" “Nuestra época es la época de la Inmaculada... y del Espíritu Santo”." ( San Maximiliano Maria Kolbe )

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María en los escritos de los Padres de la Iglesia

 

En los Santos y Padres de la Iglesia

 

Una verdadera y tierna devoción a la Santísima Virgen

 

 San Luis María de Monfort - ( 1673 - 1716 )

Fundador de la Familia Monfortiana. Es el autor del fmoso Tratado de la verdadera Devoción a la Santísima Virgen.

  ( Leer historia de San Luis María de Monfort  )

 

 

De "El amor de la SAbiduría Eterna", CAPITULO XVII : "Cuarto medio: una verdadera y tierna devoción a la santísima Virgen. "

203. Aquí tienes, finalmente, el mejor medio y el secreto más maravilloso para adquirir y conservar la divina Sabiduría: una tierna y verdadera devoción a la santísima Virgen.
 
I. Te es necesaria una verdadera
devoción a María
 
Nadie, fuera de María, encontró gracia delante de Dios para sí misma y para toda la humanidad; nadie, sino ella, tuvo el poder de encarnar y dar a luz a la Sabiduría eterna, y nadie, fuera de ella, puede, aún hoy, por decirlo así, encarnarlo en los predestinados, gracias a la operación del Espíritu santo.
Los patriarcas, los profetas y los santos del Antiguo Testamento gimieron, suspiraron e imploraron la encarnación de la Sabiduría eterna, pero ninguno pudo merecerla. Sólo María, por la sublimidad de sus virtudes, fue encontrada digna de subir hasta el trono de la Divinidad y merecer ese bien infinito. Vino a ser Madre, Señora y Trono de la Sabiduría.
204. (1) María es la dignísima Madre de la Sabiduría, porque la encarnó y dio a luz como fruto de sus entrañas: Y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús.
Por ello, podemos afirmar con toda verdad, que en todo lugar donde esté en el Cielo, en la tierra, en los sagrarios o en los corazones, Jesús es fruto y obra de María, y que sólo María es el árbol de vida, y Jesús su único fruto.
Por consiguiente, quien desee este fruto maravilloso en el corazón, debe poseer el árbol que lo produce. ¡Si deseas tener a Jesús, debes tener a María!
205 (2) María es Señora de la Sabiduría. No porque sea superior o igual a la Sabiduría divina, que es verdadero Dios. Blasfemo sería pensarlo o decirlo. Sino porque Dios Hijo, la Sabiduría eterna, se ha sometido perfectamente a María, su Madre; porque él le ha otorgado un incomprensible poder maternal y natural sobre sí mismo, no solamente durante la vida terrena, sino también en el Cielo; ya que la gloria no destruye a la naturaleza sino que la perfecciona. De suerte que Jesús es en el cielo más que nunca Hijo de tal, María tiene autoridad sobre él, y él, en cierto modo, le está sometido porque así lo quiere. Esto significa que María, por su plegaria poderosa y su divina Maternidad, obtiene de Jesús todo cuanto quiere, lo comunica a quien quiere, y le produce, cada día, en quien ella quiera.
206. ¡Oh! ¡Qué dichoso es quien se ha granjeado la benevolencia de María! Puede estar seguro de poseer muy pronto la Sabiduría. Porque María, que  ama a los que la aman, le comunica sus dones a manos llenas, especialmente el que encierra a todos los demás: Jesús, fruto de su vientre.
207. Si podemos decir con toda verdad, que en cierto sentido, María es Señora de la Sabiduría encarnada, ¿qué diremos de su poder sobre las gracias y dones de Dios y de la libertad de que goza para distribuirlos a quien le plazca?
Dicen los santos Padres, que María es el océano inmenso de todas las gracias de Dios, el magnífico almacén de sus bondades, el tesoro inagotable del Señor y la tesorera y dispensadora de todos sus dones.
Habiéndole dado su propio Hijo, el Padre quiere al mismo tiempo que lo recibamos todo de ella, y no descienda a la tierra don celestial alguno, que no pase por sus manos como por un canal.
Todo lo hemos recibido de su plenitud. Y si hay en nosotros alguna gracia, alguna esperanza de salvación, es don de Dios que nos llega por María. Tan dueña es ella de los bienes de Dios, que da a quien quiere, cuanto quiere, cuando quiere y como quiere, todos los dones del Espíritu santo, todos los bienes de la naturaleza, de la gracia y de la gloria. Son, éstos pensamientos y expresiones de los santos Padres, cuyos textos latinos no transcribo para abreviar.
