesús y de la suya propia!

            Nuestra inteligencia y nuestro corazón contestan al unísono: ¡Imposible! ¡Mil veces imposible!

            Madre, con toda la generosidad de mi pobre corazón, me doy de nuevo a Ti. Con toda confianza, con los ojos cerrados, me escondo de nuevo en tu Corazón materno. Te entrego de nuevo, absolutamente, sin condiciones ni reservas, todos mis bienes, todo mi haber espiritual sobrenatural, actual y futuro.

            Hoy lo hago especialmente con la intención de reparar y de hacerte olvidar la pusilanimidad hiriente de quienes, por falta de confianza, no quieren darse a Ti.

            Aunque mis sufrimientos en el otro mundo, como consecuencia de este acto, debiesen ser más largos y más crueles, sin dudar y con alegría aceptaría esta previsión.

            Pero no, que Tú eres una Madre incomparablemente buena y todopoderosa en el reino de Dios.

            Tú reinas como Dueña incontestada en todo el dominio del Amor y de la Misericordia.

            Madre, con toda confianza me abandono enteramente a Ti.


 

XX
Magníficas ventajas

            Es evidente para quien reflexiona, como hemos hecho notar en un capítulo precedente, que no hay ningún inconveniente en ceder a nuestra divina Madre los valores comunicables de nuestras buenas obras, y en particular nuestras oraciones e indulgencias. Nadie tendrá que sufrir de las consecuencias de este acto: ni nosotros mismos, ni nuestros seres queridos, ni las grandes intenciones de la Iglesia.

            Al contrario, como también hicimos notar y explicaremos ahora, a este acto se vinculan las ventajas más magníficas. ¡Háganoslo com­prender bien la santísima y purísima Esposa del Espíritu Santo!

            1º Nuestra buena Madre, ante todo, conoce nuestras obligaciones, y las conoce mucho mejor que nosotros.

            Ella sabe, por ejemplo, y mucho mejor que nosotros, todo el bien de que somos deudores a nuestros padres. Ella contó y pesó las innumerables horas de solicitud que vivieron por nosotros, las oraciones fervorosas que ofrecieron por nuestro bienestar, y el trabajo, a veces abrumador, que realizaron por nosotros.

            Ella conoce todas las influencias, incluso las más secretas, que se han ejercido en nuestra vida espiritual. Ella sabe a quién debemos ciertas gracias selectas, ciertas gracias decisivas en nuestra vida: un retiro, una misión, la vocación religiosa o sacerdotal. Nosotros conocemos tal vez algunas de estas causas: Ella las conoce todas. Es posible que la gracia del sacerdocio se la deba yo a una Carmelita desconocida, a un sacerdote chino, a un pobre negro del Africa. No es inverosímil, dada la reversibilidad de los méritos y la influencia mutua entre los miembros del Cuerpo místico de Cristo. En este caso, Ella tendrá en cuenta, al administrar mi pequeña fortuna espiritual, estas obligaciones y deudas, completamente desconocidas para mí. Y esto es ciertamente una inmensa ventaja.

            2º María sabe todo lo que sucede en el mundo, sobre todo en el mundo de las almas. Ella ve claramente en Dios todo lo que tiene algún vínculo —y Ella conoce este vínculo— con el reino de Dios y la salvación de las almas. Ella ve las alegrías y tristezas, los peligros y tentaciones que acompañan y rodean nuestra vida y nuestra muerte, y también la vida y la muerte de quienes nos son queridos por algún motivo. En la aplicación de los valores espirituales de nuestra vida, Ella tendrá efectivamente en cuenta —lo cual nos sería imposible a nosotros— todas estas circunstancias.

            3º Nosotros olvidamos a veces… Por desgracia, la memoria del corazón es demasiado a menudo «una facultad que olvida». ¡Los ausentes, sobre todo por la muerte, son a veces olvidados tan pronto! En todo caso, a pesar de la mejor voluntad del mundo, nos es frecuentemente imposible acordarnos de todas las intenciones que nos fueron confiadas. Y aunque pudiéramos, no sería ni posible ni deseable enumerarlas todas. Nuestras horas de oración tendrían que estar dedicadas a esto por entero, con gran detrimento de nuestra unión con Dios. ¡Qué descanso, qué seguridad, poder decir a medida que nos encomiendan toda clase de intenciones: «Buena Madre, esta intención la dejo en tu gran Corazón, tan materno. Cuídate de ella». Ella puede hacer lo que nosotros no podemos: ser Marta activa y solícita, sin dejar de ser María que contempla y que ama sin cesar.

            4º Una cosa más. Una fortuna bien administrada crece sin cesar, a veces de manera asombrosa. Especuladores sagaces, que saben elegir bien sus acciones, ven cómo su fortuna crece a veces en proporciones increíbles.

            Querido lector, queda entendido que nosotros no pretendemos llevar a nuestros esclavos de amor a especular en la bolsa. Nos limitamos a hacer una comparación.

            En el orden sobrenatural se dan a veces estas inversiones mara­villosas. Montfort habla de esos «lucros para realizar en Dios» [79]. La Santísima Virgen, que ve y prevé todo en Dios, está puesta en el lugar más excelente para concedernos estas buenas gangas, por la aplicación oportunísima y fructuosísima de nuestros valores espirituales.

            Tenemos nuestras intenciones. Pienso que buenas. Pero nada me dice con certeza que son las mejores, las más imperiosamente exigidas por la gloria de Dios, las que más han de contribuir hic et nunc, de la manera más eficaz y rápida, al reino de Dios en mi alma y en el mundo. Nuestra Señora, al contrario, que lo sabe todo en el reino de Dios, conoce las necesidades más apremiantes de las almas, y las aplicaciones más productivas de nuestros bienes sobrenaturales.

            Un pecador está a punto de morir. En la balanza, los platillos de la justicia y de la misericordia están equilibrados. Echa un Rosario, un solo Avemaría tal vez, en el platillo de la misericordia, y la balanza se inclinará en su favor. Este pecador va a recibir una gracia decisiva. Va a convertirse y a glorificar a Dios por toda una eternidad. Nuestra Señora, en este caso, no aplicará tus oraciones para liberar a un alma del Purgatorio, o para santificar a un sacerdote, sino para arrancar con ellas a este pecador de la muerte eterna. ¿Quién no quedará encantado de esto?

            Nuestra vida es dura, muy dura a veces.

            Austeras, muy austeras son las exigencias de la verdadera vida cristiana; más rigurosas aún las de la vida de esclavo de amor, las de la vida religiosa y sacerdotal.

            Con la ayuda de nuestra divina Madre queremos responder generosamente a estas exigencias, aguantar valientemente esta vida de abnegación, y llevar alegremente nuestra cruz de cada día.

            Pero desde entonces, ¿no es un deseo muy legítimo que de esta vida de renuncia podamos sacar la mayor cantidad de ventajas posible, para la glorificación de Dios, el reino de Cristo y de María, la salvación y santificación de las almas?

            Nosotros, esclavos de Nuestra Señora, contamos con la certeza absoluta de que la Santísima Virgen sabrá emplear nuestra vida de la manera más fecunda y fructuosa para Dios, para las almas y para nuestro propio provecho.

