" “Me he enamorado de la Virgen María. Es la Madre de Dios y es nuestra Madre. Desde mi infancia le soy devoto. En mi orfandad confié en ella como Madre y en ella pongo toda mi esperanza... La amo mucho y anhelo verla...!”" ( San Bernardino de Siena )

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Referencia a Títulos Marianos

 

En los Santos y Padres de la Iglesia

 

Comentario a la Salve Regina: Maria Intercesora Nuestra.

 

 San Alfonso Maria de Ligorio - (Nápoles, 1696-1787)

Doctor de la Iglesia   y  Patrón de Confesores y Moralistas .

  ( Leer historia de San Alfonso Maria de Ligorio  )

 

 

Las Glorias de Maria de San Alfonso Maria de Ligorio.

  Capítulo VIII

 

MARÍA, NUESTRA INTERCESORA

 

Y después de este destierro muéstranos a Jesús, fruto bendito de tu vientre

 

I

 

María libra a sus devotos de caer en el infierno

 

1. María consigue que todos sus devotos se salven

 

El devoto de María que fielmente se encomienda a ella y le obsequia, no puede condenarse. Esta proposición, a alguno le puede parecer muy avanzada, pero a éste le rogaría que, antes de rechazarla, leyera antes lo que enseguida diré sobre este punto.

Al decir que un devoto de nuestra Señora no puede condenarse excluimos a los falsos devotos que abusan de su pretendida devoción para pecar más impunemente. Así que algunos, injustamente, desaprueban el ensalzar tanto la piedad de María con los pecadores, diciendo que así, éstas, luego abusan para pecar más. Semejantes presuntuosos, por su temeraria confianza, merecen castigo, no misericordia. Por tanto, ha de entenderse de aquellos devotos que, con deseo de enmendarse, son fieles en obsequiar a la Madre de Dios y encomendarse a ella. Y digo que éstos es moralmente imposible que se pierdan. Veo que esto también lo ha dicho el P. Crasset en su obra sobre la devoción a la Virgen María; y antes de él, Vega en su Teología Mariana, Mendoza y otros teólogos. Y para comprender que éstos no han hablado a la ligera, veamos lo que han dicho los doctores y los santos. No hay que extrañarse de que cite testimonios tan parecidos unos a otros pues he querido anotarlos todos para demostrar cuán concordes están sobre esto.

Dice san Anselmo que, como el que no es devoto de María y no está protegido por ella es imposible que se salve, así es imposible que se condene quien se encomienda a la Virgen y es mirado por ella con amor. Lo mismo afirma san Antonio con similares palabras: “Como es imposible que se salve aquél de quien María aparte los ojos de su misericordia, así es necesario que se salven y vayan a la gloria aquellos hacia los que vuelve sus ojos rogando por ellos”.

 

Pero téngase en cuenta la primera parte de la proposición de estos santos, y tiemblen los que abandonan o menosprecian la devoción a esta divina Madre. Dicen que es imposible que se salven aquellos que no son protegidos de María. Esto lo afirman otros, como san Alberto Magno: “Todos, absolutamente todos los que no son tus siervos, se pierden necesariamente”, dice san Buenaventura: “El que la desprecie, morirá en sus pecados”. Y en otro lugar: “El que no te invoca en esta vida, no llegará al reino de Dios”. Y en el salmo 99 llega a decir que no sólo no se salvará, sino que no existe ninguna esperanza de salvación para aquellos de los que María aparta el rostro. Antes lo había dicho san Ignacio mártir afirmando que no puede salvarse un pecador, sino por medio de la Santísima Virgen, la cual, por el contrario, salva con su piadosa intercesión a muchos que, conforme a la justicia divina merecían ser condenados. Algunos dudan si esta sentencia es de san Ignacio mártir, pero, según el P. Crasset, sí lo ha dicho san Juan Crisóstomo, y también lo afirma el abad de Celles. En este sentido aplica la Iglesia a María las palabras de los Proverbios “Los que me aborrecen, aman la muerte” (Pr 8, 36). Todos los que no me quieren, desean la muerte eterna. Porque, como dice Ricardo de San Lorenzo comentando las palabras “viene a ser como nave de mercader” (Pr 31, 14), se verán anegados en el mar de este mundo, todos los que se encuentren fuera de esta nave. Hasta el hereje Ecolampadio consideraba señal cierta de reprobación, la poca devoción de algunos hacia la Madre de Dios, por lo que decía: “Nunca se oirá de mí que estoy contra María, pues considero señal de condenación no tenerle afecto a ella”.

 

 

 

2. María impide que sus devotos de pierdan

 

 

 

Por el contrario, dice María: “El que me oye, no se verá confundido” (Ecclo 24, 30): El que recurre a mí, y escucha lo que le digo, no se perderá. De ahí que le dijera san Buenaventura: “Señora, el que se preocupa de obsequiarte, está muy lejos de la condenación”. “Y esto –dice san Hilario– aunque en el pasado se le hubiera ofendido mucho a Dios”.

 

Por eso el demonio se afana en que los pecadores, después de haber perdido la gracia divina, pierdan además la devoción a María. Sara, viendo a Isaac que jugaba con Israel quien le enseñaba malas costumbres, dijo a Abrahán que lo echara de casa, y que echara también a su madre Agar: “Despacha a la esclava con su hijo” (Gn 21, 10). No se contentaba con que saliera sólo el hijo si no marcha la madre, pensando que, de otro modo, volviendo el hijo a ver a la madre, hubiera vuelto a frecuentar la vivienda. Así el demonio no se contenta con que un alma se aparte de Cristo si no se desentiende también de la Madre: “Arroja al Hijo y a su Esclava”. De otra manera, teme que la Madre vuelva a introducir al Hijo en esa alma. Y lo teme con toda razón, porque, como dice el docto P. Paciuchelli, el que es fiel en obsequiar a la Madre de Dios, pronto lo recibirá por medio de María.

