" Reina Y Madre mía María, mi reina y mi intercesión. Madre de Dios, rogad por mí." ( San Alfonso María de Ligorio )

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Referencia a Títulos Marianos

 

En Otras fuentes

 

La Concepción Inmaculada

 

 María de Jesús de Agreda - (Agreda, Espana1602-1665)

Historiadora de la Reina de los Ángeles, Admirable teóloga de la Mística Ciudad de Dios Portentosa Misionera de las tribus americanas, Consejera del rey Felipe IV, Escritora mística del Barroco, y Santa.

  ( Leer historia de María de Jesús de Agreda  )

 

 

Mística Ciudad de Dios de María de Jesús de Agreda oic

 

La Concepción Inmaculada

de la Madre de Dios

 

 

María de Jesús de Agreda oic

Mística Ciudad de Dios

Libro I, Cap.12-19

 

 

 

Libro I

CAPITULO 12

Cómo, habiéndose propagado el linaje humano, crecieron los clamores de los justos por la venida del Mesías, y también crecieron los pecados, y en esta noche de la antigua ley envió Dios al mundo dos luceros que anunciasen la ley de gracia.

 

164. Dilatóse en gran número la posteridad y linaje de Adán, multiplicándose los justos y los injustos, los clamores de los santos por el Reparador y los delitos de los pecadores para desmerecer este beneficio. El pueblo del Altísimo y el triunfo del Verbo, que había de humanarse, estaban ya en las últimas disposiciones que la divina voluntad obraba en ellos para venir el Mesías; porque el reino del pecado en los hijos de perdición había dilatado su malicia casi hasta los últimos términos y había llegado el tiempo oportuno del remedio. Habíase aumentado la corona y méritos de los justos; y los profetas y santos padres con el júbilo de la divina luz reconocían que se acercaba la salud y la presencia de su redentor y multiplicaban sus clamores, pidiendo a Dios se cumpliesen las profecías y promesas hechas a su pueblo; y delante del trono real de la divina misericordia representaban la prolija y larga noche [1] que había corrido en las tinieblas del pecado, desde la creación del primer hombre, y la ceguera de idolatrías en que estaba ofuscado todo el resto del linaje humano.

 

165. Cuando la antigua serpiente había inficionado con su aliento todo el orbe y, al parecer, gozaba de la pacífica posesión de los mortales; y cuando ellos, desatinando de la luz de la misma razón natural [2] de la que por la antigua ley escrita pudieran tener, en lugar de buscar la divinidad verdadera, fingían muchas falsas y cada cual formaba dios a su gusto, sin advertir que la confusión de tantos dioses, aun para perfección, orden y quietud, era repugnante; cuando con estos errores se habían ya naturalizado la malicia, la ignorancia y el olvido del verdadero Dios y se ignoraba la mortal dolencia y letargo que en el mundo se padecía, sin abrir la boca los míseros dolientes para pedir el remedio; cuando reinaba la soberbia y el número de los necios era sin número[3] y la arrogancia de Lucifer intentaba beberse las aguas puras del Jordán; [4] cuando con estas injurias estaba Dios más ofendido y menos obligado de los hombres y el atributo de su justicia tenía tan justificada su causa para aniquilar todo lo criado convirtiéndolo a su antiguo no ser.

 

166. En esta ocasión –a nuestro entender– convirtió el Altísimo su atención al atributo de su misericordia e inclinó el peso de su incomprensible equidad con la ley de la clemencia; y se quiso dar por más obligado de su misma bondad y de los clamores y servicios de los justos y profetas de su pueblo, que desobligarse de la maldad y ofensas de todo el resto de los pecadores; y en aquella noche tan pesada de la ley antigua determinó dar prendas ciertas del día de la gracia, enviando al mundo dos luceros clarísimos que anunciasen la claridad ya vecina del sol de justicia Cristo, nuestra salud. Estos fueron san Joaquín y Ana, prevenidos y criados por la divina voluntad para que fuesen hechos a medida de su corazón. San Joaquín tenía casa, familia y deudos en Nazaret, pueblo de Galilea, y fue siempre varón justo y santo, ilustrado con especial gracia y luz de lo alto. Tenía inteligencia de muchos misterios de las Escrituras y profetas antiguos y con oración continua y fervorosa pedía a Dios el cumplimiento de sus promesas, y su fe y caridad penetraban los cielos. Era varón humildísimo y puro, de costumbres santas y suma sinceridad, pero de gran peso y severidad y de incomparable compostura y honestidad.

 

167. La felicísima santa Ana tenía su casa en Belén, y era doncella castísima, humilde y hermosa y, desde su niñez, santa, compuesta y llena de virtudes. Tuvo también grandes y continuas ilustraciones del Altísimo y siempre ocupaba su interior con altísima contemplación, siendo juntamente muy oficiosa y trabajadora, con que llegó a la plenitud de la perfección de las vidas activa y contemplativa. Tenía noticia infusa de las Escrituras divinas y profunda inteligencia de sus escondidos misterios y sacramentos; y en las virtudes infusas, fe, esperanza y caridad, fue incomparable. Con estos dones prevenida oraba continuamente por la venida del Mesías, y sus ruegos fueron tan aceptos al Señor para acelerar el paso, que singularmente le pudo responder había herido su corazón en uno de sus cabellos, [5] pues sin duda alguna en apresurar la venida del Verbo tuvieron los merecimientos de santa Ana altísimo lugar entre los santos del Viejo Testamento.

 

168. Hizo también esta mujer fuerte oración fervorosa para que el Altísimo en el estado del matrimonio la diese compañía de esposo que la ayudase a la guarda de la divina ley y testamento santo y para ser perfecta en la observancia de sus preceptos. Y al mismo tiempo que santa Ana pedía esto al Señor, ordenó su providencia que san Joaquín hiciese la misma oración, para que juntas fuesen presentadas estas dos peticiones en el tribunal de la beatísima Trinidad, donde fueron oídas y despachadas. Y luego por ordenación divina se dispuso cómo Joaquín y Ana tomasen estado de matrimonio juntos y fuesen padres de la que había de ser Madre del mismo Dios humanado. Y para ejecutar este decreto, fue enviado el santo arcángel Gabriel, que se lo manifestase a los dos. A santa Ana se le apareció corporalmente estando en oración fervorosa pidiendo la venida del Salvador del mundo y el remedio de los hombres; y vio al santo príncipe con gran hermosura y refulgencia, que a un mismo tiempo causó en ella alguna turbación y temor con interior júbilo e iluminación de su espíritu. Postróse la Santa con profunda humildad para reverenciar al embajador del cielo, pero él la detuvo y confortó, como a depósito que había de ser del arca del verdadero maná, María santísima, Madre del Verbo eterno; porque ya este santo arcángel había conocido este misterio del Señor cuando fue enviado con esta embajada; aunque entonces no lo conocieron los demás ángeles del cielo, porque a solo san Gabriel fue hecha esta revelación o iluminación inmediatamente del Señor. Tampoco manifestó el ángel a santa Ana este gran sacramento por entonces, mas pidióla atención y la dijo: El Altísimo te dé su bendición, sierva suya, y sea tu salud. Su Alteza ha oído tus peticiones y quiere que perseveres en ellas y clames por la venida del Salvador; y es su voluntad que recibas por esposo a Joaquín, que es varón de corazón recto y agradable a los ojos del Señor, y con su compañía podrás perseverar en la observancia de su divina ley y servicio. Continúa tus oraciones y súplicas y de tu parte no hagas otra diligencia; que el mismo Señor ordenará el cómo se ha de ejecutar. Y tú camina por las sendas rectas de la justicia y tu habitación interior siempre sea en las alturas; y pide siempre por la venida del Mesías y alégrate en el Señor que es tu salud.–Con esto desapareció el ángel, dejándola ilustrada en muchos misterios de las Escrituras y confortada y renovada en su espíritu.

 

169. A san Joaquín apareció y habló el arcángel, no corporalmente como a santa Ana, pero en sueños apercibió el varón de Dios que le decía estas razones: Joaquín, bendito seas de la divina diestra del Altísimo, persevera en tus deseos y vive con rectitud y pasos perfectos. Voluntad del Señor es que recibas por tu esposa a Ana, que es alma a quien el Todopoderoso ha dado su bendición. Cuida de ella y estímala como prenda del Altísimo y dale gracias a Su Majestad porque te la ha entregado.–En virtud de estas divinas embajadas pidió luego Joaquín por esposa a la castísima Ana y se efectuó el casamiento, obedeciendo los dos a la divina disposición; pero ninguno manifestó al otro el secreto de lo que les había sucedido hasta pasados algunos años, como diré en su lugar.[6] Vivieron los dos santos esposos en Nazaret, procediendo y caminando por las justificaciones del Señor; y con rectitud y sinceridad dieron el lleno de las virtudes a sus obras y se hicieron muy agradables y aceptos al Altísimo sin reprensión. De las rentas y frutos de su hacienda en cada año hacían tres partes: la primera ofrecían al templo de Jerusalén para el culto del Señor, la segunda distribuían a los pobres, y con la tercera sustentaban su vida y familia decentemente; y Dios les acrecentaba los bienes temporales, porque los expendían con tanta largueza y caridad.

 

170. Vivían asimismo con inviolable paz y conformidad de ánimos, sin querella y sin rencilla alguna. Y la humildísima Ana vivía en todo sujeta y rendida a la voluntad de Joaquín; y el varón de Dios con la emulación santa de la misma humildad se adelantaba a saber la voluntad de santa Ana, confiando en ella su corazón, [7] y no quedando frustrado; con que vivieron en tan perfecta caridad, que en su vida tuvieron diferencia en que el uno dejase de querer lo mismo que quería el otro; mas como congregados en el nombre del Señor, [8] estaba Su Majestad con su temor santo en medio de ellos. Y el santo Joaquín cumplió y obedeció el mandamiento del ángel de que estimase a su esposa y tuviese cuidado de ella.

 

171. Previno el Señor con bendiciones de dulzura[9] a la santa matrona Ana, comunicándola altísimos dones de gracia y ciencia infusa, que la dispusiesen para la buena dicha que la aguardaba de ser madre  de la que lo había de ser del mismo Señor; y como las obras del Altísimo son perfectas y consumadas, fue consiguiente que la hiciese digna madre de la criatura más pura y que en santidad había de ser inferior a solo Dios y superior a todo lo criado.

 

172. Pasaron estos santos casados veinte años sin sucesión de hijos; cosa que en aquella edad y pueblo se tenía por más infelicidad y desgracia, a cuya causa padecieron entre sus vecinos y conocidos muchos oprobios y desprecios; que los que no tenían hijos se reputaban como excluidos de tener parte en la venida del Mesías que esperaban. Pero el Altísimo, que por medio de esta humillación los quiso afligir y disponer para la gracia que les prevenía, les dio tolerancia y conformidad para que sembrasen con lágrimas[10]  y oraciones el dichoso fruto que después habían de coger. Hicieron grandes peticiones de lo profundo de su corazón, teniendo para esto especial mandato de lo alto, y ofrecieron al Señor con voto expreso que, si les daba hijos, consagrarían a su servicio en el templo el fruto que recibiesen de bendición.

 

173. Y el hacer este ofrecimiento fue por especial impulso del Espíritu Santo, que ordenaba cómo antes de tener ser la que había de ser morada de su unigénito Hijo, fuese ofrecida y como entregada por sus padres al mismo Señor. Porque si antes de conocerla y tratarla no se obligaran con voto particular de ofrecerla al templo, viéndola después tan dulce y agradable criatura no lo pudieran hacer con tanta prontitud por el vehemente amor que la tendrían. Y –a nuestro modo de entender– con este ofrecimiento no sólo satisfacía el Señor a los celos que ya tenía de que su Madre santísima estuviese por cuenta de otros, pero se entretenía su amor en la dilación de criarla.

 

174. Habiendo perseverado un año entero después que el Señor se lo mandó en estas fervientes peticiones, sucedió que san Joaquín fue por divina inspiración y mandato al templo de Jerusalén, a ofrecer oraciones y sacrificios por la venida del Mesías y por el fruto que deseaba; y llegando con otros de su pueblo a ofrecer los comunes dones y otrendas en presencia del sumo sacerdote, otro inferior, que se llamaba Isacar, reprendió ásperamente al venerable viejo Joaquín porque llegaba a ofrecer con los demás, siendo infecundo; y entre otras razones le dijo: Tú, Joaquín, ¿por qué llegas a ofrecer siendo hombre inútil? Desvíate de los demás y vete, no enojes a Dios con tus ofrendas y sacrificios, que no son gratos a sus ojos.–El santo varón, avergonzado y confuso, con humilde y amoroso afecto, se convirtió al Señor y le dijo: Altísimo Dios eterno, con vuestro mandato y voluntad vine al templo; el que está en vuestro lugar me desprecia; mis pecados son los que merecen esta ignominia; pues la recibo por vuestro querer, no despreciéis la hechura de vuestras manos.- [11] Fuese Joaquín del templo contristado, pero pacífico y sosegado, a una casa de campo o granja que tenía y allí en soledad de algunos días clamó al Señor e hizo oración:

 

175. Altísimo Dios eterno, de quien depende todo el ser y el reparo del linaje humano, postrado en vuestra real presencia os suplico se digne vuestra infinita bondad de mirar la aflicción de mi alma y oír mis peticiones y las de vuestra sierva Ana. A vuestros ojos son manifiestos todos nuestros deseos [12] y, si yo no merezco ser oído, no despreciéis a mi humilde esposa. Santo Dios de Abrahán, Isaac y Jacob, nuestros antiguos padres, no escondáis vuestra piedad de nosotros, ni permitáis, pues sois padre, que yo sea de los réprobos y desechados en mis ofrendas como inútil, porque no me dais sucesión. Acordaos, Señor, de los sacrificios y oblaciones de vuestros siervos y profetas, [13] mis padres antiguos, y tened presentes las obras que en ellos fueron gratas a vuestros ojos divinos; y pues me mandáis, Señor mío, que con confianza os pida como a poderoso y rico en misericordias, concededme lo que por vos deseo y pido; pues en pediros hago vuestra santa voluntad y obediencia, en que me prometéis mi petición: y si mis culpas detienen vuestras misericordias, apartad de mí lo que os desagrada e impide. Poderoso sois, Señor Dios de Israel, y todo lo que fuere vuestra voluntad podéis obrar sin resistencia. [14] Lleguen a vuestros oídos mis peticiones, que si soy pobre y pequeño, vos sois infinito e inclinado a usar de misericordia con los abatidos. ¿Adónde iré de vos, que sois el Rey de los reyes, el Señor de los señores y todopoderoso? A vuestros hijos y siervos habéis llenado, Señor, de dones y bendiciones en sus generaciones; a mí me enseñáis a desear y esperar de vuestra liberalidad lo que habéis obrado con mis hermanos. Si fuere vuestro beneplácito conceder mi petición, el fruto de sucesión que de vuestra mano recibiere, lo ofreceré y consagraré a vuestro templo santo, para servicio vuestro. Entregado tengo mi corazón y mente a vuestra voluntad y siempre he deseado apartar mis ojos de la vanidad. Haced de mí lo que fuere vuestro agrado y alegrad, Señor, nuestro espíritu con el cumplimiento de nuestra esperanza. Mirad desde vuestro solio al humilde polvo y levantadle, para que os magnifique y adore y en todo se cumpla vuestra voluntad y no la mía.

 

176. Esta petición hizo Joaquín en su retiro; y en el ínterin el santo ángel declaró a santa Ana cómo sería agradable oración para su alteza que le pidiese sucesión de hijos con el santo afecto e intención que los deseaba. Y habiendo conocido la santa matrona ser ésta la divina voluntad y también la de su esposo Joaquín, con humilde rendimiento y confianza en la presencia del Señor, hizo oración por lo que se le ordenaba y dijo: Dios altísimo, Señor, mío, Criador y Conservador universal de todas las cosas, a quien mi alma reverencia y adora como a Dios verdadero infinito, santo y eterno; postrada en vuestra real presencia hablaré, aunque sea polvo y ceniza,[15]  manifestando mi necesidad y aflicción. Señor, Dios increado, hacednos dignos de vuestra bendición, dándonos fruto santo que ofrecer a vuestro servicio en vuestro templo.[16] Acordaos, Señor mío, que Ana, sierva vuestra, madre de Samuel, era estéril y con vuestra liberal misericordia recibió el cumplimiento de sus deseos. Yo siento en mi corazón una fuerza que me alienta y anima a pediros hagáis conmigo esta misericordia. Oíd, pues, dulcísimo Señor y Dueño mío, mi petición humilde y acordaos de los servicios, ofrendas y sacrificios de mis antiguos padres y los favores que obró en ellos el brazo poderoso de vuestra omnipotencia. Yo, Señor, quisiera ofrecer a vuestros ojos oblación agradable y aceptable, pero la mayor y la que puedo es mi alma, mis potencias y sentidos que me disteis y todo el ser que tengo; y si mirándome desde vuestro real solio me diereis sucesión, desde ahora la consagro y ofrezco para serviros en el templo. Señor Dios de Israel, si fuere voluntad y gusto vuestro mirar a esta vil y pobre criatura y consolar a vuestro siervo Joaquín, concedednos, Señor, esta petición y en todo se cumpla vuestra voluntad santa y eterna.

 

177. Estas fueron las peticiones que hicieron los santos Joaquín y Ana; y de la inteligencia que he tenido de ellas y de la santidad incomparable de estos dichosos padres, no puedo por mi gran cortedad e insuficiencia decir todo lo que conozco y siento; ni todo se puede referir, ni es necesario, pues es bastante para mi intento lo dicho; y para hacer altos conceptos de estos Santos, se han de medir y ajustar con el altísimo fin y ministerio para que fueron escogidos de Dios, que era ser abuelos inmediatos de Cristo Señor nuestro y padres de su Madre santísima.

 

CAPITULO 13

Cómo por el santo arcángel Gabriel fue evangelizada la concepción de María santísima y cómo previno Dios a santa Ana para esto con un especial favor.

 

178. Llegaron las peticiones de los santos Joaquín y Ana a la presencia y trono de la beatísima Trinidad, donde, siendo oídas y aceptadas, se les manifestó a los santos ángeles la voluntad divina, como si –a nuestro modo de entender– las tres divinas Personas hablaran con ellos y les dijeran: Determinado tenemos por nuestra dignación que la persona del Verbo tome carne humana y que en ella remedie a todo el linaje de los mortales; y a nuestros siervos los profetas lo tenemos manifestado y prometido, para que ellos lo profetizasen al mundo. Los pecados de los vivientes y su malicia es tanta, que nos obligaba a ejecutar el rigor de nuestra justicia; pero nuestra bondad y misericordia excede a todas sus maldades y no pueden ellas extinguir nuestra caridad. Miremos a las obras de nuestras manos, que criamos a nuestra imagen y semejanza para que fueran herederos y partícipes de nuestra eterna gloria. [17]  Atendamos a los servicios y agrado que nos han dado nuestros siervos y amigos y a los muchos que se levantarán y que serán grandes en nuestras alabanzas y beneplácito. Y singularmente pongamos delante de nuestros ojos aquella que ha de ser electa entre millares y sobre todas las criaturas ha de ser aceptable y señalada para nuestras delicias y beneplácito y que en sus entrañas ha de recibir a la persona del Verbo y vestirle de la mortalidad de la carne humana. Y pues ha de tener principio esta obra en que manifestemos al mundo los tesoros de nuestra divinidad, ahora es el tiempo aceptable y oportuno para la ejecución de este sacramento. Joaiquin y Ana hallaron gracia en nuestros ojos, porque piadosamente los miramos y prevenimos con la virtud de nuestros dones y gracias. Y en las pruebas de su verdad han sido fieles y con sencilla candidez sus almas se han hecho aceptas y agradables en nuestra presencia. Vaya Gabriel, nuestro embajador, y déles nuevas de alegría para ellos y para todo el linaje humano y anúncieles cómo nuestra dignación los ha mirado y escogido.

 

179. Conociendo los espíritus celestiales esta voluntad y decreto del Altísimo, el santo arcángel Gabriel, adorando y reverenciando a Su Alteza en la forma que lo hacen aquellas purísimas y espirituales sustancias, humillado ante el trono de la beatísima Trinidad, salió de él una voz intelectual que le dijo: Gabriel, ilumina, vivifica y consuela a Joaquín y Ana, nuestros siervos, y diles que sus oraciones llegaron a nuestra presencia y sus ruegos son oídos por nuestra clemencia; promételes que recibirán fruto de bendición con el favor de nuestra diestra y que Ana concebirá y parirá una hija a quien le damos por nombre María.

 

180. En este mandato del Altísimo le fueron revelados al arcángel san Gabriel muchos misterios y sacramentos de los que pertenecían a esta embajada; y con ella descendió al punto del cielo empíreo y se le apareció a san Joaquín, que estaba en oración, y le dijo: Varón justo y recto, el Altísimo desde su real trono ha visto tus deseos y oído tus peticiones y gemidos y te hace dichoso en la tierra. Tu esposa Ana concebirá y parirá una hija que será bendita entre las mujeres[18] y las naciones la conocerán por bienaventurada.[19] El que es Dios eterno, increado y criador de todo, y en sus juicios rectísimo, poderoso y fuerte, me envía a ti, porque le han sido aceptas tus obras y limosnas. Y la caridad ablanda el pecho del Todopoderoso y apresura sus misericordias, que liberal quiero, enriquecer tu casa y familia con la hija que concebirá Ana y el mismo Señor la pone por nombre María. Y desde su niñez ha de ser consagrada a su templo, y en él a Dios, como se lo habéis prometido. Será grande, escogida, poderosa y llena del Espíritu Santo y por la esterilidad de Ana será milagrosa su concepción y la hija será en vida y obras toda prodigiosa. Alaba, Joaquín, al Señor por este beneficio, engrandécele, pues con ninguna nación hizo tal cosa. Subirás a dar gracias al templo de Jerusalén y, en testimonio de que te anuncio esta verdad y alegre nueva, en la puerta áurea encontrarás a tu hermana Ana, que por la misma causa irá al templo. Y te advierto que es maravillosa esta embajada, porque la concepción de esta niña alegrará el cielo y la tierra.

 

181. Todo esto le sucedió a san Joaquín en un sueño que se le dio en la prolija oración que hizo; para que en él recibiese esta embajada, al modo que sucedió después al santo José, esposo de María santísima, cuando se le manifestó ser su preñado por obra del Espíritu Santo. [20] Despertó el dichosísimo san Joaquín con especial júbilo de su alma y, con prudencia cándida y advertida, escondio en su corazón el sacramento del Rey; [21] y con viva fe y esperanza derramó su espíritu en la presencia del Altísimo y, convertido en ternura y agradecimiento, le dio gracias y alabó sus inescrutables juicios; y para hacerlo mejor, se fue al templo, como se lo habían ordenado.