            5º Una última observación. Es incontestable que la Santísima Virgen nos toma tal como somos, tanto con nuestro pasivo como con nuestro activo, y por lo tanto con nuestras obligaciones. Estas obligaciones se hacen realmente suyas. Ella está obligada, pues, a cumplirlas. Ella lo hará muy fielmente, y con toda seguridad mucho más fielmente que nosotros. También mucho más perfectamente. Nosotros podríamos hacerlo con nuestro pequeño haber sobrenatural, agotado tan a menudo. Ella, con las inmensas riquezas de que dispone: las del Corazón de Jesús, que son infinitas, las suyas propias, tan abundantes, y las de los santos y bienaventurados, que Ella administra como Dispensadora de todos los tesoros del Señor.

            Por eso, en lugar de que nosotros y aquellos a quienes amamos tengan que sufrir por nuestro acto, seremos socorridos al contrario cien y mil veces mejor, y cien y mil veces mejor serán realizadas también las grandes intenciones del Sumo Pontífice y de la Iglesia: la paz del mundo, la ayuda a las misiones, la santificación de los sacerdotes, etc.

            Releamos, para nuestro gran consuelo, los siguientes textos:

            «Conociendo perfectísimamente la Santísima Virgen, a quien cedemos el valor y el mérito de las buenas obras, dónde está la mayor gloria de Dios, y no obrando Ella sino para esta mayor gloria de Dios, un perfecto servidor de esta buenísima Señora, que a Ella se ha consagrado por entero, puede decir sin temor que el valor de todas sus acciones, pensamientos y palabras se emplea para la mayor gloria de Dios…» [80].

            «Se debe notar que nuestras buenas obras, al pasar por las manos de María, reciben un aumento de pureza y, por consiguiente, de mérito y de valor satisfactorio e impetratorio, por lo cual se hacen mucho más capaces de aliviar a las almas del Purgatorio y convertir a los pecadores, que si no pasaran por las manos virginales y liberales de María. Lo poco que se da por la Santísima Virgen, sin propia voluntad y por caridad muy desinteresada, llega a ser, en verdad, muy poderoso para aplacar la cólera de Dios y atraer su misericordia…» [81].

            Así se hace posible «por esta práctica, observada con entera fidelidad, dar a Jesucristo más gloria en un mes de vida, que por cualquiera otra, aunque más difícil, en varios años» [82].

            «¿Puede encontrarse algo más consolador para un alma que ama a Dios con amor puro y desinteresado, y que aprecia más la gloria de Dios y sus intereses, que los suyos propios?» [83].

            Y así, también según la observación que hace San Luis María de Montfort, en el día de nuestro juicio quedaremos felizmente sorprendidos a la vista de los resultados, asombrosamente ricos, de nuestra vida desgraciadamente tan ordinaria; a la vista de todo lo que habremos podido realizar para gloria de la Santísima Trinidad, por el reino de Cristo y de María, por el triunfo de la Iglesia, por la salvación y santificación de las almas, y por nuestra propia glorificación y bienaventuranza.

            Con indescriptible emoción caeremos a los pies de nuestra divina Madre, o más bien nos abismaremos en las profundidades de su Corazón materno, y balbucearemos lo que tan frecuentemente habíamos repetido en esta vida: ¡Madre, ahí tienes tu obra!


 

XXI
Esclavitud de amor y acto heroico

            A veces nos han planteado la siguiente pregunta u objeción: «He hecho el acto heroico, y por eso ya he cedido mis oraciones e indulgencias a las benditas almas del Purgatorio. ¿Puedo con todo hacerme esclavo de amor?».

            Será útil contestar a esta pregunta. Respuesta que encontrará aquí su lugar, después de las explicaciones que hemos dado en los artículos precedentes. Ella destacará de nuevo las riquezas de nuestra magnífica Consagración, y la hará brillar a nuestras miradas como uno de los actos más elevados y preciosos que un cristiano pueda realizar en esta vida.

 

Naturaleza y alcance de los dos actos

 

            El acto heroico consiste en ceder a las almas del Purgatorio todas las indulgencias que uno gana, el valor satisfactorio de todas nuestras buenas obras, y también las santas misas, oraciones e indulgencias que después de nuestra muerte sean ofrecidas por el descanso de nuestra alma.

            Se puede entregar todos estos valores a la Santísima Virgen para que Ella los aplique a las almas de los difuntos, o cederlos directamente a estas benditas almas sin acudir a la intervención de Nuestra Señora.

            Por este acto se estipula, pues, que todo lo que constituye su objeto será aplicado, no por otros vivos, ni siquiera por sí mismo, sino únicamente por las almas del Purgatorio. Es lo que hace dar a este acto el epíteto de «heroico», porque al excluirse uno mismo de la aplicación de estos valores, se acepta sufrir tal vez más larga y cruelmente en la morada de la purificación, para librar y aliviar a otras almas, detenidas en este lugar de sufrimientos.

            Quede claro que por este acto tan meritorio se cede únicamente a las almas del Purgatorio lo que tiene valor expiatorio y satisfactorio en nuestra vida, como son nuestras indulgencias, y nuestras oraciones y buenas obras en la medida en que puedan satisfacer por las penas merecidas por nuestras faltas. No se cede, pues, la virtud propia de las oraciones personales en cuanto tales, ni lo que se llama valor impetratorio de las buenas obras personales, ni aún menos, evidentemente, el mérito propiamente dicho de estas mismas buenas obras.

            Lo repetimos: acto hermosísimo, acto admirable, que debe inspirarnos el mayor respeto, y al que la Iglesia ha vinculado ventajas preciosas y numerosas indulgencias.

            Por lo que se refiere a la Consagración de la santa esclavitud, nos basta recordar en dos palabras, después de las explicaciones dadas hasta aquí, que consiste en dar a la Santísima Virgen, y por Ella a Jesús, todo lo que somos y tenemos en el orden espiritual y material, natural y sobrenatural, y eso en el tiempo y para la eternidad, con el derecho que le dejamos a nuestra divina Madre de disponer de todo eso según su beneplácito, para mayor gloria de Dios.

 

Comparación de los dos actos

 

            Si comparamos ahora los dos actos, esta comparación será incontestablemente ventajosa para nuestra Consagración.

            1º El acto heroico puede hacerse por la Santísima Virgen: nuestra Consagración debe estar dirigida a la santa Madre de Jesús. Por lo tanto, esta es por su misma naturaleza un homenaje de amor y de veneración hacia la Santísima Virgen María; no así el acto heroico.

            2º El acto heroico se hace en favor de las almas del Purgatorio para librarlas o al menos aliviarlas de sus tormentos, lo que evidentemente es una meta muy elevada. Sin embargo, esta meta es superada inmensamente por la que nos proponemos en la Consagración de la santa esclavitud, a saber, la mayor gloria de Dios. Si esta gloria divina exige que los valores comunicables de nuestra vida sean aplicados por las almas del Purgatorio, la Santísima Virgen lo hará sin duda alguna. Si, al contrario, esta glorificación divina —y esto no es un caso quimérico— exigiese que nuestras oraciones e indulgencias fueran utilizadas con otros fines, Nuestra Señora lo haría también: lo que constituye claramente una preciosa ventaja en favor de nuestra querida Consagración.

