" “Mirad la cara bellísima, magnífica, que dejó Santa María entre las manos de Juan Diego en su ayate. Ya lo veis que tiene trazos indios y trazos españoles. Porque sólo hay la raza de los hijos de Dios”." ( San Jose Maria Escriva de Balaguer )

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Beato Tomás de Kempis

(1379 - 1471)

 

Ahora bien, por un incomprensible descuido, al ordenar los escritos de Tomlas de kempis, no se reparó en la conveniencia de reunir en un volumen los referidos al tema mariano tal como se efectuó con la Imitación de Cristo respecto de los textos acerca del Hijo de Dios. Fue un grave error porque quedaron sepultadas en el olvido muchas páginas estupendas; pero también porque se les sustrajo a los fieles la posibilidad de seguir un admirable ejemplo de santidad, digmanete propuesto por un autentico maestro de espiritualidad. Este libro colma una gran laguna y se presenta como una extraordinaria novedad. (Del prólogo del Libro Imitación de María, compilado por Romolo Sbrocchi)

Nació en 1379 ó 1380 y murió en 1471. Una existencia larga, pero sin aconteceres notables ni sabidos. Una existencia normal, quieta, en la que nada brilla. Su verdadera vida fue su vida interior, escondida a los ojos de los hombres, conocida sólo de Dios.

Kempen, su pequeña ciudad natal, situada en Renania, pertenece a la diócesis de Colonia. En su escuela aprendió las primeras letras. Tomás Hemerken —tal es su verdadero nombre— era de familia modestísima. Sus padres, Juan y Gertrudis, no podían costearle estudios superiores. ¿Qué sería del pequeño Tomás, que, a no dudarlo, empezaría ya entonces a dar muestras de su clara inteligencia, de su imaginación fecunda, de su sensibilidad exquisita? Su hermano mayor, Juan, había marchado a Deventer e ingresado en los hermanos de la vida común. Tomás siguió su ejemplo. Desde 1392 le hallamos en los Países Bajos. Estudia en la escuela de Deventer bajo la tutela de Florentino Radewijns, hombre notable, que había sucedido al fundador, Gerardo Groote, en la dirección del movimiento espiritual conocido por el nombre de Devotio moderna.

 Nos hallamos, no lo olvidemos, en el "otoño de la Edad Media". Estamos en una época en que todo el mundo clama por una reforma de la Iglesia; pero todo el mundo. olvidando sus propias "deformaciones", piensa sólo en reformar al vecino. Ese varón extraordinario que se llamó Gerardo Groote comprendió que la verdadera reforma empieza reformándose cada cual a sí mismo. Espíritu lleno de celo, suscitó y acaudilló un movimiento serio, riguroso, de autorreformación. A los que se convertían movidos por su predicación y ejemplo, y deseaban permanecer bajo su dirección, les aconsejaba que se reunieran de cuando en cuando para exhortarse mutuamente a perseverar y avanzar por el buen camino. Pero los hubo que no se contentaron con esto; deseaban vivir juntos para tener más facilidades en la práctica de la vida devota. Gerardo se lo permitió, a condición de que ganaran su pan con el trabajo de sus manos y llevaran vida de comunidad "bajo la disciplina eclesiástica". Tales fueron los orígenes del instituto de los Hermanos de la Vida Común.

 Gerardo y sus discípulos se proponían también fundar un monasterio de canónigos regulares de San Agustín. Pero el maestro murió sin haber logrado dar forma definitiva a las casas de los hermanos ni puesto en práctica el acariciado proyecto del monasterio. La realización de estas dos obras estaba reservada a Florencio Radewijns. Ambas instituciones debían sostenerse mutuamente, aunque siguiendo distintos derroteros. Los hermanos vivían en pequeños grupos, sin hábito especial, sin votos, sin organización centralizada; su ideal era llevar una vida perfectamente evangélica, de pobreza, de oración, de trabajo, de caridad. Los canónigos de Windesheim, por el contrario, eran verdaderos religiosos, con hábitos, con votos, con oficio coral, con clausura, bajo una observancia determinada por la regla agustiniana y unas constituciones inspiradas en las del monasterio de San Víctor de París. En ambas instituciones se encarnó la Devotio moderna...

