" Alcánzame, oh dulcísima Señora, caridad verdadera con la cual ame de todo corazón a tu Hijo Sacratísimo Jesucristo" ( Santo Tomás de Aquino )

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Referencia a Títulos Marianos

 

En el Magisterio de la Iglesia

 

Supremi Apostolatus

 

 León XIII - (1810 - 1903)

Tras un cónclave de tres días la elección de un nuevo Pontífice recaía un tanto inesperadamente sobre el Cardenal Gioacchino Pecci, por entonces un hombre que con una salud bastante precaria llegaba a los casi 69 años.

  ( Leer historia de León XIII  )

 

 

Sobre la devoción al Santo Rosario. Del 1 de septiembre de 1883.

 

El apostolado supremo que Nos está confiado y las circunstancias

difíciles por las que atravesamos, Nos advierten a cada momento e

imperiosamente Nos empujan a velar con tanto más cuidado por la

integridad de la Iglesia cuanto mayores son las calamidades que la

afligen.

Por esta razón, a la vez que Nos esforzamos cuanto sea posible en

defender por todos los medios los derechos de la Iglesia y en prevenir

y rechazar los peligros que la amenazan y asedian, empleamos la

mayor diligencia en implorar la asistencia de los divinos socorros, con

cuya única ayuda pueden tener buen resultado Nuestros afanes y

cuidados.

 

Devoción a María. El Rosario

 

Y creemos que nada puede conducir más eficazmente a este fin, que,

con la práctica de la Religión y la piedad hacernos propicia a la

excelsa Madre de Dios, la Virgen María, que es la que puede

alcanzarnos la paz y dispensarnos la gracia, colocada como está por su

Divino Hijo en la cúspide de la gloria y del poder, para ayudar con el

socorro de su protección a los hombres que en medio de fatigas y

peligros se encuentran en la Ciudad Eterna.

Por esto, y próximo ya el solemne aniversario que recuerda los

innumerables y grandes beneficios que ha reportado al pueblo

cristiano la devoción del Santo Rosario de María, Nos queremos que

en el corriente año esta devoción sea objeto de particular atención en

el mundo católico, a fin de que por la intercesión de la Virgen María

obtengamos de su Divino Hijo venturoso alivio y término a Nuestros

males. Por lo mismo hemos pensado, Venerables Hermanos, dirigiros

estas Letras, a fin de que, conocido Nuestro propósito, excitéis con

vuestra autoridad y con vuestro celo la piedad de los pueblos para que

cumplan con él esmeradamente.

 

I. María ampara a la Iglesia en los tiempos calamitosos

 

En tiempos críticos y angustiosos siempre el principal y constante

cuidado de los católico refugiarse bajo la égida de María y ampararse a

su maternal bondad, lo cual demuestra que la Iglesia católica ha puesto

siempre y con razón en la Madre de Dios toda su confianza. En efecto,

la Virgen, exenta de la mancha original, escogida para ser la Madre de

Dios y asociada por lo mismo a la obra de la salvación del género

humano, goza cerca de su Hijo de un favor y poder tan grande, como

nunca han podido ni podrán obtenerlo ni los hombres ni los Ángeles.

Así, pues, ya que le es sobremanera dulce y agradable conceder su

socorro y asistencia a cuantos la pidan, desde luego es de esperar que

acogerá cariñosa las preces de la Iglesia universal.

Mas esta piedad tan grande y tan llena de confianza en la Reina de los

cielos, nunca a brillado con más resplandor que cuando la violencia de

los errores, el desbordamiento de las costumbres, o los ataques de

adversarios poderosos, han parecido poner en peligro la Iglesia de

Dios.

 

Los ejemplos de la historia

 

La historia antigua y moderna, y los fastos más memorables de la

Iglesia recuerdan las preces públicas y privadas dirigidas a la Virgen

Santísima, como los auxilios concedidos por Ella; e igualmente en

muchas circunstancias la paz y tranquilidad pública, obtenidas por su

intercesión. De ahí estos excelentes títulos de Auxiliadora,

Bienhechora y Consoladora de los cristianos; Reina de los ejércitos y

Dispensadora de la paz, con que se la ha saludado. Entre todos los

títulos es muy especialmente digno de mención el de Santísimo

Rosario, por el cual han sido consagrados perpetuamente los insignes

beneficios que le debe la cristiandad.

