" “Señora vos sois la Prelada de mi Diócesis... Yo no seré más que un mandatario vuestro”." ( San Antonio Maria Claret )

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Referencia a Títulos Marianos

 

En los Sacerdotes, Obispos y Teólogos

 

Virgen Orante

 

 Fraternidad Monástica del Cristo Orante - (Siglo XX)

Oculto entre los cerros de Tupungato, en la Cordillera de los Andes central de Argentina, se encuentra este monasterio que invita al silencio y a la meditación.

  ( Leer historia de Fraternidad Monástica del Cristo Orante  )

 

 

"¿Que es lo que escuchas tan atenta?" Oración y figura de la Virgen Orante originales del Monasterio del Cristo Orante. Mendoza. Argentina.

¿Que es lo que miras María, con ojos tan abiertos y atentos?

Cerrados al mundo exterior

los abres grandes al hondón infinito de tus entrañas.

Y allí los posas, serenos,

sobre l fruto bendito que vas madurando.

 

Tus ojos, sin verlo aún, lo acaricia con ternura.

Lo amas sin haberlo visto, María,

con fe viva lo sabes dentro de ti, presente

y con esperanza firme, aguardas su sonrisa.

 

Tus labios, sin hablar, sin que se escuche tu voz,

repiten suavemente su nombre: Ieshuah.

Y como una brisa ligera, como un suave aliento,

en tu dulzura lo concibes por fe y amor,

antes aún de que el Ruah eterno fecunde tu virginidad.

 

¿Que es lo que escuchas tan atenta María?

¿Sobre qué Palabra inclinas tu oído, hija dilecta de Sión?

La Escritura entera se agolpa a las puertas de tu corazón

pidiendo permiso para ver al que prefiguraba,

y cada cual, te ofrece callado su profecía

cual añejos hilos con que puedas tejer en tu intacto telar

los rasgos del prometido.

 

Y los muchos fragmentos y modos constelan en tu cielo

ante el diminuto y mudo Logos, en Quien todo fue hecho.

Cruje el cosmos, pequeña María,

mientras luna tras luna, en tu amplísimo interior

Dios exclamaba, robado de amor y de locura:

¡que bien estamos aquí!¡Hagamos Tres carpas!

Y los hombres todos, sedientos y sin rumbo,

se acercan al umbral de tu callada faz para oír

el cristalino Amén que inaugura un Mundo de sentido.

 

Dímelo; te lo suplico, dime tan sólo esto, Madre:

¿qué le dices a tu Hijo?

Tal vez le hables de tu pueblo, su gente y costumbres;

tal vez le compartas la imaginación de los años por venir,

en que le enseñes a caminar, a jugar, reír, llorar: a rezar.

Tal vez sólo dejes pasar silenciosas imágenes por tu corazón

y soples o suspires sobre ellas el dulce Nombre

conque el Ángel te encomendó revestir al verbo sin carne.

 

Cierto: de todas las escenas de tu vida es posible aprender.

Pero a la hora de elegir, Madre, no lo dudo:

verte embarazada, andando pesada y callada, expectante,

mirando con adorante asombro tan para dentro...

esa, esa es mi Escuela favorita de Oración:

exquisita, sublime, eficaz.

 

Es que tu Hijo está tan en mis entrañas como en las tuyas;

tan en la retina de mi imaginación, como en la tuya;

tan en mi nocturna fe, como en tu camino a Belén.

Sí, Madre: su Rostro tan inasible como cercano

me es tan íntimo y lejano como para ti en tu embarazo.

 

Virgen encinta, Orante y Maestra:

dame gozar como tú de Aquel que me vive por dentro,

y que crece en mi interior hasta el parto de mi partida.

Dame inclinarme como tú sobre la Escritura

para que resuenen todos sus armónicos

y quede el rostro de tu Hijo en mis entrañas dibujado.

Dame tu Fiat, tu Amén y tu Maranathá:

¡dámelos, Madre mía!

para que así, en mi oscura carne

el lejano Verbo pueda volverse a quedar.

Amén.

 

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