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" “María debe ser glorificada de siglo en siglo, pero más especialmente en estos últimos tiempos, por la protección visible que concederá a la Santa Iglesia y a la sociedad”" ( Beato Padre Guillermo Chaminade )

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Georgio Sernani

 

Dios de los corazones

Evocación y crónica retrospectiva del XXXII Congreso Eucarístico Internacional

realizado en Buenos Aires en 1934  

Ediciones María Reina Buenos Aires 2009

___________________________________________________________________

Nuestro Dios 

M

uchos, en este mundo y en esta Argentina del comienzo del tercer milenio, se entregan al servicio del poder, la lujuria, el dinero. Y, desgraciadamente, terminan teniendo por “dioses” a esos ídolos de barro y a otros tal vez más pequeños pero no menos tiranos, que esclavizan no sólo a sus “fieles”, sino a los temerarios que no se esfuerzan por apartarse, y también a los desprevenidos, que no han atinado a hacerlo. Esos tres ídolos, con sus cortejos, dominan el mundo con el común lenguaje de la mentira. Y ya sabemos quién es el padre de todo engaño y mentira.

Nosotros, católicos, seguidores de Cristo y miembros de su Iglesia, amantes fervorosos de una Patria cuyo sólo nombre nos llena el corazón de gozo, fundada por Aquella a la que el Creador quiso Inmaculada antes de todos los siglos, rechazamos terminantemente las cadenas de esas idolatrías.

¿Quién es nuestro Dios? Nuestro Dios es el Dios Altísimo, Uno en tres personas. La segunda de ellas se encarnó de María, Virgen Perfecta y Perpetua, y se hizo nuestro Emmanuel, Dios con nosotros, vivo y verdadero en el Sacrificio de la Misa, que se da a los suyos como alimento “Mi cuerpo es verdadera comida, mi Sangre es verdadera bebida…” y que se queda en medio de nosotros en los Sagrarios de toda la tierra.

¿Quién es su dios? Es una pregunta que está, generalmente inadvertida, en aquellos que nos observan y  no tienen fe, porque no les ha llegado, o la dejaron morir en su interior. Y nos miran desconcertados. Si nos la formularan, nosotros deberíamos contestarles: Nuestro Dios es el Soberano Rey del Universo, que quiere tener su trono en nuestros corazones. Porque su Reino no es de este mundo, su Reino es eterno, y comienza en nuestro interior: Nuestro Dios es el Dios de los corazones.

Ese Dios tuvo un triunfo sin precedentes en el Congreso Eucarístico más grande y más fervoroso de la Historia de la Iglesia, que por designio inmerecido se celebró en nuestra Patria,  cuando las multitudes le cantaban: “¡Dios de los corazones, sublime Redentor, domina las naciones, y enséñales tu amor…!”

 

Ése es el triunfo que quisieron y lograron nuestros mayores: el triunfo del Dios, “enseñándoles su amor”. No querían un triunfo político, ni económico, ni militar. Querían un triunfo del amor, del amor de Cristo, del amor de Dios. Pero,  cuando el fundamento de ese Reino se olvidó, o se ocultó, fuimos sumidos en la división, el rencor, el enfrentamiento.

 

Conocer lo que se vivió en Buenos Aires en octubre de 1934 y tratar de volver a ese espíritu es el único remedio contra los males que tratan de envenenar nuestros corazones. Espíritu que se resume en pocas palabras: Buscar el Reino de Cristo en sus Mandamientos, en su Evangelio. Aceptarlo, proclamarlo y amarlo como Rey, junto a su Madre, a quien quiso Reina, siempre a su lado: Cristo es Dios del amor y de la paz, ese amor que ya casi no conoce el mundo, esa paz por la que clama sin alcanzarla, porque no tiene fuerza para destruir las cadenas de los ídolos de barro.

María, la Virgen poderosa, puede, y lo hará: “Su Corazón Inmaculado triunfará” –si obedecemos a sus pedidos- y nos llevara de la mano hacia su Hijo Jesucristo, el Dios de los corazones.

 

El Himno Eucarístico de los argentinos

 

E

l Congreso Eucarístico de Buenos Aires tuvo su Himno propio, oficial. Se trata de una composición hermosísima, que nos queda como expresión imborrable de aquel acontecimiento de gracia.