Ninguno de vosotros ignora, Venerables Hermanos, cuántos

sinsabores y amarguras causaron a la Santa Iglesia de Dios a fines del

siglo XII los heréticos Albigenses, que, nacidos de la secta de los

últimos Maniqueos llenaron de sus perniciosos errores el Mediodía de

Francia, y todos los demás países del mundo latino, y llevando a todas

partes el terror de sus armas, extendían por doquiera su dominio con el

exterminio y la muerte.

 

Santo Domingo y el Rosario

 

Contra tan terribles enemigos, Dios suscitó en su misericordia al

insigne Padre y fundador de las Orden de los Dominicos. Este héroe,

grande por la integridad de su doctrina, por el ejemplo de sus virtudes

y por sus trabajos apostólicos, se esforzó en pelear contra los enemigos

de la Iglesia Católica, no con la fuerza ni con las armas, sino con la

más acendrada fe en la devoción del Santo Rosario, que él fue el

primero en propagar, y que sus hijos han llevado a los cuatro ángulos

del mundo. Preveía, en efecto, por inspiración divina, que esta

devoción pondría en fuga, como poderosa máquina de guerra, a los

enemigos, y confundiría su audacia y su loca impiedad. Así lo

justificaron los hechos. Gracias a este modo de orar, aceptado,

regulado y puesto en práctica por la Orden de Santo Domingo,

principiaron a arraigarse la piedad, la fe y la concordia, y quedaron

destruidos los proyectos y artificios de los herejes; muchos extraviados

volvieron al recto camino y el furor de los impíos fue refrenado por las

armas católicas empuñadas para resistirle.

 

II. María de las Victorias contra los turcos

 

La eficacia y el poder de esa oración se experimentaron en el siglo

XVI, cuando los innumerables ejércitos de los turcos estaban en

vísperas de imponer el yugo de la superstición y de la barbarie a casi

toda Europa. Con este motivo el Soberano Pontífice Pío V, después de

reanimar en todos los Príncipes Cristianos el sentimiento de la común

defensa, trató, en cuanto estaba a su alcance, en hacer propicio a los

cristianos a la todopoderosa Madre de Dios y de atraer sobre ellos su

auxilio, invocándola por medio del Santísimo Rosario. Este noble

ejemplo que en aquellos días se ofreció a tierra y cielo, unió todos los

ánimos y persuadió a todos los corazones; de suerte que los fieles

cristianos dedicados a derramar su sangre y a sacrificar su vida para

salvar a la Religión y a la patria, marchaban, sin tener en cuenta su

número, al encuentro de las fuerzas enemigas reunidas no lejos del

golfo de Corinto; mientras los que no eran aptos para empuñar las

armas, cual piadoso ejército de suplicantes, imploraban y saludaban a

María, repitiendo las fórmulas del Rosario, y pedían el triunfo de los

combatientes.

La Soberana Señora así rogada, oyó muy luego sus preces, pues que,

empeñado el combate naval en las Islas Equínadas, la escuadra de los

cristianos, reportó, sin experimentar grandes bajas, una insigne

victoria y aniquiló las fuerzas enemigas.

Por este motivo, el mismo Santo Pontífice, en agradecimiento a tan

señalado beneficio, quiso que se consagrase con una fiesta en honor de

María de las Victorias, el recuerdo de ese memorable combate, y

después Gregorio XIII sancionó dicha festividad con el nombre de

Santo Rosario.

Asimismo en el siglo último alcanzáronse importantes victorias sobre

los turcos en Temesvar, Hungría y Corfú, las cuales se obtuvieron en

días consagrados a la Santísima Virgen, y terminadas las preces

públicas del Santísimo Rosario. Esto inclinó a Nuestro predecesor

Clemente XI a decretar para la Iglesia universal la festividad del

Santísimo Rosario.