 

Por lo que, con razón san Efrén llama a la devoción a María “Carta de libertad”, salvoconducto para el cielo y no ser relegado al infierno. Y llamaba a la Madre de Dios “Patrocinadora de los condenados”, siendo cierto, como lo es, lo que dice san Bernardo, que a María no le falta ni poder ni voluntad de salvar. No le falta poder porque sus plegarias no pueden dejar de ser oídas, como afirma san Antonio. Y san Bernardo dice que sus plegarias no pueden quedar baldías, sino que obtienen cuanto quieren: “Encuentra lo que quiere y no puede quedar decepcionada”. No le falta voluntad de salvarnos, porque más desea nuestra salvación de lo que nosotros la deseamos. Siendo esto verdad ¿cómo puede suceder que se pierda un devoto de María? Puede que sea pecador, pero si se encomienda a esta buena Madre con perseverancia y voluntad de enmendarse, ella se cuidará de conseguirle luz para salir de su mal estado, dolor de sus pecados, perseverancia en el bien y una santa muerte. ¿Qué madre, pudiendo con sus plegarias ante el juez, librar a su hijo de la muerte, no lo haría? Y ¿podremos pensar que María, madre la más amorosa que pueda encontrarse para con sus devotos, pudiendo librar a un hijo de la muerte eterna, deje de hacerlo?

 

 

 

3. María pone a sus devotos en camino de salvación

 

 

 

Devoto lector, demos gracias al Señor si vemos que Dios nos ha dado amor y confianza para con la Reina del cielo, porque Dios –dice san Juan Damasceno– otorga esta gracia a los que quiere salvar. Con estas hermosas palabras reaviva el santo nuestra confianza: “Madre de Dios, si yo pongo mi confianza en ti, me salvaré. Si estoy bajo tu protección, no tengo que temer nada, porque ser tu devoto es poseer las armas con que se consigue la salvación que Dios concede a los elegidos”. Erasmo saludaba a la Virgen diciendo: “Dios te salve, terror del infierno y esperanza de los cristianos; esperar en ti es tener segura la salvación”.

 

¡Cuánto enfurece al demonio ver a un alma que persevera en la devoción a la Madre de Dios! Se lee en la vida del P. Alfonso Álvarez, muy devoto de María, que estando en oración y muy angustiado por las tentaciones impuras con las que le acosaba el demonio, éste le dijo: “Deja esa devoción a María y yo dejaré de tentarte”.

 

Reveló Dios a santa Catalina de Siena, como refiere Blosio, que él, por su bondad, le había concedido a María, en atención a su divino Hijo, que ninguno, aunque fuera pecador, si se encomienda a ella devotamente, llegue a condenarse. También el profeta David pedía ser librado del infierno por el amor que tenía al honor de María: “Amé, Señor, el decoro de tu casa... no pierdas mi alma con los impíos” (Sal 25, 8-9). Dice “el decoro de su casa”, porque María fue aquella casa que Dios se fabricó en la tierra para su morada y para encontrar en ella su reposo al hacerse hombre, como está escrito en los Proverbios: “La Sabiduría se edificó para sí una casa” (Pr 1). No, cierto que no se perderá –decía san Ignacio mártir– el que se preocupa de ser devoto de esta Virgen Madre”. Y lo confirma san Buenaventura diciendo: “Señora, los que te aman gozan de gran paz en esta vida y en la otra no verán jamás la muerte”. “Jamás se ha dado ni se dará el caso –asegura el devoto Blosio– de que un humilde y devoto siervo de María, se pierda para siempre”.

 

 

 

4. María posee gran poder contra el mal

 

 

 

¡Cuántos se habrían condenado eternamente o quedado obstinados en el mal, si María no hubiera intercedido ante su hijo para que tuviera misericordia con ellos! Así lo dice Tomás de Kempis, y es el parecer de muchos teólogos, sobre todo de santo Tomás, el que a personas aparentemente muertas en pecado mortal, la Madre de Dios les obtuviera del Señor que suspendiera la sentencia y revivieran para hacer penitencia. Sobre esto refieren graves autores, no pocos ejemplos. Entre otros, Flodoardo, que vivió en el siglo noveno, narra en su Crónica de un diácono llamado Adolmano, el cual, creyéndole muerto, mientras estaban ya para enterrarlo, revivió; y dijo que había visto el lugar del infierno donde debía estar condenado, pero que, gracias a las plegarias de la Santísima Virgen, había vuelto a la vida para tener tiempo de hacer penitencia. Surio también refiere de un ciudadano romano llamado Andrés, que había muerto, al parecer, impenitente, y al que María le había obtenido poder revivir para poder ser perdonado. También cuenta Pelbarto que en su tiempo, cuando el emperador Segismundo atravesaba los Alpes con su ejército, se oyó la voz de un soldado que estaba esquelético, y que pedía confesión, diciendo que la Madre de Dios, de quien había sido devoto, le había obtenido la gracia de poder vivir en aquel estado hasta que se confesase; y una vez que se hubo confesado, expiró.