 

Para su letra, el Comité Ejecutivo había abierto un concurso, en el que podían intervenir todos los poetas de habla castellana, con bases estudiadas de acuerdo al espíritu del Congreso. Su jurado lo integraban cinco prestigiosos literatos argentinos: Gustavo Martínez Zuviría, Juan B. Terán, Manuel Gálvez, Arturo Jiménez Pastor, y el R.P. José María Blanco S.J. Actuaba en representación del Comité Ejecutivo el entonces Pbro. Antonio Caggiano. Sin duda no era fácil el cometido, más aún cuando el Congreso ya se vislumbraba como grandioso.

El jurado recibió ciento ochenta proposiciones, que estudió detenidamente, resolviendo por unanimidad elegir la poesía firmada con el lema “Ignis”, que era el de la Señora Sara Montes de Oca de Cárdenas.

Entonces se llamó a otro concurso para la música, eligiéndose la composición presentada por el Maestro José Gil. El Himno se publicó inmediatamente y se divulgó con rapidez, cantándose en todas las ceremonias religiosas y peregrinaciones, en los colegios, hospitales y asilos, en las audiciones radiales del Congreso. Todo el país lo cantó suplicando por el Congreso.

Hermosísimo, pero, obra humana al fin, estaba incompleto. Faltaba en él la Virgen, la Madre del Dios de los corazones. La autora lo completó maravillosamente, y quedó para siempre como canto y plegaria por excelencia de nuestra Nación.

Si Don Orione afirmaba reiteradamente que el Congreso fue un verdadero milagro, podemos  creer que todo lo importante que se preparó para él, es parte de ese milagro. Y entre esas cosas está este himno, que expresa la esencia eucarística y mariana de la argentinidad

Hoy, a 75 años del Congreso, recordamos con inmensa gratitud a Doña Sara Montes de Oca de Cárdenas, alma de profunda fe y delicada piedad, que supo evocar en él, con el raro encanto de sus estrofas, la tradición que nos llega desde nuestros ancestros patrios, de modo que aliente a no desfallecer en esa bendita tradición.  No hemos encontrado nada - ni cántico sagrado, ni página literaria que se pueda comparar a las pinceladas de este cuadro que muestra nuestras raíces, ésas que hoy es imperioso recordar.

Creemos firmemente que este himno le fue inspirado por la Virgen nuestra Madre,  para que permanezca como ayuda en los humanos olvidos, y que se ha convertido, en verdad, como el Himno Eucarístico de los argentinos, que recuerda y de alguna manera prolonga la página más gloriosa de nuestra historia nacional, “el Congreso Eucarístico del 34”.

Este libro lleva su  nombre, para que ya desde su portada invite a todos,  comenzando por nuestros sacerdotes, a cantarlo con unción cristiana: Para que en lo más profundo de nuestra alma se vivan “los dos grandes amores de toda alma noble: Dios y Patria”, como gustó expresarlo el Papa Pío XII, evocando el Congreso, y para que nadie pueda destruir esa verdad manifestada en el editorial de La Nación en su edición del día de su inicio: “La Patria y la religión están siempre profundamente unidas en el corazón de este pueblo”

Entonémoslo como alabanza, acción de gracias, reparación y súplica por esta Argentina noble, hoy tan atacada. Y hagámoslo en unión con el Purísimo Corazón de nuestra Inmaculada Madre, quien, a su vez, nos llevará a la Hostia Santa –Sacrificio, Comunión y Presencia- para que de allí recibamos las luces de una sabiduría que no es de este mundo, y que encontraremos solamente en el Divino Corazón Eucarístico de Jesucristo. No lo dudamos, la Virgen se unirá a nuestro canto:

Conocen tu nombre,

la urbe y el río,

la línea que es Pampa

y el germen que es trigo...

y cálidas notas

de timbre argentino

saludan tu hechura

de Dios escondido.