 

III. Los Romanos Pontífices hablan del Santo Rosario

 

Así, pues, demostrado que esta forma de orar es agradable a la

Santísima Virgen y tan propia para la defensa de la Iglesia y del

pueblo cristiano, como para atraer toda suerte de beneficios públicos y

particulares, no es de admirar que varios de Nuestros Predecesores se

hayan dedicado a fomentarla y recomendarla con especiales elogios.

Urbano IV aseguró

que el rosario proporcionaba todos los días

ventajas al pueblo cristiano

; Sixto V dijo que ese modo de orar

cedía

en mayor honra y gloria de Dios

, y que era muy conveniente para

conjurar los peligros que amenazaban al mundo; León X, declaró

que

se había instituido contra los heresiarcas y las perniciosas herejías

, y

Julio III le apellidó loor de la Iglesia. San Pío V dijo también del

Rosario que, con la propagación de estas preces,

los fieles empezaron

a enfervorizarse en la oración y que llegaron a ser hombres distintos a

lo que antes eran; que las tinieblas de la herejía se disiparon, y que la

luz de la fe brilló en su esplendor

. Por último, Gregorio XIII declaró

que Santo Domingo, había instituido el Rosario para apaciguar

la

cólera de Dios e implorar la intercesión de la bienaventurada Virgen

María.

 

IV. León XIII y el momento actual

 

Inspirado Nos en este pensamiento y en los ejemplos de Nuestros

predecesores, hemos creído oportuno establecer preces solemnes,

elevándolas a la SAntísima Virgen en su Santo Rosario, para obtener

de Jesucristo igual socorro contra los peligros que Nos amenazan. Ya

veis, Venerables Hermanos, las difíciles pruebas a que todos los días

está expuesta la Iglesia; la piedad cristiana, la moralidad pública, la fe

misma, que es el bien supremo y el principio de todas las virtudes,

todo está amenazado cada día de los mayores peligros.

Además no sólo conocéis Nuestra difícil situación y Nuestras

múltiples angustias, sino que vuestra caridad os lleva a sentir con Nos

cierta unión y sociedad; pues es muy doloroso y lamentable ver a

tantas almas rescatadas por Jesucristo, arrancadas a la salvación por el

torbellino de un siglo extraviado y precipitadas en el abismo y en la

muerte eterna. En nuestros tiempos tenemos tanta necesidad del

auxilio divino como en la época en que el gran Domingo levantó el

estandarte del Rosario de María, a fin de curar los males de su época.

Ese gran Santo, iluminado por la luz celestial, entrevió claramente

que, para curar a su siglo, ningún medio podía ser tan eficaz como el

atraer a los hombres a Jesucristo, que es

el camino, la verdad y la vida,

impulsándolos a dirigirse a la Virgen, a quien está concedido el poder

de destruir todas las herejías .

 

En qué consiste el Rosario

 

La fórmula del Santo Rosario la compuso de tal manera Santo

Domingo, que en ella se recuerdan por su orden sucesivo los misterios

de Nuestra salvación y en este ejercicio de meditación se incorpora la

mística corona, tejida de la salutación angélica; intercalándose la

oración dominical a Dios Padre de Nuestro Señor Jesucristo. Nos, que

buscamos un remedio a males parecidos, tenemos derecho a creer que,

valiéndonos de la misma oración que sirvió a Santo Domingo para

hacer tanto bien, podremos ver desaparecer asimismo las calamidades

que afligen a nuestra época.

V. Mes de Octubre y festividad consagrada al Santo Rosario

Por lo cual no sólo excitamos vivamente a todos los cristianos a

dedicarse pública o privadamente y en el seno de sus familias a recitar

el Santo Rosario y a perseverar en este santo ejercicio, sino que

queremos que

el mes de Octubre de este año se consagre enteramente

a la Reina del Rosario.