 

182. En el mismo tiempo que sucedió esto a san Joaquín, estaba la dichosísima santa Ana en altísima oración y contemplación, toda elevada en el Señor y en el misterio de la encarnación que esperaba del Verbo eterno, de que el mismo Señor le había dado altísimas inteligencias y especialísima luz infusa. Y con profunda humildad y viva fe estaba pidiendo a Su Majestad acelerase la venida del Reparador del linaje humano, y hacía esta oración: Altísimo Rey y Señor de todo lo criado, yo, vil y despreciada criatura, pero hechura de vuestras manos, deseara con dar la vida que de vos, Señor, he recibido obligaros para que vuestra dignación abreviara el tiempo de nuestra salud. ¡Oh, si vuestra piedad infinita se inclinase a nuestra necesidad! ¡Oh, si nuestros ojos vieran ya al Reparador y Redentor de los hombres! Acordaos, Señor, de las antiguas misericordias que habéis hecha con vuestro pueblo, prometiéndole vuestro Unigénito, y oblígueos esta determinación de infinita piedad. Llegue ya, llegue este día tan deseado. ¡Es posible que el Altísimo ha de bajar de su santo cielo! ¡Es posible que ha de tener Madre en la tierra! ¡Qué mujer será tan dichosa y bienaventurada! ¡Oh, quién pudiera verla! ¡Quién fuera digna de servir a sus siervas! Bienaventuradas las generaciones que la vieren, que podrán postrarse a sus pies y adorarla. ¡Qué dulce será su vista y conversación! Dichosos los ojos que la vieren y los oídos que la oyeren sus palabras y la familia que eligiere el Altísimo para tener Madre en ella. Ejecútese ya, Señor, este decreto, cúmplase ya vuestro divino beneplácito.

 

183. En esta oración y coloquios estaba ocupada santa Ana después de las inteligencias que había recibido de este inefable misterio y confería todas las razones que quedan dichas con el santo ángel de su guarda, que muchas veces, y en esta ocasión con más claridad, se le manifestó. Y ordenó el Altísimo que la embajada de la concepción de su Madre santísima fuese en algo semejante a la que después se había de hacer de su inefable encarnación. Porque santa Ana estaba meditando con humilde fervor en la que había de ser Madre de la Madre del  Verbo encarnado, y la Virgen santísima hacía los mismos actos y propósitos para la que había de ser Madre de Dios, como en su lugar diré. [22] Y fue uno mismo el ángel de las dos embajadas, y en forma humana, aunque con más hermosura y misteriosa apariencia se apareció a la Virgen María.

 

184. Entró el santo arcángel Gabriel en forma humana, hermoso y refulgente más que el sol, a la presencia de santa Ana y díjola: Ana, sierva del Altísimo, ángel del consejo de Su Alteza soy, enviado de las alturas por su divina dignación, que mira a los humildes en la tierra. [23] Buena es la oración incesante y la confianza humilde. El Señor ha oído tus peticiones, porque está cerca de los que le llaman[24]  con viva fe y esperanza y aguardan con rendimiento. Y si se dilata el cumplimiento de los clamores y se detiene en conceder las peticiones de los justos, es para mejor disponerlos y más obligarse a darles mucho más de lo que piden y desean. La oración y limosna abren los tesoros del Rey omnipotente [25]  y le inclinan a ser rico en misericordias con los que le ruegan. Tú y Joaquín habéis pedido fruto de bendición; y el Altísimo ha determinado dárosle admirable y santo y con él enriqueceros de dones celestiales, concediéndoos mucho más de lo que habéis pedido. Porque habiéndoos humillado en pedir, se quiere el Señor engrandecer en concederos vuestras peticiones; que le es muy agradable la criatura cuando humilde y confiada le pide no coartando su infinito poder. Persevera en la oración y pide sin cesar el remedio del linaje humano para obligar al Altísimo. Moisés con oración interminada hizo que venciese el pueblo.[26] Ester con oración y confianza le alcanzó libertad de la muerte. Judit por la misma oración fue esforzada en obra tan ardua como intentó para defender a Israel; y lo consiguió, siendo mujer flaca y débil. –David salió victorioso contra Goliat, porque oró invocando el nombre del Señor. Elías alcanzó fuego del cielo para su sacrificio y con la oración abría y cerraba los cielos. La humildad, la fe y limosnas de Joaquín y las tuyas llegaron al trono del Altísimo y me envió a mí, ángel suyo, para que anuncie nuevas de alegría para tu espíritu; porque Su Alteza quiere que seas dichosa y bienaventurada. Elígete por madre de la que ha de engendrar y parir al Unigénito del Padre. Parirás una hija que por divina ordenación se llamará María. Será bendita entre las mujeres y llena del Espíritu Santo. Será la nube[27]  que derramará el rocío del cielo para refrigerio de los mortales y en ella se cumplirán las profecías de vuestros antiguos padres. Será la puerta de la vida y de la salud para los hijos de Adán. Y advierte que a Joaquín le he evangelizado que tendrá una hija que será dichosa y bendita, pero el Señor reservó el sacramento, no manifestándole que había de ser Madre del Mesías. Y por esto debes tú guardar este secreto; y luego irás al templo a dar gracias al Altísimo, porque tan liberal te ha favorecido su poderosa diestra. Y en la puerta áurea encontrarás a Joaquín, donde conferirás estas nuevas. Pero a ti, bendita del Señor, quiere su grandeza visitarte y enriquecerte con sus favores más singulares y en soledad te hablará al corazón[28]  y dará origen a la ley de gracia, dando ser en tu vientre a la que ha de vestir de carne mortal al inmortal Señor, dándole forma humana; y en esta humanidad unida al Verbo se escribirá con su sangre la verdadera ley de misericordia. [29]

 

185. Para que el humilde corazón de santa Ana con esta embajada no desfalleciera en admiración y júbilo de la nueva que le daba el santo ángel, fue confortada por el Espíritu Santo su flaqueza; y así la oyó y recibió con dilatación de su ánimo y alegría incomparable. Y luego se levantó y fue al templo de Jerusalén y topó a san Joaquín, como el ángel les había dicho a entrambos. Y juntos dieron gracias al Autor de esta maravilla y ofrecieron dones particulares y sacrificios. Fueron de nuevo iluminados de la gracia del divino Espíritu y, llenos de consolación divina, se volvieron a su casa, confiriendo los favores que del Altísimo habían recibido y cómo el santo arcángel Gabriel a cada uno singularmente les había hablado y prometido de parte del Señor que les daría una hija que fuese muy dichosa y bienaventurada. Y en esta ocasión también se manifestaron el uno al otro cómo el mismo santo ángel antes de tomar estado les había mandado que los dos juntos le recibiesen por la voluntad divina, para servirle juntos. Este secreto habían celado veinte años sin comunicarle uno a otro, hasta que el mismo ángel les prometió la sucesión de tal hija. Y de nuevo hicieron voto de ofrecerla al templo y que todos los años en aquel día subirían a él con particulares ofrendas y le gastarían en alabanza y hacimiento de gracias y darían muchas limosnas. Y así lo cumplieron después e hicieron grandes cánticos de loores y alabanzas al Altísimo.

 

186. Nunca descubrió la prudente matrona Ana el secreto a san Joaquín, ni a otra criatura alguna, de que su hija había de ser Madre del Mesías; ni el santo padre en el discurso de la vida conoció más de que sería grande y misteriosa mujer; pero en los últimos alientos, antes de la muerte, se lo manifestó el Altísimo, como diré en su lugar.[30] Y aunque se me ha dado grande inteligencia de las virtudes y santidad de los dos padres de la Reina del cielo, no me detengo más en declarar lo que todos los fieles debemos suponer; y por llegar al principal intento.

 

187. Después de la primera concepción del cuerpo que había de ser para la Madre de la gracia, y antes de criar su alma santísima, hizo Dios un singular favor a santa Ana. Tuvo una visión o aparecimiento de Su Majestad intelectualmente y por altísimo modo; y comunicándole en él grandes inteligencias y dones de gracias, la dispuso y previno con bendiciones de dulzura;[31] y purificándola toda, espiritualizó la parte inferior del cuerpo y elevó su alma y espíritu, de suerte que desde aquel día jamás atendió a cosa humana que la impidiese para no tener puesto en Dios todo el afecto de su mente y voluntad, sin perderla jamás de vista. Díjola el Señor en este beneficio: Ana, sierva mía, yo soy Dios de Abrahán, Isaac y Jacob; mi bendición y luz eterna es contigo. Yo formé al hombre para levantarle del polvo y hacerle heredero de mi gloria y participante de mi divinidad; y aunque en él deposité muchos dones y le puse en lugar y estado muy perfecto, pero oyó a la serpiente y perdíólo todo. Yo de mi beneplácito, olvidando su ingratitud, quiero reparar sus daños y cumplir lo que a mis siervos y profetas tengo prometido de enviarles mi Unigénito y su Redentor. Los cielos están cerrados, los padres antiguos detenidos, sin ver mi cara y darles yo el premio que tengo prometido de mi eterna gloria; y la inclinación de mi bondad infinita está como violentada no se comunicando al linaje humano. Quisiera ya usar con él de mi liberal misericordia y darle la persona del Verbo eterno, para que se haga hombre, naciendo de mujer que sea madre y virgen inmaculada, pura, bendita y santa sobre todas las criaturas; y de esta mi escogida y única[32]  te hago madre.

 

188. Los efectos que hicieron estas palabras del Altísimo en el cándido corazón de santa Ana, no los puedo yo fácilmente explicar, siendo ella la primera de los nacidos a quien se le reveló el misterio de su Hija santísima, que sería Madre de Dios y nacería de sus entrañas la elegida para el mayor sacramento del poder divino. Y convenía así que ella lo conociese, porque la había de parir y criar como pedía este misterio y saber estimar el tesoro que poseía. Oyó con humildad profunda la voz del Muy Alto, y con rendido corazón respondió: Señor, Dios eterno, condición es de vuestra bondad inmensa y obra de vuestro brazo poderoso levantar del polvo al que es pobre y despreciado.[33] Yo, Señor Altísimo, me reconozco indigna criatura de tales misericordias y beneficios. ¿Qué hará este vil gusanillo en vuestra presencia? Sólo puedo ofreceros en agradecimiento vuestro mismo ser y grandeza y en sacrificio mi alma y mis potencias. Haced de mí, Señor mío, a vuestra voluntad, pues toda me dejó en ella. Yo quisiera ser tan dignamente vuestra como pide este favor; pero, ¿qué haré que no merezco ser esclava de la que ha de ser Madre de vuestro Unigénito e hija mía? Así lo conozco y lo confesaré siempre y de mí que soy pobre; pero a los pies de vuestra grandeza estoy aguardando que uséis conmigo de vuestra misericordia, pues sois Padre piadoso y Dios omnipotente. Hacedme, Señor, cual me queréis, según la dignidad que me dais.

 

189. Tuvo en esta visión santa Ana un éxtasis maravilloso, en que le fueron concedidas altísimas inteligencias de las leyes de la naturaleza, escrita y evangélica; y conoció cómo la divina naturaleza en el Verbo eterno se había de unir a la nuestra y cómo la humanidad santísima sería levantada al ser de Dios y otros muchos misterios de los que se habían de obrar en la encarnación del Verbo divino; y con estas ilustraciones y otros divinos dones de gracia la dispuso el Altísimo para la concepción y creación del alma de su Hija santísima y Madre de Dios.

 

CAPITULO 14

Cómo el Altísimo manifestó a los santos ángeles el tiempo determinado y  oportuno de la concepción de María santísima y los que le señaló para su guarda.

 

190. En el tribunal de la voluntad divina, como en principio inevitable y, causa universal de todo lo criado, se decretan y determinan todas las cosas que han de ser, con sus condiciones y circunstancias, sin haber alguna que se olvide, ni tampoco después de determinada la pueda impedir otra potencia criada. Todos los orbes y los moradores que en ellos se contienen dependen de este inefable gobierno, que a todos acude y concurre con las causas naturales, sin haber faltado ni poder faltar un punto a lo necesario. Todo lo hizo Dios y lo sustenta con solo su querer y en él está el conservar el ser que dio a todas las cosas, o aniquilarlas volviéndolas al no ser de donde las crió. Pero como las crió todas para su gloria y del Verbo humanado, así desde el principio de la creación fue disponiendo los caminos y abriendo las sendas por donde el mismo Verbo bajase a tomar carne humana y vivir con los hombres; y ellos subiesen a Dios, le conozcan, le teman, le busquen, le sirvan y amen, para alabarle eternamente y gozarle.

 

191. Admirable ha sido su nombre en la universidad de las tierras[34] y engrandecido en la plenitud y congregación de los santos, con que ordenó y compuso pueblo aceptable[35] de quien el Verbo humanado fuese cabeza. Y cuando estaba todo en la última y conveniente disposición, en que su providencia lo había querido poner, y llegando el tiempo por ella determinado para criar la mujer maravillosa vestida del sol a que apareció en el cielo, la que había de alegrar y enriquecer la tierra, para formarla en ella decretó la santísima Trinidad lo que, en mis cortas razones y concepto de lo que he entendido, manifestaré.

 

192. Ya queda dicho arriba[36] cómo para Dios no hay pretérito ni futuro, porque todo lo tiene presente en su mente divina infinita y lo conoce con un acto simplicísimo; pero, reduciéndolo a nuestros términos y modo limitado de entender, consideramos que Su Majestad miró a los decretos que tenía hechos de criar Madre conveniente y digna para que el Verbo se humanase; porque el cumplimiento de sus decretos es inevitable. Y llegando ya el tiempo oportuno y determinado las tres divinas Personas en sí mismas dijeron: Tiempo es ya que demos principio a la obra de nuestro beneplácito, y criemos aquella pura criatura y alma que ha de hallar gracia en nuestros ojos sobre todas las demás. Dotémosla de ricos dones y depositemos en ella sola los mayores tesoros de nuestra gracia. Y pues todo el resto de las demás que dimos ser nos han salido ingratas y rebeldes a nuestra voluntad, oponiéndose a nuestro intento de que se conservasen en el primero y feliz estado en que criamos a los primeros hombres y ellos le impidieron por su culpa, y no es conveniente que en todo nuestra voluntad quede frustrada, criemos en toda santidad y perfección a esta criatura, en quien no tenga parte el desorden del primer pecado. Criemos un alma de nuestros deseos un fruto de nuestros atributos, un prodigio de nuestro infinito poder, sin que le ofenda ni la toque la mácula del pecado de Adán. Hagamos una obra que sea objeto de nuestra omnipotencia y muestra de la perfección que disponíamos para nuestros hijos y el fin del dictamen que tuvimos en la creación. Y pues han prevarícado todos en la voluntad libre y determinación del primer hombre,[37] sea esta sola criatura en quien restauremos y ejecutemos lo que, desviándose de nuestro querer, ellos perdieron. Sea única imagen y similitud de nuestra divinidad y sea en nuestra presencia por todas las eternidades complemento de nuestro beneplácito y agrado. En ella depositaremos todas las prerrogativas y gracias que en nuestra primer y condicional voluntad destinamos para los ángeles y hombres, si en el primer estado se conservaran. Y si ellos las perdieron, renovémoslas en esta criatura y añadiremos a estos dones otros muchos y no quedará en todo frustrado el decreto que tuvimos, antes mejorado en esta nuestra electa y única.[38] Y pues determinamos lo más santo y prevenimos lo mejor para las criaturas, y lo más perfecto y loable y ellas lo perdieron, encaminemos el corriente de nuestra bondad para nuestra amada y saquémosla de la ley ordinaria de la formación de todos los mortales, para que en ella no tenga parte la semilla de la serpiente. Yo quiero descender del cielo a sus entrañas y en ellas vestirme con su misma sustancia de la naturaleza humana.

 

193. Justo es y debido que la divinidad de bondad infinita se deposite y encubra en materia purísima, limpia y nunca manchada con la culpa. Ni a nuestra equidad y providencia conviene omitir lo más decente, perfecto y santo por lo que es menos, pues a nuestra voluntad no hay resístencía.[39] El Verbo, que se ha de humanar, siendo redentor y maestro de los hombres, ha de fundar la ley perfectísima de la gracia y enseñar en ella a obedecer y honrar al padre y a la madre[40]  como causas segundas de su ser natural. Esta ley se ha de ejecutar primero honrando el Verbo divino a la que ha elegido para Madre suya, honrándola y dignificándola con brazo poderoso y previniéndola con lo más admirable, más santo, más excelente de todas las gracias y dones. Y entre ellos será la honra y beneficio más singular no sujetarla a nuestros enemigos ni a su malicia; y así ha de ser libre de la muerte de la culpa.

 

194. En la tierra ha de tener el Verbo madre sin padre, como en el cielo padre sin madre. Y para que haya debida proporción y consonancia llamando a Dios padre y a esta mujer madre, queremos que sea tal que se guarde la correspondencia e igualdad posible entre Dios y la criatura, para que en ningún tiempo el dragón pueda gloriarse fue superior a la mujer a quien obedeció Dios como a verdadera madre. Esta dignidad de ser libre de culpa es debida y correspondiente a la que ha de ser Madre del Verbo y para ella por sí misma más estimable y provechosa, pues mayor bien es ser santa que ser madre sola; pero al ser Madre de Dios le conviene toda la santidad y perfección. Y la carne. humana, de quien ha de tomar forma, ha de estar segregada del pecado; y habiendo de redimir en ella a los pecadores, no ha de redimir a su misma carne como a los demás, pues unida ella con la divinidad ha de ser redentora y por esto de antemano ha de ser preservada, pues ya tenemos previstos y aceptados los infinitos merecimientos del Verbo en esa misma carne y naturaleza. Y queremos que por todas las eternidades sea glorificado el Verbo encarnado por su tabernáculo y gloriosa habitación de la humanidad que recibió.

 

195. Hija ha de ser del primer hombre, pero, en cuanto a la gracia, singular, libre y exenta de su culpa y, en cuanto a lo natural, ha de ser perfectísima y formada con especial providencia. Y porque el Verbo humanado ha de ser maestro de la humildad y santidad y para este fin son medio conveniente los trabajos que ha de padecer, confundiendo la vanidad y falacia engañosa de los mortales, y para sí ha elegido esta herencia por el tesoro más estimable en nuestros ojos queremos que también le toque esta parte a la que ha de ser Madre suya y que sea única y singular en la paciencia, admirable en el sufrir, y que con su Unigénito ofrezca sacrificio de dolor aceptable a nuestra voluntad y de mayor gloria para ella.

 

196. Este fue el decreto que las tres divinas Personas manifestaron a los santos ángeles, exaltando la gloria y veneración de sus santísimos, altísimos, investigables juicios. Y como su divinidad es espejo voluntario que en la misma visión beatífica manifiesta, cuando es servido, nuevos misterios a los bienaventurados, hizo esta demostración nueva de su grandeza, en que viesen el orden admirable y armonía tan consonante de sus obras. Y todo fue consiguiente a lo que dijimos en los capítulos antecedentes[41] que hizo el Altísimo en la creación de los ángeles, cuando les propuso habían de reverenciar y conocer por superior al Verbo humanado y a su Madre santísima; porque llegado ya el tiempo destinado para la formación de esta Reina, convenía no lo ocultase el Señor que todo lo dispone en medida y peso.[42] Fuerza es que, con términos humanos y tan limitados como los que yo alcanzo, se oscurezca la inteligencia que me ha dado el Altísimo de tan ocultos misterios, pero con limitación diré lo que pudiere de lo que manifestó el Señor a los ángeles en esta ocasión.

 

197. Ya es llegado el tiempo – añadió Su Majestad – determinado por nuestra providencia para sacar a luz la criatura más grata y acepta a nuestros ojos la restauradora de la primera culpa del linaje humano, la que al dragón ha de quebrantar la cabeza,[43] la que señaló aquella singular mujer que por señal grande apareció[44] en nuestra presencia y la que vestirá de carne humana al Verbo eterno. Ya se acercó la hora tan dichosa para los mortales, para franquearles los tesoros de nuestra divinidad y hacerles con esto patentes las puertas del cielo. Deténgase ya el rigor de nuestra justicia en los castigos que hasta ahora ha ejecutado con los hombres y conózcase el de nuestra misericordia, enriqueciendo a las criaturas, mereciéndoles el Verbo humanado las riquezas de la gracia y gloria eterna.

 

198. Tenga ya el linaje humano reparador, maestro, medianero, hermano y amigo, que sea vida para los muertos, salud para los enfermos, consuelo para los tristes, refrigerio para los afligidos, descanso y compañero para los atribulados. Cúmplanse ya las profecías de nuestros siervos y las promesas que les hicimos de enviarles salvador que les redimiese. Y para que todo se ejecute a nuestro beneplácito y demos principio al sacramento escondido desde la constitución del mundo, elegimos para la formación de María nuestra querida el vientre de nuestra sierva Ana, para que en él sea concebida y sea criada su alma dichosísima. Y aunque su generación y formación han de ser por el común orden de la natural propagación, pero con diferente orden de gracia, según la disposición de nuestro inmenso poder.

 

199. Ya sabéis cómo la antigua serpiente, después de la señal que vio de esta maravillosa mujer, las anda rodeando a todas; y desde la primera que criamos, persigue con astucia y asechanzas a las que conoce más perfectas en su vida y obras, pretendiendo topar entre todas a la que ha de hollar y quebrantar su cabeza. Y cuando atento a esta purísima e inculpable criatura la reconociere tan santa, pondrá todo su esfuerzo en perseguirla según el concepto que de ella hiciere. La soberbia de este dragón será mayor que su fortaleza,[45] pero nuestra voluntad es que de esta nuestra ciudad santa y tabernáculo del Verbo humanado tengáis especial cuidado y protección, para guardarla, asistirla y defenderla de nuestros enemigos y para iluminarla, confortarla y consolarla con digno cuidado y reverencia mientras fuere viadora entre los mortales.