 

Estos y otros ejemplos, no han de servir para animar a ningún temerario a vivir en pecado, con la esperanza de que María lo librará del infierno en el último momento; pues, como sería gran locura tirarse a un pozo con la esperanza de que María lo preservara de la muerte, como ha salvado a otros en semejante situación, así mayor locura sería arriesgarse a llegar a la hora de la muerte en pecado con la pretensión de que la Virgen lo librase del infierno. Pero esos ejemplos, que sirvan para reavivar nuestra confianza pensando que, si la intercesión de esta Madre divina ha podido librar del infierno aun a aquellos que parecían haber muerto en pecado, cuánto más será poderosa para impedir que caigan en el infierno los que durante su vida recurren a ella con intención de enmendarse, y fielmente la sirven.

 

 

 

5. María escucha nuestras plegarias

 

 

 

Digamos, pues, con san Germán: “¿Qué sería de nosotros, pobres pecadores, pero que queremos enmendarnos y recurrimos a ti, sin tu ayuda, pues eres la vida y la respiración de los cristianos?”. Oigamos a san Anselmo que dice: “No se condenará aquel por quien María haya orado una sola vez”. Dice que no se condenará aquel por quien hayas interpuesto tus plegarias, aunque sea una sola vez; ruega pues por nosotros, y nos veremos libres del infierno. ¿Quién me dirá que, al presentarme al divino tribunal, no tendré favorable al juez, si tengo para defender mi causa a la Madre de la misericordia? Así lo expresa Ricardo de San Víctor. El B. Enrique Susón declaraba que había puesto su alma en manos de María; y decía que si el juez hubiera querido condenarlo, deseaba que la sentencia se ejecutase por manos de María, seguro de que una vez en manos de la Virgen piadosa, ella misma impediría su ejecución. Lo mismo digo y espero para mí, mi Santísima Reina. Por esto quiero siempre suplicarte con san Buenaventura: “En ti, Señora, esperé, no seré para siempre confundido”. Señora, yo he puesto en ti toda mi esperanza; por eso tengo la firme seguridad de no verme condenado, sino encontrarme a salvo en el cielo alabándote y amándote siempre.

 

 

 

EJEMPLO

 

 

 

Distinta suerte de dos jóvenes libertinos

 

 

 

En el año 1604, en una ciudad de Flandes, vivían dos jóvenes estudiantes, que en vez de dedicarse a los estudios, se lo pasaban en borracheras y deshonestidades. Una de tantas noches, habiendo estado pecando en casa de una mujer de mala vida, uno de ellos llamado Ricardo, se fue a su casa, el otro se quedó más tiempo. Llegado a casa Ricardo, mientras se desvestía para acostarse, se acordó de que no había rezado aún el Ave María a la Virgen, como acostumbraba. Se caía de sueño, por lo que le costó mucho rezar, pero haciendo un esfuerzo rezó, aunque sin devoción y medio dormido. Luego se acostó; y estando en el primer sueño, sintió llamar fuerte a la puerta, e inmediatamente después, sin que se abriera la puerta, vio ante sí a su compañero, desfigurado y horrible. “¿Quién eres?”, le dijo. “¿No me reconoces?”, le respondió la aparición. “Pero ¿cómo estás tan cambiado? ¡Si pareces un demonio?” “¡Desgraciado de mí! ¡Estoy condenado!”, gritó el infeliz. “¿Cómo?” “Al salir de aquella casa infame un demonio me ahogó. Mi cuerpo está en medio de la calle y mi alma en el infierno. Y has de saber que el mismo castigo estaba preparado para ti, pero la Virgen, por ese pequeño obsequio del Ave María, te ha librado. ¡Feliz tú, si sabes aprovechar este aviso que por mi medio te manda la Madre de Dios!” Y dicho esto desapareció. Ricardo, deshecho en llanto, se arrojó de la cama postrándose en el suelo para dar gracias a María su libertadora. Y estando meditando en cambiar de vida, oyó la campana de los franciscanos que tocaba a maitines. Se dijo: Ahí me llama Dios a hacer penitencia. Marchó inmediatamente al convento a rogar a los padres que lo recibieran. Ellos no querían hacerle caso conociendo su vida tan desordenada; pero él, hecho un mar de lágrimas, les contó cuanto acababa de suceder. Marcharon los padres a aquella calle, y, en verdad, encontraron el cadáver del joven con muestras de haber sido ahogado y negro como un carbón. Entonces lo recibieron. Ricardo, de ahí en adelante se entregó a una vida ejemplar. Fue a las Indias y a predicar el Evangelio; de allí pasó al Japón; y tuvo la gracia de morir mártir de Jesucristo, siendo quemado vivo.

 

 

 

ORACIÓN DE GRATITUD A MARÍA

 

 

 

María, mi Madre muy amada:

en qué abismo de males no me encontraría,

si no me hubieras preservado tantas veces;

si con tu piadosa mano

no me hubieras sostenido

en cuántos peligros hubiera caído.

 

 

 

Cuántos años hace que estaría en el infierno

si tú no me hubieras librado con piadosos ruegos.

Mis graves pecados allí me arrojaban;

la divina justicia, ya me había condenado;

los demonios bramaban,

queriendo ver ejecutada la sentencia.

Pero tú acudiste, Madre,

sin que yo te llamara, y me salvaste.

 

 

 

Mi amada libertadora,

¿qué te ofrendaré por tal gracia y tanto amor?

Tú, después, venciste mi dureza,

y me atrajiste a tu amor y a confiar en ti.

Prosigue, vida y esperanza,

Madre a la que amo más que a mi vida,

prosigue empeñada en librarme del infierno,

y, antes, de los pecados en que puedo caer.

 

 

 

Mi Señora, tan querida, yo te amo.

¿Cómo podrá sufrir tu bondad

ver condenado a un devoto que te ama?

Consígueme que no sea en adelante ingrato,

ni contigo, ni con Dios,

que, por tu amor, tantas gracias me ha otorgado.