            3º Y sobre todo hay que observar, si comparamos la extensión de los dos actos, que la donación de la santa esclavitud es mucho más comprehensiva, esto es, que abarca mucho más y se extiende más lejos que el acto heroico.

            En efecto, este último da en esta vida, en favor de las almas del Purgatorio, todo lo que tiene virtud expiatoria y satisfactoria, y después de nuestra muerte las indulgencias que sean ganadas por nosotros, y también las oraciones y buenas obras que se hagan por nosotros, en la medida en que todo eso pueda aprovechar a las almas de los difuntos.

            Por nuestra magnífica Consagración, en cambio, damos en primer lugar lo mismo que se da por el acto heroico, es decir, todo lo que tiene valor expiatorio, todo lo que en este orden realizamos nosotros mismos o es ofrecido por otros a nuestras intenciones.

            Pero además de esto damos también a nuestra buena Madre todo el valor impetratorio de nuestras obras, la virtud propia de nuestras ora­ciones personales y de las que sean ofrecidas por nosotros, es decir, la virtud que estas oraciones tienen de obtener de Dios lo que en ellas se pide.

            Más aún, aunque Nuestra Señora no pueda aplicarlo a otros, da­mos a la Santísima Virgen el valor meritorio de todas nuestras buenas obras. Le damos estas obras en sí mismas, como también las virtudes y gracias de que ellas proceden. Le damos el principio mismo de nuestras acciones, nuestros sentidos y nuestros miembros, nuestras potencias y nuestras facultades, nuestro cuerpo y nuestra alma, nuestro ser y nuestra persona, ¡todo, absolutamente todo! ¿Será exagerado decir, desde entonces, que la santa esclavitud es respecto al acto heroico lo que 100 o lo que 1000 es respecto a 1?

            4º Una cosa más. Nadie pretenderá sin duda que el acto heroico, por muy elevado que sea, produzca por su misma naturaleza transformaciones profundas en una vida, y aún menos que establezca por sí mismo al alma en un nuevo modo de ser espiritual. Eso, sin embargo, es la exacta verdad para nuestra Consagración mariana. Ella hace de nosotros unos «consagrados». Nos establece realmente en un estado de pertenencia y de consagración, que por una parte comporta obligaciones y exigencias muy vastas y severas que hemos expuesto aquí, y por otra parte hace que todos nuestros pensamientos, palabras y acciones pertenezcan realmente y de hecho a Jesús por María en virtud de este ofrecimiento.

            5º Bajo un solo aspecto el acto heroico parece, si se lo examina superficialmente, más ventajoso que nuestra sublime donación. Y es que quienes hacen el acto heroico se excluyen a sí mismos de la aplicación del valor satisfactorio de sus oraciones y buenas obras, y eso para auxiliar a otras almas. No es nuestro caso. Nosotros dejamos que la Santísima Virgen misma juzgue de la oportunidad de la aplicación de nuestros diversos valores espirituales comunicables. Si Ella prefiere que estos valores nos sirvan a nosotros mismos, aceptamos de buena gana su decisión. El acto en favor de las almas del Purgatorio parece, pues, practicar la caridad de manera más «heroica».

            Si se reflexiona bien, nos parece que incluso desde este punto de vista nuestra Consagración no es inferior, no le falta tampoco este «heroísmo», ni lo practicamos nosotros en grado inferior. Pues también nosotros aceptamos, si lo quieren Jesús y María, quedar excluidos de la aplicación de los valores satisfactorios de nuestra vida, e incluso de varios otros. Por cuanto de nosotros depende, hemos hecho el mismo sacrificio tan meritorio.

            Por otra parte, nos parece netamente más perfecto dejarlo todo a la decisión de nuestra divina Madre, pues Ella tomará esta decisión según los deseos de Dios y para su mayor gloria. Es claramente más perfecto querer que nuestros valores espirituales nos sean aplicados a nosotros mismos si así lo exige la gloria de Dios, que querer excluirnos de esta aplicación cuando se siguiese de ello que la gloria de Dios se realizase menos perfectamente, o que el plan de Dios y sus designios se cumpliesen menos perfectamente.

 

Conclusiones prácticas

 

            Después de lo dicho, es fácil sacar conclusiones prácticas.

            Y ante todo: quienes han hecho el acto heroico pueden todavía hacer la Consagración de la santa y noble esclavitud de amor. Pues esta última donación, como hemos visto, es mucho más elevada, mucho más perfecta. Y siempre se puede subir, adelantar. Por consiguiente, a quienes han hecho el acto heroico les está permitido y se les recomienda hacer la Consagración total de sí mismos a la Santísima Virgen.

            Es cierto que se puede objetar: «Pero ya he cedido una parte de mis bienes espirituales a las almas del Purgatorio. ¿Hay que retractar esta donación?».

            A decir verdad, no se retracta nada. Según la observación de nuestro Padre, hacemos esta Consagración teniendo en cuenta las obligaciones que se tienen ahora o se tendrán más tarde [84]. Nuestra Señora conoce las obligaciones que has podido contraer por tu acto heroico, y las tendrá ciertamente en cuenta en la gestión de tu fortuna espiritual. Confíale, pues, la cosa, y déjala hacer.

            Así, pues, el acto heroico no es un obstáculo para abrazar la santa esclavitud.

            Se podría difícilmente decir lo mismo de lo contrario.

            No se ve muy bien cómo alguien que, para mayor gloria de Dios, lo ha dado todo a Nuestra Señora, pudiese luego atribuir por sí mismo una parte de estos bienes para un fin inferior y subordinado.

            Queda claro que un esclavo de María puede perfectamente pedir a esta divina Madre que se digne aplicar sus oraciones e indulgencias, no a sí mismo, sino a las almas del Purgatorio, si esta intención concuerda con los designios y la gloria de Dios.

            O también puede, aunque viene a ser lo mismo, ceder a las almas del Purgatorio el valor expiatorio de su vida, a condición de que la Santísima Virgen apruebe esta aplicación. En estos casos, no se volvería a tomar nada de lo que se ha dado [85].

            Las explicaciones sobredichas, evidentemente, son propias para hacer crecer más nuestra estima por el magnífico acto que hemos realizado. Pedimos a nuestra dulce Madre que nos haga corresponder fielmente a la gracia que hemos recibido. De nuevo tomamos el propósito de vivir según el «espíritu» de esta perfecta Consagración.

            Di ahora, querido lector, un Avemaría para que captemos bien y vivamos fielmente este espíritu.

            ¡Montfort nos dice que es algo tan raro!


 

XXII
¿Cómo hacerse esclavo de Nuestra Señora?

            Nos hacemos esclavos de amor por medio de la propia Consagración total a Jesús por María.

            Eso quiere decir, como hemos explicado precedentemente: darse realmente como propiedad a la Santísima Virgen; darse por entero con todo lo que se es y con todo lo que se posee; darse para siempre, en el tiempo y para la eternidad; darse, no con miras a la recompensa, sino por amor puro y desinteresado; darse a Jesús y a María, a Jesús por María.