 

200. A esta proposición que hizo el Altísimo a los santos ángeles, todos con humildad profunda, como postrados ante el real trono de la santísima Trinidad, se mostraron rendidos y prontos a su divino mandato. Y cada cual con santa emulación deseaba ser enviado y se ofrecía a tan feliz ministerio y todos hicieron al Altísimo himnos de alabanza y cantar nuevo, porque llegaba ya la hora en que veían el cumplimiento de lo que con ardentísimos deseos habían por muchos siglos suplicado. Conocí en esta ocasión que, desde aquella batalla grande que san Miguel tuvo en el cielo con el dragón y sus aliados y fueron arrojados a las tinieblas sempiternas, quedando los ejércitos de san Miguel victoriosos y confirmados en gracia y gloria, comenzaron luego estos santos espíritus a pedir la ejecución de los misterios de la encarnación del Verbo que allí conocieron; y en estas peticiones repetidas perseveraron hasta la hora que les manifestó Dios el cumplimiento de sus deseos y peticiones.

 

201. Por esta razón los espíritus celestiales con esta nueva revelación recibieron nuevo júbilo y gloria accidental y dijeron al Señor: Altísimo e incomprensible Señor y Dios nuestro, digno eres de toda reverencia, alabanza y gloria eterna; y nosotros somos tus criaturas criadas por tu divina voluntad. Envíanos, Señor poderosísimo, a la ejecución de tus maravillosas obras y misterios, para que en todos y en todo se cumpla tu justísimo beneplácito. Con estos efectos se reconocían los celestiales príncipes por inferiores y, si posible fuera, deseaban ser más puros y perfectos para ser dignos de guardarla y servirla.

 

202. Determinó luego el Altísimo y señaló quiénes habían de ocuparse en tan alto ministerio y de los nueve coros eligió de cada uno ciento, que son novecientos. Y luego señaló otros doce para que más de ordinario la asistiesen en forma corporal y visible; y tenían señales o divisas de la redención; y éstos son los doce que refiere el capítulo 21 del Apocalipsis[46]  que guardaban las puertas de la ciudad, y de ellos hablaré en la declaración de aquel capítulo que pondré adelante.[47] Fuera de éstos señaló el Señor otros diez y ocho ángeles de los más superiores, para que subiesen y descendiesen por esta escala mística de Jacob con embajadas de la Reina a Su Alteza y del mismo Señor a ella; porque muchas veces los enviaba al eterno Padre para ser gobernada en todas sus acciones por el Espíritu Santo, pues ninguna hizo sin su divino beneplácito y aun en las cosas pequeñas le procuraba saber. Y cuando con especial ilustración no era enseñada, enviaba con estos santos ángeles a representar al Señor su duda y deseo de hacer lo más agradable a su voluntad santísima y saber qué la mandaba, como en el discurso de esta Historia diremos.

 

203. Sobre todos estos santos ángeles señaló y nombró el Altísimo otros setenta serafines de los más supremos y allegados al trono de la Divinidad, para que confiriesen con la Princesa del cielo y la comunicasen, por el mismo modo que ellos mismos entre sí comunican y hablan y los superiores iluminan a los inferiores. Y este beneficio le fue concedido a la Madre de Dios, aunque era superior en la dignidad y gracia a todos los serafines, porque era viadora y en naturaleza inferior. Y cuando alguna vez se le ausentaba y escondía el Señor, como adelante veremos,[48] estos setenta serafines la ilustraban y consolaban y con ellos confería los afectos de su ardentísimo amor y sus ansias por el tesoro escondido. El número de setenta en este beneficio tuvo correspondencia a los años de su vida santísima, que fueron no sesenta, sino setenta, como diré en su lugar.[49] En este número se encierran aquellos sesenta fuertes que, en el capítulo III de los Cantares,[50] se dice guardaban el tálamo o lecho de Salomón, escogidos de los más valientes de Israel, ejercitados en la guerra, con espadas ceñidas por los temores de la noche.

 

204. Estos príncipes y capitanes esforzados fueron señalados para guarda de la Reina del cielo entre los más supremos de los órdenes jerárquicos; porque, en aquella antigua batalla que hubo en el cielo entre los espíritus humildes contra el soberbio dragón, fueron como señalados y armados caballeros por el supremo Rey de todo lo criado, para que con la espada de su virtud y palabra divina peleasen y venciesen a Lucifer con todos los apóstatas que le siguieron. Y porque en esta gran pelea y victoria se aventajaron estos supremos serafines en el celo de la honra del Altísimo, como capitanes esforzados y diestros en el amor divino, y estas armas de la gracia les fueron dadas por virtud del Verbo humanado, cuya honra, como de su cabeza y señor, defendieron, y con ella juntamente la de su .Madre santísima, por esto dice que guardaban el tálamo de Salomón y le hacían escolta y que tenían ceñidas sus espadas en aquella parte que significa la humana generación,[51] y en ella la humanidad de Cristo Señor nuestro concebida en el tálamo virginal de María de su purísima sangre y sustancia.

 

205. Los otros diez serafines que restan para cumplir el número de setenta, fueron también de los superiores de aquel primer orden que contra la antigua serpiente manifestaron más reverencia de la divinidad y humanidad del Verbo y de su Madre santísima; que para todo esto hubo lugar en aquel breve conflicto de los santos ángeles. Y a los principales caudillos que allí hubo se les dio como por especial honra que lo fuesen también de los que guardaban a su Reina y Señora. Y todos ellos juntos hacen número de mil ángeles, entre serafines y los demás de los órdenes inferiores; con que esta ciudad de Dios quedaba superabundantemente guarnecida contra los ejércitos infernales.

 

206. Y para disponer mejor este invencible escuadrón fue señalado por su cabeza el príncipe de la milicia celestial san Miguel, que si bien no asistía siempre con la Reina, pero muchas veces la acompañaba y se le manifestaba. Y el Altísimo le destinó para que en algunos misterios, como especial embajador de Cristo Señor nuestro, atendiese a la guarda de su Madre santísima. Fue asimismo señalado el santo príncipe Gabriel, para que del eterno Padre descendiese a las legacías y ministerios que tocasen a la Princesa del cielo. Y esto fue lo que ordenó la santísima Trinidad para su ordinaria defensa y custodia.

 

207. Todo este nombramiento fue gracia del Altísimo; pero tuve inteligencia que guardó en él algún orden de justicia distributiva, porque su equidad y providencia tuvo atención a las obras y voluntad con que los santos ángeles admitieron los misterios que en el principio les fueron revelados de la encarnación del Verbo y de su Madre santísima; porque en obsequio de la divina voluntad unos se movieron con diferentes afectos e inclinaciones que otros a los sacramentos que se les propusieron. Y no en todos fue una misma la gracia, ni la voluntad y sus afectos; antes unos se inclinaron con especial devoción, conociendo la unión de las dos naturalezas divina y hu mana en la persona del Verbo, encubierta en los términos de un cuerpo humano y levantada a ser cabeza de todo lo criado; otros con  este afecto se movían de admiración de que el Unigénito del Padre  se hiciese pasible y tuviese tanto amor a los hombres que se ofreciese a morir por ellos; otros se señalaban en la alabanza de que  hubiese de criar un alma y cuerpo de tan suprema excelencia, que  fuese sobre todos los espíritus celestiales, y de ella tomase carne humana el Criador de todos. Según estos movimientos y en su corres pondencia, y como en premio accidental, fueron señalados los santos ángeles para los misterios de Cristo y de su purísima Madre,  como serán premiados los que en esta vida se señalan con alguna  virtud, como los doctores y vírgenes, etc., con sus laureolas.

 

208. Por esta correspondencia, cuando a la Madre de Dios se le  manifestaban corporalmente estos santos príncipes, como diré adelante, descubrían unas divisas y veneras que representaban unos de la encarnación, otros de la pasión de Cristo Señor nuestro, otros de la misma Reina y de su grandeza y dignidad; aunque no luego la  conoció cuando comenzaron a manifestársele, porque el Altísimo mandó a todos estos santos ángeles que no la declarasen había de ser Madre de su Unigénito hasta el tiempo destinado por su divina  sabiduría, pero que siempre tratasen con ella de estos sacramentos  y misterios de la encarnación y redención humana, para fervorizarla y moverla a sus peticiones. Tardas son las lenguas humanas y cortos[52]  mis términos y palabras para manifestar tan alta luz e inteligencias.

 

CAPITULO 15

De la concepción inmaculada de María Madre de Dios por la virtud del poder divino.

 

209. Prevenidas tenía la divina sabiduría todas las cosas, para  sacar en limpio del borrón de toda la naturaleza a la Madre de la  gracia. Estaba ya junta y cumplida la congregación y número de  los patriarcas antiguos y profetas y levantados los altos montes  sobre quien se debía edificar esta ciudad mística de Dios.[53] Habíale señalado con el poder de su diestra incomparables tesoros de su divinidad para dotarla y enriquecerla. Teníale mil ángeles aprestados para su guarnición y custodia y que la sirviesen como vasallos fidelísimos a su Reina y Señora. Preparóle un linaje real y nobilísimo  de quien descendiese; y escogióle padres santísimos y perfectísimos  de quien inmediatamente naciese, sin haber otros más santos en aquel siglo; que si los hubiera, y fueran mejores y más idóneos para padres de la que el mismo Dios elegía por Madre, los escogiera el Todopoderoso.

 

210. Dispúsolos con abundante gracia y bendiciones de su diestra y los enriqueció con todo género de virtudes y con iluminación de la divina ciencia y dones del Espíritu Santo. Y después de haberles evangelizado a los dos santos Joaquín y Ana que se les daría una hija admirable y bendita entre las mujeres, se ejecutó la obra de la primera concepción, que era la del cuerpo purísimo de María. Tenían los padres de edad, cuando se casaron, santa Ana veinte y cuatro años y Joaquín cuarenta y seis. Pasáronse veinte años después del matrimonio sin tener hijos y así tenía la madre, al tiempo de la concepción de la hija, cuarenta y cuatro años, y el padre sesenta y seis. Y aunque fue por el orden común de las demás concepciones, pero la virtud del Altísimo le quitó lo imperfecto y desordenado y le dejó lo necesario y preciso de la naturaleza, para que se administrase la materia debida de que se había de formar el cuerpo más excelente que hubo ni ha de haber en pura criatura.

 

211. Puso Dios término a la naturaleza en los padres y la gracia previno que no hubiese culpa ni imperfección, pero virtud y merecimiento y toda medida en el modo; que siendo natural y común, fue gobernado, corregido y perfeccionado con la fuerza de la divina gracia, para que ella hiciese su efecto sin estorbo de la naturaleza. Y en la santísima Ana resplandeció más la virtud de lo alto por la esterilidad natural que tenía; con lo cual de su parte el concurso fue milagroso en el modo y en la sustancia más puro; y sin milagro no podía concebir, porque la concepción que se hace sin él y por sola natural virtud y orden, no ha de tener recurso ni dependencia inmediata de otra causa sobrenatural, más que de sola la de los padres, que así como concurren naturalmente al efecto de la propagación, así también administran la materia y concurso con imperfección y sin medida.

 

212. Pero en esta concepción, aunque el padre no era naturalmente infecundo, por la edad y templanza estaba ya la naturaleza corregida y casi atenuada; y así fue por la divina virtud animada y reparada y prevenida, de suerte que pudo obrar y obró de su parte con toda perfección y tasa de las potencias y proporcionadamente a la esterilidad de la madre. Y en entrambos concurrieron la naturaleza y la gracia: aquélla cortés, medida, y sólo en lo preciso e inexcusable, y ésta superabundante, poderosa y excesiva, para absorber a la misma naturaleza no confundiéndola, pero realzándola y mejorándola con modo milagroso, de suerte que se conociese cómo la gracia había tomado por su cuenta esta concepción, sirviéndose de la naturaleza lo que bastaba para que esta inefable hija tuviese padres naturales.        

 

213. Y el modo de reparar la esterilidad de la santísima madre Ana, no fue restituyéndole el natural temperamento que le faltaba a la potencia natural para concebir, para que así restituido concibiese como las demás mujeres sin diferencia; pero el Señor concurrió con la potencia estéril con otro modo más milagroso, para que administrase materia natural de que se formase el cuerpo. Y así la potencia y la materia fueron naturales; pero el modo de moverse fue por milagroso concurso de la virtud divina. Y cesando el milagro de esta admirable concepción, se quedó la madre en su antigua esterilidad para no concebir más, por no habérsele quitado ni añadido nueva calidad al temperamento natural. Este milagro me parece se entenderá con el que hizo Cristo Señor nuestro cuando san Pedro anduvo sobre las aguas,[54] que para sustentarlo no fue necesario endurecerlas ni convertirlas en cristal o hielo sobre que anduviese naturalmente, y pudieran andar otros sin milagro más del que se hiciera en endurecerlas; pero sin convertirlas en duro hielo, pudo el Señor hacer que sustentasen al cuerpo del Apóstol concurriendo con ellas milagrosamente, de suerte que pasado el milagro se hallaron las aguas líquidas; y aun lo estaban también mientras san Pedro corría por ellas, pues comenzó a zozobrar y a anegarse; y sin alterarlas con nueva calidad se hizo el milagro.

 

214. Muy semejante a éste, aunque mucho más admirable, fue el milagro de concebir Ana, madre de María santísima; y así estuvieron en esto sus padres gobernados con la gracia, tan abstraídos de la concupiscencia y delectación, que le faltó aquí a la culpa original el accidente imperfecto que de ordinario acompaña a la materia o instrumento con que se comunica. Quedó sólo la materia desnuda de imperfección, siendo la acción meritoria. Y así por esta parte pudo muy bien no resultar el pecado en esta concepción, teniéndolo por otra la divina providencia así determinado. Y este milagro reservó el Altísimo para sola aquella que había de ser su Madre dignamente; porque siendo conveniente que en lo sustancial de su concepción fuese engendrada por el orden que los demás hijos de Adán, fue también convenientísimo y debido que, salvando la naturaleza, concurriese con ella la gracia en toda su virtud y poder; señalándose y obrando en ella sobre todos los hijos de Adán, y sobre el mismo Adán y Eva, que dieron principio a la corrupción de la naturaleza y su desordenada concupiscencia.

 

215. En esta formación del cuerpo purísimo de María anduvo tan vigilante –a nuestro modo de entender– la sabiduría y poder del Altísimo, que le compuso con gran peso y medida en la cantidad y calidades de los cuatro humores naturales, sanguíneo, melancólico, flemático y colérico; para que con la proporción perfectísima de esta mezcla y compostura ayudase sin impedimento las operaciones del alma tan santa como le había de animar y dar vida. Y este milagroso temperamento fue después como principio y causa en su género para la serenidad y paz que conservaron las potencias de la Reina del cielo toda su vida, sin que alguno de estos humores le hiciese guerra ni contradicción, ni predominase a los otros, antes bien se ayudaban y servían recíprocamente para conservarse en aquella bien ordenada fábrica sin corrupción ni putrefacción; porque jamás la padeció el cuerpo de María santísima ni le faltó ni le sobró cosa alguna, pero todas las calidades y cantidad tuvo siempre ajustadas en proporción, sin más ni menos sequedad o humedad de la necesaria para la conservación, ni más calor de lo que bastaba para la defensa y decocción, ni más frialdad de la que se pedía para refrigerar y ventilarse los demás humores.

 

216. Y no porque en todo era este cuerpo de tan admirable compostura dejó de sentir la contrariedad de las inclemencias del calor, frío y las demás influencias de los astros, antes bien cuanto era más medido y perfecto tanto le ofendía más cualquier extremo por la parte que tiene menos del otro contrario con que defenderse; aunque en tan atemperada complexión los contrarios hallaban menos que alterar y en que obrar, pero por la delicadeza era lo poco más sensible que en otros cuerpos lo mucho. No era aquel milagroso cuerpo que se formaba en el vientre de santa Ana capaz de dones espirituales antes de tener alma, mas éralo de los dones naturales; y éstos le fueron concedidos por orden y virtud sobrenatural con tales condiciones como convenían para el fin de la gracia singular a que se ordenaba aquella formación sobre todo orden de naturaleza y gracia. Y así le fue dada una complexión y potencias tan excelentes, que no podía llegar a formar otras semejantes toda la naturaleza por sí sola.

 

217. Y como a nuestros primeros padres Adán y Eva los formó la mano del Señor con aquellas condiciones que convenían para la justicia original y estado de la inocencia, y en este grado salieron aún más mejorados que sus descendientes si los tuvieran – porque las obras del Señor sólo son más perfectas –, a este modo obró su omnipotencia, aunque en más superior y excelente modo, en la formación del cuerpo virginal de María santísima; y tanto con mayor providencia y abundante gracia, cuanto excedía esta criatura no sólo a los primeros padres que habían de pecar luego, pero a todo el resto de las criaturas corporales y espirituales. Y – a nuestro modo de entender - puso Dios más cuidado en sólo componer aquel cuerpecito de su Madre, que en todos los orbes celestiales y cuanto se encierra en ellos. Y con esta regla se han de comenzar a medir los dones y privilegios de esta ciudad de Dios, desde las primeras zanjas y fundamentos sobre que se levantó su grandeza hasta llegar a ser inmediata y la más vecina a la infinidad del Altísimo.

 

218. Tan lejos como esto se halló el pecado, y el fomes de que resulta, en esta milagrosa concepción; pues no sólo no le hubo en la autora de la gracia, siempre señalada y tratada como con esta dignidad, pero aun en sus padres para concebirla estuvo enfrenado y atado, para que no se desmandase y perturbase a la naturaleza, que en aquella obra se reconocía inferior a la gracia y sólo servía de instrumento al supremo Artífice, que es superior a las leyes de naturaleza y gracia. Y desde aquel punto comenzaba ya a destruir al pecado y a minar y batir el castillo del fuerte armado,[55]  para derribarle y despojarle de lo que tiránicamente poseía.

 

219. El día en que sucedió la primera concepción del cuerpo de María santísima fue domingo, correspondiente al de la creación de los ángeles, cuya Reina había de ser y señora superior a todos. Y aunque para la formación y aumento de los demás cuerpos son necesarios, por orden natural y común, muchos días para que se organicen y reciban la última disposición para infundirse en ellos el alma racional, y dicen que para los varones se requieren cuarenta y para las mujeres ochenta, poco más o menos, conforme al calor natural y disposición de las madres; pero en la formación corporal de María santísima la virtud divina aceleró el tiempo natural y lo que en ochenta días – o los que naturalmente eran necesarios – se había de obrar, se hizo más perfectamente en siete; en los cuales fue organizado y preparado aquel milagroso cuerpo en el aumento y cantidad debida, en él vientre de santa Ana, para recibir el alma santísima de su hija, Señora y Reina nuestra.

 

220. Y el sábado siguiente y próximo a esta primera concepción se hizo la segunda, criando el Altísimo el alma de su Madre e infundiéndola en su cuerpo; con que entró en el mundo la pura criatura más santa, perfecta y agradable a sus ojos de cuantas ha criado y criará hasta el fin del mundo ni por sus eternidades. En la correspondencia que tuvo esta obra con la que hizo Dios criando todo el resto del mundo en siete días, como lo refiere el Génesis,[56] tuvo el Señor misteriosa atención, pues aquí sin duda descansó con la verdad de aquella figura, habiendo criado la suprema criatura de todas, dando con ella principio a la obra de la encarnación del Verbo divino y a la redención del linaje humano. Y así fue para Dios este día como festivo y de pascua, y también para todas las criaturas.

 

221. Por este misterio de la concepción de María santísima ha ordenado el Espíritu Santo que el día del sábado fuese consagrado a la Virgen en la santa Iglesia, como día en que se le hizo para ella el mayor beneficio, criando su alma santísima y uniéndola con su cuerpo, sin que resultase el pecado original ni efecto suyo. Y el día de su Concepción, que celebra hoy la Iglesia, fue, no el día de la primera de solo el cuerpo, sino el día de la segunda concepción o infusión del alma, con la cual estuvo nueve meses ajustados en el vientre de santa Ana, que son los que hay desde la Concepción hasta la Natividad de esta Reina. Y los siete días antecedentes a la animación estuvo solo el cuerpo, disponiéndose y organizándose por la virtud divina, para que correspondiese esta creación a la que cuenta Moisés de todas las criaturas que compusieron y formaron el mundo en su principio. Y al instante de la creación e infusión del alma de María santísima, fue cuando  la  beatísima  Trinidad  dijo aquellas palabras  con  mayor  afecto  de  amor  que  cuando  las  refiere

Moisés;[57] Hagamos a María a nuestra imagen y semejanza, a nuestra verdadera Hija y Esposa para Madre del Unigénito de la sustancia del Padre.

 

222. Con la fuerza de esta divina palabra y del amor con que procedió de la boca del Omnipotente, fue criada e infundida en el cuerpo de María santísima su alma dichosísima, llenándola al mismo instante de gracia y dones sobre los más altos serafines del cielo, sin haber instante en que se hallase desnuda ni privada de la luz, amistad y amor de su Criador, ni pudiese tocarle la mancha y oscuridad del pecado original, antes en perfectísima y suprema justicia a la que tuvieron Adán y Eva en su creación. Fuele también concedido el uso de la razón perfectísimo y correspondiente a los dones de la gracia que recibía, no para estar sólo un instante ociosos, mas para obrar admirables efectos de sumo agrado para su Hacedor. En la inteligencia y luz de este gran misterio me confieso absorta y que mi corazón, por mi insuficiencia para explicarle, se convierte en afectos de admiración y alabanza, porque mi lengua enmudece. Miro la verdadera arca del testamento, fabricada y enriquecida y colocada en el templo de una madre estéril con más gloria que la figurativa en casa de Obededón[58]  y de David y en el templo de Salomón;[59] veo formado el altar en el Sancta Sanctorum,[60] donde se ha de ofrecer el primer sacrificio que ha de vencer y aplacar a Dios; y veo salir de su orden a la naturaleza para ser ordenada y que se establecen nuevas leyes contra el pecado, no guardando las comunes, ni de la culpa, ni de la naturaleza, ni de la misma gracia, y que se comienzan a formar otra nueva tierra y cielos nuevos,[61] siendo el primero el vientre de una humildísima mujer, a quien atiende la santísima Trinidad y asisten innumerables cortesanos del antiguo cielo y se destinan mil ángeles para hacer custodia del tesoro de un cuerpecito animado de la cantidad de una abejita.

 

223. Y en esta nueva creación se oyó resonar con mayor fuerza aquella voz de su Hacedor que, de la obra de su omnipotencia agradado, dice que es muy buena.[62] Llegue con humildad piadosa la flaqueza humana a esta maravilla y confiese la grandeza del Criador y agradezca el nuevo beneficio concedido a todo el linaje humano en su Reparadora. Y cesen ya los indiscretos celos y porfías, vencidas con la fuerza de la luz divina; porque si la bondad infinita de Dios – como se me ha mostrado – en la concepción de su Madre santísima miró al pecado original como airado y enojado con él, gloriándose de tener justa causa y ocasión oportuna para arrojarlo y atajar su corriente ¿cómo a la ignorancia humana le puede parecer bien lo que a Dios fue tan aborrecible?