 La Devotio moderna, en el fervor de sus orígenes, fue el medio ambiente que acogió, en Deventer, al muchacho de Kempen. Y los ideales de la Devotio moderna conquistaron su corazón generoso. En 1398, en efecto, pasó a vivir con Florencio Radewijns y la veintena de jóvenes que éste albergaba en su casa y preparaba para el estado eclesiástico. Pero Tomás no se sintió satisfecho. No le bastaba la vida piadosa de los hermanos; anhelaba la vida religiosa con votos, y coro, y clausura. Al año siguiente entraba en el monasterio de Agnetenberg, junto a Zwolle, perteneciente a la Congregación de Windesheim, fundado hacía poco tiempo y cuyo primer prior era su hermano Juan.

 ¿Qué clase de pruebas fueron las que aguardaban al joven Tomás en el monte de Santa Inés? No nos consta con certidumbre. El monasterio era pobre. Tomás sabe lo que es padecer necesidad, verse sobrecargado de trabajos. Pero ¿qué son estos sufrimientos físicos comparados con los morales? Su gran tribulación debió de ser ésta: entrado en el monasterio en 1399, no recibió el hábito religioso hasta 1406. Las causas de tan larga demora nos escapan por completo, pero seguramente aluden a ellas la crónica de la casa cuando nos dice que Tomás padeció por entonces grandes tentaciones.

 Las dificultades, al fin, se allanan. Tomás profesa y, en 1413 ó 1414, recibe la ordenación sacerdotal. Desde entonces en Agnetenberg, salvo el breve paréntesis (1429-1431) del entredicho de la diócesis de Utrecht, que la comunidad entera pasó en Lunenkerk (Zuidercee), los años se sucederán unos a otros tranquilos y fecundos. Tomás vivirá fervorosamente la vida simple, equilibrada, ordenada, devota, de los canónigos de Windesheim: vida puramente contemplativa, ya que todo ministerio pastoral les estaba prohibido por las constituciones; vida de austeridad moderada, repartida entre el estudio, el trabajo y la oración. Oficio divino relativamente corto, algún trabajo manual, a fin de relajar la tensión del espíritu, y mucho tiempo libre para aplicarse a lecturas piadosas, la meditación, la oración privada, las devociones personales: he ahí las jornadas de nuestros religiosos. Tomás conquistará el aprecio de sus superiores y hermanos de hábito. Dos veces desempeña el cargo de superior y una se le designa para el de mayordomo. Se le confía la formación de los novicios. Su consejo, su dirección espiritual, son muy estimados. Tiene el don de consolar a las almas tentadas y atribuladas. Tomás es asimismo un copista pulcro y diligente y autor de libros espirituales. En la paz del claustro son sus ordinarias ocupaciones la transcripción de libros edificantes y la composición de sus propios tratados.

 Pero no nos hagamos ilusiones. No contienen sus libros grandes especulaciones teológicas ni elevadas ascensiones místicas. Tomás pertenece plenamente a la escuela de la Devotio moderna, es, sin duda, su principal representante; y esta escuela se distingue por su moralismo, su carácter práctico, su reacción contra la teología puramente especulativa y la mística alemana, demasiado abstracta y soñadora para el gusto de aquellos realistas burgueses de los Países Bajos. Tomás escribe pequeños, modestos tratados devotos, en que recomienda insistentemente las "verdaderas virtudes" —la renuncia, la humildad, la obediencia—, recuerda e inculca los deberes del religioso, ofrece a sus hermanos de hábito temas para sus meditaciones. Algunos de estos opúsculos tienen títulos poéticos: El jardín de las rosas, El valle de los lirios... Varios están dedicados a la formación de los jóvenes religiosos, Los Diálogos de los novicios y la Crónica de Agnetenberg trazan las vidas de los fundadores y de sus primeros compañeros, ofrecen ejemplos y principios en que se expresa en su realidad concreta el ideal devoto. Otras veces escribe Tomás para sí mismo, como, por ejemplo, en el Soliloquio, del alma, uno de sus escritos más importantes y más característicos.