            ¿Cuándo y cómo se puede realizar este acto tan importante?

            Ante todo, no hay que hacerlo por entusiasmo, a la ligera, sin reflexión ni preparación. Realizado de este modo, contribuiría mediocremente a la gloria y reino de Dios, y a la santificación del alma.

            Debemos saber lo que hacemos. Léete antes el breve folleto explicativo que de buena gana ponemos gratuitamente (en cantidad ilimitada para su difusión) a disposición de quien nos lo pida. En caso de sentirte atraído entonces a esta devoción, lee y medita, ya el «Tra­tado de la Verdadera Devoción a la Santísima Virgen», ya «El Secreto de María» [86], que da resumidamente la misma doctrina que el Tratado.

            ¿Encuentras dificultades en esta lectura, como casi siempre sucede? Reza fervorosa y humildemente al Espíritu de Dios y a su purísima Esposa María, y de una manera u otra recibirás la luz deseada. Consulta también a quienes sabes que están a la altura de esta magnífica doctrina: los Padres Montfortanos, otros sacerdotes celosos y piadosos, a menudo nuestros mismos celadores y celadoras. Una vez que hayas resuelto la mayor parte de estas dificultades —pues Mont­fort nos avisa que sólo con la práctica comprenderemos perfectamente—, pide humildemente a tu director, si tienes uno, el permiso para dar el gran paso. Determina para esto un día de fiesta de la Santísima Virgen, o cualquier otro día notable en tu vida.

            Haz antes tu preparación de treinta días [87]. Para los cristianos fervorosos esta preparación no presenta ninguna dificultad. Quienes hacen lectura espiritual y meditación, podrán servirse para esto de libros compuestos a este fin. Quienes no tienen tiempo de hacer muchas lecturas piadosas podrán contentarse con la Preparación Breve, editada como folleto especial e insertada en nuestra última edición del Libro de Oro y del Reino de Jesús por María. De la seriedad y del fervor de esta preparación dependerá en gran parte la fecundidad de tu misma Consagración.

            El día elegido o su víspera, haz una confesión fervorosa (puede ser general) de tus faltas, pues nuestra Consagración debe operar una rectificación definitiva de nuestra vida. Acércate a la sagrada Comunión sirviéndote del método mariano de San Luis María de Montfort, y después de la Comunión lee lenta y respetuosamente el Acto de Consagración. Este día será para ti un día celestial: es el día en que habrás marcado a tu vida una orientación definitiva, y firmado, por decirlo así, el contrato de tu eternidad bienaventurada.

            Cuanto antes da tu nombre, apellido y dirección completa a uno de nuestros celadores o celadoras, o directamente a nuestra Secretaría de Lovaina para la inscripción en la Archicofradía de María Reina de los corazones [88]. Te darán o enviarán entonces tu carnet de admisión, que leerás atentamente, a fin de enterarte bien de las obligaciones que contraes y de las preciosas ventajas espirituales que se te conceden.

            Es de lamentar que muchos esclavos de amor hayan descuidado esta inscripción. No es lo que más importa, claro está; lo principal es hacer generosamente y vivir fielmente la Consagración. Pero eso no quita que, donde la Iglesia crea una institución oficial para agrupar los esclavos de Nuestra Señora, otorgando a esta institución numerosos y preciosos favores espirituales, sería por nuestra parte una falta de respeto y sencillez cristiana descuidar sin motivo la inscripción en esta querida Cofradía. Tenemos respeto —y está muy bien— a los sacramentales, al agua bendita, a la bendición de un sacerdote, etc. Una Archicofradía, erigida por la autoridad más elevada de la Iglesia, enriquecida con indulgencias plenarias y parciales, tiene indudablemente más valor. Así, pues, que todos los esclavos de Nuestra Señora, aunque haga años que hubieran realizado su Consagración, se apresuren a dar su nombre a la Archicofradía de María Reina de los corazones. Y que los sacerdotes que atraen las almas a nuestra querida Devoción, les aseguren también los favores vinculados a esa inscripción. Todo esto es conforme a los deseos de Montfort [89].

            De este modo nos sostenemos mutuamente por la oración y el sacrificio. También es deseable poder contarnos. Y finalmente es necesario que los esclavos de amor guarden el contacto entre sí, y se vean puestos al corriente del movimiento mariano y de todos los acontecimientos referentes al reino de Nuestra Señora. Sólo así podremos formar «un ejército bien alineado en orden de batalla y bien reglado, para atacar de consuno a los enemigos de Dios» [90]. Aislados seremos poca cosa; pero agrupados, disciplinados y regimentados seremos invencibles.

«

            En los artículos que han de seguir nos extenderemos sobre el espíritu y las obligaciones de la santa esclavitud, espíritu y obligaciones de que querríamos impregnar nuestra vida entera.

            Para llegar a ello, comencemos por la renovación frecuente de nuestra donación. Es cierto que sigue en vigor y produce sus efectos mientras no haya sido expresamente retractada. Sin embargo, es muy útil renovarla a menudo. Acordémonos de que fuera de la santa Misa y de los Sacramentos, no hay acto con el que demos tanto gusto a Jesús y a María.

            Renovemos, pues, nuestra Consagración el día aniversario de nuestra primera donación, en las fiestas de Nuestra Señora, tal vez cada sábado, o al menos cada primer sábado de mes. Hagámoslo, ya con la fórmula de Montfort, ya —a veces conviene variar— con la del Cardenal Mercier, con la de Santa Margarita María, o con alguna otra fórmula semejante. El gran Cardenal Pie hacía con ella su acción de gracias cotidiana, y muchos esclavos de amor siguen este ejemplo.

            Ya sabemos que no se requiere el rezo de una larga fórmula para renovar seriamente nuestra donación. Podemos hacerlo con una fórmula breve compuesta según nuestro gusto y conveniencia, o con las oraciones jaculatorias de nuestro Padre:

            «Soy todo vuestro, amable Jesús mío, y todo lo tengo os lo ofrezco por María, vuestra santísima Madre» [91].

            O también: «Renuncio a mí mismo y me doy a Ti, querida Madre mía».

            O más brevemente aún: «Soy todo de Jesús por María».

            Muy sugestiva es la invocación indulgenciada por Su Santidad Pío XI con 300 días: «Sagrado Corazón de Jesús, me doy enteramente a Vos por María».

            Así, pues, con una palabra, o con un acto puramente interior, repitamos cada día y muy a menudo durante el día nuestra pertenencia total a María. Hagámoslo al levantarnos y al acostarnos, antes y después de las comidas, antes de cada nueva actividad, tal vez también entre las decenas de nuestro Rosario. Hagámoslo en el sufrimiento, en las dificultades, en el momento de la tentación… Hagámoslo cuando toque la hora, y cada vez que nos encontramos con una imagen bendita de nuestra Madre. Y poco a poco se convertirá en la respiración de nuestra alma.

            Este es un primer y buen medio para acordarnos de nuestra pertenencia, convencernos de ella, penetrarnos de ella, y aprender poco a poco a vivirla.