 

                                                                                                                                             

Fe y patriotismo

 

E

l XXXII Congreso Eucarístico Internacional de Buenos Aires, fue presidido por el Cardenal Eugenio Pacelli, Secretario de Estado del Papa Pío XI, en carácter de Legado Papal a latere. Posteriormente, el piadoso y prestigioso Cardenal llegó al Supremo Pontificado en 1939, con el nombre de Pío XII. Desde su visita a nuestro país, tuvo amor  de predilección por la Argentina y no dejó nunca de ponderar el memorable Congreso. El mismo día de su clausura decía:

“El Congreso Eucarístico ha sido una cosa estupenda, indescriptible, superior a cualquier expectativa, a toda imaginación. No tengo bastantes palabras para expresar el consuelo de mi espíritu por haber asistido a tan altos espectáculos de fe y de piedad, que quedarán  entre los hechos más hondamente grabados en mi memoria” (Cardenal Pacelli, La Nación, 15 de octubre de 1934, recuadro).

Diez años después,  ya siendo Papa, en un mensaje al Congreso Eucarístico Nacional celebrado  en conmemoración de aquél, decía: “Vuestro inolvidable Congreso, arrastrando a todo un pueblo fundido en un solo afecto, ante un altar; haciendo hincar las rodillas, movidos por un idéntico espíritu, a representantes de casi todo el mundo, fue antes que nada eso: El triunfo mundial de Jesucristo, Rey de la paz”. (Pío XII, Radiomensaje del 15 de octubre de 1944)

Los más ilustres visitantes expresaron conceptos muy similares:

El Patriarca de Lisboa, Cardenal Cerejeira, a quien llamaban “el Cardenal de la Eucaristía”, expresó:

“El espectáculo dado por Buenos Aires en oportunidad del XXXII Congreso Eucarístico Internacional, es maravilloso. Difícilmente podría asistirse en Europa a uno semejante. De los numerosos actos a los cuales he asistido fue la extraordinaria concentración nocturna de hombres en la Plaza de Mayo el que más me impresionó. Por instantes, escenas como las de las confesiones al aire libre, bajo la sombra espesa de los árboles, traían a mi memoria los relatos de la vida de las catacumbas, y durante los primeros siglos de la Iglesia cristiana.” (La Nación, 15 de octubre de 1934)

El Cardenal Verdier, Arzobispo de París, quiso elogiarlo “con toda su voz”:

“Llevo en mi alma la emoción sentida por los millares de católicos reunidos en la magna manifestación eucarística de Buenos Aires”. “Este Congreso nos ha revelado una Argentina más bella aún que la que conocíamos. Deseo elogiar con toda mi voz el impulso y el espíritu de fe sincera con que ha ofrecido a nuestro Dios un triunfo aún inigualado.” (La Nación, 15 de octubre de 1934)

El Primado de Polonia dejó un pensamiento sobre la “fuerza espiritual” de nuestro país:

“El pueblo argentino ha dejado ver uno de los pliegues más encantadores y significativos de su espíritu: Se ha manifestado con una fuerza espiritual y conducta de primer orden en ocasión del XXXII Congreso Eucarístico Internacional. Cardenal Augusto Hlond, Primado de Polonia” (Nota al periodismo, Bs. As., 14 de octubre de 1934)

El Cardenal Leme, Arzobispo de Río de Janeiro, ponderó la participación ejemplar del Presidente de la Nación y su oración ante el Santísimo Sacramento:

“Pocas veces en mi vida observé tanta devoción. Pocas ciudades como Buenos Aires pueden dar el magnífico espectáculo que hemos presenciado. Es un triunfo, pero es un triunfo de Nuestro Señor Jesucristo. Bastaría el espectáculo de la Comunión en las calles y en Plaza de Mayo para que el viaje realizado estuviera más que compensado. Valía la pena venir, aunque más no fuera para ver tomar parte en dichas ceremonias en forma pública y oficial al primer mandatario de esta Nación. Bastaba su discurso en el banquete del Señor Cardenal Legado para sentirnos orgullosos, ya que podría figurar en la página más brillante del derecho eclesiástico”. (13 de octubre. Última sesión de la Sección Brasileña, en el Colegio San José)

Monseñor Isidro Gomá y Tomás, Arzobispo de Toledo y  Primado de España consideró el congreso como “una explosión de fe y de piedad”:

“…este magno Congreso, como esta inmensa Cruz -decía- no se improvisa sin base; esta explosión de fe y de piedad exige un alma nacional católica, y no se concibe sino como una floración de un árbol robusto, cuya raigambre se ha nutrido secularmente de la savia del pensamiento y del amor a Jesucristo” (La Nación, 15 de octubre de 1934).

