" Reconcílianos con tu Hijo, recomiéndanos a tu Hijo, preséntanos á tu Hijo" ( San Bernardo )

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Referencia a Títulos Marianos

 

En el Magisterio de la Iglesia

 

El mundo oró a María por el Concilio Vaticano II

 

 Juan XXIII - (1881 - 1963)

Sucedió a Pío XII tras su fallecimiento en 1958, contando con 77 años de edad. Su pontificado aportó a la Iglesia, además de momentos de paz y unión, una trascendental etapa de renovación. Y aunque fue poco el tiempo en que estuvo al mando de la Iglesia católica, cinco años, se hizo querer por el mundo entero, considerándolo el Papa bueno.

  ( Leer historia de Juan XXIII  )

 

 

El 27 de abril de 1959, el Papa Juan XXIII mediante un mensaje radiofónico exhortó a los ordinarios del lugar y a los fieles del mundo entero que durante el mes de mayo dirijan su súplica ardiente a la Virgen por la celebración y éxito del Concilio Vaticano II.

“Venerables hermanos en el episcopado y queridos hijos del orbe católico: 

En nuestra edad, como los pueblos cristianos lo han comprobado y comprueban más de una vez por experiencia, la augusta Madre de Dios esta presente en las cosas humanas, y cuanto más se enfría la caridad, tanto más vehementemente incita ella a sus hijos a la piedad, a la virtud y a la penitencia de los pecados; y, a la par que por dondequiera se agravan pestilencias nefastas que nos amenazan, sentimos que es ella intercesora clementísima que suplica en favor nuestro a la divina misericordia y aparta los castigos merecidos por nuestras culpas. Tenemos, pues, una protectora que tiene gran valimiento ante la divina Majestad; tenemos una Madre que piadosísimamente se compadece de los trabajos que sufren sus hijos. Por lo cual arriesga su salud eterna todo el que, agitado por las tormentas de este mundo, se niega a asir la mano de salvación que ella le tiende. 

María está, además, estrechísimamente unida con la Iglesia; ella, en efecto, perseverando en la oración juntamente con los apóstoles en el cenáculo de Jerusalén ( Hch 1,14), aguardó la venida del Espíritu Santo, que, el día sagrado de Pentecostés, la llenó de fuerza divina e hizo así que a ella se agregara muchedumbre de gentes. Es más, como dice nuestro predecesor Pío XII, “Ella fue la que con sus eficacísimas oraciones impetró que el Espíritu del Redentor divino, dado ya en la cruz, se confiriera, con dones prodigiosos, el día de Pentecostés a la Iglesia recién nacida” (Encíclica Mystici Corporis: AAS 35 (1943) 248.).  

Ahora bien, ¿quién negará el propósito mismo de la Iglesia y las dificultades que la apremian no le toquen de manera especialísima a la Madre de Dios? Así, pues, el que siente con la Iglesia y desea sinceramente su adelantamiento, forzoso es que haga por ella a la Virgen María frecuentes y humildes oraciones. 

Proclamamos, pues, firmemente tener la mayor confianza en las oraciones que, inflamados de su amor, dirigen los fieles a la Madre de Dios. Ahora bien, como quiera que durante el mes de mayo, consagrado por muy laudable costumbre a la Virgen Celeste, se celebran oraciones y cultos peculiares, hemos determinado avisar a todo el pueblo cristiano que ponga ahínco en impetrar a la Madre de Dios, durante este tiempo, el feliz éxito de la causa, que es, ciertamente, de la mayor importancia y gravedad. Porque, como ya de atrás hemos anunciado, determinamos juntar un Concilio ecuménico, cuyo objeto será tratar a fondo lo que grandemente interesa a toda la Iglesia. 

Ahora bien, estamos persuadidos que para lograr cosa tan grande valen poco cualesquiera medios humanos; muchísimo, empero, las oraciones de los fieles, fervorosas y asiduas. Cuiden, por ende, los sagrados pastores de inducir a las ovejas que les están confiadas a que durante este mes de mayo dirijan fervorosas súplicas a la augusta Madre de Dios, ayudadora poderosísima del cristianismo y reina misericordiosísima de tierra y cielo. 

El clero señaladamente, de uno y otro orden, al que abraza a María con singular amor, sepa que está llamado a encomendarle, durante este mismo tiempo, este propósito nuestro con grandes y continuas oraciones. Hagan lo mismo todas las religiones que, apartadas de las cosas humanas, sirven a Cristo en los conventos. 

Esfuércese el pueblo cristiano en postrarse diariamente, durante este mes de las flores, ante el altar de la Virgen, a fin de celebrar con esta intención sus alabanzas y hacer una corona de hermosísimas peticiones del rosario. 

Si no hubiere facilidad de frecuentar los templos, diríjanle las familias, dentro de las paredes domésticas, sus humildes súplicas. Los que luchan con la enfermedad ofrezcan sus dolores como sacrificio aceptísimo, a fin de hacer propicia a esta madre amantísima. 

Finalmente, exhortamos a los niños y niñas, que brillan por su inocencia y gracia, que rueguen por esta causa, que tan atravesada llevamos en el corazón, a aquella, que, gloriosa por su hermosura virginal, recibe y escucha de mejor agrado las oraciones de los inocentes. 

Las novenas particularmente que en todo el orbe de la tierra suelen hacerse antes de Pentecostés, y que este año caerán en el mes de mayo, háganse con más fervorosa voluntad, y todos, postrados ante los altares de la Madre de Dios, que con razón es llamada esposa del Paráclito, pidan los dones del mismo Espíritu Santo, a fin de que un nuevo Pentecostés sonría a la familia cristiana. 

Así, pues, que la augusta Reina del Cielo, rogada por esta especie de concierto de oraciones de toda la Iglesia católica resuena ante su trono, escuche nuestros votos y calme nuestra esperanza. Mientras nos anima esta buena esperanza, os impartimos a vosotros, venerables hermanos, y a cuantos con buena voluntad respondieren a esta nuestra exhortación, la bendición apostólica con el mayor amor en el Señor”.

 

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