 

224. Al tiempo de infundirse el alma en el cuerpo de esta divina Señora, quiso el Altísimo que su madre santa Ana sintiese y reconociese la presencia de la divinidad por modo altísimo, con que fue llena del Espíritu Santo y movida interiormente con tanto júbilo y devoción sobre sus fuerzas ordinarias, que fue arrebatada en un éxtasis soberano, donde fue ilustrada con altísimas inteligencias de muy escondidos misterios y alabó al Señor con nuevos cánticos de alegría. Y estos efectos le duraron todo el tiempo restante de su vida, pero fueron mayores en los nueve meses que tuvo en su vientre el tesoro del cielo, porque en este tiempo se le renovaron y repitieron estos beneficios más continuamente, con inteligencia de las Escrituras divinas y de sus profundos sacramentos. ¡Oh dichosísima mujer, llámente bienaventurada y alábente todas las naciones y generaciones del orbe!

 

CAPITULO 16

De los hábitos de las virtudes con que dotó el Altísimo el alma de María santísima y las primeras operaciones que con ellas tuvo en el vientre de santa Ana; y comienza Su Majestad misma a darme la doctrina para su imitación.

 

225. El impetuoso corriente de su divinidad encaminó Dios a letificar esta mística ciudad[63] del alma santísima de María, tomando su corrida desde la fuente de su infinita sabiduría y bondad, con que y donde había determinado el Altísimo depositar en esta divina Señora los mayores tesoros de gracias y virtudes que jamás se vieron y eternamente no se darán a otra alguna criatura. Y cuando llegó la hora de dárselos en posesión, que fue al mismo instante que tuvo el ser natural, cumplió el Omnipotente a su satisfacción y gusto el deseo que desde su eternidad tenía como suspendido hasta que llegase el tiempo oportuno de desempeñarse de su mismo afecto. Hízolo este fidelísimo Señor, derramando todas las gracias y dones en aquella alma santísima de María en el instante de su concepción en tan eminente grado, cual ninguno de los santos ni todos juntos pudieron alcanzar, ni con la lengua humana se puede manifestar.

 

226. Pero aunque fue adornada entonces, como esposa que descendía del cielo,[64] con todo género de hábitos infusos, no fue necesario que luego los ejercitase todos, mas de sólo aquellos que podía y convenían al estado que tenía en el vientre de su Madre. En primer lugar fueron las virtudes teologales, fe, esperanza y caridad, que tienen por objeto a Dios. Estas ejercitó luego, conociendo la divinidad por altísimo modo de la fe, con todas las perfecciones y atributos infinitos que tiene, con la Trinidad y distinción de las personas; y no impidió este conocimiento a otro que se le dio del mismo Dios, como luego diré.[65] Ejercitó también la virtud de la esperanza, que mira a Dios como objeto de la bienaventuranza y último fin, adonde luego se levantó y encaminó aquella alma santísima por intensísimos deseos de unirse con él, sin haberse convertido a otro, ni estar sólo un instante sin este movimiento. La tercera, virtud de la caridad, que mira a Dios como infinito y sumo bien, ejercitó en el mismo instante con tal intensión y aprecio de la divinidad, que no podrán llegar todos los serafines a tan eminente grado en su mayor fuerza y virtud.

 

227. Las otras virtudes, que adornan y perfeccionan la parte racional de la criatura, tuvo en él grado correspondiente a las teologales; y las virtudes morales y naturales en grado milagroso y sobrenatural; y mucho más altamente tuvieron este grado en el orden de la gracia los dones del Espíritu Santo y frutos. Tuvo ciencia infusa y hábitos de todas ellas y de las artes naturales, con que conoció y supo todo lo natural y sobrenatural que convino a la grandeza de Dios; de suerte que, desde el primer instante en el vientre de su Madre, fue más sabia, más prudente, más ilustrada y capaz de Dios y de todas sus obras, que todas las criaturas, fuera de su Hijo santísimo, han sido ni serán eternamente. Y esta perfección consistió no sólo en los hábitos que le fueron infusos en tan alto grado, pero en los actos que les correspondían según su condición y excelencia y según en aquel instante los pudo ejercer con el poder divino; que para esto ni tuvo límite, ni se sujetó a otra ley más de a su divino y justísimo beneplácito.

 

228. Y porque de todas estas virtudes y gracias y de sus operaciones, se dirá mucho en el discurso de esta Historia de la vida santísima de María, sólo expresaré aquí algo de lo que obró en el instante de su concepción, con los hábitos que se le infundieron y luz actual que con ellos recibió. Con los actos de las virtudes teologales, como he dicho, y la virtud de la religión y las demás cardinales que a éstas siguen, conoció a Dios como en sí es y como a Criador y Glorificador; y con heroicos actos le reverenció, alabó y dio gracias porque la había criado, y le amó, temió y adoró, y le hizo sacrificio de magnificencia, alabanza y gloria por su ser inmutable. Conoció los dones que recibía, aunque con profunda humildad y postraciones corporales que luego hizo en el vientre de su Madre y con aquel cuerpecito tan pequeño. Y con estos actos mereció más en aquel estado que todos los santos en el supremo de su perfección y santidad.

 

229. Sobre los actos de la fe infusa tuvo otra noticia y conocimiento del misterio de la divinidad y santísima Trinidad. Y aunque no la vio intuitivamente en aquel instante de su concepción como bienaventurada, pero viola abstractivamente con otra luz y vista inferior a la visión beatífica, pero superior a todos los otros modos con que Dios se puede manifestar o se manifiesta al entendimiento criado; porque le fueron dadas unas especies de la divinidad tan claras y manifiestas, que en ellas conoció el ser inmutable de Dios y en él a todas las criaturas, con mayor luz y evidencia que ninguna otra criatura se conoce por otra. Y fueron estas especies como un espejo clarísimo en que resplandecía toda la divinidad y en ella las criaturas; y así las vio y conoció todas en Dios con esta luz y especies de la divina naturaleza, con mayor distinción y claridad que por otras especies y ciencia infusa las conocía en sí mismas.

 

230. Y por todos estos modos le fueron luego patentes, desde el instante de su concepción, todos los hombres y los ángeles con sus órdenes, dignidad y operaciones y todas las criaturas irracionales con sus naturalezas y condiciones. Y conoció la creación, estado y ruina de los ángeles; la justificación y gloria de los buenos y la caída y castigo de los malos; el estado primero de Adán y Eva con su inocencia; el engaño y la culpa y la miseria en que por ella quedaron los primeros padres, y por ellos todo el linaje humano; la determinación de la divina voluntad para su reparo, y cómo se iba ya acercando y disponiendo el orden y naturaleza de los cielos, astros y planetas, la condición y disposición de los elementos; el purgatorio, limbo e infierno; y cómo todas estas cosas, y las que dentro de sí encierran, habían sido criadas por el poder divino y por él mismo eran mantenidas y conservadas sólo por su bondad infinita, sin tener de ellas alguna necesidad[66]  y sobre todo entendió muy altos sacramentos sobre el misterio que Dios había de obrar haciéndose hombre para redimir a todo el linaje humano, habiendo dejado a los malos ángeles sin este remedio.

 

231. Por todas estas maravillas que fue conociendo por su orden aquella alma santísima de María, en el instante que fue unida con su cuerpo, fue también obrando heroicos actos de las virtudes con incomparable admiración, alabanza, gloria, adoración, humillación, amor de Dios y dolor de los pecados cometidos contra aquel sumo bien que reconocía por autor y fin de tantas obras admirables. Ofrecióse luego en sacrificio aceptable para el Altísimo, comenzando desde aquel punto con fervoroso afecto a bendecirle, amarle y reverenciarle por lo que conocía le habían faltado de amar y reconocer así los malos ángeles como los hombres. Y a los ángeles santos, la que ya era Reina suya, les pidió la ayudasen a glorificar al Criador y Señor de todos y pidiesen también por ella.

 

232. Manifestóle también el Señor en aquel instante a los ángeles de guarda que la daba; y los vio y conoció y les hizo benevolencia y obsequio, y los convidó a que alternativamente con cánticos de loor alabasen al Muy Alto. Y les previno de que había de ser este oficio el que habían de ejercitar con ella todo el tiempo de la vida mortal, que la habían de asistir y guardar. Conoció asimismo toda su genealogía y todo lo restante del pueblo santo y escogido de Dios, los patriarcas y profetas y cuán admirable había sido Su Majestad en los dones, gracias y favores que con ellos había obrado. Y es digno de toda admiración que, siendo aquel cuerpecito, en el primer instante que recibió el alma santísima, tan pequeño que apenas se pudieran percibir sus potencias exteriores, con todo eso, para que no le faltase alguna milagrosa excelencia de las que podían engrandecer a la escogida para Madre de Dios, ordenó su poder y diestra divina que con el conocimiento y dolor de la caída del hombre llorase y derramase lágrimas en el vientre de su madre, conociendo la gravedad del pecado contra el sumo bien.

 

223. Con este milagroso afecto pidió luego, en el instante de su ser, por el remedio de los hombres y comenzó el oficio de medianera, abogada y reparadora; y presentó a Dios los clamores de los santos padres y de los justos de la tierra, para que su misericordia no dilatase la salud de los mortales, a quienes miraba ya como hermanos. Y antes de conversar con ellos los amaba con ardentísima caridad y tan presto como tuvo el ser natural tuvo el ser su bienhechora, con el amor divino y fraternal que ardía en su abrasado corazón. Estas peticiones aceptó el Altísimo con más agrado que todas las oraciones de los santos y ángeles, y le fue manifestado a la que era criada para Madre del mismo Dios, aunque ignorando ella el fin; pero conoció el amor del mismo Señor y el deseo de bajar del cielo a redimir los hombres. Y era justo que se diese por más obligado, para acelerar esta venida, de los ruegos y peticiones de aquella criatura por quien principalmente venía, y en quien había de recibir carne de sus mismas entrañas y obrar en ella la más admirable de todas sus obras y el fin de todas juntas.

 

234. Pidió también en el mismo instante de su concepción por sus padres naturales, Joaquín y Ana, que antes de verlos con el cuerpo los vio y conoció en Dios y luego ejercitó en ellos la virtud del amor, reverencia y agradecimiento de hija, reconociéndolos por causa segunda de su ser natural. Hizo también otras muchas peticiones en general y en particular por diferentes causas. Y con la ciencia infusa que tenía compuso luego cánticos de alabanza en su mente y corazón, por haber hallado a la puerta de la vida la dracma preciosa[67] que perdimos todos en nuestro primer principio. Halló a la gracia que le salió al encuentro[68] y a la divinidad que la esperaba en los umbrales de la naturaleza.[69] Y sus potencias toparon en el instante de su ser al nobilísimo objeto que las movió y estrenó, porque se criaban sólo para él; y habiendo de ser suyas en todo y por todo, se le debían las primicias de sus operaciones, que fueron el conocimiento y amor divino, sin que hubiese en esta Señora ser sin conocer a Dios, ni conocimiento sin amor, ni amor sin merecimiento. Ni en esto hubo cosa pequeña, ni medida con las leyes comunes y reglas generales. Grande fue todo y grande salió de la mano del Altísimo para caminar, crecer y llegar hasta ser tan grande que solo Dios fuese mayor. ¡Oh qué hermosos pasos[70] fueron los tuyos, Hija del príncipe, pues con el primero llegaste a la divinidad! ¡Hermosa eres dos veces,[71] porque tu gracia y hermosura es sobre toda hermosura y gracia! ¡Divinos son tus ojos[72] y tus pensamientos son como la púrpura del Rey, pues llevaste su corazón y herido[73] de estos cabellos le enlazaste y le trajiste preso de tu amor al gremio de tu virginal vientre y corazón!

 

235. Aquí fue donde verdaderamente dormía la esposa del Rey y su corazón velaba.[74] Dormían aquellos corporales sentidos, que apenas tenían su forma natural, ni habían visto la luz material del sol; y aquel divino corazón, más incomprensible por la grandeza de sus dones que por la pequeñez de su ser natural, velaba en el tálamo de su madre con la luz de la divinidad que le bañaba y encendía en el fuego de su inmenso amor. No era conveniente que en esta divina criatura obrasen primero las potencias inferiores que las superiores del alma, ni que éstas tuviesen operación inferior ni igual a otra criatura; porque, si el obrar corresponde al ser de cada cosa, la que siempre era superior a todas en la dignidad y excelencia, también había de obrar con proporcionada superioridad a toda criatura angélica y humana. Y no sólo no le había de faltar la excelencia de los espíritus angélicos, que luegon usaron de sus potencias en el punto de su creación, pero esta misma grandeza y prerrogativa se le debía a la que era criada para su Reina y Señora. Y tanto con mayores ventajas, cuanto excede el nombre y oficio de Madre de Dios al de siervos suyos y el de reina al de vasallos, porque a ninguno de los ángeles les dijo el Verbo 'tú eres mi madre', ni alguno de ellos pudo decirle a él mismo 'tú eres mi hijo';[75] sólo entre María y el eterno Verbo hubo este comercio y mutua correspondencia, y por ella se ha de medir e investigar la grandeza de María, como el Apóstol de la de Cristo.

 

236. En escribir estos sacramentos del Rey,[76] cuando ya es honorífico revelar sus obras, confieso mi rudeza y limitación de mujer; y me aflijo porque hablo con términos comunes y vacíos que no llegan a lo que entiendo en la luz que mi alma tiene de estos misterios. Necesarias fueran, para no agraviar tanta grandeza, otras palabras, razones y términos particulares y propios, pero no los alcanza mi ignorancia; y cuando los hubiera, también sobrepujaran y oprimieran a la humana flaqueza. Reconózcase, pues, inferior y desigual para fijar su vista en este sol divino que con rayos de divinidad sale al mundo, aunque encubierto de la nube del vientre materno de santa Ana. Y si queremos todos que nos den licencia para acercarnos a la vista de esta maravillosa visión, lleguemos libres y desnudos: unos de la natural cobardía, otros del temor y encogimiento, aunque sea con pretexto de humildad; pero todos con suma devoción y piedad, lejos del espíritu de contención,[77] y nos será permitido ver de cerca, en medio de la zarza, el fuego de la divinidad sin consumirla.[78]

 

237. He dicho que el alma santísima de María, en el primer instante de su purísima concepción, vio abstractivamente la divina esencia, porque no se me ha dado luz de que viese la gloria esencial; antes entiendo que este privilegio fue singular de la santísima alma de Cristo, como debido y consiguiente a la unión sustancial de la divinidad en la persona del Verbo, para que ni por sólo un instante dejase de estar con ella unida por las potencias del alma por suma gracia y gloria. Y como aquel hombre, Cristo nuestro bien, comenzó a ser juntamente hombre y Dios, así comenzó a conocer a Dios y amarle como comprensor; pero el alma de su Madre santísima no estaba unida sustancialmente a la divinidad y así no comenzó a obrar como comprensora, porque entraba en la vida a ser viadora. Mas en este orden, como quien era la más inmediata a la unión hipostática, tuvo también otra visión proporcionada y la más inmediata a la visión beatífica, pero inferior a ella, aunque superior a todas cuantas visiones y revelaciones han tenido las criaturas de la divinidad fuera de su clara visión y fruición. Pero en algún modo y condiciones excedió la visión de la divinidad que tuvo en el primer instante la Madre de Cristo a la visión clara de otros, en cuanto conoció ella más misterios abstractivamente que otros con visión intuitiva. Y el no haber visto la divinidad cara a cara en aquel punto de la concepción, no impide que después la viese muchas veces por el discurso de su vida, como adelante diré.

 

Doctr ina que me dio la Reina del cielo sobre este capítulo

 

238. En el discurso de lo que dejo escrito[79] he dicho algunas veces cómo la Reina y Madre de misericordia me había prometido que, en llegando a escribir las primeras operaciones de sus potencias y virtudes, me daría instrucción y doctrina para componer mi vida en el espejo purísimo de la suya, porque éste era el principal intento de esta enseñanza. Y como esta gran Señora es fidelísima en sus palabras, asistiéndome siempre con su presencia divina al tiempo de declararme estos misterios, ha comenzado a desempeñarla en este capítulo y prevenir para hacerlo en lo restante que fuere escribiendo. Y así guardaré este orden y estilo, que al fin escribiré lo que me enseñare Su Alteza, como lo ha hecho ahora, hablándome en esta forma:

 

239. Hija mía, de escribir los misterios y sacramentos de mi santísima vida, quiero que para ti misma cojas el fruto que deseas y que el premio de lo que trabajares sea la mayor pureza y perfección de tu vida, si con la gracia del Altísimo te dispones para imitarme, obrando lo que oyeres. Esta es la voluntad de mi Hijo santísimo, que extiendas tus fuerzas a lo que yo te enseñare, atendiendo con todo el aprecio de tu corazón a mis virtudes y obras. Oyeme con atención y fe, que yo te hablaré palabras de vida eterna y te enseñaré lo más santo y perfecto de la vida cristiana y lo más aceptable a los ojos de Dios; con que desde luego te comenzarás a disponer mejor para recibir la luz en que te son patentes los ocultos misterios de mi vida santísima y la doctrina que deseas. Prosigue este ejercicio y escribirás lo que para esto te enseñare. Y ahora advierte.

 

240. Acto es de justicia debido a Dios eterno, que la criatura, cuando recibe el uso de la razón, encamine su primer movimiento al mismo Dios, conociéndole para amarle, reverenciarle y adorarle como a su Criador y Señor único y verdadero. Y los padres por natural obligación deben instruir a sus hijos desde niños en este conocimiento, enderezándolos con cuidado, para que luego busquen su último fin y le topen con los primeros actos de la razón y voluntad. Y debían con grande desvelo retirarlos de las parvuleces y burlas pueriles a que la misma naturaleza depravada se inclina, si la dejan sin otro maestro. Y si los padres y madres se anticipasen a prevenir estos engaños y torcidas costumbres de sus hijos y desde su niñez los fuesen informando, dándoles temprano noticia de su Dios y Criador, después se hallarían más hábiles para comenzar luego a conocerle y adorarle. Mi santa madre, que ignoraba mi sabiduría y estado, hizo esto conmigo tan puntual y anticipada, que llevándome en su vientre adoraba en mi nombre al Criador, dándole por mí la suma reverencia y gracias debidas por haberme criado y le suplicaba me guardase, defendiese y sacase libre del estado que entonces tenía. Deben asimismo los padres pedir a Dios con fervor que ordene con su providencia cómo aquellas almas de los niños alcancen a recibir el bautismo y sean libres de la servidumbre del pecado original.

 

241. Y si la criatura racional no hubiere reconocido y adorado al Criador con el primer uso de la razón, debe hacerlo en el punto que llegue a su noticia aquel ser y único bien, antes no conocido, por la fe. Y desde este conocimiento debe trabajar el alma para nunca perderle de vista y siempre temerle, amarle y reverenciarle. Tú, hija mía, has debido a Dios esta adoración por el discurso de tu vida, mas ahora quiero que la ejecutes y mejores, como yo te lo enseñare. Pon la vista interior de tu alma en el ser de Dios sin principio ni término y mírale infinito en atributos y perfecciones y que sólo él es la verdadera santidad, el sumo bien, el Objeto nobilísimo de la criatura, el que dio ser a todo lo criado y sin tener de ello necesidad lo sustenta y gobierna. Es la consumada hermosura sin mácula ni defecto alguno, el que en amor es eterno, en palabras verdadero y en las promesas fidelísimo, y el que dio su misma vida y se entregó a los tormentos por el bien de sus criaturas sin habérselo alguna merecido. En este inmenso campo de bondad y beneficios extiende tu vista y ocupa tus potencias, sin olvidarle ni desviarle de ti, porque, habiendo conocido tanto al sumo bien, es fea grosería y deslealtad olvidarle con aborrecible ingratitud, como lo sería la tuya si, habiendo recibido superior luz divina sobre la común y ordinaria de la fe infusa, se descaminase tu entendimiento y voluntad de la carrera del amor divino. Y si alguna vez con flaqueza lo hicieres, vuelve luego a buscarla con toda presteza y diligencia, y humillada adora al Altísimo, dándole honor, magnificencia y alabanza eterna. Y advierte que el hacer esto incesantemente por ti y por todas las demás criaturas, lo has de tener por oficio propio tuyo, en que quiero vivas cuidadosa.

 

242. Y para ejercitarte con más fuerza, confiere en tu corazón lo que conoces que yo hice y cómo aquella primera vista del sumo bien dejó herido mi corazón de amor, con que me entregué toda a él para jamás perderle. Y con todo esto vivía siempre solícita y no sosegaba, caminando hasta llegar al centro de mis deseos y afectos; porque, siendo infinito el objeto, tampoco el amor ha de tener fin ni descansar hasta poseerle. Tras el conocimiento de Dios y su amor, se ha de seguir el conocerte a ti misma, pensando y confiriendo tu poquedad y vileza. Y advierte que estas verdades bien entendidas, repetidas y ponderadas hacen divinos efectos en las almas.–Oídas estas razones y otras de la Reina, dije a Su Majestad:

 

243. Señora mía, cuya soy esclava y a quien de nuevo para serlo me dedico y me consagro, no sin causa mi corazón por vuestra maternal dignación solícito deseaba este día, para conocer la inefable alteza de vuestras virtudes en el espejo de vuestras divinas operaciones y oír la dulzura de vuestras saludables palabras. Confieso, Reina mía, de todo mi corazón, que no tengo obra buena a quien corresponda este beneficio por premio; y ésta de escribir vuestra Vida santísima juzgara por atrevimiento tan desigual, que si en ello no obedeciera a vuestra voluntad y de vuestro Hijo santísimo, no mereciera perdón. Recibid, Señora mía, este sacrificio de alabanza, y hablad que vuestra sierva oye.[80] Suene, dulcísima Señora mía, vuestra suavísima voz en mis oídos,[81] pues tenéis palabras de vida.[82] Continuad, Dueña mía, vuestra doctrina y luz para que se dilate mi corazón en este mar inmenso de vuestras perfecciones y tenga digna materia de alabar al Todopoderoso. En mi pecho arde el fuego que vuestra piedad ha encendido, para desear lo más santo, más puro y más acepto de la virtud a vuestros ojos; pero en la parte inferior siento la ley repugnante de mis miembros al espíritu[83] que me retarda y embaraza y temo justamente no me impida el bien que vos, piadosa Madre, me ofrecéis. Miradme, pues, Señora mía, como a hija, enseñadme como a discípula, corregidme como a sierva y compeledme como a esclava, cuando yo tardare o resistiere; que no deseo hacerlo de voluntad, pero reincidiré de flaqueza. Yo levantaré la vista a conocer el ser de Dios y con su divina gracia gobernaré mis afectos, para que se enamoren de sus infinitas perfecciones, y si le tengo no le dejaré.[84] Pero vos, Señora y Madre del conocimiento y del amor hermoso,[85] pedid a vuestro Hijo y mi Señor no me desampare, por lo que se mostró liberalísimo en favorecer vuestra humildad,[86] Reina y Señora de todo lo criado.