María, sé que me perderé si te abandono.

Pero ¿cómo tendré el valor para dejarte?

Tú, después de Dios,

eres todo el amor que me queda.

 

 

 

No soy capaz de vivir sin amarte.

Yo te quiero de veras, yo te amo,

y espero que siempre te amaré,

en el tiempo y en la eternidad,

porque eres la criatura más bella y santa,

más benigna y amable del mundo. Amén.

 

 

 

II

 

 

 

María socorre a sus devotos en el purgatorio

 

 

 

1. María asiste a sus devotos en el purgatorio

 

 

 

Muy felices son los devotos de nuestra piadosa Madre, pues no sólo son socorridos por ella en la tierra, sino que también los asiste y consuela con su protección en el purgatorio. Y necesitando tanto más alivio cuanto más padecen, sin poder valerse por sí mismos, mucho más se empeña en socorrerlas esta Madre misericordiosa. Dice san Bernardino de Siena que, en aquella cárcel de unas almas que son esposas de Jesucristo, María tiene como un cierto dominio y plenos poderes tanto para aliviar como para liberar de aquellas penas.

 

En cuanto a aliviar, dice el mismo santo comentando las palabras del Eclesiástico: “Me paseé sobre las olas del mar” (Ecclo 24, 8): “Es decir, visitando y socorriendo en las necesidades y en los tormentos de mis devotos que son mis hijos”. Dice el mismo santo que las penas del purgatorio son llamadas olas porque son transitorias, a diferencia de las del infierno que no pasan jamás. Y se llaman olas del mar, porque son penas muy amargas. Afligidos por estas penas, los devotos de María se ven constantemente visitados y socorridos por ella. Ved cuánto importa, dice Novarino, ser devoto de esta Señora tan buena, pues ella no sabe olvidarse de ellos cuando padecen en aquellas llamas. Y si María socorre a todas las almas del purgatorio, sin embargo sus mayores indulgencias y cuidados son para las que le son más devotas.

 

Reveló la Virgen María a santa Brígida lo siguiente: “Yo soy la Madre de todas las almas que estén en el purgatorio, y todas las penas que tienen que purgar por las faltas cometidas, constantemente son aliviadas y mitigadas por mis plegarias”. Y no se desdeña esta piadosa Madre a las veces, hasta de hacerse presente en aquella santa prisión para visitar y consolar a sus hijas afligidas. “Yo me paseé por lo hondo del abismo” (Ecclo 24, 5). A lo que hace san Buenaventura este comentario: “Abismo, es decir, el purgatorio, por el que pasea María para aliviar con su presencia, ayudando a las almas santas”. Dice san Vicente Ferrer: “¡Cuán buena se manifiesta María con los que están en el purgatorio, ya que por ella obtienen continuos refrigerios!”.

 

¿Qué otra, sino María es su consoladora en medio de aquella penas, y quién su socorro, sino esta Madre de misericordia? Santa Brígida oyó que Jesús decía a su Madre: “Tú eres mi Madre, tú la Madre de misericordia, tú la consoladora de los que están en el purgatorio”. Y la misma Virgen dijo a santa Brígida que como un enfermo, afligido y abandonado en su lecho, se siente reconfortado con cualquier palabra de consuelo, así aquellas almas se sienten aliviadas con sólo oír su nombre. El solo nombre de María, nombre de esperanza y de salvación es el que constantemente invocan en aquella cárcel sus hijas queridas, siéndoles de gran consuelo. Y después, dice Novarino, la Madre amorosa, sintiéndose invocar por ellas, las une a sus plegarias ante Dios, con lo que socorre a aquellas almas, y así quedan como refrigeradas de sus grandes ardores, con celestial lluvia.

 

 

 

2. María libera a sus devotos

 

 

 

Pero María no sólo consuela y socorre a sus devotos en el purgatorio, sino que también rompe sus cadenas y los libra con su intercesión. Desde el día de su gloriosa Asunción, en el que se cree que quedó vacía la cárcel del purgatorio, como dice Gersón y confirma Novarino, diciendo basarse en graves autores, día en que María al entrar en el paraíso, pidió a su Hijo poder llevar consigo todas las almas que estaban en el purgatorio, desde entonces, dice Gersón, María tiene el privilegio de librar a todos sus devotos, de aquellas penas. Y esto lo afirma sin titubeos san Bernardino de Siena, diciendo que la Santísima Virgen tiene la facultad, con sus ruegos y con la aplicación de sus méritos, de librar las almas del purgatorio y principalmente las de sus más devotos. Lo mismo dice Novarino, opinando que por los méritos de María, no sólo se tornan más llevaderas las penas de aquellas almas, sino también más breves, abreviándose por su intercesión el tiempo de su purgatorio. Para lo cual, basta que ella lo pida.

 

Refiere san Pedro Damiano que una señora llamada Mazoria, ya difunta, se apareció a una comadre y le dijo que en el día de la Asunción ella había sido librada del purgatorio con un número de almas que superaban a la población de Roma. San Dionisio Cartujano afirma que lo mismo sucede en la festividad de Navidad y de la Resurrección de Jesucristo, diciendo que en estas fiestas, María se presenta en el purgatorio acompañada de legiones de ángeles y que libra de aquellas penas a multitud de almas. Novarino dice que esto sucede igualmente en todas las fiestas solemnes de María.

