" “Aquel que ama generosamente a la Inmaculada, se salvará y se santificará él mismo y ayudará a otros a santificarse”." ( San Maximiliano Maria Kolbe )

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Referencia a Títulos Marianos

 

En los Sacerdotes, Obispos y Teólogos

 

MADRE DE DIOS

 

 Padre Jesús Martínez García - (Siglo XX)

Sacerdote de la prelatura del Opus Dei.

  ( Leer historia de Padre Jesús Martínez García  )

 

 

 ¿Cómo puede ser que una criatura finita, limitada, por muy excelsa que sea, pueda engendrar y dar a luz a Dios, que es infinito?

La más alta dignidad de María, y causa de poseer todas las demás prerrogativas, es ser Madre de Dios. ¿Y cómo puede ser esto? ¿Cómo puede ser que una criatura finita, limitada, por muy excelsa que sea, pueda engendrar y dar a luz a Dios, que es infinito?

Ya hemos dicho que al hablar de María hay que empezar contando con lo que Dios nos revela y la Iglesia nos propone. Entonces descubrimos, como el Arcángel le dijo a María, que «nada hay imposible para Dios» (Lc 1,37). No se trata de dar una solu­ción racionalista, según la medida de nuestro pare­cer, sino de profundizar en la verdad que Dios nos dice. Si no, nos puede suceder lo que le sucedió a Nestorio, persona muy importante en la Iglesia en su tiempo. Él, y con él otros obispos, no admitió que María fuese Madre de Dios, sino consideraba que era solamente «madre de Cristo» o «madre del hombre», pues decía que en Jesucristo había dos personas muy estrechamente unidas: un hombre que nació de Ma­ría y la Persona divina que se unió moralmente a la humana.

Esto chocaba con el sentir general del pueblo cris­tiano, que entendía que María engendró a Jesús, que es Dios, pues en la Escritura aparece escrito que es «Madre de Jesús», (Jn 2,1), «Madre del Señor (Lc 1,3), que el Ángel le dijo a María: «lo santo que nacerá (de ti) será llamado Hijo de Dios» (Lc 1,35), y san Pablo dice que «Dios envió a su Hijo, nacido de mujer» (Ga 4,4). Y muchos Santos Padres la habían llamado Madre de Dios (Atanasio, Gregorio Niseno, Basilio, Gregorio Nacianceno, etc.). Por eso, cuando Nestorio hizo sus afirmacio­nes, muchos se pusieron en contra, y especialmente san Cirilo de Alejandría, y pidieron al Papa que convocara un concilio para aclarar las cosas. El mis­mo san Cirilo decía en una carta: «Me extraña en gran manera que haya alguien que tenga duda alguna de si la Santísima Virgen ha de ser llamada Madre de Dios. En efecto, si nuestro Señor Jesucristo es Dios, ¿por qué razón la Santísima Virgen, que lo dio a luz, no ha de ser llamada Madre de Dios? Esta es la fe que nos trasmitieron los discípulos del Señor, aunque no emplearan esta misma expresión. Así nos lo han enseñado también los Santos Padres» (Carta).

Reunido en el año 431 un concilio en Éfeso, donde estaban san Cirilo y Nestorio, el concilio procla­mó la personalidad única y divina de Cristo bajo las dos naturalezas, y por consiguiente, la maternidad divina de María. El pueblo cristiano de Éfeso, que aguardaba fuera del templo el resultado de las deli­beraciones de los obispos reunidos, al enterarse de la proclamación de la maternidad divina de María, prorrumpió en vítores y aplausos y acompañó a los obispos por las calles de la ciudad con antorchas encendidas en medio de un entusiasmo indescriptible (cfr. San Cirilo de Alejandría, Carta 24). Posteriormente, el conci­lio de Calcedonia, del año 451, y el Segundo de Constantinopla, del año 553, repitieron y confirmaron esta doctrina.

 

El dogma de la maternidad divina de María com­prende dos verdades: a) que María es verdadera ma­dre, es decir, ha contribuido a la formación de la naturaleza humana de Cristo con todo lo que aportan las otras madres a la formación del fruto de sus en­trañas, y b) que María es verdadera Madre de Dios, es decir, que concibió y dio a luz a la Segunda Perso­na de la Santísima Trinidad (en cuanto a la natura­leza humana que había asumido, no en cuanto a su naturaleza divina), porque lo que se engendra y da a luz es siempre una persona, no una naturaleza, y en ese caso era la Persona divina.

 

«Cuando la Virgen respondió que sí, libremente, a aquellos designios que el Creador le revelaba, el Verbo divino asumió la naturaleza humana: el alma racional y el cuerpo formado en el seno purísimo de María. La naturaleza divina y humana se unían en una única Persona: Jesucristo, verdadero Dios y, desde entonces, verdadero Hombre; Unigénito eterno del Padre y, a partir de aquel momento, como Hom­bre, hijo verdadero de María: por eso Nuestra Seño­ra es Madre del Verbo encarnado, de la segunda Persona de la Santísima Trinidad que ha unido a sí para siempre -sin confusión- la naturaleza huma­na. Podemos decir bien alto a la Virgen Santa, como la mejor alabanza, esas palabras que expresan su más alta dignidad: Madre de Dios» (San Josemaría, Amigos de Dios).

 

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