 

CAPITULO 17

Prosiguiendo el misterio de la concepción de María santísima, se me dio a entender sobre el capítulo 21 del Apocalipsis; parte primera del capítulo.

 

244. Encierra tantos y tan ocultos sacramentos el beneficio de ser María santísima concebida en gracia, que, para hacerme más capaz de este maravilloso misterio, me declaró Su Majestad muchos de los que encierra el evangelista san Juan en el capítulo 21 del Apocalipsis, remitiéndome a la inteligencia que de ellos se me daba. Y para explicar algo de lo que se me ha manifestado, dividiré la explicación de aquel capítulo en tres partes, por excusar algo de la molestia que podría causar si tan largo capítulo se tomase junto. Y primero diré la letra según su tenor, que es como sigue:

 

245. Y vi un cielo nuevo y nueva tierra, porque se fue el cielo primero y la primera tierra y el mar ya no tiene ser. Y yo Juan vi la ciudad santa Jerusalén nueva, que bajaba de Dios desde el cielo, preparada como esposa adornada para su esposo. Y oí una gran voz del trono que decía: Mirad al tabernáculo de Dios con los hombres y habitará en ellos. Y ellos serán su pueblo y el mismo Dios estará con ellos y será su Dios; y enjugará Dios toda lágrima de sus ojos y no quedará muerte, ni llanto, ni clamor, ni restará ya dolor porque las primeras ya se fueron. Y el que estaba asentado en el trono dijo: Advierte que todas las cosas hago nuevas. Y díjome: Escribe, porque estas palabras son fidelísimas y verdaderas. Y díjome: Ya está hecho; yo soy Alfa y Omega, principio y fin. Yo daré de gracia al sediento de la fuente de la vida. El que venciere poseerá estas cosas y seré para él Dios y él para mí será hijo, pero a los tímidos, incrédulos, malditos, homicidas, fornicarios, hechiceros, idólatras y a todos los mentirosos, su parte les será en el estanque ardiente con fuego y con azufre, que es la segunda muerte.[87]

 

246. Esta es la primera de las tres partes de la letra que explicaré en este capítulo, dividiéndola por sus versos. Y vi, dice el evangelista, un cielo nuevo y nueva tierra. Con haber salido María santísima de las manos del omnipotente Dios y puesta ya en el mundo la materia inmediata de que se había de formar la humanidad santísima del Verbo, que había de morir por el hombre, dice el evangelista que vio un cielo nuevo y nueva tierra. No sin gran propiedad se pudo llamar cielo nuevo aquella naturaleza y el vientre virgíneo, donde y de donde se formó; pues en este cielo comenzó a habitar Dios por nuevo modo,[88] diferente del que hasta entonces había tenido en el cielo antiguo y en todas las criaturas. Pero también se llamó cielo nuevo el de los santos, después del misterio de la encarnación, porque de aquí nació la novedad, que antes no había en él, de ocuparle los hombres mortales, y la renovación que hizo en el cielo la gloria de la humanidad santísima de Cristo y también de su Madre purísima; que fue tanta, después de la gloria esencial, que bastó para renovar los cielos y darles nueva hermosura y resplandor. Y aunque estaban allá los buenos ángeles, pero esto era ya como cosa antigua y vieja; y así vino a ser cosa muy nueva que el Unigénito del Padre con su muerte restituyese a los hombres el derecho de la gloria, perdido por el pecado, y mereciéndosela de nuevo los introdujese en el cielo, de donde estaban ya despedidos e imposibilitados de adquirirle por sí mismos. Y porque toda esta novedad para el cielo tuvo principio en María santísima, cuando la vio el evangelista concebida sin el pecado que lo impedía todo, dijo que había visto un nuevo cielo.

 

247. Vio también una nueva tierra. Porque la tierra antigua de Adán era maldita, manchada y rea de la culpa y condenación eterna; pero la tierra santa y bendita de María fue nueva tierra sin culpa ni maldición de Adán; y tan nueva, que desde aquella primera formación no se había visto ni conocido en el mundo otra tierra nueva hasta María santísima; y fue tan nueva y libre de la maldición de la tierra antigua y vieja, que en esta bendita tierra se renovó toda la demás restante de los hijos de Adán, pues por la tierra de María bendita, y con ella y en ella, quedó bendita, renovada y vivificada la masa terrena de Adán, que hasta entonces había estado maldita y envejecida en su maldición, pero toda se renovó por María santísima y su inocencia; y como en ella se dio principio a esta renovación de la humana y terrena naturaleza, dijo san Juan que en María concebida sin pecado vio un cielo nuevo, una tierra nueva. Y prosigue:

 

248. Porque se fue el cielo primero y la primera tierra. Consiguiente era que viniendo al mundo y apareciéndose en él la nueva tierra y nuevo cielo de María santísima y su Hijo, hombre y Dios verdadero, desapareciese el antiguo cielo y la tierra envejecida de la humana y terrena naturaleza con él pecado. Hubo nuevo cielo para la divinidad en la naturaleza humana, que, preservada y libre de culpa, daba nueva habitación al mismo Dios en la unión hipostática en la persona del Verbo. Y dejó ya de ser el cielo primero, que Dios había criado en Adán y se manchó e inhabilitó para que Dios viviese en él. Este se fue y vino otro cielo nuevo en la venida de María santísima. Hubo juntamente nuevo cielo de la gloria para la naturaleza humana, no porque se moviese ni desapareciese el empíreo, sino porque faltó en él el estar sin hombres, como lo había estado por tantos siglos; y en cuanto a esto, dejó de ser el primer cielo y fue nuevo por los merecimientos de Cristo nuestro Señor, que ya comenzaban a resplandecer en la aurora de la gracia, María santísima su Madre; y así se fue el primer cielo y la primera tierra, que hasta entonces había estado sin remedio.

Y el mar dejó de ser, porque el mar de abominaciones y pecados, que tenía inundado él mundo y anegada la tierra de nuestra naturaleza, dejó ya de ser con la venida de María santísima y de Cristo, pues el mar de su sangre superabundó y sobrepujó al de los pecados en la suficiencia, en cuya comparación y valor es cierto que ninguna culpa tiene ser. Y si los mortales quisieran aprovecharse de aquel mar infinito de la divina misericordia y mérito de Jesucristo nuestro Señor, dejaran de ser ¡todos los pecados del mundo, que todos vino a deshacerlos y desviarlos el Cordero de Dios.

 

249. Y yo, Juan, vi la ciudad santa de Jerusalén nueva, que descendía de Dios desde el cielo, preparada como la esposa adornada para su varón. Porque todos estos sacramentos comenzaban de María santísima y se fundaban en ella, dice el evangelista que la vio en forma de la ciudad santa de Jerusalén, etc., que de la Reina habló con esta metáfora. Y fuere dado que la viese, para que más conociera el tesoro que al pie de la cruz se le había encomendado y fiado[89]  y con aprecio digno le guardase. Y aunque ninguna prevención pudiera equivaler a la falta presencial del Hijo de la Virgen, pero, entrando san Juan en su lugar, era conveniente que fuese ilustrado conforme a la dignidad y oficio que recibía, sustituyendo por el Hijo natural.

 

250. Por los misterios que Dios obró en la ciudad santa de Jerusalén, era más a propósito para símbolo de la que era su Madre y el centro y mapa de todas las maravillas del Omnipotente. Y por esta misma razón lo es también de las Iglesias militante y triunfante, y a todas se extendió la vista del águila generosa Juan, por la correspondencia y analogía que entre sí tienen estas ciudades de Jerusalén místicas. Pero señaladamente miró de hito a la Jerusalén suprema María santísima, donde están cifradas y recopiladas todas las gracias, dones maravillas y excelencias de las Iglesias militante y triunfante; y todo lo que se obró en la Jerusalén de Palestina, y lo que significa ella y sus moradores, todo está reducido a María purísima, ciudad santa de Dios, con mayor admiración y excelencia que en lo restante del cielo y tierra y de todos sus moradores. Por esto la llama Jerusalén nueva, porque todos sus dones, grandeza y virtudes son nuevas y causan nueva maravilla a los santos; y nueva, porque fue después de todos los padres antiguos, patriarcas y profetas y en ella se cumplieron y renovaron sus clamores, oráculos y promesas; y nueva, porque viene sin el contagio de la culpa y desciende de la gracia por nuevo orden suyo y lejos de la común ley del pecado; y nueva, porque entra en el mundo triunfando del demonio y del primer engaño, que es la cosa más nueva que en él se había visto desde su principio.

 

251. Y como todo esto era nuevo en la tierra, y no pudo venir de ella, dice que bajaba del cielo. Y aunque por el común orden de la naturaleza desciende de Adán, pero no viene por el camino real y ordinario de la culpa, sendereado de todos los predecesores hijos de aquel primer delincuente. Para sola esta Señora hubo otro decreto en la divina predestinación y se abrió nueva senda por donde viniese con su Hijo santísimo al mundo, sin acompañar en el orden de la gracia a otro alguno de los mortales ni que alguno de ellos la acompañase a ella y a Cristo nuestro Señor. Y así bajó nueva desde el cielo de la mente y determinación de Dios. Y cuando los demás hijos de Adán descienden de la tierra, terrenos y maculados por ella, esta Reina de todo lo criado viene del cielo, como descendiente sólo de Dios por la inocencia y gracia; que comúnmente decimos viene alguno de aquella casa o solar de donde desciende y desciende de donde recibió el ser que tiene. Y el ser natural de María santísima, que recibió por Adán, apenas se divisa mirándola Madre del Verbo eterno y como a su lado del eterno Padre, con la gracia y participación que para esta dignidad recibió de su divinidad. Y siendo esto en ella el ser principal, viene a ser como accesorio y menos principal el ser de la naturaleza que tiene; y así el evangelista miró a lo principal, que bajó del cielo, y no a lo accesorio, que vino de la tierra.

 

252. Y prosigue diciendo: Que venía preparada como esposa adornada, etc. Para el día del desposorio se busca entre los mortales el mayor adorno y aliño que se puede hallar para componer la esposa terrena, aunque las joyas ricas se busquen prestadas, porque nada le falte según su calidad y estado. Pues si confesamos, como es forzoso confesarlo, que María purísima de tal suerte fue Esposa de la santísima Trinidad, que juntamente fuese Madre de la persona del Hijo, y que para estas dignidades fue adornada y preparada por el mismo Dios omnipotente, infinito y rico sin medida y tasa ¿qué adorno, qué preparación, qué joyas serían estas con que aliñó a su Esposa y a su Madre para que fuese digna Madre y digna Esposa? ¿Reservaría por ventura alguna joya en sus tesoros? ¿Negaríale alguna gracia de cuantas su brazo poderoso le podía enriquecer y aliñar? ¿Dejaríala fea y desaliñada en alguna parte o en algún instante? ¿O sería escaso y avariento con su Madre y Esposa el que derrama pródigamente los tesoros de su divinidad con las almas, que en su comparación son menos que siervas y menos que esclavas de su casa? Todas confiesan con él mismo Señor que es una la escogida y la perfecta,[90] a quien las demás han de reconocer, predicar y magnificar por inmaculada y felicísima entre las mujeres y de quien, admiradas con júbilo y alabanza, preguntan: ¿Quién es ésta que sale como aurora, hermosa como la luna, escogida como el sol y terrible como ejércitos bien ordenados?[91] Esta es María santísima, única Esposa y Madre del Omnipotente, que bajó al mundo adornada y preparada como Esposa de la beatísima Trinidad para su Esposo y para su Hijo. Y esta venida y entrada fue con tantos dones de la divinidad, que su luz la hizo más agradable que la aurora, más hermosa que la luna y más electa y singular que el sol, sin haber segunda, más fuerte y poderosa que todos los ejércitos del cielo y de los santos. Bajó adornada y preparada por Dios, que la dio todo lo que quiso darla y quiso darla todo lo que pudo y pudo darla todo lo que no era ser Dios, pero lo más inmediato a su divinidad y lo más lejos del pecado que pudo caber en pura criatura. Fue entero y perfecto este adorno y no lo fuera si algo le faltara y le faltara si algún punto estuviera sin la inocencia y gracia. Y sin esto tampoco fuera bastante para hacerla tan hermosa, si el adorno y las joyas de la gracia cayeran sobre un rostro feo, de naturaleza maculada por culpa, o sobre un vestido manchado y asqueroso. Siempre tuviera alguna tacha, de donde por más diligencias no pudiera jamás salir del todo la señal o sombra de la mancha. Todo esto era menos decente para María, Madre y esposa de Dios; y, siéndolo para ella, lo fuera también para él, que la hubiera adornado y preparado, no con amor de esposo, ni con cuidado de hijo y, teniéndose en casa la tela más rica y preciosa, hubiera buscado otra manchada y vieja para vestir a su Madre y Esposa y a sí mismo.

 

253. Tiempo es ya de que el entendimiento humano se desencoja y alargue en la honra de nuestra gran Reina; y también que el que estuviere opuesto, fundado en otro sentir, se encoja y detenga en despojarla y quitarla el adorno de su inmaculada limpieza en el instante de su divina concepción. Con la fuerza de la verdad y luz en que veo estos inefables misterios, confieso una y muchas veces que todos los privilegios, gracias, prerrogativas, favores y dones de María santísima, entrando en ellos el de ser Madre de Dios, según y como a mí se me dan a entender, todos dependen y se originan de haber sido inmaculada y llena de gracia en su concepción purísima; de manera que sin este beneficio parecieran todos informes y mancos o como un suntuoso edificio sin fundamento sólido y proporcionado. Todos miran con cierto orden y encadenamiento a la limpieza e inocencia de la concepción; y por esto ha sido forzoso tocar tantas veces en este misterio, por el discurso de esta Historia, desde los decretos divinos y formación de María y de su Hijo santísimo en cuanto hombre. Y no me alargo ahora más en esto; pero advierto a todos que la Reina del cielo estimó tanto el adorno y hermosura que la dio su Hijo y Esposo en su purísima concepción, que esta correspondencia será su indignación contra aquellos que con terquedad y porfía pretendieren desnudarla de él y afearla, en tiempo que su Hijo santísimo se ha dignado de manifestarla al mundo tan adornada y hermosa, para gloria suya y esperanza de los mortales. Prosigue el evangelista:

 

254. Y oí una gran voz del trono, que decía: Mira al tabernáculo de Dios con los hombres y habitará con ellos y ellos serán su pueblo, etcétera. La voz del Altísimo es grande, fuerte, suave y eficaz para mover y arrebatar a sí toda la criatura. Tal fue esta voz que oyó san Juan salía del trono de la beatísima Trinidad; con que le llevó toda la atención que se le pedía, diciéndole que atendiese o mirase al tabernáculo de Dios; para que atento y circunspecto conociese perfectamente el misterio que se le manifestaba, de ver el tabernáculo de Dios con los hombres y que viva con ellos y sea su Dios y ellos su pueblo. Todo este sacramento se encerraba en ver a María santísima descender del cielo en la forma que he dicho; porque estando este divino tabernáculo de Dios en el mundo, era consiguiente que el mismo Dios estuviera también con los hombres, pues vivía y estaba en su tabernáculo sin apartarse de él. Y fue como decirle al evangelista: El Rey tiene su casa y corte en el mundo y claro está que será para ir a ser morador en ella. Y de tal suerte había de habitar Dios en este tabernáculo, que del mismo tomase la forma humana, en la cual había de ser morador en el mundo y habitar con los hombres y ser su Dios para ellos y ellos pueblo suyo, como herencia de su Padre y también de su Madre. Del Padre eterno fuimos herencia para su Hijo santísimo, no sólo porque en él y por él crió todas las cosas[92]  y se las dio por herencia en la eterna generación, pero también porque como hombre nos redimió en nuestra misma naturaleza y nos adquirió por su pueblo[93]  y herencia paternal y nos hizo hermanos suyos. Y por la misma razón de la naturaleza humana fuimos y somos herencia y legítima de su Madre santísima; porque ella le dio la forma de la carne humana con que nos adquirió para sí. Y, siendo ella Madre suya e Hija y Esposa de la beatísima Trinidad, era Señora de todo lo criado y todo lo había de heredar su Unigénito; y lo que las humanas leyes conceden, siendo puesto en razón natural, no había de faltar en las divinas.

 

255. Salió esta voz del trono real por medio de un ángel, que con emulación santa me parece diría al evangelista: Atiende y mira al tabernáculo de Dios con los hombres y vivirá con ellos y serán ellos su pueblo; será su hermano y tomará su forma por medio de ese tabernáculo de María, que miras bajar del cielo por su concepción y formación. Pero les podemos responder con alegre semblante a estos cortesanos del cielo, que está muy bien el tabernáculo de Dios con nosotros, pues es nuestro, y por él lo será Dios; y recibirá vida y sangre que por nosotros ofrezca y con ella nos adquiera y haga pueblo suyo y viva con nosotros como en su casa y morada, pues le recibiremos sacramentado y nos hará su tabernáculo; estén contentos estos divinos espíritus y príncipes con ser hermanos mayores y menos necesitados que los hombres. Nosotros somos los pequeñuelos y enfermos que necesitamos de regalo y favores de nuestro Padre y Hermano; venga en el tabernáculo de su Madre y nuestra, tome forma de carne humana de sus virginales entrañas, encúbrase la divinidad y viva con nosotros y en nosotros; tengámosle tan cerca que sea nuestro Dios y nosotros su pueblo y su morada. Admírense y suspensos de tantas maravillas ellos le bendigan, y gocémosle nosotros los mortales acompañándolos en la misma alabanza de admiración y amor. Prosigue el texto:

 

256. Y Dios enjugará toda lágrima de sus ojos y no quedará muerte, no llanto, ni clamor, ni restará dolor, cte. Con el fruto de la redención humana, de que se nos dieron prendas ciertas en la concepción de María santísima, se enjugaron las lágrimas que el pecado sacó a los ojos de los mortales; pues para quien se aprovechare de las misericordias del Altísimo, de la sangre y méritos de su Hijo, de sus misterios y sacramentos, de los tesoros de su Iglesia santa y, para conseguirlos, de la intercesión de su Madre santísima, para ellos no hay muerte, ni dolor, ni llanto, porque la muerte del pecado y todo lo antiguo que de ella resultó, dejó ya de ser y se acabó. El verdadero llanto se fue al profundo con los hijos de perdición, adonde no hay remedio. El dolor de los trabajos no es llanto, ni dolor verdadero, sino aparente y que se compadece con la verdadera y suma alegría; y recibido con igualdad es de inestimable valor, y como prenda de amor lo eligió para sí, para su Madre y para sus hermanos el Hijo de Dios.

 

257. Tampoco habrá clamor, ni voces querellosas, porque los justos y sabios, con el ejemplo de su Maestro y de su Madre humildísima, han de aprender a callar, como la simple ovejuela cuando es llevada a ser víctima y sacrificio.[94] Y el derecho que tiene la flaca naturaleza a buscar algún alivio dando voces y quejándose, le deben renunciar los amigos de Dios viendo a Su Majestad, que es su cabeza y ejemplar, abatido hasta la muerte afrentosa de la cruz para restaurar los daños de nuestra impaciencia y poca espera. ¿Cómo se le ha de consentir a nuestra naturaleza que a la vista de tanto ejemplo se altere y dé voces en los trabajos? ¿Cómo se ha de permitir que tenga movimientos desiguales y contrarios a la caridad cuando Cristo viene a establecer la ley del amor fraternal?

Y vuelve a repetir el evangelista que no habrá más dolor; porque si alguno había de quedar en los hombres, era el dolor de la mala conciencia; y para remedio de esta dolencia fue tan suave medicina la encarnación del Verbo en las entrañas de María santísima, que ya este dolor es gustoso y causa de alegría y no merece nombre de dolor, pues contiene en sí el sumo y verdadero gozo, y con haberle introducido en el mundo se fueron las cosas primeras, que fueron los dolores y rigores ineficaces de la ley antigua, porque todo se templó y acabó con la abundancia de la ley evangélica para dar gracia.

Y por esto añade y dice: Advierte, que todo lo hago nuevo. Esta voz salió del que estaba asentado en el trono, porque él mismo se declaró por artífice de todos los misterios de la nueva ley del Evangelio. Y comenzando esta novedad de cosa tan peregrina, y no pensada de las criaturas, como lo fue encarnar el Unigénito del Padre y darle Madre virgen y purísima, era necesario que si todo era nuevo no hubiese en su Madre santísima alguna cosa vieja y antigua; y claro está que el pecado original era casi tan antiguo como la naturaleza, y si lo tuviera la Madre del Verbo humanado no hubiera hecho todas las cosas nuevas.

 

258. Y díjome: Escribe, que estas palabras son fidelísimas y verdaderas. Y me dijo: Ya está hecho, etc. A nuestro modo de hablar, mucho siente Dios que se olviden las grandes obras de amor que hizo por nosotros en su encarnación y redención humana, y para memoria de tantos beneficios y reparo de nuestra ingratitud manda que se escriban. Y así debían los mortales escribir esto en sus corazones y temer la ofensa que contra Dios cometen con tan grosero y execrable olvido. Y aunque es verdad que los católicos tienen credulidad y fe de estos misterios, pero con el desprecio que muestran en agradecerlos, y el que suponen en olvidarlos, parece que tácitamente los niegan, viviendo como si no los creyesen. Y para que tengan un fiscal de su feísimo desagradecimiento, dice el Señor: Que estas palabras son verdaderas y fidelísimas; y siendo así que lo son, véase la torpeza y sordera de los mortales en no darse por entendidos de verdades, que, como son fidelísimas, fueran eficaces para mover el corazón humano y vencer su rebeldía, si como verdaderas y fidelísimas se fijaran en la memoria y en ella se revolvieran y pesaran como ciertas e infalibles, que las obró Dios por cada uno de nosotros.