Nuestro periodismo constató y documentó esas magníficas realidades vividas en el Congreso¨:
“El XXXII Congreso Eucarístico Internacional habría de constituir la más extraordinaria apoteosis que la fe cristiana que un pueblo pudo ofrecer al mundo”. (
La Nación lunes 15 de octubre de 1934, página 6 1ª columna).

Y en la misma edición iniciaba su crónica de las ceremonias de clausuras así:

“Intentamos  describir el maravilloso espectáculo ofrecido por la muchedumbre durante la misa pontifical de ayer, y la frágil retórica humana se deshace en vano balbuceo. Inútilmente buscamos, en la historia de los pueblos un acontecimiento comparable. Jamás el triunfo de la Iglesia de Cristo ha sido llevado a tan alta cumbre. (La Nación, 15 de octubre de 1934, pag.3, primera columna)

Todos tuvieron una misma impresión y un mismo sentir al ponderar el Congreso, pero hay alguien, que por su carisma profético ya lo había anunciado viajando en el Conte Grande. Fue Don Orione, con la anécdota que consignamos en nuestra primera página. Él, ya considerado un santo en aquel entonces, sintetizaba en una palabra su impresión del congreso: “¡Fue un Milagro!”

Nuestra generación ha recibido testimonios similares de nuestros mayores que vivieron ese Pentecostés de  Buenos Aires.  Nos quedan esos recuerdos transmitidos de padres a hijos y a nietos, nos quedan las crónicas periodísticas y algunas piezas literarias, pero lamentablemente no se ha hecho mucho para perpetuar el acontecimiento más grande de nuestra tradición patria. Sin embargo, lo que tenemos es suficientemente elocuente como para no dudar de  su inmenso valor para la Iglesia, sino también, y eso es lo que nos mueve a este trabajo, el constatar esa apoteosis nacional ofrecida al Señor de la Patria, un hecho de suavísimas notas de cielo y de abundantes frutos para nuestra vida cotidiana en la tierra.

Gracia de la Pura y Limpia Concepción del río Luján, Patrona de la Nación que también lo fue del Congreso. A Ella se habían elevado  fervorosas y perseverantes plegarias durante dos años de intensa preparación. El Legado, ya siendo Papa, recordaba que apenas clausurado el Congreso en Buenos Aires, peregrinó presuroso a dar  gracias a la Virgen “por el triunfo sin precedentes, que se debía, después de a Dios a la Pura y Limpia Concepción del Río Luján, ante cuya imagen se había orado sin interrupción” por la Magna Asamblea. (Pío XII, 12 de oct de 1947, radiomensaje al  1er Congreso Mariano Nacional de Luján).

Este trabajo se propone recordar, ratificar, y proclamar, que nuestra Nación tiene una vocación católica tan sublime como inexcusable. Vocación que cuando fue seguida fielmente, atrajo bendiciones sin medida, y cuando fue olvidada o despreciada, tropezó, o se detuvo en callejones sin salida. Argentina es de Cristo en la Eucaristía y de la Virgen de Luján, como lo proclaman todas las banderas en silencioso flamear a lo largo y a lo ancho de nuestro país, y también en el mundo: “El sol de la Eucaristía sobre los colores de la Inmaculada”.

Precisamente para insistir en su condición de Madre, Reina y Patrona de la Patria, publicamos recientemente “María de Luján, Reina de la Argentina”, donde junto con algunas reflexiones, recopilamos una gran cantidad de textos para acercarlos a nuestros compatriotas de todas las edades, y que comprendan el tesoro que tenemos en Luján. Ahora, de forma similar, queremos evocar el gran Congreso con una crónica retrospectiva, que incluye discursos, homilías, hechos y dichos, que muestran lo mejor de nuestra tradición cristiana.

Testimonio irrefutable de nuestra vocación eucarística y mariana ha sido el Congreso Eucarístico Internacional de Buenos Aires. Fue un gran triunfo de Jesucristo en el Sacramento del amor, lo confirman todos los relatos y testimonios que nos han llegado en 75 años. En esos días de cielo, la Argentina sintió, en lo más profundo de su ser nacional, un llamado irrecusable a luchar por el Reino Eucarístico de Nuestro Señor.