 

XXIII
Consagración social a la Santísima Virgen

            Hace décadas que nos esforzamos por promover, no sólo la consagración personal a la santísima Madre de Dios, sino también la consagración colectiva o social. En varias diócesis, como Ruremonde, Lieja y Namur, se llevó a cabo, a partir de 1934, una verdadera campaña organizada para convencer y preparar a la consagración, no sólo a los cristianos individualmente, sino también a las familias, parroquias, agrupaciones y asociaciones de toda clase. Estas consagraciones atrajeron sin ninguna duda las bendiciones divinas sobre personas y comunidades de todo tipo, que se apresuraron a responder a este llamamiento.

            Luego sucedió el gran acontecimiento ya relatado, de la consagración «social» de la Iglesia y del género humano al Corazón Inmaculado de María, realizada por Su Santidad Pío XII el 31 de octubre de 1942, y luego el 8 de diciembre siguiente.

            Todo el mundo católico quiso unirse a este gran acto. En Bélgica el Episcopado apremió a toda la población a hacer o renovar esta donación. La Carta Pastoral de Su Excelencia el Cardenal van Roey sobre este tema, en la Cuaresma de 1943, fue particularmente notable. El Cardenal, después exponer magistralmente los fundamentos dogmáticos de la devoción mariana, escribía entre otras cosas:

            «Acabamos de invitaros ahora a hacer una manifestación insigne de este culto, a dar un testimonio elocuente de esta confianza… Si las circunstancias lo hubiesen permitido, habríamos querido organizar una grandiosa solemnidad nacional para consagrar Bélgica al Corazón Inmaculado de María. Esperamos poder celebrar esta ceremonia después de la guerra, cuando de nuevo gocemos de la paz en la independencia. Mientras tanto, haremos la consagración de nuestras diócesis, de nuestras parroquias y de todas nuestras instituciones, para englobar de hecho a toda la nación.

            ¿Cuál es el alcance de esta consagración? Dedicar todo lo que tenemos y todo lo que somos a la Santísima Virgen María… Conviene que nos confiemos, entreguemos y consagremos —son los términos usados por el Papa— sin reserva a la Santísima Virgen, para dejarle toda libertad de disponer por entero, como Ella quiera, de nuestras vidas y de nosotros mismos. Conviene poner en sus manos maternas la suerte de nuestras instituciones y obras, el futuro de nuestras parroquias y diócesis, los destinos de nuestra patria y de la Iglesia en Bélgica. Es, por consiguiente, un acto de donación total y colectiva, inspirado por la fe más elevada, por el amor más filial y confiado».

            Como puede verse, la enseñanza del Primado de Bélgica coincide aquí muy de cerca con la noción de la consagración tal como la expone San Luis María de Montfort, aplicada sobre todo a la consagración colectiva o social.

            Esta consagración fue hecha en Bélgica por todas partes en el transcurso del año 1943, y no dejó de producir en la población una impresión profunda y reconfortante.

            El 1 de mayo de 1948, como ya lo hemos señalado, el Santo Padre, en su Encíclica Auspicia quædam, recuerda la consagración de la Iglesia y del mundo al Corazón Inmaculado de María, hecha a ejemplo y en el mismo sentido que la consagración del género humano al Sagrado Corazón de Jesús, e invita a toda la cristiandad, no sólo a los individuos, sino a cada diócesis, a cada parroquia y a cada hogar cristiano, a hacer esta consagración, que por lo tanto es verdaderamente colectiva y social.

            No seríamos verdaderos cristianos si no respondiésemos a este llamamiento del Pontífice supremo. Para alentarnos a ello, reproduciremos aquí algunas páginas de un pequeño folleto, que hemos difundido a un cuarto de millón de ejemplares.

 

El por qué de estas consagraciones

 

            Para ser completa, nuestra Consagración a la Santísima Virgen no debe ser solamente individual, sino también colectiva o más bien social. En efecto, al lado de nuestra vida personal, tenemos también una vida social. Somos miembros, libremente o por fuerza, de diversos organismos sociales. Formamos parte de la Iglesia, de una diócesis, de una parroquia. Pertenecemos a una familia; somos ciudadanos de una nación, de una ciudad, de un municipio; y hemos entrado en muchas asociaciones y agrupaciones.

            Para ser completa, nuestra donación a María debe englobar todas estas entidades sociales.

            Muchas sociedades humanas tienen, en sentido propio o en sentido amplio, una «personalidad moral», una existencia social distinta de cada miembro considerado aparte, e incluso de todos los miembros considerados en común. En la mayoría de las sociedades hay bienes comunes, que cada miembro, considerado individualmente, no podría ofrecer a Nuestra Señora, pero que la comunidad misma puede dedicarle. Por otra parte, es absolutamente evidente que todos estos organismos sociales ejercen una gran influencia en la vida moral y religiosa de los individuos, y pueden por consiguiente favorecer o contrariar sumamente el reino de Cristo y de María en las almas.

            Por todos estos motivos, frente a la consagración personal —que es la más importante—, nuestra cruzada mariana organiza también la consagración de las familias, de todas nuestras asociaciones, especialmente la de las parroquias e institutos y comunidades religiosas.

 

Su alcance

 

            Por este acto de consagración social, una familia, por ejemplo, reconoce oficialmente sobre ella los derechos de la dominación real de María.

            Ella se coloca, por este mismo hecho, de modo muy peculiar, bajo su custodia materna y su protección benéfica.

            Todos los miembros de esta comunidad familiar, el padre, la madre, los hijos, se consagran, como tales, a la divina Madre de Jesús. La misma familia es la que lo hace, y ofrece así a la Santísima Virgen la propiedad de los bienes de que cada miembro, considerado individualmente, no podría tal vez disponer.

            ¡Qué recomendable es también este homenaje social a la divina Madre, por el que se reconocen y se realizan completamente sus derechos sobre toda la humanidad!

            ¡Qué preciosa es, en particular, la consagración a Nuestra Señora de la familia, cuya misión es tan importante y sublime! ¡La familia, célula madre de la sociedad y de la patria! ¡La familia, elevada por el sacramento de matrimonio y establecida en el centro mismo del orden sobrenatural, con la magnífica misión de dar a Dios templos vivos, a Cristo miembros de su Cuerpo místico, a la Santísima Virgen María hijos amadísimos!

            ¡Qué celo en reconocer la soberanía de Nuestra Señora deben desplegar también nuestras agrupaciones, en particular las de Acción Católica, que quieren vivir el cristianismo en su integridad, ser conquistadores, y traer de nuevo a Cristo las masas que se alejaron de El! ¡Qué poderoso auxilio encontrarán, para realizar esta gran y difícil misión, en su intimidad con la Santificadora de las almas, la Madre de la Iglesia, la Reina de los Apóstoles y la gloriosa Triunfadora de Satán!

