" “Pongamos toda nuestra confianza en María, y quien no tiene puesta su medalla, que se la procure... Besémosla y experimentaremos grandes ventajas para nuestra alma”." ( San Juan Bosco )

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Referencia a Títulos Marianos

 

En los Sacerdotes, Obispos y Teólogos

 

Entrega personal a María

 

 Monseñor Sergio Osvaldo Buenanueva - (nac. 1963)

El Santo Padre Benedicto XVI lo nombró obispo titular de Rusubbicari y auxiliar de la arquidiócesis de Mendoza, a los 44 años de edad, cuando este era rector del Seminario Arquidiocesano de Mendoza.

  ( Leer historia de Monseñor Sergio Osvaldo Buenanueva  )

 

 

De la carta del 27 de agosto de 2009 a los fieles de la Arquidiosecis de Mendoza.

"Junto a la cruz de Jesús, estaba su madre y la hermana de su madre, María, mujer de Cleofás, y María Magdalena. Al ver a la madre y cerca de ella al discípulo a quien el amaba, Jesús le dijo: «Mujer, aquí tienes a tu hijo». Luego dijo al discípulo: «Aquí tienes a tu madre». Y desde aquel momento, el discípulo la recibió en su casa. Jn 19,25-27"

Muy estimada/o hermana/o en Cristo:

Te escribo con el corazón, y con el corazón de un hombre de fe. Tengo algo importante que proponerte. Por eso, le pido al Espíritu Santo que guíe mis pensamientos y me ayude con las palabras justas para llegar también a tu corazón de discípula/o de Jesús.

El próximo domingo 4 de octubre celebraremos la Fiesta patronal diocesana. Es la solemnidad de Nuestra Señora del Rosario, patrona de la Arquidiócesis de Mendoza. Será la celebración más importante del Jubileo misionero por los 75 años de la creación de nuestra querida Diócesis. En esa ocasión, nuestro Arzobispo, Mons. José María Arancibia renovará la entrega confiada a María de toda la Arquidiócesis. Ya lo hizo en el Gran Jubileo de 2000 con una hermosa oración que escribió el P. Jorge Contreras. ¿Te acordás?

Esto es lo importante que quiero proponerte: ¿Te animás a acompañar la oración del Obispo con tu propia entrega personal a María? ¿No te gustaría renovar tu alianza con María?

Muchos de nosotros, desde muy chicos, hemos aprendido a confiarnos a María. Algunos, seguramente, han hecho alguna forma solemne de consagración mariana. Yo, por ejemplo, llevo el escapulario de la Virgen del Carmen. Otros amigos, por ejemplo: focolarinos, o de Schöensttat, o cercanos a congregaciones religiosas (dominicos, jesuitas, franciscanos, carmelitas, orionitas, salesianos, etc.) tienen con María un vínculo del todo singular.

Para mí -no tengo miedo de decirlo- fue una gracia muy grande descubrir que María es una persona viva, con quien se puede hablar, confiarse, a quien se puede escuchar, de quien se puede aprender. Parece algo demasiado obvio, sin embargo, para mi vida personal de fe, este descubrimiento fue una iluminación que me llenó el corazón de alegría y de entusiasmo.

Es que, según el plan de Dios, María tiene una misión universal: madre del Hijo de Dios hecho hombre, ha sido confiada como madre a la Iglesia y, en ella, a cada bautizado, discípulo misionero de su Hijo.

En la historia espiritual del cristianismo, sobre todo por la fuerza de los santos, los cristianos hemos aprendido a reconocer ese lugar de María en nuestra vida a través de múltiples formas de devoción a la santa madre de Dios. Entre ellas se destaca la “consagración a María”. En estos últimos tiempos fue el Papa Juan Pablo II el que difundió por todos los lugares que visitó esta “entrega confiada” a la Madre de Dios. Todos recordamos el “Totus tuus” (Todo tuyo) que definió su pontificado.

María, por obra del Espíritu Santo, dio a luz a Jesús. María nos ayuda a vivir según el Espíritu de Cristo. Entregarse confiadamente a ella no es otra cosa que reavivar la vida del Espíritu que recibimos en el Bautismo y en la Confirmación. Así, progresa nuestra plena identificación con Cristo. Eso sí: “como María”, es decir: tratando de vivir cada momento con ella, como ella y con su ayuda.

Los mendocinos tenemos, además, una yapa: la que nos ayuda a configurarnos con Jesús es la Virgen del Rosario, es decir: la Virgen que contempla con su corazón los misterios gozosos, luminosos, dolorosos y gloriosos del Señor. Ella contempla y enseña a contemplar el Misterio de Cristo. Ella entra así en comunión con Cristo, y nos conduce con suavidad y firmeza en el camino de nuestra vida espiritual, “hasta que Cristo sea formado en nosotros” (Gal 4,19).

Por ahora, hasta aquí llego. Pienso escribir algunas cartas más: ¿Qué es la entrega confiada a María? ¿Cómo se puede hacer? ¿Cómo se prepara?

Te pido dos cosas: primero, que te pongás a pensar en serio en esta propuesta que te hago. Más que pensar, yo diría a rezar. ¿Cómo? ¿Por qué no te aprendés de memoria el texto de San Juan que abre esta carta? Podés preguntarte también: ¿Qué significa, para mí, este testamento del Señor: “aquí tienes a tu madre”? Como también: ¿Cómo recibir a María en mi propia casa, es decir, en mi propia vida? Lo segundo que te pido es que difundás esta carta: fotocopiala, mándala por email, usá Faceboock. Creo que si te interesa te podés ingeniar.
A ver cómo nos va.

Hasta la próxima. “Ave María purísima. En gracia concebida”.

 

 

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