 

 

 

3. María acorta el tiempo de purificación, y hasta lo suprime a sus devotos

 

 

 

Muy conocida es la promesa que María hizo al Papa Juan XXII al que, apareciéndose le ordenó que hiciera saber a cuantos llevasen el escapulario del Carmen que, en el sábado siguiente a su muerte, serían librados del purgatorio. El mismo Papa, como refiere el P. Crasset, lo declaró en la bula que publicó y que luego fue confirmada por Alejandro V, Clemente VII, Pío V, Gregorio XII y Pablo V, el cual, en una bula de 1612 declara: “El pueblo cristiano puede piadosamente creer que la Santísima Virgen ayudará con su continua intercesión, y con sus méritos y protección especial, después de la muerte, y principalmente en el día de sábado –consagrado por la Iglesia a la misma Virgen María– a las almas de los hermanos de la Cofradía de Santa María del monte Carmelo, que hayan salido de este mundo en gracia, y hayan llevado su escapulario, observando castidad según su estado, y hayan rezado el Oficio Parvo de la Virgen, y si no han podido recitarlo, habiendo observado los ayunos de la Iglesia”. Y en el Oficio Solemne de Santa María del Carmen se lee que se ha de creer piadosamente, que la Santísima Virgen consuela con amor de Madre a los cofrades del Carmen en el purgatorio, y con su intercesión los leva pronto a la patria celestial.

 

Y ¿por qué no vamos a esperar también las mismas gracias y favores si somos devotos de esta buena Madre? Y si le servimos con muy especial amor ¿por qué no hemos de esperar también la gracia de que, al morir, entremos al instante en el paraíso sin pasar por el purgatorio? Esto es lo que la Santísima Virgen María mandó decir al B. Godofredo por medio de fray Abundio, con estas palabras: “Di a fray Godofredo que progrese en la virtud, que así será de mi Hijo y mío; y cuando su alma parta de su cuerpo, no dejaré que vaya al purgatorio, sino que la tomaré y la ofreceré a mi Hijo”.

 

Y si queremos aliviar a las benditas almas del purgatorio, procuremos rogar por ellas a la Santísima Virgen, aplicando por ellas de modo especial el Santo Rosario que les servirá de gran alivio.

 

 

 

EJEMPLO

 

 

 

Detalles de bondad de María hacia un perfecto devoto suyo

 

 

 

El B. Joaquín Picolomini, muy devoto de María, desde su infancia, visitaba hasta tres veces al día una imagen de la Virgen de los Dolores que se veneraba en una iglesia, y los sábados ayunaba para mejor honrarla. A media noche se levantaba para meditar en sus dolores. Y María Santísima le recompensó estos obsequios. En su juventud le dijo que entrara en la Orden de los Servitas, lo que, sin demora, ejecutó el Beato. Al final de su vida, se le apareció también la Virgen María trayéndole dos coronas: una de rubíes, en premio de la compasión que había tenido de sus dolores, y otra de perlas, como premio a la virginidad que le había consagrado. Poco antes de morir, se le volvió a aparecer, y el enfermo le pidió la gracia de morir el mismo día en que murió Jesucristo. La Virgen Santísima le consoló diciendo: “Pues bien, prepárate, porque mañana, viernes, morirás de repente, como deseas, y estarás conmigo en el paraíso”. En efecto, así sucedió. Mientras en la iglesia cantaban la Pasión de Cristo según san Juan, al decir las palabras “Estaba junto a la cruz de Jesús su Madre”, el paciente entró en agonía, y al decir: “E inclinando la cabeza entregó su espíritu”, el bienaventurado entregó también su alma al Señor, a la vez que el templo se iluminaba con misterioso resplandor, y un suave y desconocido aroma se esparcía en el ambiente.

 

 

 

ORACIÓN DE AMOR HACIA MARÍA

 

 

 

¡Reina del cielo y de la tierra!

¡Madre del soberano Señor del Universo!

¡Criatura la más sublime, excelsa y amable!

Es verdad que muchos ni te conocen ni te aman;

pero miríadas de ángeles y santos en el cielo

te aman y no cesan de cantar tus alabanzas;

y aun en la tierra ¡cuántos felizmente

se consumen en tu amor,

y andan de tu bondad enamorados!

 

 

 

¡Ojalá te amara yo también, mi amable Señora!

¡Quién me diera el pensar siempre en ti

servirte, alabarte y honrarte,

y trabajar para que de todos fueras honrada y amada!

Has llegado a enamorar a Dios,

y con tu belleza, por decirlo así,

lo has atraído del seno del eterno Padre,

y lo has hecho venir a la tierra

para hacerse hombre e Hijo tuyo.

 

 

 

Y yo, pobre gusanillo, ¿viviré sin amarte?

También yo te quiero amar de verdad,

y hacer cuanto pueda por verte amada por todos.

Ya ves, Señora, el deseo que tengo de amarte;

ayúdame para cumplirlo.

Sé que a tus amantes,

tu Dios los mira complacido;

Él, después de su gloria, nada desea más que la tuya,

verte honrada y amada por todos.

 

 

 

Toda mi dicha la espero de ti, Señora,

tú me has de obtener

el perdón de todos mis pecados;

tú, la perseverancia;

tú me has de asistir en la hora de la muerte;

tú me has de librar del purgatorio;

tú, en fin, me has de conducir al paraíso.

 

 

 

Todo esto han esperado de ti los que te aman,

y ninguno se ha visto defraudado.

Lo mismo espero yo,

ya que te amo con todo el corazón,

y sobre todas las cosas, después de Dios.