 

Espíritu mariano

 

            Queda claro que parroquias y familias, obras y agrupaciones católicas de toda clase, deberán recordar su consagración y renovarla regularmente. La Santísima Virgen, desde ese momento, tendrá su lugar en ellas junto a Cristo. Su vida social no será solamente cristiana, sino también mariana. Nuestra Señora imprimirá en adelante un sello especial a su vida, que se inspirará en el espíritu de María. Este espíritu de María será, para los dirigentes, un espíritu de abnegación y de entrega total y desinteresada por los intereses de la colectividad; para los subordinados, un espíritu de docilidad y de obediencia, que es el espíritu propio de la «Esclava del Señor», que no cesó de repetir a toda autoridad legítima lo que dijo al arcángel San Gabriel, enviado por Dios: «Hágase en mí según tu palabra»; espíritu de María, que será para todos los miembros de la sociedad, y en las relaciones de sus diversos organismos entre sí, un espíritu de hermosa y gran caridad, de soporte mutuo, de benevolencia recíproca, de unión estrecha por el mismo ideal bajo el cetro de la única Reina, bajo el manto de la Madre dulcísima, María.

 

Prenda de bendiciones extraordinarias

 

            Esta consagración a la Santísima Virgen, tanto individual como social, ha dado frecuentemente resultados magníficos y producido efectos maravillosos. Santa Teresa consagra a la Santísima Virgen una comunidad recalcitrante a su reforma, y al punto se produce un cambio completo. El cura párroco Desgenettes consagra al Corazón Inmaculado de María una inmensa parroquia de París, con lamentable mentalidad religiosa y peor práctica cristiana, y el resultado es la transformación casi milagrosa de su rebaño. Nosotros hemos visto muchas veces en las familias, después de esta consagración, operarse conversiones asombrosas, arreglarse las situaciones más difíciles, es­tablecerse la felicidad, paz y prosperidad desde todo punto de vista en estos hogares consagrados a la Virgen poderosa y bondadosa.

            No dudamos de que ninguna parroquia, comunidad, obra cristia­na o familia querrá quedarse atrás y negar a la Santísima Virgen este homenaje de veneración y de amor al que Ella tiene derecho, ni privarse a sí misma de las inmensas bendiciones que a su «alegre entrada» esta gloriosa y amable Reina no dejará de traer con Ella [92].


 

EPILOGO
Una voz augusta de ultratumba

            Hará ya veintiocho años que, el sábado 23 de enero de 1926, fiesta de los Desposorios de la Santísima Virgen, se apagaba en Bruselas, en la Clínica de la calle de las Cenizas, el Cardenal Mercier, una de las mayores figuras de nuestra historia nacional y de la misma historia de la Iglesia desde hace 100 años. El Cardenal Mercier era esclavo convencido de María, apóstol de esta perfecta Devoción, cuya práctica y difusión fue incluso el pensamiento dominante de los últimos años de su vida, porque veía en ella la respuesta más adecuada posible de nuestra parte a la doctrina de la Mediación universal de todas las gracias.

            Nos ha parecido oportuno recordar aquí algunas páginas de su gran Carta Pastoral del mes de noviembre de 1924, sobre «La Mediación Universal de la Santísima Virgen y la verdadera Devoción a María según el Beato Luis María Grignion de Montfort» [93].

            La lectura de estas páginas será un poderoso aliciente para quienes ya se han entregado totalmente a María. Ojalá contribuyan, por la luz que aportan a las almas, a destruir ciertas dudas, que el gran Cardenal reconoce sencillamente haber experimentado él mismo, pero que fueron vencidas por un estudio más profundo de la doctrina montfortana.

 

«La santa esclavitud» tal como la entiende Montfort

 

            La palabra «esclavitud» asusta a veces a espíritus mal avisados. Por lo que a mí se refiere, reconozco que en otro tiempo me chocaba.

            Es que la esclavitud evoca comúnmente el recuerdo del despotismo pagano, en el que el esclavo era considerado como la cosa de su dueño, cuya ley y cuyos caprichos debía soportar; evoca también la idea de los mercados repugnantes de Africa, en los que mujeres y niños son vendidos como ganado. De ahí la tendencia a creer que constituirse voluntariamente como esclavo sería renunciar a esta libertad de los hijos de Dios, de la que estamos tan orgullosos con justo motivo, o abdicar de nuestra personalidad moral, rebajarse.

            No nos atrevemos, es cierto, a sacar resueltamente esta conclusión: una voz secreta nos advierte que un Beato cuyos escritos han sido juzgados como irreprochables por la Iglesia, cuyo culto público autoriza, y que arrastra en su seguimiento a toda una legión de fervorosos y santos discípulos, no puede ser una doctrina espiritualmente envilecedora; pero eso no impide que la palabra «esclavo» mal comprendida da miedo, frena piadosos impulsos, y paraliza en muchos el desarrollo de la devoción total a la Santísima Virgen María.

            Hay esclavos que lo son por fuerza, y a los que su amo explota o maltrata; hay también esclavos que se constituyen tales por propia voluntad, y para los que su amo es una garantía de estabilidad de vida económica, una protección, una providencia.

            El religioso renuncia voluntariamente a la libre disposición de su haber, a fin de ocuparse más fácilmente, libre ya de las preocupaciones materiales, del servicio de Dios. Este religioso se hace esclavo en el sentido económico de la palabra, pero se hace espiritualmente más libre; su aparente servidumbre es un provecho.

            En términos más generales, el esclavo consciente y voluntario es aquel que, desconfiando de su propia debilidad, pide apoyarse en un brazo más vigoroso que el suyo, a fin de caminar con paso más firme y más seguro.

            Y cuando este brazo es el de una madre y un padre, la esclavitud es una esclavitud de amor.

            De esta esclavitud de amor habla Grignion de Montfort.

            Tiene por fin arrancarnos de nuestras miserias, remediar a nuestro estado de debilidad, hacernos encontrar seguridad y libertad en el Corazón y en los brazos de una Madre, todopoderosa sobre el Corazón de Dios.

            Es un compromiso irrevocable al servicio de Dios, sin preocupación mercenaria, por amor filial: es eso, y sólo eso.

            Por él, el alma se fija en la donación de sí misma al Espíritu de Dios: es «espiritual». Se inspira en la caridad más pura: es «santo». Libera el corazón de las cadenas del egoísmo: es «voluntario», y realiza las condiciones más propicias para la verdadera libertad.

            «¿Sabéis —pregunta Santa Teresa— qué es ser espirituales de veras? Hacerse esclavos de Dios, a quien señalados con su hierro que es el de la cruz, porque ya ellos le han dado su libertad, los pueda vender por esclavos de todo el mundo, como El lo fue; que no les hace ningún agravio ni pequeña merced» [94].

            No nos dejemos espantar, pues, por las apariencias de una palabra. Apuntemos a lo real; penetrémonos del sentido del Evangelio. Considerémonos por lo que somos, débiles y, después de todo, siempre miserables.

            Hagámonos resueltamente «esclavos de Dios», «esclavos de María». Entreguémonos filialmente, pero sin reserva, a la solicitud de nuestra Madre. En nuestra vida espiritual, abandonémosle nuestras marchas a tientas del comienzo, nuestros progresos, el presente, el futuro; en nuestros trabajos, en nuestras pruebas, mantengámonos bajo el manto de su protección materna.