 

259. Pero como los dones de Dios no son con penitencia,[95] porque no retracta el bien que hace, aunque desobligado de los hombres dice que ya está hecho: como si nos dijera que por nuestra ingratitud no quiere retroceder en su amor, antes habiendo enviado al mundo a María santísima sin culpa original, ya da por hecho todo lo que pertenece al misterio de la encarnación, pues estando María purísima en la tierra no parece que se podía quedar el Verbo eterno solo en el cielo sin bajar a tomar carne humana en sus entrañas.

Y asegúralo más diciendo: Yo soy Alfa y Omega, la primera y última letra, que como principio y fin encierro la perfección de todas las obras, porque si les doy principio es para llevarlas hasta la perfección de su último fin. Y así lo haré por medio de esta obra de Cristo y María, que por ella comencé y acabaré todas las obras de la gracia, y llevaré a mí y encaminaré a mí todas las criaturas en el hombre, como a su último paradero y centro donde descansan.

 

260. Yo daré al sediento graciosamente de la fuente de la vida, y el que venciere poseerá estas cosas, etc. ¿Quién se anticipó de todas las criaturas para dar consejo a Dios[96]  o alguna dádiva con que obligarle al retorno? Esto dijo el Apóstol, para que se entendiese que todo cuanto Dios hace y ha hecho con los hombres fue de gracia y sin obligación que a ninguno tuviese. El origen de las fuentes a nadie debe su corriente de los que van a beber a ellas, de balde y de gracia se dan a todos los que llegan; y de que todos no participen su manantial, no es culpa de la fuente, sino de quien no llega a beber, estando ella convidando con abundancia y alegría. Y aun porque no llegan ni la buscan, sale ella misma a buscar quien la reciba y corre sin detenerse, que tan de gracia y de balde se ofrece a todos.[97] ¡Oh tibieza reprensible de los mortales! ¡Oh ingratitud abominable! Si nada nos debe el verdadero Señor y todo nos lo dio y lo da de gracia, y entre todas sus gracias y beneficios la mayor gracia fue haberse hecho hombre y muerto por nosotros, porque en este beneficio se nos dio todo a sí mismo, corriendo el ímpetu de la divinidad hasta topar con nuestra naturaleza y unirse con ella y con nosotros ¿cómo es posible que estando tan sedientos de honra, de gloria y deleites, no lleguemos a beberlo todo en esta fuente,[98] que nos lo ofrece de gracia? Pero ya veo la causa; porque no estamos sedientos de la verdadera gloria, honra y descanso, anhelamos por la engañosa y aparente y malogramos las fuentes de la gracia[99] que nos abrió Jesucristo, nuestro bien, con sus merecimientos y muerte. Mas a quien tuviere sed de la divinidad y de la gracia, dice el Señor que le dará de balde de la fuente de la vida. ¡Oh qué gran dolor y compasión es que, habiéndose descubierto la fuente de la vida, haya tan pocos sedientos por ella y tantos corran a las aguas de la muerte! Pero el que venciere en sí mismo al mundo, al demonio y a su carne propia, éste poseerá estas cosas. Y dice que las tendrá, porque dándose las aguas de gracia, pudiera temer si en algún tiempo se las negarán o revocarán; y para asegurarle, dice que se las darán en posesión, sin limitarla ni coartarla.

 

261. Antes le afianza con otra nueva y mayor aseguración, diciéndole el Señor: Yo seré Dios para él y él para mí será hijo; y si él es Dios para nosotros y nosotros hijos, claro está que fue hacernos hijos de Dios; y siendo hijos, era consiguiente ser herederos de sus bienes,[100] y siendo herederos –aunque toda la herencia sea de gracia – la tenemos segura como los hijos tienen los bienes de su padre. Y siendo Padre y Dios juntamente, infinito en atributos y perfecciones ¿quién podrá decir lo que nos ofrece con hacernos hijos suyos? Aquí se encierra el amor paternal, la conservación, la vocación, la vivificación, la justificación, los medios para alcanzarla y, para fin de todo, la glorificación y estado de la felicidad, que ni ojos vieron, ni oídos oyeron, ni pudo venir en corazón humano.[101] Todo esto es para los que vencieren y fueren hijos esforzados y verdaderos.

 

262. Pero a los tímidos, execrables, incrédulos, homicidas y fornicarlos, hechiceros, idólatras y todos los mentirosos, etc. En este formidable padrón se han escrito por sus manos propias innumerables hijos de perdición, porque es infinito el número de los necios[102]  que a ciegas han hecho elección de la muerte, cerrando el camino de la vida; no porque esté oculto a los que tienen ojos, mas porque los cierran a la luz y se han dejado y dejan fascinar y oscurecer con los embustes de Satanás, que a diferentes inclinaciones y gustos de los hombres les ofrece el veneno disimulado en diversos potajes de vicios que apetecen. A los tímidos, que son los que ya quieren, ya no quieren, sin haber gustado el maná de la virtud, ni entrado en el camino de la vida eterna, se les representa insípida y terrible, siendo el yugo suave y la carga del Señor muy ligera;[103] y engañados con este temor, se dejan vencer primero de la cobardía que del trabajo. Otros incrédulos, o no admiten las verdades reveladas ni les dan crédito, como los herejes, paganos e infieles, o si las creen, como los católicos, parece que las oyen de lejos y las creen para otros y no para sí mismos, y así tienen la fe muerta[104] y obran como incrédulos.

 

263. Los execrados, que siguiendo cualquier vicio sin reparo y sin freno, antes gloriándose de la maldad y despreciando el cometerlas, se hacen contentibles a Dios, execrables y malditos, llegando a estado de rebeldía y casi imposibilitándose para el bien obrar; y alejándose del camino de la vida eterna, como si no fueran criados para ella, se apartan y enajenan de Dios y de sus bendiciones y beneficios, quedando aborrecibles al mismo Señor y a los santos. A los homicidas, que sin temor ni reverencia de la divina justicia usurpan a Dios el derecho de supremo Señor, para gobernar el universo y castigar y vengar las injurias; y así merecen ser medidos y juzgados por la misma medida con que ellos han querido medir a los otros y juzgarlos.[105] Los f ornicarios, que por un breve e inmundo deleite cumplido y aborrecido, pero nunca saciado el desordenado apetito, posponen la amistad de Dios y desprecian los eternos deleites, que saciando se apetecen más y satisfaciendo jamás se acabarán. Los hechiceros, que creyeron y confiaron en las falsas promesas del dragón disimulado con apariencia de amigo, quedaron engañados y pervertidos para engañar y pervertir a otros. Los idólatras, que siguiendo y buscando la divinidad no la toparon, estando cerca de todos,[106] y se la dieron a quien no la podía tener, porque se la daban los mismos que los fabricaban; y eran inanimadas sombras de la verdad, pero todas cisternas disipadas para contener la grandeza de ser Dios verdadero.[107] A los mentirosos, que se oponen a la suma verdad, que es Dios, y por alejarse al extremo contrario se privan de su rectitud y virtud, fiando más en el fingido engaño que en el mismo Autor de la verdad y todo el bien.

 

264. De todos éstos, dice el evangelista, oyó que la parte de ellos sería en el estanque de fuego ardiente con azufre que es la muerte segunda. Nadie podrá redargüir a la divina equidad y justicia, pues habiendo justificado su causa con la grandeza de sus beneficios y misericordias sin número, bajando del cielo a vivir y morir entre los hombres y rescatándolos con su misma vida y sangre, dejando tantas fuentes de gracia que se nos diesen de balde en su Iglesia santa, y sobre todas a la Madre de la misma gracia y fuente de la vida, María Santísima, por cuyo medio la pudiésemos alcanzar; si de todos estos beneficios y tesoros no han querido aprovecharse los mortales y, por seguir con un deleite momentáneo la herencia de la muerte, dejaron la de la vida, no es mucho que cojan lo que sembraron y que su parte y herencia sea el fuego eterno en aquel profundo formidable de piedra azufre, donde no hay redención ni esperanza de vida, por haber incurrido en la muerte segunda del castigo. Y aunque esta muerte por su eternidad es infinita, pero más fea y abominable fue la muerte primera del pecado, que voluntariamente se tomaron los réprobos con sus manos, porque fue muerte de la gracia, causada por el pecado, que se opone a la bondad y santidad infinita de Dios, ofendiéndole cuando debía ser adorado y reverenciado; y la muerte de la pena es justo castigo de quien merece ser condenado, y se la aplica el atributo de la rectísima justicia; y en esto es ensalzado y engrandecido por ella, así como en el pecado fue despreciado y ofendido. El sea por todos los siglos temido y adorado. Amén.

 

 

CAPITULO 18

Prosigue el misterio de la concepción de María santísima, con la segunda parte del capítulo 21 del Apocalipsis.

 

265. Prosiguiendo la letra del capítulo 21 del Apocalipsis, dice de esta manera: Y vino uno de los siete ángeles, que tenían siete copas, llenas de siete plagas novísimas, y habló conmigo, diciendo: Ven, y te mostraré la esposa, mujer del Cordero. Y levantóme en espíritu a un grande y alto monte, y mostróme la ciudad santa de Jerusalén, que descendía del cielo desde Dios y tenía la claridad de Dios; y su luz era semejante a una piedra preciosa, como piedra de jaspe, así como cristal. Y tenía un grande y alto muro con doce puertas, con doce ángeles en ellas, y escritos unos nombres, que son de los doce tribus .de los hijos de Israel. Tres puertas al Oriente, tres puertas al Alquilón, tres puertas al Austro y tres puertas al Occidente. Y el muro de la ciudad tenía doce fundamentos y en ellos doce nombres de los doce apóstoles del Cordero. Y el que hablaba conmigo, tenía una medida de caña de oro, para medir la ciudad, sus puertas y su muro. Y la ciudad estaba puesta en cuadro, y su longitud es tanta cuanta es su latitud; y midió la ciudad con la caña por doce mil estadios, y la longitud, latitud y altura son iguales. Y midió su muro ciento y cuarenta y cuatro codos con medida de hombre, que es de ángel. Y la fábrica de su muralla era de piedra de jaspe; pero la ciudad era oro purísimo, semejante a un puro vidrio.[108]

 

266. Estos ángeles, de quien habla en este lugar el evangelista, son siete de los que asisten especialmente al trono de Dios y a quien Su Majestad ha dado cargo y potestad para que castiguen algunos pecados de los hombres.[109] Y esta venganza de la ira del Omnipotente sucederá en los últimos siglos del mundo; pero será tan nuevo el castigo, que ni antes ni después en la vida mortal se haya visto otro mayor. Y porque estos misterios son muy ocultos y no de todos tengo luz, ni tocan a esta Historia, ni conviene alargarme en esto, paso a lo que pretendo. Este uno, que habló a san Juan, es el ángel por quien singularmente vengará Dios las injurias hechas contra su Madre santísima con formidable castigo. Por haberla despreciado con osadía loca, han irritado la indignación de su omnipotencia; y por estar empeñada toda la santísima Trinidad en honrar y levantar a esta Reina del cielo sobre toda criatura humana y angélica y ponerla en el mundo por espejo de la divinidad y medianera única de los mortales, tomará Dios señaladamente por su cuenta vengar las herejías, errores y blasfemias y cualquier desacato cometido contra ella y el no haberle glorificado, conocido y adorado en este su tabernáculo y no se haber aprovechado de tan incomparable misericordia. Profetizados están estos castigos en la Iglesia santa. Y aunque el enigma del Apocalipsis encubre con oscuridad este rigor, pero ¡ay de los infelices a quien alcanzare! y ¡ay de mí, que ofendí a Dios, tan fuerte y poderoso en castigar! Absorta quedo en el conocimiento de tanta calamidad como amenaza.

 

267. Habló el ángel al evangelista, y díjole: Ven, y te mostraré la esposa, mujer del Cordero, etc. Aquí declara que la ciudad santa de Jerusalén que le mostró es la mujer esposa del Cordero, entendiendo debajo de esta metáfora – como ya he dicho[110] – a María santísima, a quien miraba san Juan madre o mujer y esposa del Cordero, que es Cristo. Porque entrambos oficios tuvo y ejercitó la Reina divinamente. Fue esposa de la divinidad, única y singular, por la particular fe y amor con que se hizo y acabó este desposorio; y fue mujer y madre del mismo Señor humanado, dándole su misma sustancia y carne mortal y criándole y sustentándole en la forma de hombre que le había dado. Para ver y entender tan soberanos misterios, fue levantado en espíritu el evangelista a un alto monte de santidad y luz; porque, sin salir de sí mismo y levantarse sobre la humana flaqueza, no los pudiera entender, como por esta causa no los entendemos los hombres imperfectos, terrenos y abatidos. Y levantado, dice: Mostróme la ciudad santa de Jerusalén, que descendía del cielo, como fabricada y formada, no en la tierra, donde era como peregrina y extraña, mas en el cielo, donde no se pudo fabricar con materiales de tierra pura y común; porque si de ella se tomó la naturaleza, pero fue levantándola al cielo para fabricar esta ciudad mística al modo celestial y angélico, y aun divino y semejante a la divinidad.

 

268. Y por eso añade, que tenía la claridad de Dios; porque el alma de María santísima tuvo una participación de la divinidad y de sus atributos y perfecciones, que si fuera posible verla en su mismo ser, pareciera iluminada con la claridad eterna del mismo Dios. Grandes cosas y gloriosas están dichas en la Iglesia católica de esta ciudad de Dios[111]  y de la claridad que recibió del mismo Señor, pero todo es poco, y todos los términos humanos le vienen cortos; y vencido el entendimiento criado, viene a decir que tuvo María santísima un no sé qué de divinidad, confesando en esto la verdad en sustancia y la ignorancia para explicar lo que se confiesa por verdadero. Si fue fabricada en el cielo, el Artífice sólo que a ella la fabricó conocerá su grandeza y el parentesco y afinidad que contrajo con María santísima, asimilando las perfecciones que le dio con las mismas que encierra su infinita divinidad y grandeza.

 

269. Su luz era semejante a una piedra preciosa, como piedra de jaspe, como cristal. No es tan dificultoso de entender que se asimile al cristal y jaspe juntamente, siendo tan disímiles, como que sea semejante a Dios; pero de este similitud conoceremos algo por aquélla. El jaspe encierra muchos colores, visos y variedad de sombras, de que se compone, y el cristal es clarísimo, purísimo y uniforme, y todo junto formará una peregrina y hermosa variedad. Tuvo María purísima en su formación la variedad de virtudes y perfecciones de que parece fabricó Dios su alma compuesta y entretejida, y todas estas gracias y perfecciones y toda ella semejante a un cristal purísimo y sin lunar ni átomo de culpa; antes en la claridad y pureza despide rayos y hace visos de divinidad, como el cristal que herido del sol parece le tiene dentro de sí mismo y le retrata, reverberando como el mismo sol. Pero este cristalino jaspe tiene sombras, porque es hija de Adán y es pura criatura, y todo lo que tiene de resplandor del sol de la divinidad es participado, y aunque parece sol divino no lo es por naturaleza, mas por participación y comunicación de su gracia; criatura es, formada y hecha por la mano del mismo Dios, pero para ser Madre suya.

 

270. Y tenía la ciudad un grande y alto muro con doce puertas.Los misterios encerrados en este muro y puertas de esta ciudad mística de María santísima son tan ocultos y grandes, que con dificultad podré yo, mujer ignorante y tarda, reducir a palabras lo que se me ha dado a entender; dirélo como se me concediere, advirtiendo que en el instante primero de la concepción de María Santísima, cuando se le manifestó la divinidad por aquella visión y modo que arriba dije,[112] entonces, a nuestro modo de  entender, toda la beatísima Trinidad, como renovando los antiguos decretos de criarla y engrandecerla, hizo un acuerdo y como contrato con esta Señora, pero sin dárselo a conocer por entonces. Pero fue como confiriéndolo entre sí las tres divinas Personas, y hablando de esta manera:

 

271. A la dignidad que damos a esta pura criatura de Esposa nuestra y Madre del Verbo que ha de nacer de ella, es consiguiente y debido constituirla Reina y Señora de todo lo criado. Y sobre los dones y riquezas de nuestra divinidad, que para sí misma la dotamos y concedemos, es conveniente darle autoridad, para que tenga mano en los tesoros de nuestras misericordias infinitas, para que de ellos pueda distribuir y comunicar a su voluntad las gracias y favores necesarios a los mortales, señaladamente a los que como hijos y devotos suyos la invocaren, y que pueda enriquecer a los pobres, remediar a los pecadores, engrandecer a los justos y ser universal amparo de todos. Y para que todas las criaturas la reconozcan por su Reina y superiora y depositaria de nuestros bienes infinitos, con facultad de poderlos dispensar, la entregaremos las llaves de nuestro pecho y voluntad, y será en todo la ejecutora de nuestro beneplácito con las criaturas. Darémosle, a más de todo esto, el dominio y potestad sobre el dragón nuestro enemigo y todos sus aliados los demonios, para que teman su presencia y su nombre y con él se quebranten y desvanezcan sus engaños, y que todos los mortales que se acogieren a esta ciudad de refugio, le hallen cierto y seguro, sin temor de los demonios y de sus falacias.

 

272. Sin manifestarle al alma de María santísima todo lo que este decreto o promesa contenía, le mandó el Señor en aquel primer instante que orase con afecto y pidiese por todas las almas y les procurase y solicitase la eterna salud, y en especial por los que a ella se encomendasen en el discurso de su vida. Y la ofreció la beatísima Trinidad que en aquel rectísimo tribunal nada le sería negado, y que mandase al demonio que le desviase con imperio y virtud de todas las almas, que para todo le asistiría el brazo del Omnipotente. Mas no se le dio a entender la razón por que se le concedía este favor y los demás que en él se encerraban, que era por Madre del Verbo. Pero en decir san Juan que la ciudad santa tenía un grande y alto muro, entendió este beneficio que hizo Dios a su Madre, constítuyéndola por sagrado refugio, amparo y defensa de todos los hombres, para que en ella lo hallasen todo, como en ciudad fuerte y segura muralla contra los enemigos, y como a poderosa Reina y Señora de todo lo criado y despensera de los tesoros del cielo y de la gracia, acudiesen a ella todos los hijos de Adán. Y dice que era muy alto este muro, porque el poder de María purísima para vencer al demonio y levantar a las almas a la gracia es tan alto, que es inmediato al mismo Dios. Tan bien guarnecida como esto y tan defendida y segura es para sí esta ciudad y para los que en ella buscan su protección, que ni podrán conquistar sus muros ni escalar por ellos todas las fuerzas criadas fuera de Dios.

 

273. Tenía doce puertas este muro de la ciudad santa, porque su entrada es franca y general a todas las naciones y generaciones, sin excluir alguna, antes convidando a todos, para que nadie, si no quiere, sea privado de la gracia y dones del Altísimo y de su gloria, por medio de la Reina y Madre de misericordia. Y en las doce puertas doce ángeles. Estos santos príncipes son los doce que arriba cité[113] entre los mil que fueron señalados para guarda de la Madre del Verbo humanado. El ministerio de estos doce ángeles, a más de asistir a la Reina, fue servirla señaladamente en inspirar y defender a las almas que con devoción llaman a María nuestra Reina en su amparo y se señalan en su devoción, veneración y amor. Y por esto dice el evangelista que los vio en las puertas de esta ciudad, porque ellos son ministros y como agentes que ayudan y mueven y encaminan a los mortales para que entren por las puertas de la piedad de María Santísima a 1a eterna felicidad. Y muchas veces los envía ella con inspiraciones y favores, para que saquen de peligros y trabajos de alma y cuerpo a los que la invocan y son devotos suyos.

 

274. Dice que tenían escritos unos nombres, que son de los doce tribus de los hijos de Israel, etc., porque los ángeles santos reciben los nombres del ministerio y oficio para que son enviados al mundo. Y como estos doce príncipes asistían singularmente a la Reina del cielo, para que por su disposición ayudasen a la salvación de los hombres, y todos los escogidos son entendidos debajo de los doce tribus de Israel, que hacen el pueblo santo de Dios, por esta razón dice el evangelista que los ángeles tenían los doce nombres de los doce tribus, como destinado cada uno para su tribu, y que tenían protección y cuidado de todos los que por estas puertas de la intercesión de María santísima habían de entrar a la celestial Jerusalén de todas las naciones y generaciones.

 

275. Admirándome yo de esta grandeza de María purísima y que ella fuese la medianera y la puerta para todos los predestinados, se me dio a entender que este beneficio correspondía al oficio de Madre de Cristo y al que como Madre había hecho con su Hijo santísimo y con los hombres. Porque le dio cuerpo humano de su purísima sangre y sustancia, en que padeciese y redimiese a los hombres, y así en algún modo murió ella y padeció en Cristo por esta unidad de carne y sangre; y a más de esto, le acompañó en su pasión y muerte y la padeció de voluntad en la forma que pudo, con divina humildad y fortaleza. Y así como ella cooperó a la pasión y dio a su Hijo en qué padeciese por el linaje humano, así también el mismo Señor la hizo participante de la dignidad de redentora y le dio los méritos y fruto de la redención, para que ella los distribuyese, y que por sola su mano se comunicasen a los redimidos. ¡Oh admirable tesorera y depositaria de Dios, qué seguras están en tus divinas y liberales manos las riquezas de la diestra del Omnipotente! Pues tenía esta ciudad tres puertas al Oriente, tres puertas al Aquilón, tres puertas al Mediodía y tres puertas al Occidente. Tres puertas que correspondan a cada parte del mundo. Y en el número de tres nos franquea por ellas a todos los mortales cuanto el cielo y la tierra poseen y a quien dio ser a todo lo criado, que son las tres divinas personas, Padre, Hijo y Espíritu Santo. Cada una de las tres quieren y disponen que María santísima tenga puerta para solicitar los tesoros divinos a los mortales, que aunque es un Dios en tres personas, cada una de por sí le da entrada y puerta franca para que entre esta purísima Reina al tribunal del ser inmutable de la santísima Trinidad, para que interceda, pida y saque tesoros y se los dé a sus devotos que la buscaren y obligaren de todo el mundo. Para que nadie de los mortales tenga excusa en ningún lugar del mundo, ni en ninguna generación ni nación de él, pues a todas partes hay no una puerta, sino tres puertas. Y el entrar en una ciudad por una puerta franca y patente es tan fácil, que si alguno dejare de entrar, no será por falta de puertas, sino porque él mismo se detiene y no se quiere poner en salvo. ¿Qué dirán aquí los infieles, herejes y paganos? ¿Qué los malos cristianos y obstinados pecadores? Si los tesoros del cielo están en manos de nuestra Madre y Señora, si ella nos llama y nos solicita por medio de sus ángeles y si es puerta y muchas puertas del cielo, ¿cómo son tantos los que se quedan fuera y tan pocos los que por ellas entran?

