" Alcánzame, oh dulcísima Señora, caridad verdadera con la cual ame de todo corazón a tu Hijo Sacratísimo Jesucristo" ( Santo Tomás de Aquino )

[ ]  María Madre de Dios ::  Autores   [ ]

 

San Ambrosio

(340-397)

 

Obispo de Milán. Defendió valientemente la fe cristiana contra la herejía arriana y las pretensiones del poder imperial. Escribió valiosos comentarios sobre varios libros del Antiguo y del Nuevo testamento, además de obras dogmáticas, morales, litúrgicas, etc. Su fiesta se celebra el 7 de diciembre.

De este portentoso Doctor de la Iglesia Occidental, se cuenta que un día: cuando aún no sabía hablar, estando en el jardín de la residencia de su padre en Tréveris, acudió un enjambre de abejas a revolotear por su rostro, y que varias de ellas se deslizaron, sin picarle, en el interior de su boca. Al verlo, exclamó el prefecto: "Este niño va a ser algo grande". Ya mayorcito, cuando el obispo visitaba su casa, el niño veía que todos le besaban la mano; y él presentaba también la suya a los criados y a su hermana, para que se la besaran, diciendo: "¿No sabéis que también yo voy a ser obispo?". Y cuando el prefecto romano Petronio Probo le despedía al partir para tomar posesión de su cargo de gobernador o prefecto en Milán -nombramiento para el cual le había propuesto al emperador-, le dijo: "Ve, hijo mío, y pórtate, no como juez, sino como obispo".

A los dos años de la prefectura de Ambrosio en Milán, cuando apenas había empezado a desarrollar su programa de gobierno, rodeado de la simpatía y la admiración unánimes, falleció el obispo y se planteó el problema de la elección de sucesor, la cual, según la costumbre establecida, debían hacer el clero y el pueblo.

Hubo disputas acaloradas; y un día, mientras el clero deliberaba en la parte superior de la basílica catedral, y el pueblo aguardaba abajo la decisión con una animosidad y actitud que fácilmente podían degenerar en motín, el gobernador creyó deber suyo presentarse en medio de los fieles para hablarles y tranquilizarles.

Apenas había terminado su elocuente y reposada exhortación, cuando se oyó una voz infantil, que decía: "Ambrosio, obispo". "¡Ambrosio, obispo!", empezó a gritar la muchedumbre, con verdadero entusiasmo, considerando la voz inocente como una orden del cielo.

Y el clero se unió a la aclamación general. El único que protestaba era el elegido; y podía alegar una razón magnífica. El Concilio de Nicea, en 325, había prohibido que los no bautizados fuesen escogidos para el episcopado, y Ambrosio no estaba bautizado todavía, aunque era cristiano de corazón. Era una lamentable costumbre de la época retardar largo tiempo y años enteros la recepción del Bautismo, con recusables pretextos, prolongando con exceso el catecumenado...

Pero los electores no cedieron. Consultóse al Papa, y aprobó la elección, suspendiendo la disposición de Nicea. Mas cuando los obispos designados fueron en busca de Ambrosio, con el propósito de disponerlo y consagrarlo, no lo encontraron en la ciudad; se había evadido al campo y hallado un refugio, y sólo por la traición de un amigo pudieron dar con su paradero. Le fue preciso rendirse a la voluntad divina.

Recibió el Bautismo; en breve transcurso de tiempo fue ordenado sacerdote y ungido con la consagración episcopal, y seguidamente tomaba posesión de su Sede.

El nuevo Prelado demostró muy pronto que estaba a la altura de su dignidad. Su vida, ya siempre sobria, se hizo ahora austera y penitente. Distribuyó a los pobres todo su dinero y se trazó un programa pastoral vastísimo, al cual se adaptó con prodigiosa actividad durante todo su pontificado. Uno de los rasgos más gloriosos de su actuación fue siempre la caridad para con los pobres, enfermos, moribundos, cautivos, viudas y huérfanos. Fundó hospitales y albergues, nada tuvo suyo y vivió en constante y heroica abnegación en bien de los necesitados.

En el orden espiritual, lo primero que hizo fue perfeccionar su cultura teológica y bíblica, bajo la guía personal o los escritos de maestros tan excelsos como San Basilio, San Cirilo de Alejandría, San Gregorio Nacianceno, y otros grandes varones eclesiásticos de su tiempo, vivientes o ya difuntos, aparte del famoso sacerdote Simpliciano, que le aleccionaba directamente y que había de ser su sucesor como Prelado de Milán.

Con San Basilio tuvo una especial comunicación y amistad. Desde su juventud había sido Ambrosio hombre de selectas relaciones. Ya en sus tiempos de Roma se frecuentó seguramente con San Jerónimo, con San Paulino de Nola, con Santa Paula y sus hijas, tan entregadas a todo lo que significase cultura del espíritu. Por otra parte, el que había sido un brillante orador forense, fue después un gran predicador sagrado. Sus sermones son modelos en los que se hermana la elocuencia ciceroniana con el profundo conocimiento del Evangelio y la vibración del celo más ardiente. Como escritor, su obra más voluminosa es el comentario al evangelio de San Lucas; otras obras son tratados sobre los sacramentos y sobre la virginidad.