Pero, sean cuales fueren los dones que nos otorgue nuestra soberana y amable Princesa, ella no se da por satisfecha hasta darnos la Sabiduría, su Hijo Jesús, y vive todos los días buscando personas dignas de la Sabiduría para comunicársela.
208 (3) María es además el Trono regio de la Sabiduría eterna. En ella la sabiduría manifiesta sus grandezas, ostenta sus tesoros y encuentra sus delicias. Y no hay otro lugar en el Cielo y en la tierra, donde la Sabiduría eterna derroche tanta magnificencia y se complazca tanto como en la incomparable María.
Por ello, los santos Padres la definen como santuario de la Divinidad, descanso y complacencia de la santísima Trinidad, trono de Dios, ciudad de Dios, altar de Dios, templo de Dios, mundo y Paraíso de Dios. Epítetos y alabanzas que resultan muy apropiadas, teniendo en cuenta las grandes maravillas que el Altísimo ha realizado en María.
209. Es así, como sólo por María podrás obtener la Sabiduría.
Pero, si llegamos a recibir un don tan sublime como el de la Sabiduría, ¿dónde lo colocaremos? ¿Qué casa, qué lugar, qué trono ofreceremos a una Reina tan pura y resplandeciente, ante la cual los rayos del sol no son sino fango y tinieblas? Quizás me respondas que la Sabiduría sólo busca nuestro corazón y que basta ofrecérselo y colocarla en él.
210. ¿Ignoras quizás que nuestro corazón está manchado e impuro, es carnal y está lleno de múltiples pasiones y, por tanto, es indigno de hospedar a tan santo y noble huésped? Y aún cuando tuviéramos cien mil corazones como el nuestro, y se los ofreciéramos para que le sirvan de trono, con todo derecho podría despreciar nuestro ofrecimiento, permanecer sorda a nuestras solicitudes, acusarnos de temeridad e insolencia por pretender alojarle en lugar tan infecto e indigno de su Majestad.
211. ¿Qué hacer, pues, para que nuestro corazón sea digno de la Sabiduría?
Aquí está el gran consejo, el secreto admirable: ¡Introduzcamos por decirlo así a María en nuestra casa consagrándonos a ella como servidores y esclavos suyos, sin reserva alguna. Desprendámonos en sus manos y en honor suyo, de cuanto más amamos, sin reservarnos nada. Y esta bondadosa Señora, que jamás se deja vencer en generosidad, se dará a nosotros de manera incomprensible, pero real. Entonces, la Sabiduría eterna vendrá a morar en ella, como en su trono más glorioso.
212. (4) María es el imán sagrado que, donde quiera que esté, atrae tan fuertemente a la Sabiduría eterna, que ésta no puede resistirle. Es el imán que la atrajo a la tierra para los hombres, y la sigue atrayendo todos los días a cada una de las personas en que ella mora. Si logramos tener a María en nosotros, fácilmente y en pocos tiempo gracias a su intercesión, alcanzaremos también la divina Sabiduría.
Entre todos los medios para poseer a Jesucristo, María es el más seguro, fácil, corto y santo. Aunque hiciéramos las más espantosas penitencias, emprendiéramos los viajes más penosos y los trabajos más pesados, aún cuando derramáramos toda nuestra sangre para adquirirla, acompañados de la intercesión de la santísima Virgen y de la devoción a ella, serán poco menos que inútiles e incapaces para alcanzarla. Pero, si su amor mora en nosotros, si nos hallamos marcados con el sello de los fieles servidores que observan sus caminos, pronto y sin fatiga obtendremos la divina Sabiduría.
213 (5) Observa que María no es solamente la Madre de Jesús, Cabeza de los elegidos, sino también la Madre de todos sus miembros: de hecho, ella los engendra, los lleva en su seno y los hace nacer a la gloria, mediante la gracia de Dios que ella les comunica.
Esta doctrina pertenece a los santos Padres, entre otros a San Agustín, quien dice que los elegidos moran en el seno de María, y que Ella los da a luz cuando entran en la gloria. Además, solamente a María ha dicho Dios que habite en Jacob, tome por herencia a Israel y arraigue en los elegidos y predestinados.
214. De estas verdades debemos concluir que:
(1)  en vano nos gloriamos de ser hijos de Dios y discípulos de la Sabiduría, sin no somos hijos de María;
(2)  para entrar en el número de los elegidos, es necesario que María habite y arraigue en nosotros, por medio de una tierna y sincera devoción hacia Ella;
(3)  oficio de María es engendrar en nosotros a Jesús y a nosotros en él, hasta la perfección y madurez total, de suerte que puede decir de sí misma con mayor verdad que San Pablo: ¡Hijos míos! De nuevo sufro los dolores del alumbramiento hasta que Cristo se forme en ustedes.
 