Hoy, cuando las tinieblas en la que nos sumergen nuestros propios pecados y el olvido de Dios “fuente de toda razón y justicia”, de su ley, de sus mandamientos, hace que se siembre por doquier el rencor que lleva al enfrentamiento, y que la corrupción pretenda ahogarnos. Sin embargo, es precisamente hoy cuando muchos compatriotas ignorados, están reviviendo la adoración, que deseamos continuada, organizada, fervorosa ¡perpetua! al Dios de los corazones, para que desde el silencio de los soles de miles de Custodias ilumine toda la Argentina y disipe esas tinieblas.

La Virgen de Luján, como Madre y como Reina, nos está repitiendo: “Id a adorarlo, amarlo y escucharlo humildemente en la adoración, y luego haced lo que Él os diga”, Ella como Madre y Señora Nuestra, está concediendo la grande y suprema gracia de la vida eucarística en muchos lugares del país.

Meditaciones para el Himno

¡Dios de los corazones

sublime Redentor,

domina las naciones

y enséñales tu amor!

T

uya es, Señor, la magnificencia, el poder, la gloria y la victoria. A Ti se debe la alabanza, porque todas las cosas que hay en el cielo y en la tierra tuyas son. (1Cr 29, 11) El Congreso Eucarístico de Buenos Aires fue un inolvidable espectáculo y goce infinito del alma, que pudo ampliamente gustar durante breves días toda la suavidad de aquel gran don de Dios, que se llama la paz. «Traéis a todos los hombres —Nos había dicho ya en el puerto vuestro ilustre Intendente Municipal— un mensaje de paz». A lo que Nos, rebosando sinceridad, inmediatamente respondíamos: «Nos consideramos como mensajeros de la paz de Dios». Porque vuestro inolvidable Congreso, arrastrando a todo un pueblo fundido en un solo afecto, ante un altar; haciendo hincar las rodillas, movidos por un idéntico espíritu, a representantes de casi todo el mundo, fue antes que nada eso: «El triunfo mundial de Jesucristo, Rey de la paz».

Pío XII, 15 de octubre de 1944,                                                                                                                            radiomensaje al IV Congreso Eucarístico Nacional.                                                                                                 

Señor Jesucristo

que en la última Pascua,

tu Sangre divina

diste antes de darla:

tu Cuerpo y tu Sangre

deseamos con ansias...

¡En donde está el cuerpo

se juntan las águilas!

 

E

l Señor Jesús, en la noche en que había de ser entregado, tomó el pan, y dando gracias, lo partió y dijo: Tomad, esto es mi Cuerpo, que por vosotros será entregado. Haced esto en memoria mía. De la misma manera tomó el cáliz después de haber cenado, diciendo: Este cáliz es el nuevo testamento en mi sangre. Haced esto, cuantas veces lo bebieres, en memoria mía.  Pues todas las veces que comieres este pan, y bebieres este cáliz anunciaréis la muerte del Señor hasta que él vuelva.

I Cor 23-26

 

Es tuyo este pueblo

de muchas estirpes,

pues Tú renovaste

sus fuerzas viriles:

Es de Ella y es tuyo,

lo guarda la Virgen,

llegada en carreta

por campos humildes.

 

 

E

ra el 15 de octubre de 1934. Vibraban todavía en el aire los gritos de júbilo y los cánticos entusiastas de las imponentes solemnidades de la víspera. Latían aún fuertemente los corazones, acelerados por el fervor: se agolpaban en nuestra retina las recentísimas imágenes de aquel XXXII Congreso Eucarístico Internacional, que el día antes habíamos clausurado; cuando, dejando atrás la encantadora metrópoli, escenario de tantas maravillas, íbamos a cumplir con un amable deber. La magna asamblea había sido un triunfo sin precedentes, y este éxito se lo debía después de a Dios, a la Patrona oficial del Congreso, a la pura y limpia Concepción del río Luján. Ante su imagen se había orado sin interrupción, para que la patria, como alguien dijo, cuya bandera tiene los colores de su manto, fuera digna de su tradición.