 Es precisamente en estos libros compuestos para su propio consuelo donde mejor captamos la realidad viva y vibrante de su mundo interior. Su ascesis es austera, sincera, íntegra; pero no se repliega sobre sí misma, sino que es sólo un camino que conduce al amor. Tomás es un afectivo y un poeta de la vida espiritual. Estamos todavía lejos de los tiempos y el temperamento de Juan Mombaer y su formidable Rosaleda. Mombaer, otro gran representante de la Devotio moderna, es didáctico, seco, metódico en grado superlativo, amante de divisiones precisas y regulares; el alma se siente prisionera y oprimida en aquel laberinto de grados, escalas, septenarios y truncados versos mnemotécnicos. Tomás sigue su inspiración, el libre movimiento de su corazón piadoso y su instinto poético. Su alma, su vida, fluyen a través de su pluma, sobre todo en su Imitación de Cristo, cuatro opúsculos independientes entre sí, que, bajo un título facticio, estaban destinados a una celebridad incomparable. Excepto el libro cuarto, que es un tratado eucarístico, escrito para los demás, la Imitación constituye, en último análisis, una velada, púdica, indirecta autobiografía íntima; es la narración de experiencias personales traducidas al lenguaje doctrinal.

.....

La Imitación es demasiado simple, demasiado sincera, para que la gradación que acabamos de ver sea un puro artificio literario. No; es el alma del autor que se despoja y, al mismo tiempo, se enriquece, se desprende y se eleva. El carácter autobiográfico en el libro tercero es todavía más visible que en los anteriores. Alternan aquí la voz del alma y la del Maestro interior. El alma manifiesta más libremente sus sentimientos, y el Maestro interior dicta sus lecciones. La prueba no ha terminado todavía; la prueba no termina mientras dura esta vida temporal. A períodos de luz y consolación suceden noches obscuras; a las noches obscuras siguen días luminosos. Pero esto ¿qué importa? Sentimos que Tomás posee ya la paz interior; todas sus delicias están en el coloquio íntimo con su divino Huésped. Algunos textos, algunas confidencias veladas, nos inducen a creer que es favorecido con gracias propiamente místicas. De vez en cuando ciertos excessus le arrebatan y le procuran luces y consuelos del mundo venidero. Vuelto en sí, toma la pluma y redacta con lenguaje sencillo la lección interior y la respuesta de su alma. No narra propiamente sus ascensiones místicas; omite lo accesorio, lo imaginativo, lo anecdótico, y nos confía la pura substancia de la doctrina y la oración.

 He ahí la vida espiritual, la verdadera vida, del venerable Tomás de Kempis tal como nos es dado adivinarla a través de la Imitación de Cristo. Muchas causas contribuyeron, sin duda, a la celebridad y difusión de estos opúsculos, que constituyen, al decir de Fontenelle, "el más hermoso libro salido de mano de hombre"; pero el secreto de su triunfo es, en último análisis, lo que alguien ha llamado "su clasicismo superior". Tomás de Kempis, el tímido y enfermizo canónigo de Agnetenberg, perteneció al número de privilegiados que saben elevar su pensamiento y su emoción de la esfera de lo personal a la de lo universal. Sus púdicas confidencias, las efusiones de su corazón, presentan al hombre en sus rasgos perennes, reflejan la constante inquietud del alma humana, sus profundas ansias de un amor que la llene enteramente. Su palabra es el eco fiel de la lucha del hombre con su amor propio siempre renaciente, de su esfuerzo constante por acercarse a Dios y poseerle.

 GARCÍA MARÍA COLOMBÁS, O. S. B

 

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