 
II. En qué consiste la verdadera
devoción a María
 
215. Deseoso quizás de hacerte devoto de la santísima Virgen, quizás me preguntes en qué consiste la verdadera devoción a ella.
Te respondo en dos palabras: consiste
En un gran aprecio de sus grandezas.
En un reconocimiento sincero de sus beneficios,
En un celo inmenso por su gloria,
En una invocación continua de su ayuda,
En una total dependencia de su autoridad,
En una firme y tierna confianza en su bondad maternal.
216. Cuídese mucho de las falsas devociones a la santísima Virgen. De ellas se sirve el demonio para engañar y llevar a la condenación a muchas almas. No me detengo a describirlas,. Me contentaré con afirmar que la verdadera devoción a la santísima Virgen María es siempre:
interior, sin hipocresía ni superstición;
tierna, sin indiferencia ni escrúpulo;
constante, sin alteraciones ni infidelidad;
santa, sin presunción ni desorden.
217. Cuidado pues, con pertenecer:
al número de los falsos devotos, hipócritas, que hacen consistir su devoción únicamente en las palabras y en lo exterior;
al número de los devotos indiferentes e interesados que no tienen amor tierno y filial confianza a la santísima Virgen y solo recurren a Ella para adquirir o conservar bienes temporales,
a los devotos inconstantes y superficiales, que son devotos de la santísima Virgen sólo a su capricho y a intervalos, y abandonan su servicio cuando llega la tentación;
ni finalmente, de los devotos presuntuosos, que bajo el velo de algunas devociones exteriores, esconden un corazón corrompido por el pecado, y se hacen la ilusión de que, gracias a estas prácticas de devoción a la santísima Virgen, no morirán sin confesión, y se salvarán, por más pecados que comentan.
218. No descuides alistarte en las cofradías de la santísima Virgen, especialmente en la del santo Rosario, cumpliendo los compromisos que conllevan, que son muy eficaces para la salvación.
219. Pero la más perfecta y útil de todas las devociones a la santísima Virgen, es la de consagrarnos totalmente a ella, y a Jesucristo por medio de María, en calidad de esclavos, haciéndole entrega total y perpetua del propio cuerpo, alma, bienes interiores y exteriores, satisfacciones y méritos de las buenas obras, y del derecho de disponer de ellas; entrega, en fin, de todos los bienes recibidos en el pasado, de los que se poseen el presente y se poseerán en el futuro.
Dado que son muchos los libros que tratan de esta devoción, básteme afirmar que no he encontrado jamás una práctica de devoción a la santísima Virgen más sólida que ésta, porque se apoya en el ejemplo de Jesucristo, ni que dé más gloria a Dios, sea más saludable al alma, más terrible a los enemigos de la salvación, más suave y fácil.
220. Esta devoción, debidamente practicada, no sólo atrae  a Jesucristo, la Sabiduría eterna, al alma, sino que lo mantiene y conserva en ella hasta la muerte. ¿De qué nos servirá, me pregunto entonces, buscar mil secretos y gastar mil esfuerzos para alcanzar el tesoro de la Sabiduría si después de obtenerlo tenemos la desgracia de perderlo por nuestra infidelidad, como le sucedió a Salomón? El era tan sabio, como quizás nosotros no llegaremos a serlo jamás. Era por consiguiente más fuerte e iluminado, y sin embargo, fue engañado y vencido, y cayó en el pecado y la locura, dejando a sus sucesores doblemente asombrados: ante sus luces y tinieblas. Si sus ejemplos y sus escritos animaron a todos sus descendientes a desear y buscar la Sabiduría, podemos decir que su caída, o la duda bien fundada que de ella tenemos, ha retraído a una multitud de personas de buscar una realidad tan hermosa en verdad, pero tan fácil de perder.
221. Para ser, pues en cierta forma, más sabios que Salomón, coloquemos en manos de María cuanto poseemos, incluso el tesoro de los tesoros, que es Jesucristo, a fin de que Ella nos lo conserve. Somos vasos demasiado frágiles:: no pongamos en ellos tan precioso tesoro ni este celestial maná. Muchos enemigos nos rodean, y son demasiado astutos y experimentados: no confiemos en nuestra prudencia ni en nuestra fuerza. La dolorosa experiencia que tenemos ya de nuestra inconstancia y natural ligereza, nos obligan a desconfiar de nuestra prudencia y fervor.
222. (1) María es prudente: pongámoslo todo en sus manos. Ella sabrá disponer de nosotros y de cuando nos pertenece para la mayor gloria de Dios.
(1)  María es caritativa: nos ama como a hijos y servidores suyos. Ofrezcámoslo todo. No perderemos nada, ya que todo lo hará redundar en provecho nuestro.
(2)  María es generosa: devuelve más de lo que se le confía. Démosle cuanto poseemos, sin reserva alguna, y recibiremos el ciento por uno, por un huevo, un buey, según reza el refrán.
(3)  María es poderosa: nadie puede arrebatarle lo que se le ha confiado en depósito. Pongámonos en sus manos, que ella nos defenderá y nos hará triunfar sobre todos nuestros enemigos.
(4)  María es fiel: no deja perder ni extraviar lo que se le ha confiado. Es la Virgen fiel, por excelencia, a Dios y a los hombres. Conservó fielmente cuanto Dios le había confiado, sin perder ni una partícula, y sigue conservando con particular esmero, a quienes se colocan bajo su protección y cuidado.
Confiémoslo, pues, todo a su fidelidad. Agarrémonos a ella como a una columna que no se puede derribar, como a un áncora que no se puede arrancar o, mejor, como a la montaña de Sión a la que nadie puede conmover. Por muy ciegos, débiles e inconstantes que seamos por naturaleza, y por muy numerosos y malignos que sean nuestros enemigos, jamás seremos engañados, ni nos extraviaremos, ni tendremos la desdicha de perder la gracia de Dios y el infinito tesoro de la Sabiduría eterna.