 

276. Y el muro de esta ciudad tenía doce fundamentos, y en ellos los nombres de los doce apóstoles del Cordero. Los fundamentos inmutables y fuertes, sobre que edificó Dios esta ciudad santa de María su Madre, fueron las virtudes todas con especial gobierno del Espíritu Santo que les correspondía. Pero dice fueron doce, con los doce nombres de los apóstoles; así porque se fundó sobre la mayor santidad de los apóstoles, que son los mayores de los santos, según lo de David, que los fundamentos de la ciudad de Dios fueron puestos sobre los montes santos;[114] como porque la santidad de María y su sabiduría fue como fundamento de los apóstoles y su firmeza después de la muerte de Cristo y subida a los cielos. Y aunque siempre fue su maestra y ejemplar, pero entonces sola ella fue la mayor firmeza de la Iglesia primitiva. Y porque fue destinada para este ministerio desde su inmaculada concepción con las virtudes y gracias correspondientes, por eso dice que sus fundamentos eran doce.

 

277. Y el que hablaba conmigo tenía una medida de caña de oro, etcétera, y midió la ciudad con esta caña por doce mil estadios, etc. En estas medidas encerró el evangelista grandes misterios de la dignidad, gracias, dones y méritos de la Madre de Dios. Y aunque la midieron con gran medida en la dignidad y beneficios que puso el Altísimo en ella, pero ajustóse la medida en el retorno posible y fueron iguales. La longitud fue tanta cuanta su latitud: por todas partes estuvo proporcionada e igual, sin que en ella se hallase mengua, desigualdad ni improporción. Y no me detengo ahora en esto, remitiéndome a lo que diré en todo el discurso de su vida. Sólo advierto ahora que esta medida con que se midieron la dignidad, méritos y gracia de María santísima, fue la humanidad de su Hijo unida al Verbo divino.

 

278. Y llámala el evangelista caña por la fragilidad de nuestra naturaleza de carne flaca; y llámala de oro por la divinidad de la persona del Verbo. Con esta dignidad de Cristo, Dios y hombre verdadero, y con los dones de la naturaleza unida a la divina persona y con los merecimientos que obró, fue medida su Madre santísima por el mismo Señor. El fue quien la midió consigo mismo y ella, siendo medida por él, pareció estar igual y proporcionada en la alteza de su dignidad de Madre. En la longitud de sus dones y beneficios y en la latitud de sus merecímientos, en todo fue igual sin mengua ni improporción. Y aunque no pudo igualarse absolutamente con su Hijo santísimo con igualdad que entiendo llaman los doctores matemática, porque Cristo, Señor nuestro, era hombre y Dios verdadero y ella era pura criatura y por esto la medida excedía infinito a lo que era medido con ella, pero tuvo María purísima cierta igualdad de proporción con su Hijo santísimo. Porque así como a él nada le faltó de lo que le correspondía y debía tener como Hijo verdadero de Dios, así a ella nada le faltó ni tuvo mengua en lo que se le debía y ella debía como Madre verdadera del mismo Dios; de manera que ella como Madre y Cristo como Hijo tuvieron igual proporción de dignidad, de gracia y dones y de todos los merecimientos, y ninguna gracia criada hubo en Cristo que no estuviese con proporción en su Madre purísima.

 

279. Y dice, que midió la ciudad con la caña por doce mil estadios. Esta medida de estadios y el número de doce mil con que fue medida María purísima en su concepción, encierran altísimos misterios. Estadios llamó el evangelista a la medida perfecta con que se mide la alteza de santidad de los predestinados, según los dones de gracia y gloria que Dios en su mente y eterno decreto dispuso y ordenó comunicarles por medio de su Hijo humanado, tasándolos y determinándolos por su infinita equidad y misericordia. Y con estos estadios se miden todos los escogidos y la alteza de sus virtudes y merecimientos por el mismo Señor. Infelicísimo aquel que no llegare a esta medida ni se ajustare con ella, cuando el Señor le midiere. El número de doce mil comprende todo el resto de los predestinados y electos, reducidos a las doce cabezas de estos millares, que son los doce apóstoles, príncipes de la Iglesia católica, así como en el capítulo 7 del Apocalipsis[115] están reducidos a los doce tribus de Israel; porque todos los electos se habían de reducir a la doctrina que los apóstoles del Cordero enseñaron, como arriba también dije sobre este capítulo.[116]      

 

280. De todo esto se conoce la grandeza de esta ciudad de Dios, María santísima; porque si a los estadios materiales les damos 125 pasos por lo menos a cada uno, inmensa parecía una ciudad que tuviese doce mil estadios.[117] Pues con la medida y estadios con que Dios mide a los predestinados, fue medida María, Señora nuestra, y de la altura, longitud y latitud de todos juntos nada sobró; que a todos juntos igualó la que era Madre del mismo Dios y Reina y Señora de todos y en sola ella pudo caber más que en el resto de todo lo criado.

 

281. Y midió su muro ciento y cuarenta y cuatro codos con medida de hombre, que es de ángel. Esta medida del muro de la ciudad de Dios no fue de la longitud, sino de la altura de los muros que tenía; porque si los estadios del cuadro de la ciudad eran doce mil en latitud y longitud igual por todas partes, era forzoso que el muro fuese algo mayor, y más por la superficie de afuera, para encerrar dentro de sí toda la ciudad; y la medida de ciento y cuarenta y cuatro codos, de cualquiera que fuesen, era corta para muros de tan extendida ciudad, pero muy proporcionada para la altura de estos muros y segura defensa de quien vivía en ella. Esta altura dice la seguridad que tuvieron en María santísima todos los dones y gracias, así de santidad como de la dignidad, que puso en ella el Altísimo. Y para darlo a entender dice que la altura contenía 144 codos, que es número desigual y comprende tres muros, grande, mediano y pequeño, correspondiendo a las obras que hizo la Reina del cielo en lo mayor, mediano y más pequeño. No porque en ella había cosa pequeña, sino porque las materias en que obraba eran diferentes y las obras también. Unas eran milagrosas y sobrenaturales, y otras morales de las virtudes, y de éstas unas eran interiores y otras exteriores; y a todas dio tanta plenitud de perfección, que ni por las grandes dejó las pequeñas de obligación, ni por éstas faltó a las superiores; pero todas las hizo en grado tan supremo de santidad y beneplácito del Señor, que fue a medida de su Hijo santísimo así en los dones naturales como sobrenaturales. Y ésta fue la medida del hombre Dios, que fue el ángel del gran consejo, superior a todos los hombres y los ángeles, a quienes con proporción excedió la Madre con el Hijo. Prosigue el evangelista y dice:

 

282. Y la fábrica de su muro era de piedra de jaspe. Los muros de la ciudad son los que primero se topan y se ofrecen a la vista de quien los mira; y la variedad de los visos y colores con sus sombras que contiene el jaspe, de cuya materia eran los muros de esta ciudad de Dios, María santísima, dicen la humildad inefable con que estaban disimuladas y acompañadas todas las gracias y excelencias de esta gran Reina. Porque siendo digna Madre de su Criador, exenta de toda mácula de pecado e imperfección, se ofreció a la vista de los hombres como tributaria y con sombras de la común ley de los demás hijos de Adán, sujetándose a las leyes y penalidades de la vida común, como en sus lugares diré. Pero este muro de jaspe, que descubría estas sombras como en las demás mujeres, era en la apariencia y servía a la ciudad de inexpugnable defensa. Y la ciudad por dentro dice que era purísimo oro, semejante a un vidrio purísimo y limpísimo; porque ni en la formación de María santísima, ni después en su vida inocentísima nunca admitió mácula que oscureciese su cristalina pureza. Y como la mancha o lunar, aunque sea como un átomo, si cayese en el vidrio cuando se forma, nunca saldría de suerte que no se conociese la tacha y el haberla tenido y siempre sería defecto en su transparente claridad y pureza, así también si María purísima hubiera contraído en su concepción la mácula y lunar de la culpa original, siempre se le conociera.y la afeara siempre, y no pudiera ser vidrio purísimo y limpísimo. Ni tampoco fuera oro puro, pues tuviera su santidad y dones aquella liga del pecado original, que la bajara de quilates, pero fue oro y vidrio esta ciudad, porque fue purísima y semejante a la divinidad.

 

 

CAPITULO 19

Contiene la última parte del capítulo 21 del Apocalipsis en la Concepción de María Santísima.

 

283. El texto de la última y tercera parte del Apocalipsis, capítulo 21, que voy explicando, es como se sigue: Y los fundamentos del muro de la ciudad estaban adornados con todas las preciosas piedras. El primer fundamento era jaspe; el segundo, zafiro; el tercero, calcedonio; el cuarto, esmeralda; el quinto, sardonio; el sexto, sandio; el séptimo, crisólito; el octavo, berilo; el nono, topacio; el décimo, crisoprasio; el undécimo, jacinto; el duodécimo, ametisto. Y las doce puertas son doce margaritas por cada una; y cada puerta de cada margarita, y la plaza de la ciudad, oro limpio como vidrio lucidísimo. Y no vi templo en ella, porque e1 Señor Dios omnipotente es su templo, y el Cordero. Y la ciudad no ha menester sol ni luná que le den luz, porque la claridad de Dios la iluminó, y su lucerna es el Cordero. Y las gentes caminarán con su luz, y los reyes de la tierra llevarán a ella su honor y su gloria. Y sus puertas no estarán cerradas por el día; que allí no se hallará noche. No entrará en ella cosa alguna manchada, o que comete abominación y mentira, mas de aquellos que están escritos en el libro de la vida del Cordero. Hasta aquí llega la letra y texto del capítulo 21 que voy declarando.

 

284. Habiendo elegido el altísimo Dios esta ciudad santa de María para su habitación, la más proporcionada y agradable que fuera de sí mismo en pura criatura podía tener, no era mucho que de los tesoros de su divinidad y méritos de su Hijo santísimo fabricase los fundamentos del muro de su ciudad adornados con todo género de piedras preciosas; para que con igual correspondencia, la fortaleza y seguridad –que son los muros– y su hermosura y alteza de santidad y dones –que son las piedras preciosas– y su concepción –que es el fundamento del muro– fuesen proporcionadas en sí mismas y con el fin altísimo para que la fundaba, que era vivir en ella por amor y por la humanidad que recibió en su virginal vientre. Todo esto dijo el evangelista como lo conoció en María santísima, porque a su dignidad y santidad, y a la seguridad que pedía el haber de vivir Dios en ella como en fortaleza invencible, le convenía que los fundamentos de sus muros, que eran los primeros principios de su concepción inmaculada, se fabricasen de todo género de virtudes y en grado eminentísimo y tan precioso, que no se hallasen otras piedras más ricas para fundamento de este muro.

 

285. El primer fundamento o piedra, dice que era de jaspe, cuya variedad y fortaleza dice la constancia o fortaleza que le fue infundida a esta gran Señora en el punto de su concepción santísima, para que con aquel hábito quedara dispuesta por el discurso de su vida para obrar todas las virtudes con invencible magnificencia y constancia. Y porque estas virtudes y hábitos que se le concedieron e infundieron a María santísima en el instante de su concepción, significadas por estas piedras preciosas, tuvieron singulares privilegios que le concedió el Altísimo en cada una de estas doce piedras, los manifestaré como me fuere posible, para que se entienda el misterio que encierran los doce fundamentos de la ciudad de Dios. En este hábito de fortaleza general se le concedió especial superioridad y como imperio sobre la antigua serpiente, para que la pudiese rendir, vencer y sujetar, y para que a todos los demonios les pusiese un género de terror, que huyesen de ella y de muy lejos la temiesen, como temblando de acercarse a su divina presencia; y por esto no llegaban a María santísima sin ser afligidos con gran pena. Anduvo tan liberal la divina providencia con Su Alteza, que no sólo no la entró en las leyes comunes de los hijos del primer padre, librándola de la culpa original y de la sujeción al demonio que contraen los que en ella son comprendidos, sino que apartándola de todos estos daños, juntamente la concedió el imperio que perdieron todos los hombres contra los demonios, por no haberse conservado en el estado de la inocencia. Y a más de esto, por ser Madre del Hijo del eterno Padre, que bajó a sus entrañas a destruir el imperio –de maldad de estos enemigos, se le concedió a la eminentísima Señora potestad real, participada del ser de Dios, con que sujetaba a los demonios y los enviaba repetidas veces a las cavernas infernales, como adelante diré.[118]

 

286. El segundo es zafiro. Esta piedra imita al color del cielo sereno y claro y señala unos como punticos o átomos de oro refulgente, que significa la serenidad y tranquilidad que concedió el Altísimo a los dones y gracias de María santísima, para que siempre gozase, como cielo inmutable, de una paz serena y sin nubes de turbación, descubriéndose en este sereno unos visos de divinidad desde el instante de su concepción inmaculada, así por la participación y similitud que tenían sus virtudes de los atributos divinos, en especial con el de la inmutabilidad, como porque muchas veces, siendo viadora, se le corrió la cortina y vio claramente a Dios, como adelante diré;[119] concediéndola Su Majestad en este don singular privilegio y virtud para comunicar sosiego y serenidad de entendimiento a quien la pidiere por medio de su intercesión. Así la pidieran todos los católicos, a quienes las tormentas inquietas de los vicios tienen mareados y turbados, como la consiguieran.

 

287. El tercero es calcedonio. Toma el nombre esta piedra de la provincia donde se halla, que se llama Calcedonia. Es del color del carbunco, y de noche imita su resplandor al de una linterna. El misterio de esta piedra es manifestar el nombre de María santísima y su virtud. Tomóle de esta provincia del mundo donde se halló, llamándose hija de Adán como los demás, y María, que mudado el acento en latín significa los mares; porque fue el océano de las gracias y dones de la divinidad. Y vino al mundo por medio de su concepción purísima, para anegarle e inundarle con ellas, absorbiendo la malicia del pecado y sus efectos, y desterrando las tinieblas del abismo con la luz de su espíritu iluminado con la lumbre de la sabiduría divina. Concedióla el Altísimo, en correspondencia de este fundamento, especial virtud para que por medio de su nombre santísimo de María ahuyentase las espesas nubes de la infidelidad y destruyese los errores de las herejías, paganismo, idolatría, y todas las dudas de la fe católica. Y si los infieles se convirtiesen a esta luz, invocándola, cierto es que muy presto sacudirían de sus entendimientos las tinieblas de sus errores y todos se anegarían en este mar por la virtud de lo alto, y para esto le fue concedida.

 

288. El cuarto fundamento es esmeralda, cuyo coor verde y alegre, recrea la vista sin fatigarla, y declara misteriosísimamente la gracia que recibió María santísima en su concepción, para que siendo amabilísima y graciosa en los ojos de Dios y de las criaturas, sin ofender jamás su dulcísimo nombre y memoria, conservase en sí misma el verdor y fuerza de la santidad, virtudes y dones que recibiese y se le concediesen. Y diole actualmente en esta correspondencia el Altísimo, que pudiese distribuir este beneficio, comunicándole a sus fieles devotos que para conseguir la perseverancia y firmeza en la amistad de Dios y en las virtudes la llamaren.

 

289. El quinto es sardonio. Esta piedra es transparente y su color más imita al encarnado claro, aunque comprende parte de tres colores: abajo negro, en medio blanco y en lo alto nácar, y todo hace una variedad graciosa. El misterio de esta piedra y sus colores fue significar juntamente a la Madre y al Hijo santísimo que había de engendrad. Lo negro dice en María la parte inferior y terrena del cuerpo negrecido por la mortificación y trabajos que padeció, y lo mismo de su Hijo santísimo afeado por nuestras culpas.[120]  Lo blanco dice la pureza del alma de la Madre Virgen, y la, misma de Cristo, nuestro bien. Y lo encarnado declara en la humanidad la divinidad unida hipostáticamente, y en la Madre manifiesta el amor que de su Hijo santísimo participó, con todos los resplandores de la divinidad que se le comunicaron. Fuele concedido por este fundamento a la gran Reina del cielo, que por su intercesión y ruegos fuese eficaz con sus devotos el valor, suficiente para todos, de la encarnación y redención; y que asimismo para conseguir este beneficio, les alcanzase devoción particular con los misterios y vida de Cristo Señor nuestro.

 

290. El sexto, sardio. Esta piedra también es transparente y, por lo que imita a a llama clara del fuego, fue símbolo del don que se le concedió a la Reina del cielo de arder su corazón en el divino amor incesantemente, como la llama del fuego, porque nunca hizo intervalo, ni se aplacó la llama de este incendio en su pecho; antes desde el instante de su concepción, donde y cuando se encendió este fuego, siempre creció más, y en el estado supremo que pudo caber en pura criatura, arde y arderá por todas las eternidades. Fuele concedido aquí a María santísima privilegio especial para dispensar con esta correspondencia el influjo del Espíritu Santo, y su amor y dones, a quien le pidiere por ella.

 

291. El séptimo, crisólito. Esta piedra imita en su color al oro refulgente con alguna similitud de lumbre o fuego, y ésta se descubre más en la noche que en el día. Declara en María santísima el ardiente amor que tuvo a la Iglesia militante y a sus misterios y ley de gracia en especial. Y lució más este amor en la noche que cubrió la Iglesia con la muerte de su Hijo santísimo y en el magisterio que tuvo esta gran Reina en los principios de la ley evangélica y en el afecto con que pidió su establecimiento y de sus sacramentos; cooperando a todo –como en sus lugares diré[121] – con el ardentísimo amor que tuvo a la salud humana; y ella sola fue la que supo y pudo dignamente hacer el aprecio debido de la ley santísima de su Hijo. Con este amor fue prevenida y dotada, desde su inmaculada concepción, para coadjutora de Cristo nuestro Señor; y se le concedió especial privilegio para alcanzar gracia a quien la llamare, con que se dispongan para recibir los sacramentos de la santa Iglesia con fruto espiritual y no poner óbice en sus efectos.

 

292. El octavo, berilo. Este es de color verde y amarillo, pero más tiene de verde, con que imita y parece a la oliva, y resplandece brillantemente. Representa las singulares virtudes de fe y esperanza que fueron dadas a María santísima en su concepción, con especial claridad para que emprendiese y obrase cosas arduas y superiores, como en efecto las hizo por la gloria de su Hacedor. Fuele concedido con este don que diese a sus devotos esfuerzo de fortaleza y paciencia en las tribulaciones y dificultades de los trabajos, y que dispensase de aquellas virtudes y dones en virtud de la divina fidelidad y asistencia del Señor.

 

293. El noveno, topacio. Esta piedra es transparente, de color morado, y de valor y estima. Fue símbolo de la honestísima virginidad de María Señora nuestra junto con ser Madre del Verbo humanado, y todo fue para Su Alteza de grande y singular estimación, con humilde agradecimiento que le duró toda la vida. En el instante de su concepción pidió al Altísimo la virtud de la castidad, y se la ofreció para lo restante de ser viadora; y conoció entonces que le era concedida esta petición sobre sus votos y deseos; y no sólo para sí, sino que la concedió el Señor que fuese maestra y guía de las vírgenes y castas, y que por su intercesión alcanzasen estas virtudes sus devotos y la perseverancia en ellas.

 

294. El décimo es crisoprasio, cuyo color es verde; muestra algo de oro. Significa la muy firmísima esperanza que se le concedió a María santísima en su concepción, retocada con el amor de Dios que la realzaba. Y esta virtud fue inmóvil en nuestra Reina, como convenía para que a las demás comunicase este mismo efecto; porque su estabilidad se fundaba en la firmeza inmutable de su ánimo generoso y alto en todos los trabajos y ejercicios de su vida santísima, en especial en la muerte y pasión de su benditísimo Hijo. Concediósele con este beneficio que fuese eficaz medianera con el Altísimo para alcanzar esta virtud de la firmeza en la esperanza para sus devotos.

 

295. Undécimo, jacinto, que muestra el color violado perfecto. Y en este fundamento se encierra el amor que tuvo María santísima, infuso en su concepción, de la redención del linaje humano, participado de antemano del que su Hijo y nuestro Redentor había de tener para morir por los hombres. Y como de aquí se había de originar todo el remedio del pecado y justificación de las almas, se le concedió a esta gran Reina especial privilegio con este amor, que le duró desde aquel primer instante, para que por su intercesión ningún género de pecadores, por grandes y abominables que fuesen, si la llamasen de veras, fuesen excluidos del fruto de la redención y justificación, y que por esta poderosa Señora y Abogada alcanzasen la vida eterna.

 

296. E1 duodécimo, ametisto, de color refulgente con visos violados. El misterio de esta piedra o fundamento corresponde en parte al primero; porque significa un género de virtud que se le concedió en su concepción a María santísima contra las potestades del infierno, para que sintiesen los demonios que salía de ella una fuerza, aunque no les mandase ni obrase contra ellos, que les afligía y atormentaba si querían acercarse a su persona. Y fuele concedido este privilegio como consiguiente al incomparable celo que esta Señora tenía que exaltar y defender la gloria de Dios y su honra. Y en virtud de este singular beneficio tiene María santísima particular potestad para expeler los demonios de los cuerpos humanos con la invocación de su dulcísimo nombre, tan poderoso contra estos espíritus malignos que en oyéndole quedan rendidas y quebrantadas sus fuerzas.

Estos son en suma los misterios de los doce fundamentos sobre que edificó Dios su ciudad santa de María; y aunque contienen otros muchos misterios y sacramentos de los favores que recibió, que no puedo explicarlos, pero en el discurso de esta Historia se irán manifestando, como el Señor me diere luz y fuerzas para decirlo.

 

297. Prosigue y dice el evangelista que las doce puertas son doce margaritas, por cada una puerta una margarita. El número de tantas puertas de esta ciudad manifiesta que por María santísima, y por su inefable dignidad y merecimientos, se hizo tan feliz como franca la entrada para la vida eterna. Y era como debido y correspondiente a la excelencia de esta eminente Reina, que en ella y por ella se magnificase la misericordia infinita del Altísimo, abriéndose tantos caminos para comunicarse la divinidad, y para entrar a su participación todos los mortales por medio de María purísima, si quisieren entrar por sus méritos e intercesión poderosa. Pero el precio, grandiosidad, hermosura y belleza de estas doce puertas, que eran de margaritas o perlas, declara el valor de la dignidad y gracias de esta Emperatriz de las alturas y la suavidad de su nombre dulcísimo para atraer a Dios a los mortales. Conoció María santísima este beneficio del Señor, de que la hacía medianera única del linaje humano y despensera de los tesoros de su divinidad por su Hijo unigénito. Y con este conocimiento supo la prudente y oficiosa Señora hacer tan preciosos y tan hermosos los merecimientos de sus obras y dignidad, que es asombro de los bienaventurados del cielo, y por eso fueron las puertas de esta ciudad preciosas margaritas para el Señor y los hombres.

