" “Que consolador resulta cuando se va a comparecer delante de Dios, recordar que se ha vivido bajo el amparo de María”." ( San Marcelino Champagnat )

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Referencia a Títulos Marianos

 

En Otras fuentes

 

Ave María, gratia plena

 

 Dante Alighieri - (1265 - 1321)

Poeta italiano que supo perpetuar en la literatura universal una de las obras más bellas y magistrales, "La Divina Comedia". Dedicado también a los asuntos políticos de Florencia, su ciudad, sufrió por su compromiso el destierro gran parte de su vida. Pero lo más destacado de su biografía (exceptuando su escritura) puede que haya sido su amor eterno por Beatriz Portinari, de quien se enamoró en su adolescencia y la cual influyó, sin saberlo, en toda su obra literaria.

  ( Leer historia de Dante Alighieri  )

 

 

De La Divina Comedia, El Paraíso. Frag Canto XXXI, Beatriz sube a ocupar su puesto y la sustituye San Bernardo. Canto XXXII, San Bernardo muestra al Poeta la disposición de la Rosa Celestial, el Orden de los Santos, y la Gloria de la Virgen Bienaventurada. Canto XXXIII, San Bernardo ruega a la Virgen que obtenga para Dante la gracia de ver a Dios.

«A fin de que concluyas
perfectamente -dijo,- tu camino,
al que un ruego y un santo amor me envían,
 
vuelven tus ojos por estos jardines;
que al mirarlos tu vista se prepara
más a subir por el rayo divino.
 
Y la reina del cielo, en el cual ardo
por completo de amor, dará su gracia,
pues soy Bernardo, de ella tan devoto.»

............

Alcé los ojos; y cual de mañana
la porción oriental del horizonte,
está más encendida que la otra,
 
así, cual quien del monte al valle observa,
vi al extremo una parte que vencía
en claridad a todas las restantes.
 
Y como allí donde el timón se espera
que mal guió Faetonte, más se enciende,
y allá y aquí su luz se debilita,
 
así aquella pacífica oriflama
se encendía en el medio, y lo restante
de igual manera su llama extinguía;
 
y en aquel centro, con abiertas alas,
la celebraban más de un millar de ángeles,
distintos arte y luz de cada uno.
 
Vi con sus juegos y con sus canciones
reír a una belleza, que era el gozo
en las pupilas de los otros santos;
 
y aunque si para hablar tan apto fuese
cual soy imaginando, no osaría
lo mínimo a expresar de su deleite. 

Cuando Bernardo vio mis ojos fijos
y atentos en lo ardiente de su fuego,
a ella con tanto amor volvió los suyos,
que los míos ansiaron ver de nuevo.
 
CANTO XXXII
 
 
Absorto en su delicia, libremente
hizo de guía aquel contemplativo,
y comenzaron sus palabras santas:
 
«La herida que cerró y sanó María,
quien tan bella a sus plantas se prosterna
de abrirla y enconarla es la culpable.
 
En el orden tercero de los puestos,
Raquel está sentada bajo ésa,
como bien puedes ver, junto a Beatriz.
 
Judit y Sara, Rebeca y aquella
del cantor bisabuela que expiando
su culpa dijo: "Miserere mei",
 
de puesto en puesto pueden contemplarse
ir degradando, mientras que al nombrarlas
voy la rosa bajando de hoja en hoja.
 
Y del séptimo grado a abajo, como
hasta aquél, se suceden las hebreas,
separando las hojas de la rosa;
 
porque, según la mirada pusiera
su fe en Cristo, son esas la muralla
que divide los santos escalones.
 
En esa parte donde está colmada
por completo de hojas, se acomodan
los que creyeron que Cristo vendría;
 
por la otra parte por donde interrumpen
huecos los semicírculos, se encuentran
los que en Cristo venido fe tuvieron.
 
Y como allí el escaño glorioso
de la reina del cielo y los restantes
tan gran muralla forman por debajo,
 
de igual manera enfrente está el de Juan
que, santo siempre, desierto y martirio
sufrió, y luego el infierno por dos años;
 
y bajo él separando de igual modo
mira a Benito, a Agustín y a Francisco
y a otros de grada en grada hasta aquí abajo.
 
Ahora conoce el sabio obrar divino:
pues uno y otro aspecto de la fe
llenarán de igual modo estos jardines.
 
Y desde el grado que divide al medio
las dos separaciones, hasta abajo,
nadie por propios méritos se sienta,
 
sino por los de otro, en ciertos casos:
porque son todas almas desatadas
antes de que eligieran libremente.
 
Bien puedes darte cuenta por sus rostros
y también por sus voces infantiles,
si los miras atento y los escuchas.
 
Dudas ahora y en tu duda callas;
mas yo desataré tan fuerte nudo
que te atan los sutiles pensamientos.
 
Dentro de la grandeza de este reino
no puede haber casualidad alguna,
como no existen sed, hambre o tristeza:
 
y por eterna ley se ha establecido
tan justamente todo cuanto miras,
que corresponde como anillo al dedo;
 
y así esta gente que vino con prisa
a la vida inmortal no sine causa
está aquí en excelencias desiguales.
 
El rey por quien reposan estos reinos
en tanto amor y en tan grande deleite,
que más no puede osar la voluntad,
 
todas las almas con su hermoso aspecto
creando, a su placer de gracia dota
diversamente; y bástete el efecto.
 
Y esto claro y expreso se consigna
en la Escritura santa, en los gemelos
movidos por la ira ya en la madre.
 
Mas según el color de los cabellos,
de tanta gracia, la altísima luz
dignamente conviene que les cubra. 
 
Así es que sin de suyo merecerlo
puestos están en grados diferentes,
distintos sólo en su mirar primero.
 