En la calma del paisaje, las dos torres del Santuario nos saludaban ya desde el horizonte como dos gritos de triunfo elevados al cielo. Fue Ella la que quiso quedarse allí, pero el alma argentina había querido comprender que allí tenía su centro natural. Y al entrar en aquellas espaciosas naves, al ver las banderas que Belgrano ganó en Salta o la espada que San Martín blandió en el Perú, al leer los mármoles que recuerdan la solemne coronación de 1887 –la primera en América- o el reconocimiento de su patrocinio sobre las tierras del Plata, de 1930; al subir a aquel camarín, tan rico como devoto, entonces, sólo entonces, nos pareció que habíamos llegado al fondo del alma grande del pueblo argentino.

 

Pío XII, 12 de octubre de 1947,

radiomensaje al 1er Congreso Mariano Nacional.

 

 

Conocen tu nombre,

la urbe y el río,

la línea que es Pampa

y el germen que es trigo...

y cálidas notas

de timbre argentino

saludan tu hechura

de Dios escondido.

 

P

odéis justamente conservar en vuestro corazón un sentimiento de emoción y de gratitud profunda. Vuestro Congreso ha superado las previsiones más optimistas. Ha sido un himno tan sublime a Jesucristo que ha henchido el mundo entero con acentos eucarísticos.

Ha sido como una sublime catedral gótica, levantada en suelo argentino, que elevando sus preces al cielo llamando a los pueblos de todos los rincones de la tierra para adorar la Víctima divina del Sagrario.

Ha realzado el esplendor de estas fiestas la piedad del jefe supremo del estado, el excelentísimo señor Presidente de la República. Con esto ha dado a su pueblo y al mundo ejemplo luminoso de fe, desbordante y ferviente, y en esta hora ha coronado la participación oficial con la consagración de su patria al Rey de la Eucaristía.

 

Cardenal Pacelli, Legado Papal el 14 de octubre de 1934,

en la clausura del congreso Eucarístico Internacional,

luego de la solemne Procesión y la Bendición con el Santísimo Sacramento.

 

 

Pasearon el Corpus

por nuestros solares

los hombres que luego

fundaron ciudades.

Y abrieron los surcos

para los trigales...

(Espigas dan hostias

y leños altares).

 

V

osotros no sois un pueblo neófito, habéis vivido cuatro siglos de cristianismo, y esos siglos están repletos de hazañas eucarísticas.

Todos hemos leído entre dulces lágrimas de emoción, las narraciones de aquellas sencillas fiestas eucarísticas, sobre todo de las fiestas del Corpus, que se celebraban en las antiguas reducciones.

Cantan y bailan los naturales de ellas con inocencia de paraíso y con ritmo bíblico en torno al arca de la Nueva Ley; los bosques dan sus ramas y sus pájaros, la tierra sus flores y sus frutos; hasta los ríos dan sus peces para simbolizar de un modo a la vez primitivo y sublime que es del Señor la tierra y su plenitud; Jesús, desde la Hostia Santa se siente rodeado de corazones coronados con macisas virtudes evangélicas, como si hubiera bajado a su huerto y le acariciara el perfume de las más bellas flores. Allí se veía realizada, como quizá no se ha realizado jamás en la historia, la idea central del presente congreso, el Reinado de Jesucristo en lo que tiene de íntimo para el alma y en lo que tiene de majestuoso para los pueblos. Ni una sola alma, ni una sola institución, podían esquivar los rayos del sol de la Eucaristía.

 

Cardenal Pacelli, Legado Papal,

el 10 de octubre de 1934,

discurso en la asamblea inaugural del Congreso.

 

 

Antes que el arado

rompiera la costra

de la tierra virgen

se elevó la Forma...

¡Bandera tu Cuerpo

fue en la azul atmósfera!

¡Y el cáliz dorado

fue el sol de la gloria!

 

A

l día siguiente de la llegada a San Julián, 1 de abril y Domingo de Ramos, Magallanes quiso conmemorar la escena de Jerusalén, queriendo significar que el rey pacífico tomaba posesión para siempre de las tierras descubiertas; ordenó que todos bajaran a tierra y, capitanes, oficiales, pilotos y marinos de todas las naves, oyeron la Misa que fue celebrada por el Padre Pedro de Valderrama. En San Julián, pues, en nuestra Patagonia, se ofreció por vez primera el santo Sacrificio de la Misa en tierra argentina.