 

298. En esta correspondencia dice que la plaza de esta ciudad era oro purísimo como vidrio lucidísimo. La plaza de esta ciudad de Dios, María santísima, es el interior, donde, como en plaza y lugar común, concurren todas las potencias y asiste el comercio y trato de la república del alma y todo lo que entra en ella por los sentidos o por otros caminos. Esta plaza en María santísima fue oro lucidísimo y purísimo, porque estaba como fabricada de sabiduría y amor divino. Nunca hubo allí tibieza, ni ignorancia o inadvertencia; todos sus pensamientos fueron altísimos, y sus afectos inflamados en inmensa caridad. Y en esta plaza se consultaron los misterios altísimos de la divinidad; allí se despachó aquel fiat mihi,[122] etc. que dio principio a la mayor obra que Dios ha hecho ni hará jamás; allí se formaron y consultaron innumerables peticiones para el tribunal de Dios en favor del linaje humano; allí están depositadas las riquezas que bastan para sacar de pobreza a todo el mundo, si todos entraren al comercio de esta plaza. Y aun será también plaza de armas contra el demonio y todos los vicios; pues en el interior de María purísima estaban las gracias y virtudes que a ella la hicieron terrible contra el infierno, y a nosotros nos darían virtud y fuerzas para vencerle.

 

299. Dice más: Que en la ciudad no hay templo, porque el Señor Dios omnipotente es su templo, y el Cordero. El templo en las ciudades sirve para el culto y oración que damos a Dios, y fuera grande falta si en la ciudad de Dios no hubiera templo, cual a su grandeza y excelencia convenía. Pero en esta ciudad de María santísima hubo tan sagrado templo, que el mismo Dios omnipotente y el Cordero, que son la divinidad y humanidad de su Hijo unigénito, fueron templo suyo, porque en ella estuvieron como en su lugar legítimo y templo, donde fueron adorados y reverenciados en espíritu y verdad,[123] más dignamente que en todos los templos del mundo. Fueron también templo de María purísima, porque ella estuvo comprendida y rodeada y como encerrada en la divinidad y humanidad, sirviéndola de su habitación y tabernáculo. Y como estando en él nunca cesó de adorar, dar culto y orar al mismo Dios y al Verbo humanado en sus entrañas, por eso estaba en Dios y en él Cordero como en templo, pues al templo no le conviene menos que la santidad continua en todos tiempos. Y para considerar esta divina Señora dignamente, siempre la debemos imaginar en la misma divinidad encerrada como en templo, y en su Hijo santísimo; y allí entenderemos qué actos y operaciones de amor, adoración y reverencia haría; qué delicias sentiría con el mismo Señor y qué peticiones haría en aquel templo tan en favor del linaje humano; que como veía en Dios la necesidad grande de reparo que tenía, se encendía en su caridad, clamaba y pedía de lo íntimo del corazón por la salud de los mortales.

 

300. También dice el evangelista: Que la ciudad no ha menester sol ni luna que la den luz, porque la claridad de Dios la iluminó, y su lucerna es el Cordero. A la presencia de otra claridad mayor y más refulgente que la del sol y de la luna, no son éstas necesarias, como sucede en el cielo empíreo, que allí hay claridad de infinitos soles y no hace falta éste que nos alumbra, aunque es tan resplandeciente y hermoso. En María santísima, nuestra Reina, no fue necesario otro sol ni luna de criaturas, para que la enseñasen o alumbrasen, porque sola sin ejemplo agradó y complació a Dios; ni tampoco su sabiduría, santidad y perfección de obrar pudo tener otro maestro y árbitro menos que al mismo sol de justicia y a su Hijo santísimo. Todas las demás criaturas fueron ignorantes para enseñarla a merecer ser Madre digna de su Criador; pero en esta misma escuela aprendió a ser humildísima y obedientísima entre los humildes y obedientes, pues no por ser enseñada del mismo Dios dejó de preguntar y obedecer hasta a los más inferiores en las cosas que convenía obedecerlos, antes, como discípula única del que enmienda a los sabios, aprendió esta divina filosofía de tal Maestro. Y salió tan sabia, que pudo decir el evangelista:

 

301. Y las gentes caminarán con su luz: porque si Cristo Señor nuestro llamó a los doctores y santos luces encendidas[124] y puestas sobre el candelero de la Iglesia para que la ilustrasen, y del resplandor y de la luz que han derramado los Patriarcas, Profetas, Apóstoles, Mártires y Doctores, han llenado a la Iglesia católica de tanta claridad que parece un cielo con muchos soles y lunas ¿qué se podrá decir de María santísima, cuya luz y resplandor excede incomparablemente a todos los maestros y doctores de la Iglesia y a los mismos ángeles del cielo? Si los mortales tuvieran claros ojos para ver estas luces de María santísima, ella sola bastaba para iluminar a todo hombre que viene al mundo[125]  y encaminarlos por las sendas rectas de la eternidad. Y porque todos los que han llegado al conocimiento de Dios han caminado con la luz de esta ciudad santa, dice san Juan: Que las gentes caminarán con su luz. Y a esto se seguirá también:

 

302. Y los reyes de la tierra llevarán a ella su honor y su gloria. Muy felices serán los reyes y los príncipes que en sus personas y monarquías trabajaren con dichoso desvelo para cumplir esta profecía. Todos debían hacerlo; pero serán bienaventurados los que lo hicieren, convirtiéndose con afecto íntimo del corazón a María santísima, empleando la vida, la honra, las riquezas y grandeza de sus fuerzas y estados en la defensa de esta ciudad de Dios y en dilatar su gloria por el mundo y engrandecer su nombre por la Iglesia santa, y contra la osadía loca de los infieles y herejes. Con dolor íntimo me admiro de los príncipes católicos que no se desvelen para obligar a esta Señora e invocarla, para que en sus peligros, que en los príncipes son mayores, tengan su refugio y protección, intercesora y abogada. Y si los peligros son grandes en los reyes y potentados, acuérdense que no es menor su obligación de ser agradecidos, pues dice de sí misma esta divina Reina y Señora que por ella reinan los reyes y mandan los príncipes, y los grandes y poderosos administran justicia, ama a los que la aman y los que la ilustraren alcanzarán la vida eterna, porque obrando en ella no pecarán.[126]

 

303. No quiero ocultar la luz que muchas veces se me ha dado, y señaladamente en este lugar, para que la manifieste. En el Señor se me ha mostrado que todas las aflicciones de la Iglesia católica, y los trabajos que padece el pueblo cristiano, siempre se han reparado por medio de la intercesión de María santísima; y que en el afligido siglo de los tiempos presentes, cuando la soberbia de los herejes tanto se levanta contra Dios y su Iglesia llorosa y afligida, sólo tienen un remedio tan lamentables miserias; y éste es convertirse los reinos y los reyes católicos a la Madre de la gracia y misericordia, María santísima, obligándola con algún singular servicio en que se acreciente y dilate su devoción y gloria por toda la redondez de la tierra, para que, inclinándose a nosotros, nos mire con misericordia. En primer lugar alcance gracia de su Hijo santísimo, con que se reformen los vicios tan desbocados como el enemigo común ha sembrado en el pueblo cristiano, y con su intercesión aplaque la ira del Señor que tan justamente nos castiga y amenaza con mayor azote y desdichas. De esta reformación y enmienda de nuestros pecados se seguirá en segundo lugar la victoria contra los infieles y extirpación de las falsas sectas que oprimen la Iglesia santa, porque María santísima es el cuchillo que las ha de extinguir y degollar en el mundo universo.

 

304. Hoy experimenta el mundo el daño de este olvido, y si los príncipes católicos no tienen prósperos sucesos en el gobierno de sus reinos, en su conservación y aumento de la fe católica, en la expugnación de sus enemigos, en las victorias o guerras contra los infieles, todo sucede porque no atinan con este norte que los encamine, ni han puesto a María por principio y fin inmediato de sus obras y pensamientos, olvidados que esta Reina anda en los caminos de la justicia para enseñarla y llevarlos por ella y enriquecer a los que la aman.[127]

 

305. ¡Oh Príncipe y Cabeza de la santa Iglesia católica y Prelados que también os llamáis príncipes de ella! ¡Oh católico Príncipe y Monarca de España,[128] a quien por obligación natural, por singular afecto y por orden del Altísimo enderezo esta humilde pero verdadera exhortación! arrojad vuestra corona y monarquía a los pies de esta Reina y Señora del cielo y de la tierra; buscad a la Restauradora de todo el linaje humano; acudid a la que con el poder divino es sobre todo el poder de los hombres y del infierno; convertid vuestros afectos a la que tiene en su mano las llaves de la voluntad y tesoros del Altísimo; llevad vuestra honra y gloria a esta ciudad santa de Dios, que no la quiere porque la ha menester para acrecentar la suya sino antes para mejorar y dilatar la vuestra; ofrecedle con vuestra piedad católica y de todo corazón algún obsequio grande y agradable, en cuya recompensa están librados infinitos bienes, la conversión de gentiles, la victoria contra herejes y paganos, la paz y tranquilidad de la Iglesia, nueva luz y auxilios para mejorar las costumbres y haceros rey grande y glorioso en esta vida y en la otra.

 

306. ¡Oh reino y monarquía de España católica, y por esto dichosísima, si a la firmeza y celo de tu fe que sobre tus méritos has recibido de la omnipotente diestra, añadieses tú el temor santo de Dios, correspondiente a la profesión de esta fe, señalada entre las naciones de todo el orbe! ¡Oh, si para conseguir este fin y corona de tus felicidades, todos tus moradores se levantasen con ardiente fervor en la devoción de María santísima! ¡Cómo resplandecería tu gloria, cómo serías iluminada, cómo, amparada y defendida de esta Reina, y tus católicos reyes enriquecidos de tesoros de lo alto, y por su mano la suave ley del Evangelio propagada por todas las naciones! Advierte que esta gran Princesa honra a los que la honran, enriquece a los que la buscan, ilustra a los que la ilustran y defiende a los que en ella esperan; y para hacer contigo estos oficios de madre singular y usar de nuevas misericordias, te aseguro que espera y desea que la obligues y solicites su maternal amor. Pero también advierte que Dios de nadie necesita[129]  y es poderoso para hacer de piedras hijos de Abrahán;[130] y si de tanto bien te haces indigna, puede reservar esta gloria para quien él fuere servido y menos lo desmereciere.

 

307. Y porque no ignores el servicio con que hoy se dará por obligada esta Reina y Señora de todos, entre muchos que te enseñará tu devoción y piedad, atiende al estado que tiene el misterio de su inmaculada Concepción en toda la Iglesia y lo que falta para asegurar con firmeza los fundamentos de esta ciudad de Dios. Y nadie juzgue esta advertencia como de mujer flaca e ignorante, o nacida de particular devoción y amor a mi estado y profesión debajo de este nombre y religión de María sin pecado original, pues para mí me basta mi creencia y luz que en esta Historia he recibido; no es para mí esta exhortación, ni yo la diera por sólo mi juicio y dictamen; obedezco en ella al Señor que da lengua a los mudos, hace prestas las de los niños infantes.[131] Y quien se admirare de esta liberal misericordia, advierta lo que de esta Señora añade el evangelista, diciendo:

 

308. Y sus puertas no estarán cerradas por el día, que allí no hay noche. Las puertas de la misericordia de María santísima nunca estuvieron ni están cerradas, ni hubo en ella noche de culpa, desde el instante primero de su ser y concepción, que cerrase las puertas de esta ciudad de Dios, como en los demás santos. Y como en un lugar donde las puertas están siempre patentes, salen y entran libremente todos los que quieren, a todos tiempos y horas, así a ninguno se le pone entredicho de los mortales para que entre con libertad al comercio de la divinidad por las puertas de la misericordia de María purísima, donde tiene estanco el tesoro del cielo, sin limitación de tiempo, lugar, edad, ni sexo. Todos han podido entrar desde su .fundación; que para eso la fundó el Altísimo con tantas puertas, y éstas no cerradas, sino abiertas y francas, y a la luz; porque desde su concepción purísima comenzaron a salir misericordias y beneficios por estas puertas para todo el linaje humano. Pero no porque tiene tantas puertas para que salgan por ellas las riquezas de la divinidad, deja de estar segura de enemigos. Y por eso añade el texto:

 

309. No entrará en ella cosa manchada, o que cometiere abominación y mentira, mas de aquellos que están escritos en el libro de la vida del Cordero. Renovando el evangelista el privilegio de las inmunidades de esta ciudad de Dios, María, dio fin a este capítulo 21, asegurándonos que en ella no entró cosa manchada, porque se le dio alma y cuerpo inmaculados. Y no se pudiera decir que no había entrado en ella cosa sin mancha, si hubiera tenido la de la culpa original, pues aun por esta puerta no entran las manchas o máculas de los pecados actuales. Todo lo que entró en esta ciudad santa fue lo que estaba escrito en la vida del Cordero, porque de su Hijo santísimo se tomó el padrón y original para formarla, y de ningún otro se pudo copiar virtud alguna de María santísima, por pequeña que fuese, si en ella pudiera haber alguna pequeña. Y si a esta puerta de María corresponde el ser ciudad de refugio para los mortales, es con condición que tampoco ha de tener parte ni entrada en ella el que cometiere abominación y mentira. Mas no por esto se despidan los manchados y pecadores hijos de Adán de llegar a las puertas de esta ciudad santa de Dios, que si llegan reconocidos y humillados a buscar la limpieza de la gracia, en estas puertas de la gran Reina la hallarán y no en otras. Limpia es, pura es, abundante es, y sobre todo es Madre de la misericordia, dulce, amorosa y poderosa para enriquecer nuestra pobreza y limpiar las máculas de todas nuestras culpas.

 

Doctrina que me dio la Reina en estos capítulos

 

310. Hija mía, grande enseñanza y luz encierran los misterios de estos capítulos, aunque en ellos has dejado de decir muchas cosas. Pero de todo lo que has entendido y escrito trabaja para que te aproveches y no recibas la luz de la gracia en vano.[132] Y lo que brevemente quiero de ti que adviertas es que, por haber sido tú concebida en pecado, descendiente de tierra y con inclinaciones terrenas, no por eso desmayes en la batalla de las pasiones hasta vencerlas, y en ellas a tus enemigos, pues con las fuerzas de la gracia del Altísimo, que te ayudará, te puedes levantar sobre ti misma y hacerte descendiente del cielo, donde viene la gracia. Y para que lo consigas ha de ser tu continua habitación las alturas, estando tu mente fija en el conocimiento del ser inmutable y perfecciones de Dios, sin consentir que de allí te derribe la atención de otra cosa alguna, aunque sea de las cosas necesarias. Y con esta incesante memoria y vista interior de la grandeza de Dios estarás dispuesta en todo lo demás para obrar lo más perfecto de las virtudes, y te harás idónea para recibir el influjo del Espíritu Santo y sus dones, y llegar al estrecho vínculo de la amistad y comunicación con el Señor. Y para que no impidas en esto su voluntad santa, que muchas veces se te ha mostrado y manifestado, trabaja en mortificar la parte inferior de la criatura, donde viven las inclinaciones y pasiones siniestras. Muere a todo lo terreno, sacrifica en presencia del Altísimo todos tus apetitos sensitivos y ninguno cumplas, ni hagas tu voluntad sin obediencia, ni salgas del secreto de tu interior donde te ilustrará la lucerna del Cordero. Adórnate para entrar en el tálamo de tu Esposo y déjate componer, como lo hará la diestra del Todopoderoso, si tú concurres de tu parte y no le impides. Purifica tu alma con muchos actos de dolor de haberle ofendido y con ardentísimo amor le alaba y magnifica. Búscale y no sosiegues hasta hallar al que desea tu alma y no le dejes.[133] Y quiero que vivas en esta peregrinación al modo de los que la han acabado, mirando sin cesar al objeto que los hace gloriosos. Este ha de ser el arancel de tu vida, para que con la luz de la fe y la claridad de Dios omnipotente, que te iluminará y llenará tu espíritu, le ames, adores y reverencies, sin hacer en esto intervalo alguno. Esta es la voluntad del Altísimo en ti; advierte 1o que puedes granjear y también lo que puedes perder. No quieras por ti misma aventurarlo, pero sujeta tu voluntad y redúcete toda a la enseñanza de tu Esposo, a la mía y a la de la obediencia, con quien lo has de conferir todo.– Esta fue la doctrina que me dio la Madre del Señor, a quien yo respondí llena de confusión, y la dije:

 

311. Reina y Señora de todo lo criado, cuya soy y deseo serlo por todas las eternidades, yo alabo por todas ellas la omnipotencia del Altísimo, que tanto quiso engrandeceros. Pues tan próspera sois y tan poderosa con Su Alteza, yo, Señora mía, os suplico miréis con misericordia a esta vuestra sierva pobre y mísera; y con los dones que el Señor puso en vuestras manos para distribuirlos a los necesitados, reparad mi vileza y enriqueced mi desnuda pobreza y compeledme como Señora hasta que eficazmente quiera y obre lo más perfecto y halle gracia en los ojos de vuestro Hijo santísimo y mi Señor. Granjead para vos misma esta exaltación, de que la más inútil criatura sea levantada del polvo. En vuestras manos pongo mi suerte, queredla vos, Señora y Reina mía, con eficacia, que vuestro querer es santo y poderoso, por los méritos de vuestro Hijo santísimo y por la palabra de la beatísima Trinidad, que tiene empeñada a vuestra voluntad y peticiones, para admitirlas sin negar alguna. No puedo obligaros porque soy indigna, pero represéntoos, Señora mía, vuestra misma santidad y clemencia.

 



[1]  Sab 17,20

[2]  Rom 1,20-22

[3]  Ecl 1,15

[4]  Job 40,18

[5]  Cant. 4,9

[6]  Cf.  infra  n.185

[7]  Prov. 31,11

[8]  Mt 18,20

[9]  Sal 20,4

[10] Sal 125,5

[11]  Sal 137,8

[12]  Sal 37,10

[13]  Dt 9,27

[14]  Est 13,9

[15]  Gn 18,27

[16]  I Sam 1,11

[17]  Gn 18,27

[18]  Lc 1,42

[19]  Ib. 48

[20]  Mt 1,20

[21]  Tob 12,7

[22]  Cf. p.11 n.117

[23]  Sal 137,6

[24]  Sal 144,18

[25]  Tob 12,8

[26]  Ex 17,11

[27]  Re 18,44

[28]  Os 2,14

[29]  Heb 9,12

[30]  Cf.  infra  n.669.

[31]  Sal  20,4.

[32]   Cant  6,8.

[33]   Sal  112,7.

[34] Sal  8,11.

[35] Tit  2,14.

[36] Cf.  supra  n.34.

[37] Rom  5,12.

[38] Cant  6,8.

[39] Est  13,9.

[40] Mt  15,4.

[41] Cf.  supra  c.7  y 8.

[42] Sab  11,21.

[43] Gιn  3,15.

[44] Ap  12,1.

[45] Is  16,6.

[46] Ap  21,12.

[47] Cf.  infra  n.273.

[48] Cf.  infra  n.678  y 728.

[49] Cf.  p.III  n.742.

[50] Cant  3,7.

[51] Cant  3,8.

[52] En el autσgrafo: “ y mis cortos tιrminos”.

[53] Sal  86,1-3.

[54] Mt  14,29.

[55] Lc  11,21.

[56] Gιn  1,1-31.2,1-3.

[57] Gιn  1,26.

[58] 2 Sam  6,11.

[59] 3 Re  8,1ss.

[60] Ib.  6.

[61] Is  65,17.

[62] Gιn  1,31.

[63] Sal  45,5.

[64] Ap  21,2.

[65] Cf.  infra  n.488-504.

[66] Mac  14,35.

[67] Lc  15,9.

[68] Eclo  15,2.

[69] Sab  6,15.

[70] Cant  7,1.

[71] Cant  4,1.

[72] Cant  7,4.

[73] Cant  4,9.

[74] Cant  5,2.

[75] He  1,5  (A.).

[76] Tob  12,7  (A.).

[77] Rom  13,13.

[78] Ex  3,2.

[79] Cf. introducciσn  y  c.1  passim.

[80] 1  Sam  3,10.

[81] Cant  2,14.

[82] Jn  6,69.

[83] Rom  7,23.

[84] Cant  3,4.

[85] Eclo  24,24.

[86] Lc  1,48.

[87] Ap  21,1-8.

[88] Jer  31,22.

[89] Jn  19,27.

[90] Cant  6,8.

[91] Ib.  9.

[92] Jn  1,3.

[93] Tit  2,14.

[94] Is  53,7.

[95] Rom  9,29.

[96] Rom  11,34  (A.)

[97] Jn  7,37.

[98] Is  55,1.

[99] Is  12,3.

[100] Rom  8,17.

[101] 1  Cor  2,9.

[102] Ecl  1,15.

[103] Mt  11,30.

[104] Sant  2,26.

[105] Lc  6,38.

[106] Act  17,27.

[107] Jer  2,13.

[108] Ap  21,9-18.

[109] Ap  15,1.

[110] Cf.  supra  n.248.

[111] Sal 86,3.

[112] Cf.  supra  n.229  y 237.

[113] Cf.  supra  n.202.

[114] Sal  86,1.

[115] Ap  7,4-8.

[116] Cf.  supra  n.274.

[117] 12.000 estadios a 125 hacen pasos un ciento y medio. 1.500.000 reducidos a leguas de 4.000 pasos hacen 375 leguas. (Nota de la Autora, al magen del autσgrafo.).

[118] Cf.  infra  p.III  n.447-455.

[119] Cf.  infra  n.623.

[120] Is  53,2.

[121] Cf.  infra  p.III  passim.

[122] Lc  1,38.

[123] Jn 4,23.

[124] Mt  5,14.

[125] Jn  1,9.

[126]  Prov  8,15ss (A.).

[127]  Prov  8,21.

[128]  Felipe IV, con quien la autora mantuvo correspondencia epistolary.                      Cf.  la introducciσn a esta ediciσn.

[129]  Sal  15,2.

[130]  Lc  3,8.

[131]  Sab  10,21.

[132]  2 Cor  6,1.

[133]  Cant  3,4.

 

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