Era bastante en los primeros siglos
ser inocente para estar salvado,
con la fe únicamente de los padres;
 
al completarse los primeros tiempos,
para adquirir virtud, circuncidarse
a más de la inocencia era preciso;
 
pero llegado el tiempo de la gracia,
sin el perfecto bautismo de Cristo,
tal inocencia allá abajo se guarda.
 
Ahora contempla el rostro que al de Cristo
más se parece, pues su brillo sólo
a ver a Cristo puede disponerte.»
 
Yo vi que tanto gozo le llovía,
llevada por aquellas santas mentes
creadas a volar por esa altura,
 
que todo lo que había contemplado,
no me colmó de tanta admiración,
ni de Dios me mostró tanto semblante;
 
y aquel amor que allí bajara antes
cantando: «Ave María, gratia plena»
ante ella sus alas desplegaba.
 
Respondió a la divina cancioncilla
por todas partes la beata corte,
y todos parecieron más radiantes.

«Oh santo padre que por mí consientes
estar aquí, dejando el dulce puesto
que ocupas disfrutando eterna suerte,
 
¿quién es el ángel que con tanto gozo
a nuestra reina le mira los ojos,
y que fuego parece, enamorado?»
 
A la enseñanza recurrí de nuevo
de aquel a quien María hermoseaba,
como el sol a la estrella matutina.
 
Y aquél: «Cuanta confianza y gallardía
puede existir en ángeles o en almas,
toda está en él; y así es nuestro deseo,
 
porque es aquel que le llevó la palma
a María allá abajo, cuando el Hijo
de Dios quiso cargar con nuestro cuerpo.
 
Mas sigue con la vista mientras yo
te voy hablando, y mira los patricios
de este imperio justísimo y piadoso.
 
Los dos que están arriba, más felices
por sentarse tan cerca de la Augusta
son casi dos raíces de esta rosa:
 
quien cerca de ella está del lado izquierdo
es el padre por cuyo osado gusto
tanta amargura gustan los humanos.
 
Contempla al otro lado al viejo padre
de la Iglesia, a quien Cristo las dos llaves

de esta venusta flor ha confiado.
 
Y aquel que vio los tiempos dolorosos
antes de muerto, de la bella esposa
con lanzada y con clavos conquistada,
 
a su lado se sienta y junto al otro
el guía bajo el cual comió el maná
la gente ingrata, necia y obstinada.
 
Mira a Ana sentada frente a Pedro,
contemplando a su hija tan dichosa,
que la vista no mueve en sus hosannas;
 
y frente al mayor padre de familia,
Lucía, que moviera a tu Señora
cuando a la ruina, por no ver, corrías.
 
Mas como escapa el tiempo que te aduerme
pararemos aquí, como el buen sastre
que hace el traje según que sea el paño;
 
y alzaremos los ojos al primer
amor, tal que, mirándole, penetres
en su fulgor cuanto posible sea.
 
Mas para que al volar no retrocedas,
creyendo adelantarte, con tus alas
la gracia orando es preciso que pidas:
 
gracia de aquella que puede ayudarte;
y tú me has de seguir con el afecto,
y el corazón no apartes de mis ruegos.»
Y entonces dio comienzo a esta plegaria. 
 

CANTO XXXIII
 
«¡Oh Virgen Madre, oh Hija de tu hijo,
alta y humilde más que otra criatura,
término fijo de eterno decreto,
 
Tú eres quien hizo a la humana natura
tan noble, que su autor no desdeñara
convertirse a sí mismo en su creación.
 
Dentro del viento tuyo ardió el amor,
cuyo calor en esta paz eterna
hizo que germinaran estas flores.
 
Aquí nos eres rostro meridiano
de caridad, y abajo, a los mortales,
de la esperanza eres fuente vivaz.
 
Mujer, eres tan grande y vales tanto,
que quien desea gracia y no te ruega
quiere su desear volar sin alas.
 
Mas tu benignidad no sólo ayuda
a quien lo pide, y muchas ocasiones
se adelanta al pedirlo generosa.
 
En ti misericordia, en ti bondad,
en ti magnificencia, en ti se encuentra
todo cuanto hay de bueno en las criaturas.
 
Ahora éste, que de la ínfima laguna
del universo, ha visto paso a paso
las formas de vivir espirituales,
 
solicita, por gracia, tal virtud,
que pueda con los ojos elevarse,
más alto a la divina salvación.
 
Y yo que nunca ver he deseado
más de lo que a él deseo, mis plegarias
te dirijo, y te pido que te basten,
 
para que tú le quites cualquier nube
de su mortalidad con tus plegarias,
tal que el sumo placer se le descubra.
 
También reina, te pido, tú que puedes
lo que deseas, que conserves sanos,
sus impulsos, después de lo que ha visto.
 
Venza al impulso humano tu custodia:
ve que Beatriz con tantos elegidos
por mi plegaria te junta las manos!»
 
Los ojos que venera y ama Dios,
fijos en el que hablaba, demostraron
cuánto el devoto ruego le placía;
 
luego a la eterna luz se dirigieron,
en la que es impensable que penetre
tan claramente el ojo de ninguno.
 
Y yo que al final de todas mis ansias
me aproximaba, tal como debía,
puse fin al ardor de mi deseo.
 
Bernardo me animaba, sonriendo
a que mirara abajo, mas yo estaba
ya por mí mismo como aquél quería:

pues mi mirada, volviéndose pura,
más y más penetraba por el rayo
de la alta luz que es cierta por sí misma.
 
Fue mi visión mayor en adelante
de lo que puede el habla, que a tal vista,
cede y a tanto exceso la memoria.

 

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