            Nosotros sobre todo, sacerdotes del Señor, seamos a la vez discípulos y propagadores de la «verdadera Devoción»; está en juego nuestra santidad personal, está en juego el éxito de nuestra acción pastoral.

            Una vez que seamos enteramente de María, vivamos en paz; que nada, ni de fuera ni de dentro, turbe nuestra serenidad. Estamos bajo la custodia de la más poderosa y de la más amante de las Madres, ahora y en la hora de nuestra muerte.

 

Amplitud de la donación de sí mismo
en el sentido de Montfort

 

            Que yo sepa, no hay acto más comprehensivo de todo lo que un alma puede consagrar a Dios y a Cristo, que este acto de renuncia o de «esclavitud», tal como lo entiende el Beato de Montfort.

            El imperio de la caridad crece en la medida en que se borra el egoísmo.

            Los consejos evangélicos, tal como se los practica corrientemente, comportan la renuncia a los bienes exteriores, a las satisfacciones de los sentidos, a la independencia de la voluntad personal.

            La devoción del Beato va más lejos: renuncia incluso a la libre disposición de todo lo que, en nuestra vida espiritual, es susceptible de convertirse en objeto de renuncia. Sin duda nuestro mérito, en el sentido estricto del término, título de justicia a la gloria eterna, es inalienable, rigurosamente personal; pero nuestros «méritos satisfactorios», es decir, nuestros títulos a la remisión de las penas aún debidas por la expiación de pecados perdonados, y nuestro poder de impetración, o «méritos impetratorios», es decir, nuestros títulos a la obtención de favores celestiales o de auxilios temporales para nosotros o para otros, no nos son tan personales que nos sea imposible renunciar a ellos. Si puedo renunciar a ellos, dice Montfort, renuncio, persuadido de que, cuanto menos me inmiscuya yo en la obra de mi salvación, mejor me prestaré a la acción eficaz y plena de Aquel que es el solo Camino, la sola Verdad y la sola Vida.

            ¡Ah, sí!, muy lejos va el abandono que nos predica el Beato, y del que nos da ejemplo; incluso parece ir hasta lo extremo. Solo Dios mide su alcance para cada alma. Solo Dios lo realizará sobre cada uno de sus elegidos en conformidad con su designio, a condición de que ellos se dejen conducir y amar por El.

            Pero ¿acaso las almas generosas no aspiran a esto en nuestra época? A medida que se van haciendo más raros los discípulos de Cristo, ¿no parece que quienes quieren permanecerle irrevocablemen­te fieles experimentan más la necesidad de dárselo todo, de sacrificárselo todo? Son legión las almas que, sin comprender del todo el alcance de sus aspiraciones profundas, arden de deseos de ofrecerse como «hostias», como «víctimas» por la humanidad. ¿No es el Espíritu Santo quien da rienda suelta en ellas a sus gemidos, según la declaración del apóstol San Pablo: «Qué hemos de orar, según conviene, no lo sabemos; mas el Espíritu Santo mismo interviene a favor nuestro con gemidos inefables: Quid oremus, sicut oportet, nescimus, sed ipse Spiritus Sanctus postulat pro nobis gemitibus inenar­rabilibus» [95].

            La consagración de sí mismo a Jesús por María responde a esta necesidad de las almas.

            En Grignion de Montfort había, además de un alma de santo, un temperamento de profeta.

            La Oración Abrasada por la que pide a Dios misioneros para la Compañía de María, es tanto una visión sobre el futuro como un llamamiento al apostolado. Su introducción al «Tratado de la Verdadera Devoción a la Santísima Virgen» termina con esta conclusión de aspecto profético: «María ha sido desconocida hasta aquí, que es una de las razones por qué Jesucristo no es conocido como debe serlo. Si, pues, como es cierto, el conocimiento y el reino de Jesucristo llegan al mundo, ello no será sino continuación necesaria del conocimiento y del reino de la Santísima Virgen, que lo dio a luz la primera vez, y lo hará resplandecer la segunda» [96].

            El futuro, amadísimos Hermanos, está en el secreto de Dios. No nos entretengamos en adivinarlo.

            Pero preparémoslo.

            Seglares y eclesiásticos, seamos apóstoles de María. Seamos sus hijos y consagrémosle un culto total en el que, por la renuncia más completa posible a todo lo que tenemos y a todo lo que somos, le pertenezcamos y le permanezcamos irrevocablemente entregados, a fin de que Ella, que es Madre de Misericordia, nos fije en Jesús, y que el día en que acabe nuestro exilio Ella venga maternamente a nuestro encuentro, ofreciéndonos por Sí misma el fruto bendito de su vientre, nuestro Salvador Jesús, que constituirá nuestra gloria: «Et Jesum, benedictum fructum ventris tui, nobis post hoc exilium ostende».


 

                [1] No pretendemos que sea obligatorio adoptar la espiritualidad mariana de San Luis María, y hacer la consagración a la Santísima Virgen con toda la extensión que él le da. Pero nos parece que es sumamente conveniente que, quien ha penetrado en las profundidades de la vida mariana y comprendido el papel excepcional que María ocupa en el plan de Dios, haga esta donación total y viva en sustancia la vida mariana íntegra, tal como la presenta Montfort.

                [2] Verdadera Devoción, números 93-94.

                [3] El Santo Padre cita su discurso del 21 de enero de 1945 a 4000 Congregacionistas de la Santísima Virgen.

                [4] 20 de julio de 1947.

                [5] Desde hace algún tiempo se desarrolló en el mundo teológico una corriente bastante fuerte de ideas en favor de la participación de María al mérito de condignidad de Cristo. Alrededor de esta cuestión se mantuvo, en el Congreso Mariano de Roma, una discusión larga, reñida, apasionante, que no olvidarán jamás los que asistieron a ella, y que nos parece haber proyectado nueva luz sobre este importante punto.

                [6] Pío XII.

                [7] De Verbo Incarnato, ed. V., pp. 401-402.

                [8] Prefacio a la traducción del «Tratado de la Verdadera Devoción a la Santísima Virgen», de San Luis María de Montfort.

                [9] Verdadera Devoción, nº 217.

                [10] Ibid. nº 55.

                [11] Verdadera Devoción, nn. 115-116.

                [12] Verdadera Devoción, nº 121.

                [13] El Secreto de María, nº 28.

                [14] Verdadera Devoción, nº 107.

                [15] Verdadera Devoción, nº 121.

                [16] IIa IIæ, 63, 1 ad 3.

                [17] Verdadera Devoción, nº 121.

                [18] Verdadera Devoción, nº 121.

                [19] Verdadera Devoción, nº 121.

                [20] Verdadera Devoción, nº 71.

                [21] Verdadera Devoción, nº 200.

                [22] Verdadera Devoción, nº 110.

                [23] Verdadera Devoción, nº 121.

                [24] Verdadera Devoción, nº 265.

                [25] Santo Tomás observa muy justamente respecto de la caridad hacia el prójimo: «Cuando alguien ama a su prójimo por su propia utilidad y su propia satisfacción, no ama realmente a su prójimo, sino a sí mismo» (IIa IIæ, 44, 7).