…La realeza de Cristo, sólo fue proclamada en aquellos lugares agrestes por los soldados al elevarse la Forma sagrada en la azul atmósfera, y al quebrarse en el cáliz dorado los rayos del sol de la gloria.

Y fueron los fulgores de esa Forma blanca y de ese cáliz dorado, los que encendieron las primeras palpitaciones de la fe en el alma atónita de los indígenas que contemplaban maravillados desde los barrancos cercanos, el ritmo majestuoso del espectáculo embargador. Y fue la blancura de esa Forma, la que  puso en su fiero semblante la primera sonrisa del Dios hecho Hombre para redimirnos. Y ¿Por qué no decirlo? ¿No fue acaso en esa mañana, cuando al elevarse la Hostia, su blancura atrajo irresistiblemente la inmensidad azul para darnos junto al primer altar la primera bandera de la patria, y para fundir en uno solo los dos sentimientos que habrían de ser el patrimonio de todos los argentinos…Dios en la Hostia y la Patria en la Bandera y en su sol de la gloria, que no otra cosa dicen los versos del Himno.

P. Lorenzo Massa S.S.

 La Razón,

Magallanes, 26 de julio de 1934.

 

 

Manso Rey que sellas

la tierra argentina

con el sello blanco

de la Eucaristía:

La Patria se aroma

de incienso de Misa,

tú rozas los labios

y alientas las vidas.

 

D

iríamos que aún resuenan en Nuestros oídos vuestros vítores y vuestras ovaciones, el fervoroso rumor de vuestras plegarias y las armonías ardientes de vuestros himnos; en Nuestra retina parece que no se ha borrado la imagen de aquella Cruz monumental —blanca, poderosa, armónica, como el alma nacional argentina— y ante ella la cándida masa, dilatada como un mar, de los inocentes que corrían al dulce abrazo del Maestro de Galilea; las graves y varoniles falanges masculinas, que, en compactas y a veces marciales y rítmicas formaciones, acudían a nutrirse —Autoridades y Jefes a la cabeza— con el Pan de los fuertes; los numerosos coros, llenos de gracia y devoción, de vuestras jóvenes, de vuestras mujeres, que iban a beber a la fuente del Cordero que se apacienta entre lirios. ¡Doquiera grandiosidad y entusiasmo, doquiera magnificencia y fervor! Y en el aire, en los anuncios luminosos, en los vehículos y en las fachadas, sobre los vestidos y dentro de los pechos la Hostia santa, recibiendo uno de los más grandes homenajes públicos y sociales que hasta entonces recordaba la historia.

Pío XII, 15 de octubre de 1944,                                                                                                                            radiomensaje al IV Congreso Eucarístico Nacional,                                                                                                 a diez años del Congreso Eucarístico Internacional.

 

En torno a tu mesa

cien pueblos y razas,

nutrió de infinitos

tu oculta sustancia...

Pequeñez inmensa

que multiplicada

es pan para el hambre

de todas las razas.

 

¿D

 e dónde ha venido esta incontable muchedumbre?  De todos los confines de la patria amada, que hoy viste sus mejores galas, desde los Andes majestuosos hasta las pampas llenas de encantos, de misterio; de todos los estados de América, de la del Norte, fuerte y poderosa; de la del Centro, cuidadosa como pocas de sus tradiciones de gloria; de la que libertó nuestro inmortal San Martín, que hacía surgir a su paso naciones con abnegación no igualada; de la que bañan los ríos que fertilizan nuestras costas y que son rutas de fraternidad y de progreso.

 De la hidalga España, que nos descubrió en  arriesgada y colosal empresa, que nos dio las armonías del idioma y las esperanzas inmortales de la fe. De la noble Italia, que más que ninguno se asimiló a nuestro pueblo, que abrió el surco, tendió el riel y construyó ciudades, de la ilustre Francia, que inspiró a nuestros sabios, que fue maestra y difundió cultura, a la que hoy acompañamos en su dolor y sus plegarias. De todas las naciones de Europa y de la tierra, que mezclaron su sangre con nuestra sangre en el inmenso crisol de nuestro suelo.

 

Monseñor Santiago Luis Copello, Arzobispo de Buenos Aires,

discurso inaugural del Congreso, 10 de octubre de 1934.

 

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