CONSAGRACIÓN
de sí mismo a Jesucristo, la Sabiduría encarnada, por las manos de María.
Te adoro profundamente es el seno y esplendores del Padre durante la eternidad, y en el seno virginal de María, tu dignísima Madre, en el tiempo de la Encarnación.
Te doy gracias por haberte abandonado, tomando forma de esclavo para liberarme de la cruel esclavitud del demonio.
Te alabo y glorifico por haberte sometido libremente y en todo a María, tu santa Madre, para hacerme por ella tu esclavo fiel.
Pero ¡ah!, ingrato e infiel como soy, no he cumplido contigo los votos y promesas que tan solemnemente te hice en el Bautismo, no he cumplido mis obligaciones: No merezco llamarme hijo ni esclavo tuyo.
Y no habiendo en mí nada que no merezca tu rechazo y tu cólera, no me atrevo a acercarme por mí mismo a tu santa y augusta Majestad.
Por ello, acudo a la intercesión y misericordia de tu santísima Madre,. Tú me la has dado como Mediadora ante ti. Yo espero alcanzar de ti, por mediación suya, la contricción y el perdón de mis  pecados, y la adquisición y conservación de la Sabiduría.
224. Te saludo, pues, María inmaculada, tabernáculo viviente de la Divinidad, en donde la Sabiduría eterna, escondida, quiere ser adoraba por Angeles y hombres.
¡Te saludo, Reina del  Cielo y de la tierra; a tu imperio está sometido cuanto está debajo de Dios.
¡Te saludo, Refugio seguro de los pecadores!:todos experimenta tu gran misericordia.
Atiende mis deseos de alcanzar la Divina Sabiduría, y recibe para ello, los votos y ofrendas que en mi bajeza te vengo a presentar.
225. Yo, NN, pecador infiel, renuevo y ratifico hoy en tus manos los votos de mi Bautismo; renuncio para siempre a Satanás, a sus pompas y a sus obras, y me consagro totalmente a Jesucristo, a sus obras, a Jesucristo la Sabiduría Encarnada, para llevar mi cruz en su seguimiento todos los días de mi vida, a fin de serle más fiel de lo que he sido hasta ahora.
Te escojo hoy, en presencia de toda la corte celestial, por mi Madre y Señora. Te entrego y consagro, en calidad de esclavo, mi cuerpo y mi alma, mis bienes interiores y exteriores, y hasta el valor de mis buenas acciones pasadas, presentes y futuras.
Te dejo un entero y pleno derecho para que dispongas de mí y de cuanto me pertenece, sin excepción, según  tu voluntad, para la mayor gloria de Dios en el tiempo y la eternidad.
226. Recibe Virgen bondadosa, esta humilde ofrenda de mi esclavitud: en honor y unión de la sumisión que la Sabiduría eterna ha querido tener para con tu maternidad; como homenaje al poder que ambos tienen sobre este gusanillo y miserable pecador, y en acción de gracias por los privilegios con los que la santísima Trinidad ha querido favorecerte.
Declaro que de hoy en adelante quiero, como verdadero esclavo tuyo, buscar tu honor y obedecerte en todo.
¡Madre admirable!, preséntame a tu querido Hijo, en calidad de eterno esclavo, a fin de que, habiéndome rescatado por tu mediación, me reciba ahora de tu mano.
227. ¡Madre de misericordia!, concédeme la gracia de alcanzar la verdadera Sabiduría de Dios, colocándome, con ese fin, en el número de aquellos a quienes amas, enseñas, diriges, nutres y proteges, como a tus verdaderos hijos y esclavos.
¡Virgen fiel! Haz que yo sea en todo tan perfecto discípulo, imitador y esclavo de la Sabiduría encarnada, Jesucristo, tu Hijo, que logre plenitud de su edad en la tierra y de su gloria en el Cielo. Amén.
El que pueda con eso, que lo haga.
Quien sea sabio, que lo entienda; quien sea
inteligente, que lo comprenda.

 

 

 

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