" Reconcílianos con tu Hijo, recomiéndanos a tu Hijo, preséntanos á tu Hijo" ( San Bernardo )

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María en los escritos de los Padres de la Iglesia

 

En los Santos y Padres de la Iglesia

 

María y la Iglesia son virgenes para Cristo

 

 San Agustín - (354-430)

Obispo de Hipona (Africa). Escribió numerosas obras admirables por su doctrina y piedad. Contra Pelagio, defencdió la necesidad de la gracia para toda obra buena en el orden de la salvación. Obras principales: Confesiones, Comentarios a los Salmos, al Evangelio de San Juan, Sermones, Cartas, etc. Su fiesta se celebra el 28 de agosto.

  ( Leer historia de San Agustín  )

 

 

Sermón 195, 1.2

El Hijo de Dios, que es a la vez Hijo del hombre, nuestro Señor Jesucristo, es invisible en su nacimiento divino, visible en su nacimiento humano, admirable en uno y otro. Por eso es difícil decir a cuál de estos dos nacimientos se refiere el profeta cuando dice: "¿Quién podrá narra su generación?" ¿Lo dice de aquélla en la que por su eterno nacimiento es coeterno con el Padre, o de ésta en la cual para nacer en el tiempo, se había creado una madre? ¿Quién podrá decir cómo la luz nació de la luz, formando sin embargo una sola y misma luz? ¿Cómo Dios puede nacer de Dios sin que se constituyan varios dioses? Y ¿quién podrá narrar la otra generación, en la que nace de una virgen que lo concibe en su seno sin que la carne tenga en ello parte alguna; en la que él llena, al nacer, el pecho que deberá amamantarlo, sin quitar la virginidad a su Madre? Por lo tanto, de cada uno de estos nacimientos, como también de ambos reunidos, podemos decir: "¿Quién podrá narrar su generación?"

Este es nuestro Dios, el mediador entre Dios y los hombres, nuestro Salvador hecho hombre. Como Hijo nacido del Padre, creó a su Madre; en cuanto que es dado a luz por su Madre, glorifica a su Padre. Es el Hijo único del Padre sin que ninguna mujer lo diera a luz; es el Hijo único de su Madre sin que ningún hombre haya tenido parte en su nacimiento. Es el Hijo de Santa María, el más hermoso de los hijos de los hombres, el Esposo de la santa Iglesia, a la que tornó semejante a su Madre, porque nos la dió por Madre y la coservó virgen para sí. La Iglesia une, pues, como María, una integridad perpetua a una inviolable fecundidad. El privilegio que María obtuvo en su carne, la Iglesia lo conserva en su alma, pero con esta diferencia: que María dio a luz a un solo Hijo, mientras que la Iglesia da a luz a muchos, que son reunidos en la unidad por el Hijo único de María.

 

 

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