                [26] Denzinger, Enchiridion Symbolorum, nº 1327. — La perfección del amor más puro no exige que excluyamos completamente el amor de nosotros mismos, incluso el más legítimo. Al contrario: el amor natural de nosotros mismos es la condición indispensable para la eclosión del amor de Dios; y el amor de Dios bien comprendido exige que nos amemos a nosotros mismos en Dios y por Dios.

                [27] Ia, 28, 2.

                [28] Kergoustin, S.M.M., Hacia un cielo más hermoso, p. 285.

                [29] Verdadera Devoción, nn. 134, 213-225.

                [30] Ver, por ejemplo, los motivos 3º, 5º, 6º y 8º.

                [31] Se trata de un adagio francés que encierra un juego de palabras: «Por un oeuf da un boeuf», y correspondería al castellano: «Meter aguja para sacar reja».

                [32] Verdadera Devoción, nº 181.

                [33] Verdadera Devoción, nº 121.

                [34] Verdadera Devoción, nº 265.

                [35] Verdadera Devoción, nn. 120, 121, 125.

                [36] Secreto de María, nº 28.

                [37] R. P. Mateo, SS. CC., Al Rey de Amor por la Reina de los Corazones.

                [38] Ver El libro de oro, pp. 393-394.

                [39] Verdadera Devoción, nº 257.

                [40] Verdadera Devoción, nº 62.

                [41] Verdadera Devoción, nº 94.

                [42] Secreto de María, nº 26.

                [43] Verdadera Devoción, nn. 68-77; Secreto de María, nn. 32-34.

                [44] Este es el parecer de la exégesis moderna. A pesar de las repugnancias contemporáneas por esta palabra, los traductores modernos se ven obligados frecuentemente a usarla. Un exegeta protestan­te moderno, que goza de gran autoridad en materia de crítica literaria bíblica, concluye así un estudio importante sobre el tema: «El grupo de palabras doulos, doulé, etc., sirve para expresar las relaciones de dependencia absoluta, en las que, a las exigencias totales del kyrios, responde la entrega absoluta del doulos. Frente a la voluntad del señor no hay lu­gar para la voluntad propia, ni para la iniciativa personal frente a sus prescripciones. Con todo, es de notar que en ninguna parte se trata de esclavitud en un sentido humillante y despreciativo, como era frecuente en el mundo helénico».

                [45] I Ped. 2 16.

                [46] Ef. 6 6; I Cor. 7 21; Rom. 6 22.

                [47] II Ped. 1 1.

                [48] Jud. 1 1.

                [49] Sant. 1 1.

                [50] Rom. 1 1; Fil. 1 1; Tit. 1 1.

                [51] Fil. 2 5-8.

                [52] Gal. 1 10.

                [53] Ef. 6 6.

                [54] II Tim. 3 24-25.

                [55] Jn. 15 15.

                [56] Gal. 4 6-7.

                [57] Gal. 1 10.

                [58] Rom. 8 14-15.

                [59] Rom. 1 1.

                [60] Rom. 6 22.

                [61] Verdadera Devoción, nn. 215-216.

                [62] Rom. 6 16-22.

                [63] Verdadera Devoción, nº 72.

                [64] Verdadera Devoción, nº 136.

                [65] Verdadera Devoción, nº 151.

                [66] I Cor. 10 31.

                [67] Santo Tomás, Summa Theologiæ, Ia IIæ, 6, 3. — San Francisco de Sales, Tratado del amor de Dios, libro XII, cap. 8.

                [68] Verdadera Devoción, nº 265.

                [69] Acordémonos de que Pío XII pedía que se «asuman lealmente todas las obligaciones» de nuestra Consagración.

                [70] Secreto de María, nº 44.

                [71] Secreto de María, nº 44.

                [72] Las disposiciones de la Iglesia sobre este punto no permiten ganar indulgencias por otros vivos, pero sí permiten que todas ellas, salvo disposiciones formales contrarias, sean aplicables a los difuntos (C.I.C., canon 930).

                [73] Verdadera Devoción, nº 122.

                [74] Verdadera Devoción. nn. 173-182.

                [75] Decimos: hacer celebrar misas por tal intención. Escribimos aquí para los fieles. — Por lo que se refiere al sacerdote esclavo de amor, está claro que si acepta los honorarios de misa, está obligado a aplicar el fruto del santo sacrificio por la intención que le ha sido determinada, sin que pueda dejar esta aplicación a la Santísima Virgen (Verdadera Devoción, nº 124). Un sacerdote que, con conocimiento de causa, ofrece la santa Misa por una intención especial que le ha pedido un esclavo de María, aplicará los frutos del sacrificio por la intención pedida, a menos que Nuestra Señora no lo disponga de otro modo; o más sencillamente, aplicará la santa Misa por las intenciones actuales de la Santísima Virgen sobre el sacrificio que celebra. — Por lo que se refiere a los mismos esclavos de amor, lo más sencillo sin duda es pedir que las misas que ellos encargan sean ofrecidas por las intenciones del donante. Pueden entonces determinar por sí mismos esas intenciones. En efecto, a menudo será difícil explicar que son esclavos de Nuestra Señora, y que por este motivo sus intenciones quedan siempre condicionadas y subordinadas al beneplácito de la santísima Madre de Dios.

                [76] Verdadera Devoción, nº 122.

                [77] Verdadera Devoción, nº 132.

                [78] Verdadera Devoción, nº 133.

                [79] Verdadera Devoción, nº 203.

                [80] Verdadera Devoción, nº 151.

                [81] Verdadera Devoción, nº 172.

                [82] Verdadera Devoción, nº 222.

                [83] Verdadera Devoción, nº 151.

                [84] Verdadera Devoción, nº 124.

                [85] Otra cosa es saber si el acto así realizado bastaría para asegurarnos las indulgencias que la Iglesia vinculó al acto heroico. Se ha dirimido esta cuestión en diversos sentidos. Parece que sólo una decisión de la Santa sede podría darnos la certeza sobre el tema.

                [86] La lectura y meditación de esta primera parte de nuestra obra da igualmente el conocimiento suficiente para el gran acto.

                [87] Verdadera Devoción, nn. 227-231.

                [88] Secrétariat de Marie-Médiatrice, Boulevard de Diest 121, Louvain.

                [89] Verdadera Devoción, nº 227.

                [90] Oración Abrasada (hacia el fin).

                [91] 300 días de indulgencia.

                [92] Se pueden conseguir en el Secrétariat de Marie-Médiatrice, Boulevard de Diest 121, Louvain, formularios para la consagración de las familias, de las escuelas e institutos, de las congregaciones religiosas, etc.

                [93] Recordemos que el gran Cardenal escribía en 1924. Luis María de Mont­fort fue canonizado en 1947. El Cardenal se había convertido también en promotor de esta canonización. Se puede conseguir en el Secrétariat de Marie-Médiatrice, Boulevard de Diest 121, Louvain, este documento notable.

                [94] Castillo Interior, Moradas Séptimas, capítulo 4, nº 8.

                [95] Rom. 8 26.

                [96] Verdadera Devoción, nº 13.

 


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