 

 

 

III

 

 

 

María conduce a sus siervos al paraíso

 

 

 

1. María es garantía de salvación para sus devotos

 

 

 

¡Que preciosa señal de predestinación tienen los siervos de María! La Iglesia aplica a esta divina Madre, para consuelo de sus devotos, las palabras de la Sagrada Escritura: “En la ciudad amada me ha hecho reposar y moraré en la heredad del Señor” (Ecclo 24, 11). Comenta el cardenal Hugo: “Bienaventurado aquel en quien descansa la Bienaventurada Virgen. María, por el amor que a todos profesa, busca que todos le tengan devoción. Muchos o no la reciben o no la conservan: Bienaventurado el que la recibe y la conserva. “Y moraré en la heredad del Señor”. Es decir, añade el docto Paciuchelli, en los que son heredad del Señor. La devoción a la Santísima Virgen se da en los que son la heredad del Señor, o sea, en los que estarán en el cielo alabándola eternamente. Y sigue hablando María en el mismo libro: “El que me creó, descansó en mi tabernáculo; y me dijo: habita en Jacob, y hereda en Israel, y pon tus raíces entre mis elegidos”. Mi Creador se ha dignado venir a reposar en mi seno. Él ha querido que yo habitase en el corazón de los elegidos, de quien fue figura Jacob, y que son la heredad de la Virgen y ha dispuesto que en todos los predestinados estuviera enraizada la verdadera devoción hacia mí”.

 

¡Cuántos que ahora son bienaventurados, no estarían en el cielo si la Virgen no los hubiera llevado allí! “Yo hice brillar en el cielo una luz indeficiente”. Comenta el cardenal Hugo atribuyendo estas palabras a María: “Yo hice resplandecer en el cielo tantas luminarias eternas cuantos son mis devotos”. Y añade el mismo autor: “Muchos santos están en el cielo por su intercesión, que nunca allí hubieran llegado si no es por ella”. Dice san Buenaventura que a todos los que confían en la protección de María, se les abrirán las puertas del cielo para recibirlos. Por lo que san Efrén llama a la devoción a María la entrada del paraíso. Y el devoto Blosio, hablando con la Virgen, le dice: “Señora, a ti te han entregado las llaves y los tesoros del reino bienaventurado”. Por eso debemos rezarle continuamente con las palabras de san Ambrosio: “Ábrenos, María, la puerta del paraíso, ya que tú conservas la llave, más aún, ya que tú eres la puerta como te llama la Iglesia: “Puerta del cielo”.

 

Por eso, además, la excelsa Madre es llamada por la Iglesia estrella de la mar: “¡Salve, estrella de los mares!” Porque así como los navegantes, dice santo Tomás, el Angélico, se orientan para llegar a puerto por medio de la estrella polar, así los cristianos se orientan para ir al paraíso por medio de María.

 

También, de modo semejante, la llama san Pedro Damiano “escala del cielo”, porque, dice el santo, por medio de María, Dios ha descendido a la tierra para que por medio de ella los hombres merecieran subir de la tierra hacia el cielo. Y a tal fin, Señora, le dice san Atanasio, has sido colmada de gracia, para que fueras el camino real de nuestra salvación y la salida hacia la patria celestial. San Bernardo llama a la Virgen vehículo que nos conduce al cielo. Y san Juan Geómetra la saluda así: “¡Salve, nobilísima carroza!”, en la cual sus devotos son conducidos al paraíso. De ahí que exclame san Buenaventura: “¡Bienaventurados los que te conocen, Madre de Dios! Porque conocerte es el camino de la vida inmortal, y hablar de tus virtudes es la forma de llegar a la vida eterna”.

 

 

 

2. María es camino del cielo

 

 

 

Narran las crónicas franciscanas que fray León vio una escala roja, en lo alto de la cual estaba Jesucristo, y otra blanca al término de la cual estaba la Santa Madre. Y vio que algunos intentaban subir por la escala roja, subían algunos peldaños y rodaban abajo; volvían a intentarlo y volvían a caer. Se les exhortó a que intentaran subir por la escala blanca y, en efecto lo intentaron y subieron felizmente y con facilidad, porque la Virgen les ayudaba alargándoles la mano, y así llegaron seguros al paraíso. Pregunta san Dionisio Cartujano: “¿Quién se salvará? ¿Quién llegará a reinar en el cielo? Se salvan y reinan ciertamente en el cielo, responde él mismo, aquellos por los que esta Reina misericordiosa interponga sus plegarias”. Esto lo afirma la misma Virgen María donde dice: “Por mi intercesión las almas reinan primero durante su vida en la tierra dominando sus pasiones, y después vienen a reinar eternamente en el cielo”. Allí, dice san Agustín, todos son reyes: “Tantos reyes cuantos ciudadanos”. María, en suma, dice Ricardo de San Lorenzo, es la soberana del paraíso, porque allí manda como quiere y allí introduce al que quiere. Por lo que, aplicándole las palabras sagradas: “En Jerusalén se halla mi poder” (Ecclo 24, 11), añade: “Es decir, mandando lo que quiero e introduciendo en el cielo a los que quiero”. Y siendo ella la Madre del Señor del paraíso, con razón dice Ruperto, es natural que ella sea la Señora del paraíso.

 

Esta divina Madre, con sus poderosas plegarias y ayudas, con toda facilidad nos conseguirá el paraíso, si no le ponemos obstáculo. Por lo cual, aquel que sirve a María y por el que intercede María, está tan seguro del paraíso como si ya estuviera en él. Servir a María, es ser de su corte, añade san Juan Damasceno, y es el honor más grande que podemos disfrutar; porque servir a María es ya reinar en el cielo, y vivir a sus órdenes en más que reinar. Por el contrario, los que no sirven a María no se salvarán; los que están privados de la ayuda de esta excelsa Madre, están abandonados del socorro de su Hijo y del de toda la corte celestial.