Dejó también escritos contra los arrianos; finalmente, compuso para el rezo divino una serie de himnos solemnes, que se utilizan todavía en la liturgia actual.

La situación del Santo en Milán, entonces centro y capital del imperio de Occidente, su conocimiento de los asuntos políticos y su autoridad de jurista, hacían de él un consejero técnico para los emperadores, en materia religiosa, en la cual éstos necesariamente debían intervenir, pues desde que Constantino se había hecho protector de la Iglesia, y, con tal pretexto, una especie de obispo externo a la Jerarquía, no podían desinteresarse de los conflictos que incesantemente se provocaban entre cristianos y paganos, entre ortodoxos y arrianos.

Fallecido Valentiniano I en 375, quedaba heredero del Imperio su hijo Graciano, de veinte años de edad. Otro hijo era un niño de cuatro, que fue educado en Sirmio por su madre Justina. El gran obispo fue para ambos príncipes, más que un consejero político, un tutor, un confidente, un padre. Graciano se formó a su lado, y favoreció la caída del paganismo como religión del Estado. De hecho, había dejado de ser la religión de la mayoría.

A la muerte de Graciano, víctima de una sedición cantonal, en las Galias (383), capitaneada por un usurpador llamado Máximo, que se proponía dominar en todo el Occidente, Ambrosio, a súplicas de Justina, se encaminó a Tréveris para parlamentar con él y calmar sus iras. Así ganaba tiempo en favor del pequeño Valentiniano II cuyo trono se veía amenazado. En efecto, gracias a la habilidad del Prelado, obtuvo una especie de tregua, que podría resultar muy provechosa.

Al regresar de la embajada, suponía que la emperatriz le estaría agradecida. Pero se engañó. Tenía ella verdadera simpatía por los arrianos, y para ellos pidió al obispo una basílica de la ciudad. La actitud intrépida del Santo, su creciente popularidad, la hicieron desistir. Se había él encerrado con el pueblo católico en la basílica, y contestó a los emisarios de Justina: "Mis bienes son de la patria, pero lo que es de Dios no tengo derecho a entregarlo".

El pueblo se apiñó en torno suyo y le defendió. Y la omnipotencia imperial tuvo que doblegarse a tamaña energía. No mucho tiempo más tarde la emperatriz falleció.

Graciano, desde el año 379, se había asociado al trono, para el gobierno de Oriente, al valeroso general español Teodosio. De hecho, esta división del Imperio en dos grandes regiones no era una novedad: ya Valentiniano I, para dicho gobierno de la parte oriental, se había asociado a su hermano Valente. Cuando Graciano pereció, Valentiniano II tenía unos doce años.

El usurpador iba avanzando y la invasión era un hecho, de modo que los derechos del emperador legítimo no tuvieron efectividad alguna, hasta que Teodosio, en 388, acudió desde Oriente y derrotó a Máximo. Después de este triunfo, la vida del joven monarca fue brevísima: murió en 392. Y entonces quedó único emperador Teodosio.

En general, el Obispo y Teodosio se avinieron bien, desarrollando un programa basado en la unión estrecha entre la Iglesia y el Estado. Pero ello no significa que no quisiera conservar Ambrosio, enteramente, su independencia espiritual.

Y esto fue lo que provocó algunos conflictos entre las dos potestades; conflictos que, en definitiva, sirvieron para robustecer la unión rectamente entendida, que de ninguna manera significaba confusión de atribuciones. Uno de ellos fue el llamado de la matanza de Tesalónica. Para castigar una sedición que había estallado en esta ciudad, Teodosio hizo matar por sus soldados a 7 000 personas. Cuando regresó a Milán. queriendo entrar en la iglesia, San Ambrosio le detuvo en el umbral, diciéndole: "Ya que has imitado a David en el crimen, imítalo también en la penitencia". Y no quiso admitirle en la iglesia hasta que hubo cumplido una penitencia pública, que duró unos ocho meses.

Ha escrito un autor español: "Con razón se ha dicho que esta victoria de la Iglesia es una de aquellas que se pueden llamar victorias de la humanidad. La última palabra no la habló la fuerza, sino el derecho, el Obispo representaba no sólo al Evangelio, sino a la conciencia humana".

Teodosio murió en 395, cinco años más tarde que el Santo, dejando dividido el Imperio entre sus dos hijos: Acadio (Oriente) y Honorio (Occidente).

Ver textos de este autor,  publicados en este sitio

 

Ayúdenos a solventar nuestras webs de evangelización:

Donar 3 dólares 

Libreria

 

:: Volver a la página anterior ::

 

:: Ver todos los autores publicados ::

570852 lecturas.

 [ Index Home  ]  [ Las Coronas de María  ]  [ La Devoción a María  ]  [ María en la Biblia  ]  [ María en la Iglesia  ]

[ María y los Santos  ]  [ María entre nosotros  ]  [ Canal Youtube  ] [ Mapa del sitio  ]

[ Sobre esta web  ] [ Publica tu Testimonio ] [ Firma el Libro de visitas ] [ Contacto ]