 

Decretamos por lo mismo y ordenamos que en

todo el orbe católico se celebre solemnemente en el año corriente, con

esplendor y con pompa la festividad del Rosario, y que desde el primer

día del mes de Octubre próximo hasta el segundo día del mes de

Noviembre siguiente, se recen en todas las iglesias curiales, y si los

Ordinarios lo juzgan oportuno, en todas las iglesias y capillas

dedicadas a la Santísima Virgen, al menos cinco decenas del Rosario,

añadiendo las Letanías Lauretanas. Deseamos asimismo que el pueblo

concurra a estos ejercicios piadosos, y que se celebre en ellos el santo

sacrificio de la Misa, o se exponga el Santísimo Sacramento a la

adoración de los fieles, y se de luego la bendición con el mismo. Será

también de Nuestro agrado, que las cofradías del Santísimo Rosario de

María lo canten procesionalmente por las calles conforme a la antigua

costumbre. Y donde por razón de la circunstancias, esto no fuere

posible, procúrese sustituir con la mayor frecuencia a los templos y

con el aumento de las virtudes cristianas.

 

Las indulgencias concedidas

 

En gracia de los que practicaren lo que queda dispuesto, y para animar

a todos, abrimos los tesoros de la Iglesia, y a cuantos asistieron en el

tiempo antes designado a la recitación pública del Rosario y las

Letanías, y orasen conforme a Nuestra intención, concedemos siete

años y siete cuarentena de indulgencias por cada vez. Y de la misma

gracia queremos que gocen los que legítimamente impedidos de hacer

en público dichas preces, las hicieren privadamente. Y a aquellos que

en el tiempo prefijado practicaren al menos diez veces en público o en

secreto, si públicamente por justa causa no pudieren, las indicadas p

reces, y purificada debidamente su alma, se acercaren a la Sagrada

Comunión les dejamos libres de toda expiación y de toda pena en

forma de indulgencia plenaria.

Concedemos también plenísima remisión de sus pecados a aquellos

que, sea en el día de la fiesta del Santísimo Rosario, sea en los ocho

días siguientes, purificada su alma por medio de la confesión se

acercaren a la Sagrada Mesa y rogaren en algún templo, según Nuestra

intención, a Dios y a la Santísima Virgen, por las necesidades de la

Iglesia.

 

VI. Exhortación final

 

¡Obrad pues, Venerables Hermanos! Cuanto más os intereséis por

honrar a María y por salvar a la sociedad humana, más debéis

dedicaros a alentar la piedad de los fieles hacia la Virgen Santísima,

aumentando su confianza en ella. Nos consideramos que entra en los

designios providenciales el que en estos tiempos de prueba para la

Iglesia florezca más que nunca en la inmensa mayoría del pueblo

cristiano el culto de la Santísima Virgen.

Quiera Dios que excitadas por Nuestras exhortaciones e inflamadas

por vuestros llamamientos las naciones cristianas, busquen, con ardor

cada día mayor, la protección de María; que se acostumbren cada vez

más al rezo del Rosario, a ese culto que Nuestros antepasados tenían el

hábito de practicar no sólo como remedio siempre presente a sus

males, sino como noble adorno de la piedad cristiana. La celestial

Patrona del género humano escuchará esas preces y concederá

fácilmente a los buenos el favor de ver acrecentarse sus virtudes, y a

los descarriados el de volver al bien y entrar de nuevo en el camino de

salvación. Ella obtendrá que el Dios vengador de los crímenes,

inclinándose a la clemencia y a la misericordia, restituya al orbe

cristiano y a la sociedad, después de eliminar en lo sucesivo todo

peligro, el tan apetecible sosiego.

 

Bendición Apostólica

 

Alentado por esta esperanza Nos suplicamos a Dios por la intercesión

de aquélla en quien ha puesto la plenitud de todo bien, y le rogamos

con todas Nuestras fuerzas, que derrame abundantemente sobre

vosotros, Venerables Hermanos, sus celestiales favores. Y como

prenda de Nuestra benevolencia, os damos de todo corazón a vosotros,

a vuestro Clero y a los pueblos confiados a vuestros cuidados, la

Bendición Apostólica.

 

Dado en Roma, junto a San Pedro, el primero de septiembre de 1883,

año sexto de Nuestro Pontificado.

León XIII

 

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