 

Sea por siempre alabada la bondad infinita de nuestro Dios, que ha dispuesto colocar en el cielo como nuestra abogada a María, para que ella, como madre del juez y madre de misericordia, con su intercesión absolutamente eficaz, trate el negocio de nuestra eterna salvación. El pensamiento es de san Bernardo: “Nuestra abogada nos precedió en la peregrinación, la cual, como madre del juez y madre de misericordia, tratará con súplicas eficaces el negocio de nuestra salvación”. Y el monje Jacob, doctor entre los Padres Griegos, dice que Dios ha puesto a María como puente de salvación para que, permitiéndonos pasar sobre las olas del mundo, podamos llegar a la ribera feliz del paraíso. Por eso exclama san Buenaventura: “¡Oíd todos vosotros los que deseáis el paraíso: Servid y honrad a María y alcanzaréis con toda certeza, la vida eterna!”

 

 

 

3. María es esperanza cierta de salvación aun para el pecador

 

 

 

Y no deben desconfiar de obtener el reino bienaventurado los que han merecido el infierno, si se dedican a servir con fidelidad a esta Reina. Cuántos pecadores, dice san Germán, han procurado encontrar a Dios por tu medio, oh María, y se han salvado. Reflexiona Ricardo de San Lorenzo, que dice san Juan que María está coronada de doce estrellas (Ap 12, 1), mientras que en el Cantar de los Cantares se dice que la Virgen se halla entre los leones y leopardos: “Ven del Líbano, novia mía, ven desde el Líbano, vente. Otea... desde las guaridas de leones, desde los montes de leopardos” (Ct 4, 8). Esto ¿cómo se entiende? Responde Ricardo que estas fieras son los pecadores que, con la ayuda e intercesión de María se transforman en estrellas del paraíso, que van mejor como una corona de esta Reina de misericordia, que todas las estrellas del firmamento. La sierva del Señor sor Serafina de Capri, mientras rezaba a la Santísima Virgen un día de la novena de la Asunción, le pidió la conversión de mil pecadores; mas temiendo que su petición fuera excesiva, se le apareció la Virgen y le quitó ese vano temor diciéndole: “¿Por qué temes? ¿Es que no soy tan poderosa como para obtener de mi Hijo la salvación de mil pecadores? Mira como ya te lo he conseguido”. Y la llevó en espíritu al paraíso, donde le mostró innumerables almas de pecadores que habían merecido el infierno, pero que por su intercesión se habían salvado y gozaban de la felicidad eterna.

 

Es verdad que mientras se vive en la tierra, nadie puede estar absolutamente seguro de su eterna salvación. A la pregunta de David a Dios: “Señor ¿quién habitará en tu santo monte?” (Sal 14, 1), responde san Buenaventura: “Sigamos, pecadores, las huellas de María, y postrémonos a sus sagradas plantas. Y abracémonos a ella hasta lograr merecer que nos bendiga”. Y es que su bendición nos asegura el paraíso. “Basta, Señora, dice san Anselmo, que quieras salvarnos y nos salvaremos”. Afirma san Antonio que las almas protegidas por María, se salvan necesariamente.

 

Con razón predijo la Santísima Virgen, dice san Ildefonso, que todas las generaciones la llamarían bienaventurada (Lc 1, 48), pues todos los elegidos obtienen la beatitud eterna por medio de María. Tú, oh Madre sublime, eres el principio, el medio y el fin de nuestra felicidad, dice san Metodio: Principio, porque María nos obtiene el perdón de los pecados; medio, porque nos obtiene la perseverancia en la gracia de Dios; y fin, porque ella finalmente, nos obtiene el paraíso. Por ti, sigue diciendo san Bernardo, se han abierto los cielos y se han vaciado los infiernos; por ti se ha restaurado el paraíso; por ti, en fin, se les ha dado la vida eterna a tantos que habían merecido la muerte eterna.

 

 

 

4. María mantiene sus promesas en favor de sus devotos

 

 

 

Debe animarnos a esperar con toda seguridad el paraíso, la hermosa promesa que hace la misma Virgen María a los que la honran y de modo especial a los que con la palabra y el ejemplo procuran darla a conocer y hacerla honrar de los demás. “Quien me obedece a mí, no queda avergonzado” (Ecclo 24, 22). ¡Felices, dice san Buenaventura, los que conquistan el favor de María! Estos serán ya desde ahora, reconocidos como sus compañeros; y el que lleva el emblema de siervo de María, está ya registrado en el libro de la vida.

 

¿De qué sirve el inquietarse con las sentencias de las Escuelas sobre si la predestinación a la gloria es anterior o posterior a la previsión de los méritos? ¿Sobre si estamos o no inscritos en el libro de la vida? Si somos verdaderos siervos de María y contamos con su protección, de verdad que somos de los inscritos; porque, como dice san Juan Damasceno, Dios no concede la devoción a su Santísima Madre, sino a los que quiere salvar. Esto es lo que Dios mismo reveló por medio de san Juan: “Al vencedor le pondrá de columna en el santuario de mi Dios, y ya no saldrá jamás fuera; y grabaré en él el nombre de mi Dios y el de la Ciudad de mi Dios” (Ap 3, 12). ¿Quién es esta ciudad de Dios sino María, como explica san Gregorio, recordando el texto de David: “Gloriosas cosas se han dicho de ti, ciudad de Dios?” (Sal 86, 3).

 

Bien podemos decir con san Pablo: “Marcados con este sello, el Señor conoce a los que son suyos” (2Tm 2, 19). Quien lleva esta señal, la de ser devoto de María, es reconocido por Dios como suyo. Por lo que escribe Pelbarto que la devoción a la Madre de Dios es señal ciertísima de que se ha de conseguir la eterna salvación. Y el B. Alano, hablando del Ave María, dice que quien con frecuencia honra a la Virgen con el saludo del Ángel, tiene un indicio muy grande de que se ha de salvar.

 

Con más razón lo dice el rezo diario del santo Rosario: “Si saludas con perseverancia a las Santísima Virgen con el santo Rosario, tienes con ello un indicio sumamente grande de que vas a conseguir la eterna salvación”. Dice el P. Nieremberg en su libro del Amor y Afición a María, que los devotos de la Madre de Dios, no sólo son los más favorecidos y privilegiados por ella, sino que, también en el cielo serán mucho más ensalzados. Y añade que en el cielo tendrán alguna señal más particular y muy distinguida por la cual serán reconocidos como íntimos de la Virgen y de su cortejo especial, conforme al dicho de los Proverbios: “Todos los de su casa visten doble vestido” (Pr 3, 21).

 

Santa María Magdalena de Pazzi vio en medio del mar una nave en que iban todos los devotos de María, y ella, como seguro piloto la conducía en derechura al puerto. Con lo cual entendió la santa que, quienes viven bajo la protección de María, aún en medio de todos los peligros de la vida, se libran del naufragio del pecado y de la condenación, porque son guiados por ella al puerto del paraíso. Entremos en esta nave, cobijados bajo el manto de María, y estemos así seguros de alcanzar el reino bienaventurado como le canta la Iglesia: “En ti moran todos los bienaventurados, Santa Madre de Dios”. Todos los que han de participar de los gozos eternos habitan en ti, viviendo bajo tu protección.

 

 

 

EJEMPLO

 

 

 

María deleita con su canto a un monje

 

 

 

Narra Cesáreo que un monje cisterciense, muy devoto de la Madre de Dios, tenía un deseo muy grande de ver a su amada Señora, y se lo estaba pidiendo constantemente. Una noche, en el jardín, mientras contemplaba el firmamento y dirigía encendidos suspiros a su Reina por el deseo de verla, de pronto vio venir del cielo una virgen bella y nimbada de luz que le dijo: “Tomás ¿quieres oír mi canto?” “Claro que sí”, le respondió. Entonces la virgen cantó con tanta dulzura que el religioso se sentía transportado al paraíso. Terminado el canto, desapareció dejándolo con grandes deseos de saber quién se le había aparecido. Y de pronto siente que se le aparece otra virgen más bella todavía que también le hizo oír su canto. No pudiendo contenerse, le preguntó quién era, y la virgen le respondió: “La que viste primero, es Catalina, y yo soy Inés; las dos mártires de Jesucristo, y hemos sido mandadas por nuestra Señora para consolarte”. Y dicho esto, desapareció. Con todo esto, el religioso quedó con más esperanzas de ver finalmente a su Reina. No se equivocó, pues poco después vio un gran resplandor y que el corazón se le inundaba de no conocida alegría, y he aquí que, en medio de aquella luz, ve a la Madre de Dios circundada de ángeles, con una belleza incomparablemente superior a la de las santas anteriores. Ella le dijo: “Querido siervo e hijo mío, yo te agradezco la devoción que me tienes; y quiero hacerte oír mi canto”. Y la Virgen inició una tan bella melodía que el devoto religioso perdió el sentido cayendo rostro en tierra. Tocaron a maitines, se reunieron los monjes, y no viendo a Tomás, fueron a buscarlo a la celda y otros lugares, y al fin lo encontraron en el jardín, desmayado. El abad le mandó por obediencia que declarara qué le había sucedido; y el religioso, vuelto en sí a la voz de la obediencia, contó todos los favores que le había hecho la Madre de Dios.

 

 

 

ORACIÓN PIDIENDO A MARÍA EL DON DE AMARLA

 

 

 

Reina del paraíso y Madre del santo amor,

ya que eres la criatura más amable,

la más amada de Dios, y quien más le ha amado,

acepta que te ame también un pecador,

el más ingrato y desdichado del mundo.

 

 

 

Viéndome, gracias a ti, libre del infierno,

y tan favorecido por ti sin merecerlo,

me he prendado de tu bondad,

y en ti he puesto toda mi esperanza.

 

 

 

Señora mía, te amo, y quisiera amarte,

más de lo que te han amado

los santos de ti más enamorados.

Quisiera, si en mí estuviese,

hacer conocer a todos los que te ignoran,

cuán digna eres de ser amada,

para que todos te amasen y venerasen.

 

 

 

Quisiera morir por tu amor,

por defender tu virginidad,

tu dignidad de Madre de Dios,

tu Inmaculada Concepción,

si por defender estos privilegios,

fuera preciso dar la vida.

 

 

 

Amada Madre mía, recibe mis afectos,

y no permitas que un siervo que te ama,

vaya a ser enemigo del Dios que tanto quieres.

Así fui yo que ofendí a mi Señor.

Pero entonces, María, no te amaba,

y poco me importaba ser amado de ti.

 

 

 

Pero ahora, nada deseo tanto,

después de la gracia de Dios,

que amarte y ser por ti amado.

Sé, mi Señora, la más agradecida y benigna,

que no desdeñas amar a quien te ama,

a la vez que no te dejas ganar en el amor.

 

 

 

Quiero amarte en el paraíso.

Allí, a tu lado, conoceré de veras,

cuán amable eres,

y cuánto has hecho por salvarme;

por eso te amaré con más fervor,

y mi amor será eterno,

sin temor de dejar nunca de quererte.

 

 

 

María, yo confío salvarme por tu medio.

Ruega a Jesús por mí.

Yo nada más anhelo,

tú eres mi esperanza.

Por eso te cantaré siempre:

”María, esperanza mía,

tú me tienes que salvar”.

 

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